El asesinato
Día tras día, Emma se probaba su vestido para ver cuántos centímetros tenía aún que perder. Sus días comenzaban muy pronto y acababan muy tarde, pero cada día disfrutaba un poco más de la presencia de Regina Mills, disfrutaba de sus conocimientos y de su generosidad para con ella.
A menudo pasaba por el hospital para visitar a Alice, a veces era acompañada por Belle y Ruby, pero también le gustaba ir sola para compartir momentos únicos, en suma, se divertían como locas imaginando historias rocambolescas.
-¡Chapèlier flou, no fou!- rectificó Emma hilarante, dejando la bebida sobre la mesilla de noche de Alice.
-¡Ah! Pero creo que suena mejor así. Y además, la referencia es de todas maneras más convincente.
-Sí, es verdad, pero sea lo que sea, el nombre del bar es Chapèlier Flou
-¡Me gustaría mucho ir un día!- murmuró Alice, triste de repente
Emma se retorció las manos, incómoda.
-Bueno…ya sabes, no te pierdes gran cosa, está siempre abarrotado y…gente que bebe mucho…
La joven le lanzó una mirada llena de reproches.
-¡Te lo ruego, Emma, a mí no!
Alguien llamó a la puerta de la habitación y antes de que Alice pudiera dar su permiso, la persona entró rápidamente. La bata blanca impecable del doctor Whale lograba que las paredes de alrededor fueran menos brillantes. Lanzó una mirada circular por la habitación.
-Oh, creía que tu padre estaba aquí, yo…pasaré más tarde
-¿Son mis últimos resultados?- preguntó Alice señalando la carpeta que sostenía en sus manos
-Sí, pero hablaremos más tarde.
-No vale la pena, doc. ¡Yo se lo diré a mi padre!- resopló ella enderezándose con dificultad en su cama
Whale lanzó una breve mirada a Emma, dejándole ver que molestaba un poco. Esta se levantó, besó rápidamente a Alice en sus cabellos, y desapareció.
El médico salió poco después de la habitación y autorizó a Emma a volver a entrar durante un rato.
-¿Y? ¿Qué te ha dicho?
-Bueno, mis resultados son buenos, están estables
-¿Y no es algo bueno?- preguntó la rubia frunciendo el ceño ante la expresión poco alegre de su amiga.
-Bueno, de todas maneras es la historia de mi vida. Solo quiere decir que tardaré algo más de tiempo en no conocer el amor, ni el Chapèlier Flou, ni siquiera el instituto o la facultad. Y que esperaré a la muerte durante un poco más de tiempo…
-Lo siento- murmuró Emma con la voz rota
-Ya sabes, lo que más me fastidia es ver que la gente a mi alrededor se hacen miles de preguntas sobre algo tan sencillo como el amor. Si amaas a una persona, no dudes un solo segundo, haz de todo por tenerla. ¡Es sencillo!
Emma puso una media sonrisa y cogió la mano de su amiga que estrechó fuertemente.
Tras las vacaciones, un montón de exámenes habían caído sobre los alumnos a pesar del baile que se aproximaba. Regina pedía a menudo noticias del trabajo de Emma para asegurarse de que su alumna progresaba y no perdía terreno con relación a los otros.
Sin embargo, el día del baile, Emma dejó de lado las revisiones y se sintió orgullosa de poder cerrar la cremallera de su vestido hasta el final. Le gustaba la imagen que el espejo le devolvía, ahora estaba esbelta y lo suficiente tonificada para que los músculos de sus brazos se dibujaran perfectamente. Joy y Amber la ayudaron a prepararse y ella tuvo la impresión de que se estaba vistiendo para su boda. Las dos chicas se desvivían por atenderla.
-¡Toma, ponte este collar!- propuso Amber dándole una gargantilla de plata.
-¿De dónde has sacado esto?- preguntó Joy poniendo los ojos como platos
-¡No te interesa!
Nathan pasó la cabeza por la puerta, los ojos cerrados.
-¿Estáis desnudas?- preguntó manteniendo los ojos cerrados
-¡No, sinvergüenza! Puedes entrar
-¡Wow, Em, estás buena!- exclamó saltando a la cama más cercana.
-Gracias…creo
-¡Sí, es un cumplido!
Emma asintió y le dio una pequeña sonrisa a su hermano pequeño
-¿Estás segura de que va a ir bien?- preguntó mirándolas a través del espejo.
-¡Claro que sí! George y Linda vuelven realmente tarde y…
-Sí, pero ya os dejé solos en Navidad y…
-Todo irá bien. Comeremos y nos meteremos en las habitaciones. ¿De acuerdo?
Ella asintió, serena y se giró de nuevo hacia el espejo, dispuesta a enfrentarse a su rebelde cabellera.
-Bueno, ¿una trenza sobre el cráneo, una trenza remolino a un lado o cabello suelto? O una cola de caballo baja- propuso Joy sosteniendo un peine y un elástico.
-¡Sorpréndeme!
-¡Córtalo todo!- propuso Nathan reposando su mentón en su mano.
