Capítulo 8
De cómo el Carnaval mató a un oso
Mientras abandonaban Aries a toda velocidad, Aioria y Milo no sabían de que sentirse más abochornados: si del quiebre mental cortesía del bicho o, del hecho de que, para abrir las esposas, había bastado que Kiki apretara el pequeño botoncillo de emergencia en el que ninguno de los dos había reparado hasta ese momento. Cualquiera diría que sus años de perversión deberían pesar más que los del adolescente ariano. Sin embargo, el ridículo en el que habían quedado era definitivo. Así de simple había sido destrozar el poco orgullo que les quedaba.
Como fuera, a pesar de la innegable vergüenza, se daban por bien servidos al recuperar su libertad. Con un poco de suerte, Saga no notaría el leve daño causado a su propiedad y ambos saldrían vivos de aquel desafortunado incidente… aunque su dignidad hubiese muerto en el proceso.
Y ahí iban, en un silencio ensordecedor, donde lo único que atrapaba su atención era la conversación torpe e irrelevante de esos tres pequeños monstruos a los que llamaban "sobrinos".
Los niños, por su parte, ni siquiera habían notado el alcance de sus logros. En un par de días, había conseguido lo que ningún dios había podido antes: poner de rodillas a la mitad de los guardianes de las doce casas, los orgullos Santos Dorados. A ese ritmo se convertirían en la ambición secreta de todo dios que estuviera observándoles.
—Oye, tío bicho… —Nunca antes, nunca, la voz de un niño les había hecho temblar del modo en que Alex lo hacía en ese momento.
—¿Sí?
—¿Crees que el tío Alde ya haya regresado al Santuario?
—No lo sé. —Si Aldebarán era inteligente, no volvería sino hasta que ese trío del mal cumpliera al menos treinta años. —¿Por qué preguntas?
—Querríamos visitarle.
—¡Eso! —Hektor aprobó el deseo de su hermano.
—No suena como una buena idea.
—¡¿Pero, por qué?! Él siempre es divertido y nos regala muchos dulces—insistió el gemelo menor. A pesar de todo, Aioria se mantuvo en su decisión.
—A sus padres no le gustaría la idea.
—Pero tío Alde siempre es bueno. ¡Tiene montones de chocolate!
—Les he dicho que no. No podemos ir.
—Los dulces son malos para la salud. Engordan, causan caries y puede enfermarles también—complementó Milo. Entre los efectos desagradables estaba una sobredosis de energía a la que quizás Aioria y él no sobrevivirían.
—¡Tíos! ¡Por favor!
—Dije que no—respondió el león.
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—Niños…
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—Les estoy diciendo que…
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—¡Lo están haciendo otra vez, gato! ¡Haz algo!
—Solo… ignóralos.
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—¡Es difícil!
—Milo…
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—¡Son pequeños, adorables y piden las cosas por favor!
—¡Milo!
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—¡Gato!
—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…
—Ten un poco de fuerza de voluntad.
Aioria entendía la parte en que eran pequeños y que pedían las cosas por favor, pero lo de adorables… después de todos los aprietos en que les había puesto y las tragedias que habían causado, comenzaba a dudar al respecto.
Su problema radicaba en lo fácil que era Milo. Lejos de ayudarle a pensar como un adulto, el escorpión pasaba por encima de él y hacía lo que los enanos querían.
Se detuvo de pronto, entre los incesantes pedidos de los niños, para enfrentar a su amigo. Golpeó su pecho varias veces con el dedo y trató de sonar tan determinado y severo como pudo. Milo tenía que tomarle en serio alguno de esos días, o ninguno de los dos iba a sobrevivir a la misión de Aioros y Saga. Serían gato y bicho muertos al final del día.
—No les escuches. Si lo haces, estaremos perdidos. —Milo volteó hacia los niños, encontrándose con tres pares de ojos suplicantes. De inmediato, Aioria le jaló la cara para que no se fijara en los pequeños. —¡Recuerda! Si haces contacto visual, estás muerto. Si los escuchas por mucho tiempo, estás muerto. Si prestas atención a sus ojos de cachorros perdidos, estás muerto. Si dejas que te sobornen, estás muerto…
—Oye, gato…
—¡Espera! Te estoy dando instrucciones. Si te amenazan y caes en su juego, estás muerto. Si…
—Pero, gato…
—¡Presta atención! Si los sobornas con dulces, estás muerto. Si ven que eres débil, estás muerto. Si huelen miedo, estás muerto. Si…
El peliazul movió los brazos con desesperación, pero nada bastaba para hacer callar a Aioria. Seguramente podía enumerar más de cien situaciones en las que terminarían muertos a causa de los niños, y todo sin darse cuenta que la número ochenta y siete estaba sucediendo a sus espaldas: "Si huyen a un destino desconocido, estás muerto."
¡Y estaban en plena huída! ¡Y el estúpido gato no dejaba de hablar!
Milo tomó los hombros del castaño y, tras sacudirlo tanto que Aioria pensó que se le caería la cabeza, lo hizo mirar en dirección a donde el trío de niños corría a toda velocidad.
—¡Se escapan, gato! ¡Se escapan!—dijo, sosteniendo su cabeza en esa dirección.
—¡¿Qué?! ¡Se van! —Cayó en cuenta de lo que pasaba. Aquí iban de nuevo. —¡Corre, bicho! ¡Corre hasta alcanzarlos!
—¡Estamos tan muertos!
Y eso era decir poco. Por donde lo vieran; ya fuera cayendo por las escaleras, o a manos de sus hermanos mayores, esos días serían la causa de su segunda… o tercera muerte, según como se viera.
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¿Cómo era posible que tres mocosos de menos de cinco años pudieran correr tan rápido?
Cuando llegaron a Tauro, jadeando y con la lengua para afuera, Milo y Aioria se plantearon dos tristes escenarios para resolver dicha pregunta. En el primero, se decían que quizás ya estaban quedando viejos y no estaban para esos trotes. Después de todo, en edad del Santuario, tener veintisiete años equivalía a unos ochenta años del mundo real. El segundo escenario era menos oscuro pero igual de doloroso: tenían que dejar el tabaco antes de que les pudriera por completo los pulmones.
—¡Ganamos!—corearon los pequeños. Las niñeras doradas hubieran objetado, afirmando que habían hecho trampa, pero apenas podían hablar. Boqueaban por aire con desesperación.
—Busquemos a tío Alde—dijo Hektor, cosa que su hermano aprobó.
—¡Eso!
—Esperen por mi—Odu corrió tras los dos.
—¡Alto ahí…!—gritó Aioria… o al menos lo intentó.
—¡… Los tres!—gritó Milo... aunque su voz también sonó lastimera. De cualquier modo, ambos fueron ignorados sin reparo.
Las carcajadas infantiles resonaron con fuerza gracias al eco de la bóveda del salón de batallas. Conforme se fueron alejando, el sonido se fue apagando con ellos.
—Hoy mismo dejamos el tabaco, bicho.
—Maldita sea…
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—¡Tío Alde! ¡Tío Alde!—irrumpieron en los privados del segundo templo a toda velocidad.
Al principio hubo puro silencio. Ninguna respuesta para ellos. Sin embargo, no sabían que en lo profundo del segundo templo, Aldebarán libraba una batalla entre su instinto de supervivencia contra su buen corazón.
