Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a una mujer rubia inglesa llamada J. K. Rowling.
Capítulo VII: Battle born
"When they break your heart, when they cause your soul to mourn remember what I said 'Boy you was battle born'" The Killers
No cabía duda de que habían sido serpientes emplumadas. Regina las conocía y había trabajado con ellas más de una vez como para no reconocer los signos pero había algo raro en ellas. Algo extraño, que no cuadraba con lo que había visto hasta entonces en aquellas increíbles criaturas que explotaban al morir dejando un rastro de plumas color verde jade. Habían conseguido unas cuantas, pero no cuadraba con lo que había pensado. Había creía que se encontraría con serpientes emplumadas enormes.
Suspiró de nueva cuenta. Aquellas plumas eran de serpientes emplumadas muy jóvenes.
—¿Regina? —llamaron a su puerta. Uno de los chicos de su equipo. Los tres eran unos años más jóvenes que ella, solteros y sin compromisos y se mostraban bastantes entusiastas con aquella aventura. Ella estaba más preocupada por lo que podía implicar el hecho de que hubiera comercio ilegal de criaturas mágicas y aunque la extraña cultura del Reino Unido le resultaba extraña, quería volver a casa—. ¿Puedo pasar?
Oír el español, su español, la hacía sentirse un poco más cerca de casa. No tan sola como habría podido estarlo.
—Pasa, Aurelia —dijo.
La chica entró. Reina le calculaba la edad de su hermano Alejandro: unos veinticinco, si acaso. Vestía playeras holgadas que recordaban a los hippies y pantalones ceñidos, además de delinearse los ojos de negro y usar largos collares. Decían que en su familia la mayoría nacían con el don de la videncia y que a ella la había esquivado, por lo que había elegido las Criaturas Mágicas.
—Hum, Hannah me dijo que hace rato que no estabas una mujer preguntó por ti y dejó un recado —le contó la chica—. Aquí está.
Le pasó un pedazo de pergamino. Aquel material les parecía extraño, pero en muchos lugares de Europa y muchos otros países aún se usaba aquello. Como si los magos se hubieran quedado anclados muy en el pasado. El regado estaba escrito en perfecto inglés con una caligrafía descuidada y hecha al aventón que a Regina le costó leer.
—Hum, Luna Scamander —comentó, dejando el recado a un lado—, dice que está interesada en las criaturas que estamos investigando y que le gustaría aportar algo a la investigación… dice que puedo pasar a verla cuando desee y pone las instrucciones para llegar. La auror Zeller dijo que era una buena bióloga mágica. ¿Qué opinas?
Aurelia sonrió. Le encantaba que le preguntaran su opinión.
—Quizá sería una buena idea, parece que vamos dando palos de ciego. —Señaló las plumas—. Aunque respecto a eso… ¿no crees que pudieron envenenarlas? Eran plumas de una serpiente emplumada que aún no mudaba de piel por primera vez.
—No es tan sencillo envenenar a una criatura tan poderosa.
—Lo sé —admitió Aurelia con sencillez—, pero quizá nos estemos enfrentando a alguien que es experto en estas criaturas.
—Sigue sin ser tan sencillo… —suspiró Regina—. Sí, quizá nos estemos enfrentando a un experto, pero los ambientes son diferentes. Tenemos tanta variedad en criaturas mágicas porque tenemos una increíble variedad de ecosistemas: selva, bosque, desierto… —explicó, con paciencia—. En Reino Unido el ambiente y la altitud es diferente. El caso es que alguien se las arregla para mantener una cantidad increíble de criaturas y no duda en sacrificarlas, ¿qué te dice eso? —le preguntó a Aurelia, exponiéndole todo lo que había estado pensando hasta entonces en busca de una segunda opinión.
—¿Qué nos enfrentamos a alguien desesperado?
—Quizá, no es mi trabajo averiguar eso, ni el tuyo… Pero, ¿sobre las criaturas?
