¡Buenas a todos!

Ya estoy de nuevo por aquí. Esta vez he tardado un poquito más, y debo avisar de que a partir de ahora quizás -solo quizás- tarde un poco más en escribir. Mis razones tengo. Me han mandado para leer en la Universidad unos 20 libros. Y yo me pregunto, ¿cómo lo hago? Quizás tenga que dejar de dormir y esas cosas que hacen la gente que tiene una VIDA.

Como podréis comprobar, estoy bastante cabreada, sí. Espero que esto no se refleje en el fic.

Hoy os traigo un capítulo no tan largo como el anterior. Quería escribir un poco más, pero no tenía tiempo. Y para no haceros esperar, os dejo tres escenitas nuevas. A ver qué os parece.

Una cosa más: anuncio que me pondré en huelga de escritura hasta que Lyldane actualice su fic. No es justo que juegues con los sentimientos de esta servidora, que además está triste porque los profesores de la Universidad no la dejan vivir. Así que todo aquel que quiera que actualice pronto, que le meta presión a la susodicha.

Disclaimer: Los personajes del fic no me pertenecen, y bla bla bla.

Nota: la amenaza a Lyldane no era más que una bromita con pinceladas de realidad. Jeje.

¡Ahora, a disfrutar, y nos vemos en el capítulo 9!


Capítulo 8: El jardín del Edén

Esa tarde, Buttercup volvió a ponerse su ropa de deporte y se dirigió con Butch al gimnasio. Necesitaba aliviar tensiones haciendo un poco de ejercicio y golpeando un saco de boxeo hasta que le dolieran las manos. Butch caminaba a su lado totalmente callado porque sabía que, aunque intentara darle conversación, ella no le seguiría el juego. Desde el principio, había sido de las tres la más reticente a convivir con ellos. Su odio podía sentirse en el aire, y la orden de su hermana mayor le habría servido para recordar quién era ella y quién él, y cuál era la razón por la que estaban en esa situación. Ellos no podían ser amigos. No debían volar juntos, ni divertirse en el parque de atracciones como si nada pasara. Eran enemigos, y eso no cambiaría por bien que intentaran llevarse.

Bubbles, sin embargo, sentía profundamente lo ocurrido, y aquello solo había servido para acercase más a Boomer. En este caso, era él el que la rehuía más que nunca. Incluso había roto el dibujo que le había regalado la chica. A pesar de todo, Bubbles le había pedido que dieran un paseo y él había aceptado porque no tenía más remedio.

Brick observó desde el tejado con indiferencia cómo salían sus hermanos de la casa, y volvió a tumbarse para dejar que el sol lo adormeciera. La noche anterior había armado la de Troya. No solo se había ganado a pulso el odio eterno de Blossom, sino que había causado la discordia en el grupo, y ahora sus hermanos mantenían las distancias con Bubbles y Buttercup.

Como debe ser.

Al fin y al cabo, ellos eran los Rowdyruff boys, los mayores criminales que había conocido Townsville. No podían relajarse ni siquiera una semana y media. Habían nacido para causar daño, para destruir a sus rivales, y eso era lo que iban a hacer.

Escuchó la puerta de la casa y vio salir a Blossom. La chica caminó por la acera hacia la parada del autobús.

—Eh, ¿adónde vas? —le gritó desde arriba.

La chica hizo oídos sordos y continuó su camino. El chico bufó y voló hasta ella, colocándose delante y, por lo tanto, cerrándole el paso.

—Te he hecho una pregunta.

—Al centro comercial —respondió fríamente—. He quedado con una amiga. ¿Algo más?

Brick hizo una mueca. No pensaba pasar la tarde siguiendo no a una, sino a dos mujeres, que no harían más que hablar de las estupideces propias de las féminas. Tendría que aguantar horas de sufrimiento delante de los probadores mientras ellas se ponían y quitaban miles de trapos que después ni se molestarían en comprar. No podría soportarlo. No saldría vivo a tal tortura.

—No me apetece ir al centro comercial.

