CAPITULO VIII
Draco dio un pequeño tirón, y trató de mover el brazo, entumecido por el peso de Harry sobre él, sin despertarle. El reloj sobre la mesita de noche marcaba las seis de la mañana. Todavía faltaba una hora para ponerse en pie, pero como venía sucediéndole desde hacía días, sabía que no volvería a dormirse. Descansaba poco y mal. La mayor parte de las noches no dejaba de darle vueltas a aquella última voluntad de su padre, le maldecía inútilmente y trataba de encontrar una solución legal al problema. Hecha la ley, hecha la trampa, decía el refrán popular. Draco no quería perder las empresas a las que tanto trabajo había dedicado, para que otro se llevara el fruto de sus esfuerzos y desvelos. Era una cuestión de orgullo y amor propio. Tampoco estaba dispuesto a renunciar a Harry. Era una cuestión de corazón.
Trató nuevamente de estirar el brazo y esta vez Harry se movió lo suficiente como para que pudiera sacarlo de debajo de su cálido cuerpo. Lo levantó en alto y lo flexionó varias veces, sobrellevando aquel molesto hormigueo que indicaba que la sangre volvía a circular como era debido. Durante un rato, se dedicó a contemplar a su dormido compañero, preguntándose cómo se habrían dado las cosas si Harry no se hubiera quedado ciego. Seguramente, no se hubieran dado, se dijo. Era tan íntimo y agradable despertar junto a alguien, pensó. Junto a alguien que quieres. Draco nunca había permitido que ninguno de sus amantes se quedara a pasar la noche. Y él nunca se había quedado a pasarla en cama ajena. Ahora no podría vivir sin sentir el cuerpo de Harry junto al suyo cada mañana, caliente y relajado y su ya familiar forma de despertar, con un pequeño gruñido, buscando su rostro a continuación para saber si también estaba despierto. Y cuando Draco besaba su mano, sonreía, dejaba escapar un suave, suspiro de satisfacción y se acurrucaba en silencio. Ninguno de los dos decía nada durante unos minutos, dejando que la tibieza del sueño les abandonara lentamente. Hasta que Draco susurraba que tenía que levantarse y Harry lo hacía con él, siguiéndole hasta la ducha, mientras preguntaba si hacía sol o estaba otra vez nublado.
Draco oyó el acostumbrado gruñidito y sonrió. A los pocos segundos una mano reptó desde su pecho hasta su rostro y él, como cada mañana, la besó con dulzura. Y antes de que la pareja siguiera con el ritual mañanero, el repentino "plop" de Puky apareciendo en la habitación interrumpió el apreciado silencio.
- El desayuno está listo, amo Draco. —anunció el elfo.
Draco observó la mesa junto al balcón, en la que acababa de aparecer el desayuno.
- Gracias Puky. —agradeció con voz rasposa.
Hacía un par de semanas había decidido que Harry y él merecían seguir gozando de su intimidad perdida y especialmente de tranquilidad. Había ordenado a Puky que les sirviera el desayuno cada mañana en su habitación y de esta forma podían disfrutar de su mutua compañía y de una conversación relajada.
- Arriba, perezoso. —susurró besando el negro pelo sobre su pálido pecho.
Harry se desperezó y esperó con una sonrisa a que Draco se levantara y envolviera su tibio cuerpo desnudo en una abrigada bata, también como cada mañana, le guiara hasta la mesa y le ayudara a sentarse. Por supuesto habría podido hacerlo él solo. Pero dejar que lo hiciera Draco era agradable y muy tierno. Y le hacía sentirse amado y protegido. Más ahora, que fuera de esa habitación la atmósfera era puro hielo.
- Tus tostadas están untadas. —indicó Draco. Puky nunca se olvidaba de hacerlo— Con mermelada de frambuesa, tu preferida. —suspiró con fingida resignación mientras se sentaba frente a su compañero— Tendré que hablar con ese elfo para que deje de malcriarte.
- Adoro que me malcríes. —Harry sabía perfectamente que Puky no hacía más que seguir las instrucciones que recibía.
Draco atrapó los verdes ojos del moreno, fijos en un punto vacío frente a él mientras mordisqueaba su tostada. Si no fuera por la inmovilidad de su mirada, no se diría que estaba ciego. Sólo un poco distraído, ensimismado en sus propios pensamientos.
- Vendré a buscarte a las 12.00. —dijo sirviéndose más zumo de naranja— ¿Qué te apetece hoy¿Italiano¿Francés? El árabe tiene demasiadas especias para mi gusto. La última vez tuve ardor de estómago durante dos días.
- Exagerado… -sonrió el moreno, a quién le encantaba el picante.
- Tengo un estómago delicado, qué quieres.
- Por eso no hay nada como comer en casa. —Harry seguía mordisqueando su tostada, pero ahora no sonreía— No creo que comer fuera cada día sea la solución, Draco.
Como en cada ocasión que trataba de tocar el tema, sólo recibió un espeso silencio desde el otro lado de la mesa.
- Tal vez… tal vez debería tratar de hablar con ella. —sugirió— En realidad, no nos hemos dado una verdadera oportunidad de conocernos…
La mano de Draco tomó la suya sobre la mesa.
- Olvídalo, Harry. —le dijo el rubio suavemente— Después de Navidad regresará a Zürich y volveremos a nuestra vida.
- Pero es tu madre, Draco. —insistió— Y esta también es su casa. Tal vez quiera quedarse.
Y aunque Draco no quería ni tan siquiera pensar en esa posibilidad, sabía que entraba dentro de lo probable.
- Pues entonces, tal ese vez será el momento de trasladarse al campo. -dijo- Aire puro, pájaros cantando, flores, paz y tranquilidad.
- Draco…
- ¿O te gustaría más la Riviera francesa? —frunció un poco el ceño, tratando de enumerar mentalmente las mansiones de la familia- Tal vez prefieras la Toscana italiana, -sonrió- pasta, pizzas…
- Draco…
- Se me está haciendo tarde. —le cortó nuevamente mirando su reloj- ¿Te duchas conmigo? —preguntó a continuación en tono insinuador.
- No, si quieres llegar a donde quiera que tengas que ir a su hora.-respondió Harry, esta vez con una pequeña sonrisa.
- Muy bien. —depositó un pequeño beso en los acogedores labios de su compañero— Recuerda que vendré a buscarte a las 12.00.
Harry asintió en silencio y volvió la cabeza hacia la ventana, para sentir el tibio sol de invierno en su cara.
Lou estaba entusiasmada con su alumno. Pero Harry lo estaba todavía más ante la perspectiva de poder empezar a escabullirse de la mansión sin ayuda de nadie. No es que no estuviera también un poco asustado. Pero la excitación que le producía la posibilidad de entrar y salir a su antojo sin depender de nadie, superaba cualquier temor.
- El próximo lunes haremos la primera salida. —le dijo Lou con una amplia sonrisa.
Y sin poder contenerse, volvió a abrazarle.
- ¡Oh, Harry, Harry! —apretó la mano del joven contra su mejilla— ¡Estoy tan feliz por ti¡Has conseguido tanto en tan poco tiempo! Hubo momentos en que pensé…
Harry dejó escapar una sincera carcajada.
- Venga, dilo. —la animó— Di que pensaste que no iba a conseguirlo.