No iba a mentir: adoraba a aquel trío de pequeños revoltosos. En lo que a él respectaba, habían traído nuevos aires a las doce casas y muchas cosas habían cambiado. La mayoría de ellas, para bien. Pero también era consciente de los muchos problemas que eran capaces de montar sin ningún esfuerzo y amparados por esa infinita y peligrosa inocencia suya. Además, tenían mucho mérito al haber arrasado con la mitad de los templos. Shaka, Ángelo, Shura, Camus… incluso Mu y Kiki. No quería correr la misma suerte.
Lo que era peor, Milo y Aioria iban con ellos. ¡Milo y Aioria! Cuando eran pequeños, ese par de diablillos se las habían ingeniado para meterlo en todo tipo de aprietos. ¿Qué le garantizaba que esta vez la historia no se repetiría?
—¡Tío Alde! ¡Tío Alde! ¡Tío Alde! —Cada grito, magistralmente ignorado, le hacía sentir más y más culpable. Se mordió los dedos con angustia, a sabiendas de que no podría resistir mucho más. —¡Tío Aldeeeeee!
—¡Aquí estoy!—respondió, casi por instinto—. ¡Un momento, por favor! —Maldito fuera su buen corazón.
—¡Qué bien!—corearon los tres. Dieron un brinco en el aire e intercambiaron palmadas. De todos, tío Alde era por mucho el favorito y el más consentidor.
—¿Les ha… respondido?
—Eso creo, gato. Alde ha enloquecido.
—Quizás podamos tomarnos un descanso y…
—Ni lo piensen. —El corazón se les detuvo momentáneamente cuando escucharon la amenazante voz del toro dorado a sus espaldas. Voltearon lentamente, para encontrarlo ahí, con los brazos cruzados y la seriedad tatuada en el rostro.
Aldebarán podía ser tierno, adorable y sumamente dulce. Pero cuando se lo proponía, también podía ser muy intimidante.
Pues bien, esa sería una de esas ocasiones. No le importaba pasar un poco de tiempo con sus sobrinos favoritos, pero ni supliría a aquel dúo de niñeras inútiles, ni pasaría solo por todas las penurias que le esperaban.
—Hola…—saludó el peliazul, intentando disimular su penoso estado.
—Se ven horribles, los dos.
—Han sido días largos.
—Karma—dijo el brasileño.
—¿Qué?
—Karma. Al fin les ha alcanzado.
—Oye, ¿qué significa eso? —El escorpión dorado bufó.
—Tú deberías saberlo… —Pero el toro dorado no tuvo tiempo para decir más, pues en ese mismo instante, tres niños corrieron en su dirección, treparon por sus piernas y se acomodaron del mejor modo posible en sus grandes brazos. —¡Pequeños!
—¡Venimos a verte!—dijo Héktor.
—Seguro que nos extrañabas. —Su hermano gemelo tomó el rostro de Aldebarán entre sus diminutas manos y miró a sus ojos. El mayor tuvo que aguantarse la risa y disimular lo mejor posible.
—Mucho. Les he extrañado mucho.
—¡Lo sabíamos!—festejó el menor.
—Por eso estamos aquí—añadió Odu.
—También queremos que nos enseñes algo más—dijo Alex. Su hermano asintió repetidamente, apoyando su idea, mientras que el arquerito lucía ligeramente confundido. Lo que fuera, sus cómplices del mal no le habían informado.
—¿Yo?
—¿Él?—preguntaron Milo y Aioria a la vez.
—Sí, tú, Tío Alde.
—¿Y qué es?
—¡Queremos hacer un Carnaval!—corearon los gemelos.
Aldebarán levantó una ceja. Milo y Aioria torcieron la boca, pensando que de un modo u otro, ellos terminarían inmiscuidos. Odusseus, en cambio, levantó las manos y festejó la gran idea de sus amigos.
—¡Eso está muy bien!—festejó el más pequeño—. ¡Yo quiero un disfraz! ¡Y una máscara!
—¡Yo quiero pintarme la cara!—exclamó Héktor. El arquerito se vio sorprendido por dicha petición, pero de inmediato la encontró interesante.
—¡Sí! ¡Mejor eso!
—¡Nos pintaremos todos!
—¡Y los pintaremos a ustedes, tíos!—sentenció Alex. Los otros dos secundaron.
—¡Eso! ¡Eso!
Aldebarán se quedó boquiabierto. Intentó encontrar una excusa, pero su mente le traicionaba. Estaba muy ocupado maldiciendo a su buen corazón por alentarlo a recibirlos. Debió haberse escondido y nunca, nunca, haber respondido a su llamado. ¡Tenía que comenzar a aprender de los errores ajenos!
Miró fugazmente a Aioria y a Milo. Desde lejos le hacían toda clase de gestos para que se negara.
¡Pero es que el Toro Dorado era demasiado buen tipo para romper el corazón de esos pequeños! Ahí estaban ellos, con sus caritas suplicantes y a la vez llenas de ilusión; con los deditos entrelazados a modo de plegaria y, sobre todo, aquella dulce y engañosa sonrisa en los labios. ¡Maldita fuera su debilidad por los niños! ¡Maldito fuera su buen corazón!
—No sé si podré ayudarles…—susurró. Esas cinco palabras habían sido las más difíciles que había pronunciado jamás.
—¡Claro que puedes!—dijo Alex.
—No lo sé…
—¡Es que tú eres brasileño!
—¡Y tío Kanon dice que los brasileñosn tiene el Carnaval más bueno de todos! —En realidad, lo que Kanon había dicho era que las brasileñas eran las más buenas del Carnaval.
—¡Por favor, tío Alde! Aquí nunca hay Carnaval. —Aldebarán estaba a punto de negarse otra vez. —Por favor. —Odu puso ojos de cachorro suplicante. Los gemelos lo imitaron en un abrir y cerrar de ojos.
—Tío Alde no puede ayudarles—intervino Aioria. Cualquier cosa con tal de evitar una potencial tragedia.
—Pero, ¿por qué?
—Porque…
—¡Se necesitan cosas para hacer un disfraz! ¡Y no las tiene! —Milo se unió a la defensa.
—Oh… —Tristeza. Pura y desgarradora tristeza. Aldebarán no podría resistir mucho.
—En realidad, tengo papel y algunas capas viejas que podríamos usar—masculló, más por instinto que por voluntad.
—¡Aldebarán!—reclamó Aioria—. Recuerda que tampoco tienes maquillaje para las máscaras—dijo entre dientes, con la esperanza de que el brasileño entendiera la indirecta.
—Exacto. —Por si las dudas, Milo le dio un codazo. Solo a modo de recordatorio.
—Oh…— Volvieron a corear los pequeños. Aquello era una tortura.
—¡Tengo chocolate de colores! Podemos usarlo. —Maldita conciencia. Maldita, maldita, maldita.
—¡Sí!—exclamó el trío de diablillos.
—¡Vamos a buscar las cosas!
Alex corrió por delante, y los otros dos le siguieron. En un santiamén, se perdieron en las habitaciones de Tauro, dejando a los tíos solos.
Gato y bicho no podían creer su mala suerte.
—¡Estás loco!
—¿Por qué aceptaste?—lloriqueó Milo. No entendía. ¿Acaso Aldebarán se vengaba de ellos?
