De visita al Madrid mágico
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000
Este fic entra en el entorno de la llamada "Magia Venezuelensii", parte de la "Sorg-expansión" del "Potterverso", idea de Sorg-esp ("Magia Hispanii"), fortalecida y aumentada por Fiera Fierce, Cris Snape, Neevy Ambr Du, Graystone Griffinstilkin, Muselina, Gaheller, Nea Poulain, Victoire Black, Millie M, y muchos integrantes del Foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black" de ; los personajes que reconozcan de la "Magia Hispanii", "Magia Chilena" y "Magia Tripeira/Do Porto" pertenecen a sus respectivos creadores, a quienes agradezco la oportunidad de sumarlos a las aventuras de mis "Magos Venezuelensii", y a quienes espero hacer justicia.
A partir de la reedición del capítulo 2, este fic participa en el I Gran Desafío del Foro de las Expansiones.
Capítulo 8:
En el Séptimo día(1)
Madrid; domingo 16 de abril de 2.012, 6:45 a.m. local
El domingo, Andreína se levantó tempranito, pues había acordado con Amaia que se reunirían en la estación de Atocha para abordar el tren mágico hacia Toledo. Andreína sonrió al escuchar por primera vez ese nombre, pues recordó a un compañero de la universidad, de la zona de Zea, estado Mérida, quien era devoto del "Santo Niño de Atoche". Inmediatamente se metió a la ducha, para avisparse, y al salir, buscó una muda de ropa deportiva, cómoda y fresca, similar a la usada el día anterior, pues Amaia le había comentado que caminarían bastante.
Cuando salió del hotel, al primaveral clima de mediados de abril, Sara se acercó a saludarla:
―Buenos días, Andreína, ¿cómo te sientes para viajar?
―Bien, deseosa. Quedamos en que nos encontrábamos en Atocha a las 8:30, así que hay que caminar rápido.
―Sí, la estación queda por detrás del Parque El Retiro. Lo mejor sería bajar por Serrano, pasar la Puerta de Alcalá y seguir por la calle de Alfonso XII hasta encontrarnos con la estación, ¿está bien?
―Bueno, usted es la guía ―le comentó sonriente mientras se ajustaba unos lentes de sol, de corte deportivo―, usted me dice por donde y yo voy.
Así hicieron, en un trayecto de unos veinte minutos, Andreína llegó a la entrada de la estación; cuando miró el gran reloj central, vio que había llegado con unos veinticinco minutos de adelanto. Sara, sonriendo, le comentó:
―¡Caramba, mujer, caminas realmente rápido! ―y soltó una sonora carcajada. Andreína sonrió y, señalando una cafetería, comentó:
―Ya debería saberlo, ¿no? Voy a aprovechar de desayunar, que no me dio tiempo en el hotel.
―No lo recomiendo, el tren mágico suele ser muy incómodo para personas que nunca lo han usado. Incluso más fuerte que el 3M.
―Bueno, yo aguanto, además, esta caminatica me provocó sed.
Una carcajada tronó, y luego Sara comentó:
―Si tú lo dices.
Andreína, algo preocupada por lo que comentó Sara, prefirió tomar algo suave, no el poderoso desayuno que tenía pensado ingerir, por lo que simplemente se conformó con un envase de yogurt líquido y uno de agua mineral. Cuando salió de la cafetería, iba protestando mentalmente.
―¡Por la danta de María Lionza! ¡Qué careros!
―¿Y eso?
―Menos mal que no desayuné completo, si no me quedo sin plata para regresar a Venezuela ―protestó sonoramente, lo que provocó que Sara sonriera―. ¡Ah! ¿Y se va a reír de mí?
―No, Andreína ―trató de justificarse Sara, sin mucho éxito―, no es eso, es que todos comentan eso, que es costosa la vida acá en Madrid. Mira, ya llegaron Amaia y Fernando.
Efectivamente, Andreína vio a los esposos Larumbe Villamaior entrar a la estación, acompañados por otra joven pareja, que llevaba un cochecito. La venezolana, impulsada por Sara, se les acercó.
―¡Buenos días, Andreína! ―saludó sonriente Amaia a la venezolana, para luego presentar a sus acompañantes―; te presento a mi esposo, Fernando Larumbe, el cocinero ―Andreína sonrió al darle la mano―, mi hija Lucía, su esposo Javier Pizarro y mi preciosa nieta Esperanza ―luego de las presentaciones, todos se ubicaron en una mesa de la cafetería.
―Es un placer, y gracias por acompañarme.
―Pregúntales donde dejaron a Fer, que por qué no vino.
―¡Señora Sara, por favor! ―Lucía se dio cuenta que Andreína tenía una proyección mágica particular, porque le hizo un gesto a Amaia, quien sólo sonrió. Como el espíritu de la matriarca insistía, la venezolana se encogió de hombros y soltó la pregunta―: Bueno, aquí me preguntan que por qué no vino Fer, ¿Quién es Fer? ―Amaia sonrió, Fernando frunció el ceño, y Lucía exclamó sorprendida:
―Es mi hermano mellizo, y no vino simplemente porque mamá no le dijo. ¿Verdad, mamá? ¿Tú le contaste de Fer?
