Capítulo 6
EDWARD traspasó el umbral de la habitación sosteniendo a Bella en sus brazos. Colocó el cuerpo de su esposa sobre la cama con dosel. Ella se deshizo de sus zapatos con la vista fija en el techo de tela.
-Mi sueño se ha hecho realidad -dijo entonces-. Toda mi vida he querido tener una cama como ésta... ¿cómo sabías que era esto lo que deseaba?
-Lo intuí por la forma en que estaba decorada tu habitación. Eres una romántica.
Al escuchar ese adjetivo, Bella hizo un mohín y se sentó de rodillas sobre la cama.
-No lo soy.
-No es un crimen -respondió Edward posando sus ojos en el rostro de Bella.
Las largas pestañas de Bella escondían su expresión, pero su forma de elevar la barbilla hablaba por ella.
-Eres demasiado susceptible -dijo Edward-. ¿No confías en mí?
Bella negó con la cabeza.
Edward se sintió mal por la velocidad con que su esposa había respondido.
-Pero, por lo menos, crees en mí un poco... Bella negó por segunda vez.
-Eso es insultante... -Edward la censuró con la mirada-. ¡Eres mi mujer!
-No olvides cuál es el motivo que me ha traído hoy aquí.
-Estoy intentando luchar por nuestro matrimonio... -la mirada de Edward ardía como una llama-. ¿Es que no puedes apreciar eso?
-Tal vez no me gusten tus métodos.
-Un día recordarás todo esto y te sentirás feliz de que luchase por ti, pethi mou -declaró Edward con total seguridad en sí mismo.
-¿Así que crees que estás luchando por mí? -Bella se sintió agitada por la convicción con que Edward había hablado. Se dio cuenta de que el secreto de su éxito con las mujeres radicaba en su forma de hablar contenida y segura. ¿Acaso debía sentirse impresionada por el hecho de que estuviera presentando su intento de chantaje como si fuera un acto heroico?
-¿Qué piensas? -Edward echó hacia atrás su arrogante rostro.
-Todavía no me has explicado por qué has hecho tanto esfuerzo en salvar nuestro matrimonio -puntualizó amablemente.
Edward la miró con frustración, como si no pudiese comprender por qué todo era un misterio para ella.
-Eres mi esposa -dijo finalmente-. ¿Qué otra razón necesito?
Bella se encogió de hombros como diciéndole que si él no tenía idea de sus motivos, ella tampoco.
-¿Te lo has pasado bien hoy? -le preguntó Edward.
Al encontrarse con su impresionante mirada, Bella sintió cómo el corazón se agitaba dentro de su pecho: Edward le parecía increíblemente atractivo.
-Mucho más que el día de nuestra boda... -respondió.
-Pues, espera, porque la noche va a ser espectacular -le prometió Edward, inclinándose sobre ella para quitarle la chaqueta estilo bolero.
De repente, el cerebro de Bella dejó de pensar. No podía dejar de mirar los resplandecientes ojos de Edward y respirar empezó a convertirse en una tarea imposible. Con tan sólo mirarlo, Bella sentía un deseo desesperado. Intentando sobreponerse a tal sensación de debilidad, Bella reclinó a Edward sobre la cama y empezó a deshacerle la corbata.
-De repente siento la necesidad de que me arranques la ropa -le confió Edward, sin poder apartar los ojos de ella.
Aunque tenía el rostro ardiendo, Bella no había perdido todavía su sangre fría. Irguiéndose sobre sus rodillas, ayudó a Edward a deshacerse de la chaqueta y empezó a desabotonarle la camisa con dedos torpes.
-Quizá tenga menos práctica de lo que estás acostumbrado... -se excusó.
-No subestimes lo que siento por ti -desconcertado por el comentario que acababa de hacer Bella, Edward la tomó de la mano-. Lo nuestro es diferente.
Queriendo creerle, Bella dudó por un momento.
-¿De verdad lo es?
-Por supuesto que sí -Edward la cubrió de besos con una ternura inusitada.
La lengua de Edward penetró en la húmeda caverna de su boca y el deseo estalló dentro de ella como una tormenta. De pronto, la febril intensidad que Bella había aprendido a reprimir con cada átomo de su voluntad se desbordó nuevamente. La escandalizó la urgencia con que su cuerpo deseaba el cuerpo de Edward. El hábil movimiento de la lengua de Edward dentro de su boca fue suficiente para hacerla temblar y agitarse como si la fiebre se hubiera adueñado de su cuerpo. Cada beso daba paso al siguiente sin pausa.
