"Hija de la Tempestad"


Cap. 07: Caminos y opciones.


Tempest nunca se habría podido imaginar que el miedo pudiera doler. A nivel físico en realidad.

Jamás se hubiera planteado ni en lo más recóndito de su entendimiento el hecho de que su solo miedo le estuviera dando dolor de cabeza, indigestión, tiritonas y propiciase que, a ratos, le sangrara la nariz a gotas como un reguero interminable que parecía protestarle a la mente todo aquel malestar recibido.

Estaba sentada hecha un flan, temblorosa, sudada y hacía un rato se había puesto a llorar a gritos como una niña pequeña que ha recibido un severo castigo o una azotaina inmerecida.

Estaba sentada sobre un montón de rocas volcánicas y de cenizas y aún sentía los pies y el culo calientes de haber estado tanto tiempo reposando encima de aquello. Sujetaba su ligera katana akaviri con la diestra, tal y como le habían enseñado a hacer, y el pulso tembloroso provocaba que la hoja diera ligeros golpecitos contra el suelo produciendo un sonido irregular, como cuando los dientes castañean.

Tempest se limpió las lágrimas con una manga sucia de hollín y se manchó el rostro congestionado de muñeca con una fina capa de polvillo gris. Sorbió por la nariz.

"Vuela, vuela… ¡por el cielo va!
Aquel que surca las montañas, el feroz Asolador de Acantilados, siempre en el camino está.
Vuela..."

- Vuela pajarito, vuela... – musitó la chica no queriendo continuar la canción y llevándose los nudillos a los ojos para restregárselos ferozmente ya que le picaban.

Aquello no tenía sentido, montar aquel pollo y tanto drama ahora mismo y sola como estaba carecía por completo de sentido. Su berrinche se hallaba totalmente fuera de lógica alguna y lo más sensato sería levantarse de allí, sacudirse el polvo y empezar a caminar inmediatamente o se helaría de frío en aquel bosque nevado a varios grados bajo cero y con el sol ocultándose paulatinamente tras las montañas.

Sabía que debía hacerlo, sí, pero en aquel momento... se encontraba tan mal y tan asustada que no se veía con ánimo de dirigirse siquiera hacia el camino y esperar que, con suerte, un jinete de la Legión Imperial pasase por allí para pedirle si por favor sería tan amable de llevarla al menos hasta Bruma.

Porque se sentía sola, horriblemente sola.

Se sentía como una niña perdida en medio de aquel maremágnum que tenía atrapada su mente y paralizaba su cuerpo.

El Oblivion, otra vez...

¿Por qué había tenido que ser así?, ¿por qué había tenido que ir ella? Su instrucción aún no estaba completa ni de lejos y estaba segura de que muchos de sus Hermanos Cuchillas estaban infinitamente mejor entrenados en esgrima y ocultación para abordar el otro lado del espejo, las llanuras de fuego, el odioso útero viviente donde demoníacos y espantosos embriones deambulaban, listos para lanzarse sobre la garganta de todo aquello que no perteneciera a su Dimensión.

Pero aquella vez... aquella vez en Kvatch había sellado su suerte: ella sabía cómo era el Otro Plano, ella sabía hacia dónde ir para cerrar la Puerta Dimensional, ella sabía el qué coger, cómo burlar a los guardias... con su experiencia, ella era la más indicada para hacer este trabajo.

Había explicado que era mejor hacerlo sola, sí, pero sus palabras no se habían correspondido con sus sentimientos ya que hubiera preferido mil veces ir acompañada, tener alguien a quien hablar, tomar de la mano, un soporte que luchara a su lado por si los descubrían o las cosas se ponían feas.

Sin embargo, se había vuelto a adentrar en aquel Infierno sola, más muerta que viva y con la bendita capa de Eidon refugiándola de ojos enemigos.

Se consoló pensando que, con aquella capa, una parte de Eidon seguía con ella, interponiéndose entre el enemigo y ella, protegiéndola como había hecho aquella noche en que los dioses se lo llevaron de su lado.

- Oh, Eidon... - susurró, dejando que sus palabras se las llevara el viento – Yo tampoco quisiera sonar desagradecida... me salvaste, diste tu vida por la mía. Una vida que ha dejado atrás una familia preguntándose dónde te habrás metido a cambio de la de una huérfana metepatas. Te debo mi vida... dioses, y no quiero perderla por nada del mundo, no, no quiero...

Había atravesado una vez más las barreras del mundo mortal sintiéndose morir, sintiendo cómo una pequeña parte en su interior se apagaba como la llama de una vela. El Otro Plano se llevaba algo de ella, lo arrancaba literalmente de su corazón.

Y eso que se llevaba tenía un nombre.

La esperanza.

Sonaba ridículo, sí, tal vez solo fuera su miedo, tal vez su incapacidad de responsabilizarse de la tarea que se le había encomendado. Pero... en la nada, en la Eternidad del abismo de fuego había perdido súbitamente toda esperanza... y no la había recuperado aún pese a haber salido ilesa de la hazaña.

Alzó ante sus ojos el trofeo de su victoria, la Piedra Sigil que sujetaba este segundo Portón invasor. Igual que la anterior, el mismo calor irradiando, el mismo escozor repartido por todo el cuerpo cuando la había extraído del pilar ígneo.

Pero no el mismo zumbido.

Tempest lo sabía, podía apreciar que la nota de este nuevo zumbido era más aguda... apenas una ligera diferencia en realidad, pero eso le hizo comprender que no todas ellas eran iguales, que su magia era distinta, que cada nueva entrada al Oblivion cambiaba.

Un buen estratega jamás osaría caer en los mismos errores, y Tempest luchaba contra fuerzas daédricas, contra un Príncipe amante de las catástrofes y de la guerra.

Ciertamente, el enemigo no podía estar más en su salsa.

Juntando su orgullo y lo poquísimo que le quedaba de valor, la joven imperial se levantó de donde estaba, se sacudió el polvo, plantó los pies con firmeza y dirigió sus pasos por la hierba húmeda del bosque hacia el Templo del Soberano de las Nubes. Al menos allí tenía un hogar y Martin estaría esperándola para la hora de cenar.

Además, el cielo parecía anunciar tormenta, y no tenía ganas de calarse entera y pescar un resfriado. Le molestaba estar enferma, lo pasaba mal y no servía para nada útil. Era un estado de debilidad que prefería evitar a toda costa.

Aquella noche, en buena compañía y rodeada de los muros de piedra protectores del templo, no habló, apenas comió y le resultó prácticamente imposible conciliar el sueño con el alma encogida y la mente inquieta.


- ¿Sabes, hermanita? Antes de que la Legión me llevara al orfanato de la Ciudad Imperial yo viajé en carro desde Elsweyr hasta aquí. Me trajo la caravana khajiita del viejo Dro'Jhartún.

Nela le había contado mil veces sus aventuras de antes del orfanato, antes de la muerte de su padre y del asalto del que fue víctima la susodicha caravana a manos de un grupo de bandidos elfos, ansiosos por ponerle las manos encima al cargamento de azúcar lunar y skooma que los hombres-bestia importaban desde su tierra para traficar con ello ilegalmente en Cyrodiil.