—Es que son tan pequeños… y tan adorables. —Al menos se veían así.
Pero Aioria y Milo sabían que no lo eran.
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Mamá Sagitario tenía un plan. Una mujer como ella, de armas tomar, siempre tenía un idea brillante… en especial, para casos drásticos como aquel.
—Bien. Entonces, ¿has entendido lo que debes hacer? —Mamá Géminis asintió como respuesta a Mamá Sagitario. —No te salgas del plan, ¿de acuerdo?
—Vale. —Mamá Géminis entrecerró los ojos.
—Tenemos que averiguar en que están metidos esos dos.
Era un plan algo retorcido y ciertamente requeriría abusar de la inocencia de cierto trío de angelitos, pero sus estimados padres no les habían dejado otra opción. Aioros era un terrible mentiroso, más no estaban seguras de que fuera a quebrarse y a decir más. Y Saga… Oh, Saga jamás cedería.
Incluso en cuestiones tan tontas como aquellas, esos dos hacían un equipo demasiado bueno como para arriesgarse a ponerlo a prueba. Si lo hacían, si les enfrentaban sin pruebas, el gemelo se las arreglaría para que ellas terminaran luciendo culpables de falta de confianza. Tenían que arriesgarse con lo que tenían y eso harían. Los chicos ayudarían.
O quizás las hundirían por completo. Necesitaban suerte.
—Recuerda—Mamá Sagitario interrumpió en sus pensamientos como un huracán, obligándola a concentrarse—, necesitamos saber cada detalle de lo que sucede. Tengo una mala espina con esto.
—Entiendo. Haré lo que pueda.
—Confío en ti.
La amazona suspiró y se concentró. Una cosa diferente era enfrentar a Saga o Aioros, y otra muy diferente era sonsacar la verdad a sus pequeños niños.
—"¿Hola? ¿Mis bebés pitufos pueden escucharme?"
—"¡Mami!" —chillaron a la vez, entusiasmados de escuchar aquella voz conocida.
—"¡Bebés! ¡Les echo muchísimo de menos!"
—"¡Nosotros también a ti!"
—"¿Cuándo volverás?" —Héktor preguntó.
—"En unos días. ¿Todo está bien en casa? ¿Papá les cuida bien?" —Y, de pronto, el súbito silencio que siguió a su pregunta, hizo que mamá Géminis aceptara que las sospechas de mamá Sagitario tenían razón de ser.
—"Es que…" —Aléxandros titubeó—. "Papi…"
—"Papi no está aquí. Salió."
—"¿Salió?" —Trató de disimular del mejor modo posible su sorpresa y preocupación. —"¿A dónde fue?"
—"Se fue con tío Aioros, a Japón." —Héktor no tuvo reparo en soltar la verdad. Papá era un santo dorado, con misiones importantes que cumplir y ellos, como bebés dorados que eran, asumían con orgullo la ausencia de sus padres.
—"¿Les dejó solos?" —A Japón. El muy desgraciado de su novio se había marchado al otro lado del mundo sin siquiera avisarle. Más valía que todos los dioses restantes del Olimpo se hubieran puesto en pie de guerra en tierras orientales, porque nadie abandonaba a sus pequeños así, sin mayores explicaciones. Nadie.
—"No" —dijeron al mismo tiempo.
—"¿Con abuelito Shion y con abuelito Arles?"
—"Tampoco. Con Odu."
—"Oh. ¿Están los tres con tío Shura o tío Camus?"
—"No."
—"¿No?" —Ya no estaba segura de querer escuchar la respuesta. Solo había algo peor que dejar abandonados a los nenes, y eso era…
—"Estamos con tío Aioria"—contestó el mayor.
—"Y con tío Milo"—complementó el otro.
—"¡¿Qué?!"
Mamá Sagitario tuvo que notar su sobresalto porque, de inmediato, abandonó las galletas calientitas que compartían y prestó toda su atención a lo que tenía que decir. No estaba segura del por qué, pero comenzaba a imaginar que Aioros tendría muchas que explicaciones que darle cuando volvieran a verse.
—¿Qué te han dicho? —preguntó, con insistencia.
—¡Por los dioses! Ese par de idiotas han salido del Santuario y… ¡Han dejado a los niños con Aioria y con Milo!
—¡¿Qué?! ¡¿Con Milo?! —Oh, catástrofe. Toda la inocencia que había intentado preservar de su bebé, acaba de irse al trasto. —Oh… Aioros va a escucharme cuando regresemos al Santuario. —Apretó el puño y entrecerró los ojos con expresión amenazante. Mamá Géminis estaba segura de que la madre del noveno templo cumpliría su amenaza. Ella misma se estaba pensando ajustar cuentas.
—"¡Pero no te preocupes, mami!" —Alex se apresuró a aclarar. Entonces, su madre retomó la atención hacia ellos. —"Papi volverá pronto."
—"¡Y nos traerá un regalo! ¡Lo ha prometido!" —La celebración de Héktor la hizo fruncir el ceño. Aquella estrategia de comprar a los niños con presentes era muy clásica de Kanon. ¡Saga había caído muy bajo esta vez!
—"¿Sí? ¿Qué va a traerles?" —De no haber sido por su inocencia, los gemelos hubieran notado el tono amenazante de su madre. Ellos no corrían peligro… su padre era otra historia.
—"Una hermanita."—confesó el mayor.
—"De Japón."
—"¿Una… qué?"
Sí. Saga era hombre muerto.
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Saori observó de soslayo a Kanon, encontrándolo inusualmente sospechoso. En todos los años que habían convivido, la diosa había aprendido una sola cosa de él: Kanon era lo suficientemente cínico como para no sentirse nervioso por nada, o por nadie, excepto por…
—¡Qué sorpresa!
—Julián—musitó ella, al reparar en el sorpresivo encuentro.
—El mundo es un pañuelo, Saori.
—Yo creo que es demasiada casualidad.
—¿Te parece?
Al escuchar la trillada frase, el gemelo resopló. Maldito crío malcriado que ni siquiera sabía coquetear decentemente con una chica. Lo que era todavía peor, Kanon estaba en la terrible posición en que tenía que ser cómplice de ese idiota.
—Ya, ya—bufó, atrayendo la atención de ambos—. Ahora que se han encontrado por casualidad, en este mundo que parece un pañuelo pero que obviamente no lo es, ¿por qué no se van de cita o algo? Hay un café barato y lleno de gente—donde ninguno podría cometer actos inmorales que atentaran contra la virginidad de Athena—aquí cerca, en el área de restaurantes del mall.
Julián lo miró, amenazante. El muy imbécil de Kanon estaba a punto de arruinar todo el plan. Cualquiera hubiera pensando que podía ser un poco menos sospechoso y más disimulado.
—Eso estaría bien...—dijo la diosa, sorprendida de la reacción de Kanon—… si no fuera porque estoy algo ocupada ahora mismo.
—¿Haciendo qué?
—Comprando. Estamos en plena remodelación de la mansión Kido y, visto que Kanon ha mandado mis cortinas a la Otra Dimensión, estaré ocupada reemplazándolas.
—"Haz algo, idiota." —Resonó la voz de Julián en su cabeza. El gemelo entrecerró los ojos, con recelo.
—"Pídelo amablemente."