- Cariño, —admitió la terapeuta— el Harry que conocí hace ocho meses no tiene nada que ver con el que tengo ahora delante.
Harry esbozó una sonrisa satisfecha.
- He tenido mucha ayuda. —reconoció después— Una terapeuta genial…
- Pelota…
- … buenos amigos, a Remus…
- Y a ese rubio estirado que seguramente te mata a polvos cada noche.
- ¡Lou! —exclamó Harry sonrojándose.
Esta vez fue ella quien soltó una alegre carcajada.
- Si, bueno, yo también tengo mucho que agradecerle al Sr. Malfoy, después de todo. —dijo la mujer con picardía— Te veo el lunes¿vale? —se despidió con un último abrazo.
- Hasta el lunes.
Harry oyó el sonido de Lou desapareciendo en la chimenea y sacó su varita del bolsillo para volver sobre sus pasos y encaminarse hacia la habitación que ahora compartía con Draco. Sin embargo, un obstáculo que reconoció inmediatamente como una persona, se interpuso en su camino.
- ¿Tiene mucha prisa, Sr. Potter? —preguntó la fría voz de Narcisa Malfoy— Me gustaría tener unas palabras con usted.
Sorprendido, en un primer momento no supo qué contestar. La Sra. Malfoy nunca le dirigía la palabra, ignorándole como si formara parte de la decoración. Después, pensó que tal vez fuera una buena oportunidad para intentar un acercamiento. Más si era ella la que había dado el primer paso.
- Por supuesto. —accedió.
Enfocó su magia hacia el sillón que recordaba debía estar a su derecha y después de asegurarse de que así era, se sentó. Esperó, un poco nervioso, a que ella empezara a hablar.
- Se maneja usted muy bien. —admitió Narcisa.
- Gracias, Sra. Malfoy.
Ella guardó un pequeño silencio antes de tomar nuevamente la palabra, durante el cual Harry se sintió embarazosamente observado.
- Ha sido reconfortante para mí regresar y comprobar personalmente el espíritu de colaboración del que tanto había oído hablar, del que goza actualmente nuestra sociedad. —le hizo saber ella con voz suave— Ver la solidaridad que existe hacia los que lo han perdido todo por culpa de esa desgraciada guerra…
- Si, es admirable. —dijo Harry educadamente, pensando sobre todo en personas como Pansy o Blaise.
- Me siento especialmente orgullosa de mi hijo, Sr. Potter. —continuó Narcisa— Y de lo mucho que ha hecho por usted. Y sin lugar a dudas, muy honrada de que el Ministro Scrimgeour confiara a mi familia a quien dio y perdió tanto por todos nosotros.
Harry se removió algo incómodo en su asiento y esta vez no dijo nada, inseguro todavía de lo que podía estar por venir a pesar del tono moderado y amable de la dama.
- Por ello, no deja de sorprenderme que un héroe como usted, -la palabra héroe fue pronunciada esta vez con cierta sorna— en el fondo pueda ser tan egoísta.
- ¿Egoísta? —repitió Harry, sin comprender.
- ¿Cómo llamaría usted a que Draco pueda perderlo todo por su empeño en aferrarse a él?
Narcisa observó con ojos fríos y calculadores al joven sentado frente a ella, sopesando si estaba tan desconcertado y sorprendido como parecía.
- ¿Qué… qué quiere decir? —preguntó Harry sintiendo un nudo en el estómago.
Se oyó un suspiro condescendiente y nuevamente la voz de Narcisa recuperó su tono amable.
- No es que le culpe, Sr. Potter. Tal vez si yo me encontrara en su misma situación, sola, físicamente incapacitada y con poco dinero en el banco, también intentaría encontrar a alguien que solucionara todos mis problemas.
Harry enrojeció violentamente y su mano apretó con tanta fuerza la varita que todavía tenía en ella, que hubiera podido romperla. Definitivamente, no habría posibilidad de que pudiera entenderse con esa mujer.
- Draco me ama, Sra. Malfoy. Igual que yo a él. —dijo intentando mantener su creciente malestar bajo control.
Narcisa dejó escapar una risa suave enmascarando la burla.
- Oh, estoy segura de que cree sinceramente estar enamorado de mi hijo, Sr. Potter. —dijo en tono compasivo— Es imposible no hacerlo. Pero Draco ha tenido muchos amantes. Y no veo razón para pensar que con usted vaya a ser diferente. —sonrió ante el gesto herido del joven.
- ES diferente. —contradijo Harry rotundamente.
Draco se había enfrentado a Remus por él. ¿Quién en su sano juicio hubiera hecho algo así sin estar enamorado?
- No se engañe, Sr. Potter. Mi hijo es caprichoso. Seguramente su padre y yo tengamos la culpa porque accedimos a todos sus deseos. —reconoció con voz culpable— Y ahora su capricho es usted.
A pesar de su aparente entereza, Narcisa esperaba que Potter fuera más vulnerable de lo que estaba dispuesto a dejar entrever; y dada su condición, su autoestima tan fácil de quebrar como el cristal.
- Draco no arriesgará su futuro por nadie, Sr. Potter. Téngalo presente. —afirmó— Se casará, dará un heredero a esta familia como es su deber y conservará la fortuna y la posición a la que está acostumbrado y que por linaje le corresponde.
Así que era eso, pensó Harry angustiado. Su malhumor, todas esas noches dando vueltas en la cama sin dormir, las discusiones con su madre… Draco tenía que casarse y tener un heredero para no perder sus derechos y todavía no había encontrado el modo de decírselo. Esa era la razón de que evitara sus preguntas, de que le hubiera quitado de la cabeza la idea de hablar con su madre… En ese momento necesitaba muchas respuestas y hubiera querido salir corriendo de aquel salón y de la incómoda compañía para obtenerlas. Pero permaneció quieto y compuesto, al menos hasta donde podía y esperó a que la Sra. Malfoy terminara con lo que sospechaba sería el golpe de gracia.
- Sin embargo, estoy dispuesta a hace un trato con usted. —habló de nuevo Narcisa— Sé que la aparente resistencia de mi hijo al matrimonio no es más que una inútil pataleta, que le llevará a incomodarme hasta que no le quede más remedio que claudicar, sólo porque su orgullo no le permite aceptar órdenes de nadie.
- Yo no soy la pataleta de nadie, Sra. Malfoy. —dijo Harry entre dientes.
Ignorando el comentario, Narcisa prosiguió con su discurso.
- Pero si usted me ayuda a que Draco acepte el compromiso de matrimonio que he tomado en su nombre, le prometo que no impediré su relación con mi hijo en el futuro. La nueva Sra. Malfoy no tendrá porque saber que su esposo tiene una amante. Y usted perderá pocas de las ventajas que ahora tiene.
Harry se quedó de una pieza. Durantes unos segundos, se preguntó si había oído bien. Desesperada, concluyó. Esa mujer debía estar muy desesperada si tenía que recurrir a él para convencer a Draco. Por primera vez, esbozó una pequeña sonrisa.
- ¿Sabe? La ceguera no va emparejada con la deficiencia mental, Sra. Malfoy. —dijo en el tono más educado del que fue capaz— Tal vez yo no pueda ver, y mi cámara en Gringotts tenga más telarañas que galeones. Pero no estoy solo.
A pesar de no poder ver su rostro, Harry pudo sentir la frustración y la ira que la madre de Draco estaba conteniendo contra él.