Tampoco es que en su día entendiera exactamente lo que su amiga khajiit le estaba contando, solo con los años alcanzó a comprender la naturaleza de estos tratos ilegales y de lo que la gente estaba dispuesta a hacer por un frasquito rosado de skooma.

Sin embargo, con siete años, siempre le pedía a Nela que se lo contase todo de nuevo.

- ¿Y Dro'Jhartún tenía bigotes? - había preguntado con toda la ilusión del mundo.

- Oh sí, hermanita. Bigotes tan largos como tu pelo y tan blancos como la nieve de invierno.

- ¿No se afeitaba?

- Un khajiita jamás se afeita. – había sentenciado Nela – La longitud de sus bigotes señala su edad y, por tanto, su sabiduría. Al igual que nuestros nombres.

Ah, los nombres khajiitas, el gran misterio sin resolver.

- ¿Vuestros nombres dicen vuestra experiencia?

- No todo el nombre, solo el prefijo.

- ¿Qué es un "pre-fijo", Nela? - había preguntado ella, ignorante de las adecuaciones del lenguaje en general y su jerga.

- La primera parte de nuestro nombre. – había respondido la pequeña khajiit, segura de saber la verdad y transmitiéndoselo a ella tal y como su joven mente concebía los significados – Por ejemplo "Dro", que significa "anciano" o "abuelo".

- "Abuelo Jhartún" entonces, ¿no?

- Sí, más o menos.

- ¿Qué más "pre-fijos" hay, Nela?

- Los niños y los aprendices usan "Ma", los adultos "S", los guerreros "Do", los líderes "Ri", y los ladrones "Dar".

- ¿Y "Ne" de Ne'Quinla? - había inquirido ella, de veras curiosa. Los khajiitas eran seres fascinantes con unos nombres raros y con un pelaje suave, suave...

- Mi prefijo no significa nada en especial. – había explicado Nela, súbitamente melancólica – Pero papá decía que mi nombre al completo venía de las flores del camino, de las rojas amapolas.

- ¿Entonces tu nombre es "Amapola"?

- No. – había dicho la pequeña felina dándole una mirada verde muy seria – Yo soy Ne'Quinla. Mi nombre es así, no se traduce.

Y, al ver a su hermana mayor tan seria, ella había preguntado con carita de tristeza.

- ¿Te has enfadado conmigo, Nela?

Y la pequeña khajiit se había mostrado genuinamente sorprendida.

- No... no me he enfadado, hermanita. Solo te he dicho que no traduzcas mi nombre.

- ¿Me sigues queriendo? - había preguntado la niña anónima con un hilillo de voz, demostrando su mucho temor a que Nela la abandonase, a quedarse sola.

La niña khajiit había sonreído de oreja a oreja y sus brazos se habían desplegado como las alas de un ángel mientras las gemas de sus ojos le brillaban, cándidas.

- Dame un abrazo, tonta. – le había contestado.

Y ella, la criatura sin nombre, había ido corriendo a refugiarse en los flacos pero cálidos brazos de su amiga, de su hermana, de la única familia que tenía.

Si aquello no era ser feliz, entonces las flores nunca salían en primavera y los peces no vivían en el agua.


En los días sucesivos, Tempest fue recuperando lentamente su vitalidad y su buen humor. Volvió a ser la chica a la que la mayoría de las piezas de las armaduras que había en la armería le quedaban grandes, la que dejaba el porche del templo hecho un pincel, la que cogía manzanas a escondidas para comérselas a dos carrillos sentada al amor de la lumbre, la que devoraba un libro tras otro sola o en compañía de Martin, la que hacía el turno de guardia siempre junto a Caroline, la Cuchilla, aparte de ella, más joven de la Orden...

Volvió a ser Tempest y el Templo del Soberano de las Nubes pudo respirar tranquilo.

Tras aquel suceso del nuevo Portón, el ambiente en general se había tornado tenso. Había demasiadas preguntas en el aire y, por desgracia, muy pocas respuestas que ofrecer al respecto. Nadie se había atrevido a preguntarle a Tempest nada acerca de su desafortunada aventura y, en realidad, el sentimiento colectivo de que era mejor dejar las cosas como estaban contribuía a aliviar el peso en sus corazones.

Jauffre se mostraba inusualmente comprensivo, calmado su exterior y sumamente perturbado su ánimo interior. Presentía que el enemigo no daría la callada por respuesta y que aquello estaba lejos de acabar por las buenas.

Desgraciadamente acertó ya que, una semana después del terrible suceso, llamaron a la puerta del templo dos Agentes Cuchillas pidiendo asilo y clamando aterrorizados haber visto una puerta al Oblivion abierta al Suroeste de Bruma, cerca del cruce entre el Camino Plateado y el Camino Naranja.

Todos los ojos miraron en dirección a Tempest y ella, acobardada, solo pudo acatar las órdenes bloqueando su mente y vaciando su espíritu.

A lo largo de todo el mes de Segunda Semilla comenzaron a llegar informes desde todos los puntos de la provincia informando de nuevos avistamientos de Portones en diversas localizaciones, algunas veces tan distantes del templo o de la misma ciudad de Bruma, que Tempest, incluso usando transporte rápido por carretera, tardaba a veces más de tres días en volver junto a Martin y los Cuchillas, cada vez más agotada, cada vez más triste, cada vez con el rostro más demudado y cada vez con el alma más quebrada.

Regresaba muchas veces herida. Cosas no más graves que contusiones, magulladuras, arañazos, cortes y chichones adquiridos de caídas, descuidos, trampas y de que no siempre tenía la suerte de pasar inadvertida pese a la capa encantada y a su indiscutible habilidad silenciosa. Su buena fortuna era contar con Martin y sus impagables conocimientos en Restauración Avanzada.

Nadie se atrevía a decirle nada y, a cada nuevo informe, el Templo del Soberano de las Nubes temblaba desde sus cimientos. Jauffre le comunicaba a la chica pacientemente cada nuevo avistamiento y, cuando ella marchaba, rezaba en silencio a Talos por que preservase su joven vida.

Martin observaba todo aquello sumamente disgustado y sintiéndose sumamente inútil al no poder hacer nada por su pequeña amiga ya que carecía de argumentos o soluciones factibles frente a las evidencias indiscutibles e irrefutables del viejo Maestro.

Las pesadillas y los terrores nocturnos no tardaron mucho en hacer acto de presencia sobre el ánimo de la muchacha, así como su falta de apetito y un aura de permanente languidez que alertaron inmediatamente al sacerdote imperial de que aquello no podía continuar así y que necesitaba una solución ya.

Un día sorprendió a la chica leyendo un libro y su momentáneo alivio al pensar que su mente estaba descansando de todo aquello se esfumó cuando le vio pasar página con el pulso descontrolado y los ojos abiertos como platos del libro "Variedades de daedra".

En el momento de atisbar el título y lo que sus páginas estaban obrando sobre la mente de la chica, corrió inmediatamente a quitarle el volumen de las manos.

- ¿M-Martin? - balbuceó la muchacha sin entender, con los reflejos lentos y el rostro blanco como el papel.

- No es bueno que leas esto ahora. – replicó el imperial cerrando el tomo de un sonoro golpe seco y dejándolo sobre una de las mesas de la Gran Sala – Necesitas descansar, tu mente necesita reposar. No más Daedra por hoy, mi querida amiga.