El primer sitio a donde Emma se precipitó fue al hospital. Le había prometido a Alice que iría a visitarle con el vestido de fiesta, y alegre, se presentó en la habitación.
-¡Oh, Dios mío! ¡Qué bellas estás!- dijo extasiada la joven tendiendo los brazos para que se diera la vuelta.
-¡Tiene razón, Emma, está espectacular!- cumplimentó el padre de la chica.
-Muchas gracias señor.
-¡Los vas a deslumbrar a todos en ese baile! ¡Nadie te llegará a la suela de los zapatos!- declaró débilmente la joven. Parecía de verdad cansada y Emma recordó que, normalmente, al final del día, su amiga estaba más fatigada. Así que se disculpó y se marchó prometiéndole que al día siguiente iría a contarle detalladamente su velada. Emma, finalmente, había optado por una trenza enrollada en un moño que dejaba escapar algunos mechones por su rostro. Sus pendientes y el collar prestados por Amber le daban un aire principesco y tenía que confesar que le gustaba el conjunto y lo que este le permitía liberar. Fuera los vaqueros agujereados, los tenis y la ropa demasiado ancha.
Killian pasó a buscarla en coche, prestado por el padre de Belle. Emma se dio cuenta de que tenía una mirada tiste y morados en las manos, intentó sacar conversación.
-¿Todo bien en ese momento?
-Sí
Ella asintió
-Kill, ¿somos amigos?- preguntó ella inclinándose un poco hacia el muchacho
-Podemos ser algo más, Swan, si es lo que preguntas
-¿Hein? ¡No! No, es solo que…cuando querías que te contara mis problemas…¿recuerdas?
El muchacho se detuvo delante del instituto y se giró hacia ella.
-Lo recuerdo, Swan
-Killian, ¿tienes problemas de los que quisieras hablarme?
Él clavó su mirada en la de ella y parpadeó
-Swan, yo…
Un ruido los hizo sobresaltarse y Emma incluso lanzó un pequeño grito.
-¡Venga, baja de ahí, Emma! ¡Que quiero ver tu vestido!- gritó Ruby que se había lanzado contra la ventana del coche
Emma se giró hacia Killian para pedirle que hablara con ella, pero él ya tenía un pie fuera. A regañadientes, ella descendió y le enseñó a Ruby su vestido.
-¡Mi madre, Katherine va a ponerse roja de envidia!- rio ella ajustándose la capa roja que llevaba alrededor de los hombros –Bueno, ¿entramos? ¡Porque con estos vestidos, nos estamos congelando un poco!
Killian tomó la mano de Emma y la estrechó algo más de lo necesario. Ella le lanzó una mirada inquieta, pero él tenía la mirada fija hacia delante.
Delante de la sala, Emma reparó rápidamente en su profesora de literatura que tenía la lista en la mano. Se acercó rápidamente, dejando a sus amigos detrás y dio su nombre antes de que Regina pudiera alzar la cabeza.
-Miss Swan…¿está usted…hum…sola?- balbuceó Regina escaneando el cuerpo de su alumna.
-No, mis amigos ya vienen, pero…quería darle las gracias por las sesiones de intenso ejercicio, eran…para entrar en este vestido y…ya ve
-Bien, es una excelente razón, ¡está esplendida!- cumplimentó la morena mientras colocaba con su índice un mechón moreno en su sitio.
-Gracias
Sus miradas se clavaron una en la otra durante varios segundos, pero Regina recobró cierta contención al ver acercarse a los amigos de la muchacha.
-¡Qué pase una agradable velada, miss Swan!- dijo algo más fríamente de lo que hubiera deseado.
Emma notó que Ruby la agarraba del brazo y tiraba de ella y el calor de la sala golpeó a la joven. Se giró para intentar alcanzar a Killian, pero lo vio frente a la profesora Mills, con el rostro agachado. Emma sonrió débilmente al ver que la morena sujetaba la mano del muchacho entre las suyas y fruncía el ceño. Se sintió aliviada al ver que Killian escuchaba a la profesora sin rechistar. Algunos minutos después, se unió a ella en el interior.
La velada ya había comenzado y los alumnos ya se movían en la pista. Emma, Killian y Ruby dejaron sus abrigos en la taquilla, pero Emma mantuvo su teléfono con ella para sacar fotos de esa noche. Estando en el bar, Kaherine Midas se plantó delante de ellos y escrutó a Emma de arriba abajo, Ruby mostró que estaba extasiada con el vestido de su amiga y Katherine la miró con asco.
-¡Jones!- lanzó ella con voz elevada -¿No querrías bailar con una verdadera mujer antes que con una chica plana como una tabla?
Killian casi se atragantó con su bebida y Ruby hizo amago de bajar de su taburete para asestarle su puño en la cara a la presumida Katherine. Felizmente, el moreno sujetó a la mejor amiga de Emma y rodeó dulcemente con su brazo la cintura de la rubia.
-Kathy, querida, que metas relleno en tus sujetadores no quiere decir que tus pechos sean de verdad. Y bueno, felizmente, a una mujer se la juzga por muchas otras cosas en las que tú nunca le llegarás a Emma a la suela de los zapatos…
Katherine alzó su nariz y prefirió marcharse sin decir esta boca es mía.