- Se equivoca al rechazar la oportunidad que le ofrezco, Sr. Potter. —amenazó Narcisa en un tono mortalmente helado— Le aseguro que no le gustará tenerme como enemiga.
- No me ofrezca lo que no está en disposición de darme, Sra. Malfoy. —y prefirió callarse que tenerla como enemiga no era ninguna novedad.
A continuación, Harry sólo oyó un furioso revuelo de falda y un taconeo rápido y excesivo en dirección a la puerta del salón. Instantes después, se dio cuenta de que estaba temblando. Y que sus manos estaban tan agarrotadas, una de apretar la varita y la otra de estrujar el brazo del sillón, que tardó un rato en desentumecerlas. Cuando logró tranquilizarse y pensó que ya sería capaz de enfocar su magia para poder salir del salón, se levantó y abandonó la habitación para dirigirse a la cocina y pedirle a Punky una taza de tila bien cargada.
A pesar de que Draco sabia que Maveric no tenía la culpa de los desvaríos de su padre, ni de las ansias de su madre por cumplirlos, no podía evitar encontrarse tenso y resentido, nuevamente sentado frente a la mesa del elegante y sobrio despacho de su abogado.
- Bien, Richard¿hay alguna otra voluntad más que mi afectuoso padre dejara y sería interesante que yo conociera? No sé… algo como descuartizarme o arrancarme las pelotas si no cumplo con mi "obligación". —preguntó, afilando su mirada sobre el abogado.
Maveric esbozó un amago de sonrisa antes de responder. Ambos habían acordado discutir el asunto con calma pasados unos días, en privado, cuando los ánimos estuvieran un poco más relajados.
- Lo siento, Draco. —se excusó— Pero las últimas voluntades son sagradas y no pueden revelarse hasta que así sea dispuesto por quien las otorga.
Draco asintió a contrapecho. Respiró profundamente y liberó su resentimiento.
- ¿Tengo algún tipo de restricción a partir de ahora? —preguntó en un tono mucho más cercano al habitual.
- No, podrás seguir disponiendo de tu dinero y manejando tus negocios. Espero que más allá del 27 de mayo. —dijo el hombre alzando una ceja.
- Entonces, —Draco cogió una de las costosas plumas que el abogado exhibía sobre la mesa y escribió una cifra en un pergamino— necesito que hagas esta transferencia.
Maveric contempló el pergamino, impávido, durante unos segundos.
- ¿Y dónde se supone que debo transferir esta cantidad indecente de dinero?
Draco sonrió.
- Sácalo de mi cámara privada y transfiérela a la cámara 582. Y… -miró fijamente al abogado, con una sonrisa burlona en sus labios— …si no me preguntas a quien pertenece esa cámara, no te verás obligado a mentir si mi madre hace gala nuevamente de su curiosidad.
El hombre también sonrió.
- No preguntaré. Me conformaré con adivinar.
Observó unos instantes al joven sentado frente a él, en ese momento la viva imagen de Lucius Malfoy y después se decidió a hablar.
- ¿Aceptarías un consejo, Draco?
- Para eso te pago, Richard. —respondió este con su habitual ironía.
El abogado asintió, ahora serio.
- Cásate. Haz un matrimonio de conveniencia, si quieres. Pero hazlo. No te arriesgues a perderlo todo por alguien que…
Maveric observó que los ojos grises de su cliente se volvían acero en apenas unos segundos y se obligó a ser lo más delicado posible.
- … por alguien que a lo mejor está dispuesto a esperarte. Después de todo, en las voluntades de tu padre no hay nada sobre que no puedas separarte o divorciarte más tarde. —dirigió a su cliente una mirada de entendimiento— Entre otras cosas porque imagino que nunca barajó esa posibilidad. Ningún Malfoy lo ha hecho hasta la fecha.
Draco se removió en su asiento, descruzó una pierna y cruzó la otra.
- Entonces, estas sugiriendo que me case, tenga un hijo, me divorcie y después viva feliz y contento con mi actual pareja…
- Creo que en las actuales circunstancias, es una opción bastante aceptable. —confirmó el abogado— Tu madre pondrá el grito en el cielo cuando te divorcies, sin duda. Pero creo que podrás soportarlo. —acabó con flema británica.
- ¿Sabes? Debo ser el Malfoy menos Malfoy de todos los Malfoy de mi estirpe, porque tengo la sensación de que si hiciera eso, mi conciencia no me dejaría dormir tranquilo.
El abogado dejó escapar un suspiro, armándose de paciencia. Porque tenía que lograr convencerle. Primero, porque apreciaba al joven y no estaba dispuesto a verle caer en la miseria sólo por haberse embraguetado de quien lo había hecho. Y segundo, pero no menos importante, porque una gran parte de las elevadas comisiones del bufete dependía de los negocios de Malfoy. Y que cayeran en manos de algún pariente estúpido era algo que Maveric estaba dispuesto a evitar a toda costa. Se levantó y se dirigió al mueble bar para servir un par de whiskies.
- Sé práctico, Draco. —aconsejó tendiéndole minutos después una de los vasos al joven— Se te exige que te cases, no que ames a la persona con quien lo hagas. Nadie te está pidiendo que dejes al Sr. Potter. —dijo reconociendo abiertamente el nombre de la persona que convivía con el joven, por primera vez— Ni siquiera tu madre. Consérvale como amante el tiempo que sea necesario si tan importante es para ti.
Draco dio un sorbo a su whisky. Su rostro en ese momento era una máscara inexpugnable.
- No hace falta que sea la Srta. van Kaffman. —aunque Narcisa iba a tener un disgusto— Buscaremos a otra candidata. Firmaremos un acuerdo prematrimonial para asegurarnos de que no haya problemas con el divorcio ni con la custodia de tu hijo después. Y mientras tanto, si ello ha de tranquilizar tu conciencia, hay fórmulas legales para proteger al Sr. Potter también.
- Has pensado en todo¿verdad? —dijo Draco secamente.
- Es mi trabajo. —respondió el abogado con la misma seriedad— Bien, aunque en la actualidad el futuro del Sr. Potter se encuentra más que protegido…
- La vivienda y su adiestramiento fueron acuerdos firmados con el Ministerio. —le recordó Draco.
- Lo sé, yo los redacté. —le recordó a su vez Maveric, sonando ligeramente ofendido— Aunque esto no entraba dentro de ese acuerdo. —el abogado agitó el pergamino en el que Draco había escrito la, según él, indecente cifra.
Lo cual le había llevado a confirmar que el Sr. Potter era mucho más importante para su cliente de lo que, en principio, había creído.
- Tal vez haya algo en lo que todavía no has caído. —Draco alzó una ceja, con una ya conocida expresión de autosuficiencia— Que cuando el próximo mes de marzo la tutela del Sr. Potter regrese al Ministerio, también lo hará la cifra que has escrito en ese pergamino. Y en las actuales circunstancias, dejar en manos del Ministerio la administración de la cámara 582, puede ser un poco peligroso para los intereses del Sr. Potter¿no crees?
Draco se quedó unos momentos en silencio, recriminándose mentalmente por no haber caído en ello.
- ¿Qué sugieres? —preguntó, procurando no sonar molesto.
- O que cambies esa cifra por una mucho menos atractiva o… —el abogado le dirigió una mirada aguda.
