.

Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a NaokoTakeuchi, solo los utilizo porque me gusta perder mi cabeza en historias locas.

.

.


.

Senderos Perdidos

.

.

8º "Permutación."

.

.

Yaten

Habían pasado algunas semanas desde que acepté la propuesta de Taiki y quedé metido hasta el cuello en líos. ¿Qué hay aquí sino problemas? No podía quitar esa pregunta de mi cabeza.

Me vi perdido en una rutina aun más agotadora que antes. Dividiendo mi tiempo entre Taiki y sus mandatos, y mi vida con los Black. Tratando de esconder que estaba jugando a dos bandos, y estaba ahogado de tantas mentiras, de tanto secreto.

No fui capaz de decirle a mi hermano lo que encontré sobre la madre de Minako, porque temí que fueran tras ella nuevamente, porque desde que arrancó no hemos sabido más. Y eso era bueno, supongo. Espero que su confianza en Ace no le juegue una mala pasada y logre recuperar a su hermana. Yo solo podía cubrir su espalda y evitar que su familia apareciera en el radar de los demás. Aunque lo más probable es que tarde o temprano Taiki y su familia protegida sepan la verdad. Pero no será por mí, no quería ser responsable de poner en peligro a alguien a quien mi padre protegió. Era el único rincón limpio y sensato que quedaba de mi.

Sin embargo no dejé de investigar, y tenía en mi poder más información. Comencé a pensar que quizá mi padre había dejado a propósito todo esto para que Seiya o yo lo encontrásemos, dándonos la responsabilidad de seguir cuidando de las dos niñas que él protegió, ahora que él ya no estaba. Aunque él no tenía como saber que alguna vez iba a toparme con Minako, Seiya por otro lado no la conoce, ni a ella ni a su hermana.

Quisiera poder hablar con Seiya sin que Taiki esté presente, quizá podríamos aclarar algunas cosas y saber qué información podíamos compartir con el resto.

Aunque poco importaba actualmente lo que yo quisiera, mis deseos de liberarme de toda la situación, mis decisiones, no tenían importancia al lado de las órdenes que recibía.

—Estás despierto, siempre despiertas antes que yo —murmuró Kakyuu, acercándose a mí y despejando mi rostro del cabello rebelde que cubría uno de mis ojos.

La miré tan calmada, distinta a unas semanas atrás. Supongo que porque consiguió lo que quería, o parte de ello. Me tenía a su lado, su padre estaba tranquilo y no la presionó a adelantar tanto el matrimonio, lo que me daba tiempo.

Y yo me dejé llevar, quedándome aquí para tomar lo que ella me ofrecía, intentando seguir en esta mentira que a ratos me parecía real, a ratos me hacía sonreír y pasarme un buen momento. Quizá me había rendido, pero el premio de consuelo no estaba tan mal, porque puede que algún día logre que el cariño que ha crecido de mí hacia Kakyuu, se transforme en amor. O eso intento repetir a diario.

—¿Dormiste bien? —pregunté, acariciando su rostro, no prestándole toda la atención que quise, o que ella quería.

—Poco, pero bien —bromeó. —Eres tu el que parece nunca descansar.

—Este lugar me hace sentir incómodo —le dije honesto.

—¿Mi cama, mi casa? Es tu hogar también —aclaró.

Pero estaba equivocada. Mi hogar era ese que comencé a registrar hace poco, el lugar al que no volví desde que mi hermano desapareció, y si tenía algún lugar que se pareciera un poco a un hogar, no era este. Mi cabaña no parecía tan mala después de todo.

Había estado varios días pensando en darle a Kakyuu el mensaje que le envió Seiya, pero no sabía cómo ella iba a tomarlo. A veces parecía superar el tema, y otras, hablaba de él como si no pudiera dejar de sentir rencor. Ese rencor tan grande que solo es posible sentir cuando alguien que amas te ha herido, o eso me han dicho, yo qué sé de amor.

—Tengo algo que decirte —anuncié. Ella frunció el ceño, mirándome preocupada, dándome su atención.

Tampoco puedo estar ocultándole por siempre a mi hermano.

—Hablé con Seiya —dije de una vez.

—¿Lo viste? ¿Está de vuelta? —preguntó enseguida.

Y ahí estaba, ese pequeño brillo de ilusión que aun guardaba. Incluso estando en una cama conmigo, apenas cubierta con sábanas, ella seguía prefiriendo a mi hermano.

—Me llamó, no sé dónde está, ni creo que me lo diga —expliqué. —Pidió que te de un mensaje.

—¿Y qué sería ese mensaje?

—Que te quiere —dije seco. —Dijo que lamentaba no haber sido el hombre para ti, y que espera aclarar todo en algún momento.

Ella permaneció en silencio, quitando la mirada de mí, tendiéndose de espaldas sobre la cama y mirando el techo. Me habría encantado saber qué pensaba, qué sentía. Mi hermano no tiene idea lo mucho que le importa a Kakyuu, y debe sentirse tan bien que alguien te perdone todos los errores, que de igual lo que hagas, siempre estará ahí.

—Si algún día regresa, lo único que tendrá claro es que soy la esposa de su hermano —aseguró.

El tono en su voz, su ceño fruncido y el cambio de actitud apenas escuché lo que Seiya había dicho, era tan notorio e incómodo. Me senté en la cama, mirándola molesto, porque no me gustó nada cómo sonaba lo que ella decía.

—Te he ayudado a cubrir toda esta mentira, pero que estés usándome para vengarte de Seiya no me parece —me quejé.

—No te he usado, sabes a qué viniste, aceptaste estar aquí —se defendió, volviendo a darme la cara.

Vine a cuidar la espalda de mi hermano, no a ser su juguete.

Me levanté, buscando mi ropa, vistiéndome apurado porque no quería discutir con ella, pero tampoco quería quedarme aquí.

—Yaten —me llamó, sin perder la calma. —Estás equivocado.

Me daba igual en ese momento, mi humor ya se había ido al carajo y no quería seguir aquí jugando con ella.

Me largué de allí, agotado de ser relegado a un segundo lugar, y de tener que aun pensar en ir con mi otro hermano a reportarme como si fuese un soldado sin voluntad propia, pero que voluntariamente se deja manipular por su general. Aunque supongo que la gran general es Ami, Rei la segunda a bordo, Lita con un cargo que no logro descifrar, y Taiki el ejecutor.

Desde hace poco había agarrado la manía de dar muchas vueltas para llegar a algún lugar, teniendo en mi cabeza la idea paranoica de que siempre me estaban vigilando. Supongo que no sería raro, porque todo el mundo quiere tenerme controlado.

Me hicieron esperar en la sala de siempre, esa que no me gustaba porque parecía ser la fachada perfecta y pulcra para tanta cosa turbia que yo no sabía. Normalmente me habría quedado ahí, pero de vez en cuando me atacaba el tiempo compartido con Minako, y su poca paciencia se me contagiaba.

Caminé con cautela, observando los pasillos e intentando seguir algún ruido que me diera pistas sobre quienes estaban en ese momento en casa.

Y el ruido era evidentemente las voces conocidas de mis nuevas jefas. Así que me acerqué con cuidado, maldiciéndome por no poder evitar querer descubrir algo de ellas que me fuese útil, haciéndome sentir nuevamente invadido por las manías de la rubia loca que siempre metía su nariz donde no debía.

—Lo más práctico es que se case con una de nosotras —comentó Ami.

—¿Estás loca? No somos un objeto, ¿acaso sacrificarías tu libertad, la mía, la de Lita? —reclamó Rei.

—Hemos estado protegiendo esta familia desde que somos niñas, nuestros padres no murieron hace tanto, pero el líder de esta familia sí. Y a veces me pregunto si vale la pena seguir escondiendo con tanto recelo que seguimos aun algunos con vida. ¿Qué pasará cuando nosotras tres desaparezcamos? Si no encontramos al hijo de nuestro tío, si ninguna de nosotras tiene una familia, esto va a desaparecer con nosotras tres —explicó calmada.

Y escuchando su voz, su discurso aun cuando parecía calmada, por primera vez noté que Ami quizá tenía corazón. Así que solo pude quedarme allí estático, intentando escuchar lo que más pudiera.

—Lita y yo tuvimos una charla anoche, sobre la alternativa— respondió Rei. —Hablamos sobre dejar que se acabe y tener una vida tranquila sin sentir a cada instante que alguien llegará a matarnos también —finalizó.