-¡Wow! ¡Qué lengua!- cumplimentó Emma echándose a reír
-Sí…he tomado nota de lo que Mills nos enseña en clase
Killian se excusó ante sus dos amigas y partió en busca de su hermano.
Es cuando Emma vio a Regina entrar en la sala en compañía de David Nolan, que le ofrecía su brazo. Estaba magnífica en su vestido beige cuyo tejido fluido se movía al menor de sus movimientos.
Ruby, repentinamente, se aferró al brazo de Emma y miró hacia la entrada de la sala. Peter acababa de entrar y Emma sintió su vientre contraerse.
-Rubs, ¿no me irás a dejar sola?
-No, escucha, voy a pasar un rato con él y…
-¿En serio? ¡Ni siquiera es del instituto! ¡No tiene que estar en esta fiesta! Me voy a sentir como una idiota…
-Hey…pero solo quiero pasar algo de tiempo con él, Em ¿Puedes entenderlo?
Emma sintió una cólera ascender en ella y miró a Ruby sin comprender.
-¡Vete al diablo!- replicó dándose la vuelta
-¿Emma?- la llamó Ruby, asombrada
Primero, en Navidad, ahora en el baile, Emma tenía la impresión de tener que compartir a su mejor amiga de manera no equitativa y aunque ella estaba lejos de ser posesiva, le habría gustado que Ruby se diera cuenta de su comportamiento. Emma cogió camino hacia fuera. Belle no estaba, Ruby la dejaba, Elsa y Anna le faltaban y el hecho de llevar ese vestido reavivaba aún más el dolor. Se apoyó en una pared y resopló dolorosamente. Killian salió de repente de ningún lugar y le acarició tiernamente el hombro.
¿Todo bien, Love?- preguntó sacando un cigarrillo
Ella lo miró por el rabillo del ojo y dejó caer la espalda contra la pared, las manos estiradas tras las nalgas como para crearse un cojín.
-Ruby está con Peter…me ha arrastrado hasta el baile y a la primera ocasión desaparece y…¡y estoy un poco harta de que la gente se divierta con eso!
-Hum, ya veo- dijo él echando el humo
-¡Una agradable velada de mierda!
Él se quedó en silencio durante varios segundos, mirando a la joven que intentaba empujar lejos su pena.
-Bueno, no soy Ruby, pero soy tu pareja…puedo intentar animar tu velada, ¿qué te parece?
Emma esbozó una sonrisa y asintió, él le tomó la mano, tiró el cigarro apenas empezado y la llevó al interior.
Al final, se divirtió mucho. Killian era adorable y velaba porque ella se divirtiese, se aseguraba de hacerla reír y bailar. A él le gustaba ver sus cabellos desprendiéndose poco a poco de su peinado y cayendo sobre su rostro enrojecido por el esfuerzo. En el fondo, quizás se estaba enamorando y en esas condiciones, sabía mostrarse encantador. Emma chocó con alguien y al girarse para disculparse, se cruzó con el rostro sereno de Regina Mills y perdió instantáneamente su sonrisa. ¡Dios, qué bella era!
-¡Perdón, profesora!
-¿Llevamos mal perder las viejas costumbres, eh?- rio Regina Mills agarrando la mano de su pareja que no era otro que el profesor Scarlett.
Alrededor de las once, Killian se retiró, su hermano se había bebido media botella de ron, y tuvo que llevarlo a buen puerto. Le había preguntado a Emma si quería la llevase, pero ella quería disfrutar un poco más de la noche.
A las 23:30, Emma sintió su teléfono vibrar en su bolsillo, y lo consultó para ver quién podría llamarla mientras contemplaba a Regina Mills divirtiéndose con los otros profesores y la sala se iba vaciando poco a poco a petición del director.
Amber.
Emma salió precipitadamente y descolgó una vez lejos del ruido.
-¡Emma! ¡Ven rápido! ¡Por favor, ven a ayudarnos! George ha…se le ha…cruzado los cables y...oh joder...
La línea se cortó y Emma sintió su sangre helársele en las venas. Volvió al interior para coger su bolso y su abrigo, después corrió hacia el exterior para echar a correr a toda velocidad.
De repente, salida de ninguna parte, Ruby le agarró el brazo con fuerza.
-¡Encuentro de verdad detestable que me digas eso cuando sabes que Peter y yo no nos vemos mucho y que me gusta mucho! ¡Francamente, no sé lo que te pasa en estos momentos, Emma, pero estoy hasta las narices de esto! No tengo que pedirte permiso así que mira, tus…pequeñas crisis de huérfana, ¡puedes ir a tenerlas a otro lado!
Visto su estado, Ruby había tenido que acabarse la otra mitad de la botella de ron y Emma no estaba de humor.
-Ruby, sinceramente tengo otras cosas de las que encargarme, así que ¿sabes qué? ¡Líate con quién te dé la gana, cuando te dé la gana! ¡Búscate la vida! Ahora, ¡apártate de mi camino!