- No puedo... no puedo Martin, yo... - balbuceó ella poniéndose súbitamente en pie - ¡Tengo que estudiarlos!, ¡tengo que saber sus puntos débiles, cómo atacar...! - y se abalanzó sobre la mesa y el libro que había encima.

Martin la sujetó. Y tuvo que forcejear con ella hasta llevarla cerca de la chimenea y obligarla a que se sentara.

Ella comenzó a llorar en silencio y él esperó pacientemente a que se desahogara.

- ¡Siempre huyo! - se lamentó ella - ¡Soy incapaz de enfrentarme ni siquiera a un estúpido diablillo! ¡Cuando me detectan me persiguen y cuesta un triunfo darles esquinazo...! - balbuceó deprisa, nerviosamente – Y los drémora... oh, ésos son los peores, peores incluso que los daedroth... porque esquivar a un daedroth estúpido dentro de una torre con pasillos estrechos está tirado... Pero a un drémora no se le puede engañar, son inteligentes, te descubren los escondrijos y siempre gritan que quieren mi sangre mortal para bebérsela... Akatosh, no puedo más... estoy harta... no más... - murmuró llevándose las manos al rostro y tapándose los ojos con ellas.

Martin la atrajo hacia sí y la rodeó en un apretado abrazo mientras la mecía, como si fuera una niña. Una niña que, dijeran lo que dijeran, era con todas la de la ley. Y un niño lo que necesita es cariño y comprensión, no obsesionarse con temas daédricos con los que, en primer lugar, no debería de haberse mezclado nunca.

El Oblivion, los Cuchillas, las confabulaciones para sumir al Imperio en el caos... todo aquello les venía grande. A los dos.

Sin embargo, él era un hombre mayor, aquella chiquilla perfectamente podría ser hija suya por diferencia de edad. Le tocaba a él ejercer de adulto, de apoyo. Ése había sido su cometido cuando era sacerdote en Kvatch. Eso sí podía hacerlo.

- Háblame de tu amigo Eidon. – se encontró diciéndole mientras le retiraba el cabello verde de los ojos y la seguía meciendo.

Tempest sorbió por la nariz y pestañeó con los ojos húmedos e hinchados del llanto.

- ¿Para qué quieres que te hable de él? - preguntó con la voz pastosa.

- Porque cada vez que hablas de él o de tu amiga khajiit te tranquilizas y te sientes feliz con sus recuerdos. – respondió él por inercia sabiendo, sorprendentemente, que lo que afirmaba era verdad – Ahora quiero que pienses en ellos y en las cosas buenas que recuerdes de ellos.

La chica se quedó un momento callada y cerró los ojos, repentinamente más calmada.

- ¿Te he hablado alguna vez de Rarvela? - murmuró ausentemente.

- No, nunca.

- Rarvela era como Eidon, una dunmer de Morrowind. – evocó – Era vieja, muy vieja... pero no lo parecía, no como las mujeres humanas viejas, los elfos son distintos. Ellos siguen siendo guapos incluso de viejos.

Martin le acarició el pelo distraídamente.

- Sí, los mer son distintos a nosotros. – dijo – Viven siglos, algo para ti y para mí impensable, y su envejecimiento no está llamado al deterioro físico, sino a la expiración del alma. Por eso les ves tan bien conservados.

- Rarvela había vivido mucho, mucho tiempo. – dijo ella, relajada – Me dijo que había visto el final de la Segunda Era y el nacimiento del reinado de los Septim tal y como lo conocemos hoy. Me contaba cosas de la Historia del Imperio y me intentó enseñar a leer y escribir un poco... era una mujer con un espíritu muy fuerte, se había quedado viuda hacía mucho tiempo y no sabía nada de su hija desde hacía casi cincuenta años. ¿Puedes hacerte a la idea?, cincuenta años sin ver a su hija... pobre mujer, se murió sin que nadie acudiera a su sepelio.

Martin observó el fuego de la chimenea, pensativamente.

- ¿Era amiga tuya también? - inquirió.

- No sé... supongo que sí. – suspiró la chica – Yo la quería. La quería porque me trató bien y porque cuidó de mí los últimos cuatro meses de su vida. Nunca me pegó, nunca me menospreció y siempre me contaba cosas útiles... Sí, era amiga mía. – concluyó.

- ¿Qué le pasó?

- Murió de vieja, supongo. Me quedé con ella hasta que llegaron los de la Legión a meter sus narices para mandarla a ella al hoyo, a mí al orfanato y disponer de la escritura de la casa. Muchas veces ni avisan a los familiares, disponen de los bienes como mejor les parece y sudan de los demás. - dijo con rencor en la voz - Yo he visto mucha mierda en la Ciudad Imperial, y una buena parte de ésa mierda la generan los oficiales corruptos.

- Shhh, nada de pensar en cosas feas ahora. – le reprendió Martin suavemente – Vamos a hacer lo siguiente: vamos a ir a la cocina y vas a comer algo.

- No tengo hambre, Martin...

- Vas a comer algo. – repitió el hombre con un tono suave que no admitía réplica alguna – Y luego te vas a ir a dormir.

- Hoy me toca guardia...

- Hoy no te toca nada de nada. – replicó él firmemente – Y, si alguien te dice lo contrario, que venga a hablar conmigo y lo soluciono rápidamente. Vas a descansar todo lo que no llevas de descanso en estas semanas. Y para que nadie te moleste, te dejo que uses mi habitación.

- ¡Pero Martin...!

- Nada de peros, ahora vas a hacer lo que te acabo de decir y no quiero oír ni una sola queja al respecto, ¿de acuerdo?

Tenía que ser firme en eso, aunque no le gustase dar órdenes a los demás. Tempest era testaruda como ella sola y se le tenían que insistir mucho las cosas para que reaccionara como era debido.

La chica asintió levemente y ambos se dirigieron al comedor a paso tortuga. No había prisa, aquel era el día sin prisas, el día vacacional por excelencia. Al menos para Tempest, que iba agarrada del brazo del hombre imperial con una suave sonrisa que lo decía todo.


- Esto no puede seguir así, Jauffre, ¡me niego a que se destroce la vida de ésa manera! ¡Le debemos más de lo que le hemos dado y estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que esta situación no es adecuada ni indicada para ella! - protestó Martin cruzándose de brazos indignado ante el viejo bretón.

Pero el Gran Maestro se mostraba, como correspondía a un activo militar del Imperio de su rango, directo e inflexible.

- Es la única que sabe cómo proceder, es la única que ha sobrevivido en las incursiones al Otro Plano. Supongo que recordarás los informes de soldados y Cuchillas desaparecidos al atravesar los Portones, por no decir del desastre de la semana pasada cuando mandamos a Baragon y el desgraciado vino a caballo y se arrastró sangrando hasta el templo. Tuvimos suerte de que no perdiera la pierna, pero...

- Basta, es suficiente. – dijo Martin molesto, desesperado por la situación – Sé que este tema de los Portones no es ninguna broma, sé que ella es la única que ha sobrevivido... pero, ¿cuánto tiempo más, Jauffre?, ¿cuánto crees que tardará en cometer un error y que la maten allí dentro? ¡Por Akatosh, solo es una chiquilla! Si vieras lo destrozada que viene, lo triste que está, la cantidad de veces que la encuentro llorando...