—Ella siempre piensa en esa alternativa, pero tu, Rei, ¿realmente crees que podemos dejar de ser quien somos?

—No —respondió sin vacilar. —Creo que si me topara con alguno de los responsables por las muertes en nuestra familia, los mataría, los haría sufrir y suplicar perdón mientras se les va la vida de la misma forma en que se la quitaron a los nuestros —explicó, y pude notar la rabia con que pronunciaba cada palabra. Un dolor tan grande que parecía que solo la venganza podría opacar.

—Pienso lo mismo —murmuró Ami.

—Y piensas que nuestro desconocido primo va a traer la calma a esta familia —agregó ella, completando el cuadro de lo que quedaba de su familia.

—No, nosotras somos la fortaleza de esta familia, pero él es nuestra sangre y debemos traerlo de vuelta a casa —aseguró con calma Ami, pareciendo que aun con todo lo terrible, nada iba a perturbarla.

—Somos tres, cuatro, si encontramos a nuestro primo. Nuestros padres, eran cinco hermanos, todos poderosos y con muchos recursos. Y aun así todos fueron asesinados —relató, recuperando su ímpetu. —Vamos a encargarnos de ellos, Ami, de los asesinos.

—Cinco hermanos asesinados y solo cuatro tumbas —murmuró Ami.

¿Cuatro tumbas?

Los padres de las tres mujeres que vivían ahí, más el padre del heredero que debíamos encontrar. ¿Existía otro viejo muerto en esa familia? Qué agradecido estuve de no llevar su apellido, porque de seguro que cualquiera que lo porte está condenado a vivir poco. Y espero no estar cerca el día en que alguien trate de matar a estar mujeres, ojalá Taiki no esté cerca tampoco. Por muy testarudo que sea mi hermano, no quiero verlo envuelto en medio de una matanza. Y ellas querían eso.

Aunque también querían casar a alguien con una de ellas, ¿sería a Taiki? No me podía imaginar cuál de las tres era peor opción, porque lo que tenían en belleza, lo tenían de malas. ¿Qué buena persona pasa sus días esperando matar a alguien?

De todas formas creo que no tengo derecho a juzgar lo que ellas desean, después del rato escuchándolas, entiendo que su vida ha sido una pesadilla, una de la que yo espero escapar.

Toqué la puerta, anunciando mi llegada para poder hablar con ellas directamente. Enseguida se alertaron, y Rei se acercó a ver quién molestaba, mirándome con cara de pocos amigos cuando me hizo pasar.

—¿Quién te crees para pasearte a tu antojo? Taiki debería enseñarte mejor —me reclamó. ¿Enseñarme mejor? No soy un perro al que él deba entrenar. Pero preferí calmar mi ego insultado, no venía a pelear, no hoy. Ya me había bastado con Kakyuu.

—Entiendo que tengan a mi hermano como un cachorro que hace lo que ustedes le dicen, pero yo no soy de su propiedad —me defendí, intentando mantener mi orgullo intacto.

—Si lo eres, Yaten Kou —corrigió Ami desde su asiento, preocupándose de revisar algo en su teléfono, obviamente más importante que mi presencia.

Rei soltó una carcajada ante el comentario de su prima, y yo me sentí tan ofendido, que me costó no responderle con alguna ofensa.

—Tengo noticias sobre lo que me encargaron —anuncié, controlando mi humor.

Ambas me prestaron atención enseguida, y no fue sorpresa para mí su interés, menos aún después de escuchar su charla.

—Mi padre solía mantener mucho contacto con un orfanato de la ciudad —les dije, iniciando mi relato. Ese que decidí inventar para alejarlas de la pista de la madre de Minako.

—¿Alguna razón en especial? —me preguntó Rei.

—Creí que mi padre rondaba esa zona porque es problemática, mucho tráfico y delincuencia. Es un lugar donde terminan niños vulnerables cuyos padres en general eran delincuentes. Pero no se me ocurre mejor sitio para esconder a un heredero de una familia poderosa —expliqué, incitando su curiosidad e intentando convencerlas de que fueran por ese camino. —Comenzaré a investigar ese lugar, pero necesito información que solo ustedes pueden darme. Quizá fechas de nacimiento, no lo sé, algo que pueda reducir la búsqueda a menos niños de ese lugar —pedí. Y rogué que ellas se compraran el cuento. Porque estoy seguro que si me descubren mintiendo, van a poner mi cabeza en una pica.

Se miraron entre ellas, pareciendo decidir qué iban a decirme, o si debían confiar en mi palabra. Ami, como siempre, se adelantó a dar la instrucción, porque repentinamente Rei desapareció de allí.

—Tendrás información Yaten. En dos días te espero aquí a esta hora y planearemos el siguiente paso. Vete —ordenó, e hice caso.

Por ahora podía respirar tranquilo.

Pero aun estaba molesto y atrapado. Había decidido seguir con lo que mi padre quería, porque era la única forma de respetar su memoria. Aun si eso implicaba mentirle a esta gente. Además, de alguna forma Minako es mi amiga, y no me gustaría verla metida en más problemas.

Por otro lado, Kakyuu puede quedarse con su recuerdo de Seiya. De pronto entendí que tenía que dejar de adormecerme en la idea de que ella y yo podíamos amarnos y tener una familia. Fue claro en ese momento para mí que aun cuando no podía liberarme de los Black, tenía que poner distancia entre Kakyuu y yo. No más debilidades ante ella.

Minako

Perdí la cuenta de cuantos chocolates había comido. Creo que son los mejores chocolates que he probado, supongo que es porque son caros y exclusivos, de esos que solo Saijo puede comprar para mí. Creo que nunca en mi vida me comí una barra de chocolate entera, porque antes que pudiera hacerlo, Serena me quitaba buena parte para comérsela ella.

Sonreí ante el recuerdo de lo golosa que es mi hermana. Y de buena gana le daría todos los dulces que quisiera, solo por verla con esa sonrisa plena en su rostro. Quizá eran tonterías el sonreír por chocolate, pero era mejor sonreír por tonterías que sufrir por algo tan duro como la distancia entre nosotras.

Los chocolates no eran lo único, tenía muchos regalos nuevos, cosas que no solía desear tener porque no me parecían importantes, pero los brillos de las joyas, la ropa de marca, me deslumbraban. Siempre me gustaron los regalos y no podía evitar sonreír cada vez que él llegaba con algo nuevo para intentar sorprenderme.

Aunque no me sorprendía tanto como Saijo pretendía, debí seguir haciéndole creer que tanto presente era la forma de nublarme la vista. Porque por más que traté de desligarme de su orden de casarme con él, no pude. Qué poco me conoce, qué poca consideración. Lo único que era cierto es que al final la sonrisa ante cada regalo, siempre moría.

Yo seguía sin entender porqué él quería casarse conmigo. Una cosa es que él quiera que nos acostemos a cada rato, y que su deseo sea contagioso, o solía serlo. Pero soy nadie en este mundo, y tengo entendido que los matrimonios para esta gente deben tener algún beneficio.

Lo miré desde la ventana cuando bajó de su auto, sabiendo que me buscaría, que quería mis caricias y mi sonrisa, como la novia feliz que él deseaba que yo fuera. Lo que me obligaba a ser. Pero pensaba también que esto era culpa mía, porque fui quien llegó buscándolo y decidió jugar a ser quien no era, solo para poder manipularlo y tenerlo comiendo de mi mano.

Ahora era él quien ponía las reglas del juego, y yo estaba atrapada, y aun sin mi hermana.

Caminé a su encuentro, sin ganas de pretender ser lo que no era, aun cuando sabía que apenas estuviera frente a él, debía volver a actuar.

Él se acercó a mi, tomando mi rostro entre sus manos, aguantándose el besarme libremente porque aun yo no cumplía con mi parte del trato prenupcial. ¿Y si yo no encontraba la espada nunca no casaríamos? En este momento parecía una buena idea.

—Tan seria —comentó. —Quería hacer algo divertido contigo, pero si no estás de ánimo lo entiendo.

—Estoy de ánimo. ¿Qué quieres hacer? —pregunté, intentando esconder mis emociones.

—Un paseo y una cena, esta noche —ofreció, bajando sus manos por mis brazos, acariciándolos cariñoso. —Quiero que elijas algún vestido nuevo, y me sorprendas.

—¿Y necesito estar vestida para sorprenderte? —pregunté, dejando salir las palabras de mi boca antes de pensar en la tontería que estaba diciendo.

