Los personajes no son mios!! ni la historia!
Capítulo 8
-¿Champan? -sugirió Saska-. Debería brin dar para que nuestra amistad sea duradera.
-Sí -dijo Bella-. Brindemos.
-Edward y yo nos conocemos desde hace mucho.
-Sí, lo sé. Me lo dijo él.
Saska levantó una ceja.
-Supongo que sabes que estuve casada con su mejor amigo.
-Debes de echado mucho de menos -Bella realmente la compadecía. La viudez debía de ser algo realmente duro en cualquier edad. Pero que darse viuda tan joven debía de ser realmente duro.
Su mirada se oscureció.
-Sí, mucho. Pero la vida debe continuar.
Y, por supuesto, en esa vida, contaba con Edward.
La verdad era que no la podía culpar. No era de ex trañar que quisiera a Edward a su lado. Aparte de su riqueza, de su status y de su posición social, era un amante excelente. No tenía más que recordar lo que había vivido con él la noche anterior.
Edward pidió una botella de Don Pérignon.
El camarero mostró la botella con todo tipo de florituras y, por fin, quitó el tapón.
El líquido espumoso cayó sobre las copas.
-Por los viejos amigos -dijo Saska y brindó directamente con Edward.
Él sonrió. Luego brindó con Jake y con ella.
-Por nosotros.
Edward le tomó suavemente la mano y ella se es tremeció. Aquel hombre había perdido la gran oportunidad de haberse convertido en actor, pues su actuación era tan real, que hasta ella llegaba a dudar de que su caricia no fuera sincera. Si a ello se añadía la cali dez de su sonrisa y la ternura de su mirada, el resul tado era devastador.
Juntos, decidieron una selección de platos que querían compartir. Brindaron, bebieron y escucha ron las innumerables anécdotas que Jake contaba sobre sus tiempos en París con Bella.
-¿Te acuerdas, cielo? El camarero de aquel pe queño café de la orilla izquierda se enamoró loca mente de ti. No hacía más que perseguirte.
Saska miró a Jake y a Bella.
-¿Estudiasteis juntos y vivíais juntos? - Bella encogió la nariz en un gesto involunta riamente sexy.
-Sí, con otras cuatro personas más. Teníamos una cocina común, dormitorios muy pequeños y un solo baño.
-Pero te encantaba -dijo Jake-. Demasiado café, muy poca comida y muchas discusiones sobre cómo cambiar el mundo.
-¿Compartíais casa? -preguntó Saska, extraña da- ¿No teníais dinero?
-Sí, claro que sí. Pero yo no quería un bonito apartamento, ni champán ni caviar.
-Bella cambió todo eso por pan, sardinas y queso.
-¡Y vino! -añadió Bella con una sonrisa-Fue muy divertido.
-¿Vivir como si fueras pobre?
-No, sencillamente prescindir de las trampas de los ricos -la corrigió-. De no haber hecho aquello, el tiempo que pasé en París habría sido muy dife rente.
-Y, a pesar de todo, conociste a Edward -Saska soltó una incrédula carcajada- Perdonadme, pero no me imagino a Edward en aquel ambiente.
-Nos conocimos en la casa de un amigo común -le aclaró Edward.
-Fue una de las raras ocasiones en que nos aven turamos a mezclamos con el sofisticado ambiente del París rico -dijo Jake con cinismo.
-¿Tú también fuiste a la fiesta?
-Yo siempre iba con Bella a todas partes - dijo él y vio cómo Saska hacía un gesto de tácita comprensión sobre la naturaleza de su relación que Jake se apresuró a desmentir-Nunca fuimos más que buenos, muy buenos amigos.
-y ahora sois socios.
Jake asintió.
-Nuestra amistad se basa en la mutua confianza y ese es un buen cimiento para cualquier negocio.
-¡Qué rebuscado! -dijo Saska con un tono apa rentemente agradable, pero tremendamente incisivo en el fondo-. Fingir que se es pobre, para luego volver a casa y abrir una galería de arte.