- Sé perfectamente cómo regresa, Martin. – replicó el viejo Maestro severamente – Y también sé que esto no puede durar indefinidamente pero, ¿qué quieres que haga? Es una Cuchilla y su deber es protegerte, proteger el futuro del Imperio. Y si para ello debe sufrir, su sacrificio no será en vano.

- Mira, por favor... – dijo Martin haciendo un gesto rotundo con la mano - Ahórrate toda ésa palabrería de que si es una Cuchilla o deja de serlo. No tiene preparación ni física ni mental para hacer el esfuerzo tan inhumano que está haciendo. Lo principal, y antes que cerrar Portones, es encontrar el Amuleto de Reyes, ¿no te parece? Deja a Tempest que investigue, mándala con los agentes Cuchillas, le hará menos daño que cerrar puertas al Infierno, me parece a mí.

- ¿Mientras la provincia es infestada y asolada por una invasión Daedra? - Jauffre negó con la cabeza – Acabaríamos todos muertos antes de encontrar siquiera una pista del paradero del Amuleto. Martin, entiendo que sientas aprecio por la muchacha, pero es que sencillamente no podemos prescindir de ella. De ella depende que la invasión Daedra prospere o no. Lo siento, pero no puedo permitir que, por una sola persona, un Imperio se venga abajo. Su sacrificio es ínfimo en comparación con lo que se puede salvar.

Razonar con Jauffre en aquellos términos no le serviría de nada. Lo que necesitaba era una propuesta, una nueva idea lo suficientemente viable para, si no detenerlo, al menos reducir el trabajo.

Además, los Portones aparecían de un día a otro y donde les daba la gana, podía haber abierto más de uno en aquellos momentos, una sola persona no podría con todo aquello...

Un momento, ¡eso es!

- Bien, si no quieres eximirla de ello, al menos si comparte la carga con otros será menos pesada para ella.

Jauffre se llevó una mano a la frente en un gesto sumamente cansado.

- Martin... ya lo hemos discutido...

- No se trata de enviar a otros soldados. – explicó el sacerdote - Se trata de enviar a gente cualificada a cerrar Portones. Gente que siga a Tempest, aprendan de ella y, a su vez, enseñen a otros. Se trata ni más ni menos que de compartir ése conocimiento con más personas y dividir el trabajo. No sabemos cuántos Portones al Oblivion puede haber abiertos ahora, ni de los que habrá. – argumentó – Estoy ofreciendo una alternativa viable.

- Viable si nos limitamos a la Orden de los Cuchillas. – replicó el bretón – Pero, ¿y si les matan o resultan gravemente heridos como le sucedió a Baragon? No puedo prescindir de un solo agente más y los hombres que hay aquí son pocos y los necesitamos sanos y listos para defender este lugar en caso de ataque.

- ¿Y soldados? - sugirió Martin – Hombres adiestrados, la misma Legión Imperial.

- Eso supondría una paga extra bastante generosa en caso de que no hubiera voluntarios. – replicó Jauffre – Y créeme, sé cómo funciona el Ejército Regular y te aseguro que los candidatos sin incentivos monetarios más bien suelen brillar por su ausencia.

- ¿Crees que el Consejo de Ancianos subvencionaría esto?

- ¿Quiénes?, ¿ése círculo de burócratas y pensadores que no han manejado una espada en su vida y que la sola mención de apoyar económicamente a una causa militar les produce poco menos que urticaria? - el viejo Maestro volvió a menear la cabeza – No, jamás subvencionarían un adiestramiento especial, y menos a los Cuchillas, no sin la aprobación del Emperador.

- Pero yo soy el supuesto Heredero a la Corona. – dijo Martin, súbitamente esperanzado – Si les hablases de nuestra situación, de mi situación, al menos no creo que el Canciller Supremo obviase la posibilidad de apoyar al futuro Emperador para mantener a las provincias bajo control. Como tú dijiste, el pueblo necesita la figura de la Dinastía Septim.

- No Martin. – negó el bretón – No me arriesgaré a delatar tu paradero y a darle ventaja al enemigo. Ni siquiera el correo del Canciller Ocato es sagrado, pueden interceptarlo, pueden leerlo... Me temo que todas nuestras puertas se cierran, lo siento.

Martin empezó a dar vueltas por la habitación. Él tenía una cama mullida, él tenía una habitación para él solo, él no se manchaba las manos con nada, él no tenía que vérselas con aquellos monstruos del Plano demoníaco y Tempest sí.

No era justo, nada justo.

Dinero... el maldito dinero movía el mundo...

- ¿Y si ella consiguiera ése dinero? - se le ocurrió de pronto - ¿Y si, trabajando, consiguiera el dinero para pagar soldados?

- ¿Qué disparate es ése?

- Estoy seguro de que Tempest aceptaría cualquier trabajo que implique un poco más de peligro de lo habitual pero que esté muy bien remunerado antes que seguir metiéndose, Portón tras Portón, en el Oblivion.

- Yo no sé qué clase de trabajo se podría buscar... – repuso Jauffre – Es decir, mírala.

- Tiene buena voluntad. – la defendió el imperial – Y el Gremio de Luchadores y la Arena siempre buscan nuevas caras. Ahora hay mucho trabajo y, solo por entrañar más peligro, pagan lo que no gana un jornalero en más de seis meses. Merece la pena intentarlo.

- También se estará jugando el cuello. – advirtió Jauffre – Y, sin ella, no veo cómo nos las apañaremos con esto.

- Yo confío en ella. – aseveró Martin – Así que, si no tienes ninguna objeción, le propondré esto como alternativa. Si acepta yo tengo razón. Si se niega seguirá en la misma línea que antes, cerrando Portones. ¿Te parece justo?

Jauffre se llevó una mano a la barbilla y sopesó la propuesta.

- Por mí bien, que lo intente. – accedió finalmente – Pero, si al cabo de un mes no vemos resultados contantes y sonantes, regresará a su tarea inicial, ¿conforme?

El sacerdote imperial asintió, entusiasmado.

- Conforme.

Aquella conversación y los acuerdos que, sin papel ni tinta, se sellaron allí marcarían de ahora en adelante el destino de la Hija de la Tempestad. Un destino, sin duda, tumultuoso y lleno de temporales a contracorriente. Un destino que, siendo muy pequeña, pensó que estaría bien elegir hasta que se vio, cara a cara, sola frente al huracán.


Aquel sitio apestaba.

Lo sabía muy bien, había crecido allí: entre la porquería, el aire rancio, el salitre y los rostros congestionados, sucios y envejecidos de toda la gentuza que sobrepoblaba aquel hervidero de enfermedades, hambre y miseria repartida a partes iguales entre padres, hermanos, abuelos, putas e hijos de estas últimas.

Tempest, de brazos cruzados y apoyada contra uno de los muros de piedra que rodeaban y ocultaban las chozas de la vista del muelle, no pudo por menos que suspirar sonoramente y, cuando una enorme rata almizclera marrón del tamaño de un gato adulto empezó a olisquearle las botas, le pegó tal patadón que la mandó volando varios metros hasta la orilla del Rumare.

