Nota: Basado, cómo no, en experiencias, reflexiones y vivencias recientes. Y ya. Enjoy.

Advertencias y aclaraciones: Rating M. Punto. ¿Qué esperas? ¿Margaritas y unicornios?

Éste capítulo va dedicado a mi amigo Fernando, quien vive lidiando con mis insistentes ganas de darle spoilers acerca de ésta chorrada. Ojalá pudiese enviarte caraotas con azúcar, pero eso iría en contra de mis principios~. (?)

Lamento muchísimo la exageradísima tardanza, pero mi vida es un caos, mi cabeza es un caos, ¡el maldito país en el que vivo es un caos!

(No esto no es sarcasmo)

Originalmente éste capítulo iba a ser más largo y no iba a formar del ínfimo arco del "Mientras menos sepa, mejor", pero, mira, hay cosas que surgen solas mientras las escribes. Además, veintidós páginas creo que pueden compensar la ausencia (o eso espero).

Por cierto, ¿qué os parece la nueva portada que le hice al fanfic?

Música:

Jorane – By Foot From…

LP – Lost on You

Depeche Mode - Wrong

Anna F. – We Could Be Something

City Girl – Velvet Garden

Kai Wachi – Photograph (feat. Claudia Bouvette)


"Espera, sé que tienes miedo,

pero estás tan cerca del cielo…"

(LP - Tightrope)

"Atracción, duda y angustia primero. Abismo y pasión después".

(María Dueñas)


Track VII:

Tightrope

(O "Mientras menos sepa, mejor", parte III)

(Amy)

-.-

Aquella noche volví a tener pesadillas. No podía atinar a describir qué sucedía en ellas, pero sí que una figura negra flotaba sobre mí y que unas pesadas manos apretaban con firmeza mi cuello, impidiéndome respirar. En el sueño, me sacudía y me debatía, intentando gritar a todo pulmón, pero tan solo mis quejidos eran ahogados por unas largas risas que me resultaban demasiado familiares. Para cuando abrí los ojos y me levanté a todas prisas con las náuseas atenazándome el estómago, el reloj digital de mi mesita de noche marcaba las tres de la madrugada. Sintiendo cómo la bilis me subía por la garganta, corrí hacia el baño, dejándome caer de rodillas a un lado del inodoro y permitiendo que mi estómago expulsase toda la comida del día anterior. No supe por cuánto tiempo estuve allí, pero se me hizo tortuosamente eterno.

Cuando finalmente todo pasó, me levanté pesadamente y me arrastré hacia el lavabo para cepillarme los dientes. Conforme contemplaba mi demacrado reflejo en el espejo, concluí que lo mejor era intentar distraerme con algo hasta que volviese a darme sueño. No quería recurrir a las pastillas de Alprazolam que tenía cierto tiempo sin usar, pero debía admitir que solo con verlas en la pequeña estantería al lado del lavabo se me hacían terriblemente tentadoras. Escupí lo que me quedaba de pasta de dientes, me enjuagué la boca y aproveché para salpicarme el rostro con agua fría. La frente me ardía y tenía las mejillas enrojecidas. Me sentí tentada a escribirle a Emily, pero lo que menos quería era incordiar a alguien a esa hora, y menos si era para esas ridiculeces; así que en cambio me arrastré pesadamente de vuelta a mi habitación y me dejé caer sobre la silla delante de la computadora. Presioné el botón de encendido con el dedo gordo de mi pie derecho y aguardé conforme el aparato arrancaba.

Cuando la pantalla se iluminó con un "Bienvenida, A. Duvall" y automáticamente se abrió la ventana del navegador, sentí algo blandito posado sobre mis piernas. Ladeé la cabeza, solo para percatarme de que Odile estaba sobre sus dos patitas, sus otras dos apoyadas en mis piernas, y me miraba con ansiedad, con algo que solo podría describir como "expresión de angustia y desconcierto puro".

—Hola, esponjosita —murmuré, acariciándole la cabeza—. Estoy bien, no pasa nada. Vuelve a dormir.

Sin embargo, Odile se quedó ahí, plantada sobre sus dos patas, pero ésta vez comenzó a jadear con decisión. Yo reí entre dientes, sabiendo perfectamente qué quería hacer con ese gesto. Le acaricié la cabeza, solo para luego levantarla y acomodarla encima de mis piernas. Odile se revolvió y se terminó de acomodar solita en mi regazo, y yo me recosté totalmente de la silla conforme mi mano movía el mouse para ubicar el navegador con el cursor.

Tal y como solía dictar mi costumbre (o mi inconsciente), había dejado las pestañas del día anterior guardadas, así que me di a la tarea de pausar los distintos vídeos que había dejado abiertos e ir cerrando las que no quería revisar a esa hora. Fue en un momento donde brinqué a una pestaña donde había dejado mi correo abierto, que me topé con que tenía un nuevo mensaje. Tuve una sensación particular al percatarme de que tenía un mensaje de mi amigo Keith. Sin poder contener mi curiosidad, cliqué encima del ícono del mensaje, desplegándolo en la pantalla:

"¡Cielo~!

¿Cómo estás, guapa? Tengo tiempo sin tener noticias tuyas. Hace un par de días tuve tiempo y me metí en Twitter y vi una queja tuya sobre las clases. ¿Ya estás adaptada, estés donde estés? Tengo muchísimas ganas de ir a visitarte, tengo una gira de trabajo por algunos locales en Europa. No sé dónde estás exactamente, porque tú nunca dices a dónde te vas a mudar hasta que ya estás allá, instalada y demás; pero recuerdo que me habías dicho que te ibas a Europa. Te tengo una envidia de la sana, eh, que lo sepas. Amaría poder quedarme en Europa de forma indefinida, pero me conformo con una pequeña gira y pasar a visitarte por unos días al menos. ¿Me honrarías con eso?

Te extraño muchísimo, guapa. Y no soy la única persona que lo hace, ¿sabes? Vicky y Adalinne también te extrañan muchísimo. De hecho, están muy preocupadas por ti. Hace tiempo que no nos escribimos por un chat grupal. ¿Te gustaría? En serio, nos haces muchísima falta.

Te quiere.

Keith B."

No pude evitar morderme los labios, sintiendo una pequeña chispa de ansiedad revolverse en mi estómago; aunque quizás también era por haber vomitado hacía rato. Keith tenía razón: Habían pasado meses desde la última vez que había hablado con ellos. Incluso no le había dicho a Adalinne, "Addie", ni a Vicky que me había mudado a Europa (o tal vez Keith había hecho el trabajo por mí). Para ellas, seguramente, yo seguía en Estados Unidos. Les había contado del episodio del supermercado y Kennedy, el desquiciado amigo de él, pero solo eso y poco más. No les había dicho que me había mudado de forma temporal, que me había inscrito en una clase de francés y que me había largado de forma indefinida a Europa. De repente comencé a sentir mucha presión por ponerme en contacto nuevamente, y un tenue pinchazo me agujereó la cabeza por unos segundos. Con algo de irritación, ubiqué rápidamente la opción de "Apagar" en el menú de Inicio y le di clic, recostándome por completo de la silla, a la espera de que el aparato se apagase.

Suspiré, sintiendo a Odile revolverse suavemente en mi regazo. Sabía que estaba pecando de ser una amiga terrible, pero lo cierto era que no quería escribirle a absolutamente nadie. No quería arrastrar trazos de mi pasado a mi presente, incluso aunque les tuviese cierto grado de cariño. Por otro lado, por alguna extraña razón, siempre que me ponía en contacto con Adalinne, Vicky y Keith, de alguna manera él terminaba averiguando mi ubicación y alguno de sus amigos aparecía "casualmente" por el lugar donde estuviese viviendo en aquel momento. Me había sucedido con Kennedy, y me había sucedido con otros dos de sus amigos, un chico llamado Johnny y una chica llamada Glenna. Y si bien quería creer que él y sus amigos no estarían tan mal de la cabeza como para querer seguirme hasta Francia (especialmente porque él tenía un proceso legal abierto gracias a una denuncia hecha por mi padre dos años antes), y que mis amigos eran mis amigos y que jamás estarían traicionándome de aquella manera; lo cierto era que estaba demasiado paranoica como para permitirme alguna clase de inflexión. Muchas cosas habían cambiado con los años, y aquella era una de ellas. Mi imposibilidad para crear y mantener lazos, aunada a la paranoia, simplemente me impedía desarrollar cualquier sentimiento que me moviese a querer seguir manteniendo ese puente con ellos.

Le acaricié tenuemente la cabecita a Odile, conforme dejaba que mis ojos vagasen por los recovecos del techo y el caleidoscopio de luces provenientes de la calle, y que mis pensamientos echasen a andar sin control. Giré la silla con suavidad y miré de reojo el reloj digital, parpadeando con suma lentitud: Las tres y media. A pesar de la espantosa pesadez que sentía, no tenía ningún afán o intención de volverme a dormir, y menos con aquel quebradero de cabeza que se me había instalado luego de leer el correo de Keith.

Suspiré. ¿Qué tan mala idea sería que yo bajase a echar un vistazo en el apartamento de Castiel con la intención de saber si se encontraba, por alguna casualidad loca de la vida, despierto a esa hora? Me mordí la cara interna del labio inferior, volviendo a dejar que mi mirada vagase por el techo. Afuera, un leve estruendo hizo que una de las alarmas de los vehículos se encendiesen y la típica sirena comenzase a sonar una y otra vez. Entrecerré los ojos, dejándome llevar por el sonido. ¿Sería alguna clase de señal? Podía ser una suerte de señal hacia el correo, pero también podía ser una señal para la tonta idea que se me había metido en la cabeza de querer bajar al apartamento de Castiel por la escalera de emergencia y dar un par de golpecitos en el ventanal de su habitación. ¿O sería muy invasivo? Tal vez solo debía bajar como la gente normal y tocar el timbre. O tal vez debería dejar estar el asunto y dejarme de estupideces a las tres de la madrugada. El día siguiente volvería a clases y tenía que pasarme por el hospital al final del día para continuar con las inyecciones de hierro y ácido fólico; y si estaba más dormida que un lirón en invierno iba a terminar borracha de sueño para antes de que llegase la tarde y las clases hubiesen terminado.

