DISCLAIMER: Los personajes le pertenecen a Meyer, yo sólo me encargo de la historia... Ay sí, ay sí. La historia no es muy buena, pero mientras me pertenezca no permito su publicación en ningún sitio. (Y no es como si alguien quisiera robármela jajajaja)
Hola de nuevo :D Bueno, pues les traigo capitulo. Este cap ya lo había subido anteriormente, pero no estaba corregido. Ahora ya lo esta y viene con un poco mas de contenido que el anterior.
Las dejo leer tranquilas :)
Mil gracias a mi beta Yanina Barboza por corregir este capitulo. ¡Eres genial chica!
Capítulo beteado por Yanina Barboza, Beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Capítulo seis.
EDWARD.
Tomé un gran sorbo de café; luego agarré el periódico que Emmett había dejado sobre la mesa y lo abrí. Trataba de distraerme con cualquier cosa que no fueran unos pequeños ojos color verde y una cabellera muy parecida a la mía cuando era un niño. Una hojeada a las primeras páginas y comencé a leer...
Demonios. Esto no estaba ayudando
Me levanté de golpe y fui a mi habitación.
Hacía dos días había acordado con Isabella que la vería en Prospect Park, para el encuentro con su hijo. Estaba nervioso, pues hoy era domingo, y para ser sincero: no sabía qué hacer. ¿Qué demonios iba a decirle? «Yo soy tu padre». No. Definitivamente eso no le diría, se escuchaba muy Darth Vader.
Y por si fuera poco, eso no era lo único que rondaba en mi cabeza. Algo dentro de mí, una parte escondida entre lo más profundo de mi conciencia, me decía que yo tenía algún vínculo con ese pequeño. Pero, la otra parte, la que no estaba escondida, la que era la mayoría, se negaba a aceptar ese algo. Así que por mi bien, y el de muchas otras personas; tenía que alejarme de esa situación lo más pronto posible. En realidad no quería hacer una investigación profunda.
Tres horas más tarde, acabé de alistarme. Al salir del departamento me encontré a Emmett, que venía con ropa de deporte y sudoroso.
—¡Hey, Ed! ¿Vas a salir? —me preguntó, como si no fuera obvio.
—Sí.
Alzó los dedos pulgares.
—Acábala, amigo.
Sonreí en respuesta, negué con la cabeza y salí del edificio.
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Veinte minutos después, me encontraba frente a la gran fuente de Prospect Park. Estuve ahí parado por un par de minutos, los cuales sentí como si fueran horas. Miré por primera vez desde que había llegado aquí mi reloj de mano, éste marcaba las dos de la tarde en punto. Ansioso, miré en todas las direcciones para ver si me encontraba con Bella y su pequeño. Pero ellos no aparecían por ninguna parte.
Pasé una mano por mis cabellos revueltos.
«Solo veinte minutos más, si no aparecen te largas de aquí», me prometí mentalmente.
Darme un ultimátum no había sido buena idea. Con cada minuto que pasaba un agujero se me formaba en el estómago, cada vez que veía a una mujer con un niño de la mano comenzaba a sentirme mareado.
«Tranquilo, Cullen. ¿Desde cuándo te volviste cobarde? A la mierda los diez minutos. Vas a quedarte y cumplir con el trato que hiciste con Bella», me ordené.
Un par de minutos más tarde miré nuevamente el reloj y éste marcaba las dos de la tarde con quince minutos.
«Espera un poco más. Tal vez tuvo un contratiempo», me reconforté.
Caminé hacia una de las pequeñas bancas que había en el lugar, no muy lejos para que en el momento que ellos estuvieran aquí me vieran. Tomé asiento, coloqué los codos sobre las rodillas y miré hacia el piso, como si éste me pudiera dar respuestas.
Diálogos se formaron en mi cabeza. Me hacía y respondía mis propias preguntas.
—¿Edward? —escuché la voz familiar de Isabella llamándome.
