Hola. Lamento la tardanza, chicos. Febrero comenzó dispuesto a robarme mi tiempo para escribir, pero ¿Quién necesita dormir? Ok, no.

Gracias por su review. De verdad me gusta leer lo que piensan de la historia.

Este es un fanfic Elsanna donde no son hermanas.

Es casi un UA.

Todos los personajes son propiedad de Disney/Pixar.

7

Arendelle. Frostland. Casa de sir Kai.

Elsa había pasado los días que siguieron al inesperado pasaje de energía como envuelta en bruma. Una bruma brillante, llena de todo. Colores, aromas, sonidos y vibraciones. El poder la llevaba a caer en largas horas de sueño sin que ella se diera cuenta siquiera. No recordaba haberse recostado, por ejemplo, en aquella habitación donde despertó; tampoco recordaba haber probado bocado, pero allí sobre la cómoda se hallaba una bandeja de plata con un plato vacío y un vaso de leche a medio terminar.

Se puso de pie dejando de lado las sabanas color ámbar y comprobó su equilibrio. La energía la hacía sentirse distinta. Se preguntó de pronto, si Sir Kai era tan poderoso. Suspiró. Escuchó voces provenir de la sala y rodearla para llenar sus oídos de armónicos tonos que subían y bajaban. Cerró los ojos, detectó a tres personas allí abajo, una de ellas era Kristoff. Todo a su alrededor le pareció sobre estimulante, incluso la tenue luz que provenía de las lámparas. Quiso dar un paso, mas sus piernas fallaron. Para su suerte llegó a apoyarse rápidamente en el borde de la cómoda evitando así la caída; pero contempló espantada el producto del poder que cargaba con ella.

Hielo.

La bandeja estaba cubierta de él y la leche congelada. Sintió pánico. Hacía tiempo que había logrado controlar su magia. Aquello era… aquello era imposible. No podía perder el control. Recordó las lecciones de Grand Pabbie.

-Busca en tu interior.- cerró los ojos una vez más. Buscó la vibrante hebra de su magia en la enredada madeja de energía. La sintió y la sujetó. Se alineó a ella. Su cuerpo zumbó en armonía. Abrió los ojos, la habitación de pronto pareció menos estimulantes, las voces más lejanas, las energías ajenas no tan próximas. Dio un par de pasos con el equilibrio de su parte, solo entonces se decidió en bajar.

No fue una sorpresa encontrar a los dos mercenarios allí, aunque aún se preguntaba ¿Por qué se habían quedado?

Cuando la vieron bajar dejaron de lado el juego de cartas y Kristoff se puso de pie con una sonrisa y lo que parecía una mirada de alivio.

-¡No sabes cuánto me alegra verte al fin en pie!- le dijo. Ella asintió y dejo que él la envolviera en un abrazo, algo extraño ya que pocas veces permitía las muestras de afecto.

-Lamento haberte preocupado.- dijo ni bien se desembarazó de sus brazos.- Creo que debo hacer algo con esta energía. Quizás dársela a alguien más. Es demasiado para mi.- comentó antes de sentarse junto a la apagada chimenea.

-¿Darlo, princesa?- preguntó Fynn Rider. Naveen negó mientras juntaba las cartas.

-No creo que usted entienda lo que significa eso.- comentó. Elsa miró a los mercenarios de manera inquisitiva esperando una explicación.- Verá, no puede entregar la energía vital de apoco.- explicó.

-Tiene que entregarla por completo, y eso significa, que perdería también la suya.- agregó Rider viendo barajar a su compañero. Perder su energía, pero entonces ella no sería nada. Solo… un ser sin alma.

-No. Mejor olvidémoslo, creo que la conservare.- murmuró y Kristoff rió por lo bajo ante su rápido cambio de parecer.- pero… ¿Qué hare con ella?- cuestionó. Los dos mercenarios se encogieron de hombros.

-Tal vez solo necesitas practica.- dijo su hermano volviéndose a sentar para compartir otra mano de lo que sea estuvieran jugando.- Ya sabes… como cuando eras pequeña y Grand Pabbie te daba lecciones.- Ella lo meditó un segundo. Temía que la energía la estuviera distrayendo de su objetivo principal. Había regresado a Arendelle con la firme intención de recuperar el trono y detener al rey William. Solo que no pensó en el hecho de que no podría contar con Sir Kai. La energía no debía ser una preocupación. Claro que no, podría dominarla. Lo haría con práctica, como dijo Kristoff. La principal incógnita era ¿Qué haría ahora?

