Capítulo 7: Dejando el nido

Éramos nosotros tres ahora, sin manada, ni hogar, y sin un camino fijo. Solo viajando y protegiéndonos entre nosotros, sobre todo yo a ellos. Nuestro viaje nos ha enseñado muchas cosas, especialmente el permanecer juntos. Ahora éramos una familia y no iba a dejar que alguien les hiciera daño. A Tuiz lo veo como un hermano menor; aunque a veces discutamos, siempre terminamos riendo como dos grandes e inseparables amigos.

Ambos han olvidado lo que ocurrió días atrás, pero yo no. El rencor y la debilidad presentes en mí, me hacen recordar ese momento a cada instante; es por eso que cada día, sin que ellos lo noten, entreno para poder enfrentar a mi hermano una vez más, y así poder lograr que comprenda.

Akhela ha progresado mucho, ya no es necesario que la lleve sobre mi lomo, aun así lo sigo haciendo. Tuiz parece estar mucho mejor, aunque a veces recuerde la muerte de su hermano, sigue adelante -ojalá yo fuera así-. Todavía recuerdo el día que nos fuimos…

—T, ¿cuánto más hay que caminar? ¬—Preguntó él cansado mientras miraba al suelo. Se veía débil y sus lágrimas caían desde el día anterior.

―No lo sé. Probablemente tengamos que seguir así por varios meses. ―Le respondí, sin siquiera mirarlo a la cara. Solamente me fijaba en el camino, no quería hablar.

―¿Podemos regresar a casa? ―dijo, casi sin poder continuar. La pregunta me había molestado, creía que había entendido. Tal vez él aún era muy joven para comprender la situación, pero debía entender que no podíamos dar marcha atrás.

―¡¿Qué no lo entiendes?! ¡Ya no podemos regresar! Ya… no. ―Ahora era yo el devastado, era imposible pensar ahora, por lo que sólo lo miré―. Deberíamos descansar, ¿no crees? ―dije, intentando esbozar una sonrisa, lo único que él pudo hacer fue sonreír. Caminamos un momento más hasta que pudimos encontrar una cueva. Bajé a Akhela y me recosté al lado de ella, mientras veía a Tuiz algo más alejado. Solté un suspiro, me sentía culpable pero… el pasado no se puede cambiar…―. ¿Por qué no descansas con nosotros? La tormenta empezará, y sería genial que no te congelaras. ―…Aun así, los errores del pasado pueden corregirse en el presente.

Tuiz sonrió y corrió directamente hacia mí, pude por primera vez sentir algo que no había sentido antes, un calor de hermano.

Con el pasar de los días, le enseñé a Tuiz a cazar, y él se divertía. Después las prácticas se convirtieron en juegos, y finalmente Akhela se unió. Cada noche, dormíamos juntos, y por el día seguíamos nuestro camino. En nuestro viaje conocimos a otras manadas y, por supuesto, a otros cachorros; Tuiz y Akhela se divertían con ellos, y aunque continuáramos con nuestro viaje, ellos siempre los recordarían.

Mientras viajábamos, casi todos parecían reconocernos, lo más probable es que sabían quiénes éramos y lo que nos había ocurrido. Nos trataban como héroes, aunque yo no lo viera así. Algunos de esos leones eran líderes de otras manadas, manadas que mi padre conoció en su pasado, por lo que nos quedábamos por un corto tiempo, el suficiente para comes algo y descansar, y después continuábamos con nuestro viaje; ellos ni siquiera nos lo impedían.

Pero el viaje no fue tal placentero como se veía. Hubo momentos de extremo peligro, normalmente por leopardos, otras veces por leones nómadas, pero siempre lográbamos salir con vida. Aunque yo siempre terminaba cansado y con algunas heridas menores. En uno de esos ataques, lograron herir a Tuiz. Dejándolo en una cueva con Akhela, salí mientras buscaba algo para poder evitar que su herida empeorara. Aunque logré hallar plantas medicinales cerca, cuando llegué a la cueva, un extraño babuino había logrado curar a Tuiz.

Después de presentarnos, descubrimos que ese babuino se llamaba Rafiki, aunque algo extraño parecía saber todo sobre nosotros, y algo más de mí que yo no conocía. Y antes de irse, me dijo algo que me dejo confundido y anonadado.

―Ve con calma y no tengas miedo ―dijo asombrándome al instante―. El valor está en ti. Si lo descubres… te dará fuerza. Y recuerda, confía en tu corazón.

Desapareció después de eso. Tuiz se mejoró y continuamos caminando, pero ahora ya no prestaba atención, ese simio me había dejado con muchas preguntas. Sin saber a dónde nos dirigíamos, llegamos a un desierto. Caminamos sin rumbo por ese desierto por tres días, hasta que pude divisar una extraña roca cerca.

―T. Ya… no puedo… más ―dijo Tuiz cayendo rendido. Corría hacia él preocupado, pero logré tranquilizarme al saber que sólo estaba cansado. Coloqué a Tuiz en mi lomo y después tomé a Akhela.

Seguí caminando, pero la nueva carga me lo hacía más difícil, caminé por dos horas más, hasta que por fin pude ver la sabana de nuevo. Pero, justo cuando llegué, caí completamente rendido y cansado. Al fondo, divisé dos sombras, antes de caer inconsciente. Ahora era cuestión del destino.