Y... cómo les prometí, otra actualización de mis fics =P. Bueno, no añado más que cada vez se acerca más el final de esta historia, y espero que sea de su total agrado. ¡Disfrute de la lectura!
Disclaimer: Frozen NO me pertenece, sino que a Disney y sus asociados.
Gélido
Por E. Waters
Capítulo VIII
Elsa POV
Cuando desperté la noche siguiente después de aquel fatídico encuentro con el estúpido de Hans, a mi mente vino el fresco recuerdo de la noche anterior, y cuando digo esto no me refiero a mi incidente con Hans, si no por una cosa muy distinta.
Yo trataba como ignorar aquel recuerdo, mas este seguía insistente en mi cabeza, repitiéndolo no una o dos veces, sino que hasta cuatro o cinco.
Los cálidos labios de Anna; la dulce mirada de esos ojos azul verdoso de Anna; la suave mano de Anna tocando mi cuerpo…
Muy pronto, mi cabeza estuvo invadida por la imagen de la que seguramente sería mi futura hermana en ley, aún cuando últimamente lo que estaba haciendo con ella podía ser muchas cosas, pero menos del tipo fraternal.
¿Yo la amaba?
Siendo completos y absolutamente sinceros, no lo sabía, en serio que no. De lo que sí estaba segura, a pesar de que yo insistía con fuerza en ignorarlo y no hacerle caso, era mi cuerpo clamaba por tener algún tipo de contacto con ella.
Ofuscada, debido a que no sabía que qué hacer con mi vida a partir de ahora, me senté sobre mi cama, y observé por el rabillo del ojo la durmiente figura de Anna…
La maldita y tentadora figura de Anna.
Yo quería negarlo, quería ignorarlo, quería fingir que no sabía nada de nada, que aquel contacto había sido un sueño y ya, mas a cada instante que pasaba se volvía más y más nítido para mí.
De lo que sí estaba segura, y ese algo era que por nada del mundo deseaba hacerle daño a ella.
—¿Elsa, estás despierta?
Cuando escuché la voz de Anna, mi piel se erizó y un escalofrío recorrió por toda mi espalda. Yo jamás había sido una chica valiente, y era ahora cuando necesitaba esa precisa cualidad, que me abandonaba.
—¿Elsa?
Ladeé mi rostro en dirección hacia Anna, y cuando observé sus ojos, supe que lo de anoche no daría vuelta atrás.
Lo recordaba a la perfección, aquel beso, y aunque quería otra vez negarlo y enterrar mi verdad en el fondo del mar, fue uno de los más excitantes, si es que ya de hecho no lo era, de toda mi vida.
Tampoco es que yo tuviese mucha experiencia…
Pero definitivamente, besar a Anna fue mil veces mejor que besar a Hans.
Hans, al contrario de ella, era insistente, intenso y sin cariño alguno, todo movido por esas hormonas.
No es que Anna también se moviese por sus hormonas, pero los besos de ella profesaban un sentimiento más profundo, no haciendo ese beso un gesto banal, sino que uno lleno de diversas sensaciones.
Era peligroso, casi rayando en lo adictivo.
Y no quería, no quería perder el control, no quería dejarme llevar por esos intensos sentimientos, y aunque sé que sonará mal decirlo, yo no deseaba terminar con una chica.
Cobarde; yo era una completa y absoluta cobarde, y estaba totalmente consciente de ello.
¡No sientas! ¡Simplemente no sientas!
—Hola, Anna —dije finalmente, pero no me atreví a chocar mi mirada con la suya.
Pero aparentemente, ella no se daba cuenta en el grave dilema en el cual precisamente me encontraba, puesto que se acercó a mí, se subió a mi cama, y sin previo aviso fue y posó sus labios sobre los míos.
Un beso corto, un beso casto.
—Anna, yo…
—Sólo déjame, ¿bueno? —y esa mirada llena de algo que jamás había visto en los ojos de nadie, ni siquiera en la mirada de Hans, se posó sobre la mía, a lo que yo me sonrojé de forma furiosa.
Oh, Anna, sería muy egoísta de mi parte si te dejara... porque por mucho que te desee, por mucho que mi cuerpo te ansíe mi cabeza siempre seguirá tan fría como siempre.
Aún cuando de a poco mi congelado corazón se estuviese emblandeciendo.
Estuve a punto de responderle, y ella me besó otra vez más, siendo esta vez su beso mucho más pasional y menos decoroso que el beso anterior, casi como si la inocencia se hubiese ido.
Anna. Anna. Anna.
Insisto, yo no deseaba hacerle daño alguno, pero a cada segundo que pasaba ese beso se volvía más intenso, y con menos posibilidades de retractarme. Entonces, el cuerpo de ella se abalanzó sobre el mío, y la chica quedó arriba de mí, mientras yo estaba recostada en mi cama.