—Sí, de verdad no le comenté ―respondió Amaia, ante la sonrisa de Sara―. Y no, Andreína no sabía de Fernando. Se quedó en Milán, vive allá con su esposa.
―Yo sabía que no le diría nada, está bien.
―Está bien, ya sabía que no le diría nada.
―¿Quién lo sabía? ―preguntó interesado Fernando padre, secundado por su yerno.
―La señora Sara, que me ha acompañado toda esta semana.
―¡La abuela! ―exclamó Lucía, ante las voces de calma de los demás―, ¡Huy! ¡Lo siento!
―Dile que me alegra por ella, su bebé es una bendición para ella, y para Amaia.
―La señora Sara dice que está muy contenta por ustedes, que Esperanza es una bendición tanto para ti como para Amaia ―de pronto, Andreína vio nuevamente la figura masculina acercarse, esta vez con algo más de confianza. Hizo señas a su auditorio terrenal, para enfocarse en el celestial, donde Sara conversaba con el primer esposo de Amaia. La venezolana vio un espíritu que mostraba haber pasado por una especie de explosión, muy lacerado y quemado, por lo que mentalmente lo convirtió en una sombra, tal como había pedido a sus guías espirituales que le permitieran contactar a quienes habían fallecido trágicamente.
―Andoni, discúlpame, pero creo que no es momento ni lugar para acercarte.
―Lo sé, Sara, sólo quiero disculparme con Amaia, porque sé que fui un estúpido cabeza dura, y la traté mal.
―Momento, ―pidió Andreína a los dos espíritus, que parecían enzarzarse en una agria discusión, ante la atenta mirada de los demás―, ¿podemos conversar un rato afuera? No quisiera ser grosera, mucho menos con quienes me están recibiendo de buen ánimo. Discúlpenme un momento, por favor, ¿sí?
Amaia y Fernando, Lucía y Javier se extrañaron, pero con gestos dieron permiso a Andreína para salir de la cafetería. Al salir, se encontró la polémica en mayor escala:
―¿Que la trataste mal? ¿Mal, dices? ¿Cuándo llegó a la casa casi muerta? ―Andreína abrió los ojos desmesuradamente al escuchar el reclamo de la madre a su yerno― Andoni, la violaste y casi la matas. ¡Por la escoba de Bargota!
―Lo sé, Sara, y lamento mucho lo que le hice. Por eso quiero disculparme, de verdad necesito que me permitas disculparme.
―Quiero pensar que lo haces sinceramente, Andoni.
―Sara, sabes que en este plano no hay mentiras. ¿La joven me puede ayudar?
―Yo no tengo problemas, señor Andoni ―dijo Andreína mientras movía las manos―, si quiere, le digo a la señora Amaia que venga un momento.
―No, Andreína ―Sara puso la mano en señal de freno―, no lo permito.
―Sara, por favor ―suspiró Andoni.
―No, Andoni, tú tienes aún mucho que reflexionar y entender sobre lo que hiciste. Y ella aún sufre por eso. No quiero que recaiga.
―¿Cuánto más voy a reflexionarlo, Sara? ―preguntó, en un tono que mostraba cierta decepción.
―Tanto como necesites para reconocer sinceramente lo que provocaste en Amaia ―Sara se mantenía firme en su posición, por lo que Andoni emitió un sonoro suspiro de molestia―. Lo siento, Andoni, hoy no será.
―Bueno, si ya esperé tanto, imagino que seguiré esperando para decirle que lo lamento.
―Así es. Cuídate, Andoni ―Sara exclamó, mientras señalaba un lugar hacia donde Andoni, luego de despedirse de Andreína, se alejó silenciosamente. Ambas, Andreína y Sara, suspiraron ruidosamente, y la venezolana comentó:
―Señora Sara, hay que pedir mucho por él; y de verdad lamento haberme enterado así de lo que ocurrió con la señora Amaia.
―Sí, sigue siendo tan cabezota como siempre… Por Amaia no te preocupes, como ves, ella está tranquila, y yo no quería que la fuera a pasar mal de nuevo. Ahora, ¿entramos?
―Sí, seguro, porque yo no sé a qué hora sale el tren a Toledo.
Las dos sonrieron, aunque Andreína aún llevaba el dolor que proyectaba Andoni. Suspiró sonoramente, y al acercarse a la mesa, ya estaban terminando de desayunar. Amaia se dio cuenta del cambio en el ánimo de Andreína, pues le preguntó, posando su mano en el brazo de la venezolana:
―¿Pasó algo? ¿Te sientes bien?
―Sí, no se preocupen. ¿A qué hora salimos?
―Bueno ―terció Lucía, sonriendo―, el tren a Toledo sale en veinte minutos, por lo que tenemos tiempo de llegar al andén. Hay que comprar los boletos, eso sí.
