Capítulo 8
El viaje de vuelta a casa transcurrió con extraña y tensa normalidad. Harry decidió sentarse al lado del chófer y dejar toda la parte de atrás a Hermione y a los niños. Éstos estaban tan impresionados por el lujoso medio de transporte que no se fijaron en el silencio de su padre, ni en la tensión que había en la voz de su madre.
Harry rechazó su invitación de subir a casa con ellos. Y Hermione se sintió en cierto modo aliviada porque sabía que necesitaba alejarse de él, pero también estaba muy preocupada por su salud.
Harry sonrió a los mellizos al despedirse y, de cuclillas y mirándolos a los ojos, les prometió que volvería a verlos pronto. Harriett se acercó y le dio un abrazo y Harry alargó un brazo para que Henry se acercase también.
Hermione no supo por qué la inquietaba tanto aquella escena, pero cuando Harry se incorporó y la miró a los ojos, a ella también le entraron ganas de abrazarlo. Él alargó la mano y le acarició la mejilla.
—Te llamaré —le dijo, antes de darse la vuelta y subirse al coche sin más.
Hermione se sintió devastada, aquello era lo mismo que le había dicho seis años antes.
Se pasó el domingo sintiéndose vacía, mientras los mellizos la bombardeaban a preguntas acerca de su padre y de los planes de boda.
Y él no llamó.
El lunes, Hermione fue a trabajar y fingió que era como cualquier otro lunes por la mañana. Su sombra la siguió en todo momento, ayudándola a concentrarse en el trabajo. No obstante, estaba nerviosa y poco comunicativa, esperando escuchar el nombre de Harry, averiguar si estaba en el edificio, si estaba bien, pero negándose a hacer ninguna pregunta.
Ginny no parecía estar allí, pero Hermione tampoco iba a preguntar por ella.
El martes pasó igual que el lunes. Para el miércoles, las tarjetas de visita de Harry habían salido de su bolso y le quemaban en el bolsillo de la falda.
—¿Estás bien, Hermione? —le preguntó Luna—. Estás muy pálida.
—Estoy bien —respondió—. Es sólo que…
—Ven, vamos a comer. Creo que te hace falta un poco de aire fresco y un descanso.
Compraron unos sándwiches y café y fueron al pequeño parque que había enfrente del edificio de Hogwarts Technologies. Hacía calor para ser octubre, así que se sentaron en un banco, debajo de un árbol.
—Está bien —dijo Luna—, te contaré lo que sé, y tú rellenarás los huecos en blanco… Nuestro nuevo y sexy jefe es el padre de los mellizos. No te molestes en negarlo, me di cuenta al instante. Me parece que Ginny Weasley todavía no lo sabe, pero se siente amenazada por ti.
—¿Tú no te sentirías amenazada si fueses su amante? —rió Hermione.
—Tal vez. Sobre todo, si se entera que los mellizos y tú pasasteis el sábado con él. Tampoco te esfuerces en negarlo. Pasé por tu casa cuando se estaban bajando de su coche y decidí marcharme.
—Pues si te hubieses quedado un rato más, habrías visto que él se fue.
—¿Para siempre?
—¿Quién sabe?
—¿Por eso estás así esta semana?
Hermione se encogió de hombros, no contestó.
—Tonta. ¿Quieres contarme cómo se conocieron, para empezar? Hace seis años debías de ser una niña, en brazos de semejante hombre.
—Soy un año mayor que él Luna. No puedes etiquetarlo de pervertidor de menores. Y para ya. Tengo hambre, quiero comer.
—No te estoy impidiendo que comas. Lo estás haciendo tú sola, estás como perdida.
Era cierto, y se debía al silencio de Harry. Tal vez éste pretendía ir a buscarla el viernes a Hogwarts Technologies para casarse y luego volver a dejarla en su despacho. O tal vez había cambiado de idea…
—Te alegrará saber que no has visto a Ginny Weasley porque el jefe la ha mandado a Londres —la informó Luna.