—Nadie te ha dicho que vengas —contestó Blossom, pasando por su lado.

Brick la agarró con fuerza de brazo.

—No sé si lo recuerdas, pero a donde vayas tú tengo que ir yo. He dicho que no quiero ir al centro comercial, y si yo no voy, tú tampoco.

No solo eran las pocas ganas de aguantar a dos cotorras que no harían más que hablar de ropa y zapatos. Era el placer que sentía al fastidiarla, al romperle los planes y verla ponerse colorada de ira y casi sacar humo por las orejas. ¿Había algo mejor que eso?

Sintió algo que le pinchaba la barriga. Miró hacia abajo y descubrió la mano libre de Blossom sujetando el escalpelo que había usado unos días antes, y apretándolo suavemente contra su piel. Retrocedió un paso, sorprendido. ¿De dónde lo había sacado? Y, ¿cómo no se había dado cuenta de que lo había hecho?

—No te necesito para nada —espetó Blossom, soltándose del agarre—. No quiero que te vuelvas a acercar a mí.

El autobús ya se acercaba. Blossom guardó el objeto punzante en uno de sus bolsillos traseros y sacó unas monedas. Levantó la mano para que el conductor pudiera verla, y subió en cuanto este hubiera parado el autobús. Mientras pagaba su ticket, Brick bufó y la mandó a la mierda. Al sentarse, pudo ver por la ventana cómo el joven regresaba a casa y desistía de su idea de joderla. Suspiró aliviada. Había pensado que la seguiría, pero quizás ese día la suerte estuviera de su lado.


Al meter nos pies en el agua, sintió una relajadora calma que la hizo sonreír. A unos metros, Boomer esperaba con los brazos cruzados a que ella satisficiera su antojo de descalzarse y sentir la arena y el mar. Él no había querido quitarse los zapatos; ni siquiera le había parecido buena idea ir a la playa a dar una vuelta. No era que no le gustara ese lugar, simplemente le parecía el paisaje típico con el que las chicas fantaseaban. Primero, paseaban y coqueteaban con sonrisitas estúpidas y acicalamientos innecesarios en el pelo; después un pequeño roce de las manos que llevaba a que estas se agarraran; quizás jugaran al pilla pilla por el agua; y finalmente, la protagonista de la fantasía era besada por el príncipe azul de las narices.

Se miró la camiseta. Mierda. ¿Por qué tenía que gustarle tanto el azul?

Mientras, Bubbles reía y chapoteaba como una niña pequeña en la orilla.

—¡Boomer, ven, está fresquita! —lo llamó.

Oh, no. Ya empezaba la coquetería.

Se puso pálido al ver que la joven se peinaba las coletas que la suave brisa alborotaba, y caminó a lo largo de la playa. Bubbles lo siguió dando saltitos. Describió una curva con el pie en el agua y la levantó en dirección al chico para salpicarle. Boomer se volvió con el ceño fruncido, pero Bubbles solo rio. Entonces, el chico terminó de perder el poco color que le quedaba en la cara. Se habían saltado la fase de hacer manitas para llegar a los juegos en el agua. Aquello se le estaba saliendo de las manos.

—¡Vamos, no pongas esa cara, que solo era una broma!

Boomer soltó un bufido y continuó andando. Se le hacía incómodo caminar con zapatos por la playa y tenía un calor horrible. ¿A quién se le ocurría ir a la allí si no era para bañarse? Se imaginó metiéndose en el agua. La rubia, obviamente, le seguiría e intentaría zambullirlo. Él la agarraría entonces, y… Mierda, otra vez los juegos en el agua. Cancelar, cancelar.

Subieron una larga cuesta que los haría salir de aquel lugar. El empinado camino llevaba hasta un acantilado desde el que podía verse la playa entera y cuya valla de seguridad había sido destruida por algún gamberro aburrido. Boomer pensó en salir volando y dejar allí a ese incordio de niña.

—Eh, ¿es que no piensas hablarme? —insistió Bubbles, que lo seguía de cerca—. ¡Oye!