—"Kanon, voy a…"
Pero antes de que la amenaza de muerte fuera escupida y, posiblemente cumplida, la voz de Saori atrajo la atención de ambos.
—Oye, oye, tengo muchas cosas que hacer, así que tal vez podríamos dejar ese café para otro…
—¡Vamos! Andando, andando. —La pelilila no tuvo tiempo de reaccionar cuando Kanon la arrastró consigo, al mismo tiempo que tironeaba de Julián en la misma dirección. —Mientras más pronto se beban ese café, más pronto podremos largarnos todos y continuar con todas las cosas que tenemos pendientes.
—Pero, Kanon…
—Yo quiero un chocolate frío con galleta Oreo triturada por encima. —La interrumpió el santo suplente.
—¡¿Qué?! No, no. Tú no vienes. —Se quejó la reencarnación de Poseidón.
—Yo voy. ¿Quién crees que arrastrará a esta linda señorita hasta el café sino soy yo?
—Kanon…
—Julián…
Midieron miradas, sin notar que en medio de ambos, la joven diosa se sentía estúpida o quizás drogada. No entendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo con ese par de locos.
—¿Qué rayos…?—musitó, sin dar crédito a lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero, de pronto, un fugaz instante de lucidez la golpeó. ¡Ese par de idiotas estaban jugando con ella! Julián la había comprado y el maldito de Kanon la había vendido. Se vengaría… claro que sí. —Un momento, un momento—pidió su atención—. Tengo una mejor idea.
—¿Cuál?
—Iremos por el café y hablaremos por cinco minutos. Solo para quedar de acuerdo en nuestra cita de esta noche. —El rostro de Julián se iluminó, mientras que los ojos de Kanon amenazaban con salirse de sus órbitas. —Conozco un sitio maravilloso. ¿Conoces el nyotaimori? —Kanon estuvo a punto de ahogarse con su propia saliva de semejante susto. Saori no podía estar pensando en llevarlo a…
—Sushi corporal. Me encanta la idea.
—¡Y a mi! Me resulta muy sensual.
—¡¿Qué?! ¡No! No. Es una idea terrible. Además, estoy seguro de que está prohibido que entres ahí, princesa. —Quiso intervenir. —Es un sitio solo para adultos.
—Tengo veintiún años, Kanon. Legalmente, soy un adulto; soy libre de beber, de fumar y… de tener sexo.
En esas instancias, el cerebro del gemelo se reseteó. Tuvo que haber sufrido un pequeño infarto, porque el mundo se le quedó en blanco. Shion iba a desollarlo centímetro por centímetro y después lo cortaría en pedacitos… todo eso mientras aún estaba vivo.
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—Un momento, un momento…—el sentido arácnido de Milo se activó con luces rojas y sonido de sirenas—. ¿Qué están planeado, enanos? Hay demasiado silencio.
Los otros dos adultos guardaron silencio también y sus ojos buscaron de inmediato a los niños, esperando las peores noticias. Tanta calma, tanto hermetismos y tanto silencio usualmente era peligroso para cualquier Santo Dorado que se mantuviera cerca de los infantes.
Ninguno de los niños respondió. El más pequeño realmente ignoraba lo que sucedía, pero los pequeños peliazules guardaban un importante secreto entre sí.
—¿Les pasa algo?—cuestionó el Santo de Leo. Ellos negaron con la cabeza.
—¿Tienen hambre?
—¿Planean algo maléfico? —Las preguntas de Aldebarán y el escorpión fueron resultas con una negativa también.
—Hablábamos con mami—respondió Héktor al fin. Acechó en el traste de chocolate derretido y remojó un dedito, que se llevó de inmediato a la boca.
—¡¿Qué?!
—Dijo que hablábamos con mami—repitió Alex, más fuerte y más lento que su gemelo. Según había escuchado decir a Arles, cuando uno se ponía viejito, era posible quedarse un poco sordo. Quizás eso comenzaba a pasarle a sus tíos. Héktor tenía que empezar a tener más consideraciones con ellos.
—¡¿Cómo que hablaban con su madre?!
—¡¿Qué le dijeron?!
—¡Respondan!
Milo y Aioria parecían a punto de perder la razón, si no es que la habían perdido ya. Para Aldebarán, contemplarlos al borde del colapso le resultaba cuanto más curioso. Pensó que debería tomarles una foto y después se la regalaría a Aioros y a Saga, para que se divirtieran tanto como él. Resultaba casi injusto que solamente él disfrutara de toda esa desesperación.
—Pequeños—intervino, por pura piedad hacia sus compañeros. Estaba seguro de que cuando todo terminara, ambos pintarían canas. —Los tíos les han hecho una pregunta, ¿pueden responderles? ¿Qué han hablado con mamá?
—Mami quería saber sobre papá—dijo Héktor, restando toda importancia a la breve conversación que tuvieron con Mamá Géminis. El niño centró toda su atención en cortar con sumo cuidado, las telas que usarían para armar su disfraz.
—Le dijimos que estaba con tío Aioros, en Japón.
—¡Además, le dimos una sorpresa!
—¿Cuál? ¿Cuál sorpresa? —El escorpión sentía que el corazón se le saldría del pecho.
—Le contamos sobre el regalo que papi nos traería. —Alex ensanchó su sonrisa, en un gesto idéntico al de su gemelo.
—¡Le dijimos que papá nos traería una hermanita!—festejaron, a la vez.
Los tres Santos se quedaron mudos. Abrieron la boca y balbucearon, sin decir nada.
Quedaba claro que ese par de diablillos no solo eran peligrosos para ellos, sino también para su propio padre. Saga estaba a punto de ser masacrado por Mamá Géminis y, si conseguía sobrevivir, él se encargaría de masacrarlos a ellos. Era la crónica de una muerte anunciada.
—¡Tenemos que hacer algo! —Aioria sabía que su cabeza corría peligro.
—¡Hay que avisarle!
—¡¿Qué?! ¡Nos matará!
—¡Pues no tenemos otra opción!
—Yo no pienso hacerlo. —Aldebarán levantó los brazos y se mantuvo al margen de la situación. Ese par de locos se las habían ingeniado para meterle ideas raras a los niños, así que ellos debían solucionarlo todo.
—¡Yo tampoco!—exclamaron los otros dos… salvo que el león habló medio segundo antes que el peliazul.
—¡Yo hablé primero, bicho!
—¡Claro que no!
—¡Que sí! Preguntémosle a Alde.
Las miradas de los dos Santos se desviaron hacia el brasileño. El chico también miró de uno a otro, sin decir nada. Por fin, ante la insistencia, se decidió.
—Aioria gana—aseveró.
—¡Jah!
—¡Eso no es justo!
—Pero es verdad.
—Yo no miento. —Aldebarán negó con la cabeza.
—¡Esto es un complot!
—Por supuesto que no. —Ofendido, el león se cruzó de brazos. —Tú perdiste, así que tendrás que llamar a Saga.
—¡Pero…!
—Ahora, bicho. Ahora.
—O será peor después. Imagino que estará a punto de recibir una llamada cósmica que lo pondrá de muy malhumor… Y les culpará de eso.
Aquel último comentario hizo que Milo dibujara una épica mueca de terror. ¡Estaba seguro de que el gemelo se las ingeniería para culparles de semejante desliz!