- ¿O…? —le alentó Draco con un poco de impaciencia.
- O que propongas al Ministerio una tutela permanente. —dijo el abogado tendiéndole unos papeles.
Draco los tomó, sorprendido.
- ¿Aceptarían? —preguntó después de revisarlos.
- ¿Por qué no? —respondió Maveric— De esta forma te aseguras que el Sr. Potter esté tan protegido como tú deseas y —remarcó— tienes la excusa perfecta para que permanezca a tu lado sin levantar susceptibilidades. Ni siquiera tendría que abandonar la mansión, porque seguiría siendo legalmente su hogar, como hasta ahora.
Draco frunció el ceño, quedándose pensativo durante unos instantes.
- ¿Estas seguro de que lo que deseas no es incapacitarme a mi por locura? —cuestionó con ironía. El abogado sonrió con su habitual parquedad— Porque lo que estás sugiriendo es que convivan bajo el mismo techo mi futura esposa, mi madre, el hombre al que amo y en algún momento mi futuro hijo, sin que yo me vuelva loco.
El abogado se encogió de hombros.
- Es una opción.
- Bien, deja que lo piense. —Draco guardó en su cartera los papeles que el abogado le había entregado.
El hombre titubeó unos momentos antes de hablar de nuevo. Había una cuestión más que deseaba tratar, aunque le había sido rotundamente prohibido mencionarla.
- Hay algo más Draco. —el joven alzó la mirada con cierta brusquedad— Si acabas tomando las decisiones equivocadas, ten en cuenta que arrastrarás a tu madre contigo.
- ¿Qué quieres decir? —preguntó casi con violencia, en sus ojos una clara amenaza de que no estaba dispuesto a que más "voluntades" le tomaran por sorpresa.
- Tu madre no quería que te lo mencionara. Es… enojoso para ella y ya sabes lo orgullosa que es. —Draco asintió, invitándole a seguir— Verás, tu padre no se preocupó de proteger a su pareja con el mismo interés que tú lo estás haciendo con la tuya. —Draco dejó su maletín en el suelo, atento a las palabras de Maveric, pero sin que a pesar de todo éstas pudieran sorprenderle— Y ya sabes como es tu madre, Draco. —un poco manirrota habría querido pronunciar si la prudencia y el respeto hacia su cliente no se lo hubieran impedido — La fortuna personal de Narcisa actualmente no cubriría ni la mitad de sus gastos. Tu madre depende de ti, Draco. De que sigas al timón de la nave.
Que su padre era un cabrón no era nada nuevo para Draco. Tampoco que a su madre le encantaba derrochar y exhibirse, arropada por todo lo que el dinero podía dar. Aquella nueva información sólo añadía un lastre más a la ya más que complicada situación.
- No tienes mucho tiempo para tomar una decisión, Draco. —le advirtió Maveric mientras estrechaba su mano.
- Lo sé, Richard. Lo sé.
Cuando llegó a la mansión, con la cabeza revuelta en un tiovivo de pensamientos, Harry no estaba. Seguramente se encontraba fuera con Lou, paseando su entusiasmo por alguna calle llena de muggles como un preso al que por fin le han concedido la condicional.
Estaba orgulloso de que Harry pudiera valerse por sí mismo. Aunque no dejaba de entristecerle un poquito que ya no le necesitara como antes. En contraposición, ahora era él quien le necesitaba más que nunca. Ya no podía imaginar su vida sin la mano de Harry en su codo o palpando su rostro para conocer su estado de ánimo. No poder acariciar su piel morena y suave. No poder seguir besando sus labios carnosos y dulces. No poder penetrar su cuerpo cálido y generoso, entregándose a él con aquella pasión que hacía que la sangre le hirviera en las venas; que su piel ardiera sedienta por sentir sus manos recorrerla de esa forma única y especial con la que sólo Harry podía hacerlo; que su mente se deshiciera en pensamientos incoherentes, enturbiada por las intensas sensaciones que le envolvían cada vez que las piernas del moreno le rodeaban y sentía sus muslos apretarle contra él, gimiendo su nombre.
Aunque recordó que últimamente Harry había estado muy quisquilloso con el asunto de las discusiones con su madre. Ante su insistencia, había acabado por contarle una verdad a medias. Que Narcisa estaba desesperada por casarle, porque le hacía ilusión un nieto que pudiera continuar con el apellido de la familia. ¿Y qué quieres tú?, le había preguntado entonces Harry, con un desesperado intento de esconder su ansiedad. Yo te quiero a ti, le había respondido él. Después le había hecho el amor como un salvaje, hasta vaciarle de preguntas. Y a pesar de que el tema había quedado zanjado, Draco seguía teniendo la impresión de que Harry no había quedado de todo convencido. Como si realmente sospechara que no había sido totalmente sincero con él.
Sabía que Harry jamás aceptaría ser sólo su amante. No aceptaría quedar relegado en espera de que él terminara con las obligaciones que le permitirían conservar su fortuna y después, regresara a él. Harry jamás sería el segundo plato de ninguna mesa. Y Draco tampoco quería que lo fuera. Sólo le quedaba confesarse a sí mismo cuánto estaba dispuesto a sacrificar por ese amor, teniendo en cuenta que de su decisión no tan sólo dependía su futuro.
A pesar de la clara oposición de Draco y de la silenciosa animadversión de Harry, Narcisa Malfoy había seguido adelante con sus plantes y en ese momento tenía a todos los elfos revolucionados, con la misión de dejar la mansión Malfoy como los chorros del oro. Había obviado las amenazas de su hijo, porque sabía que éste, a pesar de todo, no podía impedirle invitar a los van Kaffman si así lo deseaba. Como sabía que cuando estuvieran allí, a Draco no le quedaría más remedio que hacer gala de su educación y recibirles como la etiqueta demandaba. Y para evitar cualquier situación violenta o fuera de lugar, había extendido la invitación a más gente. Entre otros, al Ministro de Magia y a su familia, quien había aceptado encantado compartir con ellos la comida de Navidad.
A medida que la fecha se acercaba, la voluntad de Harry de no dejarse intimidar por la que se le venía encima y de desafiar con entereza aquella maniobra de la Sra. Malfoy, empezaba a hacer aguas. El malhumor de Draco era tan patente y acusado que temía que llegado el momento, en lugar de trinchar el pavo como era su cometido de anfitrión, acabara trinchando a quien no debía (aunque se lo mereciera). Sobre todo porque uno de los invitados de la Sra. Malfoy era, entre otros, Theodore Nott, según ella gran amigo de su hijo.
Así que con el pasar de los días y la tensión entre madre e hijo "in crescendo", Harry se iba convenciendo de que lo mejor que podía hacer, y sin que sirviera de precedente, era retirarse y dejar pasar las fiestas con la mayor tranquilidad posible para todos. No quería que cualquier desprecio o insulto a su persona o una palabra fuera de lugar pudiera acabar provocando una Navidad digna de ser mencionada en la sección de sucesos de El Profeta.
La decisión de Harry suscitó la primera discusión de la pareja, apenas tres días antes de Nochebuena. Cuando le hizo saber a su compañero su intención de pasar esas fechas en La Madriguera y Draco, como era predecible, no se lo tomó demasiado bien.
- ¡No puedo creer que me hagas esto! —le dijo, enfadado.