Él me miró confundido, y luego rió.

—Esto de ser mi futura esposa está animándote, al parecer —bromeó y luego acercó su rostro a mi oído. —Después de la cena, quiero sorprenderme contigo sin vestir en mi cama.

Saijo se alejó, comentando que tenía un montón de asuntos que resolver antes de nuestra noche romántica. Pero el cambio era evidente, ya no me tenía a una distancia que solo rompía cuando la calentura le ganaba. Ahora solo intentaba no ser tan evidente, pero su trato hacia mí era el de un hombre hacia su mujer.

Y yo no quería ser de él.

Salí a caminar por el jardín, buscando distancia, porque mis intentos de quitar la frustración ya no se iban al entrenar. Estaba en un punto en el que ni golpear todos los sacos de box en el gimnasio, me calmaba.

Debía existir una forma de huir de Saijo y ese matrimonio.

Quizá, como no he cumplido el trato con la espada, él pueda liberarme. De alguna forma podría encontrar a mi hermana por otro lado, he aprendido mucho estando aquí.

—¿Quieres uno? —me dijo una voz a mi espalda.

Y al voltear, vi a Lita con una bandeja de dulces. Tomé uno en mi mano, por seguirle la corriente. Supuse que su presencia aquí no era en vano. Y que significaba que su familia tampoco me dejaría en paz.

—No te despediste al salir de mi casa. Qué mal educada eres, Minako —bromeó.

—¿Vienes por mi? —quise saber enseguida, sintiendo mi cuerpo tensarse, listo para huir.

¿No era una tontería huir estando aquí? Finalmente Lita también estaba ocultando quien era realmente, así que ninguna podía correr lejos sin levantar sospechas.

—He venido a conversar contigo. Ace contrató mis servicios de eventos nuevamente, así es muy fácil meterse a este lugar.

—Así que pretendes tener otra vida, para que no sepan que eres de la misma clase de persona que él. Ni tus banquetes ni cocina existen —respondí insolente.

Aunque ella era diferente a sus familiares, Rei me caía muy mal, Ami me asustaba, pero Lita se veía simpática, y de no ser porque sabía de dónde venía, me habría sentado feliz con ella a platicar y comer dulces.

—Mi banquetes si existen, amo cocinar —comentó ligera. —¿Qué te hace pensar que soy la misma clase de persona que Ace? ¿Y qué haces a su lado si tanto te molesta?

No tenía por qué responderle, porque mi lengua siempre me mete en problemas, y si no tenía cuidado con lo que hablaba con ella, Saijo iba a terminar descubriéndolo todo.

—No te preocupes por mí, se que mis primas son muy serias, pero a me caes bien. Solo quiero conversar de lo que estás haciendo. No queremos que nos des problemas —me explicó.

Así que soy un problema. Genial.

—Si Ace se entera de quien eres, serás tú la que deba preocuparse —devolví.

Lita rió divertida, porque al parecer nada podía preocuparla.

—Las chicas dicen que debemos encargarnos de ti, pero hay algo que me hace defenderte ante ellas. Estarás vigilada, y si abres la boca con Ace saldrás perdiendo —me explicó.

—¿Qué es lo que hace que me defiendas?

—No lo sé, hay personas que son simpáticas, tu lo fuiste conmigo antes de saber quién era. ¿No te pasó al conocer a Ace? ¿No te pasa con el hermano de Taiki? —siguió interrogándome.

La miré en silencio, no sabiendo a qué venía tanta pregunta. Puede ser que ella quiera sacarme información, porque ninguna había podido investigarme, gracias a que mi vida pasada había sido prácticamente borrada.

Y tenía una respuesta a cada pregunta que ella hacía, solo que no pensaba hacérselo saber.

Correr hacia Saijo había sido un error, y lo sabía. No sé qué tan malo o sádico es, no tengo idea si ha matado gente, o si le ha hecho daño a alguien, parte de mi está agradecida de él, parte de mi quiere nunca volver a verlo.

Y Yaten…

Había dicho que no lo volvería a ver, porque creí que era lo mejor para él. Pero mi parte egoísta quería verlo, lo extrañaba, porque era mi amigo y mi escasa vida real. Él era lo único honesto. Y después de tanto tiempo perdida en una mentira de vida que me he inventado como armadura para protegerme, la honestidad de mi relación con Yaten me importaba mucho.

—Se habla mucho de que eres la amante de Ace, también de que eres la amante de Yaten. Y yo quiero ser una buena persona y preguntarte directamente de quién eres amante. ¿Estás enamorada de alguno de ellos? Son muy guapos, pero deberías saber que en este mundo, los hombres guapos solo nos distraen y nos meten en problemas —aconsejó. Y no entendí porqué ella me decía esas cosas.

Lita siempre me daba la impresión de saber más de lo que decía, como si pudiera adivinar algo que el resto no tenía idea. ¿Sería por eso que era la única de ellas tres que me trataba bien?

Recordé de pronto a Serena, siempre reclamándome que me gustaban todos los chicos guapos que se me cruzaban. Saijo había sido la ilusión de que podía volver a recuperar mi vida. Y sí, era su amante, era su prometida, y esperaba nunca tener que decir que soy su esposa. Y mis sentimientos hacia Yaten eran tan confusos, que ni yo los comprendía bien. Me gustaba, me sentía atraída por él, pero también quería cuidarlo, porque él era la conexión con mi vida real. La que alguna vez tuve.

¿Permanecería Yaten en mi vida cuando todo esto acabe? Como un buen amigo quizá.

—No debería decirte eso, pero ya debes tener una idea —me interrumpió. —Vamos a averiguar quién eres, y es mejor para todos que seas quien lo diga. Negarme algo a Ami o Rei solo va a perjudicarte.

—Nada de lo que ellas hagan puede beneficiarme —aseguré.

—Pero a Yaten si —dijo suave, y pude notar cómo me miraba, como si intentase adivinar lo que yo pensaba o sentía.

—Taiki es quien debe cuidar de Yaten, no yo —me defendí, no queriendo exponerme más.

—Sin embargo fuiste a buscarlo —agregó. —No quiero saber los chismes sobre tus conquistas, la verdad es que toda esta charla es porque a cada cosa que dices, más claro es que deberías haber permanecido con nosotras.

—¿Por qué?

—Es una corazonada, ¿por qué no me haces caso?

—Ya sabes, estoy atrapada con Ace, y si llegara a salir de aquí, no será para que me atrape tu familia —le aclaré.

Y era cierto, no quería por nada terminar unida a una familia que nada tenía que ver conmigo. Ellas eran todo lo ajeno que nunca tuve en mi familia, y aun si me querían trabajando con ellas, yo no era una mafiosa. Si lograba encontrar a mi hermana y liberarme de mi compromiso con Saijo, nunca más quería saber de este mundo en el que ellos se movían.

Parecía que nadie entendía eso, todos querían jalarme en su dirección y mantenerme prisionera. Y de nuevo vino a mi mente la única persona que no quería atraparme en sus planes oscuros, la única persona en la que de verdad podía confiar.

Yaten

Entré a mi cabaña sintiéndome agotado, solo queriendo un poco de tranquilidad, pero al entrar a mi habitación, me encontré con una imagen muy familiar.

Miré a Minako durmiendo en mi cama, sorprendiéndome, porque pensé que ella quería escapar de todo esto. ¿Será que no podemos escapar el uno del otro?

Se veía tan tranquila, tan distinta a la mirada llena de miedo que vi cuando estábamos donde Taiki. Me encantaría decir que odié verla meterse de nuevo aquí, pero no era cierto.

Me acerqué a ella, sentándome al costado de la cama, tocando su cabello, no me importaba si se despertaba en realidad.

Enseguida se movió inquieta, abriendo sus ojos y sonriendo al verme allí.

—¿Me extrañaste? —preguntó.

—¿Qué haces aquí, Minako? —quise saber, en vez de sus palabras que sonaban a cercanía. Porque me sentía tan atraído a esta cercanía.

Ella permaneció en silencio, tomando mi mano aun sobre su cabello, no dejando de mirarme. Había algo raro en su actitud, tan diferente al enojo con el que me dejó tirado la última vez que nos vimos.

—¿Quieres la verdad? —preguntó, y asentí. —Eres como una luz muy potente de la que no puedo alejarme.

—¿Y serías como una molesta polilla que ronda como loca esa luz? —le mosqueé.

