"Y esa es una de las razones por las cuales me enamoré de ti, Yuuri."

Tan pronto aquellas palabras llegaron a sus oídos, Yuuri se quedó sin aliento.

El sentido se perdió y hubo una extraña clase invasión en su estómago, entonces. Como... mariposas. Pequeñas mariposas que danzaban en su interior, revoloteando y chocando entre sí, provocándole una calidez casi irreal que pronto viajó por todo su cuerpo.

Escuchó su propio corazón resonando en sus oídos, como si estuviera lleno de una sensación embriagante. Las manos le temblaron y sus ojos se nublaron, producto de las lágrimas que se había atiborrado en sus ojos. Y es que todo aquello se sentía tan falso. Quizá sólo esta confundiéndose. Tal vez todavía tenía fiebre y estaba delirando por ello. O era que... ¿Victor estaba burlándose de él? ¿Era acaso así de cruel?

Pero Yuuri confirmó lo contrario cuando sus ojos se toparon con ese par de joyas azules que brillaban de manera inigualable. Era una mirada pura, vasta y llena de una sinceridad desbordante, que le secó la garganta y alentó sus lágrimas.

Obligándose a no llorar, Yuuri contrajo sus rodillas y las abrazó con sus manos, a modo de protección. No podía hablar. No sabía qué decir, ni qué hacer. Se sentía confundido... y feliz.

Hasta ese momento, Yuuri no había reparado en sus sentimientos. En ese calor que se apoderaba de él cada vez que Victor rondaba cerca. De lo fácil que le era sonreír y hablar con él. De lo inquieto que se sentía cuando Victor le dedicaba esa mirada que le hacía temblar y sonrojarse aún sin quererlo. De todo eso que Victor le provocaba con su sola presencia.

Incluso, por un momento pensó que lo mejor sería callarse todo eso. Guardaría todo lo que estaba sintiendo y saldría de la vida de Victor para siempre.

Pero algo se lo impidió.

Fue su conciencia, tal vez. El miedo que le causó ese sólo pensamiento. O la intensa mirada de Victor que hacía estremecer cada hueso de su cuerpo. Yuuri no lo supo con claridad, pero tampoco le importó demasiado en ese momento.

¿Qué debía responder? Yuuri no tenía ni idea. Nunca había estado en una situación similar. ¡Dios, incluso él mismo no sabía que era eso que sentía en su interior!

—Es raro, ¿verdad? —tras el silencio, esas fueron las primeras palabras que Victor dejó escapar— Sé que ahora puedes estar sintiéndote incómodo con todo esto —expresó lentamente, con la mirada cubierta de lágrimas—. Por eso, entenderé si lo que quieres es irte de aquí... De mi lado.

Tras aquello, hubo una especie de terror inundando su ser. Si bien lo cierto era que más de una vez pensó en alejarse de Victor, ahora le resultaba espantoso imaginarse lejos de él.

¿Podría ser capaz de soportar la separación? Había pasado mucho tiempo junto a Victor. Ya se le había hecho algo normal despertar y encontrarse al ruso durmiendo en el sofá pequeño. Se acostumbró a su voz suave y risueña. A esos ojos vivaces e infantiles. A esa personalidad única y brillante.

Se había acostumbrado a él.

—¡No! —jadeó de pronto, sorprendiéndose a sí mismo—. No... no quiero irme de aquí, Victor.

Las mariposas se removieron otra vez. El calor le invadió y sintió sus mejillas colorearse, ante la vergüenza.

—Yo... —titubeó largamente, todavía sin ser capaz de volver sus ojos al ruso— No sé qué es esto... —confesó, con la voz pendiendo de un hilo— Se siente raro, Victor. No sé cómo llamarle a esto. Es... es sólo que, nunca más había pasado así. Nunca dejé entrar a nadie en mi vida, pero... llegaste tú y, de alguna manera, me hiciste confiar en ti —Yuuri sollozó, y Victor escuchó atentamente cada pequeña frase que escapaba de su contrario—. Había cerrado cada puerta de mí, para resguardarme de todos. Pero tú... tú sólo entraste sin pedir permiso, y pusiste todo de cabeza. ¿Cómo lo hiciste?

Tras otro sollozo, las lágrimas de Yuuri se derramaron por su rostro. Estaba llorando por todo. Por la situación, por las palabras, por él mismo... Por Victor.

Por todos esos confusos y nuevos sentimientos.

—Quizá porque me quieres —soltó el ruso, con una sonrisa bailando en sus labios—. ¿No te das cuenta, Yuuri? Tú mismo me abriste la puerta.

Yuuri, por fin, levantó la mirada. Sus ojos recubiertos de lágrimas se encontraron con los de Victor, que llenos de calma, reflejaban ilusión y felicidad.