- Es mejor así, Draco. —intentó razonar Harry— Es una situación demasiado incómoda, trata de comprenderlo. No quiero causar más tensión entre tú y tu madre. No mientras tengáis invitados.
- ¡No son MIS invitados! —gritó el rubio exasperado, golpeando con algo en la mesa.
Con un periódico, le pareció a Harry por el sonido.
- Cálmate¿quieres? —le dijo entonces el Gryffindor, empezando a enojarse también— Regresaré después de las fiestas y hablaremos seriamente de esta situación, Draco. Porque tengo la sensación de que debemos aclarar muchas cosas.
- ¿Aclarar? —Draco le tomó por los hombros y le sacudió un poco— ¿Qué quieres decir con aclarar¿Acaso crees que dejaré que mi madre se salga con la suya?
El rubio casi había estado a punto de decirle ¡mírame Harry! para exigir su atención, mientras su pareja le seguía dando instrucciones a Puky sobre lo que quería meter o no en la bolsa de viaje. Se había mordido la lengua en el último segundo.
- Por favor, Draco, hablemos cuando regrese. Esto también está siendo difícil para mí.
Y finalmente, Draco no tuvo más remedio que dejarle marchar, maldiciendo a su madre, a los van Kaffman y a todos los insensatos que iban a arriesgarse a celebrar las Navidades en su casa aquel año.
Harry llegó a La Madriguera no demasiado orgulloso de sí mismo, con la sensación de que había hecho precisamente lo que Narcisa quería. Pero, vista la discusión, era bastante improbable que Draco comprendiera cómo le afectaba aquella situación. Lo incómodo y avergonzado que no podría evitar sentirse, a pesar de todo, ante los van Kaffman, después de que Narcisa les hubiera hablado de él como del fulano de su hijo, tal como la dama (si le podía seguir dando ese nombre), se había encargado de hacerle saber a espaldas de Draco. O lo hiriente que sería sentarse a la misma mesa que Nott, después de que aquel mal nacido hubiera ultrajado su cuerpo con aquellos garabatos. O lo difícil que habría sido poder mantener a Draco a raya, a pesar de todas sus promesas de autocontrol, dispuesto a defenderle a capa y espada contra el primero que osara respirarle cerca.
Así que escondió su pequeña cobardía volcando todos sus esfuerzos en evitar que Ron se presentara en la mansión Malfoy dispuesto a romperle la cara a Draco, convencido su pelirrojo amigo de que "el hurón le había echado". Procuró mostrarse despreocupado y contento, intentando demostrar a todo el mundo con su actitud, que prefería pasar esas fechas entrañables con ellos, porque esos días la mansión Malfoy iba a llenarse con gente demasiado estirada para su gusto. Además, Remus, quien podía haber hecho las preguntas más embarazosas, no estaba. Le había tocado quedarse de guardia con los alumnos que no iban a pasar las fiestas en sus casas.
Y los demás decidieron fingir seguirle la corriente.
No es que nunca hubiera tenido grandes conversaciones con su madre. Incluso podría decirse que las discusiones que mantenían desde que Narcisa había regresado a Londres era mucho más de lo que habían llegado a hablar en Zürich durante los anteriores cuatro años. Pero desde que Harry se había marchados dos días antes, Draco no le dirigía la palabra.
Con el ceño fruncido, el joven observó su reflejo en el espejo de cuerpo entero de la habitación mientras ajustaba el nudo de la pajarita. Había excusado su presencia para recibir a sus invitados aquella tarde, aduciendo problemas de última hora con algunas transacciones que debía realizar sin falta ese día, antes de las fiestas. De lo que había informado puntualmente a su madre a través de Puky, quien andaba loco haciendo de corre-ve-y-dile por toda la mansión.
Se colocó la túnica de gala y en el último momento decidió deshacer la coleta y dejar su pelo suelto, tal como le gustaba a Harry y en contra de la etiqueta, de forma que a su madre le diera un pequeño ataque y borrara de su rostro la sonrisa de malsana satisfacción que exhibía desde hacía dos días, aunque sólo fuera por unos momentos. Finalmente, echando un último vistazo a su perfecto aspecto, abandonó la habitación para reunirse con Narcisa y sus dos invitados en el salón antes de la cena de Nochebuena.
Hans van Kaffman era un hombre alto y recio, con un rostro rubicundo, de mejillas enrojecidas por pequeñas venitas casi de color violáceo; ojos pequeños de penetrante mirada azul para la que nada solía pasar desapercibido. Su escaso cabello rubio en la cabeza, era suplido por unas patillas espesas que se unían a un bigote abundante, demasiado largo y rebelde en sus puntas. Su sonrisa era engañosa, por lo amable y afable que parecía a primera vista. Pero no para alguien que, como Draco, estaba acostumbrado a tratar con individuos que utilizaban la apariencia como pantalla para proteger sus verdaderas intenciones.
Su hija Victoria era una joven de aspecto agradable, con el aire y los ademanes de alguien que ha sido educada para agradar. Había heredado los ojos azules de su padre y su sonrisa encantadora. Pero en su caso, la mirada de la joven heredera no reflejaba nada que no fuera un estado constante de sorpresa, como si todo lo que la rodeaba provocara en ella una condición de permanente admiración, pero manteniendo el suficiente punto de elegancia como para no llegar a la estupidez. Su tez era mucho más clara, y al igual que su pelo castaño y su figura esbelta pero menuda, herencia de su difunta madre. No era una belleza despampanante, pero sus rasgos, arropados por vestidos caros y complementos caprichosos e igualmente costosos, ayudaban a redondear un conjunto suficientemente atractivo para cualquiera. Especialmente si además, se fijaba en su cuenta corriente.
Draco contempló el panorama desde el umbral del salón, causando en los allí reunidos diferentes sentimientos, mientras a él se le revolvían las tripas. Hans van Kaffman levantó su pesada corpulencia del sillón donde estaba sentado, para salir al encuentro del anfitrión de la casa y sacudir su mano en un apretón tan fuerte, que por un momento Draco no pudo por menos que recordar a Lupin. Victoria elaboró un estudiado sonrojo y una caída de pestañas digna de la mejor escuela de seducción, mientras que los ojos de Narcisa brillaban con la ilusión de estar a punto de conseguir su meta. Ilusión que casi le hizo pasar por alto que el suave pelo de su hijo caía libre sobre sus hombros.
- ¡Mi querido joven, cuánto tiempo! —al estrecho apretón de manos le siguió un contundente golpe en la espalda, que le sacudió a Draco los pulmones— Me alegra comprobar que eres de los míos, el trabajo antes que la devoción
A Draco le salió una sonrisa movida, pero logró recuperar su espalda lo suficiente como para seguir erguido y enfrentar la mirada del hombre que le sobrepasaba al menos medio palmo.
- Lamento no haberme encontrado aquí para recibirles. —mintió con una sonrisa de compromiso.
Y volviéndose hacía la hija del magnate, sentada en el sofá junto a su madre y todavía convenientemente sonrojada, tomó la mano que ésta le tendía y depositó en ella un beso rápido, en el que sus labios tocaron apenas la perfumada piel.
- Un placer volver a verte, Victoria.
La joven sonrió de vuelta, con aprendida timidez y seguidamente intercambió una miradita ruborizada con Narcisa. Draco les dedicó a ambas la mejor de sus sonrisas de salón, pensando que aquella iba a ser una noche muy, muy larga.
