¡YAHOI! Bueno, bueno, bueno... pues un capítulo más. Este es un poquito más largo, quizás, que los anteriores. Así que espero que lo disfrutéis mucho, muchísimo xD.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Lo mismo para Yakuza, cuya autora original es Ivorosy. Gracias por dejarme hacer esto.
VIII. Acercándose a la verdad
Terminó de lavarse la cara y se miró al espejo que había sobre el lavabo, con todos los músculos en tensión, marcando los tatuajes que le adornaban todo lo largo y ancho de su torso desnudo.
Hoy era el día, se dijo. Hoy, con algo de paciencia, astucia y algo de suerte, tal vez sus sospechas acerca de los malnacidos Ōtsutsuki se confirmarían y, de ser así, por fin podría actuar, tomar directamente cartas en el asunto. Sabía que no iba a obtener una respuesta clara, no al cien por cien, al menos. Pero si conseguía disipar las dudas que tenía al respecto, todo acabaría, porque tendría la obligación de informar a Sasuke y su mejor amigo no demoraría ni vacilaría en actuar.
Nadie se metía con los Uchiha y salía impune de semejante osadía. Y lo mismo si estornudabas en la cara de un Uzumaki.
Hizo crujir los músculos de su cuello, frotándoselo luego, con los ojos cerrados, tratando inútilmente de relajarse. Si se presentaba así de tenso ante el cabrón de Momoshiki podía darse por muerto. Momoshiki Ōtsutsuki era como una serpiente: buscaba tu punto más débil y atacaba por ahí, mordiendo ese resquicio de debilidad y agrandando la herida a medida que avanzaba, clavando cada vez más hondo sus colmillos hasta envenenarte por completo y así poder terminar contigo cuando menos te lo esperabas.
Sintió unas manos pequeñas y cálidas masajear su nuca y no pudo evitar que un gemido de placer se escapara de sus labios. Cerró los ojos, disfrutando de las suaves caricias. Consiguió relajarse al fin y entonces se volvió, abrazando contra sí el liviano y curvilíneo cuerpo de Hinata. Sonrió contra sus negros cabellos cuando la sintió corresponderle, pasándole los delgados brazos por la cintura y aplastando la mejilla contra su pecho, justo en el lugar exacto en el que le latía el corazón.
―¿No has dormido bien?―Naruto negó, sintiendo el roce de los mechones de su cabello hacerle cosquillas en la nariz a causa del movimiento.
―No es eso… ―suspiró y luego tomó aire―. Hoy tengo el encuentro con los Ōtsutsuki. ―Notó como los músculos de ella se tensaban durante unos segundos, para luego relajarse. Sus brazos lo apretaron con más fuerza y él correspondió de la misma manera, acariciando ahora su fina espalda, sintiendo la calidez de su piel bajo la fina tela del pijama. Dios, si tuviera el tiempo necesario… Sacudió la cabeza, alejando esos perniciosos pensamientos. Ahora no era el momento.
La separó un poco de él y la escrutó con sus ojos azules, adivinando la preocupación y la angustia en lo más hondo de sus preciosos ojos perla. Suspiró y encerró su ovalado y pálido rostro entre sus manos, acunándolo con cariño.
―Naruto… ―empezó ella, sin saber muy bien qué decir o cómo actuar. Sentía un doloroso nudo apretarle la garganta. De lo que ocurriera hoy dependía el futuro y la seguridad de Boruto, de su pequeño tornillo. Si algo les ocurriera a él o a Himawari ella enloquecería, estaba segura de ello. Sus hijos habían sido su único punto de apoyo, su sostén durante catorce largos y dolorosos años. Sin ellos, ni siquiera sabía como habría sido capaz de seguir adelante.
―No dejaré que nada malo les pase, de veras. ―Lo sabía. Naruto defendería a sus niños con uñas y dientes, los protegería con todo lo que tenía en incluso con lo que no tenía, pero aun así… ―. ¿Y si vienes conmigo?―Hinata parpadeó, estupefacta.
―¿Yo?―preguntó, como una tonta. Naruto se mordió el labio inferior. Lo había dicho en un impulso, aunque no era raro en su mundo que las mujeres de los jefes los acompañaran y estuvieran con ellos en los encuentros más relevantes, como compañía silenciosa pero también en calidad de observadoras. Naruto sabía que una mujer podía captar matices y las palabras no dichas mucho mejor que un hombre, tenían un don para ello.
―Podrías observar, tomar nota… eres mucho más observadora y paciente que yo, captas mejor las cosas… ―Eso eran excusas para tratar de convencerla. Hinata bajó la cabeza, mordiéndose ahora ella los labios. Naruto no le estaba pidiendo nada extraño, realmente. De hacerlo le estaría lanzando un mensaje al mundo: que ella era la pareja oficial de Naruto Uzumaki, jefe del clan Uzumaki, y la madre de sus dos hijos. Estaba segura de que el rumor de que Naruto tenía dos niños, sangre de su sangre, se había propagado rápido entre las demás familias cuyo rango e importancia dentro de los yakuza eran equiparables a los de los Uzumaki.
Además, también estaba la cuestión del secuestro de Boruto. Nadie le había dicho nada directamente, ni siquiera Omoi en sus entrenamientos o en sus lecciones para ponerse al día de todo lo que se había perdido los últimos catorce años le había insinuado nada. Pero no era tonta, ni mucho menos sorda.
Había escuchado murmullos, algunas frases sueltas entre los miembros del clan. Todos sospechando la posibilidad de que los probables instigadores del secuestro de su hijo eran los Ōtsutsuki, un clan antaño poderoso y que gozaba de prestigio pero hoy día caído en desgracia. Se contaba que la culpable de eso había sido Kaguya, la última matriarca. Al parecer había ambicionado demasiado y, como en el cuento de la lechera, el cántaro acabó por romperse y hacer añicos todos los sueños y deseos de aquella familia.
Nunca nadie más volvió a tenderles una mano. Como los Uzumaki, habían sufrido un infierno para tratar de levantarse de nuevo, juntándose para ello con lo peor de lo peor del mundo criminal: traficantes de mujeres, proxenetas de lujo, narcotraficantes… personajes al lado de los cuales hasta el mismísimo Satanás parecería un angelito de Dios.
Lo meditó durante varios minutos, seriamente, mientras Naruto la observaba, con el corazón en un puño y conteniendo la respiración, sintiendo sus esperanzas desvanecerse con cada movimiento de la aguja del reloj. Aflojó el agarre que aún mantenía sobre ella y preparó su mejor y más falsa sonrisa, intentando arreglar su metedura de pata. Le diría que todo estaba bien, que no tenía por qué tener prisa, que iría a su ritmo, poco a poco…
―De acuerdo. ―Pestañeó, creyendo haber oído mal.
―¿Ah?―Hinata se ruborizó al ver su expresión de desconcierto absoluto. Se sintió ligeramente ofendida. A estas alturas, debería haberle dado algo más de crédito.
―Dije que de acuerdo. ―Su voz sonó firme y segura esta vez, sin atisbos de duda. Naruto volvió a apretar sus hombros, la ansiedad y la emoción recorriéndolo.
―Tú… ¿E-estás segura? ¿De verdad?―Hinata asintió, mirándolo directamente a los ojos, dejándose envolver por el azul brillante de sus pupilas. Esbozó una sonrisa relajada y se puso de puntillas, acariciándole el rostro y pasándole los brazos por el cuello, depositando un pequeño y tierno beso en la comisura de sus labios.
―Por algo se empieza ¿no?―Naruto esbozó otra sonrisa, una enorme y verdadera esta vez. No pudo contener el impulso y la besó, arrasó su boca, dejándola indefensa ante las incesantes acometidas de su lengua. Intentó responderle con la misma pasión, clavándole las uñas en la espalda para intentar sujetarse a él y seguirle el ritmo a sus labios. Gimió cuando sintió sus fuertes y cálidas manos en sus nalgas, haciendo presión para impulsarla hacia él y poder así levantarla, sentándola sobre el lavabo.
―Naruto… ―Él sonrió contra la piel de su cuello, dejando una pequeña mordida en la misma.
Regresó a sus labios su pecho vibró con una risa ahogada en la calidez de su boca cuando sintió las ansiosas manos femeninas colarse bajo la goma de su pantalón de pijama, bajándolo para dejar a la vista su dura erección.
Sin dejar de besarla ni de acariciarla por todas partes la desnudó, impaciente por sentirla, deslizándose en su interior en cuanto tuvo la oportunidad, gimiendo al notar su calor rodearlo.
Con un gruñido empezó a moverse contra ella, y no se detuvo hasta que el placer los hizo sucumbir a ambos, esparciendo agradables temblores por todas sus terminaciones nerviosas.
―Te amo―le dijo, con la respiración entrecortada y el sudor perlando su piel, haciendo brillar sus tatuajes. Hinata sonrió, dejándose caer lánguida contra su pecho, dejándose acunar por sus brazos, dibujando con sus dedos el contorno de uno de los dragones que le adornaban los brazos.
Había añorado tanto aquel grado de intimidad en sus pasados ratos de soledad que su corazón palpitó, diciéndole que estaba haciendo lo correcto.
Todavía sentía miedo, sí, no iba a negarlo. Pero con Naruto a su lado sentía que podra vencer hasta el más duro de los obstáculos.