Y antes de que Anna pudiese hacer cualquier cosa, yo la tomé fuertemente de los hombros y la alejé de mí.
—Anna…
—Elsa, yo sé que en fondo me quieres — cuando lo dijo, algo se removió en mí — ¿estás aún con Hans?
—No, terminamos.
—¿Quieres a alguien más o ya tienes una nueva pareja?
—No, pero…
—Elsa, yo sólo…— y me miró con infinita ternura, acariciando con su mano mi mejilla izquierda. — sólo quiero amarte, y créeme que sé que con el tiempo tú sentirás lo mismo por mí.
—No lo entiendes, Anna, ¡somos chicas!
—¿Y si nadie se entera?
—¿Ah?
—Eso…— Anna se acurrucó en mi hombro derecho, y su aliento golpeó con fuerza en mi cuello provocando que sintiese un suave pero intenso cosquilleo en mi vientre — nadie lo sabría, eso sería un secreto entre tú y yo.
Lo admito, lo que ella me proponía era demasiado tentador.
—¿Y qué harás con Kristoff?
—Si aceptas lo que te digo, hoy mismo termino con él.
Mierda, Anna, ¿por qué lo haces tan difícil? ¿No te das cuenta que me tienes pendiendo de un hilo? ¿No ves que lo de nosotras sencillamente no puede ser?
¡No sientas! ¡Simplemente no sientas!
—Anna, yo no quiero hacerte daño.
—Y no lo harás, Elsa. Yo no te pido que seas mi novia, al menos por ahora, yo solo, yo solo…— y depositó un inocente beso en mi clavícula — quiero darte todo el amor que por ti yo siento.
—Anna…
—Elsa, por favor — ella me miró como si estuviese a punto de llorar — no tienes porque rendirme cuentas, yo de verdad quiero estar contigo, y sólo contigo.
Y otra vez más, Anna me besó, pero esta vez en mi cuello, dando pequeños besos sobre mi pálida piel. Era tan agradable la sensación, que hasta un momento olvidé que era mi futura hermana en ley quien me la brindaba, y no otra persona.
Pero aunque otra persona me estuviese besando así, probablemente pensaría en Anna…
¿Por qué…?
Yo no quería enamorarme.
Yo no quería enamorarme de Anna.
Yo no quería enamorarme de Anna, y perder en el acto todo el control que tenía sobre mí.
Solté un suspiro de puro placer, cuando ella mordisqueó de forma cuidadosa mi piel, lo suficiente como para no dejar marca alguna, y es que si dejaba marcas inevitablemente habrían rumores sobre mí y una posible nueva pareja.
Una pareja que no podía ser Anna.
En cuanto menos lo esperé, la mano de Anna viajó de mis muñecas hacia mi pecho, y aún con mi camisola entre mi cuerpo desnudo y la mano de ella, la muchacha comenzó a masajearlo.
Nadie me había tocado de esa forma, ni siquiera Hans, al cual mandé a volar cuando intentó sobrepasarse conmigo.
¿Por qué no hacía lo mismo con Anna, considerando que estábamos en similares situaciones?
¡Pero los labios y caricias de Anna, se sentían tan bien…! No era absoluto como con Hans, en donde todo era forzoso, sin sentimiento alguno.
El masaje de la chica sobre mi pecho, no hizo más que sobrepasarse cada vez más y más, como si el cuerpo de Anna necesitase del mío, y aunque yo quería negarlo con mucha fuerza, mi cuerpo comenzaba a experimentar lo mismo.
—Anna…— solté entonces, en un sus suspiro.
—Oh, Elsa — dijo ella en mi oído — no sabes cuánto esperé para esto.
Y cuando dijo eso, fue como si aterrizase a tierra, como un balde de agua fría, como si me diese cuenta de lo que realmente estaba sucediendo…
Ella estaba encima de mí y ciertamente sus intenciones no eran de las más inocentonas.
—Anna, debemos parar— y sacando fuerza de quién sabe dónde, y de forma dolorosa, aparté a la muchacha de mi cuerpo.
—Pero…— ella parecía confundida —pensé que lo estabas disfrutando.
—¡No es eso! — dije, diciendo lo primero que se vino en mi nublada cabeza — es sólo que no podemos hacerlo.
—¿Y por qué no?
—Anna, cómo te decía yo no quiero hacerte daño…
—Pero yo realmente quiero esto, Elsa, y si alguna vez llego a sufrir, será culpa mía, sólo mía y no tuya.
—Oh, Anna, yo…
Y otra vez me besó.
Estaba comenzando a punto, sólo a punto de corresponderle el beso a Anna, cuando tocaron la puerta de nuestra habitación.
—Mierda —soltó la chica, alejándose de mala gana de mi cuerpo — ¿si?
—Soy Olaf — la inconfundible voz de nuestro mayordomo inundó la habitación — los señores de la casa la esperan a desayunar, dicen que deben decirle algo importante.