Ella rió, tan liviana y despreocupada, desprendiendo de ambos la pesadez que solo aumentaba con el paso de los días.

—Creo que nunca entenderé en qué me metí, pero no me gusta. No quiero pertenecer a este mundo tan perturbado.

—No perteneces, solo estás atrapada. Y eres demasiado ingenua como para darte cuenta de lo que pasa. Siempre estás viviendo en las nubes, creyendo que todo esto es un juego del que puedes salir. Y no te das cuenta de que ahora estás en peligro.

Frunció el ceño. No quise reprenderla, pero necesitaba que reaccionara. No pude evitar alterarme ante su exceso de confianza en otras personas.

—No estoy ciega. Lita, por otro lado, fue a dejarme claro que no me quitarán la vista de encima. ¿Crees que soy una mocosa tonta? —preguntó ofendida.

—Creo que estás enceguecida por encontrar a tu hermana, y eso te mete en problemas. ¡Vives contradiciéndote! Parece que no tienes nada claro —reclamé.

Era obvio que Lita iba a ir por ella de nuevo, era obvio que no podía escapar. Pero seguía creyendo que todo se haría según su voluntad, cuando ambos somos peones dentro de todo este enredo.

—¡Tengo muchas cosas claras, Yaten! No tienes derecho a hablarme así, ¿por qué me dices esas cosas?

—Porque me preocupas —solté. Y ahora más que nunca, con lo que sabía, podía adivinar que un montón de gente iría tras ella. —¿Eso querías saber? Está bien, me preocupa que algo te ocurra porque eres una descuidada, porque no te importa tu propia seguridad. Eres una mocosa malcriada que no tiene nada claro en la vida y corre ciega con el único objetivo de encontrar a una hermana a la que nunca verás si terminas lastimada en el camino —solté, sin poder contener mis palabras. Yo siempre podía contenerme, pero todo lo que le decía era verdad. Tenía que decirle la verdad.

Guardó silencio, y yo esperé que asimilara mis palabras. Tenía que hablar, pero no quería decirle esas cosas, odiaba admitir que me preocupaba por ella aunque sea un poco.

Se incorporó en la cama haciéndome frente, parecía inquieta, intentando al parecer calmar su humor ante mis palabras, o quizá decidiendo qué iba a responderme, yo qué sé.

Se acercó más, llegando casi hasta mí, jalando mi cuerpo hacia el suyo y plantándome un beso que me hizo tambalearme. Ahí estaba de nuevo, en su bipolaridad, la mocosa malcriada que siempre hacía lo que se le antojaba sin medir las consecuencias.

Y su beso no lo esperaba, o quizá sí. Las veces que nos habíamos besado eran siempre un arrebato que se traducía en gastar energía física. Y no era diferente ahora.

¿Quería yo esto?

La verdad, lo había deseado cada uno de los días que habíamos estado sin comunicarnos, cada día que me pregunté si estaba bien la loca que era mi compañera en todo este enredo. Cada día que me odié por dejarme llevar por la cercanía que habíamos creado, y sin embargo, no pude hacer otra cosa que abrazarla para sentir su cuerpo más pegado al mío, y responder a su beso con la misma intensidad que ella me entregaba.

No podíamos parar, su cuerpo se sentía tan cómodo bajo el mío cuando caímos en su espalda sobre la cama, intentando apartar las sábanas que se enredaban en nuestras piernas mientras nos tocábamos.

Parte de mi sabía que esto era un alivio a mi ego herido por Kakyuu y su amor a mi hermano. Que se joda Kakyuu y todo el mundo alrededor, no me podía pasar la vida pensando en las consecuencias o en lo correcto que debí hacer. Y aunque sabía que era un error hacer esto, me daba igual. Todo el mundo quería controlarme, y yo solo necesitaba por un momento perder el control. Si todo lo que hacía últimamente era calculado, intentando no hacer algo que acabara conmigo, ahora iba a hacer todo a mi antojo, y si tenerla así era un alivio que podía transformarse en condena, iba a dejarme llevar y disfrutar hasta el final.

Ella dejó de besar mi boca, recordándome los besos juguetones que hace un tiempo repartió por mi cuello, y se sentían mejor que la última vez, porque ahora aceptaba que deseaba tenerla. Sus manos se perdieron entre nosotros, tocando mi cuerpo por todas partes, jugando conmigo y riendo traviesa cada vez que me sentía temblar ante sus caricias. Uno a uno deshizo los botones de mi camisa, acelerándose en quitármela cuando terminó el camino. La miré, notando lo ansiosa que estaba mientras miraba mi cuerpo descaradamente, acercando su boca a besar mi torso cuando no le fue suficiente con mirar.

Su boca era la gloria, y la dejé saborearme por donde se le antojara, aprovechando de tocar su cuerpo porque ella no se había quedado dormida con mucha ropa. Recordaba la vista de sus pechos aquel día en la cocina, y debí apartar su boca de mí para poder quitarle la camiseta y volver a obtener esa vista.

Sonrió, tomando mis manos de vuelta, dejándolas sobre sus costados y acercándose nuevamente a mí. Me gustaba verla sonreír, divertida, juguetona, cualquier cosa que nos hiciera olvidar el desastre a nuestro alrededor.

Eso era, por este momento, no existía más que el descontrol y el deseo que teníamos el uno por el otro.

—Vamos Yaten, tócame, sé que es lo que deseas —susurró en mi oído entre pequeñas mordidas. —Hazlo pronto, porque luego será mi turno.

—¿Quién dice que te dejaré? —dije en broma. Ella se apartó mirándome, aun con una sonrisa en su rostro.

—¿No me dejarás ser libre aunque sea por una noche? —preguntó.

—¿Cómo es que tocarme te hace libre? —quise saber, sintiéndome curioso por sus palabras.

—Porque es, por una vez, hacer lo que deseo. No lo que debo, no lo que espera alguien de mi. Y deseo tocarte, tenerte, porque te he extrañado como no tienes idea —dijo, finalizando nuestra charla con otro beso que no me dejó alternativa a respuesta.

Sentía lo mismo que yo, estaba tan desesperada por sentirse libre, y al parecer coincidíamos en que esto era lo que necesitábamos hacer. Sus manos volvieron a bajar por mi cuerpo, desabrochando mi cinturón y mis pantalones, intruseando en el interior hasta que me tuvo en su mano, y yo me sentí perdido. Apenas una caricia y volvió a abrazarme, obligándome a hacer lo que ella pedía, y que yo deseaba tanto.

Por sus costados las curvas de su cuerpo eran exquisitas, tanto como su lengua inquieta, o su voz quejumbrosa ante mis caricias. Agarré sus bragas por los costados y las bajé, apartándome de ella porque quise verla allí completamente desnuda sobre mi cama, con el rostro enrojecido y la mirada llena de deseo por mí. Era tan bella, tan traviesa y sensual que me quise reír de mi mismo por no poder tener más voluntad y resistirme a ella.

Tiró de mi brazo, obligándome a regresar sobre ella, sintiendo su piel caliente y disfrutando la sonrisa ansiosa que tenía de su rostro, y volví a besarla sin reprimir nada. ¿Qué más daba? Era cierto que esto que estaba pasando tenía sabor a libertad, ella tenía sabor a descontrol y libertad.

Sus manos se aferraban con fuerza a mis brazos, mientras las mías se perdían tratando de tocarla completa, sentir cada gemido de su boca provocado por mí. Parecía encantada de no perder de vista mis manos sobre sus pechos, y a mí me prendía más saber que esa manía de verlo todo, no la abandonaba. Solo cerró sus ojos cuando mi mano llegó entre sus piernas, y no hice ninguna pausa torturándola, la quería ver desesperada, al límite del deseo por mí, porque no creí poder hacer esto muy pausado.

Respiraba tan agitada, y no dejé de tocarla en ningún momento, aun cuando esperaba que recuperara el aliento, mis manos estaban en sus piernas, sintiéndolas tan suaves como la última vez que las toqué.

Mis dedos se perdieron en su interior, y me aprisionó entre sus pechos, obligándome a tomarlos en mi boca, volviéndose inquieta, no pudiendo controlar sus emociones ante cada cosa que le hacía. Era deliciosa, es su impaciencia y sus gemidos, en sus manos sosteniéndome contra su cuerpo para que nunca parara de calentarla.

