Brillo Escarlata
Por: Tiff Dincht
En realidad este no es uno de los mejores momentos de mi vida. ¿Has tenido alguna vez un deja-vú tan explicito, que incluso recuerdas las sensaciones que sufriste esa primera vez? Eso me está pasando en este preciso instante. Es como si conociera este lugar inmundo a la perfección, a pesar de nunca haber puesto un pie en él antes. La humedad, la oscuridad, el nauseabundo olor que recuerda al encierro prolongado… todo mezclado con el sentimiento pesado y amenazante de la desesperanza. Literalmente, y sin querer sonar melodramático, se respira el miedo en este lugar.
De cada una de las celdas envueltas en sombras, emana un aura apesadumbrada y violenta hacia los que habitan el mundo exterior, que se siente solamente de la proximidad en un pasillo de casi cuatro metros de ancho. Estoy seguro que la certeza de la muerte venidera es un peso indeseable para cualquier ser humano, a pesar de toda la preparación mental o espiritual que se tenga.
A mi lado, escucho algunos susurros apagados y alcanzo a vislumbrar una mano que se extiende queriendo alcanzar mis ropajes. "Salvación" murmura entre dientes un hombre de barba tupida y mirada perdida que se arrastra por el suelo trabajosamente. Lo miro un momento y le lanzo una sonrisa compasiva que no siento, prometiendo una expiación ilusoria en mi mundo, que le sabrá a realidad en el suyo; dejándole tranquilo con una débil sonrisa de satisfacción en el rostro.
El arrepentimiento es algo que llega pocas veces a personas como nosotros. Debe haber siempre algo de por medio que nos obligue a tomar ese paso sobrehumano. Algo extraordinario, que vaya más allá del entendimiento racional. A algunos, les llega por el lado divino. Dios, con su benevolencia y sus promesas de tierras cubiertas de pastizales y rodeadas de hermosas montañas y aguas cristalinas, hace maravillas de vez en cuando en casos como estos. A otros, como yo, les llega de un lado más humano y terrenal, que de todas formas tiene que ver con un milagro: el amor. En mi caso, no hubiera pasado de otra manera. Ni Dios hubiera podido abrir mi corazón de la manera en que lo logro esa persona. Claro, todo depende de la perspectiva en que lo miremos. Dios pudo ser también el causante de la llegada de esa mujer… lo que cambia aquí es el enfoque.
-Es la última celda de la derecha.- a mi lado, entrecortando las palabras con una pesada respiración, escucho una débil y aguda vocecilla, a la que todavía no logro acostumbrarme. Proviene de un hombre corpulento de buena estatura, que camina de forma peculiar, casi risible. Echa para atrás la espalda de manera exagerada para aguantar el peso de su enorme barriga que parece a punto de estallar, abriendo demasiado las piernas al caminar para soportar de mejor manera su peso. Parece como si estuviera aprendiendo a andar con toda esa corpulencia. De su rostro obseso y sudoroso, sólo sobresalen unos oscuros y profundos ojos de mirada sagaz, que me miran con resentimiento una milésima de segundo, antes de seguir con su bien interpretada actuación.
El rubio que camina a mi lado ha perdido todo el porte galante que le otorga su estatus parisiense. El espeso maquillaje que cubre las líneas delatadoras de esa pesada piel artificial, oculta también la belleza juvenil atrayente de miradas furtivas tan constantes en tiempos menos aciagos. Sin embargo, aguanta con la cabeza en alto y con interpretación magistral mis constantes burlas, sabiendo que rivalizan en importancia con el papel que jugará en el futuro de la misión.
Por mi parte, luzco sólo un poco diferente. A mi rostro le he añadido unas cuantas arrugas que aparecen a los cuarentas -y que no tardarán en notarse naturalmente-, y algunas canas a una larga cabellera azulada entretejida con habilidad. Esos lentes azulados han quedado relegados en esta nueva personalización para dar paso a lentes de contacto castaños, disimulando de manera soberbia aquellos fantasmales orbes escarlatas, de los que no me puedo deshacer.
Los dos hemos pasado ya por varios controles de seguridad. Sin embargo, hemos cuidado hasta el último detalle de nuestro atuendo. Las credenciales, los expedientes, las huellas dactilares… todo ha sido adaptado completamente para coincidir con nuestras características personales. No cabe duda que la suplantación realizada es la mejor. Claro, tenía que serlo después de vaciar una de mis cuentas Suizas por completo. Ahora, lo único que queda es continuar con el plan. Para llevarlo a cabo, necesitamos reunirnos con Syaoran directamente, y comunicárselo con todo detalle. Después de todo, su participación es un elemento crucial.
Tamaki me da un codazo discreto antes de llegar al final del pasillo. Sabe bien lo que estoy pensando y teme por un segundo que me desvíe de mi papel ante la mirada escrupulosa del guardia apostado frente a la pared de fondo. Además, seguro que ha notado el sencillo crucifijo que trae colgado al cuello, detalle que seguro nos servirá enormemente… Sin regresarle algún tipo de confirmación de que he comprendido su indirecta, sonrío amablemente al guardia que me mira receloso haciendo una pequeña reverencia, obteniendo de su parte una mueca de confirmación empática que me asegura una conversación tranquila dentro de la celda. Después de todo, la visión de la sotana sacerdotal tiene ese impacto en los creyentes. Una mezcla de ciega creencia inconsciente que muchas veces les hace vulnerables a engaños y chantajes… como el que estamos a punto de realizar.
