El mundo y los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo juego con ellos. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.


Mi ángel de la muerte

By Angelique Kaulitz-Cullen-Black

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Ángel de los caídos.

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¿Cuáles son tus criaturas de terror favoritas, Nick?

Esa había sido una de mis preguntas en un Halloween lejano. Seguramente, había sido cuando tenía unos catorce años. Algo así, no podía estar segura del todo.

No había elegido aun mi disfraz entre las opciones que tenía.

Nick, al ser mayor que yo, casi pasaba de las celebraciones.

De hecho, el Halloween no se encontraba tan arraigado en nuestro folclore. Yo no era asidua a celebrarla, ni pedía dulces ni nada… En realidad, era más bien, a causa de una fiesta de disfraces, organizada por algunos de mis amigos. Mi hermano ladeó su cabeza hacia mí con rapidez. Estaba sujetando entre sus manos unos cómics, los cuales siempre acostumbraba a leer.

No creía en Halloween pero amaba los cómics.

Si me preguntas para disfrazarte, diría que el traje de bruja te sienta a las mil maravillas — le puse mala cara, puesto que llevaba mi pijama simplemente. Sin disfraz. — ¿Qué, no lo traes?

Nicola se carcajeó al ver mi expresión. Recuerdo que, en ese entonces, todo en él era más feliz estando conmigo… Aunque sus ganas de abandonar el nido, aumentaban conforme pasaba el tiempo.

Tonto — Murmuré, y me giré, dándole la espalda.

Su risa seguía sonando.

Los vampiros, Ang. — Replicó, antes de que yo me marchase. Me di la vuelta, para mirarlo, ahora sonreía — Salvo por la parte de beber la sangre para seguir con vida, creo que los preferiría… Aunque, como sabes, nada de eso es real.

Bebedores de sangre.

Criaturas que se alimentan de sangre para mantenerse activos.

Vampiros.

La única conclusión qué mi mente embotada logró procesar en medio de la oscuridad de mi inconciente. Esa era la definición qué me daba la mente, traducida de las crueles palabras de Alec.

Y pensar en él, lo trajo al centro de mi mente. No pude pensar en nada más.

El sólo recordar algunas de sus palabras era doloroso. Hablaba de la sangre derramada de Nicola. La sangre de mi hermano. ¿Acaso…?

Ecos lejanos, aunque pertenecientes a recuerdos recientes, resonaron en mis pensamientos.

A decir verdad, aun recuerdo como disfruté ver la sangre roja brotando de su cuerpo. Olía muy bien, no tanto como tú, por supuesto, ya que tu aroma es delicioso, pero era apetecible

Lastima que no hay punto de retorno a donde él fue.

Te estoy dando la información que te ha sido negada en todo este tiempo. Deberías ser más agradecida

¿Por qué él era así, de esa manera?

¿Acaso no sentía compasión? ¿No podía entender cuan cruel había sido?

O si. Quizás, ese era su plan, su deseo. Hacerme daño.

¿Para que me marche? ¿Ese era su deseo? ¿A que estaba dispuesto por hacerme marchar?

Si no te marchas, haré de tu vida un infierno

¿Qué tipo de infierno?

Algo frío hizo presión sobre mi rostro, suavemente pero se retiró. Ese algo se convirtió, entonces en una sacudida que me forzó a abrir los ojos.

Abrí los ojos abruptamente ante aquella inesperada manera de despertar. Unos ojos rojos fueron lo primero qué mi mente proceso y mi cuerpo se encontró tenso de inmediato cuando un cabello castaño claro, casi rubio, apareció en mi campo de visión. Parpadeé cuando mis ojos lograron distinguir el rostro de Jane Vulturi.

Una de sus manos se posó, entonces, sobre mis labios, cubriendo mi boca e impidiéndome proferir cualquier otro sonido que no sea un leve grito ahogado. Sus ojos, del color más rojo que había creído posible, me miraron con irritación. Y era fácil leer en esa mirada todo el rencor que yo le generaba, aunque la causa me era desconocida, por completo.

Con gestos, me pidió que no gritara y, entonces, ella me soltaría.

Accedí al instante.

Aun no me agradaba estar en presencia de Jane, por lo que la petición era bien recibida si con ella lograse que se marchara lo antes posible del dormitorio.