«No entiendes nada, ¿verdad?», inquirió Bella en silencio. «No entiendes la necesidad de aprender a luchar, de ver lo que es la vida, pues sólo así puede comprenderse el arte, sólo así se puede adquirirse el bagaje necesario para saber dónde hay más que talento. Queríamos tener la capacidad de ver y sentir eso por nosotros mismos, no convertir nos en meros repetidores de los que otros opinan».
Por fin, el camarero llevó la comida, lo que fue, en principio, un respiro para el rumbo que empeza ba a tomar la conversación.
Sin embargo, Edward se dedicó a darle de comer con tal despliegue de medios de seducción que a Bella le resultaba difícil mantenerse inalterable.
Aparentemente, era relativamente fácil mantener el mismo juego. Sólo tenía que pinchar, de vez en cuando, alguna suculenta gamba y metérsela en la boca, mientras interpretaba el papel de la tentadora empedernida.
Y eso era lo que hacía, pero, eso sí, evitaba la mirada de Jake, porque sabía que, en el momento en que lo mirara, iba a sufrir el peor de los ataques de risa de toda su historia.
Saska, por su parte, no estaba dispuesta a darse por vencida, aunque sus intentos de captar la aten ción de Edward fueron mucho más sutiles. No apartó, ni un momento, la mano de su brazo, y se dedicó a contar anécdotas de tiempos pasados que habían compartido juntos y que no dejaban de recordarle lo larga que había sido su amistad.
A Bella le resultó muy entretenida la velada pues le divertía aquel continuo juego de conspira ciones y fingimientos.
Aunque, a decir verdad, ella debía reconocer que no había tenido que fingir en ningún momento, pues sus reacciones habían sido absolutamente sin ceras cuando Edward la había tocado. También era sincero el calor que irradiaba su cuerpo cuando él le sonreía. El roce de sus labios provocaba una espiral de sensaciones en su estómago.
Todo en él llevaba a su mente el vívido recuerdo de su orgasmo, de la experiencia que habían com partido y que no tenía intención de volver a vivir.
Repetir aquello por segunda vez sería tantocomo firmar una sentencia fatal.
El sexo sólo no valía en sí. Hacer el amor era mucho más que un orgasmo. Era algo en lo que siempre había creído.
Con Edward había roto esa regla de oro y no esta ba dispuesta a repetir el error.
Ninguno de los cuatro quiso postre, pero sí quesos. Después, tomaron un excelente café. Sorprendentemente, eran casi las once cuando salieron del restaurante.
Allí mismo se despidieron.
Bella le dio un beso a Jake en la mejilla y Saska imitó el gesto con Edward.
-Tenemos que hacer esto otra vez, muy pronto - Edward sonrió.
-Sí, claro que sí, ¿verdad, cariño? - Edward tomó la mano de Bella de modo visible y entrelazó sus dedos con los de ella.
¡Sin duda, era extraordinario en su papel! Bella sonrió
-Por supuesto. Precisamente, el jueves por la tarde hay una fiesta de caridad en el Marriott. Mi madre está en el comité. Puedo reservar una entrada para
Saska.
Saska no tardó ni un segundo en responder.
-Me encantaría -dijo.
Edward esperó a que se quedaran solos para hacer un comentario sobre su invitación.
-Te gusta tentar a la suerte, ¿verdad?
Bella se volvió hacia él y sonrió.
-¡No es eso, cariño! Es, simplemente, que mi madre estará encantada de vender una entrada más y Saska estará encantada de venir. ¿Qué más se puede pedir?
-¿Y tú? ¿Qué es lo que vas a sacar de eso? –le preguntó Edward.
Ella sonrió.
-Verte a ti -respondió dulcemente.
-¿Ver cómo hago mi papel? ¿No es eso lo que todos hacemos continuamente? Siempre estamos representando algún papel.
-Pero lo tuyo es verdadero talento.
-Déjame que te devuelva el cumplido. Eres igualmente buena.
-Bueno, tengo que decir que nuestra fingida re lación parece cada vez más real. La noche fue todo un éxito.
Edward no respondió.