-¿Sabes que es lo malo de ser mercenario?- preguntó de pronto Naveen a nadie en particular mientras echaba una carta sobre la mesa. Ella lo miró intrigada.- Las cosas suelen ser impredecibles y nuestros jefes tienden a morirse.-

-Aunque suelen preferir las espadas y no las fiebres para hacerlo.- bromeó Rider continuando con el juego.

-La cuestión es que ya no tenemos jefe y eso nos deja sin una misión en especial.- agregó Naveen mientras Kristoff pensaba su jugada. Elsa se puso de pie.

Sin Kai el trabajo de aquellos hombres había terminado. Dioses, ellos sabían quién era ella. Pasó la mano por su cabello, observando a los hombres jugar ¿Qué harían con esa información? Venderla al mejor postor, sin duda. El simple hecho de que alguien supiera con certeza que ella seguía con vida sería una catástrofe para su plan y no quería ni pensara que sucedería si el rey o alguno de sus hombres llegaban a escuchar que estaba en la ciudad. Entonces podía darse por muerta.

-¿Ves esa mirada, Fynn?-

-Sí. Todos tienen la misma cuando esto pasa.- comentó su compañero. Elsa cayó en cuenta que ambos muchachos habían dejado de lado la partida y la observaban.

-Y solo porque uno es mercenario. Se nos acaba el contrato y ya piensan que los traicionaran. ¿Acaso a ti te divierte cortar dedos solo por qué si? ¿Apuñalar por la espalda a alguien por qué ya no nos pagaran?- cuestionó Naveen. Rider se encogió de hombros volviendo la atención a sus cartas.

-Me gusta cortar dedos.- comentó.

-Pero no lo harías solo porque se terminó tu contrato ¿Verdad?-

-No. La gente come pollo frito con los dedos.- Elsa rodó los ojos y se cruzó de brazos.

-¿A qué viene todo esto, señores?- Naveen tiró sus cartas a la mesa y se puso de pie.

-La cosa es, princesa, que tú estabas pensando que te traicionaríamos.- dijo. Ella lo miró a los ojos.

-¿Y no era eso lo que planeaban? ¿Acaso chantajearme es más efectivo?- atacó. Naveen elevó las manos como rindiéndose.

-Nada de eso, majestad. Lo que trato de decir, es que, nosotros teníamos un contrato con sir Kai. Y como él estaba muerto, supongo que es usted quien tomara el mando del asunto ¿no?- preguntó.

-Nosotros no queremos perder nuestro trabajo.- agregó Fynn Rider quien siguió jugando a las cartas con Kristoff. Ella miró a su hermano que hizo un movimiento de cabeza como diciendo; ellos tiene razón, Elsa.

-¿Cuánto tiempo les queda de contrato?- cuestionó. Naveen se encogió de hombros.

-Esmeralda es quien lleva la cuenta de eso.- dijo aproximándose al sillón que ella ocupara y dejándose caer en él.

-¿Cuantos sois?-

-Tres.- respondió Rider.

-Ella vino esta mañana. Fue quien preparó el almuerzo.- aseguró Naveen cruzando los brazos tras su cabeza.

-Es muy guapa.- murmuró Kristoff tras las cartas. Elsa se tomó el puente de la nariz y suspiró. La energía estaba causándole mareos y aquella conversación dolor de cabeza.

-Bien. ¿Qué clase de trabajo hacíais para sir Kai?-

-Éramos sus guardaespaldas.- se apuró a responder Rider. Ella pidió que extendiera la explicación con un gesto de su mano.

-Su sir Kai, mi señora, estaba implicado en grandes proyectos para traerla de nuevo. Conspiraciones que tenían como único objetivo alzarla como reina. El hombre estaba convencido, al igual que muchos en estaba ciudad, que usted vivía. Y mírese… ¡Vive! - agregó Naveen.- Nosotros lo acompañábamos a las reuniones y cerrábamos asuntos con algunos hombres que no estaban muy dispuestos a colaborar.-

-¿Asuntos?-

-Una que otra golpiza. Cortar orejas y silenciar a los que podían hablar.- afirmó Rider.

-Cosas típicas de cualquier mercenario.- aclaró Naveen antes de que ella pudiera decir algo. Vaciló.

-No estoy muy segura si es buena idea mantenerlos en sus labores.- murmuró, causando con sus palabras que el moreno se pusiera nuevamente en pie.