Despacio, y mirando cada una de las reacciones del japonés, Victor arrastró su mano hasta encontrar la de Yuuri. No la tocó del todo, sólo acarició un dedo lentamente, mientras le dedicaba la mejor sonrisa que pudo encontrar en ese momento. Yuuri se tensó e intentó alejarse, pero encontró que el calor de aquel acercamiento le reconfortaba.

Le hacía sentir tranquilo.

Y se quedó ahí, quieto, sintiendo esos dedos aferrarse a los suyos. Buscando ese calor desconocido, que se agravaba tras cada segundo que pasaba sosteniendo aquella suave y firme mano.

—Fuiste tú, quién decidió mantenerme dentro de tu vida.

—Pe-pero —tartamudeó, un poco intimidado ante aquella sonrisa que Victor estaba dándole— no creo que esto se la correcto —admitió, bajando la mirada—. Es decir, mírame. A diferencia de ti, yo no soy nadie. Soy un esclavo; uno que está todo roto y marcado —sollozó, sintiéndose verdaderamente inestable en ese momento. Le dolía recordar el pasado, todo ese abuso al que fue sometido desde pequeño—. Lo siento, Victor. Lo siento tanto porque ni siquiera sé si seré capaz de amarte... no sé cómo hacerlo.

Victor apretó el agarre entre sus manos y sonrió.

—Yo tampoco sé cómo hacerlo —confesó, mirando las lágrimas de Yuuri derramándose por sus mejillas sonrojadas—, pero podemos aprender, Yuuri. Juntos. Tú y yo —explicó dulcemente, su voz pareció un suave arrullo que logró aplacar la intensa ráfaga de dudas que asaltaba el interior del japonés—. Creceremos juntos en esto, ¿entiendes? Lo haremos sin prisa, porque en el amor, todavía hay mucho que no entendemos.

El corazón de Yuuri latió con fuerza. De nuevo, las mariposas alzaron vuelo y desordenaron su interior en un parpadeo.

¿Cómo era posible que Victor le hiciera sentir todas esas cosas con tan sólo un par de palabras?

—Y si... ¿y si te lastimo? Quizá un día te lastime y tú me odies de verdad—soltó, quebrándose—. ¡Yo ni siquiera puedo dejar que alguien me toque!

—Eso dices, pero... ¿no te has dado cuenta? —preguntó Victor, dulcemente. Sus dedos, entonces, acariciaron los del contrario, intentando transmitirle un poco de tranquilidad— Todo este tiempo he sostenido tu mano, Yuuri. Estoy tocándote y tú ni siquiera te has mostrado incómodo.

Sorprendido ante esas palabras, Yuuri volvió a reparar en sus manos unidas. Sus dedos enredados con los de Victor, se sentía tan natural. Como si toda la vida hubiera sido de esa manera.

—¿Lastimarme? Bueno, no lo sé. Tal vez sí, tal vez no. Quién sabe. El amor no es tan perfecto como en los cuentos de hadas, Yuuri. Pero no importa. Porque no necesito una historia donde todo sea rosa y acolchonado —cuidadosamente, Victor usó su mano libre para limpiar las lágrimas que escurrían por aquellas mejillas coloradas. Yuuri ni siquiera reaccionó ante ello, porque el tacto del ruso era tan familiar para él —. Yo quiero algo real. Dónde tropecemos, pero aprendamos de ello y podamos levantarnos. Donde estemos el uno con el otro, buscando nuestro propio camino a la felicidad, aunque esté lleno de dificultades. Quiero pelear y discutir, pero también besar y abrazar. Quiero sentirme amado y amar como nunca —Victor hizo una pausa, el amenazante llanto le hacía difícil seguir hablando, pero logró controlar todos esos sentimientos que estaban apoderándose de él—. Y quiero que todo eso sea a tu lado, Yuuri.

Yuuri se encontró sin habla. Las palabras de Victor le habían conmovido. Su corazón se sentía apretado y la calidez estaba poseyendo su cuerpo.

Eso no se sentía como la realidad.

Y, sin embargo, ya no le importó más.

Tras un suspiro largo, Yuuri calmó sus lágrimas y le dedicó una preciosa sonrisa al ruso.

—No hay manera de ganarte una discusión, ¿verdad? —inquirió, ahora sonando hasta un poco bromista— Yo también... yo también quiero vivir todo eso a tu lado, Victor.

Tras eso, el ruso se sintió derretir. Su mirada se cubrió con un manto de emoción y la sonrisa más boba, que Yuuri le había visto jamás, se formó en su rostro.

—Gracias por esto, Yuuri —susurró Victor, acariciando el rostro del japonés. Era vergonzoso, pero Yuuri pensó que no se sentía incorrecto—. Te prometo que, pase lo que pase, siempre voy a cuidarte.

Yuuri recargó su mejilla en aquella suave mano y sonrió. Era cómodo, cálido y tranquilizante. Las mariposas en su interior seguían haciendo un desastre, pero Yuuri encontró que no le molestaba. Era una sensación nueva, pero podía acostumbrarse a ella.