Sin más preámbulos, me acerco a la última celda de la izquierda. De ella emana el usual olor a encierro y a humedad que ya parece ser costumbre en lugares como estos. Sin embargo, además de ello, se percibe con intensidad el sentimiento de muerte. Es pesado y de alguna manera, parece atrayente. Como si nada más pudiera entrar ya a esa celda; nada más que la resignación. Y ahí, tumbado de lado en una simple cama con un delgado colchón incómodo, se encuentra sólo la sombra marchita y desdichada de lo que un día fue mi amigo. Mi mejor amigo…
…
Tamaki Suoh siempre se había jactado de ser un hombre difícilmente impresionable. Podía manejar la mayoría de las situaciones con frialdad inhumana, capacitado él como estaba con su intelecto superior. Su vida se había regido siempre por el principio de causa efecto, tomando de una manera propia a la ley Budista del karma. No era que creyera en el castigo divino; era sólo que pensaba que todas las acciones desencadenaban efectos equivalentes pagaderos en algún momento de la vida. Él por ejemplo, había sembrado ya hacía muchos años semillas de codicia y venganza que le habían costado lo más valioso de su vida. El daño que había infringido sin más beneficio que la autosatisfacción, había regresado a él en un efecto equivalente algunos años después, ocasionándole una pérdida indescriptible que prefería mejor no recordar. Su perspectiva de la vida había cambiado a razón de ese evento. El país que había llamado hogar alguna vez, le pareció inhabitable para él de un momento a otro, obligándole a dejar atrás los recuerdos y los objetos más valiosos; buscando de esa manera egoísta la pacífica autocompasión eterna en el exilio.
Inglaterra había sido su nuevo refugio. Relegado en un pequeño pueblo del condado de Sussex, había pasado varios años sumido en sus reflexiones y su amargura, receloso de tocar la luz del día a no ser por asuntos indispensables. Los viejos que lo habían acogido, y que se habían convertido en sus nuevos padres colmándole de toda la sabiduría y amabilidad de la vejez, le habían aceptado tal y como era y nunca le habían preguntado de su pasado, confiando en él ciegamente para todos sus asuntos. En realidad, gracias a ellos había vuelto a vivir. Los días ya no le parecían pesados en la mañana, ni melancólicos por la tarde. En las noches ya lograba conciliar el sueño serenamente habiéndose reconciliado con los rostros y las miradas que le habían hecho tan feliz en el pasado… Sus benefactores habían muerto años después. Le habían heredado la fábrica que habían levantado desde sus cimientos, otorgándole un porvenir que no creía tendría la oportunidad de experimentar de nuevo. Las lágrimas que había derramado esa vez, a pesar de la incredulidad de muchos, habían sido las más sinceras después de aquellos días tristes en París. Empezó a vivir solo desde entonces. El pueblo, al principio receloso ante el nuevo inquilino, fue abriendo sus puertas ante el rubio sonriente y carismático que tocaba puerta tras puerta ofreciendo sus productos, para convertirlo después en uno más de los residentes permanentes del lugar. Sin embargo, trataba de mantener los asuntos privados en donde nadie pudiera verlos, manejando sus relaciones sociales con absoluta prudencia. Salía, pero trataba de nunca armar escándalos, escabulléndose de los cotilleos de los demás con una sonrisa discreta bien estudiada. Conocía a todos, pero nadie lo conocía a él. Una existencia reconfortante con la que lograba mantenerse en paz. Tal vez hubiera terminado sus días de esa manera, de no haber escuchado el chisme nuevo del pueblo. Un hombre extraño de cabellos y gafas oscuras había aparecido de la noche a la mañana, comprando sin chistar una bonita casa al lado del lago, consiguiendo en la mueblería del pueblo todo lo que había necesitado en sólo un día. Al parecer, llegaba de un país lejano, pero llevaba un acento inglés bien definido. Además, era bien parecido. Las chicas del pueblo habían ido a dar sus regalos de bienvenida una por una hasta la puerta del hombre, siendo recibidas cortésmente pero con indiferencia, acarreándoles un sentimiento de rechazo que pronto se empezó a hacer común. Todos hablaban del 'nuevo'. Todos excepto él. No le había llamado la atención. No sabía ni siquiera a que casa se refería la gente. No le importaba en absoluto.
Pasaron los meses de esa manera. El rubio pronto se había olvidado del nuevo inquilino, y había seguido con su rutina diaria. Pasaba sus mañanas en la oficina haciendo cuentas, visitaba a algunos clientes, y dedicaba la tarde a una placentera caminata por un rumbo bien definido del pueblo. Así era feliz, y nadie lo molestaba por ello. La soledad se había vuelto un habito que le hacia buena compañía. Uno que lo mantenía apegado a la cómoda rutina. Por ello, se sorprendió incluso a si mismo cuando, una tarde cualquiera, alteró su camino habitual. Sus pies lo llevaron a las orillas del pueblo, lugar que solía frecuentar en pocas ocasiones, sorprendiéndole por un momento la luz en aquella casa que él aún creía en venta. Miró con atención, y sus ojos se cruzaron con la mirada de un hombre que bebía el té tranquilamente, sentado en su pórtico. Le pareció una figura enigmática que contrastaba evidentemente con la tranquilidad de su entorno. De alguna manera, supo desde ese momento que aquel hombre, era diferente a cualquiera del pueblo. Era una figura oscura y a la vez atrayente a la que no se pudo resistir por mucho tiempo. Pronto, las tardes que pasaba en su compañía se empezaron a hacer frecuentes. Tomando el té, practicando kendo o simplemente pasando el tiempo en silencio, pasaban las horas y se empezaba a oscurecer el cielo, tornándolo en vivaces colores cálidos. En su mutismo, sabían de alguna manera que tenían algo en común. Algo oscuro que no podían expresar en palabras y que preferían dejar en el aire, sin pronunciar. Un pasado inusual que podían intentar olvidar, pero que sabían permanecería imperecedero en sus memorias. Se habían aceptado así, tal y como eran. Habían permanecido juntos muchos años sin más prejuicios que sus errores del presente, tomando como burla el futuro impredecible con sus efectos… aún sabihondos de que llegaría tarde o temprano, inevitablemente.