—Que pueden sobrevivir en ambientes extraños, a los que no se podrían adaptar con facilidad —declaró Aurelia—. Tú, mencionaste que lo de los nahuales, no había pasado sólo aquí, sino también en Lituania y Polonia, más masivamente.
Regina asintió.
—Sí, estás criaturas, criadas lejos de su ambiente, se adaptan con tanta facilidad…
Aurelia comprendió lo que estaba insinuando. Y no cualquiera se atrevía. Era algo demasiado peligroso y también, demasiado monstruoso.
—¿Mutación? —sugirió, con un hilo de voz.
—No he sido capaz de llegar a nada más —admitió Regina Ferrer.
—Sagrado Quetzalcóatl…
Más de diez años estudiando Criaturas Mágicas le habían dicho que las criaturas mesoamericanas eran especialmente difíciles de tratar. No se adaptaban a cualquier ambiente y era difícil llevarlas de un lugar a otro. Sólo sería capaz por mutación, transgénesis.
—Además —siguió hablando, con Aurelia como oyente—, según los testimonios que oí, estas serpientes emplumadas se comportaban de manera frenética, como si estuvieran… dopadas. ¿Sabes qué pasa cuando a serpientes comunes les inyectan metanfetamina? —le preguntó a la joven.
Ésta asintió.
—Lo he leído: se vuelven frenéticas y mil veces más peligrosas.
—Exacto. Pero no es lo mismo con las Serpientes emplumadas; éstas son más resistentes, así que la metanfetamina no tiene el mismo efecto —explicó Regina—. En algún caso, ese comportamiento tan extraño, me ha llevado a pensar que quien las cría ha encontrado su «metanfetamina», por decirlo de alguna manera.
—Así que nos estamos enfrentando a un maniático experto —sentenció Aurelia.
—Exacto —admitió Regina—. Lo único a nuestro favor que tenemos es que, bueno, nosotros también somos expertos.
Y esbozó una sonrisa mientras sacaba la cajetilla de cigarrillos y la varita para encender uno. Por cortesía le ofreció uno a Aurelia, que declinó la oferta. Lo encendió con la varita y se quedó mirando la nota que le había entregado la joven un minuto atrás.
Le dio una calada y expulso el humo hacia la derecha, evitando que acabara todo sobre el rostro de Aurelia.
—Dile a todos que es hora de ir a ver a Luna Scamander —avisó—. Dicen que es experta en experimentos. Tenemos que consultarla si queremos avanzar y lograr prevenir otro ataque.
Miró el reloj que estaba colgado en la habitación. Eran las tres y el sol ya se habría ocultado.
—Los quiero a las cinco a todos en la salida al Callejón Diagon. Iremos hasta Ottery St. Catchapole
—Claro, Regina.
Aurelia salió de la habitación y Regina rebuscó en uno de sus abrigos unas monedas. Tenía un poco de dinero inglés que había cambiado en Gringotts el otro día con unos cuantos duendes malcarados, así que salió detrás de Aurelia y bajó las escaleras. El Caldero Chorreante estaba abarrotado de gente y ella se dirigió hasta la salida que daba al Londres muggle. Una vez afuera, con la cara cubierta por una bufanda, se dirigió a una cabina telefónica.
Desearía tener un celular, como su hermano. Pero ella admitía que no le servía de nada. Ni un mago lo usaba y, dentro de muchísimos edificios mágicos, donde se pasaba la vida, nada funcionaba. Al menos sabía usar un teléfono fijo porque muchos magos en México tenían uno debido a que allí no existía nada parecido a lo que los ingleses llamaban la Red Flú. Por el momento, se tenía que conformar con hacer llamadas desde teléfonos públicos.
Esperó hasta que la operadora le dio tono y después marcó el número de su casa. Sonó tres timbres antes de oír la voz de Samuel.
—¿Bueno?
Regina sonrió para sí.
—Soy yo, tengo monedas para unos minutos —dijo.
—¡Gina!
—¡No me llames así! —lo riñó.
—Bueno, Regina —oyó la voz en la bocina—. ¿Cómo está todo por allá? —preguntó.