Porque él era sus alas y, al mismo tiempo, el viento que las impulsaba.
Porque si no hubiera sido por él, no habría sabido cómo salir adelante en la época más dolorosa de su vida.
Boruto rechinó los dientes, cada vez más molesto. Estaban en la clase de educación física. El profesor los había puesto a jugar un partido de baloncesto y, como eran unos 15 chicos, les daba para hacer tres equipos de cinco cada uno, pudiendo utilizar así también las tres canchas que tenía uno de los pabellones, donde dicho club solía entrenar.
Estaban en fila, sus compañeros haciendo el bobo. Los tres capitanes habían sido elegidos al azar, menos uno de ellos, que formaba parte del club de baloncesto. Por supuesto, también era el que había elegido a aquellos que sabía que eran medianamente buenos en dicho deporte. Boruto lo entendía y no era eso lo que lo molestaba. No.
Lo que le jodía era que lo habían puesto en un extremo de la fila, al lado de Shikadai y que, además, el chico que tenía al otro lado dejaba un hueco considerable entre ambos, como si le diera miedo tocarlo a él o a su compañero Nara. Todavía llevaba pocas semanas en aquel colegio nuevo, pero la reticencia que sentían los demás estudiantes, ya fueran masculinos o femeninos, a acercársele, lo cabreaba mucho, muchísimo.
Había intentando acercarse de mil maneras: invitándolos a los recreativos, a tomar algo por ahí, tratando de inmiscuirse en conversaciones sobre deportes, música, manga… ¡hasta les había dejado leer su Shōnen Jump! ¡Si eso no era ser amable y tener buenas intenciones entonces no sabía lo que era!
Resopló, viendo como, por enésima vez, los dejaban a él y a Shikadai de últimos. Ninguno de los dos capitanes que quedaban por escoger un miembro más para su equipo parecía estar alegre por poderse quedar con alguno de ellos. Boruto volvió a rechinar los dientes, con los puños apretados.
―Relájate―le dijo Shikadai a su lado, sin quitar la vista del profesor y del resto de sus compañeros, el maestro apremiándolos a que se dieran prisa en terminar de hacer los equipos, más nervioso a cada minuto que pasaba―. Con esa cara que te cargas los ahuyentarás aún más.
―¿Ah, sí? Yo pensé que eso ya lo hacían solitos, lo de ahuyentarse. ―Shikadai estiró las comisuras de su boca en una leve sonrisa ante el notorio sarcasmo.
―No debería molestarte―musitó el Nara―, acabarás por acostumbrarte. ―Se encogió de hombros, como si no le diera importancia. Boruto lo miró, desconcertado, como cada vez que le hacía uno de esos comentarios extraños.
―No sé por qué tendría que acostumbrarme―masculló Boruto, mirando con el ceño fruncido para sus compañeros de clase―. ¡¿Habéis oído, eh?! ¡No tengo porqué acostumbrarme a vuestros desaires! ¡No os he hecho nada, en serio!―El grito hizo que la sorpresa, la incomodidad y la incredulidad recorriera los cuerpos de los demás alumnos allí presentes, reflejándose todo ello en sus rostros, los cuales evitaban mirarlo―. ¡Idiotas!
―¡Hyūga! ¡Al despacho del director!―Boruto fulminó con la mirada al maestro de educación física, para luego dirigirse con grandes zancadas y mascullando cosas nada bonitas hacia la salida del pabellón.
Shikadai lo vio irse con un suspiro, metiendo las manos en el bolsillo de la chaqueta del uniforme deportivo.
―Tú eres el idiota. ―Dejó escapar un bostezo y luego dirigió sus ojos aburridos al resto de la clase―. Dado que somos impares… ¿no podría irme yo también?
―¡Nara, diez vueltas al polideportivo! ¡YA!―Shikadai bufó pero obedeció la orden, yendo a cumplir su castigo.
―Yo solo quería terminar la secundaria en paz y tranquilidad―murmuró mientras empezaba a correr con su habitual desgano.
Hinata comprobó por última vez lo que una de las chicas de la casa había dispuesto sobre la mesa baja del salón privado en el que iba a llevarse a cabo aquel encuentro. Karin la había mirado con marcada incredulidad cuando la vio aparecer, perfectamente vestida, discretamente maquillada y al lado de un radiante y sonriente Naruto. Tras ella, Karui había alzado las cejas, igualmente sorprendida. Omoi se había limitado a sonreírle ligeramente, en una muestra de ánimo. Konohamaru y Lee fueron más efusivos, abrazándola y dándole palmaditas en la espalda. Sai fue el único que quedó inexpresivo, con su habitual sonrisa falsa y que a todos provocaba escalofríos.
Pero todos se habían abstenido de hacer comentarios. Solo Karin se atrevió a hablar y a romper el tenso silencio que se había cernido sobre ellos:
―¿Estás seguro?―preguntó, dirigiéndose a su primo.
―Al cien por cien. ―Y no había nada más que decir, eso era todo. No se podía contradecir al jefe.
Naruto estaba arrodillado ante la mesita, revisando unos papeles, con unas gafas de montura metálica sobre el puente de la nariz.
―Llévate el jarrón grande, por favor―pidió Hinata a la chica que acababa de entrar con un plato de pastelitos, que depositó a un lado de la mesa―, y pon el pequeño al lado de la tetera. ―La muchacha obedeció, con algo de reticencia. Aunque estaban empezando a hacerse a la idea de que aquella extraña les diera órdenes, todavía le tenían cierto recelo. Claro que al ser la mujer de su jefe no les quedaba de otra que tragar y aguantar.
Unos golpes en la puerta distrajeron a la pareja de su supervisión. Naruto hizo un gesto y la chica que había estado arreglando la mesa con Hinata descorrió la puerta. Omoi estaba al otro lado, con expresión seria.
―Ya están aquí. ―Naruto adoptó gesto serio y asintió. Se volvió hacia Hinata y la vio con los ojos cerrados, haciendo ejercicios de respiración para tratar de rebajar la tensión de sus músculos. Sonriendo cálidamente, le cogió las manos entre las suyas y les dio un apretón cariñoso. Hinata lo miró, devolviéndole una sonrisa algo temblorosa.
―Todo estará bien.
―Tengo miedo… n-no a lo que pueda pasar, sino a hacer algo mal, a decepcionarte… ―Naruto quiso reír pero se contuvo, sabiendo que no era el momento. Subió una mano hasta acariciarle una de sus pálidas mejillas, todavía sonriéndole con ternura.
―Nunca podrías decepcionarme, de veras. ―Hinata sintió que las lágrimas se le acumulaban en los ojos y tuvo que parpadear para disiparlas. Lo último que le faltaba era que se le corriera el maquillaje y parecer un espantapájaros ante los Ōtsutsuki.
Escucharon pasos en el pasillo y ambos se separaron, poniéndose rígidos en sus sitios. Naruto a un lado de la mesita y Hinata algo más rezagada, a su vera pero a la vez tras él, en un discreto segundo plano. De nuevo llamaron a la puerta y la chica que todavía quedaba en el salón se arrodilló al lado de la puerta y, a una orden de su jefe, deslizó la puerta corredera, revelando a dos hombres altos y delgados, precedidos por un serio Konohamaru.
Naruto los observó durante unos segundos, absorbiendo todo lo que podía de su apariencia, haciéndose una primera impresión. No se molestó en levantarse para saludarlos, y aquella falta de cortesía hizo a Momoshiki tensar la mandíbula. Al no darles ni siquiera un atisbo de ser bienvenidos les estaba mandando el mensaje claro de que no los consideraba sus iguales.
―Señores. ―Naruto hizo un gesto con la mano hacia el otro lado de la mesita en la que él estaba sentado. Ambos hombres se dirigieron hacia allí. Hinata notó que uno de ellos no dejaba de observarlo todo, como si estuviera reteniendo en su memoria hasta el más mínimo detalle. Enseguida supo que el acompañante de Momoshiki estaba allí desempeñando el mismo papel que ella: el de un observador silencioso, un acompañante y un consejero.
―Me alegra que haya accedido a esta reunión, Uzumaki. ―Naruto clavó la vista en el líder del clan Ōtsutsuki. Al igual que él había hecho, Momoshiki le estaba negando el debido trato de respeto que el jefe de un gran clan yakuza como él tenía que tener. Se dijo que aquello no era más que una minucia y que tampoco iba a hacer que la sangre llegara al río solo por eso. Él tampoco era el colmo de la educación.
―Les presento a mi mujer, Hinata Hyūga. ―Hinata hizo una leve inclinación respetuosa hacia los dos Ōtsutsuki, pero no habló, simplemente los saludó con un gesto. Momoshiki la miró, interesado. Así que de ahí habían salido los mocosos, de la hija mayor de Hiashi Hyūga que todo el mundo creía muerta o desaparecida en la masacre que había tenido lugar en los antiguos terrenos Hyūga, catorce años atrás.
―Y yo les presento a mi hermano pequeño, Toneri. ―El aludido pestañeó e hizo una reverencia torpe y apresurada. Sus ojos azules, tan diferentes a los de su anfitrión, no habían podido apartarse de la hermosa mujer que estaba al lado de Naruto Uzumaki.