Soltó un quejido profundo cuando ya no lo soportó más, dejando sus manos a los lados, buscando soporte en las sábanas desordenadas, respirando agitada cuando al fin la dejé en paz, cayendo a su lado, disfrutando de la vista que era ella en ese estado.

Mierda, no podía creer que estaba haciendo esto, que me estaba involucrando con Minako cuando prometí no volver a tocarla. Pero en ese mismo instante mi mano llegó a su cuello, acariciándola para llamar su atención, para saber si había vuelto al control de su cuerpo. Ella solo besó mi brazo, moviéndome más cerca, acomodándome bajo su cuerpo para hacerme saber que era su turno de jugar.

Se veía tan segura allí, plantándose desnuda sobre mí, sonriendo altanera como si creyera poder derretirme con su mirada. Seguramente no faltaba mucho para que ambos nos derritiéramos de tanto calor que había aquí encerrado.

Movió sus caderas, tal como ya lo había hecho alguna vez, pero la sensación de nuestra piel rozándose era mil veces más tentador ahora que se movía allí. Pude adivinar que le gustaba mi cuello, porque fue directo con sus besos a atacar, y no pude dejar de tocar sus costados, sentir su piel sudorosa a medida que ella bajaba por mi cuerpo a besos y no vacilando en tomar mi dureza en su mano y devolverme el placer que ella había sentido. Cerré mis ojos dejándome llevar, cumpliendo con dejarla sentirse libre aun cuando lo único que deseaba era de una vez enterrarme en ella y quedarme allí un buen rato. Minako era cualquier cosa, menos tímida, y estaba entretenida viendo los estragos que hacían sus caricias en mi cuerpo. Agitó su mano ágil, mordisqueando mi cuerpo a medida que paseaba su boca por todas partes y tuve que arrebatarle la mano de sus movimientos cuando ya no podía seguir controlándome.

Ella tampoco quiso seguir esperando, y volvió a acorralarme bajo su poder, quedando sobre mí, abriendo un poco más sus piernas mientras buscaba su comodidad sobre mí. De alguna forma le ayudé, dirigiéndome en ella, exhalando con fuerza cuando sentí que me tenía totalmente dentro. Se quedó quieta un segundo, mirándome, y luego tiró mi, abrazándome mientras empezaba a moverse a su antojo.

Estaba perdiendo la cabeza, a cada embiste, a cada suspiro y roce de nuestros cuerpos, no había parte de nosotros que no estuviera tocándose, y aun así podíamos seguir moviéndonos. No supe cuanto tiempo pasó, ni qué había alrededor de nosotros, perdiendo la conciencia de cualquier cosa que no fuera nosotros, no perdiendo el ritmo de lo que estábamos haciendo. Me sentía perdido en ella, en su cabello húmedo entre mis manos, en la velocidad de todo aumentando, el movimiento, nuestras respiraciones.

Gimió fuerte cuando al fin se dejó ir, aferrándome a mí con aun más fuerza, sintiéndola temblar y buscar más aire, y yo no podía sino seguir moviéndome contra ella, queriendo también perderme definitivamente en su cuerpo. Y cuando al fin lo hice, caímos de vuelta al colchón, apenas teniendo aire en los pulmones, intentando aspirar lo más posible.

No sé cuanto rato pasó en que no nos movimos, pero en algún momento nos fundimos bajo las sábanas, sin decir alguna palabra. Se quedó dormida tan rápido que me pregunté cuando fue la última vez que ella había descansado, y me odié por seguir preocupándome de ella.

Aunque después de lo que acabábamos de hacer, la poca claridad entre nosotros era aun más difusa. No podía comprenderlo, pero de alguna forma me sentía atraído a su lado, como un imán contra el que no podía luchar. Pero me bastaba por ahora con asumir que sí éramos amigos, aunque ella era una amiga a la que deseaba bastante. Y ya que por esa noche el deseo había sido satisfecho, me quedé acariciando su cabello mientras ella seguía en sus dulces sueños.

¿Qué más podíamos hacer? Al menos esta noche, todo lo que nos rodeaba podía desaparecer. Porque aquí nadie nos iba a encontrar

Minako

Mi mente estaba aun alborotada, quizá por eso me levanté tan temprano, considerando que yo siempre prefería seguir durmiendo. La ropa de Yaten siempre tenía olor a limpio, y ya se había hecho costumbre que le sacaba algo para usar cuando venía a meterme aquí. Pero ahora era diferente.

No había planeado acostarme con él. Vine aquí porque era el único lugar donde podía sentirme tranquila. No quería ni pensar en que arranqué de la noche romántica que mi futuro marido me había ofrecido. Porque quise en ese momento ver a mi socio, mi amigo. Y esperaba encontrarlo aquí, pero no esperaba que ocurriera entre nosotros esto.

Sonreí. Porque parecía que no existía alguna forma en que él y yo fuésemos seres calmados, como si todo lo que nos atormentaba lo desahogáramos sobre su cama. Quizá sonreí porque de verdad Yaten me gustaba. Y aunque no era algo profundo, era la sensación más honesta y buena que tuve en los últimos meses.

Miré en algunos cajones de la cocina, buscando lo que hiciera falta para hacer algo de comer. Luego miré por la ventana, notando solo el verde de los árboles, y nada más alrededor, nadie.

—¿Sabes cocinar? —preguntó Yaten, aun adormilado.

Lo vi entrando con el cabello desordenado, apenas con un bóxer, tan guapo como siempre. Algunas partes de su cuerpo estaban rojas, sus brazos, su cuello. Y sabía que eso era obra mía.

—Lo único que logré aprender a cocinar sin quemar, son los panqueques. Y quise hacer desayuno para nosotros, tenemos hambre después de anoche, ¿cierto?

Él rió, y escucharlo fue refrescante, Yaten rara vez se reía porque encontrara algo divertido.

—Tenemos hambre —aceptó, acercándose a mí.

Su rostro volvió a tornarse un poco serio cuando acarició mis brazos ligeramente, mirándome por un momento antes de hablar.

—¿Estás bien? —consultó dudoso. ¿Sería que me preguntaba si estaba bien después de tener sexo?

—¿Y tú lo estás? —pregunté de vuelta. —Yaten, no debes preocuparte por mí, de verdad te deseo, y no creo que haberlo hecho anoche aplaque esa sensación, pero no pude evitarlo —admití. —No estoy tratando de manipularte —expliqué, temiendo que él se sintiera usado. Después de todas las veces que me ha dicho que lo provoco con dobles intenciones.

—Mina... —murmuró, tocando mi rostro. —No creo tener suficiente de ti tampoco —admitió con dificultad, sonriendo levemente.

—Soy muy buena, ¿no es así? —bromeé, queriendo que él se relajara.

—También soy muy bueno, parecías muy contenta conmigo encima —devolvió. Cuanto ego en un hombre.

—¿Contigo encima? Yaten, si mal no recuerdo, yo estaba encima de ti —reí y acerqué mi rostro, dándole un beso ligero. —Ya, solo pasó. Aunque la verdad sería genial que siguiera solo pasando —comenté.

Nos perdimos de nuevo en un beso, ahora más intenso, sintiendo su cuerpo pegado al mío, aun tibio y acogedor. Aun intenso y pareciendo que de nuevo todo quería descontrolarse. Cuando la temperatura de nuestros cuerpos comenzó a subir demasiado, Yaten se apartó, de mala gana quitó sus manos de bajo mi ropa, y yo de mala gana dejé ir su rostro.

Se movió por la cocina buscando agua para preparar café para ambos, mientras yo seguí entretenida con mi magistral receta. Me sentía contenta y ligera, más ahora que lo veía a él en la misma sintonía. En un principio, cuando desperté y lo vi a mi lado, pensé que Yaten me diría que fue un error, que estaba arrepentido porque está comprometido. Aunque, después de todo, también lo estoy yo.

Lo miré sin que él lo notase, y entendí que debía ser honesta con él, decirle lo que había pasado desde que lo dejé con su hermano.

—Después del desayuno, necesitamos hablar —anunció antes de que yo abriera mi boca, y eso me puso en alerta.

Es cierto que tenemos que conversar, yo al menos debo decirle varias cosas, pero él y su tono de voz me hacían sentir nerviosa.

Comimos con más ganas de las que creíamos, estando ambos agotados y queriendo recuperar energías. Era tan natural estar así con él, como si todo fuese como debía ser. Estar aquí era lo más cercano a sentirme en casa.

