Hola, perdonen la demora, pero mi maestra de Historia se transformo en un verdadero incordio con tanta tarea que nos ha dejado, ya ni el de matemáticas 7.7 Muchas gracias por dejar sus comentarios del cap anterior.

Espero que les guste.

Dejen sus comentarios.

Declaimer:

Bleach NO es mío, es de Tite Kubo.


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*~ Gothic Prince ~*

VIII

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El corazón no muere cuando deja de latir; el corazón muere cuando los latidos no tienen sentido. La lluvia son las lágrimas de esos corazones, que un día fueron conectados por ellas.

-Anónimo

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~Un año atrás~

Suspiró y recargó la cabeza contra el marco de la puerta, y dejó que sus largos cabellos naranjas le cubrieran el pequeño rostro por completo. Genial, el primer día de clases en el instituto y tenía que llover como si un tifón se hubiera cernido sobre la ciudad, para el colmo estaba varada en el pórtico de la escuela porque suertudamente se le había olvidado en casa su paraguas y Tatsuki no había ido al colegio porque cogió la gripe un día antes.

Menuda suerte tan negra que se cargaba.

Luego de un segundo de auto compadecerse se golpeó las mejillas y tomando todo el valor que tenia se colocó el maletín sobre la cabeza y contando mentalmente hasta 3 se echó a correr bajo la lluvia. De cierta forma andar de esa manera bajo el chubasco que caía le recordaba a su infancia cuando su hermano Sora se retrasaba en llegar por ella a la guardería y pegaba la carrera hasta el departamento; llegaba completamente empapada y su hermano le regañaba por preocuparlo al no hallarla en la escuela y diciéndole que iba a pescar un resfriado por irse con la lluvia en su punto más alto, ignorando que él mismo estaba que escurría un rio. Se carcajeó ante el recuerdo de esto, Sora definitivamente había sido un hombre muy despistado en aquellos tiempos, se desconcentró un momento al recordar con tristeza que él le había dejado sola sin querer por culpa de un accidente que cegó prematuramente su vida hacia ya 4 años.

Su nariz chocó contra algo suave y firme, cayó de espaldas en el mojado pavimento como consecuencia de esto.

Ay, no—se quejó haciendo un mohín.

No deberías andar así por la calle—alzó la cabeza rápidamente, esa voz se le hacía conocida de algún lado. Sus ojos castaños se toparon con unas duras esmeraldas que la observaban desde lo alto. Un relámpago ilumino la silueta del chico poseedor de tales orbes, haciéndole parecer un ángel caído ante sus quinqués, con esa piel pálida y rostro inexpresivamente hermoso.

Se sintió paralizada.

Y-yo lo si-siento… ¿Bibliotecario-san?—la última palabra se le escapó de los labios en son de una pregunta inconsciente.

Él la miró con sus penetrantes esmeraldas, un par de joyas imposibles de leer, le recordó vagamente a los villanos de esos mangas que se ponía a leer por las tardes en la librería.

Es una falta de educación no conocer el nombre de tus compañeros, Inoue Orihime—reprendió estoico agachándose para agarrar la mochila que estaba tirada a sus pies, con una elegancia tal que la dejó asombrada. Orihime se sintió intimidada ante la mirada sombría que el chico le lanzó al atraparla tan embelesada con él, como si pudiera atravesar los muros más altos de su corazón y verla tal cual era.

L-lo siento…esto… ¿Cómo te llamas?—inquirió nerviosa, más el ojiesmeralda le entregó su bolso, estrechó la vista cómo si la estuviera maldiciendo con los ojos, y dio media vuelta dejándola con la pregunta en el aire. Su corazón se estrujó, por miedo y por fascinación, a pesar de lo fríos que eran ese par de orbes, por una fracción de segundo le habían resultado muy enigmáticos y bonitos.

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Ese fue el comienzo de todo. Fue la primera vez que vio bien los ojos y cruzó palabras con Ulquiorra Cifer, el inicio de su temor y admiración, que constantes y poco a poco la fueron capturando. Nunca imaginó que ese hombre la fuera a llevar al borde de la cordura y el dolor, no esperó ni por un segundo que se convirtiera en su demonio personal, llegando incluso a arrancarle el corazón y pisotearlo con su indiferencia e imposibilidad de comprender lo que desesperadamente quería decirle, él no entendía ni entendería el amor; si no eres capaz de razonar el concepto corazón, no tenías esperanzas de saber lo que era el amor, y por esto mismo es que su propio corazón estaba perdido, hundiéndose en las tinieblas y ella sólo podía verlo irse hasta el fondo sin mover un dedo.