Maldije entre dientes. ¿Por qué sentía tanta necesidad de ir y hablar con Castiel? No podía deberse a todo el trajín del día anterior y el caos emocional que había sentido para cuando llegué a casa y me eché en mi cama, abrazada a su chaqueta de cuero.

¿O sí?

—Joder… —mascullé, volviendo a morderme el labio.

Tomé a Odile entre mis brazos y la dejé sobre su cunita, acariciándole con suavidad su cabecita, y tomé la llave del ventanal que reposaba sobre la mesita de noche. Me calé un suéter de lana tejida color azul cielo que me llegaba hasta las rodillas y unas pantuflas, y cuidando de salir y no dejar que Odile se saliese de mi habitación, cerré el ventanal con llave y comencé a bajar con lentitud por la escalera de emergencia, tiritando ante el frío otoñal de aquella madrugada.

El balcón de Castiel estaba incluso más oscuro que el mío y, para cuando finalmente estuve totalmente de pie tras el barandal del balcón, descubrí que era porque Castiel dormía con las cortinas corridas y, por ende, no había ninguna clase de luz filtrándose hacia el exterior. Sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando escuché unos tenues acordes de guitarra y una voz aterciopelada cantando (y eso me hizo maldecir por lo bajo) "Lost on You" en un tono muy bajo, pero lo suficientemente audible para escucharlo si uno permanecía en completo silencio del otro lado de la ventana. Me dejé caer, procurando no hacer ruido, recostándome a la pared lo más pegadita que pude para no proyectar sombras exteriores que pudiesen alarmarlo… e interrumpirlo.

Suspiré. A excepción de los silbidos, algo que formaba parte de la canción original y que Castiel no estaba añadiendo a su (imagino) improvisado cover, la canción le salía bastante bien. De hecho, añadía matices bastante llamativos a la misma. Era como si él pudiese imprimirle un algo distinto a la canción. Lo escuchaba, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado, y casi podía imaginar su sonrisa torcida, su cabello, quizás, meneándose de un lado a otro conforme cantaba. ¿Se mecería al cantar como hacen algunos guitarristas? ¿O sería de esos que se quedan como estatuas? No, aquella forma tan llamativa de cantar no podía provenir de alguien que se quedase rígido al cantar, no. Castiel rezumaba vida en esa forma de cantar, rezumaba sensualidad, masculinidad vibrante y magnética. Y yo estaba allí, sintiendo todo un océano de impulsos apabullantes que me insistían, casi a gritos, que me dejase arrastrar por su magnetismo. Que me dejase ahogar por la tormenta del mar embravecido que eran sus ojos.

Me mordí el labio inferior con fuerza, hasta que sentí un suave sabor metálico irrumpir en mi lengua y descubrí que me había hecho daño. El pecho me dolía gracias al latido desenfrenado de mi corazón y un pesado nudo, atenazado en mi garganta desde hacía rato, amenazaba con trancarme la respiración.

De repente, la canción cesó, y unas joviales risas escaparon de la habitación de Castiel.

—¿Piensas quedarte allí lo que queda de madrugada, o prefieres entrar, niñita? —escuché que decía, con un tono de voz que me hizo pensar automáticamente, y de nueva cuenta, en su sonrisa torcida y ese mohín pícaro suyo.

Sentí que todos los colores acudían a mi rojo hasta dejarlo como un tomate gigante y de un feo color rojo chillón. Me giré bruscamente, solo para atisbar a Castiel abriendo el ventanal de forma suave pero decidida, y asomando su cabeza con un ademán relajado y divertido. Demonio salió detrás de él, ladrando con decisión, pero él lo calló con un "¡Shhh!" que el chucho obedeció sin dudar, para luego rascarle las orejas con una mano. En cuanto sus ojos se posaron sobre los míos, una sonrisa acudió a su rostro y las hebras de su cabello que estaban sin atar comenzaron a moverse gracias a la brisa.

—¿Y bien? —dijo, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza—. ¿Piensas quedarte allí, con cara de no haber roto un plato o entrarás y me contarás qué haces por aquí a éstas horas de la madrugada?

Mariposas revoloteaban violentamente en mi estómago y el nudo de mi garganta no ayudaba en lo absoluto. Abrí la boca, pero solo pude boquear como pececillo fuera del agua.

—¿Cómo supiste que era yo? —tartamudeé—. ¡Ni siquiera hice ruido!

—Escuché tus correteos y los ladridos de Odile, así que me preocupé. Luego no escuché nada por un rato, pero luego escuché cómo se abría el ventanal del piso de arriba, después pasos bajando las escaleras de emergencia, y solo me restó sumar dos más dos; aunado al hecho de que no te veo apareciéndote frente al portal de mi apartamento a las tres de la madrugada. Creo que te conozco lo suficiente como para prever que no harías las cosas al modo convencional.

Parpadeé anonadada. No recordaba haber escuchado a Odile ladrar, pero no descartaba que lo hubiese hecho. A fin de cuentas, ella tenía el sueño muchísimo más ligero que yo y seguramente se habría alarmado con lo que había sucedido y, claro, yo estaba totalmente inmersa en el estar volcada sobre la taza del inodoro, vomitando hasta el desayuno del día anterior. Fuera de ello, vaya que Castiel tenía buen oído… eso, o las cosas en el edificio se escuchaban demasiado. Quizás no me había percatado por siempre andar en las nubes.

—¿Y qué haces tú despierto a ésta hora? —logré preguntar. Él se encogió de hombros, rascándole de nueva cuenta las orejas a Demonio.

—No podía dormir. Creo que solo dormí un par de horas a lo sumo, así que decidí que era mejor pasar el tiempo haciendo algo productivo en lugar de dar mil vueltas sobre el colchón —replicó. Y tiritando, agregó—: Y vuelvo a mi pregunta de antes, Amy. ¿Prefieres entrar o no? En serio, estoy congelándome acá afuera. En otro momento me habría encantado charlar contigo en mi balcón durante la madrugada, pero estamos a dieciocho grados y no tengo una bufanda o un suéter puesto. Y me da mucha pereza entrar a por algo para cubrirme para volver a salir.

Asentí, desviando la mirada, avergonzada. Castiel estaba bastante desabrigado, seguramente porque adentro estaba al amparo de la calefacción, y su ligero pantalón de gimnasia negro junto a una camiseta de tirantes del mismo color no parecían ser parte de la mejor muda de ropa para una estación como aquella. Para más inri estaba descalzo.

—Lo siento —musité—. No quería interrumpirte, y menos molestarte.

—No pasa nada, niñita. Anda, entra —respondió él, sonriendo de nueva cuenta. E invitándome a entrar con un ademán de su mano, se hizo a un lado para permitirme pasar.

Su habitación se veía bastante normal, como la de un adolescente cualquiera. Tenía unos cuantos pósteres de algunas cuantas bandas, tanto modernas como clásicas. Solo reconocí a AC/DC, los Sex Pistols, a Nine Inch Nails, Metallica, y a Guns N' Roses entre las clásicas; así como la famosísima carátula de "The Dark Side of the Moon" de Pink Floyd. Me sorprendió gratamente ver, entre las que no eran tan clásicas, varios afiches de Puscifer, Ghost, The 69 Eyes, Korn, Disturbed, Papa Roach; incluso le pillé un afiche de la carátula del disco "Going to Hell" de The Pretty Reckles. Había un sillón en el que Demonio corrió a echarse de nueva cuenta, bostezando antes de acomodarse por completo; así como un pequeño refrigerador, una estantería en la cual reposaban montones de discos, una mesita de noche al lado de su cama, sobre la cual se encontraban una laptop abierta y una lámpara de lava que se erigía, otorgándole una suerte de luz entre naranja y rojiza a la habitación; un amplificador y, en una esquina de la habitación, exhibiéndose orgullosamente sobre una suerte de estructura para sujetarla, se encontraba una guitarra eléctrica.

—Bonita habitación —musité, girando sobre mí misma conforme observaba cada recoveco de la misma. Él dejó escapar una risa conforme cerraba el ventanal, asegurándolo con un suave clic.

—¿Te gusta? Imagino que debe ser muchísimo menos siniestra que la tuya —replicó.

—Oh sí. En la mía hay un congelador de esos que hay en las morgues y que está repleto de órganos humanos, hay cráneos por todas partes, un altar a Satanás en una esquina. Y yo duermo en un ataúd —respondí, mirándolo de reojo con una sonrisa burlesca.

Él enarcó una ceja y se echó a reír.

—¡Vaya detalle! ¿Debería preocuparme entonces de tener a una loca maníaca viviendo encima de mi piso? ¿Es éste el momento donde yo huyo despavorido y tú me persigues con un cuchillo de carnicero?

—No me des ideas, cabeza de tomate, no me des ideas —inquirí, sonriendo maliciosamente.

Ambos nos miramos por un momento, en silencio, para luego echarnos a reír al mismo tiempo.

—Te invitaría a sentarte en el sofá, pero ya ves que éste chucho se ha acomodado otra vez allí, así que siéntate donde gustes. ¿Te apetece un té?

Yo lo miré con incredulidad.

—¿Té? ¿Me estás diciendo que tú, Castiel Gray, tomas té? ¿TÉ? —dije, sin poder creérmelo aún. Él se rio con suavidad y se cruzó de brazos.

—¿Qué tiene de malo? Viene muy bien cuando empieza a hacer frío. Además, hace unas horas pedí pizza para cenar, y creo que no combina mucho tomar una taza de chocolate caliente tras una cena así y me moría de frío —y rascándose la nuca y bostezando ampliamente, agregó—: ¿Tienes hambre? Creo que me quedaron unos cuantos trozos.

—Un poco. Tuve otra pesadilla y debo haber vaciado hasta el desayuno de hace dos días en el baño —admití, encogiéndome con timidez—. ¿Y no tienes problema con ello? Suena a que te quitaré tu desayuno.

—A ver, niñita, pedí dos pizzas porque planeaba no cocinar mañana —respondió, riéndose ante mi cara de incredulidad—. Tengo bastante. A menos, claro, que seas del tipo de persona que se come una pizza familiar grande sola.

—Una vez lo hice —repliqué, encogiéndome de hombros. Él me miró, completamente sorprendido.

—¿Lo dices en serio?

—Sí. Había tenido un examen muy importante y sentí que me merecía un premio por haber salido con tan buenas notas, así que me fui a la pizzería y pedí una pizza familiar con todo y una botella de Coca-Cola de dos litros —conforme hablaba, Castiel ahogaba más y más risitas, abriendo los ojos como platos—. Creo que tuve suerte de no haber terminado en el hospital al día siguiente con la madre de las indigestiones.