Era bajita, curvilínea, rellena en los lugares justos, con un cabello corto aunque de apariencia sedosa, piel de porcelana y grandes y preciosos ojos perlas.
Su corazón latió, con fuerza.
―Es preciosa―le dijo su cerebro. Tuvo que tragar saliva y humedecerse los labios. Era una hermosura. Pero más que su físico, fueron sus orbes perla, su expresión dulce y tranquila, lo que terminó por atraparlo. Aquella preciosidad de piel pálida y cabello negro con reflejos azulados prometía amor y felicidad en lo más hondo de sus orbes blanquecinos, casi plateados.
Pero había llegado tarde, se lamentó. Naruto Uzumaki había presentado a Hinata Hyūga como su mujer y, aunque claramente no estaban casados porque ella no llevaba su apellido, ello no significaba que no fuera algo serio. Muchos hombres poderosos presentaban a sus novias e incluso amantes de la misma manera contundente, como si estuvieran marcando territorio, diciéndole al mundo que si alguien se atrevía a meterse con lo suyo lo pagarían caro.
Y Toneri supo, sin que nadie se lo dijera, que si se atrevía siquiera a mirar de dos segundos con intenciones ocultas hacia esa fémina el jefe del clan Uzumaki no dudaría en tomar represalias, aunque fuera solo por precaución. Su hermano Momoshiki lo subestimaba, pero él había sido testigo, en varias ocasiones, de cómo Naruto Uzumaki protegía a los suyos y también lo que era suyo, con uñas y dientes.
Dando un suspiro de resignación, decidió redirigir su atención a la conversación que estaba teniendo lugar entre los dos líderes yakuza allí presentes.
―… espero que nuestra visita no le haya causado ningún inconveniente. ―Estaba diciendo Momoshiki.
―En absoluto. Era necesario que nos viéramos, sin demora. ―Toneri captó al vuelo el significado que había detrás de esas palabras: Naruto Uzumaki no iba a dejar que se fueran de rositas. Algo le decía que estaba buscando la manera de poder probar que habían sido ellos los que, indirectamente, habían secuestrado a su hijo. Disimuló como pudo el escalofrío que le bajó por la columna vertebral.
―Estoy de acuerdo. ―Por el rabillo del ojo, vio como, con gestos delicados y pausados, la Hyūga servía el té en las tres tazas que había ante ella, dejando luego sin apenas ruido y sin movimientos innecesarios cada uno de los recipientes ante cada uno de ellos. Momoshiki ni siquiera le dirigió un mínimo gesto de agradecimiento; por el contrario, Naruto le sonrió de forma cálida aunque fugaz. Él también le dedicó un leve cabeceo, en señal de agradecimiento.
―Supongo que debería agradecerle el que nos reciba en su… hogar. ―Si el tono burlón con el que Momoshiki había dicho la última palabra molestó a Naruto este no dio atisbo ninguno de ello.
―Está en lo cierto: debería. ―El ceño de Momoshiki se frunció y Toneri supo que su hermano mayor se estaba enfadando. Tenían entendido que Naruto Uzumaki era un hombre de nobles sentimientos, con una personalidad peculiar, que era más bien impulsivo y que se dejaba guiar por el corazón y no por la razón.
Claramente sus fuentes parecían haberse equivocado. O estaban desactualizadas. El hombre maduro y seguro de sí mismo, inmutable ante la presencia de dos extraños a los que en esos momentos no quería ver ni en pintura dentro de sus dominios, no tenía nada que ver con el retrato que se habían hecho de él. Estaba claro que Naruto Uzumaki era el digno líder del clan que portaba su apellido materno. Todavía se hablaba en las calles de la anterior matriarca, Kushina Uzumaki, amable pero implacable con sus enemigos, amiga de sus amigos pero carente de perdón si estos la traicionaban. Ella no era de las que perdonaba fácilmente, y Toneri empezó a sospechar que Naruto no distaba mucho de su madre en ese aspecto. Las apariencias engañaban, y no por nada era uno de los jefes más temidos y conocidos de la mafia japonesa.
―Escuché del incidente de su hijo en Tokio. Espero que se encuentre bien. ―Toneri trató de disimular la sorpresa y el miedo que le provocaron las palabras de su osado hermano a partes iguales. Intentando no dejarse dominar por el pánico y el nerviosismo, miró de nuevo en dirección a su anfitrión. Apreció la tensión de sus músculos, marcados bajo una camisa azul claro de un caro diseñador de alta costura. La tela de sus vaqueros parecía haberse vuelto aún más rígida sobre sus piernas cruzadas.
También se percató del leve temblor que asaltó las pequeñas manos femeninas de la mujer que lo acompañaba. Claro que en un segundo ella se recompuso, y en un movimiento sutil posó la mano sobre uno de los fuertes muslos de Naruto, como intentando calmarlo y dándole a entender que todo estaba bien. Funcionó porque Toneri vio cómo, a medida que pasaban los segundos, el cuerpo del rubio fue relajándose gradualmente.
Toneri aprovechó esos segundos para lanzarle una clara advertencia a su hermano mayor.
―No lo provoques, no seas estúpido, menos en su casa, donde estamos rodeados de sus hombres. ―Momoshiki captó el mensaje y suspiró, con la frente arrugada. Admitía que tal vez había sido un movimiento algo precipitado, el mencionar el secuestro del mocoso, pero no había podido evitarlo. Necesitaba esa pequeña victoria o sino le iba a dar algo. Naruto Uzumaki actuaba como si todo lo que tenía le perteneciera por derecho, como si fuera el mismísimo emperador, con derecho a hacer y a decir lo que le viniera en gana.
―Está bien―habló esta vez la mujer, Hinata, viendo que el ambiente se estaba volviendo insoportablemente tenso. Toneri sintió un halo de calidez rodearlo. Su voz era suave, melodiosa, dotada de cierta inflexión que denotaba cierto agradecimiento por su preocupación hacia lo ocurrido con el primogénito del clan Uzumaki―. Agradecemos su interés ¿no es así, Naruto?―Se dirigió al Uzumaki en un tono amable, cariñoso pero también firme. Naruto tardó unos segundos en contestar, con voz plana y carente de emoción.
―Sí, claro, agradecemos su interés. ―Casi parecía que hubiese tenido que escupir esas palabras. Toneri no se lo pudo reprochar. Momoshiki había ido demasiado lejos con su atrevimiento.
―Y nosotros agradecemos esta excepcional oportunidad de ser recibidos por alguien de su calibre y reputación―se apresuró a decir Toneri, antes de que su hermano fastidiara más las cosas. No estaba el horno para bollos.
Naruto clavó entonces sus ojos azules como el cielo en él. Aunque Toneri los tenía del mismo color había algo en la mirada del rubio que lo incomodó y lo estremeció. Pudo ver la rabia y la ira hervir en lo más hondo de sus pupilas y supo que, sino fuera porque el bienestar de su retoño corría peligro, haría tiempo que los habría hecho desaparecer.
―Como bien ha dicho―empezó Naruto, con voz extrañamente calmada―, esta es una oportunidad excepcional. No esperen más de mí que la mera cortesía de una invitación. ―Momoshiki tuvo que apretar los dientes para no abalanzarse enfurecido sobre aquel indigno líder de la yakuza. Un jefe debía ser temido, respetado por su autoridad y, por sobre todo, haber llegado a lo más alto tras años y años de sufrimiento, auspiciado por una larga estirpe de generaciones que, antes que él, habían hecho honor al apellido de sus ancestros.
No era que los Uzumaki no fueran un clan antiguo ni prestigioso, pero, a los ojos de los Ōtsutsuki, este ya había caído en desgracia con la muerte de Kushina Uzumaki. La cosa no hizo más que empeorar cuando Naruto retomó los pasos de su madre, convirtiéndose en el siguiente jefe, sino que dejó que un advenedizo como Hiashi Hyūga, un mero fantoche, se hiciera con el área que originalmente les perteneciera.
En su opinión, Naruto Uzumaki no tenía derecho a hacerse cargo de algo que él mismo había dejado que le quitaran. Un líder no podía ser débil.
―Espero que eso no signifique que no podamos mantener una conversación civilizada―se obligó a decir Momoshiki, ahora siendo él el que escupía las palabras.
―Como he dicho―repitió Naruto, ahora calmado y hasta casi relajado. Haber tenido un golpe de efecto sobre los condenados Ōtsutsuki le había devuelto parte de su serenidad y firmeza. Ahora era él el que llevaba la batuta de aquella improvisada reunión―, es una oportunidad excepcional. Es todo. Espero que hayan disfrutado de mi hospitalidad. Ahora, si me disculpan, tengo trabajo. ―Aquella forma de despedirlos con cajas destempladas avivó el fuego de la ira de Momoshiki. Se puso en pie bruscamente, haciendo saltar a la mesita. Hinata se sobresaltó ante el ruido que las tazas y los platos hicieron como consecuencia de la fuerte sacudida.
Por el contrario, Naruto bebió tranquilamente de su taza de té, retomando la lectura que había dejado de los papeles que había estado revisando antes de que ellos entraran, como si ellos ya no estuvieran allí. Aquello era una clara muestra del poder que Naruto Uzumaki ostentaba, de que podía hacerlos desaparecer si se le antojaba, con solo chasquear los dedos.
