El perro y la diadema
Noviembre comenzó siendo mucho más frio que de costumbre. No había forma de saber si se debía a una alteración climática real o a la alteración microclimatica producida por los dementores. Godric ya había regresado de escoltar a Luna, aquel primero de noviembre había resultado muy movido.
—Es una fortuna que avisases a Sprout —Afirmo Godric mirando a Helga.
—Tanto McGonagall como Flitwich, aunque sean imparciales pueden caer discretamente en la parcialidad. Y lo que recuerdo de Snape es favorecer a los Slytherin y cargar contra cualquier Gryffindor por estupideces.
—Snape me odia porque mi padre y él se odiaban cuando eran estudiantes. —Salazar se encogió de hombros. —¿Nos centramos?
Salazar había desplegado el mapa mostrándoselo a sus dos amigos. Los tres estaban asombrados porque alguien hubiese logrado hacer tal topografía de la obra que ellos mismos habían creado. Los trazos no eran perfectos ni completamente exactos, pero era lo suficientemente preciso para que se ajustase mucho a la realidad. Lo mejor de todo era que identificaba a todo aquel que entraba en el castillo.
—Nosotros no salimos —dijo Helga. —Ni esta sala tampoco.
—No es que sea fácil de encontrar —afirmó Godric relajado. —Sigues con la idea que Sirius Black sigue en el castillo.
—Supuestamente su objetivo soy yo; y sigo aquí con vosotros.
—Salazar... —Helga lo miraba con cierta preocupación.
—Es lo que le oí decir al señor Weasley y lo que logré que me confirmase McGonagall. De todas maneras es muy raro que atacase al retrato en lugar de ocultarse y esperar el momento. Si es el psicópata que los medios describen que es, esa forma de actuar es muy desorganizada.
—Envié esta mañana una carta a mi abuela. Supongo que en un par de días tendremos la respuesta. No se hace nunca la ceremonia de nombramiento de padrinos dos veces.
—¿Black es tu padrino? —preguntó frunciendo el ceño. —Pero entonces significaría que no puede dañarte, y...
—Que los muertos caminan entre los vivos —interrumpió Salazar, con la mirada fija en la sala común de Gryffindor.
—Bueno sí. Nosotros estábamos muertos y ahora estamos vivos. Pero si Black es tu padrino juramentado... bueno eso ya lo hemos hablado.
—No es eso Godric —apuntó Helga. —Black fue condenado por la traición a los Potter por boca de los gritos de Pettigrew en medio de una calle muggle, apoyado por el testimonio de Dumbledore; y por el asesinato de Peter Pettigrew y una docena de muggles. Sin embargo Pettigrew tiene mucho que decir. Está vivo. —Señaló en la dirección que iba la mirada de Salazar.
—No es por ser cenizo, pero... ¿no podría tratarse de un estudiante?
—Godric, en ese caso tenía que tener nuestra edad, o estar como mucho en la clase de los gemelos. Sin embargo está en nuestra habitación en la cama de Ronald.
—¿Debería preocuparme tanta precisión por tu parte, Salazar?
—Por supuesto que no, mi querida Helga. Sabes que solo tengo ojos para una dama.
Godric carraspeó mirándolos con cierta diversión. Por el momento todo parecía apuntar que ellos en esta ocasión estarían mucho mejor que antes. Esta vez tendrían mucha más suerte. Una parte de él sentía el deseo de ir y atraparlo, cortar por lo sano y destapar el telon lo más bruscamente y rápido posible.
—Ni se te ocurra. Necesitamos actuar con cautela —advirtió Salazar.
—Lo sé.
—Tendréis que averiguar quién de todos los de esa casa es Peter Pettigrew y también tenemos que ver como acorralar al esquivo de Sirius Black —aportó Helga. —Vamos a montar un operativo, chicos.
—Tu dirás —habló Godric mientras Salazar permanecía en silencio asintiendo. Con un gesto le indico que les contase el plan que tenía en mente.