Quería olvidar todo eso, todo el dolor y amor que sentía a casusa de él. Por ello de alguna forma estaba agradecida con la oscuridad que le había devorado, las sombras lentamente la arrullaban en un espacio infinito y vacio donde era capaz de soltar sus sentimientos, como botellas de vidrio con mensajes escritos al mar, dejando que se alejen y pierdan en las profundidades del olvido. Sin embargo sabía que lentamente ellos volverían a ella, ó también que podían terminar en playas lejanas, mas jamás en las manos de la persona añorada. Eso podía ser asimismo un castigo. Aunque en sus pensamientos asaltaba la incertidumbre de si sólo era un sueño estar de esa forma, ó en realidad su corazón fantasma, ese que latía mentiroso en su pecho pretendiendo estar bien cuando el verdadero sangraba constantemente en un hoyo bajo los pies del diablo, se había detenido y su alma había ido a parar a un limbo sin fin.

¿Había muerto?

De alguna forma era incapaz de responder.


Las puertas del hospital se abrieron estrepitosamente y una chica de azabaches cabellos cortos pasó casi corriendo por ellas seguida de un muchacho de lentes; ambos con el mismo o casi el mismo semblante adornándoles las caras, una mezcla entre miedo, incertidumbre y angustia. Tatsuki había recibido una llamada en medio de su entrenamiento avisándole, dado que era el primer contacto de la agenda, que Orihime había sido envestida por un coche que derrapó por la lluvia. Sin procesar bien la información salió corriendo rumbo a la clínica que le habían dicho, topándose con Ishida al cual obviamente preguntó porque diablos no estaba con ella.

—Señorita—llamó con la voz exaltada, la enfermera que estaba en recepción alzó los ojos de un documento que leía y los posó en la nerviosa Arizawa. La karateka abrió la boca tratando de decir algo, más las palabras se revolvían y no salían otras que monosílabos inservibles.

—Señorita, somos familiares de Inoue Orihime nos llamaron porque tuvo un accidente hace unas horas—Ishida colocó una mano en el hombro de la pelinegra para apartarla y hablar él, que si bien no estaba sereno para nada se obligó a mantenerse firme.

—Ah, la chica del accidente de tráfico—musitó para sí, bajando la mirada—, le hicieron una intervención de emergencia, está en cuidados intensivos en este momento. Aun se desconoce su estado, eventualmente veremos si logra salir de peligro, en caso de la pasaremos a una habitación para que puedan verla—informó leyendo la información que le habían dado los médicos—, ¿Dónde está el tutor legal de la joven?.

—Su tía llegara en una hora o dos—pronunció Uryu observando como Tatsuki asentía a un sin poder hablar.

—Entiendo, si quieren pueden tomar asiento en la sala de espera—indicó.

—¡Pero yo quiero verla!—exclamó la morena.

—Está bien Arizawa-san, debemos esperar no podemos ir a verla en cuidados intensivos—susurró el chico serio.

—¿Por qué ella?—cuestionó enojada la karateka caminando con torpeza hasta una de la sillas de la sala. No era capaz de hilar las palabras atropello y Orihime en la misma oración, simplemente a su mejor amiga, casi hermana, no le pudo suceder semejante desgracia.

—Debí haberle pedido que me esperara—masculló Ishida a su vez.

—No entiendo cómo es que esto pasó Ishida, Orihime es muy cuidadosa al cruzar las calles. No concibo cómo es que le han podido atropellar así de simple, es torpe sí, pero ella es capaz de andar por las calles sin esas preocupaciones—soltó rápidamente, el de lentes se mantuvo callado, él sí que tenía una idea del porque la pelinaranja salió herida de esa manera y no precisamente era porque anduviese sin cuidado por las calles.

Lo único capaz de tenerla tan desconcentrada y vulnerable tenía nombre y apellido.

—"Espero que no hayas tenido nada que ver bastardo"—pensó furioso ante la posibilidad de que Ulquiorra fuese el culpable de todo. Si era así, no le importaba terminar en la cárcel o el mismísimo infierno, lo mataría, como que se llamaba Ishida Uryu que lo hacía.