En pocos minutos, ya habían llegado al edificio de Bella.
-No hace falta que te quedes esta noche -le dijo ella mientras subían en el ascensor.
-Ya hemos hablado de esto.
-Anoche era diferente-insistió ella mientras sacaba la llave de su bolso.
-No.
Bella abrió la puerta.
-¿Que quieres decir con ese no?
-Tu casa o la mía, no hay más elección –reiteró Edward-. Me da igual cuál de las dos, pero vamos a estar juntos.
-Dudo de verdad que James vaya a intentar en trar en el edificio. Además, aunque lo hiciera, no lo dejaría entrar.
Edward la miró con cinismo.
-¿No se te ha ocurrido pensar que se podría disfrazar, por ejemplo, de mensajero? -continuó antes de que ella tuviera la opción de responder o po dría utilizar algún convincente argumento para que el guarda de la puerta lo dejara pasar.
Una semana atrás, no se le habría ocurrido ni por lo más remoto que algo así pudiera suceder.
-No estás dispuesto a darte por vencido.
-No -respondió él.
Bella no dijo nada más. Se limitó a entrar en su casa y se dirigió a la cocina. Necesitaba un poco de té que le ayudara a digerir la espléndida cena y a asimilar el champán.
Puso la tetera eléctrica, sacó una taza, una bolsi ta de té, el azúcar y la leche y se quedó allí mismo, esperando a que el agua hirviera.
Era absolutamente consciente de la presencia de Edward, de que la estaba observando en silencio des de la puerta.
Si se quedaba allí, acabaría volviéndose hacia él, y lanzándole algo a la cabeza.
Echó el agua, el azúcar y la leche. Puso la cu charilla en el fregadero, se dio media vuelta y lo miró. Deseó no haberlo hecho.
Su mirada era intensa y penetrante, hipnótica. Ella sólo podía verlo a él, nada existía, sólo sus ojos profundos y peligrosos.
-Pelea conmigo, protesta - le dijo con una voz sugerente e implorante - Pero por favor nunca te alejes de mi, nunca.
La furia de Bella se diluyó por completo.
-No digas nada -continuó él.
-¿Por qué? -desobedeció ella.
Se inclinó sobre ella y la besó, en respuesta a su pregunta.
Inmediatamente después, continuó con una su gerente exploración de su boca.
Aquella llama incontrolable y feroz se encendió de nuevo dentro de ella y no tuvo modo de detener la.
Pasaron muchos minutos antes de que sus bocas perdieran contacto. Bella apenas si podía hablar después de aquello. Durante unos segundos, sólo miró perpleja al hombre que tenía semejante efecto sobre ella.
-No hay nadie aquí, ¿por qué seguir fingien do?
Edward le acariciaba delicadamente el cuello y la espalda, ejerciendo sobre ella un efecto hipnótico.
-¿ Quién dice que esto es fingir? – Edward sonrió seductoramente.
-Por favor, no -le rogó ella.
-¿Tienes miedo? -le preguntó.
-Estoy aterrada.
Edward saboreó la dulzura de su boca y, luego, descendió hasta deleitarse con la turgencia de sus senos. Lentamente, volvió a tomar posesión de sus labios.
-No tengas miedo, por favor.
Bella sabía que tenía que detenerlo en aquel preciso instante, porque, de no hacerlo, estaría per dida.
-Lo de anoche fue un error -dijo ella con una voz casi desesperada.
-Algo tan delicioso no puede ser jamás un error. - Bella lo intentó por última vez.
-Pues, entonces, fue una locura.
-¿Por qué?
Un notable instinto de conservación la mante nía alerta, a pesar de lo difícil que le estaba resultando.
-Hace sólo una semana que nos conocemos. - En los ojos de Edward había una sonrisa.
-Eso es toda una vida -le aseguró.
-Pero, para mí, tiene que haber algo...
-¿ y no lo hay?
-¡No... bueno... sí...! ¡No sé! - Bella no podía pensar. Sentía su calor sugerente, atroz, desconcer tante.