Y tras escuchar eso último, estalló en carcajadas, a las que me uní yo sin quererlo al recordar lo mal que me había sentido tras comerme la pizza y lo mucho que me había costado irme a pie desde la pizzería hasta mi casa a las diez de la noche, considerando que iba caminando como una suerte de pingüino humano.

—¡¿En serio te comiste una pizza familiar con todo tú sola en una noche?! Diablos, niñita, sí que eres un caso bizarro, ¿eh?

—¿Qué te puedo decir? —dije, encogiéndome de hombros nuevamente—. Cuando logro algo que es importante para mí, exagero un poco con el "premio" que me doy a mí misma por el logro obtenido.

—Ya sé con quién iré cuando quiera darle rienda suelta a mi apetito sin sentirme un lunático por ingerir tanta comida. Iré por dos rebanadas de pizza, espérame aquí —respondió, aún riéndose, abriendo la puerta que daba hacia el pasillo y perdiéndose de vista.

Ahogué una risita, sintiendo una chispa de agrado en mi estómago (aunada a las malditas mariposas que no dejaba de sentir), y me dejé caer sobre su cama, justo al lado de una guitarra acústica (imagino que la misma que él estaba tocando momentos antes), mientras observaba a Demonio dormitar, roncando sonoramente. De repente, mi vista atisbó un par de portarretratos que reposaban sobre la mesita de noche. Incapaz de contener mi curiosidad, me acerqué y tomé uno de ellos. En ella se veía a una pareja algo joven, llevando cada uno de la mano a un sonriente niño pequeño que se carcajeaba al ser elevado y balanceado sutilmente por sus padres. No pude evitar sonreír al contemplar con más atención la fotografía, deteniéndome especialmente en la mirada del Castiel pequeño que miraba hacia la cámara. Sin embargo, al cabo de unos segundos sentí una punzada de incomodidad al recordar cosas de mi infancia en las que tenía tiempo sin pensar, y aparté el portaretrato casi de sopetón, dejándolo de nuevo en su lugar. Luego escuché un pitido que provenía de, asumo, la cocina, acompañado de varios pasos fuertes y firmes. Tras un par de minutos en la cocina, Castiel regresó con una bandeja con dos platos y dos tazas humeantes.

—No me parece lo más sensato comer pizza luego de que vacías tu estómago por una pesadilla pero, bueno, ¿cuándo podría ser un momento más adecuado? —dijo, acercándose a la mesita de noche y dejando las dos tazas allí, para luego colocar la guitarra en su almohada y sentarse frente a mí. Y levantando un pedazo de pizza en el aire, esperando a todas leguas que yo hiciese lo mismo, sonrió ampliamente y agregó—: Brindemos con la pizza, ¿quieres?

—Seguro. ¿Y por qué brindamos? —pregunté yo, levantando también uno de los dos pedazos de pizza. Él chocó su pedazo de pizza con el mío y le dio un rápido mordisco.

—Para que ésta sea la última insensatez que hagas en toda tu vida —replicó con la boca llena.

Ahogué un par de risitas, hasta que no pude contenerme más y dejé salir varias carcajadas, sintiendo dolor en las mejillas tras pasar un par de minutos riéndome a todo pulmón.

—Oye, tío, que tampoco es para tanto. He hecho cosas más insensatas antes, ¿sabes? —repliqué, dándole un mordisco a la pizza.

—¡Puedo imaginarlo a la perfección! Tienes actitud de quien ha metido la pata muchas veces y ahora solo quiere pasar desapercibida.

Sentí un escalofrío ascender por toda mi espina dorsal. Si tan solo supiese que no habían sido varias, tan solo una. Una sola insensatez que había desencadenado muchas más, pero todas ligadas a aquella única.

—Podría decirse —dije, encogiéndome de hombros. Él pareció notar mi repentino cambio de actitud, puesto que enarcó una ceja y ladeó la cabeza, visiblemente desconcertado.

—¿Fue una metedura de pata muy grande? —preguntó, sus ojos brillando en la penumbra con una emoción que no supe identificar—. No tienes que contestar con detalles si no te sientes cómoda.

Volví a encogerme de hombros, intentando ignorar el repentino sentimiento de fragilidad que me había embargado. Sin pensarlo y sin dejar de sostener mi rebanada de pizza, giré lentamente las muñecas hacia arriba. Él pareció entender con mi gesto, puesto que acercó su mano libre para acariciar con suavidad la piel de mis muñecas. Rozaba cada recoveco, cada cicatriz y cada marca con delicadeza, casi como si temiese que la piel se pudiese abrir de nuevo. Tras unos segundos, alejó su mano de mis muñecas.

—¿Tan grave así?

—Es la razón del por qué me mudé a Francia en primer lugar. En segunda, es uno de los motivos del por qué soy tan paranoica. Y me gustaría evitarlo, créeme que sí. Hay momentos donde siento que me gustaría vivir de otra manera que no sea, ya sabes, alejándome de todo el mundo, yendo de un lado a otro sin que nada me detenga, huyendo de todo. Es decir, no siento que sea una manera adecuada de vivir, al menos para una menor de edad.

—No lo es realmente, y te puede acarrear problemas más adelante. Si bien soy de los que opina que el ser humano no tiene raíces en los pies como para simplemente no andar por el mundo como nómada, viéndolo todo y descubriéndolo todo, sí pienso que es bueno tener una especie de ancla, ¿entiendes a lo que me refiero? La emancipación te provee de cierto grado de libertad, pero pienso que hay que ser responsable y consecuente con ella. Aceptar la responsabilidad por nuestras meteduras de pata.

—Sí, es verdad. Pero, en los momentos en los que pierdo toda clase de lucidez y solo pienso en escapar, en ir a un lugar recóndito donde nadie pueda encontrarme y donde no tenga que establecer contacto con el mundo, se me olvida absolutamente todo y solo puedo pensar en la urgencia de salir corriendo hasta el fin del mundo sin que nada ni nadie me detenga. Siento que sobre exploto la libertad de la emancipación.

—Es un buen punto, porque de cierta manera, sí, estás sobre explotando eso. Estarás emancipada, pero aún eres menor de edad. Por otro lado, ¿a tus padres no les preocupa eso? No creo que tus padres sean tan negligentes y estén tan ausentes como los míos, ¿o sí? —preguntó él, dándole un mordisco a la segunda rebanada de pizza.

Yo me revolví, incómoda.

—Tengo casi un año sin ver a mi padre por otro medio que no sea a través de vídeo llamadas en Skype, y más de un mes sin recibir noticias suyas.

Él alzó la cabeza de forma súbita y enarcó una ceja.

—De acuerdo, eso es demasiado, hasta para mí. Mis padres me visitan al menos una vez al mes. Están muy ausentes la mayor parte del tiempo, ya que ni siquiera me preguntan cómo me va en clases o qué estoy haciendo con mi vida, así que supongo que aparecen para comprobar que sigo vivo o algo por el estilo. Sin embargo, creo que tu padre se pasa un poquito, ¿no? ¿Y tu madre?

—Murió cuando yo tenía ocho años —repliqué encogiéndome de hombros. Él alzó ambas cejas y me miró con expresión arrepentida.

—Lo siento…

Volví a encogerme de hombros, dándole otro mordisco a mi rebanada de pizza.

—Entonces, volviendo al tema de la emancipación, ¿cuál es el mayor problema de que sientas esa urgencia por huir? Digo, por lo menos manejas cierto sentido de supervivencia, ¿no?

—No siento que tenga eso del "sentido de supervivencia" —respondí, haciendo un gesto de comillas con la mano izquierda—. El problema radica en que, incluso sabiendo que podría sucederme algo malo, es como si olvidase todo eso cuando me entra la urgencia de aislarme por completo y huir a un lugar desconocido. Y reconozco que a veces no es lo más racional que puedo llegar a hacer. Me he llegado a meter en sitios que eran, francamente, inseguros —dije, recordando una vez en la cual tuve una discusión con mi padre y mi primera reacción, tras él irse al trabajo, fue escapar de casa y esconderme en un túnel que quedaba en una antigua ruta de trenes que cruzaba un pueblo en el cual había vivido con mi padre durante un corto tiempo.

¿El problema? Que el túnel era frecuentado por drogadictos y antisociales, y en un punto de la mañana del día siguiente no pude seguir escondiéndome y tuve que volver a casa, tras haber pasado toda la noche en una parte bien alejada del túnel.

—Bueno, es curioso porque, ya que lo mencionas, aprovecharé de decírtelo: Fue bastante irresponsable eso de quedarse a dormir en el Mayflower durante la noche. Llevo años yendo a ese lugar y no te miento cuando te digo que con los años he llegado a pillar a grupos de chicos haciendo gamberradas por la zona y a uno que otro mendigo ocasional quedándose a dormir allí, aunque nunca son los mismos, supongo que porque el Mayflower se encuentra en medio de la vía y sirve como refugio ocasional para ellos. Durante el día no pasa nada, pero durante la noche es un sitio que tiende a ponerse medio extraño —replicó él, mirándome con el ceño fruncido mientras me tendía la taza de té.

Y, por alguna extraña razón que no supe interpretar, aquello no me hizo enojar sino más bien sentir culpable.

—No analicé todo eso —admití—. Lo vi en tan buen estado que pensé, muy ingenuamente supongo, que no había sido tocado por pandilleros o mendigos. Es decir, ¡no vi cosas rotas adrede! No vi destrozos, cosas extrañas, nada.

—Y no las verás. Al menos durante el día. Pasa que durante la noche, hay chicos que se ponen a hacer apuestas tontas, de éstas de "A ver quién pasa más tiempo dentro del sitio abandonado", y se meten a sacar cosas de allí. Los primeros meses que abandonaron la torre, el área de la feria de las comidas fue saqueada casi en su totalidad. Las cosas que dejaron allí fueron las que estaban en muy mal estado. Y no se atreven a subir porque, bueno, te habrás percatado de que el lugar es espeluznante por la noche. Además, no hay nada en los pisos superiores que les interese. Libros, cosas de arte o material de cocina no resultan souvenirs. Pero si ves la tienda de discos, ha sido saqueada casi en su totalidad, ya ni hablemos de la tienda de artículos electrónicos y cosas así. Incluso hay tiendas de ropa que están desordenadas por la misma razón. Durante el día puedes llevarte cosas con tranquilidad, pero durante la noche la cosa cambia.