Sin embargo por el momento debía dejar eso de lado, tenía que concentrarse en lo que estaba pasando y esperar con agonizante inquietud noticias de la ojicastaña. La cual no sabía si estaba bien ó se debatía entre la vida y la muerte. Por Dios que estuviese bien, ella no merecía morir bajo ningún motivo.

Incluso si lo ganó por haberse enamorado del demonio, Orihime debía vivir, salir de ahí, ser como era ella y juraba por todo lo que era santo en el mundo que jamás dejaría a Ulquiorra Cifer acercarse a Inoue. Ellos…, no, él no podía aceptar perderla tan fácil.

No quería perderla de ese modo.


Se escuchó un insistente toqueteó en la puerta, como si la persona que lo hacía intentara tirarla abajo con eso. Separó las manos del teclado de su computadora y lanzando un inaudible bufido caminó hasta la puerta de su departamento. Quien fuera lo echaría a la de ya, no tenía el humor para aguantar a el idiota que estuviera parado en el lumbral de su casa en medio de tremenda tormenta, suficiente tenia con estar auto llamándose estúpido por haber herido otra vez a la mujer, siendo sincero ni él se perdonaría lo que hizo. Esta vez sí que se había pasado con sus acciones, no podía actuar más como un demonio porque realmente era uno.

No había porque fingir algo cuando era autentico.

—¿Qué?—gruñó al girar el picaporte.

—¡Koumori-kun esto es grave!—exclamó Nelliel tenía una mueca seria, la cual sustituía por completo esa careta picara que la caracterizaba. Estaba ligeramente empapada y el paraguas negro reposaba en su mano a medio cerrar.

—No estoy para escuchar tus tonterías mujer estúpida, lárgate—indicó dispuesto a cerrarle el portón en la cara. La peliverde puso la punta de sus tacones Gucci en medio para impedirlo.

—No son tonterías—repuso frunciendo el ceño.

—Hmmp.

—Koumori-kun…—empezó, pero no hallaba las palabras indicadas para decirle lo que sabía.

Vaya por Dios no era su deber decírselo, ni siquiera tendría porque saberlo, sin embargo sabia que se lo debía; ella había tenido algo de culpa en lo concerniente a la princesa. Por ello es que la siguió en lugar de Ulquiorra, para explicarle lo que el ojiesmeralda no podía poner en palabras, irónico siendo escritor, aunque eso demostraba que aun era joven y por más genio literario que fuera, no era indiferente a los problemas más comunes de la vida.

—Si no vas a hablar, vete ya—ordenó haciendo amagó de cerrar otra vez.

—La princesa tuvo un accidente—declaró sin tacto, dado que él moreno no se veía dispuesto a esperar a que ella ordenase los hechos en su cabeza; Ulquiorra estrechó la mirada y clavó sus penetrantes orbes en ella.

—¿Qué quieres decir?—susurró, Nelliel suspiró y se encogió de hombros con aflicción.

—Fui tras ella después de que te fueras—explicó—, corre bastante rápido he de decir. Cuando por fin pude alcanzarla, ella…—se quedó callada memorando la horrible escena en su cabeza—. Ella no se fijo y cruzó la calle, un auto apareció de la nada y…—se estremeció al recordar el sonido del cuerpo de la pelinaraja siendo embestido por el armatoste de metal—, fue atropellada.

Mutismo.

Nelliel no era una mujer que sentía sus nervios en punta muy seguido, pero la cara de Ulquiorra lo logró en un segundo. Él moreno permanecía en un silencio sepulcral y su rostro no tenía un buen aspecto. Había tantos sentimientos encontrados en él que no podía ser descrito.

—Vete—musitó con la mirada ensombrecida.

—Pero Koumori-kun, debes ir a verla… ella no se veía nada bien cuando la subieron a la ambulancia—desvió la mirada con compasión—, ella puede…

—¡Que te largues!—gritó furioso—, ¡Y ni se te ocurra terminar esa maldita frase mujer estúpida!—sus ojos eran turbios.

Nelliel abrió los orbes tanto como sus parpados se lo permitieron. Jamás en el tiempo que llevaba conociéndolo, lo había visto así.

—Koumori-kun, sé que no quieres escucharlo, pero debes entender que es una situación delicada. Ella…

—¿Que parte de que cierres la boca no escuchaste Nelliel?—protestó enojado. Laojipardo tragó saliva al ser presa de ese par de ojos furibundos.