Al principio de la cena, no le fue difícil seguir la conversación banal en la que su madre era especialista, en la que incluso van Kaffman se envolvió aunque con tanto entusiasmo como él. Sin embargo, poco a poco el magnate fue llevando la plática hasta su terreno y después del primer plato, Draco se encontró sumergido en una interesante exposición sobre la manufacturación a gran escala de pócimas y brebajes mágicos. Van Kaffman estaba, sin lugar a dudas, muy orgulloso de su negocio y habló sin parar, sin negarse ningún elogio, de sus comienzos, de cómo había solucionado los problemas para elaborar pociones perecederas y de sus planes de expansión. Muy a su pesar, Draco le escuchó fascinado por el tema. De hecho, Pociones siempre había sido su asignatura favorita y todavía le gustaba, de vez en cuando, elaborar por sí mismo alguna poción que necesitaba, en lugar de comprarla.
Mientras Draco le discutía con bastante entusiasmo a van Kaffman la conveniencia de los encantamientos de conservación, especialmente sobre algunas pociones que según él por culpa del hechizo disminuían su eficacia, Narcisa seguía la conversación con igual o mayor entusiasmo del que hacía gala su hijo en ese momento. Había aconsejado acertadamente a Hans por dónde debía entrarle a Draco si quería ganárselo sin demasiada reticencia. Narcisa estaba segura de que los negocios del suizo le irían como anillo al dedo a su hijo y que su corazón, siempre dividido entre finanzas y pociones, le darían el empujón definitivo hacia los brazos de Victoria.
- Como vamos a estar unos días por aquí, —dijo van Kaffman, ya relajado tras la cena, fumándose un habano y degustando un exquisito coñac añejo— tengo curiosidad por saber cómo llevas tus negocios. No me mal interpretes, pero eres muy joven, Draco, y aunque a la vista está que te manejas bastante bien, estoy seguro de que con mi experiencia podría echarte una mano.
- No lo dudo, pero no creo que sea necesario. —rechazó Draco amablemente— Tampoco me gustaría que me mal interpretara, pero no me gusta mezclar… —se entretuvo buscando una palabra que sonara bien— "amistad" con trabajo.
Le echó una mirada de reojo a su madre. Así que unos días por aquí, pensó contrariado. Habría pocas posibilidades de que Harry volviera si esos dos no se marchaban después de Navidad tal como habían creído.
- ¡Oh, vamos, muchacho, hay confianza! —le instó el suizo con unos golpecitos sobre su hombro.
- Soy una persona desconfiada por naturaleza, Hans. No es nada personal, por lo que le ruego que no se ofenda.
El suizo no pudo evitar mirar con mal disimulada contrariedad a su anfitrión, que le sonreía con tanta cortesía como lo había estado haciendo él durante toda la noche.
- ¡Claro que no me ofendes, muchacho! —aparentó— A mí tampoco me gusta que nadie se meta en mis asuntos. ¡Buena política, muchacho, buena política!
Ante el patente malestar del magnate, Narcisa se creyó en la conveniencia de mediar en aquel pequeño rifirrafe, no se fueran a torcer las cosas, a su parecer tan bien encaminadas hasta el momento.
- Disculpa a mi hijo, Hans. —intervino— Siempre ha sido muy suyo. Pero estoy segura de que tenéis demasiadas cosas en común para no acabar compartiendo vuestros puntos de vista en cuestión de negocios durante estos días que pasaréis con nosotros.
- Sabes que me encantaría, madre. —Draco le dirigió a Narcisa una sonrisa con dardo— Lástima que estaré de viaje durante las próximas dos semanas. Y que cuando regrese, ya no estarán aquí. —terminó con cara de pena.
- No me habías dicho nada de eso, querido. —le reprochó ella en un tono más tenso del que pretendía.
- Madre¿desde cuándo te preocupas por mis viajes de negocios? —siguió sonriendo él— Además, estoy seguro de que Victoria estará encantada de que la lleves de compras por Londres. Ya sabes lo negado que soy yo para esas cosas…
Narcisa apretó los labios y dirigió una rápida mirada a van Kaffman, tan sólo para comprobar que, como sospechaba, no parecía muy feliz. La cara desolada de Victoria, hablaba por sí sola.
La cena de Nochebuena en La Madriguera había sido lo suficientemente bulliciosa y entretenida como para que Harry olvidara durante un rato su inquietud por cómo debían estar yendo las cosas en Malfoy Manor. Tras las cena, la familia se reunió alrededor del árbol para el acostumbrado intercambio de regalos. Y aunque los paquetes que ese año cobijaba el abeto de los Wealsely eran bastante escasos, hubo jersey de mamá Weasley para todo el mundo. Sin embargo, había un regalo que a pesar de no ser muy voluminoso, llamaba por sí mismo la atención, envuelto en un precioso papel plateado, con una lazada verde musgo rodeándolo. Lo acompañaba una elegante tarjeta en la que estaba escrito el nombre de Harry, con letra clara y pulcra.
- Estoy segura de que es de Draco, Harry. —le dijo Hermione con entusiasmo, entregándoselo— ¡Ábrelo, vamos!
El joven, sentado en el suelo entre su amiga y Ginny, desenvolvió el paquete sin poder reprimir la emoción de poder tener algo de Draco cerca de él durante aquellos días. Después de pelear un poco con el papel, sus manos nerviosas lograron dejar al descubierto una elegante caja de joyería, que trató de abrir en vano al no encontrar el cierre.
- ¿Me ayudas, Herm? —pidió impaciente.
Su amiga observó unos momentos la cajita y después presionó uno de los lados. El estuche se abrió, para dejarla después sin aliento.
- ¡Dios mío! —murmuró para sacar seguidamente el objeto del estuche para ponerlo en las manos de su amigo— Es un reloj… Y o mucho me equivoco, o es de oro, Harry —añadió boquiabierta.
La atención de la familia Weasley al completo se concentró entonces en el hermoso reloj que Harry sostenía en sus manos, con exclamaciones de admiración y sorpresa.
- ¡Mucho debe tener que hacerse perdonar el hurón! —gruñó Ron, sin embargo.
E inmediatamente un dolorido ¡auch! le hizo adivinar a Harry que alguien, le había hecho saber a su amigo que era un bocazas.
- Póntelo, Harry. —apremió Ginny— ¡Por Morgana, ese precioso!
- ¿Y de qué le sirve si no puede verlo? —gruñó nuevamente Ron, al parecer sin haber escarmentado.
- ¡No seas cazurro, Ronald! —le regañó su novia— Es un reloj para ciegos¿lo ves? —levantó el nítido cristal que protegía la esfera— Harry podrá palpar las manecillas. Algunos incluso tienen hechizos que anuncian las horas con alguna melodía.
El pelirrojo hizo una mueca de fastidio. Ese hurón estaba en todo.
- ¡Y tiene una inscripción, Harry! —notó Ginny mientras éste daba vueltas al reloj entre sus manos.
- "Eres la luz que iluminó mi oscuridad. Draco." —leyó Hermione, emocionada.
- Merlín bendito¿no es hermoso, cariño? —dijo la Sra. Weasley abrazando al joven, todavía aturdido por el costoso regalo y por toda la excitación que había suscitado a su alrededor. Pero sobre todo por la inscripción.
