¡Hola!

¿Cómo andan? Yo, por mi parte, algo triste, porque reprobé unos exámenes así que tal vez es probable que esté capítulo no fuese el mejor. (Lloré como una condenada.)

En serio, me cuesta bastante narrar en pasado, de hecho, estoy acostumbrada narrar en tercera persona con tiempo presente. Pero como intenté seguir el estilo de la saga, me propuse como desafío hacerlo. Espero que les esté siendo de su agrado.

En cuanto al fic, ¡no desesperen! El romance entre Minho y Gin es algo lento, creo que lo han notado. Es que yo lo planteé así desde un primer momento, teniendo en cuenta la personalidad de Minho no creo que de buenas a primera se lance a los brazos de una chica, al menos que sea bonita y no la considera algo extraño como Gin, pero tendrá lo suyo ya lo verán. No veo la hora que conozcan a un personaje que inventé y cuyas escenas tengo adelantadas en la computadora ¡Me hace reír tanto!

También quería comentarles que como tengo más horas libres estoy terminando de escribir un AU. Es una historia de mi invención que adapté a los personajes de The Maze Runner, así que pronto la subiré y espero tener su apoyo y opiniones. Por el momento, les diré que se centrará en Minho, Newt y Thomas.

En fin, muchas gracias por el apoyo. Estuve revisando algunos dedazos y cosas de la narración de los capítulos anteriores; pero de seguro tengo más, así que si encuentran en este capítulo ( que de seguro hay) y en los demás, les agradecería que me envíen un mensaje privado así lo corrijo y todo queda medianamente legible.

Desde ya, un saludo enorme.


El Fic está basado en la saga "The Maze Runner" , escrita por James Dashner. Los personajes son de su invención. A excepción de aquellos que no han parecido a lo largo de la saga.


Parte II: El corazón de un Crank


Capítulo

8

Ginevra

Las manos pálidas y huesudas de Ben se cerraron entorno a los hombros de Gin, que intentó calmarlo infructuosamente. Ben estaba abrumado por la ira y no le apetecía escucharla. Probó arrullarlo con palabras dulces y altisonantes y, al insistir, pareció funcionar porque entró en razón y, sorprendido, la observó con aturdimiento. De inmediato él retrocedió para que una franja de luz lo cobijara. No había cambiado en absoluto desde la ultima vez que lo había visto. Todavía llevaba la ropa andrajosa y su piel sudada, herida y verdosa continuaba con aquel matiz similar a moho y cemento.

—Tú…no.. eres… Minho —habló de manera forzada—. ¿Quién eres tú?

Gin inhaló profundamente.

—Soy tu compañera de destierro —profirió y por algún motivo se sintió idiota al hacerlo, mas aún cuando constató que Minho estaba apoyado de costado sobre la puerta y observaba la situación por la mirilla.

—No puede ser —susurró Ben y aumentó el tono de su voz—. ¡No, no! ¡Me estoy volviendo loco! ¡Tú no eres real!

Gin se pegó aún más a la puerta sacudida por el horror cuando Minho desde el otro lado decidió intervenir. Su intervención provocó que Ben se empotró contra la ventana a la velocidad de una flecha y se aferró al metal de la verja, tambaleando los barrotes por la fuerza que empleaba con sus manos.

—Minho, por favor, ¡ayúdame!

Él sacudió la cabeza.

—Perdona, viejo —contestó—. Pero la has cagado.

Ben entró en pánico. Al escucharlo, sollozó, se deslizó por la puerta y cayó de rodillas. A Gin le sobrevinieron unas tremendas ganas de echarse a llorar también. No tenia idea de qué hacer con Ben ni cómo actuar frente a él. Buscó ayuda en Minho y lo vio marcharse a paso rápido por la espesura del bosque. Con lágrimas bajo las pestañas, Gin se alejó y dejó caer su cuerpo en una esquina de la oscuridad. No había más que una silla centrada, vieja y de patas corta en la habitación y el frío de las sombras amortiguaba el calor que desde la mirilla entraba.

—¿Cómo sabes mi nombre?

La voz afligida y pastosa de Ben la tomó por sorpresa.