Con las mejillas encarnadas por la pasión y los ojos centelleando, Edward le bajó el corpiño.
-Eres preciosa -dijo Edward, tartamudeando.
Fascinado por sus voluptuosos pechos y por los erectos pezones que palpitaban esperando sus besos, Edward empujó a Bella contra la almohada. Le quitó el vestido y lo lanzó a un lado. Se inclinó sobre ella soltando un gemido de satisfacción y dejó que sus labios jugaran con los pezones de Bella. Esta sintió como le ardía la pelvis y arqueó sus caderas hasta apretarlas contra el cuerpo de Edward.
-Y además, eres muy inteligente -murmuró Edward mientras se apartaba de ella, con una cierta reticencia a quitarse todavía la ropa.
-¿En serio? -Bella tuvo que hacer un esfuerzo para hablar. Los increíbles ojos de Edward despedían llamaradas y su camisa suelta apenas le cubría la mata de vello de su pecho.
-Me dijiste que no... -reflexionó Edward en voz alta, en contestación a la pregunta de Bella-. Me hiciste esperar. No estoy acostumbrado a tener que hacerlo, pero he sentido un placer inesperado... No me he sentido tan excitado desde que era adolescente.
Bella sintió rubor ante la declaración de Edward. Luego, se dio cuenta de la verdad que acababa de revelarle: que no había estado con ninguna otra mujer para que le aliviase la libido durante la espera. Siempre había mujeres sexualmente dispuestas rondando a los magnates ricos y poderosos, lo cual sólo podía significar que Edward había tomado la decisión consciente de serle fiel. Bella se sintió feliz. Por primera vez, cayó en la cuenta de que si le ponía el listón del matrimonio lo suficientemente alto, el espíritu competitivo de Edward podría hacerle luchar por cumplir todas las expectativas que se había creado con él.
-No había pensado en eso -murmuró Bella con sinceridad, intentando sonreír.
-Pues yo pienso en eso todo el rato, thespinis mou -le confesó Edward, volviendo a sus brazos, desnudo y visiblemente excitado.
Edward acababa de llamarla «mi mujer» y Bella se preguntó si realmente podría serlo algún día. Porque, dejando a un lado su orgullo, la verdad era que ser su mujer es lo que de verdad siempre había querido. Y por la oportunidad de serlo estaba dispuesta a olvidar su orgullo, reconoció, quedándose sin saliva mientras Edward se inclinaba sobre ella en la cama. Su belleza masculina era magnífica e imponente como la de un dios pagano.
-Edward -susurró Bella mientras resistía el ataque de besos de Edward y con los dedos clavados en su masculino torso-. Cuando te miro...
-No mires... Toca -decretó Edward, con los ojos clavados en Bella mientras le indicaba el camino correcto que tenía que recorrer con la mano, bajando por su musculado abdomen, para llegar al lugar donde se erguía su virilidad.
-No sé cómo... -involuntariamente, Bella se quedó paralizada.
-Pero yo sí -una sonrisa provocativa atravesó su atractivo rostro-. Y tengo intención de enseñarte.
Nunca que se le hubiera ocurrido a Bella que aprender algo nuevo pudiera ser tan estimulante. Estaba inmersa en el placer que la cercanía de Edward le producía. Tenía derecho a tocar y explorar su cuerpo, el desafío de llevarle más allá del punto de no retorno.
Bella notó enseguida lo difícil que era poner rienda a la libido de Edward. Su apolíneo cuerpo estaba recubierto de sudor, sus músculos duros como bolas de billar y, además, estaba temblando. Respiraba rápido y entrecortadamente.
-Ya basta...
-Aguafiestas... -Bella le dedicó una lánguida mirada y, lentamente, sonrió. La próxima vez afinaría la técnica, decidió con una recién adquirida confianza.