Él era un buen amigo, y estaba feliz de que nuestros caminos se cruzaran. En un momento como este, todo lo que pasaba fuera de nuestra burbuja, no parecía tan malo.

Luego de una ducha y de abrigarnos un poco, estuvimos frente a frente para esa charla. Y la ansiedad volvió a mí, esperando que se tomara lo mejor posible las noticias que tenía.

—Han ocurrido algunas cosas desde que te fuiste de vuelta con Ace —inició él. —He estado trabajando para mi hermano y sus jefas —me informó. O sea que si funcionó la oferta que le hicieron.

Él iba a continuar hablando, pero necesitaba decírselo.

—Yaten, espera —le interrumpí, y él me miró confundido. —Pasó algo.

—¿Algo como qué? —preguntó desconfiado.

—Ace quiere que me case con él, debería decir que estoy comprometida. —solté, apartando la mirada.

Yaten guardó silencio un momento, y vi sus manos convertirse en puños apretados. No esperaba que fuera feliz con la noticia, porque yo tampoco lo estaba. Pero supongo que comprenderá, él también está atrapado en un matrimonio forzado.

—¿No pensaste en decirme que aceptaste su propuesta antes de acostarte conmigo? —reclamó, y volví a mirarlo ofendida.

—¿Tu crees que me preguntó? Me dijo que apenas encuentre la espada, dejaría de ser su empleada, que puedo estudiar algo y que me prepararía para ser su esposa —relaté y sentí nuevamente el peso sobre mi cuerpo.

Yaten estaba molesto y todo lo calmo que habíamos tenido, se esfumaba.

—Creí que podía dominarlo, que podía manipularlo y tenerlo comiendo de mi mano, y en algún momento así fue. Era tan fácil como dejarlo acercarse a mí —expliqué.

—No me interesa saber detalles sobre tu cercanía con ese imbécil —alegó. — Me pregunto hasta cuando esta calentura contigo va a nublarme la vista.

Lo miré enfurecida. ¿Una calentura? ¿Eso era todo?

—¿Eso soy para ti? —pregunté, tratando de controlar mi humor.

—Mierda, ¡no! —dijo brusco.

—Tu haces lo que quieres con Kakyuu, y me reclamas por Ace. Estoy siendo honesta contigo sobre lo que ha pasado.

—Termina de decirme qué es lo que ocurre con Ace —pidió, no dejando su enojo.

Asentí intentando mantener la calma, porque él tenía razón. Y él era la única persona en quien podía confiar.

—Yo no debí buscarlo cuando Serena desapareció. Estaba desesperada, solo quería solucionarlo todo lo más pronto posible y él parecía tan dispuesto —sonrió. —La desesperación me traicionó, o quizá la manía de siempre proteger a mi hermana, como si fuera la gran misión de mi vida.

—Tu también tienes una vida propia —agregó. Y tenía razón.

—La tenía, sí. Pero seguro te ha pasado que pones el bienestar de Seiya antes de ti.

—Estabas asustada, sigues asustada —resolvió, evitando responder algo que lo involucrase.

—No lo estoy —me defendí.

—Mina —me llamó, calmando un poco su dureza, tomando mi rostro para que le mirase todo el tiempo. —Se honesta alguna vez.

—¿Y tú qué sabes de honestidad? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste sincero?

Frunció el ceño, pareciendo que intentaba contener un montón de insultos hacia mí, pero respiró profundo e intentó hacer salir las palabras de su boca.

—Te he extrañado también, y estaba preocupado. ¿Es esa suficiente honestidad para ti? —soltó tosco.

Sonreí leve, asintiendo. Gustándome demasiado cómo sonaban sus palabras. Pero que me gustara Yaten no significaba que debía dejarme llevar como cada vez que me gustaba algún chico y se me enredaba la cabeza. Ahora todo era mucho más complicado que un simple romance pasajero.

—Ace me dio una carta de Serena. Apenas decía que estaba bien —le conté, centrándome nuevamente en lo que importaba.

—¿De dónde la sacó?

—Creo que le pagó a una empleada de Diamante para que mi hermana viese un video mío y luego escribió el mensaje.

—¿Y era su letra?

—¿Cómo? —pregunté confundida —No, era una carta escrita digital. La empleada le llevó el video en el mismo aparato que ella escribió de vuelta, Ace la imprimió para mí.

—No estaría tan seguro de que realmente sea una carta de tu hermana —me advirtió.

—¿Y si no es Serena, quien?

No respondió alguna cosa, pareciendo complicado con algo que no comprendí. Yaten tenía también algo que decirme y al principio pensé que era de su trato con su hermano. ¿Sería posible que Yaten supiera algo de Serena?

—¿Qué ibas a decirme? La razón por la que debíamos hablar —pregunté enseguida.

—Creo que Ace no solo quiere tenerte porque esté encaprichado contigo. Pensé que era por eso, pero hay algo más —comenzó.

—¿Qué más podría querer?

—Tu madre, creo que ella ayudó a esconder al heredero de la familia que mi hermano protege —soltó. —Y si Ace lo sabe, puede estar usándote.

—¿Mi madre? No es posible, debes estar confundido —defendí, no comprendiendo del todo lo que estaba diciéndome.

—La primera vez que nos metimos en la casa donde está Taiki encontraste una foto de ella, ¿recuerdas? —preguntó y yo asentí, comenzando a espantarme ante sus palabras. —Taiki me hizo revolver entre las cosas de mi padre para darle información que pudiera estar escondida. Y encontré algunas cosas, estoy seguro que hay más.

—¿Y Taiki lo sabe?

—Ni él ni esas mujeres, los desvié, creen que el heredero creció en un hogar para niños.

Lo miré, queriendo procesar lo que estaba diciéndome, que tampoco era información muy clara. Pero si mi madre tenía algo que ver con ese niño desaparecido y su familia, habían muchas mentiras en lo que yo creí que fue mi vida y mi propia familia.

—¿Por qué? —pregunté. — ¿Por qué les mentiste?

—Porque iban a ir por ti. Y no es porque seas tú, es solo que no puedo dejar que mi padre haga mal su trabajo, y si te pasa algo ahora que eres adulta, dará igual todo lo que él hizo por ti cuando eras niña—respondió. —Eres la hija de la única conexión que tienen para llegar a ese hombre, ¿qué crees que harán? Te van a usar para encontrarlo, van a creer que algo sabes.

—Y tu piensas que esa es la razón por la que Ace me quiere retener —comprendí entonces.

—Es lo que yo haría. Ace es mayor que tu, no creo que un matrimonio con alguien tan joven y sin recursos, le sea útil —explicó. Y tenía razón, pero significaba que yo no era la única persona útil para obtener información sobre mi madre.

—Y quizá por eso Diamante atrapó a Serena —deduje de pronto, sintiéndome espantada. —Pero no entiendo porqué mi madre no nos advirtió.

—Eran niñas cuando ella murió, y dejó a mi padre cuidándolas. ¿Qué más podía hacer? Seguro no tuvo alternativa, si ella cuidó a ese niño por un tiempo y sabía su ubicación, aunque no entiendo porqué la eligieron a ella.

—No recuerdo ningún niño con el que mamá tuviera contacto, ¿qué edad tiene ese hombre? Quizá fue antes que mi hermana o yo naciéramos —quise saber. Esto era mucho más complicado que buscar una espada, y ahora Serena y yo éramos también parte del lio.

—No lo sé aun, tendré información en dos días. Pero necesito que me ayudes a entender qué tiene que ver tu madre —pidió.

—Se nos ha ido todo de las manos, no sabemos nada de esa espada y ahora Ace quiere casarse conmigo, tu vas a casarte con Kakyuu y tienes que investigar qué hacía mi madre con un heredero mafioso. ¿Cómo vamos a salir de esto?

—Lo haremos —me aseguró.

—La única forma de hacerlo, es juntos.

—¿Y vas a poder separar lo que pasó anoche de lo que tenemos que hacer?

Dudé un momento, intentando elegir bien lo que iba a responde. Pero por otro lado, él sabe que no soy una persona que actúe muy controlada.

—Me gustas. Y es una tontería, ¿por qué iba a gustarme alguien en medio de todo lo que está pasando? —le pregunté y sonreí. —Eres como un oasis, y me habría encantado encontrarme contigo antes, cuando nada de esto ocurría, habría podido molestarte tanto, coquetearte hasta sacarte de quicio. Y te habría robado un montón de besos. Nos habríamos divertido mucho, ¿no crees?