De pronto, Bella tuvo la sensación de estar desnuda, de mostrarse abierta y vulnerable.
-Me gusta planificar las cosas, tener un motivo para actuar. No quiero lanzarme de cabeza con al guien....
-¿Alguien a quien sólo hace una semana que co noces?
-¡Sí! -respondió ella con vehemencia- ¿Adónde nos puede llevar todo esto? En unas semanas, todo se habrá acabado, ya no quedará nada. Y en tonces, ¿qué?
Edward le acarició suavemente la mejilla.
-¿Por qué no esperar y ver lo que sucede?
Porque no quería sufrir, no quería que le hiciera daño. Pero ya era demasiado tarde. Ya estaba metida en aquello hasta el cuello, y en un amor no corres pondido.
¿Amor? ¿Realmente pensaba que aquello era amor? Deseo sí, pero amor era una palabra dema siado importante.
Edward la agarró en sus brazos y ella enroscó las piernas alrededor de su cintura.
Una vez en el dormitorio, él encendió la luz.
Durante unos segundos, Bella lo observó. Pero muy pronto, su tentadora boca se vio atrapada entre los sensuales labios de su amante.
Se desvistieron lentamente el uno al otro, acari ciando cada palmo de piel que quedaba al descu bierto.
A Bella le encantaba aquel cuerpo, suave varonil, perfectamente esculpido.
No había ya nada más que decir, ninguna pregunta que hacer, ninguna respuesta que dar.
Quedaba una larga noche por delante y la emplea ron de lleno. Apenas si durmieron.
Sólo se dedicaron a hacer incansablemente el amor, hasta que Bella, al fin, cayó exhausta en sus brazos.
Somnolienta y aturdida, se preguntó si aquello era realidad o no era más que un sueño. La respues ta se la daba aquel cuerpo tangible y real que repo saba junto a ella.
-Zumo de naranja, una ducha, un buen desayuno y a trabajar -dijo una profunda voz masculina- Le vántate, vamos. Te quedan sólo cuarenta minutos para llegar a la galería.
Bella levantó la mano y se cubrió la cabe za.
-Si es todavía medianoche.
-Son, exactamente, las ocho y cuarto de una soleada mañana de miércoles -le aseguró Edward, mientras retiraba las sábanas y dejaba su lánguido y desnudo cuerpo al descubierto.
La miró con creciente interés. Le gustaba, y mu cho. Aquel cuerpo de mujer estaba hecho para el amor.
-Te levantas o me meto en la cama y no te dejo salir de casa hasta las cinco de la tarde.
Aquel fue el aviso definitivo.
Abrió los ojos y se incorporó como un rayo.
-Te cuento tres -dijo él, con una carcajada-Aquí tienes tu zumo de naranja.
Bella se rascó la cabeza.
-Una ducha -dijo, mecánicamente, y buscó la bata.
-No ocultes tan hermosa visión -le dijo, y ella se ruborizó.
-¡Ya estás vestido! -dijo ella al abrir definitivamente uno de sus ojos.
-Duchado, afeitado y vestido. Además, he pre parado el desayuno -le dijo.
-¡Eres una joya! -le aseguró ella - Espero que hayas hecho una jarra entera de café.
-Está saliendo.
-¿Tienes siempre tanta energía a esta hora del día? -le preguntó ella, Edward esbozó una pícara sonrisa -Mejor no me respondas.
Bella se metió en la ducha y sintió el recon fortante efecto del agua sobre su cuerpo. Después, añadió un poco de agua fría, con la esperanza de que eso la ayudara a despejarse.
Después de unos cereales con banana y una bue na taza de café, ya empezaba a sentirse medianamente humana.
En cinco minutos, estaría en la galería.
Bajaron en el ascensor hasta el garaje.
-Tengo varias reuniones -le dijo Edward-. Llegaré aquí sobre las seis. Te llamaré.
-¡Maldita sea! -dijo Bella, y se acercó a su coche.
-¿Qué pasa?
-Una rueda pinchada -dijo ella desconcertada.
-Te llevaré a la galería y me ocuparé de que al guien repare tu coche.