Lo agarró de la mano para frenar su marcha, y la reacción fue instantánea. Boomer se apartó con rapidez dando un respingo. Después, se volvió hacia ella. Estaba rojo como un tomate, y Bubbles creyó que era de furia, pero lo que no sabía era que lo que realmente provocaba esa rojez era la vergüenza.

—¿Quieres dejarme ya en paz? —le espetó él—. ¡Pesada!

—¿Pesada, yo? —La chica estaba anonadada—. Solo quería que te divirtieras un poco.

—¿Divertirme? —repitió como si no conociera esa palabra—. ¿En qué mundo extraño y paralelo podría yo divertirme contigo? Tú sabes perfectamente qué es lo que me resulta divertido: destrozar, luchar y robar.

Cuando terminó la frase, Bubbles aún pensaba en lo raro que resultaba ver a Boomer usando palabras como "paralelo". La verdad, nunca había considerado ni a Butch ni a él personas especialmente listas. Solo se dedicaban a destrozar y a hacer el loco por ahí. Tampoco hablaban demasiado. Simplemente se lanzaban a la lucha y punto. ¿Cómo iba a saber ella que en esos años aquel chico bobo y tierno había evolucionado mentalmente?

En vez de enfadarse por aquellas palabras, se tapó la boca y rio. Su expresión, mezcla de rabia y agobio, le parecía de lo más divertida. Su flequillo rubio caía desordenado por sus ojos azules. Le encantaban esos ojos. No podía engañarse. Ella nunca había sentido verdadero odio por ese joven. De hecho, siempre había dicho en voz alta que le parecía una monada. ¿Qué demonios? De pequeño era una monada; ahora, era un hombre apuesto. Con mentalidad de niño, quizás, pero apuesto al fin y al cabo. Le parecía muy distinto a sus hermanos. Brick realmente le daba escalofríos. Sus ojos rojos se le asemejaban a un vampiro sediento de sangre. Era astuto, malévolo y cruel. Butch, sin embargo, tenía una maldad distinta que la de su hermano mayor. Él, simplemente, disfrutaban luchando y destruyendo todo lo que viera a su paso. Pegaba y luego pensaba. En definitiva, un cabra loca que solo quería divertirse a su manera. Y después estaba Boomer, el tierno bobalicón que simplemente seguía a sus hermanos mayores.

Boomer apretó los puños al verla reír.

—¿De qué demonios te ríes? ¿Te estás burlando de mí? —Quería parecer amenazador, pero la joven no le tenía ningún miedo.

—Dices que no te divertirías conmigo, pero ayer, en el parque de atracciones, lo hiciste. Y sin necesidad de romper nada —recalcó.

—¡Porque nunca había estado en un parque de atracciones! —se defendió él.

—Eso es lo de menos. Es una prueba de que puedes divertirte sin hacer daño a nadie.

Frunció el ceño y apretó la mandíbula. ¿Cómo podía responder a eso?

—Nos lo pasamos muy bien —continuó la chica— hasta que Brick lo arruinó todo.

Aquella frase lo hizo reaccionar. No pensaba permitir que se metieran con su hermano mayor y su líder.

—¡Brick solo hizo lo que tenía que hacer!

—¿El qué, comportarse como un bruto?

—¡Somos los Rowdyruff boys! ¡Tenemos que comportarnos así!

—Y supongo que eso te lo recordó mi hermana cuando dijo que no debía haber cordialidad entre nosotros, ¿no?

—¿De qué estás hablando?

—De que desde anoche no me diriges la palabra, ni me miras, y además te mantienes muy alejado.

Boomer se llevó las manos al pelo. ¿De verdad estaba pasando lo que creía? ¿Esa Powerpuff, su enemiga de toda la vida, le estaba reclamando por no prestarle atención? Pero, ¿qué demonios estaba pasando?

—¡Pues como debe ser!

—Antes me hablabas para burlarte de mí o para insultarme, me mirabas aunque fuera con odio, y cuando luchábamos te acercabas. Dime ahora, ¿es normal lo que dices?