Helga se presentó en los exteriores del castillo junto a Kinsgley. Ambos se aparecieron en el ministerio de magia. Tenían que reportar su informe al jefe de aurores. Helga reflexionaba sobre todo lo que habían investigado Godric, Salazar y ella. Ahora, una semana después de haberlos visto en aquel mapa que tenía Salazar, sabía que ambos eran animagos, con toda certeza, animagos sin registrar. Eso era una ilegalidad que sabía no podía ser pasada por alto, pero comprendía que viviendo en la época en la que habían crecido que lo ocultasen. No podía decir nada de esas averiguaciones. En primer lugar no les habían ordenado investigar, en segundo lugar revelar aquella bomba sería traicionar a sus amigos y probablemente causar un mayor problema y desequilibrio en el mundo. Tenía claro donde estaban sus lealtades.
—Ahora no te me vas a escapar, Nymphadora. Vamos a hablar de tu proceder respecto a esa pelea entre estudiantes. —Kingsley estaba completamente serio.
—¿Acaso procedí mal?
—No, teníamos las manos atadas. Pero no me negarás que un enfrentamiento de cuatro chicos de quinto contra dos de tercero era un tanto desigual.
—Hubiese intervenido de peligrar la integridad de alguno de los estudiantes. Me limité a avisar a uno de los profesores. Sabes bien que hubiese preferido desarmarlos a todos e inmovilizarlos.
—No son criminales, Tonks.
—No hablo de tratarlos como a criminales, solo de contener la situación como debería ser contenida. De no permitir que una escuela se convierta en el patio de recreo de unos cobardes inseguros que no saben hacer otra cosa que ir de matones con tal de sentirse mejores.
—Eso es algo que deberían tratar los maestros y los jefes de casa en la propia escuela. El acoso escolar escapa de nuestras responsabilidades. No es competencia de los aurores.
—Kingley... técnicamente tienes razón pero... ¿no crees que eso es un problema de la sociedad? —objeto Helga. —Esos jóvenes se incorporaran en dos o tres años a la sociedad. ¿Qué harán entonces?¿cómo actuaran con los demás?
—Eso tiene su punto. Pero no hay nada que podamos hacer.
—Tal vez... ¿dejar caer la situación de pasada?
—No te metas en líos Nymphadora. Debemos estar a lo que estamos. Es una desgracia pero así es. Recuérdame los mandatos de nuestra misión.
—Patrullar y vigilar el castillo. Proteger a los estudiantes. Capturar a Black si la ocasión se presenta. —Su voz al repetir esos enunciados era de aburrimiento total. —Proteger a los estudiantes es uno de nuestros mandatos. ¿Acaso hacerse a un lado no es incumplirlo?
—No me vengas torciendo las palabras que sabes bien que no se refiere a eso. Pareces una Slytherin cuando piensas así.
—Ha convivido durante muchos años con uno.
—Ya, tu madre lo fue. ¿No?
Helga asintió, con una pequeña sonrisa en los labios. Eso era cierto, pero no era en quien estaba pensando concretamente. Aunque sí que era cierto que le estaba dando una interpretación más amplia al mandato. Permaneció en silencio lo que restaba de espera. En cuanto su jefe terminó la reunión, les hizo pasar. Era el momento de realizar su reporte. Helga lo tenía claro, por el rango que ostentaba debía permanecer en silencio detrás de Kingley y hablar sólo cuando Scrimgeur se dirigiese a ella. Eran cosas de la forma de proceder, el superior inmediato y el que estaba a cargo de una investigación eran quienes debían aportar el informe.
Aquel sábado de mediados de noviembre tenía lugar el segundo partido de quidditch de la temporada, Ravenclaw contra Hufflepuff. En Godric, por la forma en que lo habían conocido los años anteriores era normal que pasase de asistir al encuentro. Los aurores no tenían permitida la entrada al estadio. Dumbledore lo había desaconsejado. A Helga le parecía que estaba molesto porque habían reaccionado antes que él. Salazar lo tenía más difícil, pero aun así pudo escabullirse y juntarse con los otros dos.