Ella se alejó a grandes zancadas intentando contactar con Amber, ignorando los insultos que profería Ruby a sus espaldas.
Mientras atravesaba el parking, intentaba volver a llamar a Amber, maldiciendo sus tacones. Cuando estuvo de nuevo en línea con su joven hermana, una voz la detuvo.
-Miss Swan, ¿no tiene a un galante caballero que la lleve a casa? Está helando aquí fuera
Emma se dio la vuelta y frunció el ceño. Regina había dicho eso con una voz grave y cálida que hizo temblar a la rubia. Mantuvo la boca abierta antes de darse una bofetada mental.
-¿Qué?- preguntó bobamente despegando el teléfono de la oreja.
-¿Algún problema, miss Swan?- preguntó Mills abriendo la puerta trasera de su coche para dejar su bolso. Se había cambiado y había optado por un pantalón de vestir, azul marino y un largo abrigo del mismo color.
Los gritos de Amber al otro lado de la línea se hacían de verdad inquietantes y Emma sabía muy bien que no llegaría a tiempo si iba caminando.
-Se…euh…
Un dilema la laceraba, si llegaba allá, ¿quién sabe que aparecería ante los ojos de su profesora? No quería ser objeto de miradas cargadas de piedad. Por otro lado, si no se daba prisa…
-¿Puede…puede llevarme a casa, deprisa?
-¿Perdón?
-Mi hermana pequeña ha encendido el fuego- mintió – y no sabe apagarlo y…nuestro padres…nuestros…en fin…
¡Qué mala era mintiendo!
Regina pareció dudar, dejar subir a Emma en su coche era arriesgarse mucho.
-¡Suba!
El barrio donde vivía no era muy acogedor, los traficantes se instalaban en cada esquina, delincuentes se reagrupaban en los bancos o pegados a una pared para ver mejor llegar las amenazas. Las únicas personas amables ahí eran las prostitutas que sabían defenderse mejor que nadie.
Emma se hundió en su sillón, dándose cuenta de que Regina Mills seguramente no frecuentaba a menudo ese tipo de sitios.
Al llegar al principio de la calle, Emma quiso salir del coche y darle las gracias a su profesora rápidamente, pero la morena no la dejó bajar.
-¿No está su casa un poco más allá?- preguntó ella
-Ah, euh…sí
A pesar de que las ventanas del coche estaban cerradas, se podía escuchar gritos en el jardín. Emma esperó de verdad que no se pudiera ver lo que pasaba desde el coche. Desafortunadamente, el invierno había hecho caer todas las hojas de los arbustos y se veía muy nítidamente lo que ocurría al otro lado de la verja. La luz blanca del foco que iluminaba el porche se proyectaba sobre los personajes de esa escena dramática como sombras chinescas.
Emma sintió algo en su brazo, la mano de su profesora, pero no hizo caso, ella se precipitó al exterior y entró en el jardín para descubrir la macabra escena.
Amber y Joy gritaban intentando empujar a George que daba patadas a un bulto tirado en el suelo. Nathan golpeaba a George para que se centrara en él antes que en la pobre bestia que gemía. Dejado en mitad del césped, Jeremy parecía enfadado porque no se ocupaban de él y gruesas lágrimas perlaban sus ojos. En cuanto a George, parecía un ogro al que hubieran desafiado. Gruñía y gritaba al mismo tiempo, el sudor se resbalaba por su frente y caía en sus hombros.
Emma hizo escudo con su cuerpo intentando proteger a Grumpy que seguía recibiendo golpes. Ella recibió una patada en las costillas y su respiración se entrecortó durante algunos segundos. Finalmente, atrapó el pie de su padre de acogida y tiró con todas sus fuerzas para que cayera hacia atrás. En la escalinata, Linda gritaba blandiendo su botella de alcohol. George se levantó, captada su atención por ese ruido lacerante y la obligó a entrar en la casa.
-¡Limpiadme todo este jaleo, pandilla de mierda! ¡Y deshaceos de ese perro asqueroso!
-¡Emma!- gritaron los chicos a su alrededor.
Amber acariciaba la cabeza del buen perro. Joy estaba acostada al lado del pobre animal y lo rodeaba con sus brazos, y Nathan acariciaba dulcemente su costado magullado. En cuanto a Lucy, se había hecho una bola no lejos de allí.
-¿Qué ha pasado?- preguntó la mayor intentando aplacar los chillidos del pobre perro.
Gritos de pánico y cólera se alzaron de los cuatro niños, cada uno quería dar su versión y Emma tuvo que gritar fuerte para hacerse oír.
-¡Joy, levántate!- la joven no se movió -¡Joy, joder! ¡Levántate y ve a ocuparte de Jeremy! ¡Nathan, Lucy, id a ayudarla! ¡Jeremy tiene mucha tierra en la boca!
Todos se pusieron manos a la obra. Había alejado a los más jóvenes para estar a solas con Grumpy que ahora estaba escupiendo sangre gimiendo y chillando. Sus patas se agitaban intentando ponerse de pie, pero sus huesos rotos no se lo permitían. Emma colocó la cabeza del San Bernardo sobre sus piernas y le acarició el cuello.