Levanté la mirada, frente a mí estaba el pequeño niño del otro día, y detrás de él se encontraba Isabella, con un gesto que no pude descifrar.
Mi estómago comenzó a revolverse como si me encontrara en la montaña rusa.
Ofrecí al pequeño una sonrisa nerviosa, intentando ganar un poco de tiempo para pensar en algo.
—Hola —conseguí decir.
El niño me miró entusiasmado, luego giró la cabeza hacia su madre.
—Tú eres el amigo de mi mamá, ¿verdad? —preguntó, regresando su mirada a mí.
—S-Sí —respondí tartamudeando un poco.
—Max, cariño... él...
—Es mi papá —terminó el niño.
El enorme agujero pareció hacerse más grande en mi interior cuando el pequeño niño me llamó de esa manera.
Una amplia sonrisa se formó en el rostro del pequeño.
—Yo sabía que eras tú —afirmó—. Me llamo Max.
Abrí la boca un par de veces. Quería decir algo. De verdad. Pero no podía. Me armé de valor y me aclaré la garganta.
—Yo... —Me incliné para quedar a su altura—. Soy Edward. —Llevé una mano a sus cabellos para alborotarlos, pero el pequeño extendió la suya. Inmediatamente alejé mi mano de su cabeza y le estreché la que me ofrecía—. Me alegra verte de nuevo, Max —agregué.
Al pequeño le brillaban los ojos por la emoción.
—Max, cariño, ¿qué te parece si vamos al zoológico? —le preguntó Isabella, quien no había intervenido hasta ese momento.
Max se encogió de hombros. Todo era tensión en ese instante, estábamos muy nerviosos.
Repentinamente, Isabella tomó a Max de la mano y comenzó a halarlo hacia donde quedaba la entrada del zoológico.
Por mi parte, metí las manos en los bolsillos del pantalón y comencé a caminar a un lado de ellos, siguiéndolos hacia la entrada.
A pocos metros de la entrada del zoológico se encontraba un pequeño parque de juegos.
—¡Mamá! ¿Puedo ir allí? —pidió Max y señaló hacia el parque de juegos.
—Pasaremos de regreso —le contestó Isabella.
—¡Noooo! Yo quiero ir ahora. ¿Sí? ¿Puedo?
Isabella observó a su hijo que hacía un tierno puchero y no logró resistirse a su pedido, así que, con un suspiro, terminó aceptando.
—Está bien. Vamos.
Caminamos hacia el pequeño parque de juegos hasta quedar frente a una banca de concreto. Isabella tomó asiento mientras que Max caminó hacia los columpios.
—¿Quieres que vaya contigo? —pregunté con nerviosismo. Eso era lo que se suponía que hacía un padre, ¿no? Max negó con la cabeza y se dirigió a uno de los columpios.
—Está nervioso —dijo Isabella, mirando como su pequeño subía al juego. No me miraba, lo cual agradecía, ya que yo también estaba muy nervioso.
—Debe ser difícil para él —comenté, parar llenar el silencio que se había formado entre nosotros.
—Lo sé. —Me miró por unos segundos, luego se enfocó en su bolso y sacó un pedazo de papel—. Es el resto de lo que acordamos —dijo y me extendió el papel.
Negué con la cabeza.
—No voy a aceptar el dinero. Lo del otro día fue suficiente.
—Pero...
—Aquel día acepté el dinero porque de verdad lo necesitaba. Ahora estoy bien. Y en cuanto reciba mi paga, te devolveré el dinero —le expliqué.
—Pero eso no fue lo que acordamos.
—No. Considera esto como… una especie de favor.
—¿Estás seguro de que no lo necesitas? —preguntó, aún dudando de mi explicación.
—Sí —dije, y comencé a caminar hacia donde estaba Max. No quería hablar más sobre el asunto. Además, iba a esforzarme para que el niño la pasara bien en este día—. ¡Hey! —llamé su atención—. ¿Quieres que te ayude a balancearte más?