Edward estaba muy excitado. Bella estaba reclinada contra la almohada como una diosa del sexo, emanando sensualidad natural por cada poro de su cuerpo. De repente, una punzada de celos atravesó a Edward. ¿Era él quien estaba enseñando a Bella, o al revés? Para haber perdido la virginidad tan recientemente parecía tener bastante experiencia. Pero, aunque la tuviera, ¿tenía él derecho a quejarse? ¿Quién era él para ponerse moralista? ¿Por qué perdía el tiempo pensando en todo aquello? No era un hombre posesivo ni celoso. No era uno de esos hombres miserables que sometían a sus parejas a un interrogatorio sobre sus anteriores amantes. Por supuesto que no lo era.
-No es la primera vez que lo haces -se oyó Edward decir.
-Claro que sí es la primera vez -Bella se rió.
-Tienes que haberlo hecho antes... Tu habilidad es increíble. Pero da igual, no me importa -dijo Edward con una sonrisa tensa.
Bella se apretó contra su esbelto y bronceado torso y jugueteó el vello de sus muslos.
-Me gusta tocarte -dijo Bella.
-Te deseo -la pulsión sexual que Edward sentía en su interior era tan fuerte como para hacer despegar un cohete. De nuevo, echó el cuerpo de Bella contra la almohada y la besó hasta dejarla sin respiración.
Bella gimió en busca de aire. En un instante, pasaba de la languidez a una agitación violenta, salvajemente consciente del ardor que sentía. La pérfida boca de Edward y sus dedos expertos coqueteaban con sus pezones, haciendo llover sobre ella un chaparrón de chispas de placer. Una fogosa sensación de necesidad se hizo dueña de la pelvis de Bella e hizo que ésta se agitara desesperadamente bajo el peso del cuerpo de Edward. Arqueó sus caderas para sentirlo mejor.
-Eres incapaz de controlarte -le dijo Edward con seriedad-. Yo lo haré por ti...
-Deja que lo hagamos los dos.
-No. Soy de la vieja escuela. Esta es la noche de bodas que nunca tuvimos. Tú quédate ahí tumbada y déjame que te lleve al éxtasis con el placer que voy a darte.
-Hmmm... -Bella se lanzó contra los labios de Edward y probó otra vez el sabor de su boca.
Temblando como reacción a aquel ataque inesperado, Edward rezongó:
-Me estás volviendo loco.
-También es mi noche de bodas -susurró ella mientras le acariciaba las pantorrillas con sus pies.
Edward la agarró de las manos manteniéndola prisionera mientras la miraba con sus resplandecientes ojos. Bella lo miró con sus oscuras pupilas y se humedeció con la lengua el labio inferior haciendo a Edward un gesto de invitación.
-Eres una bruja -Edward acudió con urgencia a la llamada de sus labios antes de colocarse sobre ella, tanteando con la mano el camino que lo condujera al centro de su placer. Quería asegurarse de que ella disfrutaba tanto como él.
Cuando la mano de Edward por fin alcanzó los pliegues más secretos del cuerpo de Bella, ésta empezó a estremecerse bajo el dulce efecto de las caricias. En el interior de Bella se desató un torbellino de deseo. Su ser entero, cada uno de sus suspiros... parecían haberse acompasado con el ritmo de las manos de Edward. Con el corazón a la carrera, gritó y gimió sin control alguno. Lo deseaba hasta el punto de que ese deseo se convertía en un ansia feroz que llegaba a doler.
Fue entonces cuando Edward se introdujo en ella con un simple empujón que disparó en Bella una violenta sensación erótica. Tanta intensidad sobrecogió a Bella. Edward le levantó los muslos para hundirse en su interior con mayor profundidad. Y siguió haciéndolo una y otra y otra y otra vez... Un placer adictivo asaltó a Bella. Se le escapó gemido tras gemido de excitación. Su cuerpo entero pedía a gritos que lo liberaran del tormento al que el frenético ritmo de Edward le estaba sometiendo. Crecía y crecía la tensión hasta que estalló como una presa reventada por el agua. Con un grito quebrado, Bella tembló y se vio desbordada por una serie de convulsiones provocadas por un terremoto de éxtasis que sobrepasaba todas sus previsiones. Dulces oleadas de placer bañaban su cuerpo cubriéndolo de alivio y descanso.
Mientras se relajaba, Bella se entretuvo estudiando cada uno de los ángulos del moreno y atractivo rostro de su marido. Estrechó a Edward en sus brazos, sonriendo mientras los labios de éste depositaban un beso en su frente. La sensación de felicidad era nueva en ella. Los malos pensamientos todavía la amenazaban, acechando desde el fondo de su mente, pero luchó para controlarlos, decidida a disfrutar todo lo que pudiese de su actual felicidad. Porque ahora Edward era suyo: su marido, su amante, suyo sólo. ¿Qué importaba si al final resultaba ser una ilusión temporal? ¿Se iba a convertir en una de esas mujeres amargadas que siempre temían que pasara lo peor?