Así que salieron de la cafetería y se dirigieron a una taquilla algo alejada, donde Amaia adquirió los cinco boletos de ida-y-vuelta, para luego caminar hasta una escalera, que los llevaría a los andenes. Andreína se preguntaba cómo sería el tren mágico, que tan diferente a los demás trenes (el TGV o los de carga) y sobre todo, cómo lo reconocerían, aunque luego de hacerse esa pregunta supuso que así como saben diferenciar el 3M del metro regular, así harán con el tren mágico, no creo que sea como el "Expreso de Hogwarts" de las películas.
No se equivocó, pues sin apenas darse cuenta, ya estaban junto a un tren, muy parecido a cualquier otro, salvo que ese tenía en los laterales, en lugar del logotipo que tenían los demás trenes, uno ligeramente modificado, que a la vista de los cuatro magos adultos y la bebé, comenzó a destellar muy sutilmente.
Abordaron el tren, y buscaron un compartimiento donde se acomodaron. En ese momento, Amaia le comentó a Andreína que para evitar marearse tratara de no mirar hacia el paisaje:
―No vayas a tratar de fijar la vista en el paisaje, te puedes marear y mucho.
―Que te lo digo yo ―ratificó Fernando, causando las risas de su hija y yerno.
―¡Papá! ¿Te mareaste en el tren?, ¿y cuándo fue eso, que yo no supe?
―Estábamos comenzando a salir… ―comenzó a contar Amaia, pero se interrumpió suspirando, lo que llamó la atención de Andreína―, y bueno, vinimos de Vera hasta Madrid en el tren, y se mareó.
―Sí ―ratificó Sara espiritualmente a Andreína―, fue su primer viaje juntos, pues Amaia necesitaba verse en San Mateo y Fernando no quiso dejarla venir sola. Aún se sentía débil por lo que Andoni le había hecho, y por eso no podía Aparecerse, así que tuvieron que viajar en el tren.
―Entiendo ―respondió verbalmente, lo que los presentes interpretaron como un reconocimiento al consejo que Amaia le había hecho. En ese momento, el tren comenzó a moverse, y una agradable voz anunció la ruta que llevaría el tren.
―Buenos días. Este tren lleva la ruta Toledo, Ciudad Real, Córdoba, Sevilla, Faro. Disfruten el viaje.
Al callarse la voz en off, Amaia comentó:
―Andreína, hemos hablado mucho de nosotros, pero, ¿qué hay de ti y tu familia?
―Bueno ―la venezolana encogió los hombros―, ¿qué puedo contarles? Desde que recuerde, en mi familia somos brujos marialionceros, es decir, trabajamos con la tradición de la Reina María Lionza y las Cortes Espiritistas, nos comunicamos con espíritus de integrantes de las cortes, leemos tabaco y cartas como medio de comunicación, y nos basamos en velaciones, baños y despojos para tratar personas, negocios, casas y hasta animales. Mi papá, mi tío Gustavo, mi hermano Frank y mi primo Salvador son "materias", brujos que pueden canalizar espíritus y difundir sus mensajes ―los cuatro españoles escuchaban atentamente, pues Esperanza se había dormido―, en mi caso, yo tengo la capacidad de ser "materia", pero pedí a mis guías espirituales respetaran mi cuerpo, aunque sirvo de "banca" a mi hermano o a mi papá; por eso aumentaron mi capacidad como médium, que es lo que me ha permitido conectarme con la señora Sara y luego con ustedes.
―Vaya ―exclamó Fernando, sorprendido―, pero ¿ustedes no usan varitas, ni encantamientos como ellos? ―indicó, señalando en forma global a Amaia, Lucía y Javier, magos los tres.
―No, porque, por lo que veo, nuestra forma de proyectar la magia es distinta a como lo hacen ustedes.
―¿Sabes? ―intervino Lucía, mientras acunaba a Esperanza en sus brazos―, a mi me parece que la forma en que manejan la magia es una combinación entre tradición vascona y celta, ¿no crees, mamá?
―Pues ―reflexionó Amaia―, viéndolo bien, tiene lógica. Los vascones manejamos mucha magia sin varita, y los celtas trabajan esa comunicación entre ambos lados del velo, y también lo que es la relación con lo natural.
―Y tú dices ―habló Javier, quien había escuchado la conversación en silencio― que "desde que recuerdas" son brujos, ¿no?
―Sí, bueno, mi abuelo nos enseñó hasta que murió, y el nos comentaba que aprendió de su papá y antes de él su abuelo, así que puede ser verdad. ¿Por qué lo pregunta?
―Mmmm… ―Javier se rascó la mandíbula, reflexionando, para luego comentar―: Amaia, ¿sería posible que Andreína sea de Magia Antigua?
―Es complicado, Javier ―contestó la sanadora―, recuerda que no sólo es lograr la línea ininterrumpida con alguno de los firmantes del Manifiesto, sino que ella lo acepte y lo reconozca.
―Y ¿se puede lograr esa línea familiar? ―preguntó Lucía. Andreína intervino:
―No sé, en Venezuela no es fácil llevar una secuencia, un ¿árbol genealógico? ―Amaia y Lucía asintieron en silencio―, allá no tenemos esa cultura tan arraigada; a menos que seas mormón, que yo recuerde ellos sí acostumbran a documentarse en ese sentido.