Me encogí de hombros, sin entender por qué decía aquello. Sinceramente, yo había amado cada segundo de la noche que me quedé allí. Con la obvia excepción, claro está, de la pesadilla espantosa que había tenido, pero aquello era algo que me sucedía sin importar el lugar donde durmiese o la hora del día en la que lo hiciese.

—Honestamente, aquella noche no vi nada extraño. Y Odile estaba igual de tranquila, así que tampoco le presté mucha atención.

—De igual manera, ¿podrías evitar ir tú sola a aventurarte en ese lugar? Entiendo tu curiosidad y tu fascinación por el lugar, yo también la he tenido por años, pero te lo digo de primera mano: No te adentres allí tú sola, y menos durante las noches. ¿Podrías hacer eso?

—¿Qué incentivo tengo? Hay veces donde mi apartamento me resulta muy opresivo. ¿Qué haré cuando eso pase? —dije con un obvio tono bromista.

Él, sin embargo, enarcó una ceja y me miró, inexpresivo.

—Venir aquí, obviamente. Te traes a Odile y ella se entretendrá con Demonio. O vas al parque con tus amigas. O, yo qué sé, las arrastramos a ellas, y ya de paso al delegado y a Lysandro, a la torre; y así hacemos algo interesante todos.

Yo lo miré, sin comprender.

—Creí que no te gustaba formar parte de grupos grandes, y menos si es para estar explorando como niños scouts.

—Bueno, las circunstancias pueden cambiar y mi humor también. Tal vez hoy me gusta algo y mañana no, ¿quién sabe?

Me quedé en silencio, intentando digerir sus palabras en conjunto con el té de manzana y canela que él había preparado. ¿Que su humor podía cambiar? ¿Eso quería decir que había cambiado de opinión en torno a lo que yo había escuchado aquella vez desde el baño, estando él y los demás esperándome en el hueco de la escalera? ¿Desde cuándo él había pasado de "Me importa una mierda ésta pringada", a "Me voy a ocupar de que ésta tía no haga estupideces"?

¿Y por qué a mí me importaba tanto que él ahora estuviese adoptando esa actitud? No, es más, ¿por qué aquello me hacía… estremecer? ¿Por qué aquello hacía que mi corazón latiese con tanta violencia?

—Oye, ¿qué hora es? Debe de ser tardísimo. Me da pena seguir acá evitándote el sueño, pero también me da pena cumplir con un dicho de la patria de mi madre —dije, mirando en todas direcciones con algo de ansiedad, sintiendo esa repentina urgencia por huir y hacerme un ovillo en algún lugar frío y oscuro.

Casi lo sentí al instante: Ese hilo de complicidad y familiaridad se había desgarrado casi de tajo. Y él pareció sentir lo mismo, porque al parecer quiso rescatarlo ladeando la cabeza con confusión y preguntando:

—¿Qué dicho es ese?

—Indio comido, indio ido —dije, ahogando una risita, que sonó a tos por lo forzado que me había salido. Él, sin embargo, dejó escapar varias carcajadas. Sentí que el vello de mi cuerpo se erizaba. Su risa sonaba como el agua fresca de una cascada, jovial y masculina a la vez.

—¿Eso no es un tanto racista? Los indios vienen de la India, y eso suena a que el dicho se refiere a los indígenas.

—Venezuela no hace muchas distinciones al respecto, lamentablemente, así que lamento que el chiste suene racista. O quizás no, porque me gusta mucho el chiste —repliqué, echándome a reír junto a él.

Allí estaba: Otra vez ese hilo se alzaba, tentador, a la espera de que se tensase más y más. Había calidez, complicidad y familiaridad en el aire otra vez, y las risas de ambos parecían perderse más allá de mi entendimiento. Parte de mí sentía que podía flotar sobre aquel hilo, enredarse en él y habitar ahí por siempre; pero la otra parte de mí se sentía aterrada, ansiosa de volver al espacio frío, seco y árido que era mi apartamento. Esa parte de mí pugnaba por detener mis carcajadas, huir al piso y hacerme un ovillo en el suelo, a la espera de que otra pesadilla me azotase de forma inclemente. Pero allí, estando con él, me sentía tan a gusto. Me sentía… normal, como una chica normal.

Y no me gustaba, porque lo que bien empieza, mal acaba. Siempre me había pasado, y aquella, obviamente, no sería la excepción.

De repente, nuestras risas se detuvieron y ambos nos miramos por un momento en completo silencio.

—En serio, no bromeo al pedirte que no hagas locuras por ahí —musitó él en un tono más bajo y teñido de seriedad. Yo desvié la mirada, sintiéndome algo insegura.

—Vale, no lo haré —respondí, tragando en seco, no muy segura de aquello.

—Amy, te lo pido en serio: No-hagas-insensateces. Si te entra la urgencia loca de querer huir y alejarte de todo, como me dijiste ayer en el hospital, dímelo y, no sé, te llevo en la moto a algún lado. O vienes aquí, o hablamos con Sky e inventamos algo, no lo sé.

—Oye, no podría irme así sin más ahorita. Es decir, debo devolverte tu chaqueta, ¿lo olvidas? —dije, intentando bromear. Pero Castiel no cambió de expresión y siguió mirándome con seriedad.

—No estoy bromeando, Amy —insistió, su voz teñida de urgencia—. Sé que no existe ese nivel de confianza y que, técnicamente, estoy siendo un entrometido donde no me están llamando, y que estoy tomando una vela en un entierro de alguien que no conozco. Pero, no lo sé, yo… —hizo una pausa, apretando los puños. Se veía notablemente frustrado, pero no sabía si era conmigo o consigo mismo, porque parecía tener dificultad para poner en orden sus pensamientos. Luego agregó—: Mira, solo no hagas una tontería, ¿vale? Por favor, no desaparezcas así sin más.

Me mordí los labios. Era la primera persona que había conocido en toda mi vida que me pedía aquello con tanta vehemencia. Por lo general, la gente tiende a tirar la toalla conmigo al cabo de un tiempo (un par de semanas, de hecho. Soy el tipo de persona de la cual es fácil desapegarse o ignorar olímpicamente), así que esto estaba resultando completamente nuevo para mí. No sabía cómo reaccionar, no sabía qué pensar, no sabía qué decir. Pero ver la urgencia brillando en aquellos ojos de tormenta invernal, sus labios apretados de tal manera hasta quedar reducidos a una fina línea, y sus hombros tensos en una expresión corporal completa que yo no terminaba de entender pero que al mismo tiempo me inspiraba una extraña seguridad; hizo que sintiese la súbita necesidad, el impulso, de ser franca, de decir "Sí, está bien", y comprometerme de lleno con ello.

Ni siquiera mi padre me habría pedido algo así. Una vez lo hizo, y fue la última vez que lo vi cara a cara.

—Está bien, Castiel —dije, sintiendo un extraño cosquilleo en todo mi cuerpo al pronunciar su nombre. Creo que era la primera vez que lo llamaba por su nombre, sin referirme a él con burlas o sarcasmo. Y menos, usando su nombre con algún tono burlesco de fondo. No terminaba de creer la posibilidad de adoptar alguna clase de compromiso para no hacer alguna estupidez, pero lo cierto era que toda aquella situación me estaba descontrolando demasiado. Y, sin embargo, él sonrió de manera afable.

—De acuerdo, confiaré en ti.

-.-

Si tu madre te hubiese querido de verdad, no se habría volado la cabeza de un disparo, Maranelle. Si de verdad te hubiese querido, no los hubiese dejado solos a ti y a tu papá, ¿no lo has pensado? ¿Un accidente? Eso no fue un accidente. Tu madre estaba buscando una excusa para dejarlos solos, para dejarte sola, y la encontró. No la vas a extrañar, a fin de cuentas nunca estaba en la casa.

Todavía podía escuchar la voz de mi fallecida abuela cuando desperté, horas más tarde, y fui corriendo de nueva cuenta hacia el baño para vomitar. Podía revivir el momento exacto en el que, yendo tras un cortejo fúnebre hacia el cementerio para enterrar a mi madre, ella me tomaba con fuerza del brazo mientras repetía aquello como una suerte de mantra. Mi padre se había mantenido totalmente alejado de mí aquel día, hasta el punto en que no podía mirarme sin que sus enrojecidos ojos se anegasen de lágrimas una y otra vez. Años más tarde, mi abuela volvió a recordarme aquel día y a contarme por qué a mi padre se le hacía imposible pasar tiempo conmigo o mirarme durante mucho tiempo: Yo era un calco exacto de mi madre, solo que con los ojos oscuros heredados por la familia de mi padre. Y eso a él se le hacía imposible de ver.

Me miré al espejo mientras me cepillaba los dientes, sin ningunas ganas de pasar por la cocina a comer algo, y contemplé mi pálido y enfermizo reflejo. Me pregunté si, así como yo, mi madre detestaba su reflejo en el espejo. Incluso con el cabello oscurecido por el tinte y aquellos ojos oscuros como pozos sin fondo, no dejaba de ser idéntica a ella. La misma palidez, el mismo lunar bajo el ojo izquierdo, la misma forma caída de los ojos, la misma forma de la cara, las mismas cejas. Inclusive tenía las pestañas largas como ella, igual de finitas y poco pobladas, y la misma forma de los labios.

Sentí un pesado nudo en la garganta al recordar absolutamente todo y al pensar en la cantidad de tiempo que tenía sin recibir noticias de mi padre, más allá de un puntual depósito de dinero en mi cuenta bancaria. Habían pasado ya casi diez años desde aquel entonces, pero mi padre parecía todavía ser incapaz de verme como su hija, y no como el calco de su fallecida esposa. La última vez que habíamos pasado algo de tiempo juntos había estallado una pelea cuyo motivo ya ni recordaba, y él había explotado, diciendo que yo era exactamente igual a mi madre y que era imposible razonar con personas como nosotros. Había sido la vez que había escapado de casa y había pasado la noche en un túnel. Luego de eso, mi padre comenzó a pasar menos tiempo en casa, hasta que hubo un punto en el que solo lo veía a través de cámara en Skype. Y luego estaba el ahora: Más de un mes sin saber absolutamente nada de él. Ni siquiera se había enterado que había estado en un hospital, y si de mí dependía, no lo sabría jamás.