—Desastroso —admitió Regina—. Soltaron Serpientes Emplumadas y el asunto no podía ser más extraño, pero no he llamado para contarte del desastre que es mi trabajo —Suspiró—. ¿Cómo está Camila?
—Ahora mismo, dormida. Hace unos días tu hermano se la llevó de paseo y llegó preguntando que si la cigüeña no le iba a traer un hermanito nunca —contó su marido.
—Está creciendo…
—Sí. Habla mucho —contó Samuel—. Ayer vino tu mamá. Creo que no cree que sea capaz de cuidar a la niña por mí mismo… Total, me tomé unos días en el trabajo y a veces se queda con una de mis hermanas. Creo que lo que tu mamá quería era una excusa para mimarla. Le trajo un par de libros de cuentos que dijo que eran tuyos…
Regina podía adivinar cuáles libros le había llevado su madre a la niña. Ella los había repasado una y otra vez. Pobre Camila, le iban a tocar unos libros de cuentos que tenían los dedos de su madre y su tío marcados en absolutamente todas las hojas.
—A mi madre le encanta mimarla, y lo sabes… —comentó Regina, y preguntó por algo más—: ¿No ha tenido brotes?
—Nada. Sólo el de hace seis meses y nada de magia accidental —suspiró—. A mí también me pone de nervios pensar que haga algo frente a sus maestras o algo así…
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Muy bien pero… ojala estuvieras aquí.
—Yo también lo deseo… —suspiró Regina.
—Bueno, ya volverás.
—Ya volveré —repitió ella, como una promesa.
—Te extraño, amor.
—Y yo a ti. Pero aquí las cosas están extrañas… —soltó un suspiro—. Sólo quiero resolver esto y volver, ¿sí?
—Lo sé, lo sé…
—Oye, se me acaba el tiempo y tengo que guardar monedas para llamar pasado mañana… —le dijo ella—, no es como si la Secretaría me diera un enorme capital. Y aquí todo es caro.
Oyó la risa de Samuel.
—Entonces, hasta pasado mañana. Esperaré junto al teléfono —bromeó.
—Adiós, Samuel.
Y colgó.
Liliane tamborileó con los dedos sobre el libro y lo cerró con un sonoro golpe. James, que hasta entonces había estado ignorándola leyendo otro libro, levantó la cabeza al notar la irritación de su compañera. Estaban en la biblioteca de la mansión Zabini, con sus grandes pisos blancos y estanterías sobre las cuatro paredes, además de las escaleras para alcanzar los volúmenes que estaban más altos. Al fondo había, además, una pequeña chimenea que crepitaba para calmar el frío que había en aquella gélida habitación.
Liliane se recargó, cansada, sobre el libro.
—Nunca averiguaremos que se cuece… —murmuró James, intentando empatizar con la chica. Después de dos años seguía siendo tan fría y cerrada como siempre, aunque el admitía que la conocía un poco más.
—No es eso… —dijo ella. Tomó una edición del Profeta que había estado en una de las sillas desde que se habían sentado allí. James ya la había visto, pero no había comentado nada sobre ello, probablemente porque temía herir la sensibilidad de Liliane. Aunque si lo pensaba, Liliane le parecía algo así como la reina del hielo o algo parecido—. Es esto.
El titular era bastante explícito: «Los hermanos Lestrange, ¿reaparecen?» No había foto de ella. De hecho, James ni siquiera sabía cómo lucía Morrigan Lestrange, pues Liliane y ella nunca se la habían topado de frente. Liliane sí que sabía cómo lucía porque la había visto en los recuerdos de su hermano y estaba segura de que, al ver aquellas escenas, su odio se habría vuelto infinito.