De pequeña ése había sido uno de tantos pasatiempos que compartir con Ne'Quinla: jugar al fútbol con las ratas. Eso y ver quién escupía más lejos en el lago. Lo más emocionante era que te pillase haciendo eso uno de los de la Legión Imperial y te intentase agarrar para darte unos buenos azotes.

Torear a la pasma, por regla general más lentos que un desfile de cojos a causa de su armadura pesada reglamentaria hasta en el verano, era lo que más vidilla daba a aquel gueto apestoso. Reírse en la cara de aquellos bestiajos metidos en su lata de sardinas era siempre refrescante, único, te hacía sentir por un instante imparable, que podías comerte el mundo entero con solo salir corriendo.

Tempest sonrió. Qué buenos recuerdos, qué risas cuando comentaban los caretos de los guardias... a falta de muñecas a las que vestir y mimar como si fueran tu bebé, buenas eran las carreras al atardecer por la orilla del lago y dar vueltas y más vueltas alrededor de la estructura del faro.

"Uno, dos. Subir escalón.
Tres y cuatro. Maúlla un gato.
Cinco, seis. No me pillaréis.
Siete, ocho. Me como un bizcocho.
Nueve y diez. ¡Encended el faro de una vez!"

La clásica cancioncilla que circulaba de boca en boca de los chiquillos por aquellos arrabales. Con todo, gracias a eso sabían contar.

Pero Tempest no es que estuviera allí precisamente para recordar los viejos tiempos, no; venía buscando su oportunidad y estaba más que decidida a aprovecharla en cuanto le surgiera, costase lo que costase.

Llevaba casi cinco días observando atentamente Waterfront y, más concretamente, la zona del llamado "Jardín de Dareloth" (que, joder, si eso era un jardín, ella era un unicornio rosa) con la intención, más que obvia, de encontrarle.

Encontrar a Armand Christophe.

Armand Christophe era un guarda rojo que vivía en los suburbios de la Ciudad Imperial. Con casi metro noventa de altura, espaldas de nadador, manos de granjero y cara de cachondo mental incurable, Christophe constituía una de las figuras más prominentes, tanto social como visualmente, de los muelles de Waterfront.

Pero eso no era lo que le interesaba a Tempest de él.

Lo verdaderamente jugoso es que el tipo era un doyen, y su estatus le venía a la chica que ni pintado para lo que tenía en mente hacer.

A ver, el asunto era muy sencillo: lo había intentado, sí, lo había intentado y había fracasado rotundamente.

Casi tres semanas antes, gracias a Martin, había tenido la oportunidad de dejar de meterse en los Portones al Oblivion, de ganar dinero para pagar a los soldados que ella "instruiría" con el objetivo de entrar en el Otro Plano y salir vivo en el intento.

En aquel momento había sonado maravilloso, de fábula, pero... bueno, el tema era que lo de encontrar trabajo, efectivamente, era fácil, sí.

Lo difícil era mantenerlo.

Siguiendo los consejos de Martin, Tempest había probado suerte tanto en el Gremio de Luchadores como en la Arena de la Ciudad Imperial.

Por un lado, el Gremio de Luchadores había aceptado su solicitud no sin ciertas reservas en Chorrol y le habían mandado a Anvil y a Cheydinhal para que los correspondientes responsables le adjudicasen los trabajos pertinentes a su rango de novata.

Duró dos contratos.

Yendo primeramente hasta Anvil, lo que le disgustó en sumo grado ya que estaba lejos de narices y tuvo que gastarse quince monedas en el trasporte rápido (el carro tirado por caballos de toda la vida), tuvo que vérselas con el encargado de turno: un guarda rojo de rango Guardián (sonaba un poco a coña, la verdad...) que respondía por el nombre de Azzan y que, aparte de confundirla con la moza de los recados, no pudo disimular su humor al ver que la chavala era más canija que un guar.

Tuvo que repetirle sus datos dos veces, mostrarle la llave que le había entregado la Maestra del Gremio en Chorrol cuando se había inscrito, Vilena Donton, una imperial ya entrada en años pero aún fuerte, activa y con bastante mala uva, y que acreditaba su asociación con el Gremio.

Entonces el hombre, aún riendo y negando con la cabeza, le había asignado la que había sido la primera de sus tareas en el Gremio: ratas.

Sí, un problema con las ratas. Las ratas de Arvena Thelas, para ser más precisos.

Y no, no es que tuviera que hacer limpieza de ratas, como había sospechado en un principio. La dunmer chalada que había contratado los servicios del Gremio de Luchadores en Anvil temía por la vida de sus pobres animalitos ya que algo los había estado matando en su sótano durante la última semana.

A Tempest las ratas, básicamente, le daban un asco increíble y, salvo patearlas bien lejos, no concebía cómo la tía loca ésa les tenía tanto cariño... la manera que tuvo de decir aquello de "sus naricitas rosadas y sus colitas escamosas" le hizo pensar que la mujer aquella achuchaba, acariciaba y daba besitos en los hocicos a los bichos ésos repugnantes... Oh, dioses... qué ganas le entraron de vomitar...

Bueno, la cuestión es que, con toda la gracia, se encontró al causante de la muerte de los infortunados roedores: un puma, un puma famélico que daba casi hasta lástima verlo y al que, muy a su pesar, quebró el cráneo de una pedrada con uno de los ladrillos sueltos que encontró en el sótano en el que, por cierto, había un señor agujero lo bastante ancho como para que el escuálido animal pudiera pasar por él.

Tras el informe de la situación, la elfa oscura se puso histérica y casi la empujó hasta la puerta de su casa para que corriera a buscar a un tal Pinarus Inventius (que por el nombre, más que cazador, uno pensaría en un señor con lentes de aumento cuyo oficio debía consistir en arreglar maquinaria dwemer o algo así) para que buscaran juntos más pumas por la zona.

Tras ir por ahí preguntando como una turista perdida, al final había acabado llamando a la puerta de la casa del hombre para ser recibida por su mujer, quien la miró de reojo con cierta suspicacia que hizo a Tempest pensar si la señora se sospechaba que su marido y ella se entendían a escondidas o algo así.

El tipo, Pinarus Inventius, había accedido casi inmediatamente a acompañarla en cuanto su mujer le intentó colar una lista de cosas para que fuera a comprarlas.

Tras salir de la ciudad con el hombre imperial sudando a caldo, evidentemente aliviado de quitarse a su mujer de encima durante un rato, los dos dirigieron sus pasos al Oeste para, después de una hora rastreando, encontrar una cavidad en el terreno donde, royendo unos cuantos huesos viejos, estaban el resto de la colección de pumas esmirriados y, por descontado, muy hambrientos.

La verdad es que el que se había lucido acabando con todos ellos había sido el señor Inventius, porque lo que es Tempest se había subido a un árbol mientras arreaba espadazos hacia abajo a uno de los pumas, que pugnaba por alcanzarla intentando escalar la corteza.

Aún recordaba la cara del hombre, enarcando una ceja y preguntándole si de verdad pertenecía al Gremio de Luchadores o si solo se había intentado hacer la valiente. Bendito Akatosh, qué bochorno...