-Puede dejarnos ir, princesa. Pero dígame ¿a qué ha venido a la ciudad?-

-Quiero recuperar el trono de mi padre.- afirmó ella.

-¡Ambicioso!- exclamó Rider tras soltar un silbido. Naveen asintió guardando las manos en los bolsillos con un gesto pensativo.

-Si ese es su plan, mi señora, entonces le sugiero que mantenga el contrato. Conocemos a los hombres y sabemos algunas cosas. No todas, claro; pero podríamos saberlas si usted lo desease.- Elsa miró a Kristoff buscando en silencio su opinión. Su hermano había dejado las cartas y se frotaba el mentón pensativo.

-Mirándolo de ese modo…- susurró devolviéndole la mirada.

-¡Hacedlo!- dijo entonces. Naveen sonrió y volvió a sentarse para jugar a las cartas.

-Los planes siguen como hasta ahora, Fynn.- afirmó. Su amigo asintió y comenzó a juntar las cartas.- Entonces, usted, asistirá al debate de la corte mañana y nosotros revisaremos la casa, princesa.- ella vaciló.

-¿La corte? ¿Tan pronto?- cuestionó insegura. Naveen se encogió de hombros.

-No tiene que hacerlo si no quiere. Usted es la jefa. Solo lo sugería, por qué, ¿qué mejor manera de echarles un vistazo a sus enemigos?- ella asintió. Le costaba admitirlo, pero el muchacho tenía razón.

-¡Iré! Kristoff me acompañara.- sentenció. Lo mejor era ver las caras de cada uno de aquellos a los que tendría que enfrentarse de una vez por todas.

...

Barrio bajo, zona sur. Casita de Phil.

Phil le sirvió otro vaso de aquella bebida espesa color ocre que sabía tan bien. Ella apuró lo que le quedaba de guisado antes de disponerse a beber.

-Muchas gracias. El guisado a estado excelente al igual que… ¿Qué es esto exactamente?- cuestionó señalando el vaso.

-Es solo jugo de frutas.- respondió él con desinterés.

-¡Oh! Pues está delicioso.- el hombre soltó un gruñido y sacó una pequeña botella de entre sus túnicas. Anna vio como vertía el contenido color ámbar en el vaso antes de beber.

-¡Argh! Así está mejor.- exclamó antes de clavar sus ojos en ella.- y bien, princesa. Ya habéis comido y bebido ahora llego la hora de que comience a hablar antes de que mi paciencia se acabe y la eché de patitas a la calle.- le dijo recostándose en la vieja silla con el vaso en una de sus manos.

-¡Eso es inaudito! Usted no podría echarme, soy su princesa.- dijo ella indignada.

-¡Ja! Primero, usted es una princesa. No mi princesa. Y segundo, estamos en Arendelle por lo que, lamento informarle, usted no tiene derechos reales alguno aquí. Mucho menos al no ser una invitada del castillo. Así que sí, mi señora, yo podría echarla si se me place hacerlo ya que está es mi casa.- Anna tuvo el instinto de encogerse en la silla y pedir disculpas; pero no se dejó ganar. Hizo a un lado el cuenco vacío y apoyó sus manos sobre la mesa de madera, como solía hacerlo su madre. Intento también una de aquellas mirada que ella solía darle a los soldados y cuando creyó que la había logrado habló de manera tranquila y lo más neutral posible.

-Phil, usted es un servidor de mi padre, por lo tanto un servidor del pueblo. Exijo me brinde el respeto que su pueblo merece, aunque yo no me lo haya ganado aun. Y no se lo pido como la princesa, si no, como una conciudadana de su reino- dijo. El hombre dejo el vaso en la mesa, al menos parecía haber ganado su atención.- Quiere saber mis razones para venir a Arendelle, pues se las diré. Mi padre entregó a mi hermana a las manos de rey William para retrasar una guerra y yo he venido aquí para rescatarla.- Phil agarró el vaso y bebió de un trago todo su contenido, se limpió la boca con la manga de su túnica antes de ponerse de pie. Anna espero manteniendo aquella postura de firmeza.

-¡Tu padre es un tonto!- gritó el hombre al aire, caminó en círculos y luego volvió a sentarse.- Pero usted… ¡Ja! Usted, no lo hace nada mal.- Anna casi sonríe por aquel… ¿Cumplido?- Aunque lo cierto es, princesa, que puede que usted sea más tonta que él.-

-¿Discúlpeme?- Phil ahora solo vertió el contenido de la botellita en su vaso y bebió.