―Quizás en la Casa de las Tradiciones encontremos esas respuestas ―comentó Amaia, justo cuando el tren se estaba deteniendo en la estación de Toledo. Andreína se sorprendió, pues el viaje no había durado más de cinco minutos. Descendieron del tren, salieron de la estación, y luego de acomodar el cochecito para llevar a Esperanza, aún dormida, comenzaron a caminar por las estrechas callejuelas de la antigua Toledo, hasta llegar a un sector que no parecía distinto a cualquier otro de la ciudad, salvo por un detalle.
―¡Vaya! ―exclamó Andreína al entrar por una callejuela que parecía cerrada al paso, siguiendo a Amaia y Fernando, que iban alegremente tomados de la mano. Lucía y Javier, que iban junto a ella, se sorprendieron:
―¿Te sientes bien, Andreína? ―preguntó la joven, lo que hizo que sus padres se voltearan a ver. La venezolana respiró profundamente, y comentó:
―Disculpen, es que percibí una oleada enooorme de energía. Nunca me había pasado.
―Seguramente percibiste la magia que yace acá desde hace milenios ―comentó Amaia, tomándole la mano―. Este es el barrio mágico de Toledo.
Andreína seguía a los Larumbe Vilamaior, pero percibía, además de las vibraciones mágicas, a miles de espíritus paseándose por las callejuelas que conforman el sector. Llegaron a un local, donde tomaron algún refrigerio, y de pronto Andreína notó que, además de Sara, se le había acercado el espíritu de un caballero, vestido de una manera muy extraña, que le recordaba vagamente a unas caricaturas que había visto de Don Quijote (2). Ese caballero saludó a Andreína con una reverencia, para luego comentarle:
―Bienvenida, gentil dama venida de la Capitanía General de Venezuela ―Andreína se sorprendió por el saludo, porque de éste supuso que el espíritu era de finales de los 1.700 o inicios de los 1.800―, heredera del linaje del hidalgo Hernando de Asenjo, quien os saluda.
―Gracias por recibirme, buen hidalgo ―trató de responderle con la misma cortesía, mientras Amaia, Fernando, Lucía y Javier estaban algo extrañados por la actitud de Andreína―, quisiera preguntarle, si no es molestia, ¿cómo puedo ser heredera de su linaje, si mi apellido no es Asenjo?
―¿Apellido?
―Disculpe ―Andreína reconoció su error―, quiero decir, el nombre de mi familia no es Asenjo, es Hernández.
―¡Cierto! ―ahora fue el espíritu que se dio cuenta que se había equivocado―, olvidé deciros, bella dama, que al viajar en la nao hacia el Nuevo Mundo, tomé el nombre de mi padre para identificar mi familia, mi hijo fue el primer Hernández de Asenjo, llamado Francisco por el santo de Asís, tal como su hijo, al que no pudo conocer al morir en la Guerra de Independencia de Venezuela antes que naciera.
La sorpresa se debió reflejar en el rostro de Andreína, pues Amaia le preguntó, tomándole la mano:
―Andreína, ¿te encuentras bien?
―Permítame, buen hidalgo. Disculpen ―se dirigió a los cuatro, que la miraban angustiados por la reacción que había tenido―, pero estaba conversando con el espíritu de un señor hidalgo que parece que es mi antepasado.
―¿Te dijo cómo se llama? ―preguntó Javier, interesado.
―Sí ―afirmó Andreína, tratando de recordar―, algo como Hernández de Asesso, Asenso…
―Hernando de Asenjo, mi joven dama ―ratificó el hidalgo, lo que hizo sonreír a la venezolana:
―¡Exacto! ¡Hernando de Asenjo! ―enseguida, Amaia reaccionó:
―Los Asenjo fueron una de las familias firmantes del Manifiesto, según recuerdo.
―Disculpe la pregunta, gentil hidalgo ―Andreína trató de plantear la interrogante sin que el espíritu se sintiera insultado―, ¿usted conocía de…
―¿De las antiguas artes de la magia? Sí, mi joven dama, toda mi familia había sido educada en la tradición de nuestro Reyno de Navarra, aunque mis antepasados se asentaran después en Valencia, por lo que unimos esa tradición con la proveniente del Sacro Imperio, y aprendimos algo de la Qaballah judía.
―Es decir ―intervino Sara por primera vez―, la tradición vascona, la clásica, y un poco de la cabalística.
―Sí, mi estimada doña, y también reconocemos el Manifestum que nuestro antepasado firmó con otros veinte grandes hombres de magia, por lo que nos llaman "antiguos".
―Permítame comentarle a mis anfitriones ―luego de la reverencia, Andreína suspiró tratando de calmarse; la emoción la llenaba por completo―. Ok, él me dice que sí, su familia es de magos vascones, porque habló del reino de Navarra, y que reconocen el Manifestum.
―Eso quiere decir que hasta él son de Magia Antigua ―comentó Lucía.
―Así es, joven dama ―intervino espiritualmente el hidalgo―, y su merced ―señalando a Andreína― puede también reconocerse como tal.