Y ahí no había acabado el asunto, ni de lejos, ya que al volver a la casa de la vieja chiflada, esta se le lanzó literalmente al cuello para sacudirla por la pechera clamando que había en aquellos instantes otro puma en su sótano y que corriera a salvar a sus pobres ratitas.

Tempest se las vio y se las deseó para desembarazarse de la tipa y, después, para deshacerse del animal. El puma estaba en guardia y, casi de pura suerte tras mucho correr en círculos para que no la atrapara, Tempest consiguió hacerle un corte profundo en un costado que provocó que el flaco animal, con la pérdida de sangre, se derrumbara en el suelo donde la chica contempló, no sin cierta lástima, cómo se desangraba lentamente.

Lo que vino más adelante fue una suerte de labor de investigación: Thelas estaba segura de que su vecina, la famosa escritora argoniana Cálamo-Diestro, nativa de la provincia al Sudeste de Cyrodiil, Ciénaga Negra, a quien Tempest había tenido el placer de leer en más de una ocasión, estaba detrás de aquellos ataques hacia sus... encantadoras mascotas. Alegaba que ni ella ni sus dulces ratitas eran muy queridas en la vecindad, sobre todo por las mujeres que, evidentemente, no querían a ésos animalejos portadores de enfermedades cerca de donde jugaban sus hijos.

La dunmer le encomendó vigilar los movimientos de la antropomorfa mujer-reptil, de quien decía que había visto andar a hurtadillas por la parte de atrás de su casa por las noches.

Tempest entonces dio la vuelta a la casa y, justo donde estaba el agujero, encontró restos de jamón podrido. Juntó dos y dos y supo que, si efectivamente Cálamo-Diestro había dejado ésa carne ahí, esto habría atraído a los pumas (que ya mandaba narices el asunto de que, justamente, la carne hubiera atraído a los bichos aquellos a la ciudad... lo cual decía mucho acerca de la seguridad que la Guardia local proporcionaba a los habitantes de Anvil). Así que esperó.

Por la noche, efectivamente, cazó in fraganti a la argoniana dejando más carne en la oquedad del agujero y la enfrentó echándole una buena regañina y diciéndole lo que sus ideas habían traído a la casa de la otra mujer.

Cálamo-Diestro se había quedado muda, asustada por lo que había pasado y alegando que lo único que quería es que las ratas salieran a la calle y que los guardias las matasen, pero que nunca pensó en hacer daño a nadie salvo a los desagradables bichejos. Le dijo que no lo volvería a hacer y también le pidió que no le dijera nada a Thelas y que, si le guardaba el secreto, le enseñaría unos cuantos trucos útiles.

Tempest tampoco le deseaba ningún mal a la mujer, así que calló, retiraron la carne del agujero, fue a decirle a la dunmer que no sospechase de Cálamo-Diestro y que, por Akatosh, mandase tapar ése agujero en su casa.

El total de su paga había ascendido a los cien septims, que no estaba nada mal para lo poquísimo que había hecho. Cálamo-Diestro por su parte cumplió su palabra y le enseñó durante un par de días cómo caer desde lugares relativamente altos sin hacerse daño, algo que Tempest consideró muy útil, la verdad. También, como favor especial y viendo el interés de la chica en sus libros, le permitió echar una ojeada al manuscrito del nuevo proyecto que tenía en marcha.

Tempest se fue contenta de haber hecho buenas amistades, y decidió que, ya que estaba en racha, pediría trabajo en la sede del Gremio en Cheydinhal.

Pero, ¡ay!, allí también hubo de soportar las burlas y la brusquedad del encargado, un orco llamado Burz gro-Khash, más grande que una casa y con un aliento solo equiparable al hedor de Waterfront que, tras preguntarle si aquello era una maldita broma de Azzan, endosó a la chica un envío de armas para que lo llevase hasta una mina desolada donde hacía falta una buena limpieza ya que estaba infestada de trasgos.

A Tempest le dieron un mapa, una localización, las armas y los buenos días mientras le cerraban con la puerta en las narices. Tuvo suerte de que la mina estuviera a solo media hora de la ciudad, porque Tempest orientándose fuera de los caminos...

Al llegar encontró a tres guerreros: una guarda roja, un orco y un altmer. Le dio a cada uno el arma que consideró que usarían (darle a un orco un arco o una espada tan liviana como que no) y no se les ocurrió otra cosa que arrastrarla junto a ellos en su batida de caza por la vieja mina.

Y en medio de la batalla, Tempest tuvo que ir esquivando, bloqueando y desviando golpes a punta pala hasta que se hartó y decidió mantenerse más bien al margen de la situación. Al final los otros tres pudieron con el trabajo y solo hubo que lamentar que el alto elfo se rompiera una pierna y se llenase de moratones cuando resbaló cuesta abajo por uno de los desniveles de la mina, haciendo que una pila de troncos rodara junto a él y diera buena cuenta de los últimos trasgos resistentes.

Lo bueno es que a Tempest le pagaron el doble de lo habitual. Lo malo es que, además de tener que ayudar a llevar al herido a un sanador, salió tan escaldada de la experiencia que decidió que aquello no era para ella.

Así que decidió probar suerte en la Arena, famosa por sus combates a muerte entre gladiadores.

Tempest no quería matar a nadie ni que la matasen, así que se metió en la modalidad de combates de exhibición, que era luchar por espectáculo hasta desarmar al contrincante o que uno de los dos se rindiera.

El problema es que la mayoría de los ciudadanos del Imperio preferían ir a ver los combates a muerte, por lo que los ingresos en la modalidad de exhibición eran más bien bajos. Además de que, si perdías, lógicamente no cobrabas.

Tempest se mató a combates de exhibición donde le patearon el culo muchas veces y donde aprendió mucho ganando poco: a doce septims la victoria.

Su salario no llegaba ni a una cuarta parte de lo que ganaría un luchador a muerte de la categoría más baja por victoria. Sin embargo, Tempest seguía pensando que el dinero no valía lo que una vida humana, así que pasando.

Por lo tanto, sin opciones más rentables y menos peligrosas, Tempest decidió que sí, quería dinero pero sin jugarse el cuello. ¿Solución?: el Gremio de Ladrones.

A ver, no es que estuviera lo que se dice fácil el acceder al Gremio. La gente no se fiaba y los mendigos, como no fuera sobornándolos, no soltaban prenda.

Pero Tempest ya se conocía el percal, ya sabía dónde se reunía Armand Christophe para reclutar nuevos miembros; no por nada había sido mendiga la mayor parte de su vida.

Tenía un lugar en Waterfront para dormir gratis, la choza abandonada donde dormían eventualmente los sin-techo, y una nada desdeñable cantidad de suministros. Solo necesitaba un poco de suerte y paciencia.

Así que ahí esperó, agachada, quieta entre las sombras mientras masticaba a ratos una manzana.

Pasaron horas y la oscuridad cubrió con su manto la provincia cyrodiílica. Las estrellas hicieron acto de presencia en el cielo, las aves nocturnas y los grillos iniciaron su apacible cántico... y Tempest ya se estaba empezando a quedar dormida desde su posición cuando advirtió unos pasos discretos encaminarse hacia el... ejem... jardín de Dareloth e iluminarlo con la luz de una antorcha.

