Capítulo 7
—Su gracia ha de estar muy débil, será mejor que coma.
La intervención de Meredith en la escena salvó a Candy de la catastrófica confesión. Estaba decidida a decírselo de todas formas, pero no hallaba el momento. De hecho, en cualquier momento sería un mal momento, pero sin duda soltárselo acabando de volver de ultratumba sería peor.
—Es un guiso ligero, pero le hará recobrar toda energía, además no queremos que le caiga pesado.—regresó Meredith con una bandeja. Robert se retiró desimuladamente, lo mismo que Meredith.
Candy se quedó dubitativa. No sabía si debía irse, aunque no quería. Deseaba estar ahí porque era lo que su corazón le pedía. Su mirada intensa le ponía nerviosa, la estaba estudiando, pero el guiso seguía intacto.
—Su comida no se acabará si solo la mira. Cómaselo.—ella le señaló la bandeja y le regaló una sonrisa deslumbrante.
—Este guiso huele a concha de burdel en decadencia.—las mejillas de Candy se encendieron ante una comparación tan poco delicada.
—Entonces no creo que le disguste tanto, por como habla debe estar acostumbrado a esa experiencia.—Se sentó junto a él y le quitó la bandeja.
—¿Qué crees que haces?
—Cuidándolo.—le llevó la cuchara a la boca, pero Terrance selló los labios como acero forjado.
—¿De verdad piensas que me lo voy a comer?—levantó su ceja con arrogancia.
—Sí.
—¿Por qué estás tan segura?—los rodeos de Terry la estaban desesperando.
—¡Porque yo lo digo! Mientras usted esté postrado aquí, de nada servirá su autoridad y como sé que ha de estar desesperado por imponerla, bien le haría abrir la boca y comenzar a tragar.—su expresión fue peligrosa y divertida.
—Niña, si no estuviera convalesciente, te azotaría el trasero de tal manera que no te sentarías en semanas.
—Y si usted se come este guiso y no me hace perder más el tiempo, yo misma me inclinaré para que me azote el trasero, ¿le parece?
Terry tragó hondo y la excitación se formó en seguida, sobresaliendo como una espada en la sábana. Se debatía entre jalar a Candy y tomarla en ese mismo momento, o sucumbir a la cuchara que se le plantaba delante.
—Por favor, me estoy esforzando por ser una buena esposa, no me lo haga más difícil.
De alguna manera eso lo conmovió. Recordaba vagamente que ella estuvo con él todo el tiempo, o tal vez lo había imaginado. Notó que había algo que enturviaba su mirada, aunque siempre mostraba una valentía digna de admirar, también se le notaba el temor que en el fondo le tenía.
—¿Cómo sé que no ordenaste que envenenaran este guiso?
—Porque Meredith preferiría verter mi cabeza en él antes de pensar en matarlo.
—Buen punto…—fingió que meditaba solo para sacarla de quicio.
—¡Coma por el amor de Dios!
Finalmente cedió y como un manso corderito aceptó cada cucharada sin protestar. No pudo negar que le gustaba la idea de ver a Candy en el papel de esposa abnegada. Correspondió a cada una de sus sonrisas cuando ella le llevaba cada cucharada con paciencia y amor. Comenzaba a ablandarse nuevamente y eso por dentro le enfureció, pero optó por no desairarla.
—¿Sabes cuántas cucharadas llevo hasta ahora?
—No las conté… ¿por qué?
—Porque te daré un azote por cada una y van más de diez.
Le divirtió ver como ella se tensó, como sus pechos subían y bajaban por su agitada respiración, ahí brillaba la gema que él le había regalado, pero brillaba más la expresión firme y desafiante de ella cuando sostenía la cuchara delante de su boca con mucho orgullo. Solo conseguía excitarse más. ¡Dios! Acababa de regresar del más allá, le dolía y le ardía la herida, pero deseaba poseerla.