―De hecho ―comentó nuevamente Andreína―, él insiste en que puedo reconocerme como de Magia Antigua; ¿sería posible?
―Creo que sólo quedaría probar algo en la Casa de las Tradiciones ―indicó Javier.
―¿Qué, Javi? ―preguntó Lucía―, ¿qué quieres probar?
―El Corredor de los Energúmenos.
―Seguramente los sufitas la reconocerán, pues mis ancestros lucharon contra ellos en la Reconquista de Valencia.
―Él dice que seguramente me pueden reconocer, pues sus ancestros lucharon con los ¿sufitas? Sé que lo escuché antes.
―Son los magos musulmanes, los alquimistas ―respondió Amaia.
―Cierto ―reconoció Andreína―; lo olvidé. Bueno, ustedes me dicen.
―¿Vamos? ―preguntó Amaia, a lo que Fernando, Lucía, Javier, Sara y Hernando de Asenjo asintieron, haciendo sonreír estos dos a Andreína.
Salieron de la cafetería y caminaron hacia una casa, similar a cualquier otra, pero que latía, respiraba y transpiraba magia. Al entrar, un pasillo relativamente pequeño se abre hacia un hermoso patio cuadrangular, el cual está rodeado por pasillos con vigas ilustradas con símbolos. Amaia fue describiéndoselas a sus acompañantes, aunque sólo Andreína las desconocía:
―Miren, son los símbolos de las Tradiciones: nuestras hojas de roble y bellotas vasconas; los fuegos fatuos y las triquetas de los celtas; las Manos de Fátima de los Sufitas; las Estrellas de David de los Cabalistas; las quimeras de los del Norte; y las lechuzas y las hojas de olivo de los Clásicos. También hay frases de Rodrigo de Rada, él fue el gran promotor de la unidad mágica Hispanii; es una historia interesante, y se remonta al siglo 13 (3), y están sus anagramas personales.
―¡Sanadora Vilamaior, buenos días! ―saludó un mago de edad indefinida, pero que Andreína asumió similar a la de su abuelo Francisco la última vez que lo vio con vida, cerca de ochenta años.
―Buenos días, Alfonso ―respondió Amaia―, ¿Cómo se ha sentido?
―Muchísimo mejor, sanadora, gracias. Veo que la acompaña su esposo y familia.
―Sí, y una invitada de Venezuela ―indicó, presentándole a Andreína―, la señora Andreína Hernández.
―Ah, pues bienvenida, joven dama; espero que encuentre lo que busca en esta Casa de las Tradiciones.
―Gracias, señor Alfonso ―respondió Andreína, sorprendida por ese comentario.
―Seguiremos recorriendo la casa ―indicó Amaia―, si tenemos cualquier duda, le preguntaremos.
―Estaré gustoso de responder sus dudas, sanadora.
Continuaron recorriendo el pasillo alrededor del patio, mientras Amaia comentaba lo que había llevado a los magos españoles, a pesar de ser de distintas tradiciones, a unificar criterios. Luego llegaron a una escalera, que los llevó al nivel superior, donde se encuentra la Biblioteca, y fueron saludados por un joven mago, vestido a la usanza morisca, con una túnica blanca y un "mandala":
―Buenos días, sanadora Vilamaior, un gusto verla por acá.
―Igualmente, Ismael, me alegra verte tan repuesto.
―Gracias, su diagnóstico temprano logró dar con mi malestar, y aquí estoy, ayudando un poco.
―Me alegra, Ismael. ¿Y eso? ¿Colaboras con la Biblioteca? ―Amaia y los demás notaron una computadora ubicada en un escritorio, junto a una impresora multifuncional.
―Ah, sí ―sonrió Ismael―, estamos digitalizando la información que reposa acá en la Casa de las Tradiciones sobre las familias mágicas entre los siglos 13 y 18; es un trabajo arduo, y sólo lo estamos haciendo unos voluntarios de la Universidad, pero ya al menos llevamos la mitad, más o menos; hoy estaba trabajando con los Moltó, que son relativamente recientes.
―¿Quiere decir que ya pasó por los Asenjo? ―preguntó Javier.
―Sí, esos fueron de los primeros por el orden alfabético, aunque parte de su rastro se pierde casi al final del siglo 18. Lo sé, porque yo estoy emparentado con ellos.
―¿Y cómo podemos averiguar de algún mago en particular? ―preguntó Lucía.
―Si tienen el nombre completo y el año aproximado ―comentó Ismael, con porte orgulloso―, podemos buscarlo en la base de datos; es muy eficiente y nos dará la información casi al momento. De hecho, estoy esperando que la Federación me permita conectar esta base de datos con la que ellos tienen del Registro Mágico antes y después de la Federación.
―¡Vaya! ―comentó Fernando, sorprendido.
―Vengan, vamos a ver quién es nuestro mago desconocido ―comentó Ismael, mientras invitaba a los visitantes a acercarse al escritorio donde la computadora reposaba. Se sentó frente al monitor, y rápidamente activó el gestor de búsqueda―: Muy bien, si es Asenjo, lo vamos a encontrar. Díganme.