Armand Christophe se quedó de pie rodeado por la luz amarilla del fuego a la altura de su rostro y no se movió.

La joven imperial no quiso pasarse de lista y esperó un rato hasta que vio que a la presencia del guarda rojo se unían otras dos figuras: un argoniano descalzo y con pinta de vagabundo y una mujer bosmer enfundada en un juego completo de armadura de cuero.

Tempest entonces salió de su escondite y, a paso tranquilo, se plantó frente a las narices del enorme guarda rojo que se la quedó mirando un momento con cara de suspicacia.

- ¿Te conozco? - inquirió escudriñando el rostro de ella, fijándose en el buen estado y la limpieza de sus ropas, desconfiado. No por tener cara de niña buena se iba a fiar de la cría medio metro que tenía delante.

- Tú a mí no, pero yo a ti sí, doyen. – respondió Tempest con aire importancioso – Eres el que recluta nuevos miembros para el Gremio.

- ¿Ah, sí? - replicó Christophe como restándole importancia al asunto – Me parece que te equivocas, peque. No sé de qué Gremio hablas.

Tempest se armó de paciencia, no iba a permitir que la tomasen por idiota.

- Venga tío, no trabajo con la pasma. – dijo – Solo ando corta de dinero.

- El Gremio de Luchadores siempre busca caras nuevas, ya sabes.

Jolín, mira que es testarudo el tío.

- Ya he estado allí. – replicó ella muy serenamente – Y, honestamente, no me apetece jugarme el cuello por cien malditos septims. Quiero unos ingresos cuantiosos y tranquilos.

- No veo cómo puedo ayudarte entonces.

A Tempest le entraron ganas de ahogarle.

- Mira, tío... – le advirtió – O dejas de tomarme el pelo y me das una oportunidad para entrar en el Gremio de Ladrones o cojo y te corto el grifo yendo a informar al capitán de la Guardia que sale en la prensa, Hieronymus Lex, para que vigile el jardín de Dareloth y se os joda el chollo. No juegues más conmigo.

Armand Christophe entornó los ojos.

- ¿Qué edad tienes? - inquirió.

Tempest le miró patidifusa. O sea, que todas las trabas... ¿eran por el tema de la edad?

- Dieciocho años. – replicó ella secamente.

- Sí, claro. – bufó el guarda rojo – Y yo soy blanco.

- ¡Es verdad, tronco! - protestó ella.

- No me lo trago.

- ¡Que te digo que es verdad!

- ¿Puedes demostrarlo?

Tempest abrió la boca de par en par y no pudo decir ni pío. Dime tú cómo demuestras tu edad en estas condiciones. ¿Acaso la edad se podía demostrar? No, que ella supiera.

- Lo que pensaba. – dijo Christophe con una risita de autosuficiencia – Ahora, peque, vete a casa con tus padres y deja de meterte donde no te llaman. Estarás más segura en tu cama con tus vestidos y muñecas y con tu confortable vida. No hagas más tonterías.

¡¿Perdona?! - Tempest no daba crédito a lo que oía. ¿Qué edad se pensaba el tipo este que tenía?, ¿diez años?

Joder, acababa de ser prejuzgada como nunca a lo largo de su vida. Christophe se pensaba que era alguna clase de niña tonta aburguesada que se aburría y buscaba algo con lo que matar el tiempo.

Desde luego, hay que ver la impresión que causa vestir con ropa nueva e ir limpia, cambiaba la imagen de uno por completo.

Entonces lo pensó, pensó en sus palabras y un hondo sentimiento de amargura hizo mella en su ánimo cuando le dijo que se fuera a casa con sus padres. Porque ella no tenía padres. Akatosh, ella se había criado allí, en Waterfront...

Aquello, de pronto, le dio una idea.

- Oye, Christophe... - comenzó.

- ¿Y ahora qué quieres? - bufó el guarda rojo, molesto – Creo que ya hemos zanjado este asunto.

- ¿Tú recuerdas, hace más de diez años, que había una niña por Waterfront a la que llamaron "Hija de la Tempestad" por el tema de la inundación?

Armand la miró confuso.

- Sí, claro que me acuerdo. – asintió – Era una cría con el pelo verde muy graciosa que iba con otra khajiit más mayor. Creo que gracias a ella empezamos a llamar a los de la Legión "los Latasardinas".

Tempest sonrió, por lo menos no todo el mundo guardaba un recuerdo catastrófico de ella allí.

- ¿Y qué edad dirías tú que ésa chica tendría ahora mismo? - inquirió.

Armand enarcó una ceja.

- ¿A qué viene eso?

- Tú contesta a la pregunta.

- No sé... unos diecisiete, dieciocho años... creo.

Tempest entonces, con una gran sonrisa, se retiró la capucha de su túnica y mostró a un muy confundido guarda rojo su larga melena del color de las hojas de la Raíz de Nirn.

- Pues aquí me tienes, Christophe. – declaró orgullosa – Creo que he crecido un poco desde entonces.

El hombre la miró de hito en hito.

- Tú... ¿tú eres ella? - dijo asombrado - ¿Me estás diciendo que tú eres la niña ésa?, ¿la Hija de la Tempestad de los mendigos?

- La misma.

- Pero... hace años que no se le ve el pelo por aquí...

- Me marché a ver el mundo que hay más allá de esta cloaca. No sabes el hambre que he pasado hasta hace poco.

Armand la observó detenidamente un instante y, de repente, una sonrisa dentuda comenzó a aflorar en su rostro.

- Vaya... - comenzó - ¡Demonios!, ¿quién iba a decir que la Hija de la Tempestad atacaría de nuevo Waterfront?

- Cuidado, puedo invocar a los espíritus del agua sucia del Rumare para que os peguéis todos un bañito, ya sabes. – replicó ella guiñándole un ojo.

Y Armand Christophe entonces se echó a reír sonoramente.

- Jamás me creí ésos cuentos. – aseveró divertido – Puras bobadas de los mendigos, que no tienen otra cosa mejor que hacer que inventarse leyendas de crías con poderes sobrenaturales. – su mirada había cambiado, ya no había suspicacia en sus ojos, sino simpatía – Bueno, entonces creo que contigo puedo perfectamente hacer la excepción. Bienvenida seas.

- Gracias. – dijo Tempest sonriendo.

- Sí, gracias a los dioses que ya habéis terminado de hablar. – resopló hablando por primera vez el argoniano, que había permanecido callado todo este tiempo al igual que la elfa del bosque – Ahora, ¿podemos empezar de una vez, por favor?

Armand le lanzó una mirada gélida.

- Bueno. – comenzó entonces, aclarándose la garganta - El Gremio de Ladrones no es un mito. Somos seguidores del Zorro Gris y yo soy su doyen. Simplemente con encontrarme, habéis pasado la primera prueba. – dijo muy seriamente - Es poco corriente que tengamos tres reclutas potenciales a la vez, así que, en lugar de la prueba típica de habilidad, voy a convertir esto en una competición. – declaró feliz.

- ¡Eso no es justo! - se quejó el argoniano haciendo un gesto... tal vez excesivamente dramático para el gusto de Tempest.