Se reunieron de nuevo en la sala de los menesteres, extendiendo el mapa y estudiándolo. Como habían podido constatar Petigrew estaba en la sala común, y localizaron a Black bordeando el linde del bosque.
—Hemos confirmado que Peter Petigrew es scabbers, la mascota de Ronald Weasley. Una rata —informó Godric.
—La sala común está vacía, a excepción de Hermione que se ha quedado estudiando.
—Yo me encargo de ella, Salazar. Tú se supone que si bajaste al partido.
—Eso me deja a mí a Black. —Helga no apartaba los ojos del mapa.
—Ten cuidado. Que su culpabilidad sea dudosa no implica que no sea peligroso.
—¿Prepcupado? —inquirió mirando a Salazar.
—Llévate el mapa y la capa.
—Puedo desilusionarme.
—No es por meter baza pero la capa es más efectiva —intervino Godric.
—Está bien. Nos encontraremos aquí cuando terminemos la misión. Vosotros también andaos con cuidado. Las ratas son transmisoras de muchas enfermedades peligrosas.
—¿Eh? —Godric la miró desconcertado, mientras Salazar se estaba riendo.
—Nos veremos aquí cuando terminemos.
Al salir de la sala de los menesteres se separaron. Helga continuó hacia los terrenos mientras que Salazar y Godric iban en dirección a la sala común. Estos últimos, fueron interceptados por el fantasma de la casa Ravenclaw, Helena. Se miraron en silencio, ellos dos sabían quién era ella y, por la expresión de dicho fantasma podían jurar que los había identificado.
—Maestros. Es una dicha veros nuevamente. Supongo. —Su expresión era de melancolía, también de culpabilidad. —Quiero hablaros. Es importante.
—Busquemos un aula vacía —propuso Godric.
—No será necesario, si aguardo más no tendré el valor de confesar. He estado reuniendo el valor desde que la maestra Hufflepuff regresó. Y ahora que también vosotros...
—Helena. ¿Qué sucede? —solicitó Salazar con gesto serio y pose relajada.
—Yo... fue mi culpa... se lo conté. La diadema de mi madre. —Se quedó callada, parecía completamente nerviosa, como si quisiera alejarse.
—Tómalo con calma —le insto Godric.
Ambos miraron su expresión, como se iba transformando. Del miedo a la duda y de la duda a la determinación. Cuando comenzó su relato, el relato de cómo había traicionado a su madre y todo lo que había hecho después de aquello. Tanto Salazar como Godric habían escuchado con paciencia para disculparla al terminar. Con tan solo una mirada abortaron la misión de capturar a la rata pues el Horrocrux, una de esas anclas era mucho más importante en el plano general. La libertad de un solo hombre no debía ser más que las potenciales vidas que se perderían de no intervenir en ese asunto, cuanto antes encontrasen y destruyesen todas las anclas más que mejor.
Mientras tanto, Helga caminaba por los terrenos consultando el mapa. Se movía con cautela, completamente cubierta con la capa de invisibilidad y alternando la mirada entre el mapa y el punto que señalaba a Sirius Black. Tras un rato tubo una vista clara del mismo. En el punto donde estaba Black había un perro negro, parecido al Grim. Tuvo que hacer un esfuerzo por no reír, al recordar los rumores sobre lo que había aparecido en la taza de Salazar a principio de curso. "Travesura realizada", activó el encantamiento de ocultamiento de la información del mapa sin pronunciar palabra. Los animales tenían un oído mucho más fino que el humano y, si quería acercarse con éxito tenía que evitar llamar la atención. Tenía un plan en mente, tratarlo como si fuese una mascota abandonada.