No obstante, cuando asentí, para hacerle saber que la había comprendido, ella se desplazó velozmente por la habitación y pude ver que todas mis cosas habían desaparecido.

Mi ropa no estaba, ni mi computador móvil, ni mi celular.

Tardé sólo un minuto en hallar la respuesta a su desaparición.

Jane sostenía en sus manos mi enorme maleta color gris oscuro, como si en realidad no pesara en lo absoluto. Juraría que mi valija era, por la forma en la que la sostenía, sin ninguna expresión en su rostro que denotara su peso, que para ella era como levantar una pluma.

Aun con la expresión desdeñosa, Jane seguía siendo tan hermosa como un ángel. Era menuda, más pequeña que yo (todos en mi familia tendemos a ser pequeños, físicamente hablando pero no en demasía. Nicola era el más alto de todos, ya que superaba a la mayoría de mis parientes) pero algo en ella me decía que era mucho, mucho mayor que yo.

Y, como si algo hubiese encendido una luz en mi mente, las palabras de una discusión que creí soñada, regresaron.

¿En que estabas pensando, Alec? ¿Cómo no pudiste con él, ahora la quieres a ella?

Con suerte, la humana se habría ido por su cuenta. Viviría.

No deberías desear tanto verla aquí

Aun así, no deberías haberlo hecho. O en todo caso, hubiese dejado que Heidi la trajese a nosotros. Los dos sabemos que ella no sobrevivirá

Morirá, como todos los humanos.

No resistirá los planes de nuestro maestro, pero aun así, sabiendo que probablemente muera, la has traído...

¿Alec me había elegido… para morir?

¿Para morir en sus manos? Un escalofrío me recorrió, pero reprimí todos mis temores. Se dice que el cazador huele el miedo, tenía que evitar darles motivos para querer cazarme… pero…

Pero… ¿Por qué quería Alec que me marchase, entonces?

Jane resopló, sacándome abruptamente de mis cavilaciones.

Era difícil mantener una línea coherente de lo que pensaba con alguien fulminándote de esa forma con los ojos.

Le dirigí una mirada, sólo para comprobar que su expresión era aun más irritada que en el pasado. Nuevamente, con el universal gesto de silencio entre nosotras, me hizo saber que no deseaba que nadie supiera de su presencia allí. Con la misma gracia inhumana de los hermosos ángeles, Jane avanzó hacia la puerta del dormitorio, aun cargando mis maletas en sus manos, como si fueran plumas.

Avancé detrás de ella, recibiendo una mirada fulminante. ¿Acaso estaba haciendo ruido?

Era difícil imitar sus pasos silenciosos, y más, su gracia al caminar.

Yo carecía de ambas cosas.

Abrí la boca para contestar, cuando sus ojos me detuvieron.

Jane no tenía nada amable en sus ojos, parecían arder como fuego. Un fuego furioso, casi tan destructivo como el que había flameado en los ojos de su hermano cuando había prometido hacer de mi vida un tormento.

Los muros de piedra construían un largo pasillo a nuestro alrededor, y varias puertas de madera se alzaban a escasos metros una de la otra. Parecía uno de los viejos castillos de los cuentos de la antigüedad. Me pregunté si tendría habitaciones secretas perdidas en su estructura, o, si bien, tenía más de las grandes bibliotecas antiquísimas.

Lo cierto era que, pese a todo, seguía sintiendo curiosidad por los Vulturis.

Y no es como si la curiosidad fuera lo más conveniente en este momento.

Miré a Jane, con más atención, cuando giró grácilmente en uno de los pasillos e ingresó en una nueva habitación.

Era un dormitorio, aun más grande que el anterior.

La pequeña dejó mis cosas sobre la cama, y sin embargo, encontré un sobre mis maletas. Era la carta blanca que había recibido días antes, la carta perdida, la carta que creí que Alec había destrozado. La carta con información sobre mi hermano.

Jane no varió su expresión en ningún momento aunque, durante una fracción de segundos, creí que quería indicarme que leyese la misiva, porque en ella obtendría información.

— Gracias, Jane.

