Disclaimer: Frozen y The rise of the Guardians no me pertenecen, crédito a sus respectivos autores.


Capítulo 7: Invierno gris.

Elsa se encontraba recostada en su cama pensando en si debía o no, tomarse la molestia de siquiera levantarse. Era invierno, y como en años anteriores, hacía frío en aquel viejo departamento que rentaba desde hacía más o menos dos años. Si bien la vida en Nueva York no era mejor que en la vieja y bella ciudad de Praga, al menos podía considerarse afortunada por haber encontrado un lugar donde vivir sin tener que rendirle cuentas a nadie.

Antes de vivir en Nueva York, había vivido un tiempo en una bella ciudad praguense, sin embargo, un buen día tocaron a su puerta unos curiosos vecinos, los cuales le empezaron a cuestionar sobre su familia, sobre qué hacía, si trabaja o estudiaba, si era soltera, casada o divorciada… En fin, la ataviaron con un sinnúmero de preguntas sólo para que al final se ganara la desconfianza de todos sus vecinos llegando a tal punto en el cual habían llamado a la policía… Y no era para menos, ya que tiempo después, analizó qué es lo que había salido mal y supuso que el no salir para nada de su departamento y ser de las inquilinas que pagaban siempre a tiempo su mensualidad, debió levantar sospechas sobre el cómo se ganaba la vida o bueno, al menos en esa sociedad retorcida en la cual se encontraba viviendo, así era.

Miró de reojo el calendario que se encontraba colgado en una de las esquinas superiores de aquella habitación sólo para comprobar qué día era. Tenía una leve sospecha de la fecha, pero quería confirmar sus peores temores.

Martes 13 de febrero.

"Vaya suerte" pensó la chica antes de llevarse ambas manos al rostro en clara señal de pesadumbre. Si había algo que odiaba más que el darle explicaciones a gente que no tenía por qué meterse en sus asuntos, era lo que esa fecha traía consigo: día de San Valentín, "O el día de despilfarre de dinero, mejor dicho".

Si bien, el Día de San Valentín era hasta el día siguiente, el 13 de febrero para ella significaba el encontrar las calles repletas de cosas innecesarias que la gente compraba sin reparo alguno, impulsada por un sinnúmero de mensajes subliminales a través de esas "cajas mágicas atrofia cerebros" como les decía Elsa. Y para darle un bonus extra, el martes 13 fecha traía consigo un montón de absurdas supersticiones sobre un día de malos augurios, o bien, de simple mala suerte.

Se levantó lentamente de la cama y, por inercia, se dejó caer nuevamente. "¿Es muy necesario que tenga que ir precisamente HOY?" se preguntó mentalmente, y viendo de nueva cuenta el calendario que tenía colgado en su pared, terminó por darse una respuesta no muy agradable para sí misma "SI, TENGO QUE IR". Maldijo en voz baja, mientras se levantaba nuevamente y se dirigió hacia la pequeña ventana que había en su departamento.

Afuera pudo observar como la vida misma tenía un transcurso peculiar. Los carros, como siempre, amotinados por el excesivo tráfico que había, las personas caminando tranquilamente por las calles, cosa que le sorprendió un poco, ya que por lo general siempre estaban con prisas, por lo que dio un reojo al reloj que estaba colgado encima de un pequeño buró a lado de su cama y vio la hora: 11:00 a.m.

−"Con razón", pensó antes de volver su vista al exterior.

Al volver a mirar en la calle sucedió lo que había previsto: en la esquina de la avenida principal se encontraba un pequeño puesto de periódicos lleno de tarjetas de San Valentín y globos para la tan concurrida celebración. "Debería limitarse a vender periódicos", se dijo a sí misma antes de cerrar bruscamente aquella ventana.

Al dirigirse a su closet para buscar algo que ponerse, dio una breve mirada al tocador de madera que tenía a un costado. Ahí pudo verlo de manera clara, colgado sobre un pequeño espejo y brillando como siempre, el pequeño dije en forma de luna creciente que Bulda le había obsequiado hacía ya cerca de 200 años atrás.