Le quitó la bandeja y la cuchara. La arrastró hasta ponerla a horcajadas sobre él y la aprisionó en un beso violento.
—¿Qué hace? ¿Se volvió loco?—preocupada le comenzó a palpar la herida.
—Lo siento. Olvidé tu estado.
Una vez más colocó su mano en el vientre de ella y el corazón lo sintió caérsele desde su pecho hasta los pies. Debía decírselo cuánto antes. No podía vivir un segundo más con esa angustia.
—Terrance.—Trató de sonar firme mientras se le formaba un doloroso nudo en la garganta.
—Habla.—la instó tras una larga pausa.
—No estoy esperando ningún hijo.
Los ojos de él se volvieron fuego azul, la recámara inmensa se redujo, lo mismo que el aire. Aún no decía nada, pero su expresión dura hablaba por sí sola.
—¿De qué estás hablando?
—Esta mañana me vino el sangrado. Fue solo un retraso…—aterrada se salió de su regazo y se fue poniendo de pie.
—¿Un retraso? ¿Sabes lo que yo creo? ¡Sabes lo que creo!—gritó lanzando la bandeja al suelo.
—Lo siento. Fue una mentira que se salió de control, yo…
—¡Claro! Para obtener compasión. Pensaste que al estar embarazada te librarías del castigo por adúltera.—quiso ponerse de pie, pero el dolor no lo dejó.
—¡Yo nunca le dije a usted que estaba embarazada!
—¡No! Tú solo te callaste a conveniencia.
—¡Y qué esperaba! Usted iba a matarme. Por usted me habría podrido en una celda sucia de no ser por su hermano.
—¡Y debí hacerlo tan pronto como entraste! Debí matarte en cuanto llegaste con tu amante…—los celos lo cegaban y lo consumían por dentro.
—¡No era mi amante! ¡Anthony fue lo peor que me pudo pasar en la vida! Yo pensé que usted era la persona a quien más odiaba, pero no… Aún después de muerto, deseo tener la oportunidad de poder matarlo yo misma…
—¡Ahora! Pero seguro no pensaste así cuando vino por ti, seguramente no pensaste así cuando te acostaste con él… ¿o piensas que te creo que no te tocó ni una sola vez?
—¡No! ¡Por eso le dije que estaba embarazada! Se lo dije a él para que no me violara, ¡porque iba hacerlo! Usted tiene razón, claro que no desaprovecharía la oportunidad de violarme, pero cuando le supliqué que no lo hiciera por mi supuesto embarazo… retrocedió…
—¿Retrocedió? ¿Así de simple?—dijo con sarcasmo y una mueca de ironía.
—Lo hizo. Para pedir el doble de dinero por mi rescate y el del niño, solo por eso…—lágrimas del más ferviente rencor salieron de sus ojos.
—Tiene sentido. Reconozco tu astucia…
—Siempre he sido honesta, usted lo sabe, nunca he temido de decir lo que siento.—lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada.
—Aún así, Candy, tú te escapaste con él y para eso no tienes justificación.
—Tal vez tenga razón, pero dudé desde el principio, yo no quería irme, presentía que no estaba bien…
—Eso no cambia nada.
—Quizás no significativamente, pero sí cambia algo. Hace unas semanas atrás yo hubiera seguido a Anthony ciegamente, sin ninguna duda…
—¿Se supone que eso me haga sentir mejor? Te largaste con tu amante, pisoteando mi honor, pero debo alegrarme porque al menos vacilaste antes de hacerlo…—Candy suspiró.
—Esto no funcionará nunca. Creo que debería hacer lo que dijo, enviarme lejos y olvidar aquella absurda promesa.
—Claro, al cabo es lo que siempre quisiste.
—Terry…—Robert apareció y Candy aprovechó el momento para salir no antes posible de esta habitación.
—¿Qué pasa?