Andreína suspiró, e impulsada tanto por Sara como por Hernando, dijo, con voz algo temblorosa:
―Es Hernando de Asenjo ―Ismael volteó a ver a Andreína, sorprendido por el acento de la venezolana―, aparentemente vivió a finales de 1.700 o inicios de 1.800 ―El joven mago introdujo los datos, y en cuestión de segundos indicó:
―Excelente. Hernando de Asenjo nació y vivió en Valencia entre 1.782 y 1.808, cuando viajó a Cádiz, y de ahí a Puerto Cabello o La Guaira, con su mujer, María del Rosario de Serrano, y ahí es cuando le perdemos el rastro.
―¿Eso significa que…? ―preguntó Andreína, intrigada.
―Simplemente que no regresó a la península ―Ismael comentó despreocupado―, por lo que supongo que murió en el Nuevo Mundo. Y, según la base de datos, fue "mago antiguo", lo que implicaría que su descendencia, de haberla tenido, y no haberse roto en ningún punto, aún se puede llamar "de Magia Antigua".
―¿Es posible, señor Ismael ―preguntó Andreína―, que algún mago esté registrado como Francisco Hernández de Asenjo?
―Veamos ―tecleó los nuevos datos, y al momento comentó―. Pues no, esa combinación no aparece en nuestros registros.
―Lo que coincide con lo que sabemos ―comentó Andreína, a lo que el espíritu de Hernando reconoció con un leve asentimiento. Ismael ingresó nueva información en el buscador, y comentó:
―Pero sí hay unos Hernández de Asenjo, pero no hay Francisco; hay un Gustavo Hernández de Asenjo contemporáneo del Hernando de Asenjo que conseguimos antes; pero él no viajó, porque aparece su registro de fallecimiento en Valencia, en 1.858, sin descendencia conocida. ¿Algún otro mago?
―No ―comentó Amaia―, creo que con esa información es suficiente; muchas gracias, Ismael.
―Es todo un gusto. Sanadora Vilamaior, nuevamente gracias.
―No, Ismael, es mi trabajo.
Salieron a un pasillo, por el cual caminaron hasta llegar a un corredor donde todos se detuvieron, excepto Andreína, quien notó la soledad física. Se detuvo, se volteó y preguntó:
―¿Y ustedes?
―Tranquila ―le incentivó Amaia―, Andreína; sigue por el corredor.
―¿Pero yo sola? ―preguntó, algo preocupada― ¿Por qué? ―la respuesta vino simultánea desde tres vías:
―Es el Corredor de los Energúmenos ―respondió Sara―, si ellos pasan no sabremos si realmente tú eres descendiente de don Hernando de Asenjo.
―Tranquila ―comentó Javier, sonriendo―, es para saber si los energúmenos te reconocen como familia de alguno de ellos.
―Adelante, bella dama ―dijo Hernando―, descubra si usted es mi descendiente, no tenga temor.
Andreína suspiró, y comenzó a caminar por el corredor, viendo como los retratos de diversas batallas cobraban vida, cuando de pronto comenzó una rechifla desde un grupo de retratados como musulmanes, quienes comenzaron a gritar. La venezolana preguntó, sobre el griterío que ya se había expandido por buena parte del corredor:
―¡Ya va! ¡Un momento! ¡Yo no soy española! ¿Por qué me pitan y protestan? ―Los retratados se sorprendieron y callaron, aunque murmuraban. Andreína se acerco a una de las paredes, donde había un grupo especialmente hostil y repitió la pregunta―. A ver, ¿puedo saber por qué me gritan, si yo no soy de acá?
―¡Porque eres de los Asenjo que nos combatieron y expulsaron del cap y casal de Balansiya, la Madīna at-Turab, con el infiel que llaman Jaime, a pesar que convivíamos en paz con los cristianos! ―gritó uno de los retratados, mientras blandía una cimitarra― ¡No te queremos aquí! ―y enseguida explotó el griterío, lo que dejó a Andreína sorprendida en el medio del corredor. Hernando se acercó y dijo, sobrepasando la gritería:
―Vamos, mi heredera, unámonos a sus compañeros, y así le explico ―Andreína regresó a donde se encontraban Amaia, Fernando, Lucía, Javier y Esperanza, y los adultos vieron la sorpresa reflejada en el rostro de la médium. Entraron a una sala, donde Hernando le comentó―: Mis antepasados lucharon en la toma de Valencia, la Balansiya de los moriscos, que también llamaron Madīna at-Turab, "la ciudad del polvo", a la orden del rey Don Jaime, primero de su nombre, del Reyno de Aragón, en el año del Señor de 1.238, aunque nunca mostraron el conocimiento mágico ancestral al rey, luego de lo que acordaron acá con Rodrigo de Rada 26 años antes. Ellos se unieron a la infantería y lucharon gallardamente; mi ancestro Hernando de Asenjo sobrevivió a la lucha, y recibió del rey Don Jaime unas huertas, según el Libro del Repartimiento (4), las que llamó "Lar de los Hernández". Por eso el joven morisco dijo que mi lar de nacimiento era Valencia. Y tiene razón, mi heredera.