Se quedó observándolo por un rato recordando, aunque fuese por sólo un breve instante, los momentos que había pasado con los trolls… y con Olaf. Cerró impotentemente los ojos y desvió la mirada hacia el frente. "Por qué sigo conservándolo", se cuestionaba una y otra vez y pese a que nunca obtenía una respuesta clara, la verdad era que las veces que había intentado deshacerse de ese luminoso dije siempre había algo en su interior que se lo impedía.

Una vez que encontró ropa adecuada, se dirigió al baño para darse una ducha. Al entrar en contacto con las cálidas gotas de agua que caían de la regadera, comenzó a sentirse de mejor humor. Si bien era cierto que Elsa odiaba el día de San Valentín y todo lo que ese día en particular implicaba, se consolaba a sí misma con la idea de que al menos ese día abundaba más el chocolate en las tiendas.

−"Al menos" –pensó –"podré conseguir unas cuantas barras de chocolate a un buen precio".

Después de tomar una breve ducha, se dispuso a ponerse su ropa: unos jeans sencillos y un suéter de cuello de tortuga de color azul celeste. Estaba pensando si se ponía su chaleco de mezclilla o no, lo cierto es que la moda que regía actualmente en la sociedad no le desagradaba del todo… Aunque claro, habían ciertos detalles de esa moda que le desagradaban, la ropa de invierno siempre le pareció algo elegante de cierta manera… a comparación a la ropa en temporada de verano.

−¡Qué va!, me lo pondré – se dijo así misma y sin más, se lo puso.

Antes de salir del departamento, se detuvo a observarse en el espejo, acomodándose su cabello, el cual seguía estando húmedo por la ducha. Amaba las trenzas al estilo francés, pero ese día decidió dejarse el cabello suelto, quizá más tarde se haría su tan querida trenza.

Al salir de su apartamento se topó con su vecino, el cual al parecer estaba teniendo una de sus tantas "riñas de novios" con su novia.

−Eres un… ¡CÍNICO!

−Amor, ya te dije que es sólo una amiga. No te pongas celosa…

−Cínico y mentiroso. Bien me decían mis amigas que tú no me convenías en ¡NADA!

−Amor, baja la voz… No quisiera que se armara un alboroto.. Y que los vecinos vinieran a quejarse de nuevo.

−Me importan un comino tus vecinos. Total, yo no vivo acá.

El chico veía hacía todos lados, esperando que en cualquier momento saliera algún vecino molesto diciéndole que se fuera a pelear a otro lado o sino llamaría al Sr. Green, el administrador del edificio, o peor aún… a la policía. Estaba claramente preocupado hasta que de pronto detuvo su mirada en la chica que salía del apartamento vecino. Elsa lo observó de reojo y pretendió no haber escuchado la discusión que el joven tenía con su novia hasta que él, por desgracia, la saludo.

−¡Buenos días, Elsa!

−Oh… Buenos… −miró de reojo a la chica que estaba con él. El hecho de saludarla pareció haberle echado leña al fuego. −… días, supongo.

−¿Vas de salida?

−Aparentemente… sí. – dijo la joven dejando entrever un dejo de ironía.

−Uh, que alivio. –el chico suspiró brevemente. –Bueno, ve con cuidado. Que tenga un buen día, vecina.

−Gracias, Ian, te deseo un buen día a ti también.

Y sin más, siguió su camino. Al dar la vuelta para bajar las escaleras, pudo escuchar a lo lejos los reclamos de la chica que estaba con Ian.

−¡¿Y ahora me quieres decir quién diablos era esa tipa a la que saludaste con tanto descaro?!

− "Wow" –pensó mientras bajaba las escaleras − "Sé que Ian es un mujeriego de lo peor pero… vaya noviecita que se consiguió"

Al llegar a la planta baja saludo al señor Green, quien como siempre se encontraba resolviendo uno de los crucigramas del periódico. Lo curioso es que, por lo general sólo leía unos cuantos artículos y después se la pasaba todo el día tratando de resolver los crucigramas del periódico, los cuales por cierto, nunca terminaba.

Hacen preguntas imposibles en estas cosas –le comentó una vez –estoy seguro de que quién hace estas cosas busca las preguntas más difíciles para que nadie sea capaz de terminarlos.