-Lo sabía. Pero nunca hubiera logrado prepararme lo suficiente.- después de todos esos años, ese momento al fin había llegado. En Japón, a sólo un día de su retorno, había conocido al fin la verdad de todo. La había escuchado proveniente de los mismos labios de su amigo, en un intento de obtener su ayuda en el asunto que los había sacado de su exilio en el extranjero. Había estado expectante y ansioso… sin embargo, en esos momentos, deseaba con todo su ser haberse quedado a la sombra de la duda. No recordaba quien le había dicho que no había nada peor que el peso de la certeza, y él lo estaba experimentando sin ningún arma para contrarrestarlo. Había conocido a personas como él, y a manos de esas personas, lo había perdido todo. Por ellos era… lo que era, y los odiaba por haberlo obligado. Su mutismo había sido inquebrantable durante su explicación. Eriol le volteaba a ver de vez en cuando en busca de alguna reacción, continuando con su relato sin ningún matiz en su voz. Le había contado acerca de sus padres en Inglaterra, de su llegada a Japón a causa de una voz y su consecuente encierro en un manicomio; su salida y su encuentro con aquel castaño que le había presentado el mundo bajo nipón; su afianzamiento en una compañía encubierta y las 'misiones' que llevaba a cabo con éxito; y posteriormente su encuentro con la persona que había llegado a destruirlo todo, salvándolo del mundo que conocía y en el cual se sentía seguro. Al terminar le había mirado con incredulidad en el rostro. No porque no creyera en su historia, si no por su indiferencia, su frialdad al decir cínicamente y con tranquilidad: 'Yo maté'
-¿Qué no oyes lo que dices?- le preguntó con espanto evidente, mirándolo con los ojos muy abiertos. –Lo dices todo con un tono de vacío de indiferencia… ¿No sientes remordimiento?-
El joven se había quitado los lentes y se había frotado los ojos lentamente, volteándole a ver con una mirada de inmenso cansancio y desolación.
-No hay día que no piense en ellos.-
Tamaki no supo que decir. Sin pensarlo mucho, abrió la puerta del carro y bajó de él lo más rápido que le permitieron los pies. Su acompañante no trató de detenerlo, y él no miró atrás. Era apenas de tarde, y sus pensamientos necesitaban aclararse y no lo lograría estando con la causa de su confusión. Si iba a ayudarlo en lo que fuera que iba a realizar, tenía que deshacerse primero de todas las dudas…. Algo que no sería nada sencillo.
…
Yue Tsukishiro cerró la puerta principal tras de sí, después de ver partir al inglés en su carro deportivo del año. Después de la absurda –eso pensaba él- declaración de Tomoyo, Eriol había asentido con la cabeza con una cara de completa satisfacción, y se había marchado a quien sabe qué hotel para recoger sus cosas, prometiendo regresar después de un rato. Por su parte, la amatista se había retirado inmediatamente a la segunda planta, seguramente para preparar la habitación que ocuparía el ojiazul en el hogar que ambos habían comprado para iniciar su nueva vida juntos. A él nunca se le hubiera ocurrido tal barbaridad. Nunca hubiera puesto en peligro la vida de la persona que amaba por ayudar a rescatar a un antiguo amigo, jamás. Sin embargo, Tomoyo lo había pensado poco tiempo, sin importarle mucho su seguridad o la vida que estaban planeando empezar… En parte se le había hecho injusto. Pero claro, él no tenía derecho a exigencias ni a reclamar por injusticias. Sus errores pasados le perseguían en el presente, y eran los que se estaban interponiendo en su camino. ¿Qué hubiera hecho él de estar en la situación de Tomoyo?, ¿Qué hubiera hecho al descubrir que llevaba una vida llena de mentiras y engaños desde el principio, y que la persona con quien pensaba pasar la vida le había estado ocultado algo de tan vital importancia?, y sobre todo… ¿Qué haría al tener de vuelta al hombre que había amado tan profundamente, vivo, de regreso en su camino?
Esa era la pregunta que más atormentaba al psicólogo en ese momento. ¿Qué si lo dejaba atrás, rencorosa de haberle mentido todos esos años?, ¿Y qué si regresaba a los brazos del inglés, ambos burlándose por su desgracia?
Los pensamientos lo atormentaban y le revolvían el estomago al momento de cerrar la puerta de su hogar. Recargó su frente sobre el frío metal para aclarar los pensamientos, y se sostuvo con ambas manos de la pared a su lado… ¿Por qué se había enamorado de ella en primer lugar? De haber mantenido su distancia en esos momentos aciagos… en ese momento estaría feliz con alguna otra pareja, o solo, pero tranquilo. No tendría que lidiar con ex asesinos y su furia, ni con el desprecio de una mujer.
Tambaleándose regresó a casa. Escuchó en la planta alta los pasos presurosos de su prometida, yendo de un lado a otro. Sus ojos se llenaron de lágrimas y un nudo se le formó en la garganta involuntariamente… Subió las escaleras pesadamente, y en una de las habitaciones del fondo, encontró a la amatista revolviendo las cajas de los blancos, en busca de los cobertores para la cama.
-¿Tomoyo?- su voz salió en un susurro apagado y sin vida al pronunciar su nombre. La chica, embebida en sus quehaceres, se detuvo de golpe y mantuvo la espalda rígida, sin voltearle a ver. –Yo… quiero disculparme contigo.- dijo en voz baja, suspirando para mantener la compostura. –Yo ayudé a montar la farsa de la muerte de Eriol aquella vez… pensé que la única manera de librarlo de la policía y de Azkaban definitivamente, era haciéndolo desaparecer de una vez por todas, y no encontré una mejor manera… Sabía que lo buscarías si sabías que estaba vivo, y pensamos que sería peligroso; por eso acordamos no decirte nada hasta después de haber pasado un tiempo y…-
-¿Un tiempo?- le interrumpió la firme voz de la chica, levantándose de su sitio y volteándole a ver con fiereza -¿Cuánto tiempo más esperabas dejar pasar para decírmelo?, ¿Diez o doce años?, ¿Te ibas a casar conmigo y después ibas a contármelo, o pensabas quedarte callado para siempre?-
-N-No es así Tomoyo yo…- titubeó. –Pensaba decírtelo después de dos o tres años pero… me enamoré de ti sin saberlo. Sabía que estabas sufriendo por su muerte, pero también te vi sonreír el día que los dos empezamos a salir juntos, y te confieso que eso me hizo inmensamente feliz…-
-Yo también me enamoré de ti, Yue.- dijo la amatista susurrando, quitándole los ojos de encima al hombre.