No sabía cuanto tiempo había estado inconciente, esperaba que no fuese mucho tiempo. Aun tenía que llamar a Caterina, para tranquilizarla. Tenía que encontrar una explicación coherente. Tenía… tanto que decir, que resolver, que…

La expresión de Jane era del todo ilegible. Al igual qué me sucedía con Alec, Jane me intrigaba. No entendía el verdadero motivo de mi curiosidad, pero quería sabes más de ella. Además, sabía qué Jane tenía información sobre Nicola y era mi hermano, últimamente, la mayor de todas las intrigas. Tenía qué saber toda la verdad por más insoportable qué fuese. Por más doloroso qué fuese. Suspiré, suavemente, mientras mis ojos pasaban de Jane al sobre blanco. Ella permaneció imperturbable. Me acerqué a mi maleta y me apoderé del sobre color blanco, para romperlo y leer.

Mis ojos se deslizaron por los caracteres y símbolos qué poblaban el papel.

Ángela Wayland.

Realmente, no nos conocemos y jamás nos hemos visto.

Espero, para ser verdaderamente sincera, no hacerlo jamás. Si llegáramos a conocernos es que está misiva no llegó a tiempo y tu destino sería lamentable. Apenas leas está carta debes marcharte, alejarte de Volterra y no volver jamás. Supimos que llegarías desde antes de lo que hicieras y aunque no voy a admitir que te esperábamos, debo decirte que alguien ha puesto sus ojos en ti.

Y, lamento informarte, en ti se van a quedar.

Esta introducción ha sido extraña, pero debo decirte, necesaria.

Mi corazón palpitó con más fuerza, con dificultad, con esfuerzo. Mis ojos pasaron de Jane a la carta, a las letras, y de estas a ella, de nuevo.

Tragué saliva antes de leer…

Nicola Wayland ha muerto.

Y pese a que mis sospechas habían sido esas, la confirmación fue mucho más dura de lo que esperaba. Más dolorosa. Más triste.

Se me empañó la visión y parpadeé compulsivamente para deshacerme de las lágrimas.

Aunque sabía que era verdad, que dolía, que me quebraba… Intenté fingir que sólo era un truco. Era mejor que caer y llorar en los pies de Jane. Comenzaba a detestar su presencia allí. ¿Por qué no me dejaba en paz?

Para acallar mis pensamientos, seguí leyendo.

Eso es todo lo que debes saber.

Está búsqueda que has emprendido es del todo absurda. Lamento comunicarte estas tristes noticias pero es necesario e imprescindible qué regreses a tú hogar. Nada debe retenerte aquí en Volterra, ahora que sabes la verdad.

Sólo te pido, por la memoria de Nicola, que ya no indagues en estas heridas porque no harán más que sangrar.

Esta es mi promesa para con tu hermano, y la he cumplido.

Has sido advertida, Ángela Wayland.

Lo que queda depende de ti.

Y eso fue todo.

Mis piernas flaquearon y me senté sobre la cama, sin poder sostener mi peso. Mis ojos volvieron a leer las líneas una y otra vez, hasta que fui capaz de encontrarle sentido a todas. Mis lágrimas rodaron por mis mejillas, pero aun era difícil pensar en el cuerpo de Nicola. Un cuerpo sin vida. Un cuerpo marchito…

No. No era capaz.

Mi mente, por supuesto, siguió vías menos dolorosas.

Además, aun debemos aclarar el truco de la cartita, hermanita.

Entonces había sido, Jane. La miré a los ojos, sin saber que decir o como interpretar su expresión. No había variado en lo absoluto.

— ¿Por qué me das esto ahora? — Dudé. Ella entrecerró los ojos.

— Era mi promesa para con Nicola — Percibí un ligero cambio en la manera que pronunció el nombre de su hermano — Prometí que evitaría que te hicieran daño…

Y el pensar que ella fue la primera en causarme dolor, con sus ilusiones.

— Sólo cumplí órdenes — Comentó, como si me leyese la mente. Aro no era el único con esa facultad, aunque no era difícil saber lo que pensaba al mirar a Jane. Dolor. — Para con mi maestro, tengo obligaciones innegables. Para con Nicola, tenía una promesa. Y la cumplí. Entregarte la carta que debía haberte llegado es lo último que haré por ti.

— ¿Cómo sabían que vendría?