De repente, una mano se posó en su espalda y alzó rápidamente la cabeza.
-Miss Swan…
-¡Váyase!- soltó Emma sintiendo su voz romperse en su garganta.
-¿Perdón?
-¡Váyase de aquí! ¡Yo…yo…por favor, márchese!- le suplicó con lágrimas en los ojos
-Emma, ¿quién es?- preguntó la voz de Nathan que lanzó una mirada furiosa a la morena.
-Es…No te preocupes, Nath, ¡ella ya se va!
Regina frunció el ceño.
-¡Váyase! ¡No debe quedarse!-la sermoneó el joven -¡Venga, esfúmese!- gritó él empujándola hacia el coche
La pobre bestia agonizó unos minutos más antes de dar su último aliento. Una última respiración difícil y dolorosa debido a sus costillas rotas.
-Emma- dijo la voz de Joy -¿Qué hacemos ahora?
-Lo…lo enterramos.
Todos cogieron una pala, excepto Lucy que fue a acostar a su hermano, y se pusieron a cavar detrás de la casa. El silencio era quebrado por sollozos y sorbidos de nariz. Cuando hubieron acabado de cubrir el cuerpo de la pobre bestia, Amber, Joy y Nathan subieron a sus habitaciones, extenuados y Emma fue a dejar las palas en el garaje. Se sobresaltó al encontrarse con su reflejo dado por un espejo que allí se encontraba.
El color esmeralda de su vestido estaba echado a perder por manchas de sangre que también se extendían por sus piernas, tenía tierra y sangre pegada en sus cabellos y en sus mejillas, parecía un espantapájaros. Sintió nauseas y se agarró al marco de la puerta. Algo se rompió en ella, y perdió toda coherencia. Su bello vestido estaba para echarlo a quemar y toda su pena ascendió a su garganta, formando un gran nudo. Miró sus manos manchadas y notó que un velo se rasgaba en el interior de su pecho, no era lo suficientemente fuerte para mantener a esa familia en su sitio, no era lo suficientemente fuerte para controlar todo. Había fracasado.
Como una zombi se dirigió a su habitación. Joy estaba tomando una ducha. Ella dejó su mochila de clase en la cama y metió algunas cosas dentro. Se dio prisa en bajar y cerró la puerta de entrada lo más despacio posible. Dejaba esa casa. Como una autómata, se montó en su bicicleta y comenzó a pedalear. Sin embargo, se detuvo a algunos metros de la casa. ¿Dónde iba a ir? Sus dos mejores amigas eran Belle y Ruby, el padre de Belle seguramente la devolvería rápidamente a su casa, y había tenido una gran bronca con Ruby por orgullo, no iba a llamar a su casa. Además, no debía estar ella en estado de recibirla, ¿y qué le diría a Granny? ¿No sería hora de dejar la ciudad? ¿De tomar el vuelo?
Fue sacada de sus reflexiones por un ruido familiar de tacones chocando contra el asfalto. Se giró y vio la silueta de Regina Mills cortada por los faros del Mercedes oscuro. Se quedaron quietas algunos segundos, después, la voz de Regina rompió el silencio.
-Venga, le ofrezco algo de beber, miss Swan
Emma subió su bicicleta en el coche y Regina condujo a la ciudad vecina, donde nadie pudiera sorprenderlas.
Entraron en un antro penoso y se sentaron cara a cara, cada una esperando que la otra hablara.
Emma tomó su vaso entre las manos y fijó su vista en el líquido ardiendo. Su toque de queda ya había pasado desde hacía una hora y su vientre se retorcía de angustia.
Iba a tener muchas cosas para contarle a Alice…
Alzó la cabeza para mirar a las personas a su alrededor. Parecían felices, despreocupados, y ella, ella estaba a años luz de todas esas conversaciones alegres.
Regina Mills no era una mujer paciente, nada más lejos de la realidad, sin embargo, mantenía el silencio, esperando que la rubia tuviera a bien desbloquear algunas puertas. Al ver que su alumna se alejaba cada vez más y no parecía dispuesta a confiarse, posó un dedo sobre la mano de Emma. Esta última se sobresaltó y desvió su mirada verde hacia la de su profesora. Obtuvo una sonrisa por parte de esta, una sonrisa dulce y comprensiva.
-Hable- pidió Regina inclinando la cabeza hacia un lado para ablandarla.
Emma frotó su ojo derecho y volvió a dejar la mano sobre la taza. Cogió la cuchara e hizo girar el objeto plateado en el líquido aún hirviente.
-Nuestro perro ha muerto- soltó con voz grave que ni ella conocía.
-Lo siento, miss Swan
-¡No quiero volver allí!- dijo de repente presa del pánico ante la idea de que la directora adjunta la devolviera a ese infierno –Porque ya no puedo ser la salvadora, ya no puedo ser el pilar de la familia, la mayor, la que arregla todo. Estoy cansada, yo…tengo mi vida que comienza y no podré hacerlo si sigo allí.