Toneri se puso en pie, con los nervios a flor de piel. Se acercó con cautela a Momoshiki y le tocó el hombro.
―Hermano… deberíamos irnos―le susurró. Involuntariamente, sus ojos se desviaron hacia la mujer que ahora estaba concentrada en servirle más té a su… ¿novio? ¿Marido? ¿Amante? La curiosidad amenazó con soltarle la lengua pero consiguió mordérsela a duras penas. No era un adolescente con las hormonas revolucionadas. Tenía que controlarse.
Respiró hondo, viendo la tensión acumularse en la espalda de su hermano. Finalmente, Momoshiki se dio la vuelta y salió a grandes zancadas de la habitación, sin despedirse, sin dar las gracias y sin mostrar el respeto requerido. Fue Toneri el que hizo una educada y pronunciada reverencia, así como el artífice de las disculpas por la salida tan intempestiva de su pariente consanguíneo.
―Ruego lo disculpe…
―No se preocupe. Está olvidado. ―Toneri sintió como una sonrisa tiraba de la comisura de sus labios al oír a Hinata contestar a su disculpa. Hizo una última reverencia y salió tras Momoshiki, diciéndose que había sido un total fiasco el haber ido allí aquella mañana. Había tratado de advertírselo a su hermano, pero este había reído y desdeñado su aviso, diciendo que Naruto Uzumaki estaría lo suficientemente asustado como para que lo tuvieran comiendo de la palma de su mano.
Lo habían subestimado, lo cual había sido un craso error por su parte. Tendría que revisar y redirigir su estrategia si es que querían que sus planes llegaran a buen puerto. Los planes de su hermano, se corrigió Toneri, con un suspiro.
Luego, su mente le llevó el recuerdo de la delicada mujer que había estado presente en la reunión, acompañando silenciosamente a Naruto Uzumaki. No pudo evitar sonreír, soñador.
Tenía que averiguar más cosas de ella, se dijo.
Hinata lo había flechado con tan solo una mirada de sus preciosos y cálidos ojos perlados.
Naruto sintió cómo un horrendo cansancio le caía encima de golpe, a pesar de haber recargado las pilas aquella misma mañana gracias a Hinata. La sintió acercarse a él y acurrucarse contra su costado, pasándole los brazos por la cintura. Él no dudó en estrecharla contra él y en besar sus cabellos negro azulados.
―¿Estás bien?―le preguntó tras unos minutos de absoluto silencio. Hinata asintió, levantando la vista hacia su rostro―. ¿Qué te ha parecido?―Hinata pestañeó para acto seguido sentir una abrumadora calidez expandirse desde su pecho por todo su cuerpo, llenándola.
¿Acaso Naruto le estaba pidiendo su opinión sobre la reunión que había tenido lugar hacía unos escasos cinco minutos? Nunca pensó que lo haría, realmente, que tan solo lo había hecho como algún paso previo a su total integración, para que los demás yakuza la fueran conociendo y asimilando su presencia. No se podía introducir a una persona ajena así como así dentro de su mundo, llevaba un proceso, en muchas ocasiones largo y tedioso, si la persona en cuestión no conseguía granjearse las suficientes simpatías. Claro que se hacían notables excepciones con aquellas que pudieran ser… especiales, por así decirlo, o importantes, para los grandes jefes. Como líder de uno de los clanes yakuza más importantes, Naruto tenía ese privilegio, pero también sabía que, seguramente, él querría hacer las cosas bien. Los yakuza eran como una gran empresa: si los trabajadores estaban contentos, todo marchaba como la seda, si no… bueno, te arriesgabas a huelgas, desplomes de beneficios y demás. Pues esto era igual.
Tomó aire y rellenó su taza de té y se sirvió ella otra. Acercó uno de los platos con pastelitos y tomó uno. Naruto hizo lo propio, cogiendo dos y metiéndoselos en la boca casi a la vez. La ansiedad podía notársele a kilómetros. Y no era para menos. Los Ōtsutsuki no tenían pinta de ser gente de fiar. Y así mismo se lo dijo:
―No me gustan―concluyó, tras repasar en su mente todo lo que se había dicho, lo que no, los gestos y las miradas―. Al menos, no el más alto. El otro parecía ser más razonable, pero no te lo puedo decir seguro. ―Naruto asintió, relajándose un poco más al comprobar que las conclusiones de Hinata no distaban mucho de las suyas.
―Toneri no es mal tipo, de veras―dijo él―. Me consta que seguramente sea el más razonable de toda esa panda de cabrones, el único con un poco de sentido común, o eso he oído. ―Hinata asintió, dando un segundo sorbo a su té.
―El otro, en cambio…
―Momoshiki es gilipollas―gruñó Naruto. Hinata agradeció mentalmente que ninguno de los niños estuviera allí presente para presenciar semejante lenguaje tan vulgar. Aunque no pudo menos que suscribir las palabras de Naruto―. Se cree por encima de todo el mundo solo porque una vez, hace muchísimos años, fueron uno de los clanes más poderosos de Japón, si no el que más. Pero cayeron en desgracia, y al parecer todavía no se han recuperado del golpe. ―Hinata no pudo menos que acariciarle el brazo, en señal de apoyo. Naruto había hablado con tanta melancolía que hasta a ella le dolió, porque había sido testigo de primera mano de todo por lo que el hombre al que amaba tuvo que sufrir catorce años atrás para recuperar el legado que su madre le había dejado. Todo por lo que su propio progenitor, Hiashi Hyūga, lo hizo pasar, todo por lo que pasó para poder proveer de un buen futuro a todas las personas que confiaban en él y que dependían de él.
Naruto era, quizás, la persona que mejor comprendía lo que significaba pertenecer a una familia yakuza, ser su líder. Como tantas otras veces, lamentó no haber podido conocer a Kushina Uzumaki. Su difunta suegra debía de haber sido una mujer realmente excepcional, y presentía que se habrían llevado bien entre ellas.
―No pienses en ello―le susurró con suavidad, subiendo ahora la mano hasta posarla en su mejilla. Sus dedos acariciaron el rostro recién afeitado y volvió a acurrucarse contra él, buscando calmarlo pero también calmarse ella, sentir su calidez―. Estoy segura de que en la reunión de los clanes lo pondréis en su sitio. ―Naruto sonrió al oír su respuesta.
―Tienes razón, como siempre. No sé qué haría sin ti, de veras. ―Hinata sintió su estómago contraerse pero luchó porque el desasosiego y la culpabilidad no se reflejaran en su rostro―. Hablando de la cena… ―la miró directamente a los ojos, poniendo una mano tras su nuca, acariciándosela lentamente―. Vendrás conmigo ¿verdad?―Los orbes femeninos se abrieron como platos ante semejante petición. Durante un segundo, Hinata sintió el pánico creciendo, las ganas de salir corriendo casi incontenibles. Pero entonces se topó con sus ansiosos y suplicantes ojos azules y todo se esfumó.
Ir a aquella cena, aquella reunión, donde se reunía lo mejorcito de la mafia japonesa, sería el equivalente a presentarse en sociedad. Los demás jefes la conocerían, le pondrían nombre y cara, sabrían quién era ella y, por ende, se enterarían de la existencia de Boruto y Himawari. Ir sería hacer una declaración de intenciones en toda regla, salir al fin de la oscuridad en la que había estado sumida y en la que había sumido a sus hijos de rebote, con el afán de proporcionarles una vida normal, lejos de intrigas y de peligros.
Pero también les había negado el conocer su herencia, su legado. Les había negado tiempo con su padre y a él tiempo con los niños. Les había privado de un modelo paternal estable y, aunque lo había hecho porque creía que sus niños se merecían tener una infancia como la de cualquier otra persona, también admitía que había tenido sus desventajas.
Naruto había sido quién había cargado con la parte más dolorosa de la relación, con el lado oscuro, por así decirlo, de la situación en la que ella misma los había sumido, imponiendo sus condiciones. Nunca le había dado a Naruto la oportunidad de conocer realmente a sus hijos, ni a ellos de conocer a su padre.
Pero ya era hora de que eso cambiara. El secuestro de Boruto había sido una señal del destino, estaba segura, un aviso para que empezara a enfrentar las cosas en vez de eludirlas. Así que respiró hondo y habló, con el tono de voz más firme que pudo:
―Sí, iré contigo. ―Naruto parpadeó, creyendo haber oído mal. Pero cuando sus palabras penetraron en sus oídos y llegaron hasta su cerebro para que este las procesara, no pudo menos que echarse a reír, al tiempo que la envolvía en un abrazo de oso. Hinata rio con él, extrañamente feliz, como si dar ese paso les hubiese sacado un peso enorme de encima a los dos.
―Necesitarás ayuda con algunas cosas… ―dijo él tras la euforia inicial―. Tal vez Karin pueda…
―No es necesario―le dijo ella―. Yo… ―Titubeó pero finalmente confesó su pequeño secreto―. Llevo varias semanas estudiando… incluso he vuelto a entrenar… bueno… no yo sola… le pedí ayuda a Omoi… ―Miró con algo de miedo para Naruto. Este frunció el ceño.
―¿Le pediste ayuda a Omoi?―Hinata tragó saliva y asintió.
―¿Estás molesto?―Naruto se apresuró a negar con la cabeza.