-Ha sido... increíble, pethi mou -murmuró Edward a trompicones, desconcertado ante la certeza de que nunca había disfrutado tanto antes con el sexo. Por mucho que intentaba explicarse el porqué, no conseguía hallar la respuesta. Bella era tan apasionada como él. Y además, era su esposa. Quizá eso era lo que daba una nueva dimensión al sexo. Edward frunció el ceño, pues no estaba acostumbrado a hacerse ese tipo de preguntas.
Bella sonrió mientras él la abrazaba con torpeza. La atracción que sentía por él era increíble, pensó mientras hundía los dedos en el negro cabello de su esposo.
-Tienes tanta pasión en tu interior -dijo Edward, disfrutando de la íntima manera con que ella le acariciaba-. Y a la vez eres tan serena. Vamos a tener una luna de miel fantástica, señora Cullen.
-¿Una luna de miel? -preguntó Bella sintiendo cómo, de repente, su cuerpo se ponía tenso-. Nunca dijiste que...
-Era una sorpresa. ¿Por qué crees que he estado tan ocupado las últimas semanas? -Edward siguió jugueteando con los cabellos de su esposa-. Quería encontrar el lugar perfecto para pasar unos días juntos.
A Bella le sorprendió el repentino resentimiento que empezó a sentir al escuchar las palabras «luna de miel». No había olvidado el cruel comentario que Heidi hizo el día de su boda. Le dolió como si le hubieran dado un bofetón. Apartó de su pelo la mano de Edward.
-No puedo dejar el refugio -dijo finalmente.
-Por supuesto que puedes. Por eso insistí en que contratásemos un empleado.
-Puedes decir lo que quieras -dijo Bella como respuesta al arrogante comentario de Edward-, pero no voy a dejar solos a mis animales para irme a una estúpida luna de miel.
-Claro que los dejarás solos -contraatacó Edward-. Si hubiéramos tenido la misma oportunidad hace ocho años, quizá habríamos aclarado todos los malentendidos. Vamos a hacer las cosas bien ahora.
-Lo siento, pero no puedes tomar ese tipo de decisiones por mí. A veces, ser una persona responsable implica tomar decisiones altruistas.
Edward se quejó al oír una afirmación tan idealista.
-Sabes que tengo razón -dijo Bella-. ¿Por qué si no te casaste conmigo hace ocho años? ¿Por qué si no me casé contigo?
-¿No va siendo hora de que discutamos sobre esa fantasía tuya de que tuviste tan poca elección como yo? -le preguntó Edward con una frialdad letal.
Bella se sentó sobre la cama, cubriéndose los pechos con la sábana.
-¿Qué intentas decir?
-Te casaste conmigo porque yo te gustaba... -dijo Edward-. Deja de fingir que hiciste un gran sacrificio al casarte conmigo.
-¡Eres tan engreído! -Bella levantó las pestañas de forma desafiante-. No es justo que digas eso y lo sabes. No tenía elección. Mi abuelo se negó a ayudar a mi madre si no me casaba contigo.
Edward frunció el ceño.
-¿Que Charles iba a ayudar a tu madre? -preguntóEdward-. ¿Cómo? ¿De qué estás hablando?
-Siempre te has comportado como si tu sacrificio hubiera sido mayor que el mío. Me casé contigo sólo porque mi madre era alcohólica y había contraído unas deudas tremendas. Iba a morir por culpa de la bebida y su única salvación era entrar en un programa de rehabilitación.
Agarrándose de la cabecera con gesto calculado, Edward saltó de la cama y escrutó el rostro de Bella con calculada intensidad.
-Empieza por el principio... -dijo entonces-. Acabas de decir que Charles se negaba a ayudar a Renné.
-Como debes saber, Charles es una persona que no da nada a cambio de nada. Dijo que no le importaba en absoluto si mi madre moría o no. Desgraciadamente necesitábamos el dinero de mi abuelo para pagar sus deudas y pudiera ir a rehabilitación. ¡El precio que mi abuelo pidió a cambio fue que me casara contigo!