—Ya me has robado varios besos. Y darnos besos es lo más inocente que hemos hecho —acarició mi rostro sonriendo levemente. Yo sabía que a él le pasaba algo similar, pero Yaten es mucho más sensato que yo. —Da igual encontrarse antes o ahora, siempre creeré que eres un dolor de cabeza —respondió.

—Tu dices que tenemos que separar las cosas y dedicarnos a lo que tenemos que resolver.

—Sí, porque no hemos hecho más que meternos en líos. No voy a mentirte, te deseo, ya te lo dije, pero no quiero que perdamos la cabeza. No quiero preocuparme por ti más de lo que en este momento me preocupo. Ni quiero que tú te hagas ilusiones sobre nosotros —ahí estaba marcando los límites nuevamente, y yo quería comportarme a la altura.

—Entiendo —acepté, sabiendo que él tenía razón, aun cuando me costaría mantenerme a raya. No era que me ilusionara, pero parte de mi quería mantener esa sensación que nos envolvía aquí, tan ligera.

Me acerqué a él, abrazándolo, notándolo tensarse y demorar en envolver sus brazos a mi alrededor. Cerré mis ojos, queriendo tomar esto como una amistosa despedida a nuestra noche juntos, que no volvería a ocurrir, y cuando me separé de él, lo noté aun más serio que antes.

—¿Vas a volver con Ace?

—Me buscará por todos lados si no aparezco, debo inventar una buena excusa por haber ignorado su invitación a cenar —le comenté.

—Creo que puedo darte una razón —murmuró. —Desvíale el tema, pregúntale por la carta de tu hermana —sugirió.

—¿Qué es lo que debería preguntarle?

—Si Ace te retiene porque podrías darle información valiosa, ¿crees que se quedaría tan tranquilo si Diamante tuviera en su poder otra persona con la misma información? ¿No has pensado que Serena en realidad nunca ha estado en manos de Diamante?

Me quedé en silencio asimilando sus palabras, pero no podía ser. ¿Dónde más estaría mi hermana sin que yo lo supiera? Además ambas vimos todo el acoso de Diamante días antes que ella desapareciera. Pero no fue ella la que me dejó pistas de que había desaparecido. Fue Ace el que confirmó que estaba con Diamante, y nunca había tenido una prueba concreta, más que esa carta. Una carta que no tenía la letra de mi hermana.

Yaten tenía razón, yo estaba enceguecida por encontrar a Serena y sin darme cuenta, era ahora yo quien estaba atrapada.

—Voy a intentar encontrar la verdad, pero si logro salir de ahí, debes saber que aunque esté sola no voy a parar de buscar a mi hermana.

—Lo sé, pero voy a ayudarte. Tu hermana también es parte de la responsabilidad de mi padre —me aclaró. —No estás sola.

Sonreí ante sus palabras, agradecida porque sabía que Yaten no era la clase de hombre que dijera esas cosas al azar, o a cualquier persona.

—Me quedaré aquí estos dos días, hasta que debas ir por la datos o lo que sea —avisé, y él aceptó.

Después de todo, era sobre mi madre, y a él también le servía lo que yo pudiera decirle.

—Cuando tenga información concreta sobre ella, lo sabrás.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —dijo sincero. —Pero debemos prometer también que no más enredos, solo vamos a complicarnos la vida.

Nos dimos la mano cerrando el pacto de no volver a sobrepasar los límites de nuestra incipiente amistad. Iba a costarme tanto no tocarlo, y probablemente también a él. Pero era cierto que somos dos personas adultas con muchos más problemas que resolver como para estar todo el tiempo, guiados por nuestras hormonas.

Yaten

Luego de recopilar toda la información que Mina tenía para entregarme sobre su madre y lo que recordaba de su infancia, me sentí un poco culpable.

No había dicho todo lo que sabía. Pero también le había prometido solo entregar información concreta, y lo que yo sabía sobre Ikuko Tsukino era muy vago. Mi padre la había investigado más allá de lo que debió, y yo no sabía si esa señora estaba al tanto de lo que alguien más quería de ella. No me parecía una mujer común, no creí que fuera casualidad que su nombre apareciera por todos lados en lo que tiene que ver con la familia que mi padre y Taiki protegen. Si tan solo supiera más de esa familia, quizá entendería.

Pero hubo una sola cosa en ese instante que me perturbaba: El registro de nacimientos de Ikuko Tsukino. Minako y Serena eran hermanas, y hasta donde yo sabía, no eran gemelas. Sin embargo, su madre solo había tenido un parto. ¿Solo una de ellas era su hija? O quizá, era la madre del heredero que buscan todos, o quizá una de sus dos hijas nació en casa, sin ayuda profesional. Y hasta que no supiera la verdad sobre esa información, no podía decírselo a Mina. ¿Cómo iba a decirle que quizá su madre no era su madre? O que su hermana quizá no lo era, o que ninguna lo era. Eran demasiadas posibilidades nacidas de esa información, y no podía hacerle daño diciéndoselo. No aun.

Me molestaba el exceso de consideración que tenía hacia ella, era cierto que me preocupaba, que la había extrañado, que me agrada tenerla cerca y que me tenía nervioso todo esto que se producía entre nosotros. Por eso puse límites, por eso quise prometernos que no íbamos a volver a tocarnos. Porque creí que el deseo que teníamos, solo era problemas.

Y sin embargo el acuerdo había durado un par de horas, porque aquí estaba de nuevo, tirado sobre la alfombra de mi sala, intentando abrigar a Mina que de nuevo se había quedado dormida entre mis brazos, después de haber tenido sexo de nuevo.

Soy un hombre adulto y debería poder controlarme, pero creo que en el fondo no deseo tenerla a raya, en el fondo quiero tenerla una y otra vez, sin que cada vez que lo hago logre aplacar ese deseo.

La manera en la que se aferraba a mí, aun dormida, me hacía preguntarme cuantos años habían pasado desde que ella se sintió lo suficientemente segura al dormir, sabiendo que alguien velaba por su sueño. Siempre decía que cuidó de su hermana, y siendo pequeñas cuando su madre murió, era obvio que nadie había velado por ella con cariño.

Aunque lo que yo sentía por Mina no era cariño, era solo deseo.

Yo había extrañado a mi padre cada día, también lo extrañó Seiya, y yo había extrañado a mi hermano desde que se fue. Y no siendo ni la mitad de afectuoso que ella es, había necesitado el cariño de mi familia, o el cariño honesto en general, puedo imaginar lo que debe estar sintiendo.

Quizá también estoy intentando llenar ese vacío que siento, al mantenerla aferrada entre mis brazos. Era una buena chica, algo escandalosa y con tendencia a meterse en problemas, pero era buena persona. Una que había ido por mí al lugar en que casi la matan y había enfrentado a las personas que le apuntaron en la cabeza, solo por hacerlas soltarme.

¿Dónde estaba Seiya? Ahora más que nunca desearía poder tener a mi hermano, porque aunque no iba a contarle nada de lo que estaba pasando, él de alguna forma lo habría notado, y me diría a la cara todas esas tonterías que tanto me gusta negar. A veces necesitaba sus palabas abriéndome los ojos.

Pero al menos ahora, yo sí sentía cosas más claras. No iba a depositar ni una sola esperanza sobre Kakyuu y su familia. Iba a desviar la atención de Ami y Rei hasta que pudiera saber la verdad sobre la madre de Minako. Necesitaba encontrar a Seiya lejos de Taiki, e iba a dejar de culparlo por todo, porque actualmente yo también quería huir de la familia Black. Llegará el momento en que me explique qué pasó, pero para eso necesitábamos reencontrarnos. Si todo salía según yo pensaba, mi hermano podría ayudarme a encontrar todo lo que papá ocultó por años, y con suerte saldríamos de todo este lío.

Me pregunté si lo lograríamos, si en algún momento volvería a pasar mis tardes sacando fotos en lugares preciosos. Si al llegar a casa tendría que lidiar con el desorden de Seiya, y quizá con Taiki, si es que volvía a nuestra familia. A menos que lograran calzarlo con un matrimonio con alguna de las mujeres para las que trabaja.

Puede que en algún momento tenga la espada en mis manos, porque comenzaba a sospechar que estaba más cerca de lo que imaginé.