Salí del baño y me acerqué a las ventanas, intentando entrever algún atisbo de lo que sería el clima aquel día, y me topé con que el cielo había amanecido atiborrado de nubes que anunciaban una posible lluvia torrencial. No pude evitar sonreír al notar el clima tan lúgubre y tras saludar a Odile, cargándola para que viese tras la ventana conmigo, me encaminé hacia la cocina para darle su desayuno. El que yo no fuese a desayunar no implicaba que ella fuese a quedarse sin comida también. Antes me abría las venas con un cuchillo oxidado antes que hacerle algo así a Odile.

-.-

La jornada escolar empezó de una manera un tanto bizarra. No fue sino llegar al instituto que me topé con una jauría de estudiantes congregados en torno al tablón de anuncios, todos agitados y gritando como monos aulladores. A sabiendas que solo cosas totalmente idiotas podían excitar de aquella manera a un grupo de adolescentes sobre hormonados, decidí pasar de largo sin siquiera mirar qué causaba tanto alboroto; solo para toparme en el salón con que Emily estaba sentada en el que solía ser mi lugar: Totalmente aislada de nuestros compañeros, con una capucha puesta y el pelo rojo cereza enmarañado en torno a su rostro. Enarqué una ceja conforme me sentaba en el que usualmente era su lugar, justo al lado de la chica gótica (tengo que referirme a ella por su nombre, Agnes, y dejar de llamarla así. Hasta me da pena seguir reduciendo a la pobre chavala a solo ubicarla por sus gustos y no por su nombre) y de Sky, para luego teclearle un mensaje rápido, intrigada por aquella circunstancia en particular:

Yo: ¿Todo bien, Em?

La respuesta me llegó casi de inmediato y, nuevamente, me hizo enarcar una ceja al instante ante el tono cortante y seco que estaba empleando:

Emily: Sí, de maravilla, ¿por qué?

Fruncí el ceño, desconcertada por aquello, y le respondí de inmediato. Y ella, cómo no, me respondió casi al instante:

Yo: No sé. Parece que hoy cambiamos de personalidad y que la que quiere andar aislada eres tú.

Emily: Hoy quiero tener tiempo para mí, ¿es eso malo?

Miré de reojo en su dirección, sin entender qué estaba pasando o qué mosca le habría picado aquel día como para que estuviese comportándose de aquella manera. No era fanática de ponerme pesada con la gente, pero estaba ocupando mi lugar favorito en el salón y estaba adoptando una actitud de total aislamiento, algo totalmente inusual en ella.

Volví a teclear una respuesta, midiendo con cuidado mis palabras para no resultarle insistente, pero tampoco para lucir totalmente desinteresada. Sin embargo, su respuesta, lo admito, me sorprendió:

Yo: Para nada. Pero tú no sueles ser el tipo de persona que busca tener tiempo para sí misma. Más bien buscas ocuparlo en compañía de alguien más. ¿Pasó algo?

Emily: Pues hoy quiero estar sola. Házselo saber a las otras.

Fruncí el ceño nuevamente, sintiendo una oleada de irritación. ¿Y esto a qué diablos venía? Conteniéndome las ganas de responderle de mala manera, tecleé una respuesta rápida, que Emily respondió con igual rapidez. Sin embargo, sin darle tiempo a responderme algo más, le escribí algo cortante para finiquitar la conversación y darle su tan deseado tiempo a solas:

Yo: Házselos saber tú. Si necesitas estar a solas, pídelo y dilo por ti misma. Yo no voy a hacer de niña de los recados.

Emily: ¡No quiero hablar con nadie hoy, joder! ¿Te cuesta mucho entenderlo?

Yo: No realmente, pero no se te caerán la lengua o los dedos por decir simplemente "Eh, chicas, hoy quiero estar un rato a solas, ¿vale? No os preocupéis". Y cuando se te pase el humor de perros, me explicas qué diablos pasó.

—¿Te dijo algo? —musitó una suave y delicada a mi derecha, provocándome un respingo. En cuanto alcé la cabeza, me percaté de que había sido Agnes quien me había hablado. Negué con la cabeza—. Sky la llamó un poco antes de que llegaras, y se puso los audífonos y se subió la capucha del suéter en respuesta.

Le eché un vistazo de reojo a Sky y me percaté de que mantenía su vista fija en su teléfono, con el ceño fruncido y mascando distraídamente un pedazo de goma de mascar.

—Solo dijo que quería estar sola y tal, y que se los dijese a ustedes. Pero si vosotras queréis ir a preguntarle qué le ocurre, no os detendré. Paso de hacer de niña de los recados, que si yo quisiese estar a solas, os lo haría saber directamente.

Bueno, admitámoslo: Aquello era una verdad a medias. Probablemente me desaparecería y no le avisaría nada a nadie, pero tampoco pondría a alguien más a dar noticias sobre mí. A fin de cuentas, hacer eso podría dar pie a que alguien fuese en mi búsqueda y, en caso de desaparecer, es lo que menos querría.

El resto de la clase transcurrió de forma tranquila. Durante todo el tiempo que la profesora estuvo hablando, no pude evitar mirar de reojo hacia Emily de tanto en tanto. Podía verla con la cabeza escondida detrás de su bolso, con el cabello que sobresalía por su capucha desparramado en torno a ella. Era bastante obvio que no estaba prestando un ápice de atención. Miré varias veces de forma intensa a la profesora, como queriendo que reparase en que alguien lo llamaba de forma silenciosa. A fin de cuentas, si ninguna de nosotras podía sacar a Emily de aquel mutismo, quizás la profesora sí lo haría con alguna clase de llamado de atención; sin embargo, nada sucedió. La profesora continuó dando su clase como si nada y Emily no levantó la cabeza en ningún momento. O bueno, sí lo hizo: Cuando la campana sonó de forma estridente, anunciando el principio del receso para desayunar, Emily se levantó de un salto y se apresuró a salir con prisa del salón. Fruncí el ceño y comencé a guardar mis cosas con parsimonia, escuchando cómo a lo lejos alguien parecía llamarla a gritos. Agnes suspiró y comenzó a imitarme, acomodando todos sus útiles en un bonito maletín forrado de algo que parecía ser terciopelo con un suave forro de encaje.

—¿Creéis que estará bien? Se veía muy perturbada cuando llegó —musitó Agnes.

—Pareciera que hubiese cambiado de personalidad contigo —comentó Sky mirándome fijamente.

—¿Habrá tenido una mala noche? —dijo Agnes, frunciendo el ceño con angustia.

—Ella no parece ser del tipo de persona que se aísla solo porque durmió mal —acoté mientras me arreglaba el cabello en una coleta baja—. ¿Estaba así ayer?

Agnes y Sky negaron con la cabeza, una luciendo terriblemente preocupada y la otra con la mirada perdida.

—Ayer el día estuvo bastante normal. No pasó nada relevante —replicó Agnes.

—Y que yo sepa Melody no le hizo absolutamente nada —aventuró Sky. Yo fruncí el ceño, sin entender.

—¿Melody? ¿A qué viene Melody con el tema?

—Oh, ¿no te lo dije? —preguntó Sky, alzando ambas cejas con notable sorpresa—. Melody llegó vuelta una furia el lunes.

—Ah, por el tema de los boletos —dije. Sky volvió a negar con la cabeza y yo fruncí el ceño de nueva cuenta—. No entiendo entonces. ¿Por qué Melody regresó así? ¿Y qué tiene que ver eso con Emily?

Sky comenzó a buscar algo en su teléfono a todas prisas, deslizando su dedo con rapidez en busca de algo. Cuando finalmente lo encontró, me tendió el teléfono para que lo viese. Enarqué las cejas al ver una foto que había sido tomada en el patio de su casa durante la noche de la fiesta: En ella aparecía Emily riendo a carcajada batiente entre los brazos de Nathaniel, ambos en traje de baño y completamente empapados. Lucían bastante felices (y cercanos, sobre todo cercanos).

—Por esto dijiste que le arruinarías el cumpleaños —musité con entendimiento, sin poder evitar sonreír. Sky sonrió de forma maliciosa y asintió con la cabeza—. No fue cosa de hacerle pasar un mal trago con un concierto falso la noche que ella pretendía hacer su fiesta de cumpleaños. El plan real era esto… —finalicé, devolviéndole su teléfono.

—Exacto. La idea no era hacer una fiesta el día de su cumpleaños y joderle su propia fiestecita, sino, en sí, acercar más a éstos dos y que Melody no pudiese interferir. Sé que el que Nathaniel se acerque más a otra chica que no sea ella le jodería más que cualquier fiesta de cumpleaños.

—Qué crueldad, Britney —repliqué, riéndome entre dientes. Ella se encogió de hombros, sonriendo ampliamente—. No sé si felicitarte por urdir cosas como éstas, o preocuparme de que puedas ser más maliciosa en el fondo.

—Me gusta pensar que mis acciones tienen buenas intenciones a pesar de ser moralmente incorrectas —replicó, guiñándome un ojo.

No pude evitar echarme a reír. Definitivamente, la rubia era una cajita de sorpresas.

-.-

Mientras esperábamos en la cola para desayunar, Agnes y Sky se entretenían hablando de algo sobre lo cual, sinceramente, no estaba prestando mucha atención. Todavía me intrigaba la actitud de Emily, puesto que tras un largo rato buscándola con la mirada en la cafetería había llegado a la conclusión de que ella se había ido del instituto. Intenté desviar mi atención buscando a otra persona, pero no lograba ubicarlo a él y mucho menos a su amigo, el chico de pelo blanco y voz aterciopelada.

De repente, alguien me tocó el hombro con suavidad y yo no pude evitar girarme instantáneamente, sintiendo una chispa de emoción revoloteando en mi estómago. Chispa que se apagó en cuanto vi que quien se me había acercado era el delegado.

—Hola Amy, ¿qué tal? ¿Cómo sigues? —musitó él, sonriendo de forma afable.

—Estoy algo mejor. Hoy debo ir al hospital por un par de inyecciones más, pero el doctor dijo que tiene buenos pronósticos para mí cuando finalice la semana —respondí de forma educada.