-Comprendo, creo
-No va a llamar a los servicios sociales, ¿verdad? ¡De todas maneras, lo negaremos todo!- se cerró la joven
-¡Miss Swan, sois maltratados por esa familia de acogida!
Emma alzó su mirada oscura hacia la directora y como un mecanismo de defensa, eligió el ataque
-Usted no ha visto nunca nada, ninguna marca, ningún golpe…¡Y a nadie le importa en los Estados Unidos alguien que mata a su perro! Así que esta familia de acogida no se arriesga a nada porque no hay nada y porque, de todas maneras, negaremos todo para no ir a parar a un sitio peor que este.
-Creía que no quería volver
Emma no dijo nada. Hervía en su interior, habría querido partir.
Desaparecer.
Cambiar de nombre
De apellidos.
Así que, sin darse cuenta, se derrumbó. Su espalda fue sacudida por sollozos incontrolables y escondió su rostro entre sus manos calientes. Su tono duro, su mirada oscura, todo acababa de morir para dejar lugar a una fragilidad extrema.
Por su parte, Regina sentía que una batalla se libraba en su corazón. Le gustaba mucho Emma, pero ¿podía romper ella una de sus reglas solo porque le gustara mucho? Quería ayudarla, cierto, pero lo que se disponía a hacer sobrepasaba su estatus de profesora, de lejos. En cuando el hecho de avisar a los servicios sociales, Regina sabía que ellos no harían nada mientras ningún niño no estuviera en peligro directo. Además, el hecho de avisarlos podría sencillamente romper el lazo de confianza que ella tenía con la rubia. Tomó la decisión de esperar para entrar en contacto con ellos.
Regina miro alrededor de ellas y se apresuró a pagar la cuenta. Después, hizo levantar a Emma y la ayudó a salir del café.
-¿Hein? ¡No!- gritó Emma empujándola -¡No voy a volver allí!
Regina suspiró ruidosamente y se inclinó hacia su alumna.
-¡Sígame!
El coche de Regina giró hacia un sendero fangoso. Emma intentó adivinar el paisaje a través de su cristal, pero no veía sino trozos de camino gracias a los faros del coche, se estaban alejando de la ciudad para hundirse en el campo, en la colina sur. A lo lejos, luces amarillas centelleaban trazando las carreteras de la ciudad.
Regina se paró delante de una imponente mansión. Emma reconoció la mansión ante la que Granny, Ruby y ella la había recogido el día de Navidad.
La morena salió del coche sin esperar a Emma y un proyector se encendió en algún lado. Emma bajó, poco tranquila de estar en casa de su profesora, entrar en su intimidad no le parecía bien. Y sobre todo, se sentía incómoda ahora por haberse mostrado tan débil ante ella. No obstante, al ver los grandes ojos marrones mirarla, la rubia avanzó recolocándose la mochila en su hombro.
Regina abrió la puerta de entrada y le pidió que esperar unos segundos mientras desactivaba la alarma.
Antes incluso de que la luz se encendiera, los efluvios que llenaban la estancia penetraron en las fosas nasales de Emma. Se trataba del olor de Regina, si Emma no hubiera llegado al mismo tiempo que su profesora, habría creído que ella acababa de perfumarse.
Regina le dio al interruptor y una suave luz iluminó la estancia. El hall de entrada era grande, un mueble estaba inmediatamente a la izquierda, en el lado opuesto a una puerta que llevaba a un pequeño vestidor donde Regina dejó sus zapatos de tacón, desprendiéndose de los sonoros 8 centímetros. Miró a Emma y extendió la mano para coger la mochila de la chica. Ella la libró de ese peso para que pudiera, a su vez, quitarse sus zapatos.
Emma dejó sus zapatos al lado de los zapatos de lujo de su profesora. Después, se giró hacia la de más edad que le pareció mucho más baja.
La siguió a la cocina y se sentó en una silla que le señaló su anfitriona. Estaba por los suelos y parecía que ya no le quedaban energías. Sin embargo, no tenía ningunas ganas de dormir, excitada por su presencia en esa mansión. Siempre se había imaginado el interior de sus profesores fueran cuales fueran, así que la casa de Regina Mills a menudo había aflorado a su mente.
Algunos minutos más tarde, Regina posó una taza de chocolate caliente bajo la nariz de Emma, también le dio una rebeca para que la joven no pasara frío. Esta alzó la mirada y le agradeció dulcemente.
-¿Le hace falta algo más a su chocolate?- preguntó amablemente Regina
-Canela, si tiene…- pidió la rubia poniéndose la rebeca.
La morena se quedó un momento parada. No era un pedido normal y tuvo que esforzarse para darse la vuelta para que Emma no se diera cuenta de su turbación.
La rubia escrutó la decoración a su alrededor. Desde donde estaba, podía distinguir el salón, estaba decorado con gusto y refinamiento, todo estaba en su sitio, no había lugar para el desorden o la excentricidad. La joven no tuvo corazón para prestar más atención a ese salón y prefirió mirar el líquido que acariciaba el borde de su taza.
-Miss Swan…su historia, ¡necesito saber…!