Él sólo le había comprado una corbata. Que había elegido Pansy.
Después, mientras comían dulces y chucherías todavía sentados en el suelo junto al árbol, Hermione ya no pudo seguir reprimiendo las ganas de soltar lo que le había estado carcomiendo desde que Harry había llegado a La Madriguera el día anterior.
- Es por Narcisa¿verdad? —Harry apretó los labios— Os está poniendo las cosas difíciles.
Su amigo dejó exhalar un pequeño bufido y finalmente dijo en tono irónico:
- Le encantaría verme en la cocina, como un elfo más. —y añadió, precavido— Sin menospreciar a los elfos, Herm.
Su amiga frunció el ceño y adoptó una expresión determinada.
- Entonces, si quieres saber mi opinión…
- La va a saber de todas formas. —intervino Ron con sonsonete zampándose, a pesar de su edad, la tercera rana de chocolate.
Harry sonrió. A veces echaba de menos esos momentos.
- … deberías estar a su lado mañana. —continuó ella sin hacer caso— Dejándole solo no estás consiguiendo otra cosa más que ponerle las cosas fáciles a su madre.
- No sé, Herm. Draco ya está soportando suficiente tensión. —dijo— Y, sinceramente, yo también.
- Bueno, —habló su amiga en tono desabrido— entonces deja que esa suiza remilgada y encopetada envuelva a Draco con sus encantos, ayudada por las artimañas de su madre.
Harry suspiró molesto.
- Pansy¿verdad?
- ¿Quién si no? —intervino nuevamente la voz irritada de Ron— ¿Sabías que ahora hasta comen juntas?
- ¡No seas exagerado, Ron! —le reprochó su novia— Sólo hemos tomado un café un par de veces.
- Que peligro… —murmuró Harry para sí, acariciando todavía emocionado su reloj.
- ¿Decías? —preguntó su amiga.
Él negó con la cabeza y siguiendo el ejemplo de su amigo, se llevó a la boca una nueva rana de chocolate.
- Yo mismo te acompaño mañana, si quieres. —se ofreció Ron, como quien no quiere la cosa.
Su novia se le quedó mirando con expresión incrédula, para después esbozar una dulce sonrisa.
- ¿De verdad lo harías, Ronald?
- Claro. —respondió él, desarmado por tan repentina dulzura— Así de paso me aseguro de que el hurón no le haya regalado también un reloj a la tipa esa.
Hermione abrazó a su novio y le besó hasta dejarle sin aire.
- ¡Eh¡Pareja! —se quejó Harry tratando de llamar su atención— ¡Eh¿Podría alguien interesarse por mi opinión?
A media mañana del día de Navidad, un decidido pelirrojo asomaba su pecosa faz en la chimenea del salón principal de la mansión Malfoy. Desierto. Tal como había imaginado Ron siempre, los ricos se levantaban justo a la hora de comer. Cansados de tanto trabajar, pobrecitos. ¡Merlín los maldijera a todos!
- Prueba en la habitación de Draco. —dijo una voz a sus espaldas.
Ron renegó bajito y después pronunció de no muy buena gana:
- ¡Habitación de Draco Malfoy en Malfoy Manor!
Contrariamente a lo que esperaba Ron, Draco estaba muy despierto. Cavilando desde hacía horas el repentino interés de van Kaffman por sus negocios y si urdir ese matrimonio, palabra que gracias a Merlín no se había pronunciado la noche anterior, no tendría mucho que ver con que el magnate pudiera meter la zarpa en ellos. Lo primero que haría al día siguiente sería pedirle a Maveric que investigara un poco los de van Kaffman, por si acaso y qué interés podía tener en los suyos. Y lo siguiente, sería hacer la maleta, recoger a Harry y marcharse los dos un par de semanas a la Toscana. Después de todo, podía conectar una de las chimeneas de la mansión italiana con Londres e ir y venir cada día sin ningún problema. Su mirada tropezó entonces con la caja que contenía los gemelos de oro que le habían regalado los van Kaffman la noche anterior, abandonada con desidia sobre el escritorio y se preguntó con fastidio si tendría que ponérselos. Aunque sólo fuera para quedar bien. Pero el poco amigable rostro de un Weasley flotando en su chimenea interrumpió la disyuntiva.
- Conecta tu chimenea a la red, Malfoy. —gruñó Ron— No tengo todo el día.
- Feliz Navidad para ti también, Weasely. —le saludó Draco con ironía.
La comadreja sólo traía cara de malhumor así que, aunque sorprendido, no creyó que se tratara de nada grave relacionado con Harry. Seguramente sólo quería desearle feliz Navidad.
En lugar de responder a los buenos deseos navideños de Draco, el pelirrojo volvió ligeramente la cabeza, hablando con alguien a su espalda.
- De verdad, Harry¿qué le ves?
La cabeza de Ron dio una pequeña sacudida, como si alguien le hubiera dado un pescozón.
- ¡Ya te vale, Herm¡Sólo era una forma de hablar!
El corazón de Draco dio un vuelco cuando segundos después, Weasley salía de su chimenea acompañando a Harry, con su bolsa de viaje en la mano.
- Bueno amigo, aquí te dejo. —se despidió Ron— Si te entran ganas de volver, ya sabes, sólo asoma la cabeza a nuestra chimenea y vendré a buscarte.
- Gracias Ron.
Ron se volvió entonces hacia Draco y esbozó algo muy parecido a una sonrisa.
- Feliz Navidad, Malfoy. —y con un ligero gesto de cabeza en dirección a Harry, añadió— Me lo cuidas.
Apenas un segundo después de que Weasley desapareciera por la chimenea, Harry fue rodeado por unos brazos impacientes y unos labios ansiosos de los suyos.
- ¿Me has echado de menos? —preguntó Harry sin poder evitar sonreír su satisfacción por el recibimiento.
- No debería hacerte ni caso. —le reprendió Draco sin apenas despegar los labios de su piel— Por tu culpa ayer tuve la cena de Nochebuena más horrorosa de toda mi vida.
- Pero hoy enfrentaremos la comida de Navidad juntos. —le reconfortó el moreno, decidido a la fuerza por sus amigos— ¿Sabes? —continuó dispuesto a hacerse perdonar alimentando un poquito su ego— Hermione me echó una bronca de mil demonios por haberte dejado solo.
- Esa chica empieza a caerme bien. —ronroneó el rubio, sin dejar de besarle.
- ¿A qué hora comemos? —preguntó Harry a quien las apasionadas atenciones que recibía ya le estaban haciendo bullir ciertas ideas en la cabeza.
Draco sonrió sobre su mejilla.
- ¿Qué hora es ahora?
Harry también sonrió.
- Mmmm… déjame comprobarlo.
Abrió con gran ceremonia la esfera del reloj que llevaba en su muñeca y palpó las manecillas.
- Diez y media, más o menos. —y preguntó en tono provocador— ¿Crees que tendremos tiempo para que te "ilumine" un rato?
- ¡Dioses, cómo te he echado de menos!—gimió Draco devorando la ansiada boca como si en lugar de dos días llevara dos meses sin poder besarla.
Y de pronto se detuvo, como si de repente se hubiera acordado de algo muy importante. En sus ojos chispeó un brillo malicioso.
- Aunque antes debo arreglar un par de cosas.