-No sabes cuánto remordimiento tuve todos los días, amor.- le contestó él, encontrando fuerza para acercarse a su figura por esas últimas palabras, tomando delicadamente su rostro entre las manos. Clavó una mirada sincera en aquellos ojos amatistas, y ella le regresó un gesto austero repleto de desconfianza. –Pero no podría haber resistido el que te fueras de mi lado…-
Tomoyo retiró con suavidad las manos del hombre y dio un paso hacia atrás, movimiento que Yue resintió con pesar. Observó cómo la amatista retiraba delicadamente de su dedo anular ese caro anillo que a él tanto trabajo le había costado comprar.
-Necesito un tiempo para pensar las cosas Yue. No estoy segura de lo que quiero en este momento.- y estiró la mano ofreciéndole la piedra.
El plateado agachó la mirada consternada –No me lo des. Es tuyo. No podría dárselo a nadie más.- y sin decir otra palabra, salió de la habitación lo más rápidamente que pudo, bajando los escalones de dos en dos. Tomó su portafolio y el primer abrigo del perchero, y salió de la casa apresuradamente. No dejaría que ella lo viera así. La vulnerabilidad no era un rostro que deseara que los demás conocieran. Y mucho menos que viera esa mujer. Lo que estaba pasando era algo que no se había imaginado ni en sus más horribles pensamientos, a pesar de saber en el fondo que algo así ocurriría. No pensar en ello era una forma de evasión que le había resultado efectiva esos últimos seis años, y hubiera preferido seguir así. Se lo merecía, claro que sí. En su experiencia, ocultar la verdad siempre acarreaba problemas nefastos, y en ese momento, estaba sufriendo una de las consecuencias de sus decisiones. Si todo iba a terminar entre los dos de esa manera, prefería retrasar el momento el mayor tiempo posible. Así tal vez, y sólo tal vez, se le ocurriría la forma de crear un milagro.
…
Llegar nuevamente al hotel en el que estaba hospedado, le estaba costando bastante trabajo al ojiazul. Después de su corta charla con Tomoyo Daidouji, y de escuchar su condición para recibir su ayuda, había salido deprisa de su casa para dirigirse a la gran avenida a recoger todas sus cosas. Sin embargo, sin darse cuenta, había comenzado a zigzaguear por las solitarias calles de Japón, desviándose por rumbos que, a la sombra de la noche, le parecían vagos y extrañamente familiares. No era que estuviera perdido, de haberlo querido hubiera regresado al camino principal en un santiamén. Era más bien que no deseaba regresar a ese lugar. A decir verdad, tenía algo de miedo. Se sonrió ante la idea. Miedo. Un asesino como él, duro como el acero, temblando como una débil hoja bajo la gota de rocío. ¿Por qué? Por la idea de perder el único vínculo que había logrado conservar con los años. Aún no podía olvidar la cara de sorpresa de su compañero rubio al confesarle todo su pasado; ni la de desolación que la cubría al bajar del auto diciendo que tenía que pensar las cosas. En verdad estaba esperando que le ayudara. Sabía que existía la posibilidad de que le diera la espalda, pero hasta ese momento, nunca lo había pensado como algo concreto que en realidad pudiera ocurrir. El sentimiento de abandono que había experimentado al verle alejarse del automóvil, se encontraba lejos de los imaginarios que había formulado sin querer.
No podría admitirlo en voz alta, pero necesitaba de su amistad en ese momento más que en ningún otro. Afrontar la perdida de la persona que amaba a manos de alguien por el que se podría decir sentía aprecio, era la prueba más dura a la que se había tenido que enfrentar en toda su vida. No tenía a nadie más a quien recurrir sin Tomoyo o Syaoran ahí para él. Así, pronto las voces regresarían y no lo dejarían en paz. Tenía que solucionar los conflictos por los que estaba pasando para tener la fuerza para mantenerlas encerradas en su mente.
La luz roja apareció frente a él de repente, y el mustang frenó con estruendo. La calle solitaria le regresó un diminuto eco que al parecer nadie más alcanzó a oír.
-Concéntrate, Eriol.- se dijo a sí mismo lanzando un largo suspiro y mirando a su alrededor con suma atención esta vez, dispuesto a encontrar el camino más rápido que lo llevaría a su destino al fin. El nombre de la calle le pareció conocido. Despabiló su mente entrecerrando los ojos, tratando de recordar. Esos edificios, esas calles, incluso los semáforos… el joven se sonrió brevemente, sabihondo del lugar al que había llegado sin querer. Al ponerse la luz verde, siguió con lentitud y dio la vuelta en una esquina, deteniéndose frente a un edificio blanco medio descolorido que parecía haber sido caro en sus momentos de gloria, y que en la actualidad parecía deshabitado. Eriol bajó del auto, tomó un maletín del asiento trasero, y observó un rato con nostalgia. En verdad que ese lugar le llevaba muchos y muy buenos recuerdos. Dispuesto a mirar más de cerca, se adentró en un pequeño callejón al lado del edificio, y con unas largas pinzas destrozó sin mucho trabajo las cadenas unidas por un gran candado medio viejo que cerraba la puerta trasera. Al parecer no había custodia en ese edificio. La luz había dejado de funcionar desde hacía mucho tiempo y lo que antes había sido un puesto de control en la entrada, ahora estaba cubierto de relucientes telarañas. La pequeña luz de la lámpara de mano del ojiazul, espantaba ratas de cuando en cuando, haciéndolas huir despavoridas ante la presencia del intruso. Con cuidado, desbloqueó las pequeñas escaleras obstruidas con un pesado escritorio enmohecido, y comenzó el ascenso. Primer piso, en donde nunca había llegado a vivir nadie. Segundo piso, en donde vivía aquella alegre castaña de apellido Akizuki, en compañía de su extraño gato negro, que había dedicado su tiempo libre a conseguirle a él una novia… y entonces el tercer piso. Bloqueado por esas frágiles bandas amarillas que rezan 'escena del crimen', llenas de mugre. Y más allá, una puerta conocida cubierta con tablas y bandas chillantes. Un deseo irresistible de ver ese lugar por dentro le llenó por completo. Tardó una hora en quitar las fuertes maderas que le impedían el paso y en abrir tres cerraduras, antes de ver después de seis años, el lugar al que había llamado hogar.