—Me lo han dicho —balbuceó Gin.

—¿Y tú como te llamas?

Ella le dijo su nombre.

—¿Por qué estás aquí? —

La sensatez de Ben era casi ilusa en él. Consciente de que no podía contarle de que era un Crank, Gin empezó a barajar qué decir. No se atrevía a arriesgarse a tanto. La simple mención de lo desconocida podía tornarlo más confundido y nervioso de lo que ya estaba.

—Porque la he cagado igual que tú.

De repente, Ben comenzó a mecerse.

—Lo atacaste, ¿cierto?

Se refería a Thomas. Gin lo sabía, sin embargo era incapaz de pronunciar su nombre a temor de que la simple alusión a él pudiese despertar una reacción iracunda, que terminaría como consecuencia sobre ella. Por tal decidió responder vanamente:

—No, Ben. Simplemente, no pertenezco aquí.

El chico emitió un quejido, pero luego prolongó el silencio. Gin se lo agradeció porque, por primera vez, dejó salir el nudo atorado en su garganta y se permitió llorar a escondidas.


Lo primero que recordó fue un dolor punzante atravesando su brazo.

—¿Qué estás haciendo?

La voz barítona recorrió la oscuridad y un tirón sacudió su mano. El sonido de algo metálico repiqueteó en algún espacio sólido y el recuerdo se esclareció. Vio que su brazo estaba sangrando, y que un bisturí descansaba al borde de sus pies descalzos sobre un piso impoluto y de mármol, salpicados de algunas gotas de sangre.

—Intento no olvidarme de las cosas.

El dueño de la voz era un chico. Gin sólo podía ver su perfil anguloso y el cabello negro y enmarañado tapándole el rostro, pero cuando le envolvió el brazo lastimado con una toalla, se percató de había sido agraciado por rasgos fuertes y viriles.

—Eres consciente de que lo estás haciendo no tiene sentido, ¿verdad? —soltó el muchacho iracundo—. Papá ha estado de acuerdo con esto desde que comenzó, ¿por qué te niegas ahora a hacerlo?

Algo se agitó en el pecho de Gin.

—¡Mamá está muerta! —gritó, apartándose de él—. ¡Ella es un maldito Crank ahora! ¿Qué no entiendes?. Se sacrificó por nosotros. Papá, él... está demente igual que todos ellos.

El chico alzó la vista hacia ella.

—Ellos quieren salvarnos —dijo.

—¿Salvar a quién? —repitió—. Dios, Blas, ¡vamos a morir! ¡Todo se ha ido al diablo! ¿Qué es lo que no entiendes?

—Tú no morirás —respondió Blas—. Estoy seguro.

Ella dejó escapar un gemido cargado de angustia.

—¡Deja de decir eso!

—Sabes que ellos hacen esto por el bien de todos —intervino el muchacho.

Gin resopló. Estaba hecha una furia. Con un movimiento brusco, tiró la toalla con su sangre al piso y se paró frente a su hermano. Blas no se alejó de ella, de hecho, se mostró casi impasible. Casi porque Gin notó una ligera vacilación sacudir su boca y asomarse por su mirada.

—Te han lavado por completo el cerebro —concluyó con resentimiento.

Él sonrió.

—¿Estás segura? —respondió—. Tú siempre has estado de acuerdo con esto. Sólo actúas así porque sabes que él va...

—No si yo lo evito.

Una expresión aturdida asaltó al muchacho.

—¿De qué estas hablando? —le dijo.

Ella sonrió con cierto cinismo. Extendió el brazo y le mostró su herida a carne viva. La sangre viscosa que se deslizaba como vino tinto, formando una A sobre su piel, pareció horrorizarlo.

—Mañana lo olvidarás todo —espetó Blas—. Incluso te olvidaras de mí y eso que sientes ahora, la frustración que tienes, ya no va estar. Ni siquiera recordarás que somos hermanos.

—Por supuesto —concedió—. Cuando nos coloquen los Neutralizadores, seguramente no me importe que te maten. Pero no pierdo las esperanza de que al menos una parte de mí se aferre al pasado.