—¡Sí! —gritó emocionado.
Lo empujé un poco y comenzó a balancearse un poco más fuerte que antes.
Miraba atentamente como los pocos niños que se encontraban alrededor corrían por el lugar.
Sin que me diera cuenta, una mujer de alrededor de unos cuarenta años se acercó al columpio siguiente con una pequeña niña de aproximadamente cinco años de edad. Ayudó a la pequeña niña a sentarse y luego comenzó a balancearla. La mujer me miró y me dedicó una sonrisa cálida, que hizo que unas cuantas arrugas se formaran alrededor de sus ojos. La miré y le devolví la sonrisa por cortesía. Después la mujer miró a Max y luego a mí, varias veces.
—Tienes un hermoso pequeño. Se parece mucho a ti —habló la mujer.
Me sentí incómodo ante el comentario de la mujer.
Rápidamente mis ojos fueron hacia Max. Lo miré detenidamente por un momento, él tenía mi mismo color de ojos y su cabello era de un rubio oscuro, como el sol, el mismo tono que yo tenía cuando era pequeño. Y como engranes de un reloj, todo comenzó a encajar. Dentro de mí sabía que cabía la posibilidad, pero no me había detenido a pensar en las similitudes que había entre el pequeño y yo. Mi curiosidad creció y mi mente empezó a trabajar. «¿Y si este pequeño niño es el fruto de hace un par de años atrás?», me pregunté.
Instintivamente miré a la mujer que tenía a unos buenos cinco metros de distancia, ella me veía como si estuviera esperando una respuesta.
—Gracias —fue lo único que pude decirle. Nuevamente en mi cabeza se formaron miles de preguntas. El miedo dentro de mí creció un poco más.
No, no me encontraba listo para tan enorme responsabilidad. Atender a niños en el hospital era una cosa, pero tener uno propio sería otra totalmente distinta.
«Enfrenta las cosas», me dijo una voz en mi cabeza.
Miré a la mujer y luego a la pequeña niña, no se parecían mucho, quizás fuera su abuela. Entonces me imaginé a mi madre, y me pregunté qué es lo que ella pensaría de esta situación. Quizá le alegraría saber que tenía un posible nieto.
El agujero de mi estómago iba a explotar.
«Haz una prueba de ADN y sal de la maldita duda», gritó mi subconsciente.
Mi cabeza hizo clic y tomé la decisión. Haría una prueba de ADN para saber si Max era mi hijo. Si la prueba salía negativa, sería un alivio, pero si no... Ya me las arreglaría más adelante. Pero para eso tendría que conseguir un poco más de tiempo con Max, para poder tomar una muestra. Hoy Isabella estaba muy protectora, y era normal, porque yo era un completo extraño.
—¡Quiero bajar, por favor! —gritó Max desde los aires, cosa que me hizo volver a la realidad.
Dejé de empujarlo y el juego comenzó a disminuir la velocidad. Max bajó del juego y comenzó a caminar hacia donde estaba su madre. Lo seguí desde atrás y pude ver que llevaba una cinta del zapato desatada.
—¡Espera! —le dije. El pequeño se detuvo y se giró hasta quedar frente a mí—. Llevas las cintas del zapato desatadas. Debes atarlas para así no caer y hacerte daño.
—No puedo atarlas —habló, mirando hacia sus zapatos.
—Te ayudaré —dije, me acerque a él, me incliné y comencé a hacer el nudo.
—Mamá me enseñó el otro día, pero no pude aprender. Es muy complicado.
—¿Quieres que te enseñe? —pregunté con cierta emoción, no podía creer que estaba emocionado por enseñarle a atarse las cintas de los zapatos.
Asintió.
—Debes hacer dos aros con las cintas, debes cruzarlas y pasar una en medio de la otra y listo. ¿Quieres intentarlo?