-¡Emma! ¡Llámeme Emma, por piedad!
Regina Mills mantuvo el silencio y miró fijamente a su alumna. Se prohibía a sí misma franquear esa frontera, si comenzaba a usar su nombre, ya no habría nada que la retuviera. Era demasiado personal, demasiado…íntimo.
-Creo que soy hija única…Pero sin embargo, quiero a esos chicos como si fueran de mi misma sangre. Hace algunas semanas éramos nueve…Anna y Elsa perdieron a sus padres en un naufragio, pero encontraron a su tía y se marcharon con ella a Canadá.
Tiró de las mangas de la rebeca para cubrir mejor sus ante brazos. Temblaba, sin embargo no tenía frío, el shock estaba haciendo que sus nervios cedieran y ella comprendió por qué Regina le había dejado su rebeca.
-Joy es la que vive en casa de Linda desde hace más tiempo- retomó ella –Su familia entera fue asesinada ante sus ojos y los servicios sociales, demasiado desbordados para encontrarle una familia conveniente, la colocaron allí «por poco tiempo». Cada año, una mujer se presenta en la puerta y se lleva a Joy a comer un helado. Por lo que pude comprender, es la investigadora que intentó resolver el asesinato y que jamás lo ha logrado.
Las manos de Emma, a fuerza de estrechar su taza, se habían puesto calientes. Sin embargo, aún temblaba, conmocionada por las confesiones que estaba haciendo. Por su parte, Regina la acunaba con su mirada, esperando pacientemente que la joven relatara su historia.
-Nathan es un chico malo, maleducado y fugitivo que nunca ha contado de verdad lo que había pasado en su familia. Lleva ahí dos años y cada semana es una nueva batalla para saber si se queda o si Linda lo echa a patadas. La única persona a quien parece respetar es a mí, no sé por qué.
Elevó los ojos hacia su profesora, ella se había sentado al otro lado de la isla y sus dedos estaban entrelazados. Ella llamaba a la calma y a la serenidad solo con su postura.
-Amber ha vivido los peores horrores en su familia biológica y a veces, su padre se presenta totalmente borracho delante de la casa, chillando porque quiere recuperar a la niña, pues ya no puede «jugar sin ella» Llegó seis meses antes que Nathan, lloraba, al principio, a menudo, al comprender que el sitio donde se encontraba estaba lejos de ser un hogar estable y paradisiaco. Amber es una chica genial. No podemos estar un día sin hablarnos.
Regina sonrió
-Lucy no tiene sino nueve años, y sus padres, profundos drogadictos, no quieren recuperarla. Lo que es un drama para ella, evidentemente. Habla poco, es muy reservada, pero también muy amable. Jeremy es el más pequeño, y no sabemos por qué está ahí. Aparentemente, es un traslado, pero no sabemos más. Se vive mal, se come poco, no tenemos espacio para nosotros, siempre estamos amontonados los unos sobre los otros, pero nos servimos de apoyo, el problema es que todos sabemos que, un día, el grupo será roto.
Un silencio acogió esas palabras. Alzó la mirada y encontró la de Regina. Sus ojos estaban llenos de ternura y pena.
-¿Y usted, miss Swan?
-¿Yo qué?
-Conozco la historia de todos, pero, ¿la suya…?
-¡No necesita conocer la mía!- declaró dolorosamente Emma
-¡Swan!- replicó dulcemente la morena -¿De qué tiene miedo?
Emma sacudió la cabeza de izquierda a derecha y con una sola mirada, Regina comprendió que no llegaría más lejos. La morena se dijo que había visto suficiente para saber que la vida de la joven no había debido de ser tranquila.
Miró su reloj. Eran las cinco de la mañana. Los rayos de la luna atravesaban la ventana del salón y chocaban en su espalda. De nuevo, Emma estaba incómoda por haber dicho todo eso, y se negaba a decir más. Se había dejado ir contándole algo de su vida.
-Acabe su chocolate, voy a prepararle la cama.
Cuando la morena se retiró, Emma aprovechó para levantarse y mirar las fotos que decoraban la chimenea. Regina, rodeada de sus amigos más próximos. Chloé, David, Mary Margaret, Jefferson posaban en diferentes fotos, en una estaban los cinco. La foto de al lado no debía ser de ayer, porque la profesora Blanchard tenía los cabellos largos. En otra, más a la derecha, Regina tenía también los cabellos largos, recogidos elegantemente, las manos enguantadas y posadas en el hocico de un caballo. Había otra, tras las demás. Una foto de familia. Regina cogía la mano de un hombre que debía ser su padre, a su lado había una joven mujer pelirroja. Sin darse cuenta, las dos jóvenes se daban ligeramente la espalda. Finalmente, al otro lado, una mujer con expresión severa sujetaba el hombro de la pelirroja. La última foto que llamó su atención no estaba ni siquiera en un marco, solo estaba apoyada allí, como si Regina acabara de separarla de las demás. En la fotografía, Chloé Tinker y la morena estaban lado a lado, Tinker tenía su brazo alrededor de la cintura de la profesora y ella le sacaba la lengua a la cámara. En cuando a Regina, parecía feliz y reía a carcajadas.
