Resumen: John descubre que no es un niño como todos los demás en su décimo cumpleaños. Conocerá a un misterioso niño, Sherlock, con el que compartirá toda clase de aventuras mientras crecen juntos. Pero el futuro les pondrá a prueba. ¿Serán capaces de sobrepasar todo y seguir juntos?
Capitulo: 8/10
Rating: +18
Beta: Ranchel
CAPÍTULO 8
Cada vez hacia más calor y el pelo lo hacía aún más insoportable. Se encontraba tumbado boca arriba, intentando coger la mínima brisa y que le refrescase. No le importaba que Mary se burlase porque parecía un perro callejero. Era lo malo que tenía Chile en aquella época del año.
― Quiero volver a Inglaterra― sentenció el rubio aquella misma noche.
― ¿Ya te has cansado de mí?― bromeó Mary besándole el torso desnudo.
― Quiero ver a mi madre y a mi hermana, está ya en su último año de instituto.
― John, dijimos que...
― Lo dijiste tú― le cortó el hombre-lobo―. Han pasado dos años y medio... Ya no me divierten estas aventuras.
Mary se separó y le miró casi aterrada. Salió de la cama con rapidez y cogió una bata de mujer del armario. Se la puso y se encerró en el cuarto de baño. John suspiró abatido y se frotó la cara. Casi tres años, eso era demasiado tiempo. Le encantaba esa vida pero ya no había sorpresas, ya no visitaba un lugar por primera vez, era monotonía. Viajaban a veces en tren y avión, o simplemente corrían en sus formas de lobos. Dormían en algún hotel caro o 'tomaban prestada' la casa de alguien.
En los últimos meses John se enfadaba más, discutían más por cualquier cosa y el sexo ya no arreglaba sus pequeñas indiferencias. Mary ya no tenía nada más que enseñarle, nada nuevo que aportarle. La quería pero no quería pasar el resto de su vida junto a ella. Sabía lo que había hecho, como le engatusó al principio, como le arrastró con ella y eso se había acabado. Ahora estaban al mismo nivel, o John incluso por encima de ella. Mary le seguía donde él quisiera, iban a las ciudades que el rubio quería.
― Mary... ¿Por qué te enfadas ahora?― le dijo a la puerta del baño.
Al otro lado se escuchó un sollozo.
― Ya estamos...― susurró para sí mismo―. Abre la puerta. Quiero hablar contigo.
― ¿Para qué me dejes?― grito la mujer dolorida.
― ¡No te voy a dejar! Solo quiero que hablemos. Ábreme ahora mismo o tiro la puerta.
Tras un silencio se escuchó como quitaban el pestillo. John abrió la puerta. Mary tenía los ojos rojos y trataba de quitarse las lágrimas con las manos. Se sujetaba con fuerza la bata.
― No me trates como si fuera una estúpida. Los dos sabemos que desde hace meses las cosas van mal― explicó con voz seria―. Tú ya no eres mi John...
― Es verdad, ya no soy el John tonto e inocente al que engatusaste. Tienes razón.
Mary le miro con algo de miedo.
― No... Quise que fuéramos iguales. Te enseñe todo lo que sabía y nunca te pedí nada a cambio. Te creé para que fueras mi compañero. Pero tú ya no me quieres, y ahora te desharás de mí como un pañuelo usado.
John apretó los puños para relajarse. Ojala fuera tan fácil deshacerse de ella. En su lugar se acercó y la abrazó por detrás.
― Todas las parejas tienen problemas. Lo solucionaremos.
Ella le miró en el reflejo del espejo.
― ¿Ves? Lo estás haciendo otra vez. Deja de engañarme, no soy tonta. Ya no soy lo suficientemente buena para ti, ¿o qué? Ahora la edad te importa. Corre, ve con alguna de esas golfas― dijo separándole―. Mira.
La mujer señaló la bañera. Dentro había una mujer y un hombre con el cuello partidos.
― Tú me enseñaste que podía coger lo que quisiera― le gruñó John.
― No... Yo te enseñé a conseguir las cosas, a engañar a tus víctimas. Una cosa es matar un ciervo para comer y otra cosa es esto. Mira en lo que te has convertido, John. No te reconozco. Me gustaba que fueras más salvaje, libre pero esto... Eres un asesino.
Él cogió el mueble de baño de la pared y lo tiró al suelo con todas sus fuerzas.
― ¡Son humanos! ¡Son inferiores! Eso es lo que me enseñaste.
― ¿Acaso sientes algo cuando los matas? ¿Algún remordimiento?― siguió Mary con la voz temblando―. Me equivoqué al escoger a tu padre.
John levantó la palma de la mano en dirección a Mary. Esta le rugió aun en su forma humana y él retrocedió.