Se encogió de hombros, se inclinó y comenzó a atarse las cintas. Cinco intentos fallidos después, el pequeño pudo atarse las cintas de su zapato. Se levantó, quedó a mi altura y me miró a los ojos.
—Vas a irte, ¿verdad? —me preguntó.
—Yo… —No sabía qué contestar, no había hablado de eso con Isabella.
—Mamá dice que tienes un trabajo importante y que debes irte.
—¿Quieres que me quede más tiempo? —le pregunté.
Asintió.
«¡Sí!», festejé más tiempo con él tendría la oportunidad de conseguir una muestra, llevarla al hospital y hacer los estudios correspondientes.
—Me quedaré más tiempo —afirmé, y le di al pequeño una sonrisa sincera. Me levanté y le ofrecí la mano, Max la aceptó y caminamos hasta donde estaba su madre.
Cuando llegamos a donde se encontraba Isabella, ella lucía más incómoda que hace rato.
—Max, ¿estás listo para el recorrido? —preguntó ella.
Max asintió, y sin soltar mi mano, tomó la mano de su madre y comenzó a caminar.
De no ser porque se notaba la incomodidad, juraría que nos veíamos como una familia feliz.
Un par de metros más allá se encontraban las áreas donde estaban los animales. Claro, cada uno con sus respectivas especies.
—¡Mira, Edward! —dijo Max, señalando hacia donde se encontraban los leones.
En silencio le agradecí al pequeño que me llamara por mi nombre de pila. Todavía no me hacía a la idea de que hoy estuviera jugando el papel de padre.
Miré de reojo a Isabella, ella se tensó más de lo que ya estaba.
—Son realmente increíbles —fue lo más inteligente que se me ocurrió decir en aquel momento.
Max me miró, sus pequeños orbes verdes brillaban por la emoción.
—¿Te gustan los leones? —preguntó, lucía muy interesado por mi respuesta.
—Claro. Son de mis animales favoritos —dije sinceramente. Pensándolo bien; los leones sí eran de mis animales favoritos.
Su emoción pareció crecer más.
—A mí también me gustan los leones, ¿verdad que sí, mamá? —Max levantó la vista hacia su madre, Isabella sonrió dulcemente a su hijo y asintió dos veces.
—Te encantan —confirmó ella. Tomó al pequeño de la mano y comenzó a caminar. Nuevamente la tensión creció. Caminé detrás de ellos sin decir ninguna palabra durante unos cinco minutos. Después, Max comenzó a hacerme preguntas sobre mis animales preferidos, seguido por mis comidas favoritas. Y la barrera que había, se fue cayendo.
A mitad del recorrido Max pidió a su madre ir a los servicios.
Como buen padre de alquiler iba a ofrecerme a acompañarlo, pero Isabella fue más rápida y tomó a su hijo por los hombros y lo empujó para hacerlo caminar. Caminé detrás de ellos, iba a esperarlos afuera de los servicios.
Habían pasado aproximadamente cinco minutos cuando Max salió de los servicios de caballeros, se acercó a mí y se quedó parado a mi lado. En ese instante, por el rabillo del ojo, vi que una hoja doblada en un pequeño cuadrado cayó del bolsillo de sus pequeños jeans. Me incliné y tomé el papel.
—¿Esto es tuyo? —El pequeño miró hacia mis manos, vio el pedazo de papel y se ruborizó—. ¡Hey! ¿Qué sucede? —pregunté. Y sin preguntarle si podía ver el contenido, abrí la hoja y la miré. Con letra un poco torcida se encontraba una serie de preguntas. Leí la primera pregunta sin leer el título que tenía arriba.
*¿Te gusta ir a la playa?
Levanté la mirada y lo observé.
—¿Son... son para mí? —pregunté con un poco de sopresa. Volví la vista a la hoja y leí el título, éste decía: Preguntas para papá. Miré de nuevo a Max.
Asintió.