— Tenemos… algunos contactos en la ciudad. Sabemos todo lo que ocurre en Volterra. En realidad, Aro encomendó a varios de los nuestros a rastrearte. Demetri se vio ciego, al no percibir el aura de tu mente. Los demás nos ocupamos de ciertas cosas. Nicola tenía plena fe en que vendrías, por eso, antes de morir, me pidió que te protegiese.

— ¿Cómo murió? — Frunció los labios, con rapidez. Algo en su expresión cambió, sus facciones hermosas se crisparon con dolor.

Dolor que reprimió de inmediato, detrás de una máscara inexpresiva.

A Jane, por lo que había visto, no le gustaba mostrar dolor, debilidad. Vagamente, me recordó a su hermano que había admitido su debilidad para conmigo.

No puedo hacerle daño. ¿No habían sido esas sus palabras?

Me examinó, con cuidado, con detalle, intentando ver cuanto era capaz de resistir. Pareció decidir qué era lo suficientemente fuerte para saber lo sucedido pero, aún así, comenzó a buscar las palabras correctas para expresarse.

— Aro estaba muy interesado en la capacidad de Nicola para resistirse a nuestros dones. A decir verdad, le interesaba la personalidad de tú hermano y mucho. — Una imperceptible sonrisa curvo sus labios carnosos — Era especial.

Su declaración flotó en el aire.

Sus palabras estaban tenidas de amargura. Me pareció distinguir, por un breve instante, en la mirada de Jane el mismo vacío qué asolaba los ojos de Marcus. Sentí una inmensa pena por ella.

— Sin embargo, él no fue capaz de soportarlo. Cuando supo lo qué somos... Simplemente... Prefirió morir. Se despidió de mí, y, frente a Felix, Alec y yo, levantó un vidrio y… lo hundió en su piel. No pudimos resistirnos todos. Alec impidió que Felix… — Se cortó. La voz pareció quebrarse hasta volverse un susurro — Hay cosas qué ni siquiera la ponzoña es capaz de sanar...

¿La ponzoña? Fue un nuevo recordatorio de lo que eran. Un recordatorio que se asentó en mi mente.

Eran vampiros.

¿Por qué me parecía tan fácil ignorarlo? No tenía tiempo para pensar en ello. No, cuando Jane estaba allí. Aterrada, le dirigí una mirada fugaz, pero me desconcerté al verla de pie, en la misma posición.

Jane parecía perdida, absorta.

Quizás, ni siquiera recordaba qué yo estaba allí.

Sus ojos brillaban con un apagado rojo e incluso, pese a que sabía que ella era capaz de hacerme sufrir si tuviese la intención y supiese lo que estaba sintiendo por su causa, no pude evitar sentir pena por su dolor.

Un dolor que conocía, lo percibía en sus palabras.

Un dolor que ardía bajo la superficie.

Aunque no estaba segura, sabía que había un motivo particular por el que Jane no se veía tan devastada como Marcus. ¿Acaso era porque Marcus había perdido al amor de su vida mientras Jane perdió a mi hermano? ¿Qué era mi hermano para ella? Debió haber sido muy importante si ella, contradiciendo sus deberes, me envió una carta, pidiéndome que me marche.

Especialmente, considerando que Aro estaba buscando la manera en la que yo me quedase allí.

— ¿Lo… querías? — Dudé. Mi temor pareció haber sido remplazado repentinamente por valor. No quise saber de donde saqué la fuerza.

O ya lo sabía. Nicola. Nicola era mi fuerza. El saberlo perdido no había cambiado eso.

Il suo sangue ha cantato per me — Fue lo que ella dijo, simplemente.

Su sangre cantaba para mí, en realidad. Esas habían sido sus palabras exactas en una versión aun más antigua del idioma que hablábamos en nuestros días.

Y lo comprendí.

Tua cantante. Tu cantante.

Mi sangre cantaba para Alec. La sangre de mi hermano cantaba para Jane. Por eso Aro decía que los hermanos tenían cosas en común.

— Aro tenía la sospecha de que tú tendrías algo como él. Así como le sucedió con Alec y conmigo — Explicó Jane, de nuevo, adivinando el rumbo de mis pensamientos.

Los hermanos que poseían dones. ¿Aro nos quería convertir en…?