Se ocultó un segundo entre los arbustos para quitarse la capa y guardarla en el bolsillo interno de si chaqueta, un bolsillo encantado para ser de extensión indetectable. Luego como si nada y con una sonrisa jovial continuó caminando para hacerse la encontradiza con el animago. Era un movimiento peligroso pero sabía lo que hacía. Al llegar a su altura se detuvo, mirándolo unos instantes y dedicándole una sonrisa.
—Hola chico, ¿estás solito? —se agachó cerca de él y aprovechando que tenía unas galletas en el bolsillo las sacó, abriendo la envoltura y ofreciéndole las galletas.
El perro se acercó a ella con cautela, mirándola con cierta desconfianza y algo de reconocimiento con esos ojos inteligentes que tenía. Se mantuvo tranquila, mientras se acercaba a olisquear las galletas antes de comérselas. Mientras comía de su mano avanzó un poco más, alargando la mano y acariciando su pelaje.
— Estas un poco descuidado, ¿eh?. No veo que tengas dueño.
El perro se acercó a ella levantando las patas hasta apoyarlas en sus hombros y darle un lametón en la cara, ante lo cual no pudo evitar reírse, eso le hacía cosquillas. Al mismo tiempo que jugaba con él pensaba en si sería mejor introducirlo en el castillo o aturdirlo y llevarlo. Lo primero era un gran riesgo, lo segundo si salía mal también. Si hacía un movimiento brusco, seguramente se pondría a la defensiva.
—¿Te vienes conmigo? —Pudo notar ciertas reservas en el perro. —Te prometo una buena ducha y toda la comida que quieras. —Le pareció que ese argumento agradaba al perro, pero parecía seguir receloso. Podía comprenderlo. Era un fugitivo, alguien que no sabía en quien confiar o si podía confiar en alguien. Fuese o no culpable de los crímenes por los que había sido encerrado.
De repente llegó a sus oídos una pelea, una pelea entre estudiantes de la casa Slytherin y Gryffindor, parecía que el partido había terminado. Sabía que debía enviar un patronus a algún profesor pero por otro lado eso haría que Black escapase. Aprovechó que el perro se había distraído mirando la pelea para sacar la varita que tenía oculta bajo la manga y aturdirlo.
—Lo lamento, pero era necesario. —Tras susurrarle aquello lo depositó en el suelo, pues había caído sobre su regazo.
Se incorporó y caminó hacia los estudiantes. Varita en mano la alzó en dirección al castillo. No fue necesario que conjurase el patronus, los alumnos al verla se detuvieron, alejándose del lugar. Supuso que se había corrido la voz sobre que había sido ella la que había avisado y delatado a los Ravenclaw y no querían sufrir el mismo destino. Era una verdadera pena que reaccionasen por temor al castillo. Se puso de nuevo la capa y cargó al perro, permitiendo que la capa lo cubriese también a él y regresó al castillo.
Al entrar en la sala de los menesteres se encontró con Godric y Salazar sentados en una mesa sobre la que reposaba la diadema de Rowena. Aquella escena le pareció rara, pues por lo que sabía Rowena había guardado la diadema, aunque eso no encajase exactamente con ella. Dejó caer la capa y se imaginó una cama para perros donde depositó al animago.
—Os presento a Sirius Black. Tuve que aturdirlo.
—¿Te atacó? —inquirió Salazar con el ceño fruncido.
—No. Sólo aproveché la oportunidad. Tú lo hubieras hecho.
—Cierto.
—¿Y eso?. ¿Dónde la habéis encontrado?
—En este mismo lugar, con la forma de la sala de los objetos ocultos. —Godric sonrió con tristeza. —Es un Horrocurx.
—¿Cómo?
—Rowena nunca oculto la diadema, Helena se la robo —explico Godric. —Cuando Riddle era estudiante, la engaño para que le revelase dónde la había escondido.
—Vamos a tener que destruirla —dijo con determinación. Helga sabía que era la única solución, por mucha pena que le causase.