—Yo... Uhm... —Hice una mueca. Me sentía incapaz de responder las preguntas. La tranquilidad de hace minutos había desaparecido y los nervios volvían a reinar—. ¿Quieres... que las responda? —interrogué con un poco de nerviosismo.
Asintió.
—¿Ahora? —pregunté nuevamente, esta vez tragando saliva fuertemente. No podía contestarle ahora. No cuando su madre estaba allí, haciendo caras y muecas con cada movimiento que hacía.
Negó.
—No. Puedes devolverme la hoja cuando vuelva a verte.
Asentí un poco aliviado. Las respondería, pero justo ahora no podía. Volví a doblar la hoja y la guardé dentro del bolsillo delantero de mis pantalones.
—Lo haré —dije. En ese momento Isabella apareció a las espaldas del niño, lucía un poco relajada.
—¿Listos para irnos? —Me sorprendí un poco ante su pregunta. Por primera vez desde que había comenzado el recorrido había hablado en plural.
—Sí —respondió Max, comenzando a caminar por delante de nosotros.
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Durante el resto del trayecto, Isabella se mostró un poco más amable conmigo. Conversamos un poco acerca de nuestros trabajos. Ella no daba muchos detalles y yo hice lo mismo.
Estábamos cerca de la salida del lugar, Max había mantenido su paso y se encontraba a unos buenos seis metros de distancia de donde nos encontrábamos su madre y yo. En ese momento ella aprovechó para decirme:
—Gracias por lo que has hecho. Max se lo ha pasado genial el día de hoy.
¿Pero de qué estaba hablando? ¿No se suponía que esto iba a durar un par de días?
—Pero...
—Mamá, ¿después del paseo Edward puede venir a casa? Quiero enseñarle a Tori —dijo y se giró para vernos. Al ver que estábamos un poco lejos, se acercó para quedar frente a nosotros.
—No lo sé, cariño. No sé si Edward quiera verlo —contestó con cierta incomodidad.
Otra vez la maldita incomodidad.
Max levantó la mirada para verme a la cara.
—Edward, ¿quieres conocer a Tori?
Miré de reojo a Isabella, ella negaba levemente con la cabeza.
—Max, cariño —habló con ternura a su pequeño—. Edward tiene cosas que hacer después, ¿cierto, Edward?
Isabella no quería que fuera a su casa. Pero no sabía si esto iba a ser cosa de un solo día o no. No sabía quién era Tori, pero no iba a desperdiciar mi oportunidad.
—Me gustaría conocer a Tori —dije con una sonrisa en los labios.
Miré nuevamente a Isabella, ella me fulminó con la mirada. Estaba verdaderamente molesta por mi respuesta.
El trayecto a su casa fue aún más complicado de lo que ya estaba esta situacion. Isabella se encontraba verdaderamente molesta conmigo. Si hace una hora comenzaba a dirigirme un poco la palabra, ahora solo se la dirigía a su hijo y cada vez que nuestras miradas se encontraban me fulminaba con ésta.
Isabella estacionó su coche en la entrada de su casa, bajamos de él y caminamos hacia la casa; ella abrió la puerta y entramos. Una vez adentro Max dijo:
—Ven, Edward, Tori está en mi habitación.
No era necesario mirar a Isabella para saber que ella no estaba de acuerdo.
—Uhm... ¿Por qué no traes a Tori aquí?
Max no dijo nada y subió a toda velocidad escaleras arriba. Después solo se escuchó cerrarse la puerta de un fuerte portazo.
—No sé qué te estás creyendo al hacer esto, Edward. Pero déjame decirte que lo que sea que te estés proponiendo, no va a funcionar.
—¿Qué? —pregunté confundido.
—A mí no me engañas. ¿Qué es lo que te propones, Cullen? —dijo cruzándose de brazos.
¿Qué iba a decirle?
Piensa, piensa. ¡Lo tenía!
—¡Nada! Tú... Tú me dijiste que esto iba a ser algo de un par de días —me defendí.