-No lo sabía... ¡Te juro que no lo sabía! -el rostro de Edward se contrajo en un gesto de lástima-. ¿Por qué no me dijiste nunca que te estaba presionando de esa manera?
Ahora fue Bella la que se sorprendió.
-¿En serio que no lo sabías?
-¿Y cómo iba a saberlo si nadie se molestó en decírmelo? -dijo Edward enfurecido.
-Tampoco lo preguntaste... Simplemente asumí que lo sabías... Lo que quiero decir es que, por ejemplo, yo sabía que tu familia tenía problemas económicos, pero tú tampoco hablaste de eso conmigo y, bueno... quizá yo tenía tan pocas ganas como tú de hablar de mis problemas -protestó Bella.
-Sabía que tu madre había tenido problemas con la bebida en el pasado, pero cuando la conocí era casi una inválida y había dejado de beber. No podía saber que sus problemas habían sido tan recientes o que Charles no se había ocupado de ella antes de nuestro matrimonio.
-Mi abuelo despreciaba a Renné. Lo único que nos dio la familia de mi padre fue el derecho a vivir en la granja. No me entiendas mal... con el tiempo me he sentido muy agradecida por ello -a Bella le parecía inaudito que Edward hubiera podido ignorar los verdaderos motivos del matrimonio durante tanto tiempo, pero ahora que el malentendido se había deshecho, la sensatez habitual de Bella dio paso a un ataque de rabia-. Espera un momento... entonces, ¿creías que yo estaba tan seducida por tus encantos, que estaba dispuesta a aprovechar la primera oportunidad que tuviese para casarme contigo?
Edward estaba tan paralizado por el descubrimiento que, por un momento, se sintió víctima de las circunstancias igual que se había sentido el día de su matrimonio.
-Ne... sí -asintió en griego-. ¿Qué otra cosa podía pensar?
-Así que, en el fondo, pensaste que mi abuelo me había comprado un marido -Bella perdió el color en el rostro, humillada como se sentía-. ¡Que estaba tan desesperada que te aceptaría fuesen cuales fuesen las condiciones!
-Necesito una ducha, glikia mou.
Por primera vez en su vida, Edward comprendió que la retirada era la mejor estrategia. Había creído precisamente aquello de lo que Bella le acusaba y eso le había llenado de desprecio por su mujer. Después de todo, el más cínico de sus parientes le había felicitado por su buena suerte al haber encontrado a una heredera rica. Se había sentido herido en el orgullo porque, le gustara o no, ella era la única que, por aquel entonces, tenía el poder de salvar a su familia de la pobreza. Más tarde había llegado a perdonar a Bella por ello, ya que siempre había creído que, al fin y al cabo, estaba enamorada de él. Lo había dado completamente por sentado.
Pero ahora se encontraba con que la realidad no era como él creía y se sentía como en el epicentro de un terremoto. Le habría gustado acabar con Charles por haber tratado a Bella con tanta crueldad, pero de pronto se dio cuenta de que él mismo había empleado una crueldad parecida a la hora de negarle el divorcio. ¿Lo había amado ella alguna vez? ¿0 tan sólo había sido un caso de encariñamiento adolescente, como Bella afirmaba? «Después de todo lo que he descubierto sobre nuestro matrimonio, lo más decente sería concederle a Bella la libertad», pensó Edward. Sus poderosas manos se cerraron en puños. « ¡Me importa un bledo la decencia!» , se corrigió. « ¡No me importa si está enamorada de Leo Burleigh! Ya lo superará: ¡al fin y al cabo, su marido soy yo!».
Lágrimas furiosas se acumulaban bajo los párpados de Bella. ¿Cómo era posible que Edward se hubiera atrevido a creer que ella era tan patética? ¿Cómo se había atrevido a pensar que estaba tan loca por él como para aceptar un matrimonio de conveniencia? Una vez más, se veía obligada a admitir lo poco que ambos conocían el uno del otro. Los dos se habían comportado de un modo tan orgulloso, que se habían negado a bajar sus defensas para averiguar lo que pensaba realmente su cónyuge.