―¡Por supuesto que no! Me has sorprendido, nada más, de veras. ―La abrazó una vez más contra su pecho, besando esta vez sus labios de forma dulce y tranquila, sin prisas, tomándose su tiempo para saborear su boca―. Pero aún así necesitarás… ehm… algo de ayuda femenina. ―Hinata lo meditó unos segundos, todavía encerrada entre sus brazos. Naruto tenía razón: necesitaría consejo femenino. Necesitaba a alguien que la ayudara no solo con la vestimenta, sino también con los cambios que hubiese podido haber en el protocolo social en su larga ausencia.
―Tienes razón. ―Se mordió el labio inferior―. ¿C-crees que Karin-
―Nunca te haría eso. Sé lo mal que os lleváis, jamás os obligaría a hacer algo juntas. No soy un suicida. ―Hinata soltó una risita―. Le he pedido ayuda a la esposa de un amigo mío, Temari Nara. ¿Estás bien con eso?―Una vez más, Hinata sintió como su corazón se derretía de amor hacia ese hombre.
Se lanzó a besarlo, haciendo que por lo sorpresivo del movimiento ambos cayeran al suelo, ella encima de él. Naruto rio en medio del beso, abrazándola contra sí y respondiendo de la misma manera apasionada, el calor y el deseo apropiándose de sus sentidos.
Así los encontró una de las chicas de la casa, cuando fue a recoger el salón donde la reunión ya había terminado, dando un pequeño grito de sorpresa al encontrarse a su jefe y a la mujer Hyūga en actitudes nada decorosas.
―Oh, jefe, yo… l-lo siento mucho, yo… n-no sabía… me dijeron que ya habían terminado y… ―Naruto y Hinata se miraron y estallaron en una carcajada que hizo a la pobre muchacha enrojecer todavía más si cabía.
Sentado sobre la rōka que daba al jardín, Sai dibujaba el pequeño paisaje que había ante él. No se podía negar que el jardín de la casa Uzumaki era hermoso, con el pequeño estanque en el medio y las flores bien cuidadas. Suspiró, dejando el pincel a un lado. Hacía días que no podía concentrarse bien en su hobby favorito. Pintar siempre había sido su vía de escape. Ya desde muy pequeño se había dado cuenta de que tenía talento para el dibujo, y este solo había mejorado bajo la tutela de Kushina Uzumaki. La conoció durante muy poco tiempo, puesto que apenas un año después de haber ingresado al clan la enérgica mujer pelirroja falleció. Recordó esos días como un auténtico caos. Con el hijo de la jefa (todavía por aquel entonces) aún en la cárcel nadie sabía el rumbo que le depararía al clan. La mayoría habían decidido irse y, para cuando Naruto volvió a aparecer en escena la familia Uzumaki apenas era un vestigio de lo que habían sido. Los pocos miembros que quedaban apenas y habían conseguido eludir a Hiashi Hyūga. Sai se había quedado porque no quería volver a estar solo, a experimentar esa horrorosa sensación de que nadie lo quería, se preocupaba por él, de no sentirse necesitado.
Ahora, el clan estaba totalmente recuperado. Naruto había demostrado ser un líder capaz, inteligente y justo. Sai no podía estar más contento de haber escogido quedarse. Aunque para ello hubiera tenido que…
El ruido de un motor interrumpió sus pensamientos. Intrigado, recogió sus enseres de dibujo y se asomó a la entrada principal. Lee ya estaba allí, ante el caminito de piedra que llevaba a la casa, serio aunque notablemente nervioso, sudando a mares.
―¿Qué ocurre?―preguntó Sai acercándose a su amigo. Lee suspiró, dándole un vistazo. En ese momento un Honda atravesó el portón de la entrada. Aquel coche le sonaba, pero no podía recordar de qué, o dónde lo había visto.
―Tenemos una visita… inesperada. ―Sai alzó las cejas.
―¿Inesperada? ¿Cómo de inesperada?―Sai pronto vio disipada su duda, puesto que de la parte frontal del vehículo se bajó una mujer alta, rubia, con el cabello recogido en cuatro graciosas coletas, vestida de forma impecable y exquisita, aunque su bonita apariencia estaba siendo estropeada por su gesto adusto y su ceño fruncido.
Ahora Sai comprendió la aprensión de su Lee. Tragó saliva.
Si había alguien que intimidara con su sola presencia esa era Temari Nara.
―Señora Nara… ―comenzó a saludar Lee, adelantándose un paso y haciendo una reverencia brusca y apresurada―. No sabíamos que iba usted a-
―Ni yo tampoco. Pero la curiosidad pudo conmigo. ¿Está una tal Hinata Hyūga?―Ambos morenos se miraron, desconcertados.
―Disculpe, pero… ¿es usted amiga de Hinata…?―Temari sonrió ampliamente, deshaciendo su expresión amenazante y permitiendo que los dos hombres se relajaran un tanto.
―Espero serlo pronto. Bien, si está, decidle que la estoy esperando. ―No esperó a que la invitaran a entrar, ni siquiera a que alguien de la familia bajara a recibirla. Ella solita anduvo hasta el salón principal y allí se sentó, dispuesta a esperar lo que hiciera falta. Una de las chicas prácticamente voló hasta ella para preguntarle si deseaba que le trajera alguna cosa. Temari le pidió un té y unos dango y la muchacha corrió fuera de la habitación, yendo a por el pedido de la rubia.
Por otra parte, Lee y Sai corrían hacia el despacho de su jefe. Por el camino se toparon con Boruto y Himawari, quienes estaban desayunando sentados en la rōka, disfrutando del sol matutino antes de tener que encerrarse en el colegio. Se quedaron mirando extrañados por las prisas que aquellos dos empleados de su padre llevaban.
―¿Habrá pasado algo?―preguntó la niña. Boruto frunció el ceño pero se encogió de hombros, algo mosca.
―No lo creo. Tú desayuna, Hima, ya nos enteraremos. ―La pequeña se encogió de hombros y regresó a su cuenco de arroz, mientras su hermano mayor observaba de reojo el lugar por el que Sai y Lee habían desaparecido.
En el interior de su despacho, Naruto revisaba unas cifras con Karin. Estaban reuniendo facturas y algunos papeles más.
―Entonces, metemos esto como gastos… aquí―le tendió un antiguo recibo a Karin, para que supiera el número de cuenta correspondiente―, acuérdate de pedir el justificante cuando vayas a ingresar el dinero- ―Se vio interrumpido cuando dos de sus hombres de más confianza entraron en el cuarto, sin llamar y sin esperar a que les diera permiso. Frunció el ceño, molesto ante aquella falta de respeto y educación. Era su jefe, por el amor de Dios, un mínimo de comportamiento era lo esperable.
―¿Se puede saber qué-
―Tenemos un problema, jefe.
―Un problema no, un problemón―añadió Lee, sudando copiosamente. Karin resopló, cruzándose de brazos.
―A ver si os explicáis, idiotas. ―Ambos se miraron, pero fue Lee el que decidió hablar, tomando aire para ello.
―Temari Nara está en el salón principal… quiere ver a la señora Hinata. ―Karin giró la cabeza de golpe, con tanta brusquedad que el cuello se le resintió. Miró a su primo, interrogante y preguntándose por qué demonios iba Temari Nara a querer ver a la Hyūga.
―Oh. ―Naruto se recostó sobre su silla, sonriendo, como si el hecho de que la mujer de uno de los jefes yakuza que se debía a Naruto no estuviera en esos momentos bajo su mismo techo―. Siempre tan impulsiva. ―Suspiró―. Yo le pedí a Shikamaru que la enviara, no os preocupéis, está todo bien. ―Lee y Sai sintieron la tensión disiparse ante las palabras de su jefe. Se despidieron alegremente, sin disculparse siquiera por haberlos interrumpido. Naruto se dijo que más tarde los reprendería por su actitud. Sí, eran sus amigos, sus hermanos, pero también sus empleados , leñe. Exigía un mínimo de respeto.
Por el contrario, Karin no deshizo su expresión adusta. Seguía mirando a su primo como si quisiera matarlo.
―Dime que no lo has hecho―dijo, su mente trabajando a toda velocidad, dilucidando poco a poco el porqué de la presencia de la Nara en su casa, en su hogar―. Naruto, por todos los dioses ¡dime que no lo has hecho!
―¿El qué? ―preguntó él, visiblemente confundido por el arrebato de ira de su prima. ¿A qué venía su enfado?
―¡Dime que no has decidido llevar a esa mujer a la reunión de los clanes! ¡Dime que no has sido tan estúpido! ¡Estúpido!―Naruto clavó sus ojos azules en Karin.
―Karin, ya lo hemos hablado: Hinata está aquí, te guste o no; es mi mujer, te guste o no. Y va a ocupar el puesto que le corresponde por derecho… te guste o no. ―Karin tuvo ganas de abalanzarse sobre el rubio para estrangularlo. Tuvo que clavar las uñas sobre las mangas de su vestido, sintiendo las costuras de la tela resentirse ante el tirón.
―¡Pero no está preparada! ¡No tiene ni puta idea de nada y-
―Ha estado estudiando, con Omoi. Y entrenando, también. ―La pelirroja abrió los ojos como platos ante su revelación.