—Me alegro. Nos tuviste a todos muy preocupados por acá. Me tomé el atrevimiento de notificar tu caso con la directora para que no te apliquen las inasistencias en el expediente y esto no te afecte en tus calificaciones o tu rendimiento escolar.

No pude evitar enarcar las cejas por la sorpresa.

—Vaya, gracias —dije, sintiendo una chispa de sincero agradecimiento. Aquello era lo último que habría imaginado de parte del delegado. Él asintió y se encogió de hombros.

—Es mi trabajo. Sin embargo, no es por eso que vine a hablarte. ¿Puedo preguntarte algo? —inquirió, luciendo repentinamente tímido. Asentí con la cabeza sin decir nada, adivinando qué era lo que quería preguntarme—: ¿Sabes si a Emily le sucedió algo? Se fue del salón casi que a las prisas, y por más que la llamé en el pasillo, no se giró sino que apresuró más el paso. La vi antes de entrar a clases y se veía un tanto preocupada. O quizás no preocupada, sino distraída.

Ah, entonces había sido él quien la había llamado. Por otro lado, ¿había dicho que ella estaba así desde antes de entrar a clases? Qué extraño.

—No, lo siento —repliqué, encogiéndome de hombros—. Desearía poder darte una respuesta, pero lo cierto es que estoy tan desconcertada como tú. Hoy se sentó en mi lugar, cosa que me pareció totalmente extraña. Por lo general, soy yo quien se aísla, no ella.

—Sí, lo noté —musitó él, bajando la mirada con decepción—. Bueno, ¿podrías avisarme si te enteras de algo? Estoy bastante preocupado.

—Seguro, Nathaniel. Si me entero de algo, te contaré durante las clases.

—Está bien. O podrías enviármelo por WhatsApp, si así lo prefieres, aunque no tengo tu número.

Me revolví, algo incómoda. No me hacía gracia que otra persona aparte de Emily pudiese tener mi número de WhatsApp. Aunque, tras pensarlo un par de segundos más, ¿qué más daba? El delegado no se veía como una mala persona o como alguien que buscaría joderte a conciencia. No tenía nada sospechoso en su actitud.

—Uhm, vale. No soy muy de dar mi número de WhatsApp, pero tu preocupación me enternece —admití, riéndome entre dientes. Él se sonrojó de forma violenta y yo no pude evitar ahogar otra risa. Vaya que ahora sí que entendía por qué Emily estaba tan tontita por el delegado.

—Oh no, no. Lo último que querría es incomodar a alguien —replicó a todas prisas—. Me preocupa muchísimo Emily, y sé que tú eres aquí la persona más cercana a ella. Podría esperar a escribirle por Facebook en la noche, pero no sé si pueda aguantar.

—Está bien, delegado. Díctame tu número y yo te avisaré cualquier cosa —dije. Él se ofreció a sostener mi bandeja por un momento mientras yo hurgaba en mi mochila en busca de mi teléfono y, tras dictarme su número, guardé el nuevo contacto y devolví el aparato al fondo de mi mochila—. Listo. Cualquier cosa que sepa sobre ella, te avisaré.

—Gracias, Amy. Espero que no sea nada grave lo que ocurre con Emily.

—Quizás solo es un bajón por el clima. Tengo entendido que odia la mitad oscura y fría del año —respondí.

—Ojalá pudiese hacer algo por ella para animarla —susurró él, con notable preocupación.

—No te sulfures, delegado. Con tu mera existencia ya haces algo por ella, créeme —repliqué, sin poder evitar reírme entre dientes.

Él desvió la mirada en todas direcciones, con un rubor bastante notable en sus mejillas.

—No entiendo bien a qué te refieres… pero, eh, vale, supongo que gracias —respondió, riéndose, visiblemente incómodo. Luego se despidió, haciendo un ademán con la mano y desapareciendo de mi campo visual.

—Vaya, qué sutil —dijo Sky a mis espaldas, provocándome un respingo—. Sigues así y vas a ser un Cupido más arriesgado que yo, eh.

Me encogí de hombros mientras me reía.

—No creo que les venga mal que alguien les eche una mano. Y, por dios, ambos sueltan corazones por los ojos. Es demasiado obvio que se gustan. Es hasta insoportable verlos y que todavía no se digan nada.

—Admito que fue medio incómodo verlos en ciertos momentos durante éstos días —reconoció Sky, bajando la mirada con una expresión avergonzada. Agnes ahogó una risita—. Es casi tan incómodo como ver las interacciones entre ésta señorita —dijo, señalando a Agnes, quien esbozó una mirada de desconcierto—, y Lysandro.

No pude evitar reírme, ésta vez a carcajadas, al ver a la chica gótica ponerse tan colorada como una cereza. Sus encendidas mejillas ardían de vergüenza a la par que sus ojos verdes chispeaban de sorpresa. De repente su mirada se congeló, todavía con la piel de un intenso color rojizo, y permaneció fija en un punto a nuestras espaldas. En cuanto me giré para ver qué era lo que contemplaba Agnes con esa expresión de pánico, me topé con que el pelirrojo cabeza de tomate y su amigo, Lysandro, estaban a punto de acercarse a nosotras. Uno, el pelirrojo, mirándonos con los ojos abiertos como platos, demostrando que había escuchado lo que Sky había dicho; y el otro totalmente absorto en la lectura de un librillo algo ligero.

—Oh, hola señoritas —dijo Lysandro repentinamente, alzando la cabeza para mirarnos y sonreírnos de forma afable. Aparentemente no había pillado absolutamente nada—. ¿Qué tal estáis? Sky le escribió a Castiel, diciéndole que nos había guardado un lugar en la fila. Lamentamos la tardanza. Gracias por esperarnos y por guardarnos un lugar.

—Vaya, qué atenta, Britney —mascullé, mirándola de reojo con los ojos entrecerrados. Sky tragó saliva y comenzó a reír de forma nerviosa.

—No hay de qué, Lysandro. Esperaba que Nath y Emily se acoplasen, pero una como que se fue del instituto y el otro me escribió diciéndome que no tenía muchas ganas de comer y que prefería esperar a la hora del almuerzo.

—Ah, pero luego soy yo la que come mal, ¿verdad? —me quejé, frunciendo el ceño. Sky me miró con notable reproche.

—Claro que comes mal. Y eso que hoy no te pregunté si desayunaste o algo por el estilo —dijo, mirándome con los ojos entrecerrados en una expresión acusadora. Yo enarqué una ceja.

—Pues hoy no desayuné. No tenía hambre al despertar, así que preferí esperar a desayunar aquí —repliqué.

—Por lo menos es agradable saber que las cocineras saben perfectamente de tu pequeño problema con la hemoglobina gracias a la afable doctora y te van a dar una hermosa bandeja donde probablemente el hígado abunde por montones —acotó Castiel, sonriendo de forma maliciosa y dándome un empujoncito con los hombros.

¡Demonios, lo había olvidado! Maldije internamente al recordar que probablemente me darían un montón de cosas que mi paladar y mi estómago iban a resentir muchísimo, y maldije una segunda vez, irritada por no haberlo recordado y no haber sido previsora al respecto, pudiendo haber desayunado en casa.

—Sé lo que estás pensando —dijo de repente Castiel—. "¡Oh! ¿Por qué no habré comido en casa? ¿Por qué me habré dormido en los laureles como buena despistada? Ahora deberé agonizar, en medio de una interminable fila de gente que me cae mal, a sabiendas que me van a poner un montón de comida que odio con pasión y sin compasión, y que harán que desee llorar amargos lagrimones por mi despiste" —declamó con un acento fingido y teatral.

No pude evitar enarcar ambas cejas, bastante sorprendida. No pensé que el pelirrojo pudiese manejar un vocabulario así. Lo había asociado con los brutos moteros de las películas hollywoodenses y ahora volvía a darme dos bofetadas, demostrando una y otra vez que me había equivocado con él.

—Vaya, pelirrojo, qué léxico. ¿Eso es lo que pasa cuando te juntas mucho con el señorito Lysandro?

Pero Lysandro ni siquiera nos escuchó. Cuando giré la cabeza, buscándolo con la mirada, me percaté de que él y Agnes sostenían una animada conversación, y que no parecían estar prestándonos ni un ápice de atención a Castiel o a mí. Sky pareció percatarse de lo mismo, puesto que hizo un gesto de cuchilla sobre su garganta y pronunció, silenciosa: "Ya córtalo".

—No puede ser —susurró Castiel, acercándose a mi oído para que pudiese escucharlo mejor. Me estremecí al escuchar su voz tan cerca de mí, tan grave y profunda—. Es que, carajo, ¡miradlos! Pareciera que no se percatasen de que tienen compañía.

—Lo que es estar así de idiotizado… —murmuré, enarcando una ceja. Sky se posicionó a mi lado para contemplarlos desde nuestra vista y ahogó una risita.

—Ay por dios, se ven monísimos, ¿a que sí? Ni siquiera notan que estamos hablando de ellos —bisbisó, sonando notablemente emocionada.

Y era totalmente cierto. Agnes y Lysandro estaban demasiado absortos en su propia conversación, a saber sobre qué, y parecían estar totalmente ajenos al mundo que les rodeaba. En cierta forma, me enterneció ver semejante imagen. Ambos parecían acoplarse de tal manera, que me hizo preguntarme cómo demonios era que aún no estaban juntos, sabiendo que tenían tanta química. ¿A él no le gustaría Agnes? Lo veía poco probable. A fin de cuentas, Agnes era una muchacha bellísima y bastante dulce. A mí me resultaba un enigma, sí, pero cada vez que hablaba con ella me daba cierto remordimiento de conciencia por haber sido tan borde con ella y la rubia el primer día de clases.

—Y hablando de otra cosa —musitó de repente Sky—, ¿habéis visto el follón que se ha armado ésta mañana delante del tablero de anuncios?

—Yo lo vi, pero pensé que sería alguna burrada sin sentido que solo podría terminar en un inminente desastre, así que ni me tomé la molestia de ver qué coño pasaba —repliqué. Castiel ahogó una risita al escucharme.

—Yo tampoco quise acercarme a ver. Si hay algo que detesto es abrirme paso en medio de una multitud —replicó él, luciendo una contenida sonrisa.

—Mal por ustedes. La noticia que armó tanto jaleo es que van a hacer una fiesta de Halloween en el instituto y estaban buscando voluntarios para amenizar el evento —respondió Sky.