En completo silencio, las dos nos aseamos y colocamos ropa, y aunque yo sentía la intensa mirada de Anna sobre mí, hice lo posible por ignorarla. Estaba en mi cuerpo fresco los besos de ella, y realmente no quería rendirme a sus encantos.
Aún cuando mi cuerpo comenzaba a clamar por ella.
—Me alegra verlas, chicas —dijo mi padre muy sonriente — si las hemos llamado, es porque queremos decirles algo importante; Jane y yo casamos en tres meses más.
Mis ojos azul hielo se abrieron mucho, y mientras yo me quedé muy estática y quieta en mi puesto, Anna besaba efusivamente a su madre y le daba un gran abrazo a mi padre.
—¿Elsa, hija, qué opinas?
—Los felicito — fue lo único que pude soltar, lo único que pude decir en esos precisos instantes
Entonces, lo comprendí; Anna sería ahora de forma completa y oficial parte de mí, mi hermana en ley, alguien a quién debía profesar amor o como mínimo un escueto aprecio, y es que éramos ahora familia.
En ello me quedé muy pegada pensando, mientras Anna manejaba el auto último modelo de mi padre hacia la escuela. Seríamos hermanas, hermanas en ley.
Pero obviamente, Anna querría una relación mucha más profunda que esa.
Cuando llegamos al colegio, estaba allí Kristoff esperando ansioso a su novia, algo fácil de deducir considerando que apenas como cuando Anna se bajó del auto, vino él y la abrazó con suma fuerza, besándola en el acto.
Sin poder evitarlo, ese maldito sentimiento nació en mí; ese horrible sentimiento llamado celos.
Entonces lo supe; supe que mi cuerpo lo decía a gritos, que ya simplemente no podía más ignorar lo que mi corazón, sí ese mismo que de a poco comenzaba a descongelarse. Yo deseaba a Anna Summers, aún cuando tanto me costase admitirlo.
Sin embargo, ¿yo la amaba?
Aunque de lo que sí estaba muy segura que no quería verla con nadie, con nadie que no fuese yo misma.
Siendo así, esperé al primer receso entre clase y clase, y cuando pillé a Anna entre el gentío de alumnos, la tomé por la muñeca y la arrastré a una esquina algo escondida.
—Está bien, Anna.
—¿Ah? — pero sus ojos brillaban más que nunca.
—Eso, acepto tu propuesta… sin ataduras, sin condiciones.
El rostro de la muchacha se iluminó más que nunca, y mirando previamente a los dos lados, cómo asegurándose que nadie nos estuviese mirando, me arrinconó en la pared y posó sus labios sobre los míos.
Y esta vez, en vez de rehuirle o querer separarme de ella, hice todo lo contrario y correspondí a ese beso con una intensidad que jamás creí que volvería a sentir de nuevo, o que antes había sentido con anterioridad.
—Gracias— dijo Anna, y ella antes que el timbre que sonaba indicando el cambio de hora, plantó otro beso rápido en mis labios y tarareando una canción se encaminó hacia el salón en donde le correspondía su próxima asignatura.
Durante el resto del período, sólo pude pensar en Anna y en sus dulces labios, por lo cual apenas sí pude concentrarme en mis materias.
Aún así, había un problema, y ese problema tenía nombre: Hans Southern.
—¿Qué quieres, Hans? ¿No te quedó lo suficiente claro lo de ayer en la noche?
—Elsa, yo lo siento, — sin embargo, él no parecía estar realmente arrepentido — sé que fuimos muy rápido y que…
—Y que nada — lo rodeé y seguí con mi camino, siempre posando mi mirada hacia el frente haciendo caso omiso a Hans. — si me permites, debo cosas que hacer.
—¡Elsa! — y él sujetó con fuerza mi muñeca. — vamos, no seas tonta, sabes muy bien que los dos nacimos para estar juntos… nuestras madres siempre lo quisieron.
Yo lo quedé mirando con un profundo desprecio… ¿cómo podía ser posible, que mi madre quisiese que yo terminase con un tipo como Hans? Aunque claro, ella ahora no estaba viva como para saber cómo era el actual Hans.
—Lo siento, Hans, pero a veces debes saber cuándo detenerte.
Y dicho esto último, me di la media vuelta de forma definitiva. Lo único que quería era regresar pronto a casa, descansar y meditar un poco todos los sucesos del último tiempo.
Allí estaba Anna, con una gran sonrisa en los labios, esperándome a la salida del instituto.
—¿Vamos, Elsa?
—Vamos, Anna — y sin quererlo, esbocé una gran sonrisa.
De esta forma, y rozándonos las manos, nos encaminamos hacia el auto de mi padre, y una vez allí nos dirigimos hacía casa, aún cuando sentí la mirada de Kristoff Anderson mirándome.
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