Nada parecía ya lo que solía ser. Se notaba que por ahí se habían dado miles de pasos en un ir y venir descuidado, borrando con ellos la misma esencia del lugar. Apestaba a humedad y a excremento. Los muebles habían desaparecido con el paso de los años, y sólo quedaban las páginas de algunos libros deshojados en un rincón. Los detectives y peritos habían sacado de ahí todo lo que tenían que sacar, abandonando lo poco que quedaba después. Entonces, los civiles habían irrumpido también. No había pared que no tuviera extraños dibujos o mensajes hacia el asesino inglés. Algunos de adoración, otros de repudio. En el piso de la cocina, se encontraba dibujado lo que parecía un ritual satánico. En una esquina un montón de botellas de alcohol vacías, colillas de cigarros y condones usados. Al parecer todo utilizado antes de que se clausurara la puerta frontal.
El joven recorrió el departamento, deteniéndose en todos los puntos que le llevaban algún recuerdo. Ahí, en la cocina, ella tarareando con esa dulce voz una extraña canción que había escuchado de la radio. Por allá, en donde estaba la cantina, Syaoran vaciando cada una de sus botellas de coñac. En la mesa de la estancia, donde contaba incansablemente montañas de dinero en días que parecía nunca tendrían fin… Donde solía sentarse a leer, el cuarto del piano, el gran ventanal aún con las miles de luces saludando desde la lejanía… Y después, su habitación. El lugar más corrompido y a la vez el más conservado de todos. La cama, con el colchón medio roto y sucio que seguro había sido utilizado miles de veces, se encontraba en el lugar en el que siempre había estado. Una cortina agujereada color índigo aún colgaba de la esquina de la ventana, cubriendo parcialmente el cuerpo de una gallina muerta hacía ya unos años… Nada había sido dejado de usar para la depravación. Era lógico. Desde que se habían dado a conocer sus crímenes, mucho antes aún de ser capturado, había empezado a ser objeto de atención. Ya fuera curiosos o fanáticos obsesivos, todos habían querido saber más de él. Páginas de internet, programas televisivos y futuras exhibiciones en museos eran algunos de los "tributos" hacia su persona, hacia su leyenda; por lo que no le sorprendía que ese lugar, sobre todos los otros, fuera su principal sitio de idolatría.
Sin embargo, y pesar del asqueroso aspecto que le habían dejado, alcanzó a recordar esa última noche que había pasado en la tranquilidad de la compañía de ella, fundidos en un tierno abrazo que por azares del destino no les había durado hasta el alba… Atravesó el cuarto y salió por una ventana rota al balcón, a sentir la frescura de la noche. Se recargó en el barandal y miró hacia la inmensidad de luces de la ciudad en la lejanía, intentando despejar la mente. Asomó la cabeza al vacío y pensó en lo fácil que sería librarse de toda la angustia e indecisión que albergaba en su corazón en esos momentos. Iría al infierno, pero no tendría que preocuparse más por sentimientos irracionales como el amor. Allá esperaría a Syaoran y todo terminaría como debía desde el principio. Sin pensarlo con mucha claridad, subió a la barandilla del balcón de un salto. Parado sobre ella, miró hacia abajo con un gesto de indiferencia en el rostro y sintió el aire helado revolviéndole el cabello y la gabardina.
-Rayos, esto es tan fácil.- dijo en voz alta y desvió la mirada hacia sus pies. Bajo ellos notó unas marcas de escritura que no había notado antes. Dirigió hacia allí la lámpara.
"Aunque pase por quebradas oscuras,
No temo ningún mal,
Porque tú estás conmigo."
-Maldita sea.- se dijo a si mismo sonriendo con resignación, bajando ágilmente del barandal. –Estúpidos fanáticos religiosos.- Pero en realidad, sus pensamientos habían viajado a una persona distinta. Lejos de evocar al ser supremo al que estaban dirigidas originalmente esas palabras, recordó a la joven de ojos amatistas que de pequeñas maneras le había salvado la vida desde su primer encuentro, sin proponérselo. No estaría ahí de no ser por ella; pero no sería humano de no haberla conocido.
Entró nuevamente a la habitación y se arrodilló en un rincón. Estaba seguro de que los investigadores habían revisado cada detalle escrupulosamente, dejándole con pocos recursos a los que recurrir; sin embargo, también confiaba en que la emoción del primer hallazgo les hubiera hecho pasar desapercibido un segundo en el mismo lugar.
Quitó cuidadosamente una de las losetas, descubriendo un pequeño hueco en la pared. La pistola y el dinero que solía guardar ahí habían desaparecido hacía muchos años. Sonrió. Se quitó los lentes e introdujo uno de sus extremos en un agujero imperceptible a simple vista, ubicado en uno de los rincones más oscuros. Se oyó un delicado clic al otro lado de la habitación. Una de las baldosas centrales del suelo había saltado de su sitio impulsada por un mecanismo, única forma en la que podía abrirse. Ahí, acomodados perfectamente en varias pilas, se encontraban al menos dos millones de dólares inmaculados.