―¡¿Qué?! ¡¿Y por qué no ha dicho nada, la muy estúpida?! ¡Tendría que haberse dirigido a mí…
―Me lo ha dicho a mí, que es lo importante. ―Naruto le lanzó una dura mirada a la pelirroja. Karin tuvo que respirar hondo, intentando calmarse―. Estás siendo exagerada, Karin.
―¡¿Exagerada?! ¡Esa reunión bien puede costarnos la vida y lo sabes! ¡Cómo meta la pata o algo salga mal por su culpa…
―¿Para qué crees que está aquí Temari? Instruirá a Hinata en las cosas básicas que tiene que tener en cuenta, la ropa y demás, creí que te lo había dicho. ―Sí, lo había hecho, Karin recordaba bien aquella conversación―. No te preocupes por nada, todo saldrá bien, de veras. ―Karin apretó los dientes pero se limitó a asentir.
Si su jefe había tomado una decisión no podía hacer nada. Él era el que tenía la última palabra, al fin y al cabo.
―¿C-cómo?―Karui resopló, visiblemente molesta de tener que repetirse.
―Que alguien en el salón principal que te está esperando. Y será mejor que bajes, porque no es una persona lo que se dice paciente. ―Hinata sintió un ligero escalofrío bajarle por la espalda. La tristeza la invadió cuando se percató de que Karui, quien miraba para todas partes menos a ella, parecía querer en cualquier otro sitio menos allí, con ella. Suspiró. Había pasado poco tiempo desde su regreso, no podía pedirles más.
Siguió a la pelirroja escaleras abajo, hacia el salón. Por el camino preguntándose quién demonios sería la persona que quería verla con tanto apremio. Pensó en su hermana o en su primo pero enseguida lo descartó. Hanabi y Neji habrían avisado antes de venir y solo lo habrían hecho si Naruto les hubiese dado su aprobación antes. Y de eso ella se hubiese enterado, porque era casi imposible mantener un secreto dentro de una casa tan grande y tan llena de gente.
A medida que se acercaban a su destino Hinata fue escuchando unas voces que provenían del otro lado de las puertas correderas. Distinguió la alegre y profunda voz de Naruto, pero la otra era una voz femenina, de una mujer desconocida. Intrigada, se adentró en el salón, topándose con un sonriente Naruto que charlaba animadamente con una mujer alta y rubia, elegantemente vestida aunque con un peinado un tanto extravagante. Los ojos verde oscuro de la misma se clavaron en ella y Hinata presintió que algo importante estaba a punto de ocurrir.
―¡Hinata!―Naruto fue hacia ella, poniéndose a su lado y pasándole un brazo por los hombros, siempre sonriendo―. Temari, te presento a mi mujer, Hinata. Hinata, ella es Temari Nara, de quien te hablé el otro día. ―Hinata pestañeó e hizo una reverencia a modo de saludo.
―Es un honor conocerla, señora Nara. ―Temari entrecerró los ojos en su dirección y fue hacia Hinata. Se paró frente a la peliazul y dio una vuelta a su alrededor, examinando hasta el más mínimo detalle de su cuerpo. Cuando concluyó tan exhaustivo escrutinio se apartó, con una sonrisa satisfecha.
―Me gusta lo que veo―dijo, dirigiéndose a Naruto. El rubio amplió su sonrisa, apretando a Hinata contra su cuerpo.
―Tengo buen gusto, de veras. ―Temari soltó una sonora carcajada y anduvo con paso seguro hasta una silla, sentándose sobre la misma y cruzando las piernas con descaro, sin bebiendo de un vaso que contenía una coca-cola con varios cubitos de hielo.
―Por una vez has hecho algo bien. Oh, y puedes llamarme Temari―le dijo ahora a Hinata―, si vamos a ser amigas, no hacen falta los formalismos. Yo también te llamaré Hinata ¿de acuerdo?―Hinata asintió, sin poder disimular la cautela que expresaba su rostro. Temari volvió a reír―. Oh, vamos, no soy tan mala como seguramente habrás oído por ahí. En fin, tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo así que, Naruto―se hizo con su bolso colgándoselo del hombro y tomó a Hinata de la mano―me la llevo. Te la devolveré en unas horas. ―Sin poder protestar, Hinata se vio arrastrada hacia la salida de la casa. Alguien ya había dejado dispuestos un par de zapatos para ella y también los preciosos zapatos de tacón de Temari.
Resignada, se dijo que no pasaría nada por salir de aquella casa, por conocer a alguien nuevo, alguien que, tal vez, podría convertirse en una amiga, pensó con esperanza.
Dicha idea fue tomando forma en su cabeza mientras caminaba hacia el Honda que parecía pertenecer a Temari. Se metió dentro y, cuando ya estaba por abrocharse el cinturón, se acordó de Boruto y Himawari. ¡Sus hijos! Alarmada, pensando en que se preocuparían hasta el infinito si de pronto no la encontraban por ninguna parte en caso de que la necesitaran, quiso salir del coche, pero Temari ya lo había puesto en marcha y estaba maniobrando para abandonar la propiedad de los Uzumaki.
―¡E-espera! ¡Tengo que avisar a mis hijos…
―Su padre se encargará, que para algo es su padre. Dios, nosotras no somos las únicas que colaboramos en traer niños al mundo, ya es hora de que los hombres hagan su parte proporcional del trabajo. ―Hinata se la quedó mirando, anonadada, con la mano en el aire, congelada a un centímetro de la manilla de la puerta del coche―. Además, son mayorcitos, por lo que tengo entendido. Necesitan aprender que su madre también es una persona con la misma necesidad que ellos de salir y desconectar. ―Hinata desvió la vista hacia la ventanilla, viendo como el paisaje urbano de Osaka comenzaba a deslizarse cada vez a más velocidad ante sus ojos.
―Nunca han pasado más de las horas que van al colegio sin mí―musitó en voz baja, como se estuviera confesando algún tipo de pecado imperdonable. Temari alzó las cejas ante su comentario pero no dijo nada, dejando que el silencio hiciera acto de presencia durante un buen rato.
―Pues ahora hay un montón de gente dispuesta a jugarse el cuello por ellos de ser necesario. Ya no tienes que preocuparte tanto. ―Hinata no contestó esta vez. Sabía que aquello era verdad, pero, a pesar de todo, no podía dejar de preocuparse.
El trabajo de una madre nunca terminaba ¿no era así?
Hinata se dio cuenta de que se estaban adentrando en el barrio de Kita, y pronto Temari enfiló el vehículo hacia el distrito de Umeda, localizado dentro de ese mismo barrio. Para su sorpresa y gran consternación, Temari guio el coche hacia la entrada de parking de un enorme centro comercial, el cual Hinata conocía, pues no en vano había nacido y crecido en aquella ciudad. Era imposible para cualquier nativo de Osaka no haber entrado alguna vez, aunque fuera por el mero placer de observar, en aquel enorme edificio.
Tragando saliva, Hinata se deshizo del cinturón de seguridad y bajó del vehículo. Temari presionó el botón de la llave que tenía en la mano y un ruidito se escuchó, indicando que las puertas habían sido totalmente bloqueadas. Ignorando al resto de personas que pululaban por el aparcamiento subterráneo, la rubia se acercó a su nueva pronta mejor amiga y enganchó su brazo con el suyo.
―¿Vamos?―No esperó respuesta y la arrastró hacia una de las entradas que daban al centro comercial. Volvió a tragar saliva cuando las puertas del ascensor se abrieron, dejando que la luz cegadora que iluminaba todo a su alrededor la cegara.
Salió del ascensor, viendo como Temari se quedaba a su lado, pensativa. Tragó saliva de nuevo, sintiéndose abrumada por la visión que las tiendas de carísimos diseñadores que tenía ante ella. Maniquíes con ropa de Gucci, Valentino, Brancucci, Chanel, incluso las relucientes y exquisitas joyas de Tiffany o Harry Winston. Fue demasiado. Sintió un mareo y tuvo que aferrarse inconscientemente al brazo de su acompañante.
―Te-Temari… ―La Nara la miró, visiblemente confundida ante el temblor que le recorría el cuerpo―. ¿Qué hacemos a-
―¡Venir de compras, por supuesto! ¿Qué pensabas? ¡Tenemos que ponerte lo suficientemente arrebatadora como para que a nadie se le dé por pensar de ti lo que no es!―Hinata se puso rígida, su cerebro trabajando a toda velocidad tratando de entender el significado tras las palabras de Temari.
Y, para su desgracia, lo entendió: no podía ir vestida de cualquier manera a la cena de los clanes, no si iba a ser presentada como la compañera sentimental de Naruto Uzumaki, actual jefe del clan Uzumaki, uno de los clanes más grandes y poderosos del país. Los demás líderes podían reprobar a Naruto por su mala elección de compañía femenina y, por mucho que le espantara tener que gastar cantidades ingentes de dinero, sabía que no tenía más remedio.
Armándose de valor, se apartó de Temari, respiró hondo y se puso recta, adoptando la digna pose de alguien que está acostumbrada a caminar por esos ambientes de lujo y exclusividad. Temari sonrió a su lado, satisfecha por su cambio de actitud.
―Vamos, entonces. Te dejaré tan guapa que a Naruto le será imposible quitarte los ojos y las manos de encima. ―Hinata iba a asentir cuando cayó en la cuenta de algo importante.