—Tic… toc, Milo. El tiempo pasa y se convierten en bicho y gato muertos—urgió el brasileño. Interiormente, esbozó una sonrisa de satisfacción.
—¡Apúrate!
—Pero… pero… —No tenía más excusas. —Ya voy, ya voy—lloriqueó un poco más, si es que era posible y después hizo acopio de fuerzas.
Suspiró, suspiró y suspiró. Era la última vez que se ofrecía como niñera…
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Aún estaban temblorosos y nerviosos por la reciente llamada cósmica. Si debían admitirlo, les preocupaba todavía más la falta de respuesta de la que habían sido víctimas después. Varios años conviviendo con ese par de mujeres les habían enseñado que, en muchas ocasiones, los silencios eran mil veces peores que los gritos.
—¿Estás nervioso? —Saga preguntó primero. Por mucho que Aioros meneó la cabeza, el gemelo no le creyó la respuesta en lo absoluto. Quizás tenía algo que ver con el hecho de que prácticamente se había devorado los dedos.
—No. ¿Y tú?
—Tampoco. ¿Por qué habría de estarlo? —Después de todo, lo peor que podía pasar era que terminara desterrado al sofá. No era como que no estuviera acostumbrado.
—Por nada… por nada.
Nuevamente cayeron en silencio, compartiendo más recelos de los que les hubiese gustado. Quizás Ángelo tenía razón al burlarse de ambos, diciendo que habían sido domesticados. Siendo jóvenes y solteros, nunca habían tenido esa clase de preocupaciones.
Si uno lo pensaba detenidamente, la infame Ley de las Amazonas podía tener una razón de ser más profunda de la que uno imaginaría: mantener vivos a los Santos, evitándoles una relación con esos seres indescifrables y peligrosos que eran las Korees.
—Oye, Saga. Tengo algo que confesar—admitió Aioros.
—¿Qué es?
—Es que…—carraspeó—. Sí estoy asustado.
—¿Eh? —El gemelo alzó la ceja y volteó hacia su amigo.
—Hemos tenido silencio por veintitrés minutos. ¡Veintitrés minutos! Mis teorías son: las chicas nos aplican la ley del hielo; o están en camino hasta aquí para matarnos; o planean algo aún peor.
—Yo también tengo una teoría. ¿Quieres oírla?
—Dime.
—Estás paranoico.
Escuchó al arquero bufar y se dio cuenta de que, en realidad, él no era el único con paranoia. De todas las teorías que le habían sido presentadas, el geminiano se decantaba por la tercera. Conociéndolas, estarían planeando el asesinato perfecto, que incluyera años de tortura en el Inframundo para ellos.
Sopló sus flequillos enumerando en su cabeza todas las razones que convertían a esas mujeres en entes peores que los Jueces de Hades.
De pronto, entendía el porqué Aioros estaba tan paranoico. A cualquier enemigo que se les plantara en el camino, podían enfrentarlo y, quizás, vencerlo. Pero cuando se trataba de las madres de sus hijos, simple y sencillamente estaban perdidos. No había forma, humana o divina, en que salieran airosos de la situación. De poco les servía su estatus como Santos Dorados.
Frustrado, resopló una vez más. Cruzó los brazos a la altura del pecho y se concentró en adelantarse a los movimientos de las amazonas. Poco sabía que no tendría mucho tiempo.
—"¡Saga!" —El cerebro del geminiano hizo corto circuito al escuchar ambos gritos en su cabeza. Milo y la madre de sus gemelos a la vez eran una pesadilla. Gruñó, a sabiendas de que el futuro inmediato era tenebroso.
—"¡Qué demonios! Dame un segundo, ¿quieres?"
—"¡¿Qué?!"
—"No tú, mujer"—dijo a mamá Géminis—. "Tengo otra llamada."
—"Pero, Saga…" —Quiso refutar el escorpión.
—"Tengo a la madre de los gemelos en la otra línea."
—"¡Es importante!"
—"¿Mis niños están vivos y enteros?"
—"Sí."
—"¿Están en peligro."
—"No."
—"Entonces, no puede ser tan importante."
—"Pero…"
—"Milo…"
—"Vale, vale. Pero no digas que no te lo advertí. ¡Hoy es el día de ignorar a Milo!"
—"Gracias"—resopló, para después dirigirse a ella—. "¿Qué pasa?"
—"Tengo algunas preguntas para ti, Géminis." —Saga guardó silencio. No había modo de evitar el siguiente interrogatorio. —"Comenzaré preguntando, ¿sabes que soy una buena persona?"
—"Sí…"
—"¿Sabes que puedo ser extremadamente paciente con algunas cosas?"
—"Ajá…" —La clave estaba en "algunas", pero con muy pocas. Con la mayoría, su paciencia era diminuta o inexistente.
—"Y, ¿sabes que te he dado dos niños adorables?"
—"¡Eh! Técnicamente eso fue trabajo en equipo…" —Pero al sentir las vibraciones amenazantes de su contraparte, decidió recapacitar. —"Vale, vale… quizás tú hiciste un poquito más que yo, sí"—bufó, cruzándose de brazos. Usar la carta del embarazo era un golpe bajo. El que fueran las mujeres, y no los hombres, quienes llevaran el embarazo y parieran no era culpa suya.
—"Entonces, ¡¿podrías decirme qué demonios haces consiguiendo una hermana para nuestros hijos en Japón?!"
Silencio.
Más silencio.
Silencio ensordecedor… hasta que Aioros se metió en su campo de vista y movió la mano delante de sus ojos, con la esperanza de despertarlo de su trance.
—¿Estás bien? Estás pálido.
—Creo que estoy muerto.
—¿Eh? —Aioros no entendía nada. Muy probablemente, tanto grito en su cabeza había terminado por fundir al siempre sobrecargado cerebro de Saga.
Quiso preguntar algo más, buscar un poco más de información, pero el gemelo le calló, levantando una mano. Tenía otras cosas más importantes, y mortales, de las que preocuparse, además de la curiosidad de su amigo.
Si se jactaba de ser un genio, entonces era buen momento para demostrar como funcionaba un cerebro aventajado como el suyo.
—"¿Géminis? ¿Sigues ahí? ¿Te has desmayado o solo finges demencia?"
—"No… no es lo que crees." —¡¿Y qué demonios era?! ¡¿Qué hacía explicándose cuando no tenía nada que explicar?! Peor aún, ¡¿por qué balbuceaba?!
—"¿Y qué es lo que debo creer, señor genio?" —Excelente pregunta. ¿Qué era lo que él debía decir? —"Saga, solo escucho silencio otra vez."
—"Esto es un malentendido."
—"Más te vale que así sea."
—"¡Oye! ¡Esto es muy injusto!" —Se cruzó de brazos y torció la boca. Mientras tanto, Aioros lo observaba, pensando en que pagaría cualquier cosa a cambio de escuchar esa conversación que se libraba en su cabeza. —"Sabes que soy un tipo fiel."
—"Pero también sé que nunca le mientes a tus hijos y que sueles tener mucho éxito con las mujeres." —Más del que debería o del que podía controlar.
—"Tienes razón, en ambos puntos. ¿Cómo crees que conseguí una madre tan guapa para mis bebes?" —Intentó ser encantador. Quizás eso lo libraría de su problema.
—"¡Deja de coquetear!"
