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Capítulo 8: Thamara la Medium

A veces Tham soñaba conmigo, Jeff me explicó que Tham era una especie de Medium pero sin haber desarrollado sus habilidades, como ocurre con todas las buenas historias de terror. Mis compañeros se vieron en apuros para hacer el horror más terrible de lo que ya era. Pero todavía faltaban detalles: el cómo, cuándo y quién se convirtieron en hondos recipientes que llenar con sus conjeturas. Adoración satánica. Medianoche. Freddie Benson.

Me dediqué a ver y tratar de comunicarme con Tham, ella era mi puerta de salida para que se aten todos los cabos sueltos pero por mucho que lo intenté, no conseguí señalar con suficiente fuerza a Tham lo que nadie había encontrado: mi pulsera de colgantes plateada.

Me parecía que eso tal vez podría ayudarla. Había estado a la vista, esperando que una mano la cogiera, una mano que la reconociera y pensara: pista. Pero ya no estaba en la escena del crimen.

Tham se interesó de pronto por la ciencia, y hablando de ciencia, extrañaba a mi mejor amiga Carly y al parecer ella también me extrañaba . Cuánto me habría gustado que Carly hubiera ido a ver a mi familia y hablado con ella.

Hasta una semana antes de Navidad, vi algo en el pasillo de nuestro colegio. Era mi amiga Carly con Brian Nelson. Yo había apodado a Brian «el Espantapájaros» porque, a pesar de tener unos hombros increíbles en los que lloriqueaban todas las chicas, su cara me hacía pensar en un saco de arpillera lleno de paja. Llevaba un sombrero hippie de cuero flexible y fumaba cigarrillos liados a mano en la sala de fumar del alumnado. Según mi madre, la predilección de Carly por la sombra de ojos azul celeste era una señal de aviso prematura, pero a mí siempre me había gustado precisamente por eso. Hacía cosas que a mí no me estaban permitidas: se aclaraba su pelo largo, llevaba zapatos de plataforma y fumaba a la salida del colegio.

Tham se cruzó con ellos, pero ellos no la vieron. Llevaba una pila de libros enorme que había tomado prestados de la señorita Kaplan, la profesora de ciencias sociales.

Carly y Brian reían bobamente. Él tenía una mano dentro de la camisa de ella. Y a medida que la deslizaba poco a poco hacia arriba, aumentaban las risitas, pero ella interrumpía cada vez sus avances, retorciéndose o apartándose unos centímetros. Tham se distanció, como solía hacer con casi todo. Habría pasado de largo como solía hacer, con la cabeza gacha, pero todo el mundo sabía que Carly había sido amiga mía, de modo que se quedó mirando.

—Vamos, cariño —dijo Brian—

Vi cómo los labios de Thamara hacían una mueca de disgusto. Mis labios se curvaron hacia arriba en el cielo.

—No puedo, Brian. Aquí no

—¿Qué tal en el callejón que está cerca de la escuela? —susurró él. Carly rió nerviosa, pero se acurrucó contra él. De momento, lo rechazaría. Poco después, alguien irrumpió el casillero de Carly

Desaparecieron su álbum de recortes, las fotos sueltas que tenía pegadas dentro de la taquilla y la marihuana que Brian había escondido allí sin que ella lo supiera. Tham, que nunca se había colocado, pasó esa noche vaciando el tabaco de los largos y marrones More 100 de su madre y llenándolos de hierba. Se sentó en el cobertizo con una linterna, mirando fotos mías y fumando aún más hierba de la que eran capaces de soportar los porreros del colegio.

A la señora Connors, la madre de Tham que lavaba los platos frente a la ventana de la cocina, le llegó un olorcillo del cobertizo.

—Creo que Thamara está haciendo amigos en el colegio —comentó a su marido, que estaba sentado con una taza de café. Al final de su jornada laboral estaba demasiado cansado hasta para hacer hipótesis.

—Estupendo —dijo. —Tal vez todavía no está todo perdido.

Me pasé días y noches enteras sentada en el cenador, observando. Veía cómo Carly se apartaba de mí y se volvía hacia el consuelo de Brian. Veía cómo Tham la vigilaba tras una esquina cerca de la clase de ciencias del hogar o a la puerta de la cafetería, junto a la enfermería.

Al principio, la libertad que tenía yo de ver todo el colegio era embriagadora. Observaba al ayudante del entrenador de fútbol dejar anónimamente bombones a la profesora de ciencias, que estaba casada, o a la líder de las animadoras tratando de atraer la atención del chico al que habían expulsado tantas veces de tantos colegios que hasta él había perdido la cuenta.

Observaba cómo el profesor de arte hacía el amor con su novia en el cuarto del horno, y cómo el director miraba amorosamente al ayudante del entrenador de fútbol.