—Te daré la dirección del hospital, le pregunté a uno de los paramédicos antes de que se fueran—continuó sacando una libreta de su bolsa, escribió ágilmente y luego le extendió el papel—, Koumori-kun sé que no quieres escucharlo. Pero tienes que ir cuanto antes, sinceramente ella no se veía bien y ojalá Dios no lo quiera pero ella puede morir, sino es que ella ya…

Él no la dejó terminar, le arrebató el papel y cerró la puerta con tanta fuerza que el sonido le hizo daño en los oídos. Nelliel negó con la cabeza, Ulquiorra no estaba bien.

Se recargó en la puerta luego de cerrarla, con la cara crispada en una mueca de incredulidad, no eso no podía estar pasando. Debía ser una maldita mentira, una pesadilla, si eso debía ser. Se había quedado dormido de nueva cuenta en el sofá y por estar escribiendo la continuación de Shi no Kokoro es que estaba teniendo semejante pesadilla. Se llevó una mano a los cabellos y negó reiteradamente. Con un demonio debía despertarse y buscar a la mujer para abrazarla y ver que nada era real, que sólo era un mal sueño del que podía despertar; decirle sus sentimientos y acabar con ese abismo que él había abierto por su estúpida necedad y sadismo. Verla sonreír entre lagrimas, escuchar su sermón por no haberle dicho antes y después sentirla tan suya y real que sabría que Nelliel no estaba en lo cierto.

La mujer no podía morir y desaparecer así de fácil.

Eso es, esa mujer no era capaz de irse tan cruelmente de su mundo, debía esperar a que la realidad lo llamara para después ir tras ella y esclarecer la verdad. Caminó monocordemente hasta el sillón, estrujando entre sus dedos en papel que la peliverde le dio, tomó una pluma y un papel cualquiera. Tal vez si escribía la pesadilla terminaría más rápido. Garabateó velozmente de distintas forma un "Ella está bien" por toda la superficie blanca, se inclinó al tiempo que aumentaba la intensidad y la fuerza en su agarre. ¿Por qué no despertaba? Quería demostrarse que no era real de una vez, pero no había signos de ello, no parecía que fuera un sueño después de todo. Llegó un punto en el que la hoja se convirtió en una gigantesca mancha negra y el bolígrafo arañaba la madera del mesón.

La pluma se partió justo en el centro.

La tinta le saltó y un par de manchas aparecieron debajo de sus ojos, un microsegundo después de convirtieron en dos líneas negras que atravesaban su rostro hasta perderse en la punta de su barbilla. Dando así un aspecto de lágrimas oscuras brotando en el rostro de un ángel caído, si bien no era un ángel acertadamente eran lágrimas. Se restregó el rostro con el antebrazo.

No era un sueño.

Se puso de pie estrepitosamente y emprendió el paso hacia la salida. Cerró de un portazo la casa y bajó casi corriendo las escaleras, cuando estuvo abajo se echó a correr rumbo a la estación de trenes.

Tenía que verla y saber que estaba viva. La ojicastaña no podía hacerle eso, no podía cerrar sus ojos y oídos para siempre, no podía marcharse sin que antes le hubiera dicho "Te amo" tantas veces como su voz se lo permitiese y le hubiese demostrado que la amaba. No era aceptable, nunca lo seria, jamás aceptaría que su corazón dejara de latir, incluso si tuviera que aguantar su desprecio, no le importaría porque ella sabría la verdad y estaría bien; estaría viva y sana. Aun si debiera regresar a las sombras o vender su alma a Lucifer, si Dios lograba salvarla juraba protegerla con su propia vida a costa de todo lo que tenia.

La quería a salvo aun si no era a su lado. Por todo lo que es santo no quería perderla, no lo quería, ella no. Ya había perdido a seres que amaba y aunque no lloró con ellos, si la mujer se iba y lo abandonaba, si recibía el beso de la muerte y lo dejaba atrás. Nada más en su vida tendría sentido, su eje se perdería, su mundo moriría con ella, sería un alma un hueco en el pecho y un estúpido muñeco sin razón que sólo se movería por moverse, que viviría por vivir. Sería una existencia errante. Un muerto en vida, esperando el día de reunirse nuevamente.

Mientras corría y sentía que los pulmones le ardían, sólo podía pensar una y otra vez que:

Inoue Orihime debía estar viva.


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Continuara

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Uff, esperó que les haya gustado. Saben, ya está muy cerca el final de esta historia, espero no decepcionarlos.

Dejen sus comentarios por favor.

Akari se despide.

Yanne!