Se quedó callado. Se sintió acorralado, y supuso que así mismo debía haberse sentido su hermano la noche anterior para hacer lo que hizo. Pero él no era así, y ojalá lo fuera, porque así podría tirarla por el acantilado y quedarse tranquilo.

—Por última vez, déjame en paz —le advirtió.

—¿Por qué iba a hacerlo? —preguntó con tono inocente—. Me gustas, y lo sabes.

Apretó los puños. Aquello era lo que le faltaba. Cogió aire. Cada vez sentía la cara más roja.

—Pues, tú a mí no. ¡Y se acabó!

El silencio inundó el lugar unos segundos. Ambos se aguantaban la mirada. Ninguno estaba dispuesto a ceder en esa lucha silenciosa. El viento dio un poco de movimiento a sus ropas y cabellos, en contraste al estatismo de sus cuerpo. De repente, Bubbles habló.

—Bien… ¿Quieres jugar, Boomer? —Ensanchó su sonrisa—. Con los sentimientos no se juega.

Y entonces, delante de sus propias narices, esa loca se tiró por el acantilado. Tardó unos segundos en reaccionar. En el momento en que la vio desaparecer, le dio un vuelco al corazón tal, que imaginó que se le saldría por la boca. Ni siquiera pensó. Su cuerpo reaccionó solo tirándose tras ella. La vio caer rápidamente con los ojos cerrados. Estaba asustada. Cogió impulso y consiguió agarrarla por cintura y nuca antes de llegar al suelo. Se sorprendió a sí mismo también con los ojos cerrados y abrazándola con fuerza. Cuando volvió a abrirlos, apenas se encontraban a unos centímetros de la arena. Esa estúpida había estado a punto de matarse.

De repente, Bubbles empezó a reír. Su corazón bombeaba sangre a toda velocidad. Boomer bajó lo poco que quedaba hasta el suelo y la soltó despacio, mirándola como si fuera un bicho raro. Ella seguía riendo. ¿Acaso se había vuelto loca?

—Qué… susto… —dijo la chica entre risas nerviosas y respiración agitada—. Por un momento… creí… que no… me alcanzarías.

Los ojos de Boomer se asemejaban a los de un búho. Caminó de un lado para otro, negando con la cabeza, alzando las manos al cielo y farfullando.

—Loca… Loca… Como una jodida cabra… Maldita desquiciada.

Bubbles paró de reír y se acercó al chico.

—Es la segunda cosa que te demuestro hoy.

Boomer la retó con la mirada.

—¿Qué?

Bubbles alzó un dedo divertida, como si le estuviera enseñando a contar a un niño de cuatro años.

—Uno: que puedes divertirte sin destruir.

—¿Y el segundo? —gruñó.

—Dos —Se acercó un poco más, con las manos entrelazadas en la espalda—: no te soy tan indiferente como crees.

Antes de que pudiera responder, se puso de puntillas y depositó un beso tan suave y ligero en sus labio, que Boomer apenas tuvo tiempo de asimilarlo.


Veinte minutos más tarde, se apeó en la parada del centro comercial y subió las escaleras mecánicas que la llevarían a uno de sus cafés preferidos. En una de las mesas de la terraza, la esperaba Robin, una de sus mejores amigas de la infancia. Desde que Robin se había mudado a la casa de al lado, habían sido inseparables. Pasaban mucho tiempo juntas y se contaban todo. En el funeral del Profesor, había sido una de las primeras en llegar para darles ánimos y acompañarlas en un momento de tanto dolor.

Robin se levantó y corrió a abrazar a su amiga. Blossom dejó escapar todo el aire que mantenía en los pulmones tras esa demostración de afecto que tanto necesitaba. Pidieron unas bebidas que pagaron en el momento y tomaron asiento.

—Gracias por venir. Necesitaba alguien con quien hablar.

Robin la tomó de la mano para transmitirle su fuerza.

—Sabes que estoy aquí siempre que me necesites, Bloss. ¿Estás bien?