—Atrapamos unos cuantos rebeldes que habían escapado, queríamos saber qué deseas que hagamos con e…
—Quémalos vivos a la vista de todos. Que ardan lentamente para que lo piensen mil veces antes de intentar atacar otra vez.
—¿Y puedo saber qué le hiciste a la pobre muchacha?—Terry puso los ojos en blanco.
—No le hice nada. Es solo una zorra mentirosa igual que todas.
—Me temo que tú y yo no hablamos de la misma persona…
—¿Será que ella te quitó lo afeminado para que la defiendas tanto?
—No soy afeminado. Solo me gustan los hombres. Y volviendo a Candy, ¿zorra? Si de verdad creyeras eso ya la habrías matado. ¿Por qué te enzañas con ella? ¿Sabes que no te dejó ni un solo momento cuando casi te mueres?
—Sabe mentir muy bien.
—¿Y eso lo dices por…?
—¡Nunca estuvo embarazada!
—Nada te impide hacer que lo esté…—Robert puso un gesto burlón.
—Tú no pareces muy sorprendido… Claro, no dudo que la hayas ayudado con semejante idea…
—Oh no, no, no, no… yo no tuve nada que ver en eso.
—Mira, lárgate de aquí.
…
—Muchacha, ya no llores. Por Dios, tienes todo el tiempo del mundo para concebir, claro que para eso necesitas unirte a Terrance.
—¿Cómo voy a unirme a un hombre que me desprecia y me cree una ramera? Agradezco no haber concebido.—Meredith la ayudaba a desvestirse.
—¡Pero qué tonterías dices, niña!
—¿De qué me hubiera servido concebir? ¿Para que dudara eternamente de la legitimidad de mi hijo? Y no solo eso, pretendía quitarme a mi hijo y enviarme lejos… ¿qué clase de desalmado le quita un hijo de los brazos a una madre? ¿Ese es el rey que usted venera?
—Yo venero al rey que conozco. Si él la quisiera lejos, si él no sintiera nada por usted, no estaríamos teniendo esta conversación. Haz lo tuyo, muchacha, usa esa astucia de la que tanto te jactas.
—¿Qué quiere decir con que haga lo mío? Si todo el esfuerzo que hago solo sirve para…
—Sedúcelo.—dijo Meredith sin miramientos.
—¿Qué? No… yo no sé hacer eso, yo…
—Claro, hasta hace poco eras a penas una niña, pero ya es tiempo de que despiertes si quieres a ese hombre a tus pies.
Pasaron varios días y el plan de seducción iba en pie. Aunque Candy a penas veía a Terry. Había desistido de ello al darse cuenta de que él la evitaba a propósito.
—Este perfume lo atraerá a ti, no podrá resistirse…
—¿Crees que funcionará?
—¡Por supuesto! Pero debes atraerlo poco a poco, es decir, no sucumbas a él muy pronto, déjalo que llegue al límite de la desesperación.
Meredith le roceó el perfume en el cuello y en el nacimiento de los pechos, aunque Candy no tenía esperanza alguna en nada ya, no se perdía nada con intentar. Dado que no lo vio durante toda la mañana y tarde, decidió acabar con el ocio en la biblioteca.
—El guerrero errante, es un buen libro.—La aparición de Terry la sorprendió.
—No sabía que había llegado…—su corazón palpitaba hasta desbocarse.
—No esperaba encontrarte…—el olor de Candy, uno que nunca le había percibido estaba atrayéndolo más y más.
—Nunca lo terminé…—se lo dijo cerca del cuello, erizándole toda la piel.
—He visto que lo dejó marcado en donde se quedó. ¿Quiere que se lo termine de leer?—se puso frente a él, brindándole una vista plena de sus pechos. El perfume seguía haciendo lo suyo.
—Sí, por supuesto.