La espada desapareció poco antes de que Taiki volviera a mi vida, trabajando para una familia que había sido masacrada casi por completo. ¿Y si tanta muerte era porque ellos fueron dueños de esa espada? ¿Y si actualmente Ami, Rei y Lita la tenían en su poder? Estaban intentando restaurar el poder que alguna vez tuvieron, y vengar al resto de sus familiares muertos, y por lo poco que entiendo de los códigos entre estas familias, esa espada sería el símbolo perfecto para lograrlo.

Y ahora tenía otra pregunta que rondaba en mi cabeza, porque no estaba seguro de mí actuar si ponía mis manos en esa espada. Yo la quería para liberarme de los Black, pero ahora estaba también atrapado por otra familia, sin contar que Ace tenía amarrada a Mina con mucho más que la promesa de encontrar a su hermana a cambio de esa espada.

Miré de nuevo a Mina, tan tranquila, y se me hizo un nudo en el estómago al pensar que en medio de esa masacre, del heredero perdido, ella tenía alguna relación a causa de su madre. Y lo preocupada que va a estar al saber todo esto, temiendo que alguien dañe a su hermana desaparecida.

La tomé en mis brazos, poniéndome de pie para llevarla a la cama. Ella protestó aun adormilada, pero enseguida se acomodó para dejarme cargarla.

Era de día aun, y me pregunté cuando iba a despertar. Pero si ella despertaba quizá preguntaría más cosas que yo no podía responder aun, quizá íbamos a acostarnos de nuevo.

La dejé en paz en mi habitación luego de vestirme y salí de la cabaña, buscando un poco de aire, mirando alrededor de este lugar que nos apartaba tanto de los problemas. O lo hacía hasta que mi teléfono sonó.

Era un número desconocido, pero no sería la primera vez que uno de esos aparece en la pantalla llamando.

Contesté, poniendo el aparato en mi oído, y al otro lado sonó una voz muy conocida, una que había estado esperando escuchar.

¿Estás con Taiki? —preguntó enseguida.

—No Seiya, ¿lo estás tú? —devolví.

Necesito hablar contigo sin que él sepa que nos hemos vuelto a ver —pidió, y mis ojos se ampliaron.

—¿Estás aquí? —quise saber enseguida.

Yaten, necesito tu ayuda, esperaba no molestarte, pero supongo que para eso son los hermanos. ¿Podemos reunirnos?

—Taiki va a seguirme a todos lados, y probablemente te tenga vigilado. Su ayuda quizá sea sincera, pero no quita que siga cumpliendo sus deberes de trabajo —expliqué.

Hay cosas mucho más importantes que lo que deba o no hacer Taiki —alegó urgido, algo estaba pasando, y sinceramente, estoy harto de que sigan apareciendo problemas o cosas que no se.

—¿Qué quieres exactamente?

No puedo decírtelo por teléfono.

—Necesito tu ayuda también, así que dime cuando y donde podemos vernos.

La casa de papá.

—No, Taiki debe tener gente alrededor, he estado yendo allí seguido —le dije, después de todo, iba a tener que contarle lo que estaba pasando.

Busca el lugar y estaré ahí mañana, te enviaré el número al que puedes llamarme —informó antes de cortar.

Me quedé pegado mirando el teléfono un buen rato. Después de todos estos meses iba a ver a Seiya, y él necesitaba algo que lo tenía tan desesperado, que iba a aparecer aun con el peligro que parecía significar su presencia.

Si los Black o Taiki y su gente se enteraban de nuestro encuentro, iban a lincharnos. No quería ni imaginar que Kakyuu supiera y le diga a su padre la verdad, solo por ver a Seiya sufrir por lo que le hizo. ¿Sería ella capaz de tanto?

Y por otro lado, era el enfrentamiento que yo mismo esperé por tanto tiempo, exigirle una explicación por todo lo que hizo, y que de alguna forma compensara lo que había sido de mi vida después de su desaparición.

El único lugar en el que me sentía a salvo para reunirme con él, era aquí, en esta cabaña. Pero necesitaba que Mina saliera, porque no podía contarle a Seiya todo lo que tenía que decirle, si ella seguía rondando.

Fui a la habitación, ella estaba despierta mirando el techo, pero apenas entré fijó sus ojos en mí.

—Creo que he dormido un montón —murmuró. —¿Quieres ir a dar una vuelta por el bosque?

Me senté a su lado, tratando de inventar algo para sacarla de aquí. Pero qué más daba, tampoco era terrible que ella supiera la verdad.

—Mañana vendrá Seiya a verme —le dije directo.

—¿Tu hermano está de vuelta? —preguntó sorprendida.

—No lo sé, pero necesitamos hablar de muchas cosas, y será mejor que no estés aquí.

—Qué sutil forma de echarme —bromeó. —De acuerdo, por la mañana volveré donde Ace.

—Gracias —susurré, aun cuando no me gustaba nada que estuviera de vuelta en ese lugar. —Debes tener cuidado con lo que hagas, por favor, no te metas en más líos. Ya hay demasiados —le pedí.

Lo que me preocupaba era que dijera a Ace más de lo que debía, o que se descontrolara y él le hiciera daño. Esperaba que si él de verdad estaba encaprichado, bajara sus defensas y tratara bien a Mina.

—¿Por qué estás tan serio? —me interrumpió. —Es tu hermano, todo va a estar bien aun si llevan meses sin verse.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, solo sé que estabas enojado porque su ida hizo que te involucraras con los Black. Pero volver a ver a tu hermano debe ser genial, ¿estás nervioso?

Sí, lo estaba, pero no quería hablar de eso. ¿Por qué tenía que preguntarme tantas cosas? Ella no tenía ningún derecho a meterse en mis asuntos. Aun cuando yo me metía en los suyos a cada rato.

—Es complicado, no lo entenderías —respondí esquivo.

Rodó los ojos, sentándose en la cama, y claramente no me creía ni un poco.

—Se te olvida que soy una chica muy astuta, por lo tanto lo entendería. Además también tengo una hermana que no veo hace mucho, y estaría nerviosa de saber que la veré en unas horas. Y por último, somos amigos, podemos conversar estas cosas —explicó tan relajada como si olvidara el resto de los líos.

Porque claro, muy amigos somos, tan amigos que le parecía de lo más natural seguir desnuda en mi cama conversando conmigo. Y si no fuera porque me vestí, seguro ya la tendría encima de nuevo sin que yo pusiera alguna resistencia.

—Seiya se fue voluntariamente, tu hermana no sabemos en qué condiciones desapareció —repliqué.

—Y ahora va a volver, sería buen momento para admitir que estás contento de volver a verlo —me presionó.

—¿Contento? Voy a partirle la cara apenas lo vea —aseguré.

Ella se echó a reír, pero no me parecía nada gracioso. Sé que necesito hablar con Seiya, pero también sé que va a tener que dar muy buenas razones para que yo acepte lo que hizo.

Pero ya no estaba tan enojado, y me pregunté qué tanto de mi había expuesto ante Mina para que ella pudiera adivinar cómo me sentía. Los nervios por ver a Seiya, la preocupación hacia ella, todas esas sensaciones que me hacían volver a ser el mismo que siempre fui, como si de alguna forma fuera de a poco borrándose lo que había hecho en los últimos meses.

El problema es que se que es muy probable que tenga que ensuciar mis manos y mi conciencia, pero al menos espero que sea para poder salir de todo esto.

Mina me atrajo hacia ella, pero a diferencia de todos sus momentos de cercanía, no fue para atacarme a besos. Me abrazó, y no sé porqué eso me desconcertaba aun más que el descontrol hormonal que vivía dominándonos.

Era tan cálida y cariñosa, y me habría gustado que ella también pudiera decir que volvía a ver a su hermana, pero por ahora, lo único que podíamos hacer era refugiarnos el uno en el otro, porque mañana probablemente muchas cosas serían diferentes.

Mañana ella tendría que desenmascarar a Ace.

Mañana yo tendría que enfrentar a mi hermano.

Y ahora solo iba a dejarme llevar por una vez, por lo que mi amiga estaba ofreciéndome, más allá de su cuerpo, era el calor de su cariñosa cercanía, siendo un alivio antes de que todo lo que hubiera fuera de la burbuja de este lugar, volviera a complicarse.


.

.

.

Hola!

¿Y qué tal? Ya van sabiéndose cosas que estaban ocultas, y Yaten cada día está más estratégico y controlado, excepto con Mina, obvio.

Gracias por los comentarios y leer.

Espero sus reviews y nos leemos en el próximo capítulo!