—No —se sinceró ella—. No, no estoy bien. De hecho, con cada día que pasa estoy peor.

Bebió un sorbo de su chocolate caliente para calmar los nervios. Sentía los ojos húmedos y en cualquier momento podría echarse a llorar, pero no quería hacer pasar a su amiga por ese mal rato.

—¿Por qué no te desahogas con tus hermanas? Ellas están a tu lado y siempre te apoyarán.

Blossom negó con la cabeza.

—No quiero causarles más dolor. Ellas también están muy mal. Pero, la verdad es que me siento tan perdida… El Profesor siempre estaba ahí cuando no sabía qué hacer, cuando no tenía fuerzas para continuar. Él era la persona a la que podía acudir a pedir consejo, el responsable de mí, como yo lo soy ahora de mis hermanas. Soy la mayor y es mi responsabilidad, pero… ¿y yo? ¿A quién tengo yo? —La voz le empezó a temblar y tuvo que apretar los ojos para que sus lágrimas no escaparan—. Me siento tan sola. Y encima están esos tres…

—¿Va muy mal la cosa? —se interesó su amiga.

—Peor que mal. Sobre todo con Brick. Está empeñado en hacerme la vida imposible. No entiendo cómo puede tener tan poca sensibilidad.

Robin soltó una risilla, como si lo que acababa de decir fuera una obviedad. Estaba claro que ninguno de esos tres iba a comportarse precisamente como un angelito. ¿En qué estaba pensando?

—Sí, lo sé… —se anticipó Blossom a su respuesta—. Lo sé.

Se pasó la mano por la cara y sonrió con cierta amargura.

—Me da la impresión de que ahora las cosas solo pueden ir a peor.

—No digas eso.

Robin acarició su mano con suavidad. Blossom agradeció ese gesto de cariño. Realmente lo había necesitado, y apenas había sido consciente de ello.

Charlaron durante un buen rato. Robin ayudó a su amiga a relajarse y a reír un poco. Blossom le contó la extraña afinidad que había notado entre Bubbles y Boomer, y en vez de alarmarse por ello, se preguntó si Bubbles no estaría buscando una nueva figura masculina en su vida, alguien que la cuidara como había hecho antes el Profesor. Si era así, no estaba escogiendo especialmente bien. Buttercup, por el contrario, irradiaba hostilidad hacia Butch. No lo soportaba, lo insultaba y le gritaba cuando este la alteraba. Sin embargo, la noche anterior se habían divertido juntos, habían reído y se habían olvidado por un rato de quiénes eran. Por supuesto, no había ayudado que ella les soltara aquellas palabras de cordialidad cero al terminar la noche. Buttercup y Butch habían reaccionado al instante, y no habían vuelto a dirigirse la palabra, ni siquiera para decirse lo mucho que se odiaban.

—¿Y en tu caso?

Blossom levantó la mirada del fondo vacío de la taza que antes había estado llena de chocolate.

—¿Mi caso?

—Con Brick. ¿Por qué crees que actúa así contigo? —Robin apuró el último trago de chocolate y se limpió los restos que habían quedado en sus labios con una servilleta—. Es raro que se comporte así. Lo que me has contado de la noria… Es como si hubiera buscado una excusa para no responder a tus preguntas. Quizás porque eran demasiado comprometidas.

La líder de las Powerpuff girls no era tonta. Al contrario. Sabía perfectamente cuándo alguien le enviaba indirectas o hablaba con segundas intenciones. Además, Robin y ella se conocían de muchos años, y algo que las había unido mucho como amigas era esa capacidad de leer entre líneas que ambas poseían.

—¿Qué insinúas?

La joven apoyó los codos en la mesa y colocó la cabeza sobre sus manos, mirándola con picardía.

—Ya te lo he dicho: su comportamiento no es normal. Primero, acepta el trabajo de protegerte; después te persigue cuando lo ignoras; luego te lleva en brazos a la cama y duerme contigo; y finalmente la lía en la noria porque intentas hacerle algunas preguntas.