-Lo que escuchó. Mire, rescatar a su hermana es imposible. Ella está condenada. Déjela ir. En cuanto a la guerra…- el corazón de Anna se hizo pequeño, tan pequeño que casi sintió un hueco en su lugar.

-¡No!- fue su turno de ponerse en pie.- Mérida no está perdida. Puede que usted lo crea así, pero yo no. Y si no puede ayudarme entonces tendré que obrar por mi cuenta, pero le aseguro señor, que no me iré de esta ciudad sin mi hermana.- sentenció. Phil comenzó a frotarse la barba mientras sus ojos la estudiaban en silencio.

-¡Bien!- dijo al final.- Puede que haya un modo… pero primero lo primero. Tenemos que intentar detener la guerra.- Anna lo miró incrédula y sonrió.

-¿Eso significa que me ayudara?- cuestionó aproximándose a la mesa y apoyando sus manos en ella. Tenía una posibilidad. Phil asintió.

-Lo hare, pero lo haremos a mi modo ¿Entendió?- Anna asintió de manera energética.- ¡Muy bien! Con el asunto resuelto es mejor ir a dormir de una vez. Nos pondremos en marcha mañana a primera hora.- Phil se puso de pie y se dispuso a apagar el fuego de la precaria cocina.

Anna estaba lista. Claro que lo estaba. Esperaba la acción desde el mismísimo momento en que salió de aquella celda. Siguió a Phil hasta un pequeño recibidor en donde había un sofá maltrecho y lo escuchó refunfuñar mientras buscaba algo en un armario en iguales condiciones.

-¿Y qué haremos? ¿Iremos a la corte? Tengo entendido que Arendelle deja entrar a la gente común a los debate del consejo. Eso sería ideal para tener una primera impresión de los príncipes y podríamos…- una manta vieja le voló a la cara y ella tosió ante el polvo que desprendía.

-Nada de ir a la corte por ahora.- dijo Phil arrojándole otra manta.

-¿Por qué no?- cuestionó ella atrapándola en el aire.

-Porque lo haremos a mi modo.- afirmó él comenzando a caminar hacia las escaleras. Anna lo siguió, pero Phil la detuvo ni bien puso un pie en el primer escalón.- Nada de eso, princesa. Usted se queda aquí.- dijo señalando el recibidor.

-Pero… ¿Dónde se supone que voy a dormir?-

-Allí.- Anna miró el viejo sofá color oscuro y rió hasta que se quedó sin aire.

-¡Buena broma, Phil! Esa sí que ha sido una buena…- la cara seria del hombre regordete, quien no parecía en absoluto divertido, le indico que aquello en realidad no era una broma.- Espera… ¿¡Lo dices enserio!?- Phil rodó los ojos y siguió su camino escaleras arriba.

-Que duerma bien, princesa. ¡Oh! y si siente que algo camina cerca suyo no se preocupe solo son las ratas.- dijo despreocupadamente. Anna se paró muy derecha y apretó las mantas contra ella.

-¿¡Ra… ratas!?- Cuestionó espantada.

-Sí. Son inofensivas puede golpearlas con el atizador de la chimenea y se marcharan.- comentó antes de perderse al final de las escaleras.

Anna miró el sillón, caminó hasta él resignada y dejo las mantas encima. Aquello no era lo esperaba pero al menos no se encontraba dentro de una celda y apunto de dormir sobre un montón de paja putrefacta. Suspiró y sonrió con optimismo.

-Solo bromea, Anna. No debe haber ratas aquí.- Trató de convencerse; pero al comenzar a desplegar las mantas escuchó el sonido de algo moviéndose debajo del viejo sofá. -¡Phil! ¡Phil!- llamó a hombre antes de correr para tomar el atizador y levantarlo en alto.

Aquella sería una larga noche.

...

Castillo de Arendelle.

La despertaron a mitad de la noche. El fuego crepitaba suave, casi extinto cuando se incorporó para encontrarse a una de sus criadas al borde de la cama.

-Alteza, ha ocurrido algo y se requiere su presencia en el salón del trono.- murmuró la joven. Mérida se quitó las sabanas de encima antes de ponerse de pie.

-¿Qué hora es?- cuestionó somnolienta.

-Las tres.- le informó la muchacha al tiempo que la embutía en una larga bata color oscuro. Ella se dejó hacer, pero entonces oyó las campanadas sonando una y otra vez, haciéndose más fuerte en cada golpe. Se puso alerta.