― Lárgate― concluyó Mary limpiándose las nuevas lágrimas que salían por sus ojos.
― Bien, me iré con una de esas 'golfas'. Seguro que la chupan mejor que tú.
Salió del baño y se vistió, ya que apenas llevaba la ropa interior. Cogió su abrigo y vació la cartera de los dueños de la casa antes de cerrar de un portazo.
Lo primero que sintió fue furia, una furia tan incontrolada que tuvo que hacer todo un esfuerzos por no transformarse. Vagó por las calles hasta el amanecer pero seguía sintiendo la rabia en cada poro de su piel. ¿Que se creía Mary? Había sido ella la que le había convertido en aquello, le había enseñado a ser así y ahora se asustaba por que el bueno de John se había descontrolado demasiado.
"No la necesito." Eso fue lo que se repitió John durante los primeros días. Vendió el reloj que llevaba en ese momento y consiguió suficiente para comprar un billete a Inglaterra. Se sentía raro al bajar del avión. El cielo estaba gris, la humedad se podía casi oler en el aire y el viento te podía volar el periódico. Esa era su Inglaterra.
Decidió pasar unos días en la ciudad, Londres, antes de volver a casa, días en los que no desaprovechó ni un segundo para olvidarse de Mary. El sábado cogió el tren hacia su pueblo y las mariposas se agolpaban en su estómago. Sentía miedo por lo que diría su madre y su hermana. Quizá estuvieran incluso enfadadas. Todo lo contrario. Nada más asomarse por el camino que conducía a su casa su madre salió corriendo a recibirle.
― ¡John! ¡Mi niño!― la mujer corrió hacia él gritando de alegría y le abrazo con todas sus fuerzas.
El rubio sonrió, estaba en casa.
― Ya era hora, ¿no?― escuchó a Harriet decir a su lado.
― Dios, Harry. Ya no eres un chico― bromeó John.
― Cállate, odio los puñeteros sujetadores― rio antes de abrazarle.
La madre volvió a cogerle en sus brazos y John tuvo que separarla.
― Mamá... Ya no soy tu niño.
― Ya veo... Sí que has cambiado, eres todo un hombre ahora. Ven, pasa. Te daré algo de comer que estás muy delgado.
El licántropo se echó a reír. Para una madre los hijos siempre estaban delgados. Pero John no se esperaba otra cosa al entrar a la pequeña casa.
Como si fuera una ola de agua aquel aroma le invadió por completo los pulmones, mareándole por unos momentos. Se tuvo que sujetar a un mueble para no caerse. Eran químicos mezclados con champú de limón, césped húmedo del bosque por la noche, correr hasta quedar agotados, tener aventuras, su primera transformación, el cepo, la pelea, Sherlock.
― ¿Que pasa hijo?― le pregunto amablemente la madre.
― Nada― dijo casi ahogándose.
La esencia y el olor de su viejo amigo estaban por toda la casa, en el aire y en el suelo. Llevaba tanto tiempo sin acordarse de él, tanto tiempo olvidando lo que pasó.
Se sentó en la mesa y su madre le dio un trozo de la tarta famosa de su panadería acompañado con un vaso de leche. Durante el resto de la tarde John estuvo contándoles todas sus aventuras, todos los sitios que había visitado y las personas que había conocido. Les contó su historia con Mary, saltándose la parte donde eran lobos.
― Tus amigos contactaron conmigo cuando te marchaste. Estaban preocupados por ti. Esa mujer era... Misteriosa, según ellos.
― Lo sé. Me engañó durante mucho tiempo y me manejó. Cambié y me di cuenta pero...
― No te preocupes, John. Ya estás de nuevo en casa, que es lo que importa.
John sonrió. Ayudó a su madre a preparar la cena por la noche y conoció a la nueva novia de Harriet que fue a la casa por la noche pero que se fue nada más acabar de comer el postre. El olor de Sherlock en cambio seguía allí. No era posible que fuera tan marcado. Casi como si se hubiera restregado por toda la casa dejando su aroma. Aquella noche el rubio no durmió bien. Su madre ni le había comentado que su amigo había pasado por casa. ¿Qué le habría dicho su madre? ¿Está de viaje por el mundo con una mujer rubia y adinerada? Eso hubiera decepcionado a su viejo amigo. Antes de caer dormido pensó en hacer una visita rápida a la casa de los Holmes, quizá Sherlock habría vuelto al pueblo...