Cuando se casaron, estaban haciendo reformas en el apartamento de Edward y se habían visto obligados a vivir durante un tiempo en casa de los padres de éste. Habían dormido en habitaciones separadas, pared contra pared, separados por una puerta cerrada. Rodeada por la fría y distante familia de Edward, Bella se había sentido más aislada y miserable que nunca. Al cabo de unas semanas, utilizó la mala salud de su madre como excusa para abandonar Atenas. Edward y ella nunca habían compartido nada. Y desde luego, una luna de miel hubiera supuesto algún cambio en aquel entonces.
¿Iba a dejar ahora que el orgullo le impidiese introducir un cambio en su matrimonio? ¿No debería sentirse agradecida por qué Edward quisiera pasar un tiempo a solas con ella? De repente, vio muy claro que era su actitud negativa lo que estaba empeorando las cosas y, deprimida, se levantó de la cama. Por un momento sintió un mareo y se preguntó si se había levantado demasiado rápido. Al oír que dejaba de correr el agua de la ducha, Bella agarró la camisa que Edward había dejado en el suelo y se la puso. Olía a él, aunque también se apreciaba un toque del perfume que solía utilizar: una fragancia que le resultaba increíblemente familiar y que aspiró con toda la fuerza de sus pulmones. Al momento, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se ruborizó.
-¿Edward...? -preguntó desde la puerta del enorme baño.
No había vuelto a ver el baño desde la primera visita a la casa y, al entrar en él, no pudo dar crédito a sus ojos. Todavía se podía apreciar la decoración victoriana en una mitad del cuarto de baño, pero en la otra mitad habían instalado una ducha de hidromasaje y estaba reformada siguiendo un estilo muy moderno de decoración.
-Dios mío...
-Esta es mi parte del baño y esta otra, la tuya -Edward se echó el pelo hacia atrás con un grácil movimiento de su mano-. Es una solución temporal hasta que al arquitecto se le ocurra alguna idea mejor.
Bella no pudo apartar los ojos de él. Con tan sólo una toalla cubriéndole las caderas y las gotas de agua deslizándose por su pecho, Edward tenía un aspecto que la dejó sin aliento.
-He estado pensando... quiero decir: reconsiderando tu idea sobre la luna de miel -masculló Bella-. Creo que antes reaccioné de una forma un poco desconsiderada. Lo siento, estoy preocupada por el refugio. Pero, de todas formas, tienes razón, ahora tengo un ayudante, así que quizá no debería preocuparme tanto.
-Exacto. No deberías preocuparte en absoluto- confirmó Edward-. Estás tan preciosa vestida con mi camisa que me entran ganas de arrancártela, thespinis mou.
Edward le dio la mano a Bella y se acercó a ella. Bella empezó a sentir un cosquilleo en el vientre al sentirle a su lado. Estaba a punto de preguntarle cuándo salían de viaje, pero no pudo decirle nada porque empezó a sentir cómo los dedos de Edward le desabotonaban la camisa.
Bella se sintió extraña al vestirse: antes de salir de luna de miel, Edward le había comprado todo un vestuario. Durante las tres semanas que llevaban de luna de miel apenas había estrenado ninguno de los vestidos, de hecho, durante esas tres semanas, apenas había llevado nada puesto. Y pensando en eso, sonrió.
Estaban en una antigua villa de La Toscana rodeada de olivos. Era un lugar como fuera del tiempo y, en todos los sentidos, un escondite donde el resto del mundo parecía tan lejano como las estrellas. Desde su llegada, Bella se había acostumbrado a la felicidad. Según pasaban los días, arrastrándose con lentitud, Edward y Bella se habían convertido por fin en una pareja. Ahora se daba cuenta de lo mucho que había echado de menos la amistad y el afecto mientras estaban enfrentados. Aunque tenían personalidades muy diferentes, sus opiniones eran muy parecidas en muchas cosas. Sin embargo, de cuando en cuando, le gustaba contradecirle sólo por el placer de discutir con él.
La pasión era un extra muy estimulante para su relación con Edward. Ahora se sentía tan cercana a Edward, que parecía como su sombra. Todos los días, por la mañana, se levantaba con la sensación de haber descubierto algo nuevo. La luz del alba se filtraba por las persianas proyectando alargadas flechas de sombra sobre el torso bronceado de Edward y, entonces, él se desperezaba como un tigre indolente. Mirándola con ojos soñolientos, Edward le regalaba su sonrisa más sincera antes de tomarla entre sus brazos para hacerle de nuevo el amor.