—"¡Argh!" —Falló. Vil fallo. —"¡Nada de esto ha sido mi culpa! Ellos querían una mascota y dije que no. Ellos insistieron y yo no me inmuté. Después, Milo y Aioria los llevaron a Cáncer y…" —¿Acababa de decir "Milo y Aioria"? Estaba muerto. Maldita fuera su boca que nunca solía abrirse de más.
—"Milo y Aioria, ¿eh?"
—"¡Sabes que ni siquiera me gustan las japonesas!" —Prefirió fingir demencia. —"Si algún día, en la remota posibilidad de que me golpeara la cabeza, quisiera tener una niña, preferiría que fuera mona como los gemelos, y hasta donde sé, solo una mamá puede conseguir eso."
—"Lo estás haciendo de nuevo." —Se oía fastidiada. Las estrellas estaban alineadas en contra del gemelo ese día, pues ni todo su encanto era capaz de distraerla. —"Cada vez que discutimos, haces lo mismo: ser condescendiente y encantador."
—"Claro que no."
—"Sabes que si."
—"Algo tengo que tener." —Sopló sus flequillos y entrecerró los ojos. —"Al menos yo no uso el sexo para solucionar todo."
—"Yo no hago tal cosa."
—"Ya…" —Por supuesto, él tampoco se quejaba demasiado de eso.
—"¿Sabes qué? Hablaremos de esto cuando volvamos a casa."
—"¡Pero…!"
—"¡Nada!"
—"Me prepararé el sofá"—masculló.
—"Buena idea."
—"Oye, tal vez podrías utilizar el sexo para resolver esto…" —Y la llamada cósmica se cortó. —Hablaba en serio… pero supongo que eso es un no—resopló.
De pronto, cayó en cuenta de que los ojos del arquero estaban sobre él. Volteó a verlo lentamente, imaginando la sarta de estupideces que estarían surcando en su mente en aquel momento. Se veía intrigado, curioso y casi, casi, divertido. Si se atrevía a soltar aquella carcajada que trataba de ahogar con todas sus fuerzas, Saga le aventaría el cojín a la cara para callársela.
—Antes de que digas cualquier cosa, debo preguntar. ¿Qué opinas del divorcio? —Se adelantó el gemelo.
—¿Divorcio? ¿De quién?
—Los nuestros.
—No estamos casados.
—Eso no importa. Veo un par de divorcios en nuestro futuro y seguramente nos quedaremos sin nada, incluso sin templos.
—¿Qué demonios has hecho, Saga?
—Ya sabes como yo nunca hablo de más. Nunca. —Aioros asintió. El gemelo era de esas personas con las que uno no quería discutir jamás. Su silencio era peor que sus palabras. —Pues hablé.
—¡¿Qué?!
—Saben que los niños están con Aioria y Milo.
—¡¿Por qué hiciste tal cosa?!
—¡Estaba asustado! ¡Ella me acusó de serle infiel con una japonesa!
—Eso es muy cobarde tu parte.
—Lo dice el tipo que cuenta los minutos en espera del siguiente regaño.
—Eso es instinto de supervivencia.
—No tienes instinto de supervivencia. ¡Si lo tuvieras, sabrías mentir!
Aioros intentó replicar, pero ni un solo sonido le salió de la boca. Lo cierto era que no podía negarle la verdad a Saga. Por mucho que lo hubiera intentado en el pasado, su habilidad para mentir había sido nula.
—Si, si, como sea… —De pronto, se quedó pensativo. —¿Con una japonesa? ¿En serio?
El gemelo giró los ojos. Estaba harto de dar explicaciones.
-x-
—¡Me ignoró!
—¿Saga te ignoró?
—¡Estaba ocupado hablando con la mamá de los gemelos! —Aioria sintió que la presión le bajaba. Estaba seguro de que el susto lo había dejado tan pálido como Afrodita. Habían desperdiciado tiempo valioso y ahora estaban muertos, muy muertos.
—Oh. —Aldebarán se llevó el índice a los labios y dio pequeños golpecitos sobre su boca. —
—¿Oh? ¡¿Esto todo lo que tienes que decir?!
—En realidad, me preguntaba si… ¿les gustan las camelias o los tulipanes?
—Las camelias—dijo el escorpión. Mientras Aioria estaba al borde del colapso mental.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué hablamos de flores en un momento así?!
—Pues porque… —Milo se quedó pensativo. Después, miró hacia el toro.
—Porque quisiera comenzar a planear el funeral. Después de sus aventuras por las doce casas, no creo que mucha gente asista. Pero yo iré. Y les llevaré flores.
Los dos Santos le miraron con fastidio. Sin embargo, no podían negarle la razón. Después del modo en que habían arrasado con la mitad de la escalera zodiacal, nadie se molestaría siquiera en enviar flores.
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El portazo les tomó por sorpresa. Quizás estaban demasiado tensos, porque ninguno de los dos pudo reprimir un salto. Sin moverse de la comodidad del sofá, Aioros y Saga se miraron mutua y acusadoramente. Ninguno de los dos estaba dispuesto a permitir que el otro se riera de sus nervios.
—¡Por los dioses! ¡Princesa! —Oyeron el grito de Kanon y no tardaron en hacerse una idea de los líos que el gemelo arrastraba consigo. —¡Tan solo eres una niña!
—¿Te lo parece?
—¡A mí y a todo el mundo!—espetó.
Sin que lo notaran, las cabezas del arquero y el otro gemelo asomaron por encima del sofá. Tal parecía que Saori y Kanon no había reparado en su presencia.
—Pues no soy más una niña. Además, fue tu idea.
—¡Claro que no!
—Sí. Tú querías que yo pasara tiempo con él y ahora, lo haré. Así que acéptalo, Kanon: tengo una cita con Julián.
—¡¿Con Julián?!
El grito conjunto de Aioros y Saga los hizo voltear. A juzgar por el rostro de los dos Santos, no estaban mínimamente satisfechos con la idea de la joven diosa. De hecho, uno podría decir que estaban… ligeramente aterrorizados.
Saori esbozó la mejor sonrisa que tenía para ellos: aquella en la que su carita se iluminaba con un toque angelical. Ese gesto los había conquistado desde que era una bebe y nunca le había fallado. Una monería y los chicos eran suyo. Para ellos, ella nunca había dejado de ser una pequeñita adorable. Pero, por esa vez, no funcionó…
—¡¿Cómo es eso que saldrás con Julián?! —De pronto, a la pelilila le pareció que los gestos de desesperación de Saga eran muy parecidos a los de Shion.
—Saga…
—¡No! ¡Nada de "Saga"! —E imitó su rostro de falsa inocencia y su voz de pura dulzura. —¡Vas a salir con Julián! ¡Con Julián!
—Ese chico son malas noticias, Saori—intentó negociar Aioros. Pero lo cierto es que estaba a punto de ponerse a gritar más fuerte que Saga.
—¡Es que solo será una cena!
—¡En el sushi de desnudistas!—chilló Kanon.
Aioros y Saga se quedaron mudos. Abrieron los ojos de par en par, y el gemelo menor casi pudo ver un tic nervioso en sus rostros. De no haber estado en tan precaria situación se habría doblado de la risa viéndoles. Pero el futuro pintaba horrible.
