VIII

De noche por los pasillos

Nadie paseaba por el pasillo en el que se encontraba la Sala Multipropósito. Una puerta invisible se abrió y dos mujeres salieron de ella. Podría decirse que eran mujeres completamente normales y que se encontraban allá a causa de algún entrenamiento pero, esas mujeres, no eran cualquieras. No, eran totalmente distintas a todas las chicas del colegio. No eran de aquellas que amaban a los hombres; se amaban entre ellas con una pasión superior a todo lo conocido. Ambas mujeres caminaron sin ninguna contemplación ni segundas miradas por el pasillo.

Hermione y Ginny se asaeteaban de vez en cuando con libidinosas miradas, miradas ardientes que deseaban resucitar aquel fuego que se había producido dentro de la sala. Sin embargo, la prudencia hacia repentinos y poco prolongados actos de presencia en medio de la salvaje mentalidad de las dos mujeres. Hermione miraba a Ginny con curiosidad, de arriba abajo, como si hubiera algo en el cuerpo de la pelirroja que hubiera cambiado. Y, de hecho, sí lo había hecho.

Resultaba que Ginny había tomado una poción que había hecho ella misma y que servía para modificar ligeramente una parte de su cuerpo en específico. Era obvio pensar que había tomado aquella poción para engrandecer sus pechos. Ahora que el efecto había expirado, ya no tenía el busto tan prominente. En un arranque de lasciva curiosidad, Hermione acorraló a su amante en una pared y le desabotonó la camisa parcialmente y bajó un poco su sostén para descubrir que ella también era un alarde de proporcionalidad. Ginny, sintiendo que quedaba algo de combustible por quemar, puso una pierna por la cintura de ella y Hermione, queriendo continuar con el juego, tomó la pierna, deslizando la falda junto con su mano y besando su cuello. La pelirroja hacía agitar su cabello para impregnar de jazmín los cabellos de Hermione. Ella hizo lo mismo para dejar una marca de clavel en el rojo apasionado de Ginny. Querían hacerlo otra vez, con el peligro de ser descubiertas actuando como un poderoso afrodisiaco, se besaron una vez más, jugando con fuego, con miel y con licores intangibles que las hacían sentirse animalmente excitadas, como hienas celosas. Batían sus cabellos y besaban sus cuerpos… no, no besaban. Devoraban sus cuerpos como caníbales de la pasión y de las sensaciones aumentadas producto del erotismo que había despertado en ellas, producto del despecho y de la pena por ser rechazadas. Sus orgullos femeninos lastimados y sus innegables atractivos físicos conspiraron para enzarzarlas en una relación carente de amor pero, con el roce de sus cuerpos sacando chispas e incendiando su relación¿quién necesitaba al amor? Era como una especie de venganza por el sufrimiento a causa de la doble negativa de Harry.

Hermione dejó de acorralar a Ginny pero, la tomó de la mano y ambas corrieron por los pasillos, riéndose a carcajadas y burlándose de todo y de todos. Los rayos de la luna se filtraban por los ventanales, a veces silueteando las figuras de ambas mujeres como ángeles de fuego y plata, corriendo por los pasillos, sin miedo a que alguien las pille. Su "amor" les impedía tener miedo, o dicho de mejor manera, suprimido por la adrenalina que corría por sus venas.

Mientras descendían por las escaleras, una luz amarilla interrumpió sus pasos. Caminando con cautela, se aproximaron a la luz y… resultaba que Filch, el celador, estaba haciendo guardia en ese sector del castillo. Al ser descubiertas, el horrible celador se puso en guardia y después, soltó una amarga risa.

—Vaya, vaya…, vaya. Con que dos estudiantes fuera de sus camas ¿eh? Las llevaré junto con Severus para que él decida qué hacer con ustedes…

Filch no pudo articular más palabras. Hermione y Ginny se estaban besando otra vez, como desafiando al viejo celador. Él había visto de todo pero, aquella noche, vio algo nuevo, algo que nunca se había visto en el colegio. Mientras ellas entrelazaban sus lenguas y se subían las faldas, revelando las ropas interiores, Filch se quedó con la boca abierta y los párpados al límite, parado en medio de la escalera mientras Hermione y Ginny se apasionaban otra vez. Cuando creyeron que era suficiente, ambas se separaron, se abrazaron por la cintura y pasaron por el lado de la estatua en la que se había convertido el celador. Mientras caminaban, las muy agraciadas se levantaron la falda y se dieron mutuas nalgadas, dejando más paralizado al pobre Filch. Tardaría semanas en recuperarse de la impresión.