Aquello no la tranquilizó, ya que Londres no era más que otra ciudad en la que dos amantes podían encontrarse.
¿Por qué no la había llamado Harry? ¿Estaría en Londres con Ginny? ¿Era capaz de hacerle algo así? Su cabeza le decía que no, que seguro que tenía un motivo para lo que había hecho seis años antes, pero no podía evitar tener el corazón en un puño.
En realidad, no lo conocía, ni él a ella. Eran dos extraños unidos por los dos niños nacidos de una sola noche de fabuloso sexo. ¿Era aquello suficiente para casarse? ¿No sería más sensato acordar una custodia compartida de los mellizos? ¿Acaso había accedido ella a casarse?
No, no lo había hecho, y Harry no tenía ningún derecho a dar por hecho que había accedido, ni a dejarla así.
—Y ahora viene lo más interesante —continuó Luna—. Justo antes de venir aquí me ha llamado Ron para que limpiase tu agenda y le pasase todo el trabajo a tu sombra. Al parecer, el jefe está…
—Delante de ti —la interrumpió Harry.
Ambas levantaron la cabeza a la vez. Luna se tragó las palabras que iba a decir y Hermione se sintió sorprendentemente aliviada.
Le brillaron los ojos cuando la miró, pero estaba muy serio. Hermione se dio cuenta de que esa mañana se había puesto el viejo traje gris y se había recogido el pelo con prisa.
Él estaba impecable, como siempre. A Hermione se le secó la boca y tuvo que apartar la vista de él ya que lo único que deseaba en esos momentos era arrancarle la ropa y verlo desnudo.
Lo deseaba. Era una sensación repentina, caliente, violenta. Quería tenerlo desnudo y tumbado. Quería recorrerlo con la mirada, con las manos y con la boca.
—¿Dónde has estado? —le preguntó con más avidez de la que había pretendido mostrar.
Harry se preguntó qué le diría Hermione si le contaba que se había pasado los tres últimos días encerrado en su piso son su primo, viviendo un infierno. Un infierno después del cual había recobrado la memoria. Había averiguado la verdad de lo que había ocurrido seis años antes, que aquella mujer pálida, de ojos marrones beligerantes, que estaba sentada con una postura frágil y tensa, había pagado el precio de sus malditos pecados.
—Disfrutando de mis últimos días de libertad —respondió en tono irónico.
Hermione se preguntó si había estado en Londres, con Ginny.
—Bueno, pues espero que haya merecido la pena.
—Mucho —le aseguró él antes de inclinarse para tomarla de los hombros y hacer que se levantase.
De pronto, Hermione se encontró apoyada contra él, recibiendo un apasionado y hambriento beso. Sin más, a la luz del día y delante de Luna.
Y Hermione no sólo permitió que la besase, sino que lo alentó acariciándole los hombros y la nuca.
Cuando Harry la soltó, se sintió débil y aturdida, se le escapó un gemido de decepción.
—Me has echado de menos —comentó él.
—Estaba preocupada, eso es todo. Me dijiste que me llamarías.
—Bueno, estoy bien y estoy aquí. Que disfrute del resto de la comida —le dijo a Luna, llevándose a Hermione agarrada por la cintura.
—¡Qué grosero! —protestó Hermione.
—Tu amiga ya ha visto bastante como para dar de qué hablar en Hogwarts Technologies durante un mes.
—Luna no es una cotilla.
—Entonces, compénsala invitándola a nuestra boda.
—¡Yo no he dicho que vaya a casarme contigo!
—Pero lo harás.
La metió en el coche que estaba esperándolos y entró detrás de ella. Cuando Hermione se giró para protestar, Harry la estaba esperando.
—¿Prefieres herir y decepcionar a tus hijos? —la retó.
—¡Tengo derecho a tener en cuenta también mis sentimientos!
—Entonces, tal vez prefieras que utilice métodos menos bruscos para convencerte.