Al acercarse más, se dieron cuenta de que la rueda había sido pinchada intencionadamente.
-¿Tú crees que...?
-¿Que ha sido James? Posiblemente, sí –dijo Edward, aunque no había ninguna prueba.
Se metieron en el Volvo y en pocos minutos ya estaban de camino.
Muy pronto llegaron a la galería.
-Te llamaré a lo largo del día -dijo él. La besó directamente en los labios Bella se desabrochó el cinturón y salió del coche.
Fue una mañana realmente activa. Bella se puso al día con todos los papeles, contactó con la empresa que hacía los marcos e hizo un número in finito de llamadas.
Comió allí mismo, en su oficina y se sorprendió al recibir una llamada de Edward a las tres y media.
-He enviado tu coche a la galería. No te olvides de la cita que tienes a las cuatro con el abogado. Iré a buscarte en quince minutos.
¡No se le había olvidado! Pero el tiempo había pasado más deprisa de lo que ella había pensado.
-Gracias -respondió Bella.
La firma de la orden la alivió de algún modo. Al menos, el asunto estaba ya en manos oficiales.
Eran casi las cinco cuando Edward la dejó en la galería. Bella siguió al Volvo hasta el aparta mento.
Una vez allí, Michelle escuchó los mensajes que había en su contestador.
-Hola, Bella. Soy Angela. No me has llama do. Te recuerdo que esta tarde es la fiesta de Jared. Te esperamos a las seis y media.
-¿Jared? -preguntó Edward.
-Mi ahijado -le explicó-. Tiene tres años y hoy tiene la fiesta de Navidad. ¡No sé cómo se me había podido olvidar! Tengo el tiempo justo de ducharme cambiarme y salir para allá.
Voy contigo.
Bella lo miró extrañada.
-¿A una fiesta infantil?
-Sí -repitió él con una sonrisa burlona en los la bios.
Resultó muy divertida. Padres y familiares se congregaban frente a un colorido escenario, en el que los pequeños, vestidos de las más variadas co sas, interpretaban canciones de navidad.
Bella se quedó de pie, con Edward detrás, abrazándola protectoramente.
Después, buscaron a Angela ya su marido, y pa saron un rato con el pequeño Jared, quien se ale gró mucho de ver a Bella y no ocultó su curiosi dad por el hombre que iba con ella.
Eran casi las nueve cuando acabó la fiesta. Después de despedirse de Jared y de sus padres, se dirigieron al coche y se pusieron de cami no.
Minutos después, Bella ya se había dormido.
Al llegar al apartamento, Edward la observó unos instantes. Estaba muy pálida y tenía unas grandes ojeras bajo los ojos. Suavemente, la empujó hacia la habitación.
-Corre, vete a dormir.
No necesitó que se lo dijera dos veces.
Se desvistió a toda velocidad, se limpió el ma quillaje y se metió en la durmió casi al instante y se despertó a la ma ñana siguiente, sola.
Sin embargo, la forma de la almohada y el olor a colonia varonil le dijeron que Edward había dormido con ella.
Bella se levantó y se duchó. Luego se vistió y salió a la cocina.
Allí estaba Edward, duchado y afeitado, y con el mismo olor que había dejado sobre su cama. Estaba hablando por el móvil, en un idioma que ella no comprendía en absoluto.
Estaba claro que él ya había desayunado. Bella se tomó un pequeño plato de cereales con fruta antes de que él colgara.
-Buenos días -dijo él, se acercó y la besó en los labios -¿Ya estás lista? Te llevaré a la galería
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Eyyy Holas!! Pues aqui estoy como prometi! Y pues les digo que a eso del Lunes o el martes subo los cap que faltan, osea el final T_____T
Pero no se preocupen, la siguiente historia viene en camino por ahi! solo quiero terminar de adaptarla, para subirla cuando quiera rapidito! Solo les digo que el Edward de la siguiente historia es griego *¬* jojojojo....
Bueno ya les subo el siguiente capitulo!! Reviewwwwww...!!!
xoxoxoxo
100% Magia y amor
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