—Sí, pero quiero esperar a la próxima luna llena —manifestó Salazar. —Hay un ritual que podemos aprovechar para ver cuáles y donde están el resto. Nos hará ganar tiempo.
—Yo estoy conforme con realizarlo —afirmó Godric.
—Bueno, somos un triunvirato ¿no?. Me molesta tener que destruirla, pero si sirve para detener el mal, que así sea. ¿Necesitaras ayuda con el ritual?
—Facilitaría las cosas. ¿Ahora, que hacemos con el perro?
—El perro es tu padrino —dijo Godric divertido. —¿Lo sabes, no?
Helga negó con una sonrisa en el rostro, caminó hasta la mesa y cogió la diadema para ocultarla en uno de los estantes ante la mirada de los otros dos. Luego sacó su varita y apunto hacia el perro. Con un gesto les indicó a sus amigos que hiciesen lo mismo
—Enervate.
El perro abrió los ojos y analizó rápido la estancia alarmado. Fijo la vista en Helga, gruñéndole; luego miró desconcertado a Godric y a Salazar, a quien junto al desconcierto miraba con anhelo.
—Qué tal si cambias de forma para que podamos hablar mi buen estimado primo —dijo Helga. —Te puedo garantizar que nadie en esta estancia te causará ningún mal.
—Quiero saber qué ocurrió. —Salazar lo miraba sin mostrar lo que en esos momentos sentía, por fin podía tener algunas respuestas y se iba a asegurar que no le mintiesen. Godric mientras tanto se había desplazado para ocultar la puerta de salida y ordenado a la sala que no permitiese salir a Black. —He oído que eres mi padrino, también que nos vendiste al hombre que anhelaba mi muerte.
El perro los miró a los tres, para terminar transformándose en el hombre que se ocultaba bajo su disfraz. Helga enseguida conjuró unos grilletes para tenerlo sujeto mientras se mantenía con completa calma. Black trató de transformarse de nuevo, pero no podía hacerlo. Los miró como si lo hubiesen traicionado, sobre todo a Helga.
—No me mires así. Sabes que como auror tendría que haberte entregado. Simplemente hay algo que no encaja. Así que danos un motivo para no entregarte a los dementores.
—¿Quién es él? —preguntó Black mirando a Godric. A Salazar lo había reconocido como su ahijado, Harry Potter; se parecía demasiado a James, casi una copia. A Helga también, era la hija de su prima preferida. Pero el otro... le sonaba familiar, mas no lo ubicaba.
—Neville Longbottom. Ahora, será mejor que comiences a cantar. Yo no soy tan paciente como ellos.
—¡Chicos! ¡Dejadme ir!, no lo entendéis. ¡Solo quiero a la rara! —Dijo el reo.
—La rata, ya —dijo Salazar ásperamente. —Eso lo resuelve todo, ¿no creéis?. Si no va a ser claro mejor lo llevamos con tu amigo auror, Tonks. Ya se había dictado sentencia, ¿no?
—¿Estas seguro, Harry?. El beso del dementor es algo muy serio, sin retorno diría yo —respondió la auror.
—¡Escuchadme, por favor!. Yo no vendí a tus padres a Voldemort, fue Peter Petigrew. Es una historia larga, tienes que creerme, Harry —dijo Black asustado y desesperado.
—Muy bien. Escuchemos esa historia.
—Neville, ve a por comida para nuestro invitado —Helga pensó en agregar un baño a la estancia y una muda de ropa limpia. Luego soltó a Black. —Date una ducha y cámbiate. No sabes lo que soy capaz de hacer.
—¿En serio vais a hacer de Black vuestra carabina? —inquirió con burla antes de marcharse.
Sirius los miró abriendo los ojos con sorpresa al captar el tono y contenido del comentario. Sobre todo ante la fugaz mirada que intercambiaron Salazar y Helga. Le parecía un poco surrealista. Sirius se había quedado sin habla. Eso podía llegar a ser una molestia.