-Dios bendiga la idiotez de los policías.- dijo al aire dejando la lámpara a un lado, para acomodar parte del dinero en el maletín que llevaba. –Te sacaré de ahí Syaoran, y luego te estrangularé.-
…
Cuando al fin logró llegar a su hotel, ya pasaba de media noche. Al entrar a la suite lo recibió sólo la oscuridad. El cuarto de Tamaki estaba silencioso y sin luz. Sin hacer mucho ruido entró a su habitación, encendió las lamparillas de mesa, y comenzó a empacar las pocas cosas que había sacado a su llegada. ¿Estaría el rubio escondido, esperando a que se marchara para empezar a respirar de nuevo?, ¿Y si se había marchado a Inglaterra justo después de contarle sobre su pasado? No era su obligación avisarle después de todo, pero hubiera sido cortés de su parte…
¿Qué esperabas? Nadie se queda a tu lado después de averiguar lo que eres. ¿Tenías la esperanza que de él fuera diferente?
Ignorando a su voz interna que en ese momento se estaba poniendo contra él inusitadamente, y mirando las maletas que no había alcanzado a desempacar, se sentó en la cama un momento dejando la mirada nostálgica clavada en el suelo. Se quitó los lentes y los arrojó a un lado con desprecio.
-No entraré a menos que te los pongas de nuevo. Me das miedo.- Eriol levantó los ojos hacia la puerta. Tamaki lo miraba recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
-Tamaki…-
-Sé que me extrañaste, no tienes que decirlo.- Eriol no abrió la boca, simplemente le miró sin amenaza con esos ojos escarlatas. El rubio se enderezó lentamente y caminó unos pasos hacia la figura encorvada, depositando una mano amiga en el hombro del ojiazul. –Para mi sigues siendo la misma persona que conocí en Sussex.-
Eriol le sonrió por un segundo, y alcanzó las gafas que había arrojado a la cama. –Bueno, entonces vamos.- dijo levantándose de un salto, haciendo que Tamaki retrocediera. Alzó las maletas que tenía a sus pies sin mucho esfuerzo. –Nos quedaremos en casa de Tomoyo.- y salió de la habitación casi corriendo, al parecer de muy buen humor.
-¿En casa de Tomoyo?- el rubio tragó saliva. -¿Me contarás lo que pasó?- le reclamó al inglés cerrando la puerta detrás de sí, dispuesto a comenzar a empacar nuevamente.
…
La casa de Tomoyo Daidouji gozaba de una considerable extensión de terreno, aún entre ese intrincado conjunto de mansiones descomunales. En cuanto a hogares, no le gustaba ser ostentosa. A pesar del extenso catalogo que le había mostrado la compañía de bienes raíces a la que había acudido, con enormes casas con piscina de treinta habitaciones, y a la enorme fortuna que bien podría haber comprado una manzana entera; se había decidido por una sencilla pero reconfortante residencia en un bonito complejo dentro de la misma ciudad. Tenía una amplia cocina, comedor principal, sala, estudio y recibidor en la planta baja; y cuatro extensas habitaciones en la alta, cantidad más que suficiente para la familia que ella y Yue deseaban formar en el futuro. Sin embargo, lo que le había dado el punto extra para elegirla sobre todas las demás, había sido su extenso patio trasero, con sus hermosos árboles de cerezo a todo lo ancho y largo de la propiedad. Las tardes serenas y de sonidos de naturaleza que lograba disfrutar en contadas ocasiones, le recordaban un pasado que ahora parecía lejano y ajeno a su persona. Los pétalos de cerezo poblando el suelo verde en primavera a la luz del atardecer, le recordaban siempre a aquellas personas que habían sido importantes en su vida, y que en ese momento ya no se encontraban a su lado. Su madre, Sakura, Syaoran, Eriol... incluso el primo que la había traicionado hacía mucho tiempo, se abría paso entre sus memorias. Era sencillo recordar sólo los buenos ratos en ese apacible lugar.
El viento le revolvió gentilmente el cabello de ébano alrededor del rostro, sacándola de su trance. Miró a su alrededor y notó por primera vez lo silenciosa que parecía la casa a sus espaldas cuando se encontraba sumida en la oscuridad. La ausencia de Yue –esa ausencia que ella sentía a causa del distanciamiento que era inevitable- era un adicional que intensificaba aún más esa desoladora sensación. Sin que hubiera podido predecirlo, sus ojos se llenaron de lágrimas que no alcanzó a derramar por pura fuerza de voluntad. Si lloraba en ese momento, no podría detenerse después. Dejaría salir las frustraciones, la tristeza, el coraje y la sorpresa que había experimentado todo en un mismo día, y no estaba dispuesta a recibir la compasión o las burlas del ojiazul, tan voluble como él era... El timbre principal hizo que se sobresaltara, dando un respingo de sorpresa. Le dolió el estómago de pensar en la persona que le esperaba del otro lado del portón. Las piernas quisieron no responderle, sin embargo, se armó de valor respirando profundamente tres veces, puso el rostro más neutral que le dejó su alborotado mar de sentimientos, y se encaminó directamente a la puerta, abriéndola de par en par de una vez. Como lo esperaba, se encontró con una alta figura ataviada de negro aún con una mano en alto puesta sobre el timbre. Al mirarla, desistió de su objetivo dejando caer el brazo a su costado.
-Hola.- su voz profunda y de marcado acento inglés, casi hizo que se le derritieran las rodillas. Verlo nuevamente en todo su esplendor, ya alejado el extraño sopor de la sorpresa, le acarreaba un sentimiento que hacía mucho no experimentaba. Y es que seguía... perfecto. No había otra forma de describirlo. La tez pálida que ella recordaba había adoptado un tono apiñonado ligero, dándole bonitos matices dorados que no lograban pasar desapercibidos. El cabello, azulado como siempre, había crecido de forma desordenada enmarcando su rostro con gracilidad, dándole un aspecto maduro que antes no tenía. Además, y si aún se podía, se le veía aún más majestuoso que antes en su andar despreocupado y sus gráciles movimientos anglosajones.