−Buenos días, señor Green. ¿Otra vez tratando de resolver los dificilísimos crucigramas del periódico?

−Guárdese su sarcasmo para más tarde señorita Collins, el crucigrama de este día es especialmente confuso, y no me sorprende dado la fecha que es.

"Collins", desde que había dejado de vivir en compañía de los troles, se había visto en la necesidad de emplear apellidos falsos dependiendo del lugar en donde se encontrara y, en el caso de aquella ciudad en particular, Collins no era un mal apellido… al menos eso le había dicho el sujeto con el que consiguió su registro "oficial" que le decretaba como una ciudadanía estadounidense más.

−¿Es supersticioso? Vaya, yo lo creía más escéptico.

−¿Supersticioso?... No, más bien precavido. −apartó su vista del periódico un momento, y con una mirada sería dijo: −Usted debería serlo también.

−Gracias, pero no creo que algo como la suerte exista.

−Muchos no creían que el hombre pudiese llegar a la luna, y más sin en cambio ambos sabemos que al final si se logró. –Se puso de pie, y extendiendo un puño en alto, exclamo: −¡Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad!

Elsa lo observó con una mirada de escepticismo, aquello que había dicho el señor Green, no tenía sentido… al menos no en la conversación que estaban teniendo. Era verdad que el hombre había llegado a la luna, pero también era cierto que eso no podía ser confirmado puesto que en una ocasión había leído que dicho viaje a la luna no había sino nada más y nada menos que una conspiración. Iba a mencionarle eso al señor Green, pero al verlo tan animado, desistió dando un leve suspiro en señal de resignación.

−Tiene razón señor Green. Nunca se está seguro de nada.

−¡Exacto! –bajó su puño, y se sentó de nuevo en su vieja silla –Más vale ser precavidos señorita.

−Sí. Bueno, que tenga un buen día Sr. Green.

−Igualmente, señorita Collins.

Al salir, finalmente, de ese complejo departamental, pudo sentir el frío en su cara. Le reconfortaba el calor de un baño caliente, sí, pero se sentía con una paz interna al sentir el frio invernal cubrir su rostro.

− "Parece que… va a nevar…" –pensó, mientras alzaba su mirada al cielo gris de ese día de invierno. − "será mejor que me dé prisa." –dijo, mientras se encaminaba hacia su destino.

Caminó un buen rato por las calles de aquella ciudad y, al pasar un rato se percató de que el frío incrementaba con el pasar del tiempo y por ende, las personas comenzaban a ponerse sus abrigos.

"Debí traer mi chamarra"- pensó mientras veía que más y más gente se ponía sus gruesos abrigos y chamarras tratando de buscar calor.

El frío no le molestaba, eso era verdad pero… el demostrar aquella peculiar habilidad podría levantar sospechas indeseables, al menos eso es lo que pensaba por lo cual aceleró el paso.

Su viaje podría ser menos largo si usara al metro de la ciudad, aunque, para ser sincera a ella le molestaba por completo ese transporte debido a una mala experiencia que tuvo al subir un día en uno.

Tardó más de lo esperado hasta que por fin estaba en aquel lugar. Un pequeño local que sobresalía de entre los demás negocios por verse un tanto anticuado.

− "Casa de cambio Rumsfeld. A su servicio desde 1850" –leyó para sí misma el letrero que colgaba de aquel pequeño y apartado local, y sin pensárselo dos veces, entró.

El local era exactamente lo que aparentaba en el exterior. Era un pequeño cuarto, de no más de 3x5 metros de extensión. En los costados se apreciaban unas cuantas fotografías que con el pasar de los años habían perdido su nitidez. Destacaba un cuadro en especial que no era una fotografía, más bien era un retrato en el cual se distinguía solamente un edificio de dos pisos rodeado de unos cuantos locales pequeños alrededor y en el marco de la fotografía estaba el título de la misma "Casa de Cambio Rumsfeld. 1875".

En sus visitas anteriores no se había percatado de ello, pero ese día en particular pudo verlo claramente. Los cuadros representaban la cronología propia de aquel lugar. Elsa observó cuadro por cuadro, pasando desde sus inicios hasta la fotografía más reciente. Era sorprendente el observar la decadencia en la cual iba aquel negocio con el pasar de los años. Y no era de sorprender, ya que en las últimas décadas las casas de empeño habían acaparado el mercado.