—Al grano, Robin.

—Han pasado muchos años desde que Him revivió a los chicos. Habéis crecido y… en fin, ¿no se te ha pasado nunca por la cabeza que tal vez puedas… no sé… interesarle a Brick?

Blossom se quedó paralizada unos segundos, pestañeó un par de veces rápidamente y acto seguido soltó una risilla nerviosa. Robin vio el leve sonrojo de Blossom y sonrió.

—No digas tonterías. Brick me odia. De manera obsesivamente enfermiza, además.

Robin juntó las manos como si hubieran llegado al punto clave. Parecía toda una psicóloga.

—En algo estamos de acuerdo: Brick está obsesionado contigo. Lo que no sabemos es de qué manera. Quién sabe —Blossom se colocó una mano en la boca para aguantar la risa cuando Robin realizó un movimiento seductor de cejas—, quizá quiera que le dejes entrar en tu jardín del Edén.

Cuando la pelirroja estalló en carcajadas, su amiga tampoco pudo contenerse. Era una imagen tan ridícula, tan alejada de la realidad, que no podía hacer menos que verla divertida. ¿Brick y ella? No, nunca. Sería más probable que Mojo dejara el mundo del crimen. Y por desgracia, no creía que eso pasara hasta que fuera un viejo y decrépito mono que apenas pudiera moverse.

De repente, escuchó algo que cortó con sus risas descontroladas. Fue rápido e instintivo. Aquella voz llegó hasta su oído y la hizo estremecerse. Se giró lentamente y vio a un grupo de treintañeros dirigiéndose a la salida del centro comercial. Escuchó con atención de nuevo y no les quitó ojo hasta que desaparecieron detrás de una esquina.

—¿Blossom? ¿Estás bien?

Robin chasqueó los dedos delante de ella, y la chica volvió al presente.

—Oye, que lo del jardín del Edén era una broma.

Blossom volvió a mirar hacia el lugar por donde se habían marchado esos hombres. Se puso de pie de un salto y le pidió a Robin que la disculpase, que acababa de recordar que tenía algo importante que hacer y que la llamaría para hablar pronto. Se despidió de ella y corrió por las calles del centro comercial. Buscó desesperada por todos lados, reclamándose a sí misma por no haber reaccionado antes. ¿Y si los había perdido? Preguntó a varias personas, consiguiendo una respuesta negativa de todos menos de la última señora a la que preguntó. Aquellos hombres habían entrado en el supermercado, habían comprado bebidas alcohólicas y habían salido fuera del centro.

Corrió hacia la salida y volvió a preguntar fuera. No podían estar muy lejos. Finalmente, encontró a uno de ellos, que se había parado a comprar tabaco, y consiguió seguirles la pista. Se encontraban acoplados en una calle sucia, sentados en el suelo bebiendo y haciendo bromas de mal gusto. Blossom se escondió detrás de la esquina y escuchó con atención. Eran sus voces. Estaba segura.

Se asomó con disimulo y miró sus caras una por una. Eran cuatro hombres. El cabecilla tenía la cabeza rapada y perilla negra. Le dio un vuelco al corazón cuando reconoció al hombre que la había perseguido por la escalera unos días antes. Bajó la vista hacia sus pies, y como imaginaba, allí estaban las botas mugrientas que habían visto estando escondidas debajo de la cama. Eran ellos. Los asesinos del Profesor.

Sacó el móvil y marcó con manos temblorosas. Respiró hondo, intentando tranquilizarse.

—Policía, dígame —respondieron al otro lado de la línea.

Blossom abrió la boca para responder, y antes de que pudiera hacerlo, alguien le quitó el móvil. Ahogó un grito de sorpresa y terror cuando vio que detrás de ella se encontraban dos hombres más; uno de baja estatura, con una cicatriz en la mejilla y pañuelo negro en la cabeza, y otro alto y corpulento que se encargó de romper su móvil usando sus propias manos.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí —sonrió el primero.

Continuará...