Hermione y Ginny caminaban por los pasillos, tomándose el pelo, riéndose y besándose, como si estuvieran borrachas. En efecto, lo estaban, pero de pasión. Querían más y más. Esto del amor entre mujeres era de lo más maravilloso… cuando se estaba a solas. Y en ese momento, ni un alma se atravesaba en su camino. Debieron pensar em ese momento que las cosas parecían darse con demasiada fluidez. Mientras paseaban por un pasillo extenso, estando las puertas cerradas y la luna iluminándolas, como bendiciéndolas. En otro arranque, más potente, de pasión, Ginny se recostó contra la fría piedra y se arrancó la camisa, sin importarle los botones, y Hermione… idem. Con los sostenes, lo mismo. Estaban a pechos descubiertos y volvieron a encenderse, a arder en las brasas, a besarse y devorarse entre ellas, a solas, en medio de un pasillo, con el peligro de ser descubiertas excitándolas y atreviéndose a más. La pelirroja se sentó sobre las piernas de Hermione, quien se sentó a la turca y recibió a Ginny en sus brazos, probando y devorando sus pechos verdaderos. Ginny exhalaba y daba gemidos agudos, sintiendo la excitación y el placer inundándolas. Se miraron una vez más; sus ojos traspasaron sus corazones, haciéndolas estremecer. Aunque no podían saberlo, esto era el preludio de algo más grande que iba a pasar entre ellas en un tiempo más, cuando las desgracias caigan sobre ambas.

—Te amo, Hermione.

—Yo también, Ginny.

Y con un suspiro mutuo, volvieron a unir sus labios, más dulcemente que en las veces precedentes. Sus brazos se rodearon y sintieron el calor de la una y la otra, olvidadas de todos sus problemas. Tal vez ese sea el problema con los hombres: todo lo racionalizan y no se dejan llevar por su intuición e instintos. Los hombres son unos insensibles, excepción hecha del comprensivo Harry. Tal vez era el único hombre que era capaz de estar en sintonía con sus sentimientos. ¿Y si lo involucraban en sus juegos eróticos¿Si le contaban acerca de su condición de lesbianas? No, era muy peligroso que un hombre tan sensible como Harry supiera de su romance. No, decidieron mantenerlo en el más absoluto y riguroso secreto, como sólo las mujeres saben ocultar las cosas. Después de ponerse en pie, se relajaron un poco y cogieron sus cosas, llevándolas al hombro. Los sostenes se notaban a leguas, por lo llamativos de sus diseños y colores, pero no se inmutaron. Subieron hasta encontrar el retrato de la Dama Gorda, quien se puso muy seria al ver a Hermione y Ginny desnudas de la cintura para arriba. Sin embargo, ellas, a coro, pronunciaron la contraseña para entrar y la señora no tuvo más alternativa que cederles el paso. Ellas entraron y, sin más preámbulos, caminaron hacia la escalera que conducía al dormitorio de las chicas pero, alguien, desde las sombras les dirigió la palabra, visibilemente sorprendido.

—¿Qué estaban haciendo?

Ellas se miraron, desconcertadas y asustadas. Era Ron, quien se había permanecido despierto todo ese rato, buscando una explicación a la extraña forma de actuar de ambas. Señaló sus pechos descubiertos. Inmediatamente, la implacable máquina de desinformación femenina entró en acción.

—Sólo nos tomamos una ducha —dijo Hermione.

—¿Y tres horas se tomaron en bañarse?

Ahora fue Ginny quien tomó las riendas.

—¿No sabes lo concienzudas que somos las mujeres con nuestro aseo?

Ron se quedó sin habla. Otra vez había quedado en ridículo ante mujeres. Ellas son las máximas chantajistas, mentirosas consumadas y observadoras de lujo. Además, con esa poderosa intuición de la cual disponían, no era de extrañar que las mujeres fueran una raza aparte, seres superiores que los hombres debían de admirar. Y con la boca abierta de Ron, ambas sonriendo para ellas, subieron a sus dormitorios para tomar un merecido descanso.


Nota: Por favor, no piensen que, porque pienso que las mujeres son seres superiores, vayan a pensar que soy mujer. No, soy HOMBRE y admiro y respeto mucho a las mujeres. Eso es todo.