A diferencia de él, Saori no tuvo reparos en carcajearse. Aún entre risas, cruzó entre los Santos y caminó hasta la escalera que guiaba a la segunda planta. A medio camino, se detuvo y los miró, con una sonrisa traviesa en los labios.
—Se llama nyotaimori, y es un espectáculo muy exclusivo. Pueden venir conmigo si quieren.
—¡Claro que iremos!—dijo Aioros. Iba a seguir vociferando cuando se dio cuenta que nadie estaba apoyando a su causa. —¿Saga? —Volteó hacia el gemelo. —¿Por qué te has quedado callado?
—Es que… —Torció la boca de mala gana. —¿Sabes lo que pasará si la madre de los gemelos se entera que fui a comer sushi sobre mujeres desnudas? ¡Sobretodo después de todo el… lío! ¡No quiero más problemas!
Aioros entrecerró los ojos, mientras Kanon levantaba una ceja. Uno entendía y el otro no.
Lo que el arquero tenía bien claro es que no podía insistir. La cabeza de Saga estaba en peligro; de hecho, las cabezas de los dos estaban en peligro. Ni siquiera quería plantearse la idea de ser desterrado al sofá por más tiempo del que debería.
—Vale. No iremos—dijo, cruzándose de brazos—. Pero Kanon irá contigo.
—¡Perfecto!—exclamó Saori
—¡No! —Se quejó Kanon.
—¡Iré a vestirme! —La joven soltó una risa más y subió lo más rápido que pudo a arreglarse. En un abrir y cerrar de ojos, desapareció de ahí.
—Yo no quiero ir.
—Pues irás. —Saga le miró con severidad. Estaba prácticamente seguro de lo que su gemelo planeaba. —Cuidarás que el idiota mocoso no se sobrepase con Saori.
—No pasaré tiempo innecesario con Julián.
—Lo harás.
—Sin quejas.
—Y bien.
—Y la traerás completa y a salvo a casa.
—Y no dejarás que la bese, ni la abrace.
—Ni que la toquetee.
—O que haga insinuaciones indecorosas.
—Mucho menos los dejarás solos jamás.
—Ni en la oscuri…
—¡Ya, ya! ¡Por los dioses! Son peores que el viejo.
—Mueve ese culo y ve a quitarte las ropas de mendigo.
—¡Oye! Esta es mi ropa favorita, Saga.
—De mendigo. —Aioros ahogó una risa.
Sin embargo, Kanon no replicó más tiempo. No tenía caso quejarse. Saga iba a patearle el culo hasta el restaurante si era necesario. Y el arquero seguramente le usaría de diana si se negaba a entrar.
-x-
Alex tomó un poco de chocolate derretido con los dedos. Héktor lo imitó. Odusseus, mientras tanto, trató de permanecer lo más quieto posible. Si se movía, arruinaría todo.
Los dedos del gemelo menor pasaron sobre sus mejillas, dibujando bigotes. Hektor untó chocolate en la nariz de su amigo, remarcándola y redondeándola. Después, entre los dos, arreglaron sus ojos hasta convertirlos en lo que para ellos eran ojos felinos, pero que lucían más como dos ojos amoratados a golpes.
—¡Listo!
—¡Quedaste guapo, Odu!
—Pareces como un gato—afirmó el mayor de los peliazules.
—¡Un gato más genial que el tío ato!
—¡Sí!—festejó el pequeño castaño.
Aioria, desde lejos, los miró entrecerrando los ojos. De pronto, la renuencia de Marin a tener críos le parecía justificada, apropiada y correcta. Si sus futuros cachorros iban a ser como sus sobrinos… que los dioses se apiadaran de él. No estaba listo para sobrevivir a los niños propios.
Pero sus gruñidos internos no duraron mucho. Antes de que lo notara, los tres niños estaban de pie frente a él, con esas caras de inocencias a las que les había desarrollado alergia.
—¿Qué pasa con ustedes?—preguntó.
—Nuestros disfraces están listos—respondió Alex.
—Oh… —En lo que al león respectaba, solo veía tres rostros chocolatados y un montón de papel pegosteado sobre su ropa. —Y, ¿qué se supone que son?
—Pues Odu es un gato—explicó Hektor. Un gato bastante feo y desabrido a los ojos de Aioria. —Alex es un conejo. —Hizo especial énfasis en los trozos de papel que colgaban de sus orejas. —¡Y yo soy un pavo!
—¿Un pavo?
—Es que me gusta el sonido que hacen.
—Ya veo, ya… —Mientras más tiempo pasaba, más se daba cuenta que los niños eran un misterio para él.
Se desparramó todavía más en el sofá. Tomó uno de los cojines y se cubrió el rostro. Estaba realmente agotado. Solo quería que las vacaciones de Aioros y Saga terminaran.
De pronto, un cojín volador aterrizó en su cabeza. Alcanzó a escuchar la risilla tonta de Milo y, quitándose la almohada de la cara, le dirigió una mirada rabiosa. Pero, cuando estaba a punto de espetarle cualquier cosa, se vieron interrumpidos por los enanos.
—¡Nosotros ya estamos listos!—dijo Héktor.
—Ahora, les disfrazaremos a ustedes.
—¡¿Qué?!
—¡No!—dijo Aioria.
—¡Eso no estaba acordado!—secundó Milo.
—Pero, ¿cómo va a ser un Carnaval si no todos llevamos disfraz? —El gemelo menor de cruzó de brazos. Su hermano imitó el mismo gesto de enfado.
—Es de tontos ir al Carnaval y no disfrazarse.
—¡Y los disfraces son muy divertidos!
—Pero no quiero que me embarren de chocolate.
—¡Mi melena se arruinará!
Pero no hubo lugar a más objeciones. Antes de que cualquiera de los dos pudiera decir cualquier otra palabra, los dedos enchocolatados de los enanos se posaron sobre sus rostros. En un santiamén estaban atragantándose con chocolate.
-x-
Aioria tiró de Milo hasta llevarlo lo suficientemente lejos de Aldebarán, como para hablar sin ser escuchados.
—¿Qué hay con el secretismo, gato?
—Pues… —Aioria miró por encima de su hombre, hacia donde el toro dorado les miraba repleto de curiosidad mientras los niños enchocolataban su rostro. Entrecerró los ojos y suspiró, antes de animarse a hablar. —Tenemos que… deshacernos de Alde.
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loco?! ¡Ha sido la mejor niñera que hemos tenido!
—Ha sido el único que ha soportado…
—¿Y por qué quieres deshacerte de él?—lloriqueó.
—Porque… está sobrecargando a los niños de azúcar y…
—Pero los niños están felices. —Y él también lo estaba.
—No lo estarán cuando nos abandone. ¡Además de tener una sobredosis de azúcar! ¿Sabes quienes pagarán por eso?
Milo sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Un montón de imágenes cruzaron por su cabeza. Los niños, sin exceso de azúcar de por medio, ya había demostrado ser mortales en más de una ocasión. ¡No podía ni imaginar lo que significaría sobrevivir a ellos cuando tanta golosina hiciera explotar a su energía!
Gato estaba en lo cierto: si querían sobrevivir a aquella aventura, tenían que deshacerse de Aldebarán, costara lo que costara.
—¿Cuál es el plan?—susurró.