—¿Amenizar? ¿Qué diablos quieres decir con "amenizar"? —preguntó Castiel, frunciendo el ceño con desconfianza.

—Están buscando músicos para animar la fiesta. Sabéis que el instituto no puede permitirse estar contratando músicos, así que el volante decía que hacían un llamado a quienes tuviesen bandas o fuesen músicos solistas con acceso a instrumentos, para presentarse a una audición que van a realizar el sábado por la tarde. Pensé en ti y en Lysandro —finalizó, mirando fijamente a Castiel. Sin embargo, el aludido solo frunció el ceño.

—¿Otra vez? Yo paso de esto. Hace dos años participamos en un concierto benéfico para el instituto y fue la cosa más atropellada y desorganizada en la que he participado. ¡Ni siquiera teníamos un baterista! —acotó, cruzándose de brazos y casi dejando caer la bandeja por ello.

—Vamos, al final Nathaniel les echó una mano con eso. Incluso Iris lo hizo en el bajo, ¿no? —dijo Sky, sonriendo de forma afable.

Castiel bufó, poniendo los ojos en blanco.

—¿Y qué? No, me rehúso. No pienso pasar por ello otra vez.

—¿Y si Lysandro quisiese probar? Tengo entendido que aquella vez lo disfrutó bastante y agarró más soltura en el escenario. Yo se lo comenté a Agnes ésta mañana, pero ella mencionó que no se sentía segura ante la idea de cantar para nuestros compañeros.

—Vaya, ¿la niña gótica nos salió creída? —preguntó el pelirrojo, enarcando una ceja.

Sky negó con la cabeza.

—Es que Agnes es soprano, y sabe que el tipo de música en la cual podría desempeñarse una soprano no es del agrado de la mayoría —acotó ella, encogiéndose de hombros.

—No sabía que Agnes cantase —musité. Sky me miró y asintió con la cabeza, sonriendo.

—Sí. Ella y yo tenemos una banda, o al menos una especie de banda, porque lo único que hacemos es hacer covers de canciones aleatorias… y solo ser ella y yo.

—¿Qué instrumento tocas tú? —pregunté.

—La guitarra y un poco el bajo. A raíz del lío de hace dos años de que éste par —dijo, señalando a Lysandro y a Castiel, quien aún nos contemplaba con el ceño fruncido y cruzado de brazos— no tuviesen bajista ni baterista, decidí que no me vendría mal aprender algo con el bajo por si la situación se repetía.

—Sí, sí. Pero yo no tengo problemas con Iris desempeñándose de nuevo en el bajo. Mi problema es con el rubio tocando la batería —replicó él, desviando la mirada.

Sky puso los ojos en blanco y bufó.

—¿Por qué? Ambos os lleváis mejor desde que él se emancipó. Podríais preguntarle a ver qué opina.

—No sé. Si Lysandro me sugiere algo respecto a la tontería esa de la fiesta, quizás lo considere —gruñó él, todavía con un mohín de disgusto.

—¿Y tú qué opinas, Amy? —musitó Sky, dirigiéndose a mí de repente y provocándome un respingo.

—¿Qué podría opinar yo? —inquirí, mirándola con desconcierto.

—¿Tú no tocas algún instrumento? —preguntó ella, sonriendo mientras ladeaba la cabeza con visible curiosidad.

Me revolví incómoda al ver que inclusive Castiel me contemplaba con la misma expresión de curiosidad.

—Pues, yo toco la batería y canto un poco, pero hace años que no me acerco ni siquiera a un tambor o tan siquiera cantar en la ducha —dije, tartamudeando varias palabras. Ambos me miraron con desconcierto.

—¿Por qué no? —preguntó Sky.

Inhalé pesadamente, sintiendo que la corriente de aire me enfriaba los pulmones más de la cuenta. Maldije internamente. Ahora me sentía terriblemente nerviosa.

—Porque no he sentido ganas de tocar o de cantar —puntualicé, intentando sonar a que daba por terminado el asunto.

Sky pareció decepcionarse profundamente, puesto que su mirada se apagó conforme volvía a mirar hacia al frente. Sin embargo, Castiel me observaba de forma intensa e inquisitiva. Se veía a todas leguas que quería preguntarme más, pero que respetaba el hecho de que estábamos en público. Tragué saliva al comprender que la marea de preguntas llegaría más tarde, y si bien yo podía elegir no responder, sabía cómo reaccionaba yo con el pelirrojo.

Finalmente llegó nuestro turno de servirnos el desayuno. No vi la elección de los demás, pero aquel día la elección de las cocineras, enviada por la doctora, no me pareció tan mala: Tortilla de espinacas y zanahoria, pescado a la plancha, una humeante sopa de calabaza y jugo de una combinación que me pareció rarísima: Zanahoria, naranja y remolacha. Y como merienda, un puñado de higos y uvas, con una onza de miel en un envase pequeño de plástico. Aquel día no estaba de humor para hacer lo usual de mirar con mala cara a las cocineras, así que les di las gracias, arrancándoles una mirada de sorpresa. En cuanto me aparté del mesón con la comida, me topé con que Castiel me estaba esperando, a pesar de que todos ya se dirigían a tomar asiento en una mesa cercana a uno de los ventanales.

—Gracias por esperarme —dije, sin poder evitar sonrojarme. Él esbozó una tenue sonrisa y negó con la cabeza.

—No hay de qué. Entonces, ¿tocas la batería y cantas?

Asentí con la cabeza.

—Pero no mentí cuando dije que hace demasiado tiempo que no toco ni siquiera un tambor. Ni siquiera tarareo, cosas por el estilo. A no ser que sean tonterías sin letras —repliqué, encogiéndome de hombros.

—Bah, eso es igual a manejar bicicleta: Nunca se olvida. Quizás podrías estar algo oxidada, pero dudo que te hayas olvidado de ello —acotó él, sonriendo de forma afable.

No pude evitar ahogar una muy tenue risa, que se apagó en cuanto recordé por qué había dejado de tocar la batería y de cantar, al menos hasta que Castiel me arrancó unos tarareos de "Stuck in the Puzzle" el día anterior en el Mayflower. Mi mente comenzó a divagar casi al instante, recordando tiempos en los que yo era decididamente feliz sentada, azotando tambores de batería con unas baquetas con detallitos en color plateado, cantando a todo lo que me permitía mi propia garganta; y pude sentir una pesada melancolía apoderarse de mí, similar a lo que había sentido esa mañana al mirarme al espejo. Sin embargo, él pareció percatarse de que me había hundido en mis propios pensamientos, puesto que me dio un suave empujoncito con los hombros. Lo miré al instante y me percaté de que él me sonreía con calidez, como intentando reconfortarme de forma silenciosa. Sonreí con tristeza y, finalmente, me senté con él y los demás.

-.-

—Yo digo que deberíamos apuntarnos. Solo por probar y, ya sabéis, hacer algo diferente —insistía Sky. Y Castiel ponía de nueva cuenta los ojos en blanco.

—¿Pero por qué no lo intentas tú sola, rubita? —inquirió Castiel, frunciendo el ceño con visible irritación. Imaginé que el pelirrojo y yo tendríamos en común el punto de detestar que nos insistiesen una y otra vez con algo que no quisiésemos hacer de buenas a primeras.

Gracias al frío y a los pesados nubarrones grises que se extendían sobre el instituto, habíamos decidido terminar de pasar el poco rato que nos quedaba de receso adentro en la cafetería. Habíamos comprado bebidas calientes (chocolate la mayoría, yo me había decantado por un latte de vainilla de la máquina de café que estaba al lado de la máquina de golosinas). Había pasado la mayor parte del desayuno buscando con la mirada a Emily y al delegado, pero al cabo de un rato desistí. Mi amiga parecía haber desaparecido de la faz de la tierra, llevándose consigo al rubio, puesto que ni siquiera lograba ubicarlo a él.

—Porque no quiero. Quiero estar en un escenario con mis amigos, y más sabiendo que todos en ésta mesa tocamos algún instrumento o tenemos el gusanito de hacer algo relacionado a la música —acotó Sky, cruzándose de brazos y mirándonos a todos con el ceño fruncido en una súplica.

—A mí no me parece mala idea, ya os lo dije —acotó Lysandro, abriendo un paquete de pastelitos de manzana y ofreciéndole uno a Agnes y tendiéndonos el paquete al resto por si queríamos probar—. Pero si Castiel no quiere tocar, lo veo bastante improbable. No me imagino acoplándome al estilo musical de alguien más en menos de un mes, considerando que la fiesta la harán el mismo treinta y uno de éste mes. ¿Tú qué opinas, Agnes?

—Yo no me veo arriesgándome para cantar —musitó ella con timidez, encogiéndose de hombros—. Ya Sky os dijo que el ser soprano te limita un poco a la hora de acoplarte al estilo musical de otros. Me pasa lo mismo que a Lysandro.

—Pero tú no tendrías que acoplarte a nada, Agnes —insistió Sky—. Solo tendríamos que conseguir baterista y bajista. Y podríamos pedirle a Elliot que nos echase una mano y tocase el teclado.

—Elliot está muy ocupado en el hospital, dudo que nos pudiese echar una mano —replicó ella, mirando a su amiga con tristeza mientras le daba un sorbo a su taza de chocolate caliente—. Además, quiero que tan solo imagines un escenario donde estemos tocando para nuestros compañeros en una fiesta de Halloween. Sería catastrófico, y tengo la certeza de que nos abuchearían hasta el hartazgo.

—Claro que no, Agnes. ¡Sería fantástico! Por favor, al menos considéralo.

—¿Has pensado siquiera en incluir a Emily en toda ésta historia, rubita? Porque hay un componente del cual no sabemos nada —acotó Castiel, jugueteando con una de las galletas de jengibre del paquete que él había comprado para merendar.

Sky pareció quedarse en shock, solo para emocionarse más luego.

—¡Cierto! —dijo, golpeando la palma de su mano izquierda con su puño derecho—. No tenemos ni la menor idea de si Emily cantará o tendrá algún talento con algún instrumento. Con algo de suerte, ella quizás toque la batería o el bajo y nos eche una mano.

—¿Qué hay del delegado? —pregunté yo—. ¿No dijisteis que él había tocado la batería hace dos años con éstos dos niños? —dije, señalando con la barbilla a Lysandro y a Castiel.