Lo que sí había era una foto del albino: Adolf. Tenía el cabello corto y su placa de preso en Azkaban. A James aun le parecía monstruoso, sobre todo después de oír el testimonio de su prima Rose, lo que lo había hecho ganarse más de veinte años en Azkaban. Con suerte, nunca volverían a saber de él. Ojalá…
—Explotó una bomba en un bar, como las de hace dos años… —dijo Liliane—. Son invención de ella, Morrigan, o al menos eso declaró tu padre. Y después de los accidentes de hace dos años… Todo el mundo se está subiendo por las paredes, a pesar de que no le afectó a muchos, por Merlín…
Al oírla hablar, James comprendió que, quizá, ella había estado esperando ese momento y ahora que lo tenía frente así tenía los sentimientos encontrados. Ya no se sorprendió. Liliane era ya una constante en su vida, así que comprendía sus motivos, aunque, la mitad del tiempo no compartía su manera de ver la vida.
—Tú has estado esperando esto —constató.
Ella volteó a verlo. ¿Cuándo se había vuelto tan experto en leerla? Liliane quizá no lo admitiera, ni siquiera ante sí misma, pero James Potter era algo que pululaba a su alrededor y no dejaría de hacerlo. Quizá porque eran opuestos en casi todos los sentidos y estaban dispuestos a escuchar las opiniones del otro, a ser brutalmente sinceros sin lanzarse cuchillos a la cara. Liliane no se atrevió a negarlo.
—¡¿Después del infierno que vivimos y… aún quieres vengarte?! —comprendía su actitud, de verdad. Comprendía aquella interrogante de James, pero al mismo tiempo no la compartía en lo más absoluto. Los dos habían sufrido y los dos lo habían afrontado de distinta manera. Ella se había entregado a la venganza más completa y él había estado allí para salvar a los indefensos. Y a los dos les había funcionado.
Sencillamente, porque eran diferentes.
Theodore Nott le había dicho a Liliane Zabini que todos los villanos buscaban una revancha y, desde el primer momento, Liliane se preguntó si el haber dejado a su hermano atrás sería un gancho lo suficientemente fuerte como para volver. Interiormente, deseaba que no volviera a desordenar sus vidas de nueva cuenta, pero sabía que si volvía, ella iba a estar allí.
—James… —musitó, tomándole la mano—. Si ella está aquí, si planea desatar un infierno, no puedo quedarme indiferente. Creo que es ella la que está detrás del ataque a la playa y la explosión y todo lo que ha pasado. Al final, quiero saber que intenté detenerla.
—Así que nos arrastrarás de nuevo por el camino de la venganza —le espetó él.
—Si quieres verlo así —respondió ella—, pero no estás obligado a recorrerlo conmigo. No puedo arrastrarte y no sería justo de mi parte.
James negó con la cabeza.
—No, estaré allí. Quiero estar allí —musitó—. Para recordarte que eres humana y para apoyarte. Eso haré. Se me da bien, porque la última vez, siento que fue lo único que hice.
—Sin ti, no habría llegado tan lejos.
James medio sonrió.
—Así que me estás echando la culpa.
Liliane le correspondió la sonrisa curveando un poco los labios.
—Algo así —respondió ella, soltándole la mano y volviendo al libro—. Tú aceptaste ayudarme, para empezar.
Luna Scamander era una mujer de largo y desordenado cabello rubio, que usaba la varita detrás de la oreja («para no perderla», había dicho cuando uno de los chicos le había preguntado por qué), hablaba con una voz maternal y tenía los ojos muy abiertos. Usaba un largo vestido floreado color turquesa y un extraño color de cuentas anaranjadas, además del montón de cosas raras que había en su casa. Su casa de por sí era totalmente extraña, como una torre amorfa.
—Señorita Ferrer… —no tuvo mucha suerte con su apellido. Lo pronunció con un fuerte acento, como todo el mundo—. Me alegro que haya recibido mi nota. ¿Quieren un té?
Regina empezaba a acostumbrarse a que, a cada parte a la que iba le ofrecieran un té. Negó con la cabeza, al igual que el resto de los chicos. Acababan de pasar las cinco de la tarde y a ninguno de ellos le apetecía demasiado.
—No, muchas gracias —carraspeó mientras se acomodaban en el comedor, apretados—. De hecho, he venido a verla porque me han dicho que es experta en experimentos con animales y queríamos que nos diera una opinión.