—Es bien fácil. —Antes de atreverse a decir cualquier otra cosa, miró sobre su hombro para asegurarse que el toro no escuchaba. —Los niños presentarán el baile de Carnaval en cualquier momento. Estoy seguro de que Alde participará. Mientras, nosotros observaremos desde el sofá…
—¡Espera! ¿Nosotros no bailaremos?
—¡Claro que no! ¿Tú quieres bailar? —Milo se encogió de hombros. Su disfraz de iguana era bonito y valía la pena lucirlo un poco. El castaño se llevó la mano a la cara. —¿Sabes? Eres el colmo.
—¡Oye! Deja de criticarme y termina de maullar.
—Bien. Presta atención. Mientras bailan, nosotros estaremos sentados en el sofá. Cuando Aldebarán pase junto a ti, le meterás el pie para que se caiga.
—¡¿Qué?! —Su grito atrajo la atención de los demás. El escorpión se vio obligado a bajar la voz. —Eso es muy cruel, gato. Tu disfraz de ratón te ha hecho malvado.
—¿Quieres vivir, o no?
—¡Claro que sí! Pero no quiero matar a Alde.
—Pues lo harás.
—Eres una rata malvada, gato…
—¡Milo!
—Vale, vale—masculló entre dientes—. ¡Pero serás tú quien le meta el pie!
—Cobarde…
Sin embargo, su discusión tendría que esperar. Justo en aquel momento, los gritillos de emoción de los niños les obligaron a callarse. Voltearon hacia ellos y descubrieron que habían terminado de vestir y pintar a Aldebarán.
Todo estaba listo para que la función empezara. El plan estaba oficialmente en marcha.
-x-
—Y ahora, señor gato y señor bicho—resonó la voz de Alex—, presentamos la gran comparsa del Oso Grandote y los Tres Pequeños Bichitos.
Entonces, la música empezó a sonar.
Los primeros en salir a escena fueron los gemelos. Movieron los bracitos de un lado a otro, arriba y abajo. Después, Odu apareció. Se paró en medio de los dos y tomó la mano de cada de uno de los peliazules. Los tres fueron de izquierda a derecha; tres pasos, levantaban un pie y volvían. Cada vez que llegaban a un extremos, gritaban "¡Hey!"
De pronto, el ritmo de la música cambió.
Al mismo tiempo, desde la comodidad del sofá, Aioria y Milo arrugaron la nariz al sonido de las trompetas. Cuando Aldebarán apareció, ambos tuvieron que tragarse la risa del mejor modo posible. La mirada del toro era bien clara: una sola risa malintencionada, y el Gran Cuerno los mandaría a volar bien lejos.
—¡Bravo!—celebró el Escorpión—. ¡Se mueven todos muy bien! ¡Bravo!
—¡Por Athena, Milo!
—¿Qué? A mi me gusta el espectáculo, gato. Es bonito, míralo.
Aioria le miró de soslayo y no pudo evitar entrecerrar los ojos. Lo cierto es que era una de esas escenas dignas de recordar. ¡Debió haberse conseguido una cámara fotográfica!
Pero rápidamente, desechó todo pensamiento de su cabeza. Tenía un plan y debía ejecutarlo con precisión. Solo tenía que esperar por el momento adecuado para tropezar a Aldebarán. Después de eso, serían libres de aquel tormento de música y azúcar. Debía ser rápido y oportuno.
En ese preciso instante, el gato, el conejo y el pavo comenzaron a revolotear alrededor del oso. Los trajes de papel y tela vieja se movían en todas direcciones.
Sin embargo, antes de que Aioria pudiera hacer cualquier cosa, el infierno se desató… Con una serie de eventos desafortunados, todo colapsó.
El gato pisó la cola del pavo. El pavo perdió la cola e intentó recuperarla, solo para ser atropellado de nueva cuenta por el gato. Gato y pavo rodaron por el suelo, convertidos en una bola de papel, tela y pelo. A su vez, el conejo no pudo frenar y fue arrollado por el pavo y el gato. Gato, pavo y conejo quedaron tendidos en el piso.
—¡Cuidado! —El grito de Milo se escuchó. El resto de la acción sucedió en cámara lenta.
Aldebarán dio una doble vuelta como parte de la coreografía de baile. Pero la inercia jugó en su contra y no fue capaz de detenerse cuando tropezó con los tres niños. Sin poder evitarlo, cayó.
Los chiquillos gritaron y huyeron como pudieron. Milo y Aioria ni siquiera se movieron. Para cuando intentaron reaccionar, huir ya era imposible. No les alcanzó el tiempo ni para gritar. Sin que lo vieran venir, Aldebarán y su disfraz de oso les cayeron encima. El sofá no resistió el peso y los tres Santos se fueron para atrás. Con un gran crujido, el mueble cedió, obligándoles a terminar en el piso.
—¡Mi tobillo!—gritó Aldebarán. Se revolcó en su sitio, sin darse cuenta que seguía aplastando de Milo y Aioria—. ¡Creo que me rompí el tobillo!
—Mi espalda…—musitó el león. Si el toro se movía un poco más, lo rompería en dos.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Mis dedos! ¡Duele!—chilló Milo. De haber tenido la mano libre, habría empujado a Aldebarán, pero el brasileño seguía tendido sobre su mano, forzando sus dedos en una posición poco natural. —¡Auxilio! ¡Ayuda!—aulló, al final.
En medio del caos, las carcajadas de los pequeños se hicieron escuchar. Por dolorosa que fuera la situación para los viejitos de sus tíos, era gracioso verlos apachurrándose los unos a los otros. Casi parecía que lo pasaban bien.
—¡Allá vamos!—gritó Aléxandros.
Y al grito de batalla, se lanzaron sobre ellos. Era un juego de lo más divertido.
-Continuará…-
NdA: Tres años… ¡Qué falta de vergüenza!
No están para saberlo, ni yo para contarlo, pero mi sentido del humor ha estado ausente por mucho tiempo. Esa ha sido la razón por la que este fic se mantuvo tanto tiempo en hiatus.
Es difícil escribir comedia cuando se está permanentemente de malas. Sin embargo, las cosas han mejorado y tras una larga ausencia, aquí está la actualización. ¡Aquí están los peques de regreso!
Hubiera querido atormentar un poco más al tío Alde, pero admitámoslo: si existe un ser en el Santuario, capaz de soportar y adorar a ese trío de monstruitos, ¡tiene que ser él! Es un oso de peluche gigante y abrazable. De cualquier modo, espero que lo disfrutaran ;)
A todas aquellas personitas que durante todo este tiempo siguieron escribiéndome y continuaron al pendiente de esta historia, muchas gracias por su paciencia. Estoy hablandoles a ustedes: Damis, k2008sempai, Kaito Hatake Uchiha, Spring Surprise, kumikoson4, AngelElisha, FaSCeN, LittleMonsterStick, Krmenxita Uchiha, Saint Lu, Altariel de Valinor, Maritza, Romi Zuckerdame, Stephsak, Gilraen fefalas 90, Shakary, Yuliiya, Jabed y Sekmeth Dei. Y también a todos quienes siguen por ahí, pero no se animaron a comentar ;)
Ya saben, los replies estarán en sus correos para quienes tienen cuenta y en mi profile para quienes comentan con cuenta anónima.
¡Gracias por su lectura y por sus comentarios!
Sunrise Spirit