—¿Por qué quieres recodar? —cuestionó—. Los recuerdos sólo te van a lastimar. Es mejor cuando no sientes nada. Así todo será más fácil.

—¡No quiero olvidarte! ¡No quiero olvidar quién soy! ¡No quiero olvidar mi historia!

—¿Qué historia? —repuso indignado—. No tenemos una maldita historia.

—Claro que sí. Nuestra infancia, nuestros amigos, nuestra familia...

Blas se rió con ironía.

—¿A lo qué pasamos les llamas infancia? —preguntó—. Escuchá, es lo mejor. Es lo mejor para los dos olvidarlo todo. Olvidar a mamá, a papá, a nuestros amigos. ¡Todo! Creo que ya te has dado cuenta que recordar no es bueno ¿Has visto el exterior? ¿Acaso has asomado la cabeza? ¡El mundo es una mierda y al menos olvidarlo será algo bueno para ambos!

El efecto de sus palabras dejó boquiabierta a Gin. Antes de que pueda responderle, un torbellino de imágenes discordante volvió cernirse sobre ella. Y en el medio de la oscuridad, la vorágine y la confusión, como un eco lejano y distorsionado, al igual que una voz repercutiendo en el interior de un abovedado recipiente metálico, escuchó una frase que le heló la sangre. «No hay salida».


Cuando Gin despertó, descubrió que había estado llorando. Con las mejillas irritadas, sentía como si varias púas estuviesen incrustadas en su nuca supurando veneno y recuerdos morbosos. Se restregó los ojos y paseó la mirada por la habitación, ahora sumergida en penumbras. Sólo un débil haz de luz le permitió hallar a Ben acurrucado en una esquina y por la forma compasada en que respiraba y la quietud de su cuerpo, demacrado y sudado, supuso que también se había dormido.

Se levantó del suelo y al hacerlo, sus rodillas se tocaron por el movimiento. Oyó un siseo y el rostro de Chuck apareció al otro lado de la ventana enrejada. Cuando ella lo miró, el niño la saludó. Gin sonrió débilmente y echó otro vistazo hacía donde estaba Ben, asegurándose de que aún permanecía dormido. Lo último que quería es que vuelve a empotrarse contra la puerta y ahuyente a Chuck.

Se encaminó hacia la puerta.

—¿Qué haces aquí? —murmuró, asomando los ojos por la mirilla.

El niño frunció el ceño. Estaba parado sobre una roca que le atribuía la altura, que su corta edad no le concedía.

—Nos hemos enterado —dijo—. Ya le hemos dicho a Alby que nos parecía estúpido. Incluso Thomas te defendió. ¡Tenias que haberlo visto! Sino fuera por Newt, estoy segura que Alby le hubiese roto la cara.

—Cierra la boca.

Thomas apareció detrás de Chuck. Gin aún podía recordar la conversación tensa que habían entablado la noche anterior y lo distante que se había comportado con ella, sin embargo en cuanto el muchacho esbozó algo similar a una sonrisa el sentimiento inquietante que la había embargado se distinguió.

—En fin —dijo Chuck mientras hurgaba entre sus bolsillos y sacaba un envoltorio blanco y abultado—. Te he traído un emparedado. Sarten lo hizo para ti. Creo que le agradas o quizá te tenga lástima, ya sabes. De cualquier modo, tomá.

Chuck metió la mano por uno de los espacios de la verja oxidada, pero Gin sintió el subidón de una arcada en su garganta y lo rechazó con las manos.

—No tengo hambre.

—¡Pero tienes que comer!

—No quiero —replicó Gin—. En serio, gracias.

El niño hizo una mueca compungida y entonces Gin se dio cuenta de lo mucho que lo valoraba. Quizá había llegado hace un día, o tal vez dos, pero desde luego, Chuck le había arrebatado un pedazo de su corazón.

—¿A qué se debe esa cara larga? —lo animó Gin—. Creí que te divertían estas cosas. Ya sabes los Destierros y eso...

—Sí, lo hace, es decir... —balbuceó—. ¡Dejá de ser divertido cuando se tratan de mis amigos!

Ella sonrió entristecida.

—Estaré bien —mintió—. Lo juro.