-¿Miss Swan?
-¡Emma!- rectificó la rubia dándose la vuelta
-Aquí tiene un pijama que debería servirle, creo, y en su habitación tiene un cuarto de baño, le he dejado todo lo que podría necesitar.
-Muchas gracias- resopló Emma totalmente desanimada
Ella siguió a Regina que la condujo a la habitación. Era más que espaciosa. Emma tenía la impresión de que la miserable casa donde vivía Linda podría caber en esa estancia. Frente a su cama, una tele decoraba la pared, como un cuadro gigante.
-Es hermosa su casa, gracias por acogerme- murmuró Emma incómoda.
-De nada, pase una buena noche y si necesita cualquier cosa, avíseme, no voy a acostarme enseguida y si no, mi habitación es la del fondo del pasillo, la primera puerta frente a las escaleras- le dio una pequeña sonrisa antes de cerrar la puerta.
Cuando Emma se encontró sola, sintió inmediatamente un gran vacío en ella. Cogió su teléfono, veintidós llamadas perdidas y una decena de sms la esperaban. Amber y Joy habían intentando localizarla y estaban visiblemente preocupadas. Pero, ¿qué podía decirles? ¿Que su carga se había vuelto demasiado pesada, que ya no soportaba toda esa violencia, ya no soportaba el sistema? No lograba plantarle cara a eso, no era tan fuerte como pensaba…Sus pensamientos la llevaron enseguida a Grumpy y se refugió en el baño para llorar todo su dolor.
Tras largos minutos, se desvistió y vio un espantoso morado en sus costillas, el pie de George la había lastimado profundamente y tocó la huella violácea con la punta de los dedos haciendo una mueca. Y esta, ¿cuánto tiempo tardaría en desaparecer?
El agua que resbalaba por todo su cuerpo se hacía roja al llegar a los pies de la muchacha. La sangre del pobre perro se diluía poco a poco.
Frotó su piel con fuerza y se lavó varias veces su pelo.
Al salir de la ducha, Emma vio que Regina le había dejado una bolsa de plástico en el borde del lavabo cuando había subido a preparar las cosas. Emma metió su ropa dentro y la tiró a la basura.
Después, se puso el pijama que la morena le había llevado y terminó de desenredar su cabellera. Cuando iba a salir del baño, vio la rebeca que la profesora Mills le había prestado y la sostuvo entre sus manos para olerla. Su olor estaba ahí, la escondió bajo la almohada y esperó poder tenerla durante la noche.
Se sentó en el borde de la cama y cogió su teléfono para escribir un mensaje que tranquilizara a sus hermanos y hermanas.
Todo está bien, estoy en casa de una amiga. Em'
Dejó de dar vueltas por la habitación y se tendió en la cama que la acogía con suavidad y de repente tuvo la impresión de que esta estaba ahí para curar sus músculos doloridos y para acariciar su cuerpo. Sin embargo, no conciliaba el sueño, estaba dividida entre el horror que había vivido esa noche y el hecho de encontrarse en casa de Regina Mills, aquella por la que sentía una admiración sin límites. Estaba feliz de que no hubiera clase al día siguiente, pero tenía que confesar que estaba nerviosa ante el sencillo hecho de estar en la casa de su profesora de literatura, además, había discutido con Ruby y eso la ponía triste. Tenía unas furiosas ganas de llorar, pero se negó ese lujo, no era débil, no quería serlo. Necesitaba algo para ponerse en pie, necesitaba aire para poder volver a casa de Linda y George, tenía que reponer fuerzas.
Se levantó y se acercó a la ventana, necesitaba sentir el aire fresco sobre su rostro. Los ruidos de la noche la tranquilizaron y olisqueó el aire que llegaba hasta ella. El frío era penetrante y sin embargo, jamás había tenido tanto calor. Se dio la vuelta para volver a la cama, encogiéndose sobre sí misma.
Tras haberse tomado otro chocolate caliente, Regina terminó de cerrar los postigos de la mansión y subió. Se dirigió hacia la habitación de su alumna. Tras haber tocado varias veces a la puerta y no escuchar ningún ruido, decidió entrar despacio. Un golpe de viento la dejó helada en el sitio y corrió a cerrar la ventana. Cerró las pesadas cortinas para que la rubia no fuera despertada por el día que no tardaría en hacer su aparición. Después, se dio la vuelta hacia Emma. Emma, que dormía con su pijama. No tenía apariencia tranquila, sus puños apretaban la almohada y las cejas fruncidas, las rodillas subidas hasta el pecho. La morena se acercó dulcemente y escrutó los trazos de la joven. ¿Qué más habría sufrido? Al verla estremecerse, cogió una manta gruesa y la colocó sobre el cuerpo de la muchacha. Se aseguró de que estaba bien tapada, apartó los cabellos de su rostro para que no le hicieran cosquillas, después, sintiendo que su corazón flaqueaba poco a poco, se alejó rápidamente y cerró la puerta de la habitación tras haber apagado las luces.