Estaba refiriéndose al sexo, recordándole que había vuelto a perder el control con el beso del parque.
Hermione separó los labios temblorosos. Estaba acalorada. Podía luchar contra él, salvo cuando la tocaba. Y odiaba que Harry lo supiera.
No se acordaba de ella, pero como cualquier otro hombre atractivo y sexualmente activo, podía escoger un blanco sencillo e ir a por él. La diferencia con ella era que estaba preparado para ofrecerle un matrimonio porque el destino había hecho que se quedase embarazada. Sin los mellizos, habría sido una aventura más.
Hermione sintió un escalofrío y apartó la mirada de él. Volvió a preguntarse si Harry habría estado esos últimos días con Ginny. Y si lo quería saber.
Entonces, recordó lo que Luna le había dicho justo antes de que llegase él.
—Has dado por terminado mi contrato, ¿verdad? —le preguntó.
—¿Qué te hace pensar eso?
Hermione le contó lo que le había dicho Luna.
—Y tú has decidido que lo he hecho para poder presionarle más, ¿no es cierto?
—¿Es así?
Él frunció el ceño con impaciencia.
—No podrás viajar todos los días de Edimburgo a Londres, darling, eso es evidente, pero no. no he dado por terminado tu contrato. Tienes unos meses de excedencia, para casarte e instalarte en otro país. Cuando estés preparada, si decides que quieres volver a trabajar, te buscaré un puesto en alguna de mis organizaciones. Tú serás quien tome la decisión.
—Desde luego, una pequeña concesión frente a un montón de órdenes.
—No es una concesión. Si me conocieses mejor, sabrías que no hago concesiones… De verdad pienso que tienes derecho a decidir si quieres volver o no a trabajar después de que nos casemos.
—Si es que nos casamos. Digas lo que digas, la verdad es que quieres arrinconarme para que deje de discutir contigo.
Él dejó escapar un suspiro.
—¡Eso no funcionaría! Lo creas o no, pensaba que el tema de la boda estaba zanjado.
—Entonces, ¿por qué no me llamaste para advertirme que mi sombra estaba ahí para aprender de mí?
—Porque… —se calló, apretó los labios y frunció el ceño—. He estado ocupado, ¿de acuerdo? Tenía… cosas que hacer. Y por favor, siéntate bien. ¡Y abróchate el cinturón! —añadió, con inesperada violencia.
Aquello sorprendió a Hermione, que dio un grito ahogado.
—¡No quiero que salgas despedida por la ventana! —añadió, poniéndole él mismo el cinturón.
—Lo siento —murmuró ella—. No lo había pensado.
—Y yo creo que he reaccionado de manera exagerada, ¿verdad?
—No. Me lo merecía —contestó Hermione, levantando la mano para acariciarle la mejilla—. No me has contado cómo fue el accidente, pero…
—Y no te lo voy a contar —le dijo, apartándose de ella.
—James…
—Iba a llevarte a comer, pero he cambiado de idea. Iremos de compras.
—¿Para comprar el qué?
—Las alianzas. Un traje de novia que me haga caerme de espaldas —comentó en tono más natural—, Y tal vez algún capricho para los mellizos.
Hermione no respondió a aquello, lo que obligó a Harry a girar la cabeza. Su bella novia estaba allí sentada, con un traje de chaqueta gris, las piernas cruzadas y expresión adusta.
Harry se dio cuenta de que cuando él se mostraba vulnerable, ella se ponía dulce. Y que cuando intentaba hacer avanzar las cosas, ella se bloqueaba.
—Deja de luchar contra mí —le aconsejó—. Entiendo que sientas la necesidad de hacerlo, pero eso no cambiará nada. Vamos a casarnos dentro de dos días. Acéptalo, Hermione.
Hermione lo miró.
—Cualquier otro hombre habría tenido el detalle de pedirme que me casase con él.