-¿¡Qué fue lo que ocurrió!?- preguntó con urgencia, la criada respondió bajando la cabeza y negando suavemente.

Mérida salió de la habitación a la carrera tratando de recordar en qué dirección se encontraba el salón del trono. En los pasillos el caos la envolvió. Sacerdotes, doncellas, pajes y soldados iban de un lugar a otro sin detenerse. Las luces de los pasillos habían sido encendidas en su totalidad. Dobló a la derecha tras chocar con un soldado y se felicitó en silencio cuando divisó ante sí la escalera que bajaba formando un espiral. Era una escalera de servicio, pero había aprendido que ese era el camino más rápido para llegar a su destino. Bajó las escaleras agitada, esperaba lo peor.

Guerra.

La palabra se hizo fuerte en su cabeza ante cada peldaño que dejaba atrás. Bien sabía que su padre era capaz, en un arranque de locura, de enviar al grueso de su ejército para atacar la ciudad. Si aquello había sucedido. Estaba condenada.

Vaciló pensando en su posible ejecución mientras atravesaba el pasillo, pero se detuvo para recuperar la compostura. La puerta del salón del salón estaba cerrada, sin guardias apostados a los lados, podía eso ser eso una señal… o una trampa. Tomó aire. Como sea que fuese, no se permitiría sentir miedo. No esa noche. No por las acciones de su padre. Sintió como su cabello se volvía de un rojo intenso y brillante. Una llama flameante dispuesta a moriría de pie, si tenía que hacerlo. Abrió las puertas y entró al salón del trono con la frente en alto esperando verse al instante rodeada de soldados.

Mérida se quedó estupefacta. En la gran habitación se encontró con un sacerdote que, en una inspección rápida, le pareció algo viejo y asustadizo. A su lado se hallaba un joven alto de hombros anchos, porte gallardo y mirada amable. Su cabello negro y sus ojos verdes hacían juego con la nariz recta y elegante. Mérida supo de inmediato de quien se trataba.

-¡Arthur!- dijo sorprendida. El sacerdote carraspeo al escucharla y pudo notar una mirada de desaprobación en los grises ojos del anciano. El príncipe solo hizo una reverencia cortés antes de hablar con una voz profunda que lleno el vacío salón.

-Mi señora, es inaudito que la molestemos a estas horas; pero debo informarle que mi padre, el rey, ha muerto.- su tono solemne la hizo dudar de su propia reacción. El rey William había muerto; pero entonces… Su mente hizo conjeturas rápidas; mas no las dejo entrever, en cambio, adquiriendo un tono que intento ser de pesar dijo.

-Lo lamento mucho su perdida… majestad.- acompañó sus palabras con un reverencia que indicaba obediencia.

-Soy yo quien lamenta que la muerte no tenga horarios como la gente decente y que debamos vernos por primera vez en estas condiciones.- Arthur abrió los brazos dejando ver su propia bata del mismo color que la Mérida. Ella lo miró confundida ¿Acaso estaba bromeando en un momento como ese? Se preguntó. No llego a salir de su asombro cuando el sacerdote volvió a carraspear.

-¿Podemos comenzar ahora, majestad?- cuestionó con una voz rasposa. Arthur asintió.

-Por supuesto, monseñor.- dijo antes de extender una mano hacia ella.- También lamento que nuestra boda deba darse en estas circunstancias. Me han dicho que trabajó usted mucho en los preparativos; pero no pude aludir a los consejeros de celebrarla otro día.- hizo una pausa y esbozo una sonrisilla.- Ahora si pudiera tomar mi mano, alteza, la invitaría a que de manera amable contraiga matrimonio conmigo.- el cabello de Mérida tuvo que haber cambiado de color por aquella propuesta, tan… no sabía que adjetivo ponerle, lo único que supo fue que Arthur rió por lo bajo.- ¡Así que es verdad lo de sus cabellos! Ya pensaba que eran puros inventos.- murmuró. Mérida tomó su mano extendida sintiendo una mezcla de confusión y ¿curiosidad? Su pulso tembló.

-Mi energía vital se manifiesta de manera algo extraña; pero ya ve usted que es verdad lo que sea que haya escuchado.- dijo contralando su carácter y volviendo su cabello al pelirrojo característico. Él sonrió y sus ojos verdes brillaron de manera inesperada, luego volvió la vista al monseñor que parecía estar a punto de caer dormido.

-Ya puede usted proseguir, monseñor. Cáseme de una vez por todas con ésta… interesante mujer.-