—¡Diablos, lo había olvidado! —masculló entre dientes.
—Pensé que sería bueno...
No dejó que terminara lo que tenía que decir.
—Escucha. No quiero que vuelvas a decirle que se verán de nuevo. Hoy comenzaron tus funciones como padre de aquiler y hoy mismo terminan.
Eso no me daba tiempo de nada. Tenía que hacer algo. Había tomado la decisión de averiguar si yo era padre o no, y no iba a detenerme. No iba a ser un cobarde. No más.
Pasé una mano por mis cabellos y suspiré fuertemente.
—Te aseguro que no soy una mala persona. Lo juro. —Solté otro fuerte suspiro. No sabía cómo decir las cosas—. Yo... Yo podría ayudarte. ¿Sabes?, no es justo que un día le digas a tu hijo que tiene un padre y al otro día no.
—¡Eso no es asunto tuyo! —replicó.
—También lo sé. Pero...
—¡No! —Para ese momento ya estábamos demasiado cerca uno del otro. Podía sentir su respiración cerca de mi rostro. Aquello me agradaba—. ¿Qué te propones? —preguntó con la respiración acelerada, dando un paso hacia atrás al ver que nos encontrábamos demasiado cerca uno del otro.
Por mi parte, no retrocedí.
—Te aseguro que no es nada. Solo quiero ayudarte. He conocido a varios niños huérfanos, los he visitado un par de veces en orfanatos. Y sé que es duro crecer sin padres, así que puedo darme una idea de cómo es la situación.
Lo que decía era cierto. Cuando recién había entrado a ejercer mi residencia al hospital, Carlisle —el director del hospital—, mandó a dos grupos de residentes a varios orfanatorios de la cuidad. El motivo era que debíamos hacer una valoración de los niños y checar que no presentaran desnutrición o alguna otra enfermedad. Aquel día pude darme cuenta que varios niños se sentían demasiado tristes por la ausencia de sus padres.
—Eso no viene al caso, Max me tiene a mí y eso es suficiente.
—Lo sé. Lo malo aquí es que tú le has ilusionado con un padre, le has dicho que viene a visitarlo. Y de la nada va a desaparecer. ¿No crees que eso va a perjudicarlo? —dije.
Su actitud cambió drásticamente de enojo a culpa, dio otro paso hacia atrás y me dio la espalda.
—Aun así no sé por qué quieres ayudarme —dijo aún sin darse vuelta para mirarme.
No sé de dónde salieron las siguientes palabras, solo las dije. Pero de una cosa estaba seguro, no iba a irme tan fácilmente de aquí.
—De verdad estoy dispuesto a ayudarte. No tengo ninguna mala intención para con ustedes. Tú me ayudaste a que no me echaran a la calle el otro día y quiero pagarte el favor de esta manera. Claro, si tú me lo permites.
Se giró lentamente hasta quedar frente a mí, me miró por un momento a los ojos. Por primera vez pude ver perfectamente esos ojos. Los había visto en otras ocaciones, pero esta vez era diferente, sus ojos eran de un bonito color chocolate oscuro.
En ese momento la voz de Max se hizo sonar por los pasillos de la casa.
—¡Mira, Edward, ella es Tori! —dijo mostrándome un animal que jamas me hubiera imaginado que sería la mascota de un niño. Max traía consigo una pequeña iguana en el hombro. Le sonreí y él me devolvió la sonrisa.
Si llegaron hasta aquí. Gracias. Gracias por regalarme un poquito de su maravilloso tiempo :)
Si les gusto el capitulo o no ya saben que hacer, déjenme saber sus opiniones por medio de un rr.
Nos vemos dentro de poquito :D
Ha... Y antes de que se me pase, quiero darles las gracias a todas aquellas personitas que le dieron clic en el botón de seguir y favorito a mi historia. Y Muchas gracias a las que me dejaron su rr.
Hasta pronto... ;)
Tahi