Luna Scamander rió, con una risa flojita, rápida. Sonreía abiertamente.
—No veo en que les puedo ser yo de utilidad si no conozco criaturas latinoamericanas… —suspiró—. ¿No tendrán Snornacks de Cuerno Arrugado, cierto?
Todos se apresuraron a negar.
—Lo que pensé, ni un indicio de ninguno en el mundo… —resopló—. Me hice bióloga para buscarlos y resulta que no existen. Disfruto mi trabajo, no me malinterpreten…
Al sonreír se le hacían unas pequeñas patas de gallo que delataban su edad. Tenía más de cuarenta años ya, pero su aspecto seguía siendo joven. Se quedó mirándolos con sus ojos muy abiertos.
—¿Y bien? ¿Para qué me necesitan?
Aurelia fue la que habló.
—Creemos que alguien está mutando criaturas.
Luna Scamander abrió un poco más lo ojos, si es que eso era posible.
—¿Están completamente seguros?
La mayoría asintieron, pues Aurelia se había encargado de explicárselos a los otros dos chicos.
—Sí —Regina fue la que respondió—. Lamentablemente, creo que es un caso de mutación, pues sólo eso explica todos los incidentes extraños. Quizá también, quien quiera que sea que se encargue de estas criaturas, haya estado experimentando de manera no ética con ellos. Así que, ya ve… nos vendría bien su ayuda.
—Y a mí me vendría bien que me enseñaran un poco de criaturas que aún no he estudiado.
Regina sonrió. Por primera vez en días, todo estaba corriendo bien. Luna Scamander correspondió a su sonrisa.
—¿Qué tienen para enseñarme? —preguntó.
Aurelia le mostró unas plumas que ella se encargó de examinar.
—Son de serpiente emplumada —explicó uno de los chicos—. Su primera piel es blanca y sus primeras plumas, de ese color verde tan vistoso. Las que murieron eran muy jóvenes, así que por eso nos resulta extraño, casi no hay maneras de envenenar a una…
Luna Scamander lo interrumpió luego de oler una de las plumas.
—Esto tiene un tufo a magia negra. Magia negra muy oscura… —dijo—. Además de algo extraño. Les recomiendo que consulten a un experto en magia negra. Además… —se quedó viendo la pluma, como haciendo los ojos bizcos un momento y luego sacudió la cabeza—. Quizá sólo era mi imaginación. Será bueno que averigüen que tipo de magia tiene encima. Quizá eso ha dificultado que saquen conclusiones…
Bon jour!
Pues este capítulo ha estado más bien centrado en Regina Ferrer, la mexicana. Si quieren mi opinión, yo la veo como Lana Parrilla cuando hace de Regina Mills, pero sin lo maquiavélico dentro. En fin, en la primera escena la vemos confundida con las plumas que las serpientes emplumadas dejaron atrás y algo homesick. Aparecen en escena su marido y su hija, a los que llama por teléfono. Pero bueno… ¿qué creen que haya detrás de las criaturas?
Al final se decide a consultar a Luna Scamander y a mí me parece que es primer vistazo importante que tenemos de Luna por aquí. Ya había aparecido y sido mencionada en Vendetta y en capítulos anteriores, pero… bueno, aquí aparece. A ver que les parece mi Luna, que tiene cuarenta y cuatro años. Obviamente ya no está tan loca como a los catorce, pero sigue siendo excéntrica.
¿Y sobre magia negra? ¿A quién creen que van a consultar?
Y sobre Liliane, bueno, ya conocen muchas cosas de ella, pero a mí siempre me queda la idea de que Liliane sólo enseña una pequeña parte de ella. Y James le dice que él se piensa quedar allí a cuidarla, prácticamente. xD
Bueno…
Eso ha sido todo. La canción ha sido del The Killers, del disco Battle Born y está dedicada a las dos mujeres que protagonizan este capítulo. Con mucho amor.
¡Salve, pistolero!
Andrea Poulain
A 4 de febrero de 2014
(el día que volví a escribir dos capítulos)