— Soy… la cantante de…

— De mi hermano. — Ella no pronunció su nombre. Y no diferencié la razón, hasta entonces, parecía que no le importaba — Él desea tu sangre más que cualquier otra. Sin embargo, hasta ahora su deseo no ha sido consumado — Pausó y me miró fijamente — Pero no olvides que, como yo, Alec considera más importante que nada, servir a nuestro maestro.

Traducido. Si tiene que elegir, no te elegirá.

Eso fue más doloroso de lo que esperaba, aun sabiendo que Alec había prometido hacer de mi vida un infierno si me quedaba. Jane, como él, estaba dando razones para que me marche. Me daba las respuestas más claras que había tenido hasta el momento.

Mi hermano había muerto.

Y a mi podría sucederme lo mismo.

Pero, no quería perder a Alec.

El temor y el deseo no son buenas combinaciones dentro de un mismo ser. Temía quedarme allí, pero deseaba permanecer allí. No comprendía ese deseo enfermizo que había nacido dentro de mí, pero desterrarlo no parecía ser una opción.

¿Acaso Alec se había vuelto tan necesario en mi vida que no soportaba la idea de dejarlo ir?

Jane me miraba con una fijeza inusual, desganada, firme pero poco segura. Parecía estar debatiéndose consigo misma, igual que yo. Me pregunté que bandos luchaban en su interior. Se acercó hacia mí, y con sus dedos pálidos señaló una de las líneas de la carta que, a decir verdad, aun sostenía entre mis dedos.

Bajé los ojos, y contemplé las palabras que ella señalaba.

Lo que queda depende de ti.

Con gracia y sigilo, Jane abandonó la habitación.

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Nicola ha muerto. Mi hermano ya no existe. Él eligió morir.

Esa revelación me golpeó furiosamente cuando mi cuerpo se derrumbo sobre la cama. Me aferré a las almohadas y lloré absurdamente sobre ellas hasta quedarme sin aliento, y sin lágrimas.

Elegí venir a Volterra. Elegí buscar a Nicola. Elegí… Elegí enfrentarlo todo.

No siempre es fácil elegir entre lo que es bueno para ti y lo que es malo. Muchas veces nosotros, los seres humanos, tendemos a elegir lo que nos es dañino, lo que nos hiere y nos lastima. Lo sabemos, y lo elegimos.

Elegimos el dolor, porque nos hace humanos. Sufrir es tan humano como respirar. El dolor nos hace vivir, nos hace superarnos, nos hace fuertes.

Eso era lo que me habían inculcado.

El dolor se enfrenta y se supera.

Eso era lo que estaba tratando de hacer.

Pero el dolor seguía allí, por más encerrado que estuviese. En ese momento, sólo podía pensar en mi hermano, en su vida, en su muerte, en el bien, en el mal.

No importaba lo que sucediera conmigo. No importaba nada en lo absoluto.

A lo lejos, percibí el sonido de mi celular. Mi cuerpo entero se quejó cuando me moví para atrapar el móvil entre mis manos. La pantalla decía: llamada entrante.

Cat.

Lo sabía.

Presioné, con dedos temblorosos, el botón de aceptar.

No escuché sus insultos. No escuché sus gritos… Simplemente, la corté con una palabra.

Murió.

— ¿Angie? — Cat había frenado su discurso abruptamente. Me había reclamado más de quince llamadas perdidas. Amenazó con llamar a la policía y quien sabe que cosas más, pero se frenó al oír mi voz.

— Murió — Repetí. Decirlo en voz alta lo hizo real. Sollocé, sin poder contenerme — Lo perdí como perdí a mamá — Y, desconsolada, comencé a llorar.

— Angie…

Necesitaba colgar, necesitaba… de verdad, colgar. No podía sentir mis dedos, todos mis músculos estaban en tensión y mis lágrimas me nublaban la vista.

Unos dedos fríos separaron los míos, uno a uno, y distinguí, a través de mis lágrimas, el rostro de Alec.

No, no era Alec.

Bueno, no era el Alec que había conocido al llegar aquí.

Era mi ángel protector, en este momento. Tal vez se trataba de una alucinación, una visión o un sueño…

A estas alturas no estaba segura de nada.

Mi ángel atendió la llamada y, con unas cuantas palabras, logró que Caterina dejase de chillar al otro lado de la línea.