Hacía tan sólo unas semanas, a Bella le había dado miedo confiar en él. Sin embargo, desde entonces había llegado a la conclusión de que su matrimonio tenía un gran futuro. Aunque pasaban casi todo el tiempo juntos, la pasión seguía en pie. Cuando salían a cenar por los pueblos pintorescos de la zona, Edward la agarraba de la mano para caminar juntos por las calles empedradas. Esa cercanía y esa ternura física significaban mucho para ella. Muchos días, Edward tenía que excusarse durante un par de horas por asuntos de negocios. Bella solía entonces salir a dar un paseo sola, leer un libro o ir a darse un baño y a Edward le parecía asombrosa la capacidad que su esposa tenía para entretenerse ella sola.
-A lo mejor estás acostumbrado a mujeres dependientes y 'un poco inútiles' -le decía Bella.
-0 quizá es sólo que me gustaría que, de vez en cuando, te comportases como si me necesitaras.
-Lo siento, pero no es mi estilo.
En los ojos chocolate de Bella aparecía una chispa de descaro. Por la noche, cuando él estaba profundamente dormido, se abrazaba a su cuerpo como si fuera una enredadera. Pero reservaba todas las demostraciones de cariño para esos momentos robados. Después de todo, a Edward le gustaba que lo desafiaran. Si Bella mostraba su debilidad, dejándole ver lo mucho que lo amaba, la balanza de poder podía inclinarse hacia el lado equivocado para siempre.
Regresando de su estado de ensimismamiento, Bella alcanzó un vestido color turquesa y se lo puso. Era el último día de la luna de miel. Sentía un dolor en el fondo del corazón. La cercanía que habían vivido durante las últimas tres semanas no duraría siempre. El banquero británico Robert Donnington era un viejo amigo de Edward y, cuando se enteró de que estaba en Italia, los invitó a comer con él en su casa de verano de La Toscana.
Bella contempló su reflejo en el espejo. El corpiño le apretaba el pecho más que de costumbre e hizo una mueca de disgusto. El vestido le quedaba más ajustado que unas semanas atrás. ¿Serían las píldoras anticonceptivas que estaba tomando? Últimamente, además, tenía los pechos más sensibles. ¿Estaría sufriendo retención de fluidos? ¿0 se negaba simplemente a aceptar la conclusión más obvia? Que estaba engordando por haber comido demasiado durante la luna de miel. Edward había hecho que trajeran baklava de Grecia. Atiborrarse de pasteles empapados con miel y nueces no ayudaba precisamente a adelgazar.
Se probó otros vestidos y se lamentó al ver que casi toda su ropa le apretaba demasiado en la zona del busto. El montón de ropa descartada iba aumentando sobre la cama al mismo ritmo que aumentaba su frustración, ya que hacía demasiado calor para andar dándole tantas vueltas a la ropa que se iba a poner. Con un suspiro, se volvió a poner el vestido de paseo que llevaba al principio. Le quedaba más o menos suelto y le sentaba mejor que casi cualquier otra cosa.
Bella se dirigió a la soleada terraza.
-Estoy engordando -le dijo a Edward.
Edward vestía una camisa blanca y pantalones negros que le daban un aspecto elegante y espectacular. Le extendió la mano a Bella para atraerla a su lado.
-No dejes de comer -le pidió Edward-. Desde aquí, te miro y me parece como si hubiera muerto y estuviese en el cielo. Comer más sólo puede significar ponerte más guapa.
Percibiendo que Edward había fijado desvergonzadamente la mirada en las generosas formas de su pecho, Bella le gritó con incredulidad:
-¡Edward!
-No puedo evitarlo -confesó Edward con una sonrisa pícara que causó un escalofrío a Bella-. Me gusta muchísimo tu cuerpo. Es maravillosamente voluptuoso.
Esa palabra fatal hizo que Bella pensara en las abundantes proporciones de una pintura de Rubens, pero no dijo nada. Si había aprendido algo, era que Edward no podía quitarle las manos de encima, lo cual había hecho maravillas con su autoestima. Cuando una pequeña voz en su subconsciente trataba de decirle que eso era debido al exceso de libido de Edward, Bella se negaba a escucharla. Decidió que, cuando volviese a casa, empezaría una dieta para volver a su peso habitual.