- Methredhel, conoces las reglas. – prosiguió Christophe, como si no hubiera oído al argoniano, dirigiéndose entonces a la mujer bosmeri - Sin embargo, las expondré claramente para Amusei e Hija de la Tempestad.

- Me puedes llamar Tempest. – aclaró ella.

- Tempest entonces. – asintió Christophe - Quien me traiga el diario de Amantius Allectus sin matarlo, será invitado a unirse al Gremio. – expuso - Está en algún sitio de la Ciudad Imperial. Los mendigos pueden ayudaros a encontrarlo... si les dais alguna que otra propinita, claro está. Si lo necesitáis, os puedo vender ganzúas, a cinco septims cada una.

Tempest enarcó una ceja. Aquí todo el mundo sacaba oro de donde fuera y cuando fuera.

- Una cosa más. – advirtió el guarda rojo severamente - Durante esta prueba no os podéis matar entre vosotros. Puede que seamos ladrones, pero no asesinos. Esto no es la Hermandad Oscura, ¿queda claro?

Fíjate tú que a Tempest ni se le había pasado por la cabeza aquello. Jolín, que era una prueba, tampoco hacía falta matar a nadie...

Entonces, como una exhalación, la bosmeri, Methredhel, salió corriendo sin decir agua va en dirección a los muelles mientras el argoniano iba más tranquilamente hacia un mendigo dormido en un saco de dormir que había por allí cerca.

Tempest supo que más le valía seguir a la elfa, por su comportamiento dedujo que tenía claro dónde viviría el tal Amantius Allectus. Rezaba por que así fuera.

Así que la siguió corriendo a través del puerto hasta llegar a la entrada directa a la Ciudad Imperial que daba al Distrito del Templo. Ambas pasaron por delante de los guardias con una fingida tranquilidad que no sentían y, la una tras de la otra, fueron a la parte más oriental de la zona.

Tras unos minutos, Tempest vio a la mujer detenerse frente a una puerta, sacar una ganzúa del bolsillo y comenzar a trastear con la cerradura hasta que, tras un par de intentos, consiguió abrirla. La joven imperial la siguió de cerca y entró en la casa tras cubrirse por encima con la capa de Camaleón Avanzado.

En el interior, Tempest se giró nerviosa en todas direcciones por si alguno de los ocupantes de la casa se despertase y las pillara in fraganti. Como mínimo, un aviso para marcharse por entrar sin permiso.

Su problema fue que la tal Methredhel era demasiado rápida de reflejos y encontró el diario antes que ella.

La mujer salió a la calle con una sonrisa triunfante y con el pequeño volumen bajo el brazo, musitando alegremente que se había ganado sobradamente su entrada al Gremio.

Sin embargo, Tempest salió detrás de ella sin decir esta boca es mía y la acechó. En un momento dado en que la bosmer pasaba por una zona oscura donde la luz de los faroles no incidía, Tempest vio su oportunidad y, de un fuerte tirón, le arrebató el diario de las manos para, acto seguido, salir corriendo a toda mecha en dirección opuesta a Waterfront ya que lo más probable fuera que la mujer la buscase por allí.

Methredhel se quedó a cuadros un momento hasta que reaccionó y, al no verla en la oscuridad, comenzó a gritar:

- ¡Al ladrón! - exclamó - ¡Alguien me ha robado! - y, tras eso, corrió a escabullirse en las sombras por ver si, con el ajetreo, había puesto nerviosa a su competidora y esta salía de donde quiera que se encontrase para poder recuperar de nuevo el diario.

Pero Tempest, lejos de ponerse nerviosa, ya había afinado su habilidad de discreción y ocultación las veces que había entrado en el Oblivion, y esperó pacientemente a que los guardias se dispersaran. Pasó una media hora larga hasta que visualizó de nuevo a Methredhel, quien esgrimía una mueca de enfado mientras caminaba con aire derrotista hacia Waterfront.

La chica sonrió para sus adentros. Ya está, ya lo había conseguido, estaba en el Gremio. ¿Y qué mejor carta de presentación que un ladrón que roba a otro ladrón?

Inhaló aire un momento y, tras arrebujarse en la capa encantada de Eidon, presintió que su buena suerte iba a comenzar desde ya. Ahora conseguiría dinero sin hacerse pupa y podría pagar a los soldados imperiales para que cerraran Portones por ella.

Excepto la consabida "instrucción", ya no habría más odiosas puertas al Otro Plano, no señor. Se acabó el pasarlo mal.

Ya era momento de comenzar a disfrutar de su actual estatus.

Su vida por ahora estaba fuera de peligro... de momento.


Nota de la autora: eyyyy... ya empezamos con las misiones de gremios. Os aviso que Tempest tocará todos los palos para ver cómo estabilizar su muy variable economía (ponte tú a subvencionar un ejército profesional), así que tocarán capítulos en los que, vale, irá evolucionando y conociendo a gente de todo tipo, pero básicamente la misión principal queda en suspensión por el momento salvo por los consabidos Portones. Baurus tendrá que esperar :P

Ya hemos visto que, como luchadora, no tiene precio xD, así que toca ladronear. El Gremio de Ladrones suele ser uno de los más populares junto con la infame Hermandad Oscura, ¿por qué?, porque hacer cosas malas y transgredir las normas, angelitos míos, nos gusta a todos :D

He estado últimamente un tanto descentrada, por éso he ocupado básicamente mis energías en escribir, y, nada más acabar este capítulo, he decidido subirlo sin mirar mucho atrás, sin revisarlo chorrocientas veces como es mi uso y costumbre. No sé qué tal os habrá parecido el (¿breve?) resumen de su paseo por el Gremio de Luchadores y la Arena. Lo siento por los que os gustan estas facciones, pero es que... en serio, Tempest no es de ésa pasta (acabaría corriendo en círculos por el estadio de la Arena mientras su contrincante se desesperase intentando cazarla xD)

LaChicaZombie: jejeje, me alegro de que te hayas "enganchado" al asunto, éso trato, de manteneros el interés despierto y que la historia no os resulte somera (aunque yo misma reconozco que el anterior capítulo 6 fue uno de los más aburridos :S). Martin... no es que sea adorable, es... un trozo de pan, un buen tío con la empatía bastante desarrollada. No es perfecto, pero es uno de los buenos por excelencia. Tiene sus cosillas como todos, pero sus intenciones son y serán siempre indiscutiblemente buenas :) Gracias.

Deefth: Dios, no sabes las ganas que tenía de leer tu comentario ^^ Sí, jajaja, Tempest se ha alelado, es un poco cabezota pero tiene su corazoncito ^^ Y Nela ya ves que es un personaje con el que aprendes, es un eje muy importante para Tempest, es la representación de su infancia, de la familia que nunca tuvo y de la inocencia. Nela siempre tratará a toda costa de mantenerla ignorante de las cosas malas, de preservar su inocencia. Nela actúa un poco de madre y de hermana a la vez, es quien consigue dinero para comer, es quien la cuida y la mima. Es un personaje que, pese a estar todo el tiempo ausente, tiene mucha fuerza, lo mismo que Eidon.

Bien, esto es todo por hoy, os agradezco a todos vuestro apoyo y os deseo Feliz Navidad y que os hartéis de comer turrón, pavo, puddin o lo que sea tradicional en vuestra tierra :) ¡Nos leemos!