−Buenos días, señorita Collins. Tiempo sin verla.

−Buenos días, señor Rumsfeld −saludo al anciano que tenía frente a ella. Aparentaba tener unos 60 años, aunque de antemano Elsa sabía que la edad del señor era en realidad de 70. Llevaba un grueso abrigo debido a que la calefacción había estado fallando en los últimos meses y aún no la habían compuesto por razones que Elsa desconocía. –Vaya que hace frío hoy.

−Y que lo diga. Hoy en cuanto cierre el negocio hablaré a alguien para que venga a reparar la calefacción de una buena vez, tanto frío ya le hace daño a mis articulaciones.

−Me imagino… −comentó la chica un tanto afligida por el anciano que tenía frente a ella.

−En fin. ¿A qué se debe tan grata visita el día de hoy?

−Bueno, lo que pasa es que he venido a cambiar algo.

La chica hurgo dentro de su chaleco. Finalmente, sacó una pequeña bolsita de tela la cual colocó en la mesa que tenía enfrente. Fue abriéndola poco a poco hasta dejar a la vista su contenido. Era oro.

−A veces me pregunto –comenzó a decir el anciano –cómo es que usted consigue piezas tan… puras de este peculiar mineral.

−Es un secreto –contestó la chica mientras le guiñaba un ojo en señal de complicidad.

−Ya, ya. No es de mi incumbencia el saber de dónde lo obtiene. Disculpe si la molesté.

−Oh, para nada señor Rumsfeld. Bueno, le diré. Es parte de la herencia de mi padre y… por necesidad me veo obligada a cambiar dichas piezas cada mes a cambio de dinero –dijo mientras fingía un semblante de afligimiento.

−Oh, cuanto lo siento. Ya vendrán tiempos mejores.

−Si….

El anciano se dio la vuelta y entró a un almacén que había justo detrás del mostrador dejando a la rubia sola en aquel lugar. La chica no hizo más que limitarse a observar con más detenimiento los cuadros que colgaban en aquel pequeño local y uno en particular llamó su atención. Era un señor con un bigote algo extravagante para ella, aunque de seguro normal para la época en la cual había sido tomada la foto, de hecho, le recordó vagamente al bigote que llevaba el duque Winselton hacía ya mucho tiempo atrás.

Sus pensamientos estaban por sumirse una vez más a aquella época en la cual ella era la reina de Arendelle… a la época en donde vivía a lado de su amada hermana… Sacudió bruscamente su cabeza en un intento de apartar aquellas imágenes que de pronto emergían de su mente, cuando de pronto una voz logró finalmente apartarla de aquellos recuerdos, los cuales volvieron al oscuro lugar en donde la chica había decidido enterrarlos.

−¡Aquí esta! –exclamó el anciano, quien alzaba un pequeño sobre entre sus manos. −Tome –dijo al tiempo que le entregaba el sobre a la chica.

−Gracias señor, Rumsfeld.

−Gracias a usted, por seguir frecuentando este negocio. –súbitamente el semblante de aquel anciano se tornó un tanto triste. –Realmente son muy pocos los que aún vienen a este local…temo que en algún momento…

−No se preocupe –soltó la rubia, lo cual hizo que el anciano le observara. –Ya lo ha dicho usted, vendrán tiempos mejores. –finalizó mientras esbozaba una risa que hizo que el anciano también sonriera.

−Ya lo creo. Gracias, señorita Collins.

−No hay de qué. Que tenga un buen día señor Rumsfeld.

−Igualmente señorita. Oh, se me olvidaba. – dijo el anciano a tiempo que apresuraba su paso como podía.

−¿Sucede algo se…?

Y sin que se lo esperara, el anciano le colocó alrededor del cuello una cálida bufanda color marrón con rayas color beige.

−Ya está. Mejor, ¿no?