Andreína comentó a sus acompañantes lo que le informó Hernando, haciendo énfasis en que la había llamado su heredera. Amaia, luego que la venezolana terminara su relato, se acercó, le colocó la mano en el hombro, y le preguntó:
―¿Cómo te sientes?
―Impactada ―y tenía razón, Andreína se sentía abrumada con toda la información que había recibido―; creo que necesito digerir toda esta información.
―No me extraña ―comentó Fernando―, si a mí todavía me cuesta creer algunas cosas, como la gritería de los energúmenos.
―Sí, bueno ―suspiró Andreína―. Lo que pasa es que es mucha información de un solo golpe.
―La mejor noticia ―comentó Sara, sonriéndole―, si lo quieres ver así, es que tú y tu familia puede declararse "de Magia Antigua".
―Sí ―ratificó Hernando de Asenjo―, esa es la heredad que puedo dejaros, la protección a vuestra merced y a las demás damas y doncellas de la familia por parte de los hombres, so pena de sufrir grandes males y castigos si las tratan mal.
―Me dicen tanto la señora Sara como don Hernando que puedo declararme "de Magia Antigua".
―Pero ese juramento ―reflexionó Amaia― no es sólo conocer el contenido del Manifiesto, es también asumir lo que significa y lo que conlleva.
―Sí, me lo acaba de decir don Hernando.
―¿Y qué piensas hacer? ―preguntó Lucía, mientras cargaba a Esperanza, quien se había asustado con la grizapa de los energúmenos.
Andreína suspiró sonoramente, para luego preguntar:
―¿Puedo ver la piedra donde está tallado el Manifiesto?
―Sí ―dijo Amaia, señalando hacia un mueble a su izquierda―, mírala aquí.
Andreína se acercó a una especie de vitrina de cristal, donde reposaba una estela plana, aunque de bordes irregulares, donde se veía el tallado algo gastado de un texto bastante largo, el cual estaba transcrito en un pergamino a su lado. Mientras veía el Manifiesto en el bloque de mármol, tallado en latín, algo que le parecía árabe, y otra grafía desconocida para ella (5); en ese momento sintió llenarse de una magia mucho más intensa que la que había percibido incluso a la entrada de la Casa de las Tradiciones, por lo que al posar sus ojos en el pergamino, la transcripción del Manifiesto al español y portugués "modernos", no pudo evitar leerlo en voz alta, colocando su mano derecha en su pecho, signo inequívoco de aceptar y reconocerse "de Magia Antigua":
―"Nosotros, magos de los diversos pueblos, villas y señoríos de estas tierras, desde A Coruña y Lugo hasta Valencia, desde Barcelona hasta Lisboa, desde Donostia y Andorra hasta Cádiz, desde Madrid hasta Ceuta, declaramos: Como la noche penetra en el día y el día penetra en la noche, ni el varón es sin la mujer ni la mujer sin el varón; porque, así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer, pero todo procede de Dios. Cuídate pues mucho de hacer llorar a una mujer, porque Dios y la Magia cuentan sus lágrimas, y el error es un arma que acaba siempre por responder a quien la usa. Así lo juramos, y si alguno de quienes hoy juramos o su descendencia osase maltratar a su compañera o incluso el hombre que conviviendo con una hija de esta tradición y ley, sin conocerla o aceptarla, maltrate a la heredera de este juramento, que el poder de la magia que nuestros nombres entregan a este manifiesto se convierta en castigo ejemplar y designio definitivo (6)." ―luego leyó los nombres de los 21 magos firmantes, entre ellos un Asenjo. Cuando terminó, se giró hacia donde Amaia, Fernando, Lucía, Javier y los espíritus de Sara y Hernando de Asenjo la observaban, y con lágrimas en los ojos dijo, en una especie de trance―, y yo, Andreína Hernández de Rojas, heredera de Hernando de Asenjo, en nombre de mi casa, los Rojas Hernández, de San Diego de Alcalá y Candelaria, Venezuela, juro aceptar, cumplir y hacer cumplir el mandato y ley de este Manifiesto, enseñarlo a mis hijos y que éstos lo transmitan de generación en generación, enseñarlo a mis padres y hermano, a mis tíos y primos, y que éstos, herederos también de este mandato, lo acepten y cumplan.
Al terminar, Andreína dio un sonoro suspiro, y trastabilló, por lo que Javier y Fernando, a un mismo tiempo, corrieron a asistirla. Amaia llegó justo detrás de su esposo, conjurando rápidamente una silla, donde sentaron a la venezolana, quien había palidecido:
―¡Andreína! ¿Te encuentras bien? ―e inmediatamente hizo un rápido diagnóstico, para luego decir―, Sí, está bien, lo que está es sintiendo el poder de la Magia Antigua llenando su cuerpo. Vaya, yo nunca había visto esto.
―Yo sí ―expresó Sara, mientras veía a su hija, y Andreína levantaba su rostro, perlado en sudor, viéndola―, lo vi cuando lograste llegar a Vera, luego de lo que te hizo Andoni. La Magia Antigua te trajo a nosotros, mi niña, y te mantuvo viva.