―Temari, yo… no tengo manera de… ―Por toda respuesta, la rubia metió la mano en su bolso y sacó un tarjetero, del que extrajo una tarjeta donde, para sorpresa de Hinata, figuraba su nombre.
―Seguramente Naruto la pidió para ti, por lo que me dijo, tienes aquí dentro―dio unos golpecitos en el fino dorso del rectángulo de plástico―suficiente dinero como para comprar todo el centro comercial, si quieres. Así que ¡no te cortes! Yo pienso hacer lo mismo con el dinero de Shikamaru. Será su castigo por haber tardado tanto en encontrarme una amiga. ―Hinata sintió que algo le atenazaba el estómago al escuchar esa palabra: amiga.
Cerró los ojos, dejándose arrastrar por Temari una vez más. Amiga… hacía tanto tiempo que no tenía una amiga, una de verdad… El rostro sonriente de Tenten se dibujó en su mente y quiso echarse a llorar, pero supo al instante que eso no sería lo que la fallecida querría. Tenten querría que sonriera, que siguiera para delante y que viviera su vida. Así que hizo de tripas corazón y se esforzó por intentar pasarlo bien, por disfrutar de un placer tan sencillo como era el ir de compras, algo que, si recordaba bien, nunca había resultado divertido para ella antes.
Lo consiguió. Por primera vez en días, pudo reír y sonreír sin pensar en que el mundo se le iba a caer encima de un momento a otro. Casi se desmaya un par de veces más, a la hora de pagar las carísimas, delicadas y exclusivas prendas de ropa que Temari iba escogiendo y que ella se probaba.
―¡Tienes una figura envidiable, de verdad! Yo no tengo culo para llevar unos tejanos como Dios manda, pero a ti te quedan de muerte. ―Hinata rio, bebiendo de su copa de vino. Habían parado a comer en la zona de ocio y restauración.
―Pero no puedo ponerme vestidos palabra de honor o de corte sirena, ni esos monos enteros que me encantan. Tengo demasiado pecho y soy demasiado bajita.
―Bueno, eso es lo justo. No se puede tener todo, nena. ―La rubia le guiñó un ojo y Hinata volvió a reír. Temari había resultado ser una compañía más que agradable: tenía el genio muy vivo y le daban arranques que enseguida se aplacaban. También era divertida, no tenía pelos en la lengua y le encantaba quejarse de su marido y de su hijo.
―Son unos vagos sin remedio―se lamentó―. ¿Puedes creerte que Shikadai saca notazas en el colegio sin pegar un palo al agua? ¡Podrían haberlo ya adelantado de curso, pero no! ¡El niño no quiere porque dice que sería "problemático" y hace lo justo y necesario para sacar buenas notas y que el igualmente vago de su padre lo deje en paz! ¡Ah, pero luego yo tengo que tener la casa y a los chicos siempre a punto y de punta en blanco! ¿No te parece injusto?―Hinata sonrió.
―Bueno, no puedo decir mucho por mi parte: Boruto tampoco es que se esfuerce mucho. Es inteligente por naturaleza y lo sabe, enseguida se queda con las cosas y nunca me ha suspendido nada, pero también podría hacerlo mucho mejor, si quisiera. ―Ambas mujeres suspiraron, diciéndose que sus hijos no tenían remedio―. Me gustaría que en ese aspecto se pareciera más a su padre: Naruto no es que destaque en el campo de los estudios, precisamente, pero siempre se esfuerza hasta el final, dándolo todo.
―Qué envidia. ¿Dónde encuentro uno así?―Hinata soltó una carcajada que pronto fue secundada por la Nara.
Así, entre risas y anécdotas divertidas, Hinata pasó un día más que agradable. Y cuando volvió a casa, su rostro resplandecía de felicidad.
―Espero que volvamos a quedar pronto―le dijo Temari al despedirse, dándole un gran abrazo en vez de la acostumbrada y formal reverencia. Algunos de los hombres de Naruto se acercaron para vaciar el maletero y la parte trasera del coche, lleno de bolsas y cajas.
―Yo también―dijo Hinata, y lo dijo con sinceridad. Su nueva amiga se metió de nuevo en su vehículo y abandonó la casa Uzumaki. Suspiró entrando en la casa, pensando en que había pasado un día divertido, de distracción, que era lo que necesitaba.
―¿Te lo has pasado bien?―La voz de Naruto la hizo dar un respingo en la puerta de la habitación. Él soltó una risita y se acercó para abrazarla―. Me dijeron que habías vuelto. No quise asustarte, de veras. ―Hinata sacudió la cabeza con una sonrisa, dejándose envolver por sus brazos.
―Ha sido maravilloso. ―Levantó la cabeza para mirarlo. Se puso de puntillas y le pasó las manos por la cara y el pelo corto y rubio, maravillándose de su suavidad, deleitándose con el olor de su loción para el afeitado―. Tú eres maravilloso―susurró, besándolo suavemente en los labios―. Gracias. Por todo. ―Naruto sonrió de nuevo. La tomó sorpresivamente en brazos haciendo que soltara un gritito de sorpresa, para luego convertirse en alegres risas, en cuanto entró en la habitación con ella, cerrando la puerta tras los dos.
Y Hinata no podía haber sido más feliz en ese momento de lo que lo había sido desde que decidió regresar a Osaka.
Por primera vez desde que había vuelto, se sintió verdaderamente en casa.
Apretó los dientes, tumbado en la cama de su habitación, observando con el ceño fruncido el maldito papel con la advertencia del director que le habían dado ese día en el colegio, por su salida de tono en la clase de educación física. Él había sostenido que no había sido enteramente culpa suya, pero no habían querido escucharlo.
Aunque lo que más lo cabreaba era el hecho de haber perdido el control de la manera en que lo hizo. Siempre se había creído una persona optimista, alegre y con facilidad para socializar y hacer amigos. Había sido el centro de su grupo de amigos en Esashi, el que siempre tenía una idea o un plan para salir o pasar el rato. Pero aquí, en Osaka, nadie lo dejaba acercarse lo suficiente.
Y aquello lo mosqueaba como no se había mosqueado en su vida. No obstante, también era un chico responsable y que aceptaba las consecuencias de sus actos, fueras cuales fueran, así que ahora le tocaba apechugar con la bronca que seguramente le caería en cuanto enseñara aquella maldita nota a sus padres. Sabía cuál sería la reacción de su madre, pero su padre… el no saber cómo se lo tomaría lo aterraba. No quería admitirlo en voz alta, pero así era: lo asustaba. Una parte de él tenía miedo porque no quería decepcionarlo, no quería perder su cariño y, aunque sabía que sonaba absurdo, no podía dejar de sentirse así.
Suspiró y se levantó de un salto, resuelto a pasar cuanto antes por el mal trago. Pronto lo llamarían para cenar, así que decidió bajar unos minutos antes. Himawari y Hinata se encontraban en el salón privado que solían utilizar ellos como familia. Allí no entraba nadie más porque su padre así lo había dispuesto, y al parecer no había nadie en esa casa que se atreviera a contradecirlo o a desobedecer sus órdenes, máxime si estas venían directamente de él. Aquel era otro de los misterios que se había propuesto desentrañar, pero no hoy. Hoy tenía otro tipo de batalla por delante.
Se paró frente a su progenitor, quien parecía estar revisando algún documento en su tableta. Naruto amaba ese chisme, le permitía leer correos cómodamente, así como llevar documentos más o menos importantes en su interior sin necesidad de dejarse los ojos en la pequeña pantalla del teléfono móvil o de ir cargando con carpetas y carpetas llenas de papeles.
Respiró hondo y se aclaró la garganta. Naruto levantó la vista por encima del borde de la tablet y alzó las cejas al verlo ahí, parado delante suya, entre nervioso y avergonzado. Suspirando, se quitó las gafas y dejó la tableta sobre la mesa. Hinata y Himawari habían dejado de poner la mesa un instante para ver qué era lo que Boruto parecía querer decirle a su padre.
―Papá… verás, hoy… ha pasado algo en el colegio… ―Hinata enseguida notó el tono vacilante de su hijo y, sabiendo lo que se venía, mandó a su hija pequeña a lavarse las manos antes de la cena, colocándose luego al lado de Naruto para escuchar ella también atentamente lo que su primogénito tenía que contarles.
―Boruto… ―Empezó Naruto, en tono cansado. Hinata le puso una mano en el hombro, pidiéndole silenciosamente que lo dejara hablar antes de decirle nada. Naruto suspiró y lo miró fijamente, como diciéndole que continuara. Boruto tragó saliva.
―¡Juro que no ha sido solo culpa mía!―Les tendió el papel. Naruto lo tomó y lo leyó, dejándolo luego sobre la mesa, con otro sonoro suspiro. Hinata tampoco pudo reprimir uno.
―Boruto… ―llamó esta vez ella.
―¡Son ellos, mamá! ¡No soy yo! ¡No sé por qué les caigo mal y-
―¿Todo un curso contra ti? ¿En serio, Boruto?―El adolescente fulminó a su padre con la mirada, tan azul como la del rubio mayor.