—Eso es lo que dicen todos —contestó Chuck—. Es el consuelo antes de la muerte decir que estás bien o que todo va estar bien.

—¿Así lo llamas? —le preguntó Gin riendo—. Eres muy ingenioso, Chuck.

El niño sacudió el hombro y un brillo especial refulgió en sus ojos.

—¿Recuerdas tu mamá?

Gin asintió con la cabeza, aturullada por el rotundo giro en la conversación, y sin saber muy bien adónde quería llegar.

—Sí, tengo una vaga imagen de ella —suspiró—. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Tú también me crees rara?

—¡Claro que no! Sólo pienso que tienes suerte —dijo—. En serio.

Entonces Gin entendió lo que Chuck quería decirle. Había vivido tantas emociones desde que llegó al Área que nunca se había puesto a pensar en cómo se sentirían los demás con respecto a su amnesia. Si bien comprendía una parte de ello, pues había llegado igual de desorientada y asustada que el resto, el hecho de que haya podido recodar al menos vagas cosas de su vida anterior la hacían sentir real. Recordar a su madre la había dado una sensación de paz, una sensación cálida y agradable, una sensación de seguridad que otros habitantes no eran capaz de experimentar. Tener recuerdos significaba que en algún momento había sido una chica normal y corriente. Supuso que para Chuck, con tan sólo tenia diez años, era mucho más difícil de ignorar el vacío de estar solo y abandonado a una terrible suerte. Necesitaba el amor de una madre, la compresión de un padre, el lazo de unión de una familia. Y no tenía absolutamente nada...

—Préstame atención, Chuck —dijo Gin—. Tienes que llamar a Minho. Dile que venga, necesito hablar con él.

Chuck arqueó las cejas y la miró como si le hubiese pedido que lo destierren junto con ella.

—¿Minho? —repitió incrédulo y desvío la vista hacia Thomas, que estaba igual de extrañado y confundido que él—. ¿Por qué tienes que hablar con él?

—Tú solo ve. Y hazlo rápido.

Chuck titubeó.

—Pero... él...

—¡Chuck! —rugió Gin—. Confía en mí.

Chuck suspiró, guardó el emparedado envuelto en uno de sus bolsillos y se sacudió el cabello. Después, dio un brinco y bajó de un salto al suelo.

—De acuerdo —escuchó decirle—. Pero si me da rabieta será tu culpa.

—Podré morir con la culpa —bromeó—. ¡Apresúrate!

Thomas se asomó por la ventana.

—¿Qué es lo que tienes planeado hacer? —preguntó.

Gin, que había estado aferrándose a los hierros, se echó hacia atrás para comprobar que Chuck se alejaba en busca de Minho.

—Necesito hablar con él.

—Ya —exclamó Thomas y luego de una pausa, continuó:—. Siento cómo te he tratado anoche. Yo realmente... No sé, sólo perdona.

—No hay nada que disculpar —dijo Gin—. A decir verdad, yo también lo siento. No tenia que habértelo dicho. Es lógico que te hayas asustado.

—Yo no me asusté —se excusó Thomas—. Simplemente me tomó por sorpresa.

—Está bien. Lo entiendo —dijo Gin, aunque seguía creyendo que se había asustado. Thomas asintió con la cabeza. —Oye —volvió hablar Gin—. Prométeme que cuidarás de Chuck. Prométeme que no permitirás que nada le pase.

El chico levantó una ceja, repleta de escepticismo.

—¿Por qué me dices eso? —inquirió—. ¿Qué es exactamente lo qué sabes?

Gin no pudo responder. En ese momento, Ben se abalanzó contra la puerta y de un empujón, la tiró al suelo. Un calor lacerante se deslizó por su espalda como un salpullido y una mueca de dolor atravesó su rostro tan pronto impactó contra el cemento.

—¡Tú! —gimió Ben—. ¡Tú tienes la culpa!

Mareada, Gin se incorporó sobre un codo. Escuchó un golpe fuerte, seguido por un ruido chirriante, y entre el griterío, reconoció la voz de Minho. Alzó la cabeza y lo vislumbró a Ben, intentando tranquilizarlo. Una de sus manos se apretaba al cuello mientras que con la otra buscaba atarle las muñecas. Newt que estaba detrás, se acercó a ella.