Antes de decir palabra, y controlando por completo la sonrisa estúpida que amenazaba con emerger en su rostro, se hizo a un lado para dejarle pasar. Al alzar de nuevo la vista hacia la puerta, se quedó un momento desconcertada. Un rubio que reconoció de inmediato le saludo con una sonrisa tímida, sin atreverse a pasar.
-Tomoyo.- el estómago le dio un vuelco al escuchar pronunciar su nombre. –Él es Tamaki. Lo conocí en Inglaterra y está viajando conmigo. ¿Hay problema en que se quede también?-
La joven salió de su estupor de inmediato. –No hay problema.- dijo en ingles, sonriéndole al joven. Él le devolvió el gesto.
-¿Se conocen?- preguntó Eriol suspicazmente, al escuchar otro idioma, seguido por esa sonrisa de complicidad. A Tamaki le dio un tic en la boca.
-Oh, no lo creo. A menos que haya venido antes a Japón.- replicó ella en tono despreocupado ya en japonés, entendiendo de inmediato la histeria interna del joven. –Adelante, prepararé otra habitación.- La joven guió el camino a los dos hombres, que le siguieron en silencio. Se adentró en el umbral de la casa y los condujo a una cómoda recepción, excusándose un momento para ir al segundo piso. Cuando al fin salió de la vista de ambos, suspiró aliviada y se refregó las manos una contra otra en un esfuerzo vano de que dejaran de temblar.
-Estúpida Tomoyo, tú y tus achaques adolescentes.-
Ya en el segundo piso, empezó a revolver nuevamente en la misma caja de hacía un rato en busca de los cobertores. Una sensación de escalofrío le recorrió la espina dorsal, erizándole los vellos del brazo; ese efecto que se producía cuando se era objeto de una mirada fija y penetrante. Volteó rápidamente la vista hacia la puerta, y se encontró al ojiazul recargado en el marco. Ella mantuvo un gesto neutral, sólo levantando una ceja delineada en señal de interrogación.,
-¿Yue te ha dejado sola?- la pregunta la tomó desprevenida, abrió los ojos más de lo que hubiera querido, arrancándole una sonrisa pícara arrebatadora al inglés.
Ella tomó ese gesto como una ofensa. –Salió a terminar algunos asuntos de trabajo.- masculló con toda la seguridad que le permitió un inesperado hilo de voz.
-¿A sí?, ¿Tuvieron una pelea?- inquirió mirándola a través de sus gafas azuladas, con un tono despreocupado.
Siempre encontraba la manera de encontrarla con la guardia baja. Adoptó una postura rígida antes de responder. -¿Qué te hace pensar eso?-
-Tu anillo. Te lo quitaste.- señaló el sitio en cuestión esbozando una sonrisa de autosuficiencia.
Demonios. Se decidió por el silencio. Le lanzó una mirada fulminante y regresó a su tarea de buscar sábanas. Escuchó cómo el hombre suspiraba a su espalda, cosa que no alcanzó a comprender del todo. Sus pasos acercándose le pusieron en estado de alerta de inmediato. Le encaró con un rápido movimiento a escasos pasos de que llegara a su posición.
-No voy a morderte.- le dijo con sorna, alzando las manos frente a su rostro en autodefensa.
Ella mantuvo el gesto impasible. –Lo sé. Pero no quiero tenerte cerca de mí de igual forma.-
Al inglés se le tensó la mandíbula. –Estoy aquí porque tú me lo pediste. No hubiera vuelto a pisar esta casa de otra manera.-
-No te traje porque quisiera. Sé que cuando consigues lo que quieres desapareces de la faz de la tierra, y no quiero que eso pase con lo que intentamos hacer por Syaoran.- le espetó con furia contenida, levantando el rostro lo más que pudo intentando estar a su altura.
-Nunca abandono nada que me interese.- siseó el ojiazul con malicia evidente.
La joven se quedó un momento estática sin poder articular palabra, escuchando dolorosamente esa última aseveración a pesar del tiempo transcurrido, una y otra vez. Estaba segura que esa angustia se había reflejado en sus facciones involuntariamente, porque él se había quedado estático en su sitio con indecisión evidente en el rostro. La joven desvió la vista herida al suelo y se hizo a un lado, avanzando hacia la puerta con un ligero paso titubeante. Pronto, sintió una mano fría que se le aferraba a la muñeca firmemente, impidiéndole dar otro paso. Ella le volteó a ver aún con gesto hostil, pero también con una pizca de sorpresa.
-Escucha yo...- se detuvo a media frase, sin saber que decir. Con frustración evidente, retiró las gafas del rostro, sobándose los ojos cerrados con fuerza.
El roce de su piel la paralizó. Se mantuvo quieta en su lugar por ese breve momento de indecisión más que por la disculpa que sabía nunca llegaría. Él retiró la mano de sus ojos y los abrió para mirarla con intensidad. La joven retrocedió espantada. Le había visto hacia un par de horas, y ahora le parecía que miraba a alguien totalmente diferente. Los hermosos ojos azules que antes había amado, se veían ahora confusos con un extraño color... escarlata. Los había visto de esa manera sólo aquella vez en ese callejón oscuro, cuando su vida y su integridad habían sido puestas en riesgo por maleantes.
-Eriol...- susurró y él se dio cuenta de su error. Se puso las gafas azuladas rápidamente apenado por primera vez. La soltó de inmediato, agachando la cabeza.