―¡Sí, en serio! ¡No sé qué les pasa, pero algo tienen contra mí, lo juro! ¡Me evitan, no parecen quererme cerca, no me hablan y apartan la mirada cuando yo quiero dirigirme a ellos, como si fuera a hacerles daño o algo así! ¡Y estoy diciendo la verdad!―Tanto Naruto como Hinata se miraron, compartiendo una significativa mirada que denotaba que ellos poseían algún tipo de información que Boruto desconocía. Su ira se disparó―. ¡¿Qué es lo que está pasando?!
―Boruto… ―dijo Hinata de nuevo.
―¡No, no digas nada si solo me vas a volver a mentir! ¡¿Os creéis que soy tonto?! ¡¿Que no sé que algo ocurre?! ¡¿Que me estáis ocultando algo?! ¡Pues no, en serio!―Miró para su padre, fervientemente convencido de que, como siempre, aquello era culpa suya―. ¡Quiero saber lo que está pasando y por qué! ¡¿Por qué de repente Hima, mamá y yo hemos venido a esta estúpida ciudad contigo?! ¡¿Por qué de pronto quieres hacerte el padre modélico?! ¡¿Por qué ahora, eh, y no antes, cuando todavía te necesitábamos?! ¡¿Por qué cuando ya estábamos bien sin ti?!
―¡BORUTO, BASTA!―El rubio menor enmudeció al instante, mirando desconcertado para su madre. Su rostro perdió color al ver las incipientes lágrimas en los bordes de sus ojos perlados, aunque nada se comparaba con el enfado que reflejaba el resto de su faz, con las pálidas mejillas encendidas.
―Mamá…
―¡Discúlpate ahora mismo con tu padre!―Boruto hizo una mueca pero, no queriendo empeorar las cosas, decidió obedecer.
―Lo siento―musitó, en un tono que dejaba traslucir claramente lo contrario. Hinata miró con cierta ansiedad para Naruto, pero este se limitó a asentir con seriedad.
―Está bien. Cenemos, se está enfriando. ―Himawari escogió precisamente ese momento para regresar, dando saltitos y con una enorme sonrisa en su carita redonda. Sin embargo, ninguno fue capaz de disipar el pesado silencio; comieron en absoluta tensión, cada uno sumido en sus pensamientos, incluida Himawari, quien se dio cuenta al momento de que algo no andaba bien y prefirió callar y portarse bien antes que desatar una tormenta.
Los niños terminaron y se retiraron a dormir con el permiso de los dos adultos. Estos también subieron pronto a acostarse, dejando que alguien de la casa recogiera y fregara los cacharros sucios. Normalmente lo hacía Hinata, pero aquella noche no tenía ánimos para comportarse como un ama de casa normal y corriente.
―Lo siento―dijo una vez estuvieron a salvo de miradas y oídos indiscretos, al otro lado de la puerta cerrada de su cuarto―. De verdad, lo siento mucho. ―Naruto se encogió de hombros, como no dándole importancia.
―Sabía que no iba a ser fácil para él, sabía que tarde o temprano algo así podría suceder. Es un adolescente que está pasando por muchos cambios, añadir uno gordo como este no ha debido de sentarle nada bien, así que no te preocupes: lo superará. ―Hinata se mordió el labio inferior y no pudo reprimir el impulso de tirarse al pecho de Naruto, rodeándolo con sus brazos tan fuerte que este creyó que lo dejaría sin respiración.
―Lo siento―murmuró, con la voz entrecortada. Naruto la apretó contra él dando un prolongado suspiro.
―No ha sido culpa tuya, de veras.
―Sabes que en parte sí lo ha sido. ―Naruto negó.
―No. Hiciste lo que creíste correcto, lo que pensabas que era mejor y, en cierta forma, te lo agradezco: te agradezco que cuidaras de nuestros hijos como lo hiciste, que fueras capaz de proveerlos de algo de lo que ni tú ni yo pudimos disfrutar mientras crecíamos. No dejes que nadie te diga lo contrario, Hinata, nunca: eres una gran madre, de veras. ―Hinata sintió que las lágrimas empezaban a fluir libremente por sus mejillas.
Pasaron varios minutos hasta que consiguió calmarse, entre caricias en su espalda y susurros de palabras cariñosas en su oído.
―Gracias por decirlo―dijo, limpiándose las gotas saldas con la mano, sonriendo en dirección al hombre que la sostenía y al que amaba con toda su alma. Naruto le sonrió de vuelta.
―Gracias a ti por ser como eres. ―Se quedaron un rato más en silencio, con sus narices rozándose, sonriéndose y acariciándose, comunicándose sin palabras.
―No podemos seguir así―susurró ella al fin, tocando el tema tan espinoso que a ambos les rondaba la cabeza―. Boruto tiene que saber… ―Naruto hizo una mueca, alejándose de ella y comenzando a desnudarse y a ponerse el pijama―. Naruto…
―Sé que algún día tendrmos de que decírselo pero… ¿crees que está preparado? ¿Que lo tomará bien?―Hinata vaciló.
―No, dudo mucho que lo tome bien. ―Naruto hizo otra mueca―. Pero es nuestro hijo, tu hijo. Por sus venas corre la sangre de dos clanes yakuza, ambos antiguos y con prestigio, fuertes y valientes. Independientemente de lo que mi padre hizo… los Hyūga siempre han tenido honor, uno que tú has conseguido restablecer, devolviéndolos al lugar que les pertenece. Eso, aunque no lo parezca a ojos de otros, es un orgullo.
―Hinata…
―Es mejor que se lo digamos, Boruto no puede enterarse por otros que no seamos nosotros, tiene que saberlo de nuestros propios labios. Al principio seguramente hará un escándalo tremendo pero luego… ―Suspiró, desviando la vista―. Tendrá que aceptarlo, no le quedará otro remedio, de la misma manera en que tú y yo lo aceptamos en su día.
―No quiero que se convierta en una sentencia―dijo Naruto, dejándose caer pesadamente sobre las mantas del futon―, no quiero que escoja ser algo que no desea solo por querer satisfacerme o por no llevarme la contraria. Quiero que escoja libremente, como yo escogí en su día… y como escogiste tú. ―La atrajo suavemente de nuevo hacia él, atrapando su cintura y sentándola sobre su regazo, acomodándola en el hueco que formaban sus piernas cruzadas. Hinata le pasó lo abrazó contra ella, permitiendo que él apoyara la cabeza en su hombro y la acomodara en el hueco entre este y el cuello, sonriendo cuando su cálida respiración le hizo cosquillas en la piel.
―Créeme: Boruto es más terco que tú y que yo; si no quiere seguir tus pasos no los seguirá. Aunque también puede que lo haga, solo para intentar demostrar algo. ―Naruto hizo otra mueca que ella no vio debido a la posición en la que estaban.
―Eso es precisamente lo que me preocupa―murmuró―. ¿Te he contado alguna vez por qué decidí seguir los pasos de mi madre cuando en teoría había decidido que haría totalmente distinto?―Hinata asintió. Solo habían hablado una vez del tema, cuando Boruto era todavía demasiado pequeño como para entender lo que sucedía a su alrededor.
―Fue por tu rivalidad con Sasuke… y también por Sakura, creo. Querías impresionarla. ―Naruto asintió.
―Fue una razón estúpida que hizo que tomara un montón de decisiones estúpidas. No pude estar ahí cuando mi madre murió, acompañándola como debería haber hecho un buen hijo. Tampoco conseguí lo que quería y, mucho menos, pude hacer que mis hombres se sintieran seguros. No me malentiendas: hoy por hoy no me arrepiento, soy feliz y creo que tengo más de lo que merezco pero… todo empezó por una ridícula rivalidad por una chica. No quiero que a Boruto le ocurra algo parecido, no quiero que, en su afán por demostrar algo, acabe cometiendo el peor error de su vida. ―Hinata lo abrazó más fuerte.
―Eso solo lo hará si no le explicamos. Y lo haremos, le haremos entender el por qué de las cosas, el porqué de todo. Juntos. ―Naruto se estremeció ante su leve susurro.
―Juntos―repitió. Se separó de su cuello y la besó, sosteniéndola de la nuca para poder acceder más cómodamente a la calidez de su boca―. Lo haré―dijo tras varios segundos de silencio. Posó una mano en una de sus mejillas y la acunó, mirándola con tanto amor que Hinata creyó que se derretiría cual helado al sol―. Tras la reunión de los clanes. Le… contaré todo. Lo prometo, de veras. ―Hinata puso las manos en su cara, repasando con los pulgares las marcas en sus mejillas.
―Se lo contaremos todo. ―Naruto sonrió ampliamente enseñando todos sus dientes y Hinata dejó que la volviera a besar.
Pronto el calor y la ansiedad hicieron mella, instando a sus manos a moverse con más ímpetu, provocando la desaparición de las ropas tanto masculinas como femeninas, dejando así que los dos cuerpos se fundieran en uno solo.
Ahora mismo, necesitaban sentirse unidos, más unidos que nunca.
Fin VIII. Acercándose a la verdad
Pues... ya casi, casi, casi está Boruto sabiendo lo que ocurre. Dentro de nada ya se va a enterar de la verdad. De momento no intuye nada, pero solo es cuestón de tiempo xD.
Oh, y si me dejáis un review puede que eso le dé pistas para descubrir la verdad (?). Así que ¿me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por sus reviews a: NHNHNHN y a Lilipili! ¡Muchísimas gracias, de verdad!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