Al oír aquello, otro recuerdo lo asaltó, un recuerdo diferente a los que había tenido hasta entonces. Vio a Hermione desnuda sobre una colcha rosa. Sus ojos marrones lo miraban con timidez y deseo.
«Cásate conmigo, Hermione…».
—My Lord… —susurró.
«Mañana», había contestado ella en un susurro.
—¿Harry…?
El sonido de la voz de Hermione lo hizo volver al presente. Notó que le tocaba el brazo.
—Harry —repitió ella con nerviosismo—. No.
Él se dio cuenta de que Hermione pensaba que iba a desmayarse, pero nada más lejos de la realidad. Lo que acababa de experimentar había llegado con la claridad del agua, después de tres días de luchar con su pasado.
Con el pasado del que se había olvidado, pensó mientras intentaba controlar sus hormonas. Levantó los ojos a su rostro y se hundió en su mirada marrón y ansiosa. Le encantaba. Le encantaba cómo se mordisqueaba el labio inferior con preocupación.
—Estoy bien.
—No, no estás bien —dijo ella, poniéndole una mano sobre el corazón—. ¿Por qué ha sido esta vez?
—Tú, ¿qué si no? —le contestó—. Te he visto desnuda en una cama rosa.
Hermione se ruborizó y Harry tuvo que contener las ganas de reír. Ella sabía muy bien lo que había visto.
—Ha sido muy intenso —le dijo él, apartándole la mano del pecho para llevársela a los labios—. Sensual… —añadió, besándole los dedos—, apasionado.
—Yo… Tú… —Hermione se puso tensa.
—Te estaba diciendo que te quería…
—No hace falta que me des detalles. ¡Yo no tengo problemas de memoria!
—Y tú me estabas respondiendo que también me querías…
Hermione cerró los ojos e intentó apartarse de él, pero Harry se lo impidió.
—¿Lo decías de verdad, my love? —insistió—.
—Sí.
—Entonces, podemos volver a hacerlo. Sólo hace falta un acto de fe.
Estaba hablando de nuevo del matrimonio. En realidad, nunca había dejado de hablar de eso. Salvo que en esos momentos lo estaba llamando acto de fe. Hermione intentó apartarse otra vez.
—Te pedí que te casases conmigo…
—¿Quieres dejar de decirme lo que ya sé? —replicó ella.
¡Ella también había estado allí! Y recordaba a la perfección su primera vez juntos en su minúsculo apartamento, en su todavía más minúscula habitación y en su estrecha cama cubierta por una colcha rosa.
—Entonces, te lo vuelvo a preguntar. ¿Quieres casarte conmigo?
Hermione pensó que era un hombre despiadado, ¡un cerdo despiadado! Era una pena que no pudiese recordar cómo la había besado para despedirse la mañana que se había marchado.
—Si yo estoy dispuesto a intentarlo, ¿por qué no puedes tú también…?
Hermione abrió los ojos para mirarlo. Su aspecto era fuerte. Era James, delgado, moreno, guapo, con aquellas largas y negras pestañas que enmarcaban unos ojos verdes y sensuales, y aquella boca suave…
—¡Está bien! —replicó—. ¡Me casaré contigo! Pero no creas que te perdono por lo que me hiciste. Ni que olvidaré lo que has hecho con los mellizos para convencerme.
Él respondió de manera inmediata y completamente arrogante. Con un rápido movimiento, su largo cuerpo la tenía aprisionada en un rincón del asiento.
—¡Te has desabrochado el cinturón!
—El coche está parado; ahora puedo hacer lo que quiera contigo.
Y lo hizo. Y ella no intentó oponerse cuando la besó. Cuando separó los labios de los de él le costaba trabajo respirar y tenía la chaqueta abierta, los botones de la camisa desabrochados y los pezones erguidos porque querían volver a ser acariciados por él. Tenía el pelo suelo y los labios doloridos.
—Ya está —comentó Harry con satisfacción—, el acto de fe sellado con un beso. Ahora, vamos de compras.