A las diez en punto estaba llamando a la puerta. El nudo estaba otra vez en su estómago. ¿Habría crecido aún más? ¿Se habría dejado los rizos largos? O quizá ahora era de una banda y llevaba chaquetas de cuero. Todos esos pensamientos tontos se esfumaron cuando la madre de su amigo abrió la puerta. Primero puso cara de sorpresa y luego casi se echa a llorar antes de irse de nuevo al interior de la casa y dejar a John en blanco en la entrada.
― ¿Madre, estás bien?― se escuchó de fondo hasta que por el pasillo apareció el hermano mayor― Eres tú ― su voz sonó decepcionada.
John cerró la puerta y le siguió hasta su despacho. Se quedó de pie junto a la puerta pero tras una mirada del Holmes se sentó frente al escritorio.
― Vengo a...
― ¿Ya han acabado tus vacacioncitas por Europa?― le dijo despectivamente― Casi tres años fuera de casa y vienes ahora.
― Perdona pero no te tengo que dar explicaciones de lo que hago en―
― Cuatro meses, tenías que haber venido hace cuatro meses. Y ahora se ha ido de nuevo por tu culpa y esta vez no creo que vuelva― le cortó Mycroft.
El nudo del estómago de John subió al pecho y le dificultó respirar.
― ¿Vino a mi casa?― preguntó con un hilo de voz.
― En enero, vino una mañana y se fue por la tarde. No quería saber nada de su familia, solo de John. Y qué casualidad que su amiguito John no estaba.
― No puedes culparme. ¡Yo no sabía que iba a...!
― Ya da igual. Era lo que le faltaba a mi hermano, que su único amigo se haya fugado con una mujer. No creo que vuelva, la verdad. Le he buscado durante estos años y se ha esfumado como el vapor.
John bajó la cabeza avergonzado.
― Si puedo hacer alguna cosa...
― ¿Que vas a hacer ahora?― se burló― Ya has hecho suficiente. Primero hiciste que se marchara y cuando vuelve no estás para él. Ahora por favor, te ruego que te vayas y que no vuelvas a esta casa.
El licántropo tardó en reaccionar. Él no tenía la culpa de aquello, él era el último que quería que pasase eso. Se puso en pie, sintiendo como todo le daba vueltas. Se agarró a la silla y se aclaró la garganta ganando algo de tiempo ya que dudaba de poder mantenerse en pie si se soltaba de la butaca.
― Si hubiera algo que pudiera hacer para traerle lo haría, de verdad. Sherlock es mi mejor ami―
― No uses esa palabra porque claramente Sherlock dejó de importante hace bastante.
John hubiera corrido si hubiera podido. Se chocó con el marco de la puerta al salir y una vez fuera de la casa se fue directamente al bosque dudando de tener el autocontrol suficiente para no transformarse. Aquello no era su culpa, solo fue una estúpida pelea y... Sí, si su amigo se había ido fue enteramente su culpa. Llegó a su viejo árbol y se sentó bajo sus ramas, donde estaba Sherlock la última vez que le vio, abrazado a sí mismo y tapándose aquellas marcas de la cara.
――
― ¿Dónde has estado toda la noche? ¿Has ido a ver a Vera...?― preguntó su madre ilusionada.
― ¿Por qué no me dijiste que Sherlock vino?― la cortó claramente enfadado.
― Oh... Pensé que ya no erais amigos. Le conté que te habías ido con los de tu universidad de viaje de estudios.
― Genial, mamá. Sabes que Sherlock es muy listo, sabe que le intentaste engañar.
― Oye, John, a mí también me contaste esa mentira y hasta que tus amigos contactaron conmigo no supe la verdad. Ni siquiera te he dicho nada por haber abandonado la carrera. Después de todo lo que luchaste por ser médico...
John bajó la cabeza, consciente de las palabras de su madre.
Pasó una semana en el pueblo, viendo a viejos amigos, pero el rubio respondía a todas las preguntas con un seco 'estuve por ahí'. Volver a su casa no había tenido el efecto que él esperaba, no ahora que sabía que Sherlock no volvería nunca. El sábado volvió a coger el tren a Londres después de prometerle a su madre que esta vez no se iría con ninguna mujer. Con suerte conseguiría un puesto en algún sitio de comida rápida, algún sitio donde le explotaran y no le dejase tiempo libre para pensar.
La ciudad que un día amó ahora le parecía solo un montón de edificios con demasiada gente. Toda la emoción de la gran ciudad, vivir allí mientras estudiaba, conocer a gente nueva, cumplir su sueño... Por las noches dormía en una pequeña habitación, en una casa compartida con otras cuatro personas. Solo pasaba allí las noches, una ducha rápida y de vuelta al trabajo. Había tirado a la basura todo su futuro y en parte se lo merecía. Todas sus aventuras con Mary habían desaparecido de su mente. Como si las hubiera metido en un saco y lo hubiese tirado a la basura, ya no quedaba nada de esos años. Ni las noches en los hoteles, el viento contra su rostro al correr, las personas muertas en los baños...