Quería pedirle que se fuera, quería golpearlo, quería… abrazarlo.

Sus manos me atraparon con seguridad, y dulzura (dulzura que me sorprendió, sinceramente) y me arrastraron al círculo de sus brazos, donde me retuvo con firmeza. Su aroma me golpeó los sentidos. Era una fragancia indudablemente masculina, aunque no podía asegurar cual era la combinación de olores qué la generaba. Incluso, pese a qué se trataba de un perfume, había algunos detalles qué no lograba distinguir.

Era más pequeña qué él, apenas, pero me sentí protegida en sus brazos fuertes y fríos.

Intenté forzarme a decir algo pero, en cambio, sólo conseguí sollozar absurdamente contra su pecho. Sabía qué no debería importarme. Sabía qué no ayudaría. Sabía que no era momento de exigirle nada… pero…

Alec era tan contradictorio que no sabía que pensar, estaba contradiciéndose constantemente, con cada acción, con cada palabra.

Sentía sus dedos fríos en mis mejillas, delicados, suaves pero gélidos. Su rostro hermoso me enfrentaba y casi podía leer pesar en ellos. Casi.

Quizás era una máscara.

¿Cuántas tendría mi ángel de los caídos?

Lo que queda depende de ti. Aquellas palabras sonaron inesperadamente en mis pensamientos. Entendí, de pronto, que tendría que decidir rápido acerca de mi destino. La verdad había sido revelada, y ahora debería elegir… Pero no me sentía capaz.

No era tan fuerte para dar vuelta la página.

Aun no.

— Lo lamento — Sabía que no sólo se refería a lo sucedido con mi hermano.

Y fue suficiente para que me abandonara en sus brazos para llorar, intentando librarme de esta herida que, como bien había dicho Jane en su carta, parecía que no pararía de sangrar.

Lo que queda depende de ti.

— Alec — Susurré, haciendo acopio de mis fuerzas — Quiero irme de Volterra.

— Está bien — Fue todo lo que dijo.

— ¿Alec? — Volví a decir.

Habían pasado apenas unos minutos. Él no me contestó, pero supe que estaba allí, pues me abrazó un poco más fuerte, como si temiese que fuera a desaparecer.

Me desesperaba lo contradictorio que él resultaba.

Realmente, me gustaría saber que hay en su mente. Envidiaba un poco a Aro, por eso.

No levanté la mirada, ni lo había hecho antes. Aun así, supe que me miraba. La firmeza apenas llegó a mi voz.

— Quiero que te apartes de mí. — Soné trémula, vibrante, pero más firme de lo que pensé.

Se puso rígido, repentinamente.

No puedo decir que me lo esperaba, inclusive, pensé que no había sido capaz de oírme porque fue apenas más leve que un susurro.

Me sorprendió su tensión, por lo que levanté los ojos y me enfrenté a su mirada. Algo en ella parecía haberse quebrado con mis palabras. Era difícil pensar que eran los ojos de un asesino en ese momento, cuando parecía que no había nada más en mundo, salvo yo.

— Como desees

Y aunque esas fueron sus palabras, sus brazos se cerraron firmemente a mí alrededor antes de que sus labios buscasen los míos.

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Continuará...

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¡Eh! Volví, y con inspiración. O, eso creo. Un nuevo capítulo arriba. ¿Confuso? ¿Mucho, poquito, nada? Nuevos detalles sobre la historia de Ángela.

Admito que, en un principio, no sabía que hacer con Nicola Wayland, el simpático trotamundos que inició este recorrido, pero las palabras fluyeron por si solas, y su destino, como bien dijo Alec, es un punto sin retorno. U.u Me dio pena su final…

Jane, por su parte, tiene gran participación en este capítulo. Es un personaje difícil, pero así es como me la imagino.

Por una parte, fieramente leal a Aro, a sus ideales, a sus creencias, pero con un lado mucho más suave, por así decir, que se encariño con su cantante.

Al parecer, aun quedan algunas cosas que resolver pero las respuestas están llegando, de alguna u otra manera.

Muchas gracias a todos los que leen el fic, y especialmente a quienes se interesaron tanto en esta historia :) Todas las opiniones, por supuesto, son bienvenidas, siempre que respondan a lo escrito xD

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Saludos ^^