-¿Qué esperabas?- El tono que quería hacer parecer de enojo, salió suplicante sin querer haciéndole ver aún más vulnerable. –Los años no pasan en vano, y menos para mí.- Pero ella sabía bien que los años no dejaban esas marcas tan profundas de manera gratuita, sino a través del pago de innumerables sufrimientos acumulados. ¿En verdad había sufrido de esa manera tan dolorosa? ¿Esa desesperanza y soledad inmensas reflejadas tan desesperadamente en su mirada, se debían a las cicatrices que no había podido sanar y que habían empezado a esparcir su veneno para carcomerlo lentamente? Ella no tenía ese aspecto desolador. ¿Sería que había asimilado su muerte y que había decidido continuar, dejándola sin la angustia de la larga espera que acabaría por consumirla? No sabía que pensar. Era egocentrista de su parte el imaginarse que ese estado acabado se debía solamente a su causa. Ni siquiera estaba segura si se había acordado de ella algún día de esos seis años pasados, o si se había dedicado a formar una nueva vida al lado de otra persona, dejándole relegada a un rincón de los recuerdos. Era un camino lógico si se ponía a pensar en las duras palabras que le había dicho hacía sólo un momento.
Nunca abandono nada que me interese
Era duro. Duro pero muy cierto a la vez viniendo de él.
Se sucedió un silencio incómodo, ambos buscando las palabras apropiadas que le rompieran.
Eriol fue quien habló primero. -¿Cómo empezaremos con esto?- desviar el tema era lo mejor que podría haber hecho en esa ocasión. Nada en ese momento los llevaría a discutir un tópico que casi se había convertido en tabú. Para llegar a ello, necesitarían primero aclarar las cosas en su mente y sobreponerse a ciertos sentimientos que no les dejaban descansar.
La chica reaccionó de inmediato, aliviada por la interrupción. –He pensado en cómo entrar y salir del lugar. La entrada al menos, ya está asegurada. Te he conseguido una entrevista para mañana por la mañana. Esa prisión es gigantesca, y un enorme laberinto en lo que se refiere a encontrar las celdas de máxima seguridad, por lo que tendrás que estar atento al intrincado camino si es que quieres descubrir la forma de regresar.-
-Quiero que Tamaki me acompañe.- Tomoyo lo miró escéptica un momento.
-Me costó mucho trabajo conseguir tu acceso. ¿Cómo se supone que conseguiré también el de él?-
-Lograste infiltrarme a mí en tan sólo una tarde. Ningún hombre de mi antiguo equipo hubiera logrado algo parecido. Estoy seguro de que puedes conseguir otro acceso para él.- La amatista no era persona que se dejara engatusar con halagos, sin embargo por primera vez no protestó. En realidad no le costaría mucho tiempo conseguir un pase de acompañante para Eriol, considerando la profesión que le había designado para esa misión en especial.
-Bien.- fue su única respuesta antes de darse la vuelta y encaminarse a la puerta nuevamente, ideando en su mente las palabras que le diría a la persona que le estaba consiguiendo los accesos.
-Gracias por todo esto Tomoyo.- Eriol suspiró. –No creo haber conseguido todo esto tan pronto sin tu ayuda.- Ambos se miraron por un segundo fugaz.
-A mí también me interesa Syaoran, y no lo voy a abandonar.- y dejó la habitación con caminar grácil y perfecto, dejando sólo al ojiazul.
…
El guardia nos abrió la puerta sin más dilación que un segundo.
-Puede acercarse lo que desee padre.- me dijo en voz baja, denotando confidencia. –No puede casi ni levantarse, y no parece que tenga la voluntad de hacerlo tampoco.-
Entré seguido de Tamaki en su enorme disfraz abotagado. Nos habían dispuesto ya dos banquitos de plástico frente a la cama, dejándonos un diminuto pasillo entre ambos para pasar por allí. El inquilino de la celda nos daba la espalda, y no se inmutó ni un segundo a pesar de escuchar los pesados pasos de mi compañero.
-Váyanse.- nos dijo en voz apagada, rasposa, como quien no ha abierto la boca en meses para no quebrantar su mutismo. –No necesito ningún sacerdote.- y la celda se quedó en silencio por pocos minutos. –Sólo el mismo Dios puede ayudarme ahora.-
-No soy Dios.- contesté en voz baja mirando de soslayo al guardia de la puerta, que en realidad no nos prestaba la debida atención. –Pero estoy seguro que puedo ayudarte.-
Vi cómo su cuerpo se ponía rígido al escuchar mi voz. Lentamente se fue volteando en nuestra dirección, escudriñando con ojos desorbitados hacia la oscuridad. Se posaron lentamente en la figura de Tamaki y después en la mía. Una chispa de reconocimiento inundó su semblante al mismo tiempo que desnudaba una radiante sonrisa de sus labios. –Eriol.- alcanzó a susurrar en voz baja, tratando de asegurarse que no era una aparición y que no me esfumaría al pronunciar mi nombre.
Me reí por lo bajo, en un tono que se me antojó gutural. –Hemos venido a ofrecerte la confesión Syaoran Li.- dije en voz alta, procurando que me escuchara el guardia de la puerta. –Te liberaremos.- le dije con seguridad, y me sonrió abiertamente otra vez, con un semblante lleno de esperanza.
-Lo sé.- me respondió en un susurro, dispuesto a escuchar con atención lo que tuviera que decir. Supe en ese momento que todo estaría bien.
Continuará…
Hola a todos! Si, se que han pasado otros seis meses o algo así desde mi última actualización, pero les agradezco el haber sido pacientes todo este tiempo. Tenía bloqueo mental, hasta que empecé a leer un libro que me agradó mucho y me dio la inspiración que necesitaba. Gracias a todos aquellos que me felicitaron en navidad y año nuevo! Yo también les deseo a todos lo mismo y que todos sus sueños se realicen. De reyes, yo pido que la inspiración me llegue más seguido, porfis. Y si se puede un bello Tamaki Suoh envuelto en un regalote… o que Hattori termine el manga al fin, lo que pase primero.
Gracias por el apoyo recibido y por seguir leyendo! Mis mejores deseos!
Tiff