−Señor…

−¡Oh!, esta fue idea de mi esposa. ¿La recuerda? Estaba atendiendo el negocio en diciembre mientras yo tenía unos asuntos que atender. −Elsa no pudo más que asentir levemente mientras recordaba a la señora que mencionó el anciano, no dejando de lado su sorpresa. –Ya desde antes le había comentado a ella sobre usted. No es para menos, es mi mejor cliente. Me dijo que se día se percató de que usted tenía un semblante triste… y bueno… Yo pensé que tal vez era a causa del frío y entonces mi esposa dijo: "¿por qué no regalarle una pequeña bufanda para navidad?", y de inmediato se puso a tejer.

−Señor Rumsfeld…

−Lamento no habérselo dado antes, ya sabe cómo somos los viejos, olvidamos todo. Lo digo porque ya tiene que pasó Navidad.

−Oh… −Y sin más, sintió como unas lágrimas escurrían a través de su rostro. –Lo siento, debe pensar que soy una tonta por llorar así…. −El anciano se limitó a negar con la cabeza.

−Para nada. Me alegro que le haya gustado. Y ya deje de estar triste, es mejor cuando sonríe. Hace un momento estaba algo desanimado por cómo van los negocios por acá… pero al verla sonreír, me hizo pensar que aunque las cosas vayan mal, siempre hay una buena razón para seguir adelante y sonreír.

−¡Oh!, señor Rumsfeld. Puedo… ¿puedo darle un abrazo? −el anciano asintió y sin más, la chica le dio un abrazo a aquel señor que, pese a que no conocía mucho, le había dado una pequeña muestra de afecto.

La joven se despidió una vez más de aquel anciano, mientras se encaminaba de vuelta a su departamento.

−Vaya con cuidado. Y abríguese bien, sino va a venir Jack Frost a morderle la nariz.

−¡¿Qué?! –Exclamó confundida la chica.

−Es una expresión. Significa que si no te cubres bien… bueno, es malo. Cúbrase bien. Y que pase un excelente día de San Valentín. No dudo que así lo hará.

−Gracias… −dijo un tanto desanimada, odiaba la mención de ese día −igualmente.

Y sin decir más, se encaminó de vuelta a su departamento. Iba a medio camino cuando de pronto la nieve comenzó a caer y un copo de nieve cayó sobre su nariz, lo cual hizo que recordara aquella peculiar frase que le había dicho el señor Rumsfeld.

−Si no me cubro… va a venir… ¿Jack Frost?

Dirigió su vista hacía el cielo del cual caían poco a poco unos copos de nieve, cubriendo la ciudad de color blanco. Otro copo volvió a caer en la punta de su nariz y sin saber por qué, se limitó a sonreír mientras se acomodaba mejor la cálida bufanda que le había regalado el viejo dueño de la Casa de Cambio que frecuentaba desde hacía ya dos años.

−No este día, Jack Frost. –dijo a la aparente nada mientras apresuraba el paso entre las concurridas calles de Nueva York, sin sospechar que era observada por una peculiar figura que se alzaba de entre los edificios.

−Esa chica… no, debe ser mi imaginación –dijo un chico de blancos cabellos que miraba a la rubia alejarse y perderse de entre la multitud mientras se lanzaba hacía la nada dejándose llevar por el viento de aquel día invernal.


¿Corto? Si, ya era hora. Creo que las actualizaciones serán más seguidas porque como dije antes, ya deje de lado el pasado de Elsa para centrarme en la historia y hacerla avanzar.

Quiero agradecer a DeAth tHe Rose, escudodeplata y a Ambar52chick... y a REONORU y a todas las personas que han comentado mi fic. En especial a escudodeplata. Tu comentario es uno de los que más me han motivado a seguir con la historia... y a la vez me hizo en pensar en un final digno de este fic (aunque claro, ya tengo uno pensado) Lo más difícil de una historia es, ciertamente el final. Nunca se sabe cómo finalizar una historia sin decepcionar a los que la leen. Pero... espero que la historia te siga gustando.

De manera general espero que es agrade como llevo la historia. Les puedo decir que no hagan suposiciones... ya que espero escribir una historia que les dé una o más sorpresas. Como comenté anteriormente no tendrá mucho romance, pero los momentos en los que sí habrá... bueno, espero cubrir las expectativas de todos!

¡Saludos!