Aquel día tenía que trabajar doble. Una compañera del trabajo le había pedido que le cubriera unas horas porque su madre estaba en el hospital. John se encogió de hombros y aceptó. Era martes así que no había mucha gente, ni siquiera a las horas de la comida y cena. A las once de la noche cerraron y solo se quedaban los que servían a los coches.
John se subió la cremallera al salir fuera. El aire olía a humedad, llovería pronto. En lugar de volver directamente a casa le gustaba ir callejeando. Esa vez tomó un desvío por el sur y cuando se quiso dar cuenta se había metido en un barrio no muy conocido por su fama. En cada esquina había un grupito de tres personas que paraban de cuchichear cuando el rubio pasaba cerca. Todos le miraban amenazadoramente pero a John no le podía importar menos; ese era el único riesgo que iba a correr su vida de ahí en adelante.
La mayoría de las farolas estaban rotas así que se dejaba guiar por las sombras y su casi extinguido sentido lobuno. Paso por la puerta de lo que debía ser un club nocturno. La puerta que aislaba el local del exterior se abrió y salieron dos chicas completamente puestas. Pero eso no fue lo que hizo que John dejara de respirar. Entre todos esos horribles olores a sudor, sexo, marihuana y otras drogas, entre todo eso pudo reconocer una esencia diferente a todas las demás. Fue momentáneo ya que la puerta se había cerrado. El rubio ya tenía el olor metido en cada poro de su piel. Abrió la puerta y un segurata un poco bebido intentó impedirle el acceso. John le empujó y el hombre acabó inconsciente en el suelo por un golpe de la cabeza.
El aire era demasiado denso y de un color blanquecino. Varias personas bailaban obscenamente en la pista de baile pero la mayoría estaban de pie o sentadas en las mesas inyectándose o esnifando. John siguió el débil aroma que perseguía hasta el fondo del local. Había un grupo de siete u ocho personas. Tres parecían los que mandaban y el resto sus acompañantes. Tuvo que mirar varias veces para darse cuenta de que Sherlock estaba entre ellos.
Estaba tan delgado, tan pálido que le daba miedo si quiera acercarse. Tenía unas ojeras marcadas y los ojos rojos de haber estado colocado demasiado tiempo. Casi borradas pero aun visibles tenía tres líneas blancas que le cruzaban el rostro. Sus rizos descansaban sobre el hombro de uno de esos tipos que le acariciaba el muslo distraídamente. John no se lo pensó dos veces antes de actuar. Cogió al tío por las solapas de la chaqueta y lo tiró a la izquierda, encima de los demás. Sherlock parecía muy confuso así que John le cogió de la mano y tiró de él. El alto apenas podía caminar y tuvo que agarrarse y apoyarse sobre su viejo amigo para no caer. John le sacó de allí y el aire fue casi medicina para Sherlock.
Miro hacia todos los lados aún bastante confuso pero reconoció a John, calmándose en ese mismo momento. Se estuvieron mirando fijamente durante varios minutos. John apretaba la mandíbula y Sherlock parpadeaba pesadamente.
― Yo...― murmuró el moreno con la voz muy ronca.
― Cállate― le cortó John.
Le pasó un brazo por las axilas para ayudarle y con paso lento salieron de ese barrio. Se sentaron en el banco de un parque infantil desierto a esas horas de la noche. Sherlock se dejó caer en el banco y gruñó frotándose la cara.
― ¿Que cojones te pasa?― le gritó John―. ¿A esto te referías con irte a un sitio donde te sintieras comprendido?
El moreno se frotó los ojos con más fuerza pero no dijo nada.
― Ya veo...― siguió John con tono amenazador―. Tres putos años llevas aquí.
― No es tan sencillo, John.
― Yo creo que sí. Te diste por vencido y te metiste en esta mierda.
― ¿Y tú qué?― gritó Sherlock con dolor en cada palabra―. Se lo que has hecho durante todo este tiempo.
― Solo me fui de viaje, eso no tiene nada que ver con...― le respondió elevando aún más la voz.
― ¿Te crees que no puedo conectar los asesinatos sin resolver de los periódicos? ¡No me eches la bronca cuando tú te has dedicado a matar a gente!
John cerró los puños y respiró agitadamente.
― No tenía que haberte venido a buscar, no tenía que haberte sacado de ese puto local de yonkis. Seguro que te sabes de memoria el camino de vuelta― el rubio arrastró las palabras con rabia antes de meterse las manos en los bolsillos y dejar a Sherlock en aquel parque a las dos de la mañana.