—¿Te encuentras bien, Novata? —le dijo, brindándole una mano para levantarse.

Ella la aceptó.

—No

—Bien —musitó Newt—. Eso ha sido claro.

Gin sacudió el hombro y se encaminó hacia a Minho, quien había logrado maniatar a Ben con un férreo nudo.

—Tengo que hablar contigo.

Ben no dejaba de gritar y retorcerse.

—No se si lo has notado, pero estoy algo ocupado.

—Es importante. Necesito hablar contigo —volvió a insistir Gin.

—De acuerdo —contestó con sequedad—. Te escucho.

—Tiene que ser a solas.

Newt le lanzó una mirada significativa y Gin fingió no verla. Minho, todavía luchando contra Ben, entrecerró los ojos y la estudió con la mirada. Luego de una pausa, se dirigió a Newt con resignación.

—Encárgate de él. Haré esto rápido —ordenó—. De cualquier forma, ya es hora.

El estómago de Gin dio un vuelco. Minho se puso de pie y la tomó por el brazo, arrastrándola hacia una esquina de la habitación lo suficientemente lejos de Newt, que estaba inmovilizando a Ben.

—Estirá los brazos.

Gin obedeció y un dolor atroz quemó sus muñecas cuando Minho la sujetó con una soga. Su corazón se detuvo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Jamás se imaginó cómo sería el momento previo a su muerte, pero ahora que lo vivía, supo que era una sensación desoladora, un vacío en el corazón, un ahueco en el alma, que le hacía experimentar un augurio de tristeza y soledad.

Con el rabillo del ojo, logró ver a Thomas junto a Chuck, quién había llamado a Minho, escondidos entre los matorrales. El niño observa todo con curiosidad y cierto terror mientras que Thomas, pálido del miedo, tiraba de la manga de él, obligándolo a marcharse.

—¿Y? —gruñó Minho—. ¿Qué garlopa tienes que decirme?

—Minho, hay algo que tienes que saber.

—Ve al grano, Novata.

—Tienes que creerme. Lo vi. Lo juro. Estaba junto a mi hermano, en una sala llena de máquinas y una mujer nos decía que el Laberinto no tenía salida. Que no hay forma de escapar, que no había salida, que...

Gin se detuvo. La expresión de Minho era extraña. Esperaba más terquedad de su parte, que no le creyera, que le gritara, que le diga que estaba loca hubiese sido lo más razonable en él. Pero no dijo nada. Ni siquiera habló o la interrumpió. La miró directo a los ojos en un completo silencio. En su rostro, no había ni una gota de asombro o abatimiento y Gin advirtió la razón.

—Lo sabes —concluyó—. Tú lo sabes.

Minho apartó la mirada de ella.

—¿Eso era todo lo qué tenias que decir?

—¿Cómo puedas actuar como si nada te importará? —soltó Gin—. ¿Por qué no se lo has dicho a los demás? Ellos creen en ti.

Minho se echó hacía atrás y le sostuvo su expresión acusatoria, una mezcla de indignación y asombro.

—Por el mismo motivo por el cual tú me has pedido que hablemos a solas —dijo—. ¿Por qué lo has hecho?

Gin sabía a lo que Minho se refería, ella también lo había pensado. Decir algo así, de tal calibre, era absurdo. Lo único que mantenía la cordura y unía a los Habitantes en el Área era la esperanza de salir de allí, por más que eso significaba seguir con ciertas nombras y sortear la muerte.

—Los enloquecerías, ¿verdad? —siguió secamente Minho y, después, rió con amargura—. Entonces, ¿quién es el hipócrita? ¿Tú o yo?—añadió y, sin decir más, sin aguardar alguna respuesta por parte de ella, se fue junto a Newt.

Ahora, para Gin, sólo quedaba esperar la muerte.


Okey. No ha sido un buen final, pero tenia que cortarlo porque iba a ser muy largo.

Gracias por leer.

Perdón por los dedazos y faltas de ortografía.

Un beso grande.

Gaba.