Colocó sus grandes manos en la cintura de Candy y la atrajo hacia él, su olor provocó que la besara en el cuello, donde se quedó un rato aspirando el aroma. Él la deseaba a toda hora, pero ese olor lo hacía perder el dominio de sí mismo, no podía fingir indiferencia.
—Así no podré leerle…
—Claro, mejor sería que te sientes…
Se la sentó en el regazo, en la butaca aterciopelada y rodeó su cintura con las manos. A Candy se le cortaba la respiración, pero tenía que llevar el plan a cabo hasta el final.
—Cuando Drako llegó al territorio de los Zafras, fue sorprendido por un asalta caminos en…—trataba de leer, pero Terry seguía besando su cuello, tocando sus pechos y eso estaba complicando el plan. Aunque sí estaba logrando seducirlo, no podía pelear con sus propias sensaciones.
—Esto no está bien…—fingió preocuparse.
—¿Por qué?—introducía sus manos bajo el vestido y acarició sus piernas.
—Porque alguien podría llegar y…
—Este es mi maldito palacio, yo hago lo que quiera, donde quiera, cuando quiera.—la giró con brusquedad para tomar sus labios, su enorme erección rozó el vientre de Candy.
—Basta, basta por favor…—suplicaba, pero por dentro se reía.
—No, otra vez no. No vas a dejarme así otra vez…
—Su té, su gra… ¡Oh!—Meredith fingió soprenderse.
—Tranquila, Meredith, solo… solo leíamos un libro, pero… ¡ya me voy!—a espaldas de Terry, Meredith le guiñó un ojo a Candy cuando esta salía de la biblioteca.
…
—¡Está funcionando!—dijo Candy con triunfo a la hora de dormir mientras Meredith la trenzaba.
—¿Funcionando? Te dije que debías atraerlo de a poco, si yo no llegaba, hubieras estado cabalgándolo.
—Pero ese es el propósito, ¿no?
—Si lo que te propones es que se descargue en ti unos minutos y luego recuerde que te odia, sí. Ahora, si lo que quieres es tenerlo comiendo de tu mano, debes hacerme caso.
—No es tan fácil… La seducción es un juego que Terrance conoce bien…
—Pues esfuérzate más.
…
—Sé que no debo venir aquí, pero supe que estuviste a punto de morir y…
—No te preocupes, tengo un pacto con el diablo.—Eliana sonrió, se alegraba de verlo entero y con la arrogancia intacta.
—Es un alivio saber que estés bien. ¿Y tu esposa fugitiva?—preguntó a la vez que hojeaba un libro en latín que no entendía.
—No sé qué hacer con ella… quisiera creer que es inocente, pero…
—Los celos no te dejan… pobre, siempra has sido tan incomprendido…—le acarició una mejilla con gesto maternal.
—No se trata de celos, mi dignidad, mi honor quedó en el lodo…
—Relájate, cariño. Tenle paciencia, es a penas un capullo y dudo mucho que pueda abrirse a alguien más que a ti.
—¿Cómo sabes eso?
—A ver, niño guapo, además de ser endiabladamente atractivo, endiabladamente apasionado y viril… tienes una polla enorme que sabes muy bien como usar… después de ti, cualquier hombre sería corriente—le acarició el miembro, arrancándole un suspiro.
—Solo estuve con ella una vez, no desea saber de compartir la cama conmigo luego de que…
—La dejaras tullida por dos días… ¿sabes lo excitante que suena eso? La próxima vez, solo menéate bien dentro de ella, como tú sabes y las reglas del juego cambiarán.
—Ella no es de ese tipo de mujer…
—¿Ah no? Cielo, te sorprenderías de lo que cualquier mujer es capaz de hacer con el amante correcto y en ese juego, tú ya eres un zorro viejo…—acercó sus labios a los de él, justo en el momento en que entraba Candy.
Continuará…
¡Hola!
Espero que se encuentren bien. Nos veremos pronto y muchísimas gracias por sus comentarios y por levantarme el ánimo.