Y dándole un rápido beso, dejó a un Harry muy desconcertado en medio de la habitación, mientras él tomaba un puñado de polvos floo de la repisa de la chimenea, dispuesto a igualar fuerzas.
Cuando Narcisa pasó revista al comedor, una vez los elfos hubieron hecho su trabajo, frunció con delicadeza el ceño y volvió a repasar la mesa. Victoria y su padre, Zabini y Parkinson, Theodore, cuya presencia no acababa de entender irritaba tanto a su hijo, Richard Maveric con su esposa y su hija soltera, Goyle con su novia y el inseparable Crabbe. Y por supuesto el Ministro Scrimgeour con su esposa y sus dos hijos, dos adolescentes que esperaba no causaran demasiados problemas. Bien, si no se había olvidado de sumar, junto con Draco y ella eran diecisiete comensales a la mesa. Sin embargo, había veinticinco servicios.
- ¡Puky! —llamó, a un tris de perder los nervios ya que era casi la una, hora en que los invitados que estaban tomando un aperitivo en el salón, pasarían al comedor.
Aparte de que Draco, todavía no había dado señales de vida, por más que había enviado a buscarlo más de veinte veces ya. Casi tantas como Victoria van Kaffman había preguntado por él.
- ¡Oh, aquí estás elfo estúpido! —gruñó la dama, perdiendo por unos instantes su siempre fría compostura— Arregla inmediatamente esta mesa. Te has equivocado al poner los servicios.
- No, ama. —respondió el elfo, bajando las orejas— He seguido las instrucciones que me ha dado el amo Draco.
Los azules ojos de Narcisa empequeñecieron un poco más.
- ¿Draco te lo ha ordenado?
- Si, ama.
Bien, tal vez su hijo había decidido invitar a unos cuantos amigos más en el último momento. Aunque no le agradaba que no la hubiera consultado antes.
Un rumor de voces acercándose le indicaron que los invitados estaban por entrar en el comedor.
- ¡Más te vale que no te hayas equivocado, Puky! —amenazó apresuradamente para volverse a continuación y exclamar— Ah, mi querido Rufus, vengan conmigo por favor.
El inmenso comedor destinado a recepciones especiales, fue llenándose poco a poco con la animada conversación de los invitados, la mayoría todavía con las copas del aperitivo que habían estado tomando, en su mano. Narcisa localizó por fin, aliviada, la rubia cabeza de su hijo y cuando iba a dar un paso hacia él para recriminarle su ausencia durante toda la mañana, se detuvo en seco. Draco llevaba a Potter de la mano. Y estaba a punto de descubrir que ese no iba a ser el último sobresalto que iba a recibir ese día.
Para horror de Narcisa Malfoy, nacida Black, sangre pura donde las haya, dechado de elegancia y buenos modales, reina del glamour y de la belleza en su momento, por su exquisito comedor empezaron a desfilar un montón de sonrientes pelirrojos, enfundados en sus mejores galas. Su horror se convirtió en pánico cuando Molly Weasley se atrevió a saludarla y agradecerle su amable invitación, así como desearle una feliz Navidad.
- ¡Me alegro de verte, Harry! —exclamó el Ministro, entusiasmado de poder estrujar al héroe— Te echamos de menos el pasado verano.
Harry trató de no ahogarse dentro del abrazo de Scrimgeour.
- Bueno, —resolló el joven, a quien Draco se apresuró a rescatar— no me encontraba en Londres en ese momento. —se excusó.
Mientras él y Harry hablaban unos minutos con el Ministro y su familia, Draco observó de reojo a su madre, pálida y rígida junto a van Kaffman y su hija, todavía en shock después de estrechar la mano y recibir un montón de buenos deseos de todos y cada uno de los miembros de la pelirroja familia.
- ¡Oh, qué poca educación la mía! —se lamentó un segundo después, tomando nuevamente a Harry de la mano para llevarle junto al pequeño grupo— Harry, permíteme presentarse a Hans van Kaffman y a su encantadora hija Victoria.
- Hemos oído hablar mucho de usted, Sr. Potter. —saludó van Kaffman estrechando la mano del moreno con un fuerte apretón.
Víctoria se limitó a hacer un leve gesto con la cabeza, con expresión de aprensiva, como si la ceguera pudiera contagiarse.
- Encantado de conocerle. —respondió Harry educadamente.
Y antes de que la situación se hiciera más incómoda, llegó el Ministro de Magia al rescate, llenando de alabanzas a Harry hasta hacerle enrojecer. Hans van Kaffman observó detenidamente al joven ciego, sin pasar por alto el detalle de que Draco no había soltado todavía su mano, preguntándose si Narcisa, incluso él mismo, no habrían menospreciado el poder que Potter tenía sobre el joven Malfoy. Y aunque aparentaba que le abrumaba más que otra cosa, Potter parecía contar también con la entusiástica estima del Ministro de Magia inglés, y supuso que por extensión, de la mayoría de la sociedad mágica. Ciego o no, era un héroe, tuvo que recordarse. El Héroe.
Una sonriente Pansy se acercó al grupo.
- ¿Puedo robártelo un momento? —preguntó a Draco tomando a Harry del brazo.
Victoria la bañó con una mirada demoledora. Seguramente porque la palabra "robártelo" que Pansy había elegido cuidadosamente, insinuaba claramente a quién pertenecía el afecto de Draco. Y también porque Pansy le caía rematadamente mal. Sentimiento mutuo, por otra parte.
Cuando unos minutos después se sentaban a la mesa, a la heredera van Kaffman se la llevaban todos los demonios al comprobar que era ese Potter quien gozaba del lugar de privilegio a la derecha de Draco, en la cabecera de la mesa, el mismo que había ocupado ella la noche anterior y había esperado seguir ocupando. Su escasez de luces le dificultaba todavía mucho más llegar a comprender cómo Draco podía preferir a un ciego antes que a ella.
De repente, un alboroto de exclamaciones y risas (las carcajadas provenían especialmente de la parte pelirroja de la mesa), llamaron la atención de todos sobre Theodore Nott. Unas hermosas letras, impresas en rojo brillante, resplandecían en su frente, desafiando la etiqueta y el buen gusto.
- ¿Qué diablos lleva escrito? —preguntó Draco intrigado, que al encontrarse al otro extremo de la mesa no acababa de leer la palabra con claridad.
Harry se inclinó un poco hacia su compañero y susurró con malicia:
- Pone, C A P U L L O.
Draco soltó una carcajada que se ganó una indignada mirada de su madre, quien trataba por todos los medios de hacer desaparecer la vergonzosa palabra de la frente de su furioso invitado.
- No es que haya sido idea mía… —siguió susurrando Harry con cara de ángel—...aunque debo confesarme autor material de la fechoría. Pansy sólo tuvo que dirigir mi varita.
- ¡Merlín bendito, Pansy! —exclamó Blaise ahogando una carcajada.
Su novia le dirigió una sonrisa de total inocencia. Después miró a Draco y en un tono de voz lo suficientemente alto como para que Victoria van Kaffman la oyera dijo:
- Bonita corbata, Draco. ¿Dónde la has comprado?
Su rubio amigo le dirigió una mirada risueña, mientras alisaba delicadamente su corbata con la sonrisa de un niño travieso que ha logrado salirse con la suya.
- Regalo de Harry.