―Wow ―la médium volvió a suspirar, reservando para sí lo que Sara había reflexionando―, la Magia Antigua es fuerte; juro que esto lo sentí el día que me bautizaron.
―¿Bautizaron? ―preguntó Fernando.
―Como bruja marialioncera ―aclaró Andreína―; es como cuando una "materia" recibe a un espíritu, la energía es muy fuerte, y cuando el espíritu se va la energía baja; pero en este caso no siento que pase eso, no se disipa, más bien me impregna, no sé si me entienden ―tres de los cinco presentes asintieron―… Es tan raro, de verdad. Pero ya me siento mejor ―comentó cuando Amaia la vio, con mirada concentrada―, ¡en serio! Ya se me pasó el beriberi ―y se levantó, decidida.
―Sí, ya veo que te sientes mejor ―ratificó Amaia sonriendo, para luego, en un impulso que sorprendió a sus familiares y a la propia Andreína, la abrazó.
Luego, salieron de la habitación donde se custodia la estela del Manifiesto, y de la Casa de las Tradiciones, dirigiéndose a un restaurant en el barrio mágico, donde disfrutaron de un suculento almuerzo a la usanza morisca. Mientras almorzaban, Andreína reflexionaba sobre esa sensación percibida al hacer el juramento, su significado y lo que implicaba para ella, Carlos Raúl, Andrea, los morochos Carlos y Daniel, y el resto de los Hernández.
Notas al pie:
(1) El nombre de este capítulo está inspirado en la canción del mismo nombre, de Soda Stereo (Gustavo Cerati, 1.990, editado en el álbum Canción Animal), y es mi humilde reconocimiento al gran Cerati… Ya no te veremos volver, por eso te doy gracias… ¡totales!
(2) Es un detalle muy personal, pues la primera versión del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha que leí es una colección de seis tomos de gran formato que combinaba caricaturas y fotografías de locaciones reales de Castilla-La Mancha, editada por Editorial Naranco, de Oviedo, en 1.972; y las caricaturas son exquisitas.
(3) Mucha más información sobre la participación del mago Rodrigo de Rada en la "evolución de la Hispania mágica", especialmente en el episodio de la Batalla de Navas de Tolosa, de acuerdo al "Potterverso Sorg-expandido", se puede encontrar en wiki/Grandes_Hitos_de_la_Historia_de_la_Magia; igualmente, más información sobre la "Casa de las Tradiciones", y otros lugares de interés para la Magia Hispanii la pueden encontrar en wiki/Atlas_de_la_MH:_lugares_significativos
(4) La información histórica de la toma de Valencia en 1.238 puede corroborarse en wiki/Valencia#Historia, y se puede adaptar fácilmente a la historia mágica planteada en la cita anterior.
(5) Me explico: Latín, por ser el idioma de la tradición clásica, herencia de la dominación romana; árabe, por ser el idioma dominante para la fecha de la transcripción a la piedra (coincidente con el inicio de la Casa de las Tradiciones, es decir, circa 1.212), y la otra grafía es hebreo o yiddish, por la importante comunidad judía existente en la península. Aunque puede asumirse que la piedra original tenía un hechizo para que los celtas lo leyeran en galaico, los vascones en euskera y quien lo deseara en protocastellano (o "castellano antiguo"). Ya en la transcripción a la piedra no aparece este hechizo.
Tal como se plantea en la Wiki de la Magia Hispanii: "El hecho de ser de Magia Antigua no es solo una filosofía de vida que se remonta a antepasados del año mil. Se dice que los firmantes del Manifiesto dejaron impreso un hechizo en la piedra en la que lo grabaron, que protege a sus mujeres de agresiones por los varones. El soporte original se ha perdido, lo que en teoría pondría fin al hechizo, y solo se conserva una copia de la estela en la Casa de las Tradiciones."
Sí, me recuerda la Piedra Rosetta descubierta en Egipto… De hecho, me baso en esa premisa; el día después de escribir esto fue que me enteré que Sorg lo visualizaba así… XDDD
(6) No puedo dejar de agradecer la inestimable ayuda de Sorg-esp (creadora de la mayor parte del texto del Manifiesto, que se destaca en cursivas), Cris Snape y Neevy Ambr Du, amas y señoras de la Magia Hispanii, en los aportes y correcciones para la estructura final del texto del Manifiesto. Sin lugar a dudas, las tres se merecen un lugar especial en esta aventura, junto a Fiera Fierce, y me honro en saludarlas: For those about to sorg-exp, we salute you!
Buenas noches desde San Diego, Venezuela! Con este capítulo cierro un homenaje a la base expansionista que nos trajo a estas ideas locas: la "Magia Hispanii". De verdad, espero que este pequeño relato sirva para la idea que se propuso, reconocer a quienes crearon esta propuesta: Sorg-Esp, Cris Snape, Neevy, Fiera Fierce, y a quienes han hecho lo posible por expandirlo más allá de la península: Muselina en Chile, Nea en México, Millie en Venezuela, Gaheller en Colombia... Esto es también para ustedes! Que lo disfruten!
