Aquí de nuevo, aunque esta historia sea desesperante.


El cielo está cerrado y el infierno vacío

.

Un nuevo sueño nocturno

Esa noche, algunas nubes cruzan el cielo, pero el viento las empuja rápido, permitiendo la visión del lienzo celeste con su corona de miles de estrellas. El ambiente es tranquilo, oscuro, pues hay luna nueva, y callado, aun cuando los insectos emiten una serenata y la piedra hace un ruido un tanto áspero al pasar por el metal. Hijikata está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las manos ocupadas afilando una de sus espadas. El lugar es el de costumbre: el viejo salón del castillo donde se hospedan.

Está solo, ni siquiera siente el peso o las voces de sus compañeros; tampoco está ella, esa chica. No es que se busquen, o encuentren siempre, sino ocasionalmente; es como si sus pasos convergieran, sin quererlo, en un mismo punto, en un mismo mutismo y soledad, que ninguno de los dos es celoso de compartir. Esa noche, sin embargo, ella no está, pero da igual, pues, aunque él se haya acostumbrado a su presencia silente, se siente más despejado cuando ella o alguien o algo más - los recuerdos, los fantasmas - no está cerca, sólo la oscuridad nocturna. Da una mirada más al firmamento y nota que las nubes se han ido por completo.

El ruido de unas pisadas lo alerta, pero continúa su trabajo. Cuando el sonido es cercano, levanta la vista y ve que ella se detiene junto a la puerta, como la primera noche en que coincidieron en ese sitio. Su expresión es neutra, casi podría decir que ajena, como si ella no se hallara ahí, solamente su cuerpo. De un momento a otro, ella baja la mirada y lo observa detenidamente, y no tanto a él, sino a sus ojos. Entonces él lo entiende todo y suspira sin querer, en respuesta de eso que acaba de notar. Ella camina hacia donde está él y se sienta a su lado.

Es una de esas situaciones que no necesitan palabras y, si las requiriera, a él le parecerían inútiles y sin sentido, por eso sólo ofrece su compañía muda. Es algo que ambos comprenden sin saber porqué. Y también por eso ella se acomoda junto a él y apoya, inconscientemente, su hombro en el del guerrero, mientras él deja a un costado su espada y se dedica a contemplar el cielo de noche.

No necesitan nada más.