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-8-

Te duele todo. No has parado de llorar desde que te han dado las noticias. Sientes que se han llevado una parte de ti y, cuando Kristoff entra a la habitación y te mira con esa cara de derrotado, lo único que haces es apretar las sábanas entre tus puños y decirle que no quieres verlo, que no quieres ver a nadie realmente, así que gritas y le dices lo mucho que lo odias aunque no sea realmente cierto. Él te deja, porque quizá también necesita llorar y no quiere que lo veas hacerlo. A ti no te importa, ni él ni nadie. Te sientes muerta. Sabes que toda tu familia está afuera, menos Elsa. Y es mejor así, no estás tan segura de cómo reaccionar si la ves.

Pusiste todo tu empeño en ese bebé. Te atreviste a soñar de nuevo. A creer que podrías seguir adelante y esto funcionaría. Era tu única ancla. Morías de miedo y nervios, y no te sentías preparada en lo absoluto, pero querías hacerlo porque al fin sentías que alguien te necesitaba más que a nadie. Que tú lo necesitabas, quizá más que el pequeño a ti. Desde que supiste de su existencia, lo adoraste sin medida y te aferraste él. Pero ahora tenías que tragarte todo porque se había ido.

No tienes idea de lo que va a ocurrir ahora, porque, con la vista perdida y las paredes blancas de la habitación del hospital sobre ti, te das cuenta que ya no te queda nada. Que no eres capaz de luchar por más. Te han drenado las fuerzas y las esperanzas. No eres más que una caja vacía, un barco de papel que navega a la deriva y que ahora empieza a destruirse.

Pierdes la noción del tiempo. Algunas enfermeras entran para ver cómo estás. Una, en especial, se queda a hacerte compañía un rato, te cuenta que sufrió lo mismo y que, cuando necesites hablar, ella estará para ti. Hay decenas de personas que han dicho lo mismo las últimas horas, pero nadie siente lo que tú.

Es por la mañana del siguiente día, después de que te han dado de alta, cuando la puerta de tu habitación se abre. Estás a punto de decirles que te dejen sola, porque crees que es tu madre o Kristoff, pero cuando vuelves la cabeza te das cuenta que es Elsa, quien está sosteniendo el pomo de la puerta como si de eso dependiera su vida. Ambas se miran como si no se hubieran visto en décadas. Ella, sobre todo, lo hace como si apenas empezara a respirar cuando te ve. Casi quieres sonreír al percatarte que tiene el pelo revuelto y la ropa arrugada, pero tu corazón se encoge cuando notas las ojeras bajo sus gafas que sólo se pone cuando no puede maquillarse y usar las lentillas. Ella espera sin moverse, y cuando no haces ningún movimiento, cierra la puerta con seguro y se acerca despacio hacia ti, como un pequeño gato temeroso. Sólo cuando se ha metido a la cama y te ha envuelto en un abrazo, es cuando rompes a llorar de nuevo, con toda la rabia y tristeza contenida.

Ni siquiera tú eres consciente de lo mucho que la extrañabas.

Ella te arrulla, poco a poco, por varios minutos, hasta que dejas de apretar con fuerza su brazo y el llanto va decreciendo y se vuelve en pequeños gimoteos y luego sólo en las lágrimas que se van secando en tus mejillas. Es como un espejismo tenerla ahí. No quieres a nadie más en ese espacio. Te hundes en su cuello y hueles el perfume que ha usado desde siempre, no imaginas las horas que ha viajado y por todo lo que ha pasado para llegar a tu lado en ese momento. Tampoco puedes imaginar las veces que las lágrimas salieron de sus ojos sin que se diera cuenta, y el hombre a su lado en el avión le tuvo que ofrecer su pañuelo, hasta que terminó por quedarse con él.

Estás segura que ha entrado a la casa sin saludar a nadie, luego ha subido las escaleras de dos en dos hasta a ti, porque eres lo único que le importa y, bajo esa expresión que aparenta firmeza, está igual de desecha que tú por el bebé. Ha pensado en ti durante horas, temiendo como nunca encontrarte en ese estado. Temiendo que la rechazaras como a los demás.

Pero no la rechazas, no podrías. No quieres hacerlo nunca más, porque perderla ahora sería morir en serio, y a tu pequeño barco de papel no le viene bien más tormentas. Sólo quieres que tu hermana se quede ahí, que se lleve el vacío que sientes en la boca del estómago. Y que por un momento, te sostenga, porque tus piernas ya no tienen más fuerza para seguir haciéndolo. Vuelve a ser tu hermana mayor, tu único pilar; vuelve a ser tu confidente, mejor amiga y, más que nada, la mujer a quien amas.

―Iba a ser una niña ―susurras, después de un rato. Crees que es prudente que lo sepa―. Lo siento ―dices ahora, porque nunca has sentido nada más que eso. Las lágrimas regresan a tus ojos.

―Todo va a estar bien, Anna ―Ella te abraza, depositando un beso en tu cabeza mientras se aferra más a ti―. Te tengo, todo va a estar bien.

Como siempre, le crees, aunque en ese momento tu mundo está exterminado. Cuando despiertas muchas horas después, Elsa sigue ahí a solas contigo. Esta vez eres tú quien la observa dormir.