Edward la rodeó con sus brazos y la atrajo al cobijo de pecho. Sonriendo, Bella descansó apoyada en él. La terraza tenía una fabulosa vista a las colinas. Los densos bosques de robles, cedros y cipreses daban paso a las verdes viñas y campos dorados de maíz. El cielo era de un color azul zafiro. Tejados de terracota cubrían los edificios antiguos que podían verse a lo lejos.
-Cierra los ojos -le dijo Edward.
El sol acariciaba con calidez el rostro de Bella y otra sonrisa se dibujó en su generosa boca cuando Edward levantó la mano.
-Mira ahora -dijo él.
Bella miró sorprendida el anillo que ahora tenía en el dedo y, sobre todo, el brillo del diamante que lo adornaba.
-Es un anillo de boda... uno de verdad -dijo Edward.
-Oh...
A Bella se le hizo un nudo en la garganta y se le nubló la mirada. El regalo de Edward le había llegado al corazón, puesto que había sido elegido especialmente para ella y se lo estaba dando con toda la sinceridad de su corazón.
-Tiene nuestros nombres grabados... y la fecha en que el sacerdote volvió a bendecir nuestro matrimonio -le informó Edward.
-Es increíble...
-Para que marque un nuevo comienzo para nosotros.
Bella le miró a la cara y admiró, una vez más, sus rasgos angulosos y su perfil clásico. Era increíblemente guapo, y aunque se vio luchando por recuperar la respiración, reunió fuerzas suficientes para decir:
-No puedes volver a escribir el pasado...
-Ni tenemos necesidad de hacerlo -dijo Edward con el mismo tono autoritario que usaría un profesor con un niño testarudo para darle una lección acerca de lo que está bien y lo que está mal-. Ahora eres mi esposa en todos los sentidos de la palabra, thespinis mou.
El estómago le cosquilleó al escuchar la entonación melodiosa de sus palabras. En todos los sentidos, reflexionó Bella, quedándosele la boca seca al pensar en el poder que Edward tenía sobre ella. Apasionado, de sangre caliente y desvergonzadamente masculino como era, Edward había echado abajo su coraza y le había enseñado a necesitarlo como si fuera una droga. La seguridad que Edward tenía en sí mismo lo llenaban de arrogancia y obstinación. Con tanto carisma, pensó Bella, era natural que pensase que podía reescribir la historia.
Edward recorrió con su dedo el contorno de los labios de Bella.
-¿Eres feliz, verdad? -le preguntó Edward.
-Sí... -el sensual hechizo de Edward le hizo desear de nuevo su cuerpo.
-El pasado... lo que ocurrió ya no importa ahora, thespinis mou -dijo Edward con inmensa satisfacción.
El teléfono móvil de Bella empezó a sonar y ésta se puso a escarbar dentro del bolso en su busca. Era Leo.
-Me han dado el trabajo... ¡Por fin tengo un trabajo fijo en lugar de un contrato temporal!
-Felicidades -Bella sonrió-. Te dije que lo conseguirías. ¿Cuándo empiezas en el nuevo colegio?
-El mes que viene. ¿Cuándo vuelves a casa?
-Mañana.
-Voy a pedirle a Stella que me ayude a encontrar un piso en Londres.
-Buena idea.
-Cuando me mude a la ciudad, podré ver más a Stella y a sus hijos -dijo Leo con satisfacción.
Bella estuvo a punto de aconsejarle que se asegurara de lo que sentía Stella por él antes de que se ilusionara demasiado, pero decidió que era mejor no meterse en sus asuntos. Mientras volvía a introducir el teléfono en el bolso, Bella se dio cuenta de que Edward tenía la mirada clavada en ella.
-¿Qué ocurre?
-Se nos está haciendo tarde y tenemos que ir a cenar a casa de los Donnington.
-Oh, querido, es culpa mía... ¡Tardé un montón en vestirme!
-No te preocupes -murmuró Edward con su sedosa voz-. ¿Dónde está el nuevo colegio de Leo?
-En Londres.
Edward se resistió a hacer un comentario sobre lo muy cerca que quedaba Londres de Oakmere Abbey. Después de todo, sabía que Leo era sólo un amigo, un hombre bastante inseguro que discutía todas sus decisiones con Bella antes de tomarlas. A Edward le parecía que Leo era un alfeñique. Un niño de mamá, sin atractivo alguno para las mujeres. Con frecuencia las mejores soluciones eran las más fáciles de ejecutar...