—Yo también voy a cuidarte, Victor. Lo prometo.

Victor se rió suavemente y clavó sus ojos llenos de amor en el rostro de aquel hombre que le había robado el corazón. Yuuri acercó sus dedos un poco más con los contrarios, y fue entonces cuando logró ver los raspones que cubrían la mano de Victor.

—¿¡Qué le pasó a tu mano!? —preguntó, claramente alarmado, separándose un poco del contacto de Victor— ¿Estás bien? ¿Te duele mucho?

Victor lanzó una mirada a sus lastimados nudillos y suspiró largamente.

—Simplemente le advertí que jamás volviera a acercarse a ti —respondió, simplemente, echándose el pelo hacia atrás. Se sentía un poco incómodo y abochornado ahora.

Yuuri se puso pálido.

—Victor, ¡ese hombre es realmente peligroso! —advirtió, con la respiración agitada— Por favor, ya no lo busques más. ¡No quiero que te lastime!

—No te preocupes. Te prometo que no lo hará —una vez más, Victor afianzó la mano de Yuuri—. Nadie volverá a dañarnos nunca más.

Con eso, Victor, siempre siendo cuidadoso, llevó la mano de Yuuri hasta su boca y dejó un beso pequeño y delicado sobre ella. El japonés sorprendido, se encontró con el sonrojo cubriéndole hasta las orejas. Sin embargo, aquel gesto le llenó de seguridad y valentía. Era como si... estando junto a Victor, él pudiera lograrlo todo.

—¿Estás cansado? —preguntó Victor, todavía sosteniéndole la mano, al notar el sueño en las facciones del otro.

Yuuri asintió, algo atontado todavía.

—Chris dijo que debes descansar mucho —explicó, mirándole fijamente—. Te dejaré dormir ahora, ¿bien? Mañana podremos seguir hablando.

—Está bien.

—Dormiré en el sofá, ¿sí? —le avisó—. Si necesitas algo, puedes llamarme.

Despacio y con una sonrisa, Victor rompió el contacto entre sus manos. Hubo vacío, frío y una sensación de terror invadiendo a Yuuri. Pero todo eso se intensificó cuando notó a Victor levantarse y darse la vuelta para ir a la puerta.

Inconsciente, Yuuri se estiró y tomó la camisa de Victor entre sus dedos, impidiéndole alejarse de su lado.

—No... no tienes que ir al sofá —balbuceó, con la mirada baja. Se sentía muy, muy avergonzado.

—Yuuri, ya sabes que no permitiré que duermas en el sofá.

Yuuri se sonrojó.

—No-no me refiero a eso —tartamudeó, bastante sonrojado—. Tú... tú sabes, la ca-cama es muy grande. Podemos... compartirla.

A Victor le costó bastante procesar las palabras de Yuuri.

—¿De verdad? —preguntó sorprendido— ¿e-eso estaría bien para ti? No quiero que te sientas presionado, o algo así.

Yuuri negó.

—De verdad, está bien. Me-me gustaría que durmieras conmigo.

El ruso sonrió enormemente, sintiéndose por demás feliz.

—Si tú me quieres, ¡por supuesto que me encantaría dormir a tu lado!

Y sin decir más, los dos se acostaron en la cama. Mirándose el uno al otro, compartieron las cobijas y varias almohadas. Y aunque Victor respetó el espacio de Yuuri para no hacerlo sentir incómodo, sus dedos, bajo la colcha, volvieron a unirse silenciosamente.

—Buenas noches, Victor —susurró Yuuri, con el cansancio a flor de piel pero con una sonrisa dulce adornándole el rostro.

El corazón de Victor latió sin control.

—Buenas noches, Yuuri. Duerme bien.

Yuuri le sonrió a medias, quedándose dormido no después de mucho rato. Se veía tranquilo. Con las mejillas ligeramente coloradas y la boca entreabierta. Victor rió en silencio ante la imagen y acomodó un par de traviesos mechones de cabello que caían por la frente del japonés.

Estaba feliz, tanto que era indescriptible. No podía creer que Yuuri le había correspondido; y lo más importante, le había dejado amarlo.

Sin embargo, tenía miedo. Pero no de manera egoísta. Temía por Yuuri. No quería que volviera a sufrir de nuevo. Por eso, él se encargaría de cuidarlo. Lo protegería de todo peligro.

—Te lo prometo —susurró, en medio de aquella agradable oscuridad—. Prometo que haré que todos tus miedos se alejen. Te amaré cada día de mi vida y, siempre, siempre voy a cuidarte... Mi precioso Yuuri.

Tras eso, Victor besó con dulzura aquella frente. Esperando que, aunque fuera dormido, Yuuri pudiera sentir todo ese cariño que profesaba sólo para él.

【愛】

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