—Me da algo de pena pedírselo. Ya sabéis que no somos muy cercanos —replicó Sky, encogiéndose de hombros.

—Ya, pero si Emily tiene algo de participación en toda ésta historia, bien se puede arrastrar al delegado también —respondí. Castiel pareció salir de su ensimismamiento, puesto que se estiró en el asiento y comenzó a negar enérgicamente con la cabeza.

—No, de ninguna manera. Si pensáis incluirnos al delegado y a mí en el mismo paquete, no contéis conmigo —graznó.

—Ay, por dios. Estás con él y con nosotros en el grupo de estudio. No te matará un poco más de convivencia. No he visto que os llevéis mal últimamente —dijo Sky, luciendo genuinamente desesperada. Se notaba que estaba urgida por llevar adelante toda aquella historia del concierto, pero que no hallaba manera de que todas las piezas escogidas encajasen entre sí. Sentí algo de pena por ella, porque realmente se notaba que aquello le entusiasmaba y le importaba.

Castiel se llevó la galleta a la boca, dándole un rápido mordisco, mientras la miraba con irritación.

—Porque él está más blando desde que conoció a vuestra amiguita, Emily —replicó.

—Castiel, no hables con la boca llena, por favor —bisbisó Lysandro a su lado, y éste le hizo caso casi al instante, tragando de forma brusca para poder continuar hablando.

—Ya date por vencida, rubita. Ésta tontería del concierto no va a ocurrir. Ni siquiera me parece que sea algo entretenido eso de la fiesta en general.

Bueno, ahí sí que podía darle la razón enteramente a Castiel. Yo amaba y adoraba con locura el Halloween, pero no me veía metida en una fiesta de instituto, por más que fuese una de Halloween y se permitiese ir con disfraz. Me apetecía más ir por ahí, pidiendo dulces… o armar una escapada al Mayflower, que falta que ya me estaba haciendo. Lo cierto era que la idea de pasar la noche de Halloween pululando en el gimnasio del instituto, disfrazada a saber de qué, considerando que por mi figura nada me queda bien, cuando podría estar haciendo algo muchísimo más entretenido, era algo que no me sonaba atractivo ni siquiera en un diez por ciento.

Además, ¿dejar sola a Odile otra vez, así fuese por un par de horas? Nope, ni hablar.

—Creo que ahí quizás discrepe contigo, Castiel —opinó Lysandro—. Sinceramente, apoyo lo que dice Sky respecto a que es algo diferente. Quizás si me encuentro desocupado, podría asistir. ¿Tú qué opinas, Agnes?

—Yo tendría que pedir permiso primero. Mis padres están algo renuentes de dejarme salir por la noche otra vez, ya que consideran que "fue demasiado" cuando me quedé en casa de Sky por la fiesta del otro día. Ayer por la noche dijeron que estaba saliendo demasiado y que eso no les gustaba —respondió ella, encogiéndose en su asiento con notable tristeza. Casi había olvidado el tema de que los padres de Agnes eran los típicos padres estrictos y conservadores.

Lysandro permaneció inexpresivo, pero pude notar cómo sus ojos se apagaban. Me pregunté si él habría estado dispuesto a cambiar de opinión de forma drástica respecto a la fiesta si Agnes pudiese ir.

—Bueno, eso desmonta un poco tu fantasía, Britney —musité, mirándola de reojo. Los ojos de Sky se habían apagado al escuchar lo último que había dicho Agnes. Mentiría si dijese que no me produjo algo de lástima verla con ese semblante.

—¿Por qué no probáis a preguntarle a Emily si se apunta? Con algo de suerte, quizás puedas armar un grupo lo suficientemente compenetrado como para presentarse a la audición —aventuró Lysandro, sonriendo de forma afable.

—Y si no, siempre podemos engañar a los padres de Agnes —replicó Sky, esbozando una sonrisa maliciosa.

-.-

El resto de la jornada transcurrió de forma relativamente pesada. No volví a ver a Emily ni a Nathaniel por el resto del día, e incluso la ausencia de ambos provocó un pequeño caos durante la clase de Física. Aquella tarde la profesora decidió hacer un trabajo grupal que solo podía ser realizado durante la clase de aquel día, y al no estar Nathaniel ni Emily, el equipo donde él estaba tuvo que juntarse con el equipo donde estaba Emily, que era el de Sky y Agnes. Si bien en un principio me preocupé de que pudiesen verse en un apuro, considerando que la vez anterior había podido escuchar las notas de los demás en el trabajo anterior y Rosalya ni Iris eran especialmente dotadas en materias relacionadas a números, aunado al hecho de que Agnes era tan negada para la Física como yo; resultó que al cabo de un rato, luego de haber estado girándome una y otra vez, intentando parecer lo menos preocupada posible, me percaté de que las cuatro chicas estaban trabajando en una armonía casi envidiable.

—No te preocupes, no se van a morir por la ausencia de la pelirroja y del delegado —escuché que musitaban a mi izquierda.

No pude evitar dar un respingo del susto, solo para percatarme de que había sido Castiel el que había hablado. No me miraba, ya que su vista estaba clavada en la calculadora mientras desarrollaba el ejercicio de forma casi frenética, pero parecía que incluso así podía ser bastante perceptivo.

Eso, o yo estaba siendo demasiado obvia.

—Me pregunto qué habrá sucedido. Emily dijo que quería estar sola pero, ¿y Nathaniel? ¿Es normal que él se salte las clases? —pregunté en voz baja.

—Nathaniel ha cambiado un poco desde que se emancipó —murmuró Lysandro, quien a todas leguas estaba escuchando nuestra conversación—. Antes, el fugarse no era la clase de cosas que él habría hecho. Quizás también necesitaba algo de tiempo para sí mismo.

—O se fugó persiguiendo a cierta cabeza pelirroja —aventuró Castiel, poniendo los ojos en blanco.

—Pero eso sería rarísimo. Es decir, ¿cómo va a fugarse por perseguir una cabeza pelirroja, si tú estás aquí? —dije, fingiendo un tono de voz inocente e ingenuo.

Él alzó la cabeza y me dedicó una mirada asesina. Yo solo atiné a contener una risita, parpadeando con fingida inocencia.

—Muy graciosa, niñita.

—Soy la cumbre de la comedia, cabeza de tomate —repliqué, sonriendo de forma maliciosa.

Escuché un suspiro a mi derecha y lo tomé como señal de que quizás podríamos estar exasperando al pobre de Lysandro, así que me mordí los labios y me quedé callada (o al menos intenté estarlo) durante el resto de la clase.

-.-

Al final del día de clases, tras comprobar que Emily ni Nathaniel estaban por ninguna parte luego de buscarlos durante los ratos de receso entre clase y clase, Castiel se ofreció a llevarme en su motocicleta al hospital y luego a casa. Si bien había prometido que iríamos al Mayflower luego de clases, ninguno de los dos había contado con que los jueves salíamos de Física a las cuatro de la tarde, y aquel día en particular la clase se había alargado hasta las cuatro y media. Tras una rápida incursión el hospital, donde una enfermera me colocó la solución de hierro intravenoso, ambos volvimos a la motocicleta, charlando un poco sobre mi estadía en el hospital y algunas banalidades sobre medicamentos, comentando de vez en cuando sobre el hecho de que no nos habíamos topado con Elliot aquella tarde. Sin embargo, ninguno de los dos parecía tener especial afán en llegar a casa, ya que en cuanto pasamos velozmente cerca del parque, Castiel aminoró la marcha para ladear la cabeza hacia atrás y preguntarme si quería dar una vuelta para comprar algo de cenar y merendar, ya que quería dejar la pizza que le quedaba para el día siguiente. Sin poder evitar que una sonrisa curvase mis labios, algo que él no podía ver por ir manejando, le dije que sí y él giró la motocicleta con suavidad para tomar la avenida principal otra vez y así dirigirse al centro comercial.

Tras unos veinte minutos, finalmente llegamos al lugar. Luego de dar un par de vueltas buscando lugar en el estacionamiento y descubrir que no había sitio, decidió rodear por la entrada principal y bajar hacia el estacionamiento subterráneo, pasando por el pequeño puestito automático que repartía tickets para estacionar, donde sí encontró sitio donde aparcar y que, por suerte, estuviese cerca de la taquilla de pago y de las escaleras.

—Nos va a tocar memorizar cerca de cuál entrada nos estacionamos, ¿vale, Amy? —dijo mientras se quitaba el casco. Yo hice lo propio y, sin poder evitarlo, me eché a reír al verlo: Tenía todo su cabello despeinado y alborotado. Él, sin entender el por qué de mi reacción, enarcó una ceja y me miró con desconcierto mientras yo le tendía mi casco—: ¿Qué ocurre?

—Estás todo despeinado. Espera —dije, deslizando mis manos por su cabeza para intentar acomodarle un poco su corta melena, ya que él tenía las manos ocupadas con los cascos. Deslicé mis dedos trémulos entre las hebras de su cabello, sintiendo lo suaves que eran, hasta que en un punto, sin percatarme de lo que hacía, le rocé los pómulos.

Solo entonces noté que la mirada de Castiel se había suavizado y una muy tenue sonrisa había curvado apenas la comisura de sus labios. Tenía una expresión tan atrayente y magnética, sus ojos pareciendo un atisbo del cielo antes de la tormenta, que empecé a ponerme nerviosa y a tragar saliva mientras sentía las malditas mariposas retorcerme el estómago. Mis labios comenzaron a cosquillear y justo en el momento en el que sus ojos bajaron hasta ellos, mi rostro comenzó a arder y, de la impresión, alejé de sopetón mis manos de su rostro como si el contacto con su piel (o su mera existencia) me quemase.

—Lo siento, qué indiscreta soy —mascullé totalmente mortificada, sintiendo cómo la piel me ardía mucho más que antes. ¿Me estaba disculpando? ¿En serio me estaba disculpando? ¿Qué diablos me pasaba? Primero le tocaba el pelo, sin evitar dejarme llevar por aquel acto tan simple, y luego me ponía nerviosa al cruzar miradas con él. ¿Por qué me ponía tan nerviosa la cercanía de Castiel en primer lugar?

Él dejó escapar una muy tenue risa, dejando los cascos sobre la motocicleta.

—Tu cara está peor que mi pelo, niñita. ¿Estás bien? —dijo, sonriendo de forma socarrona. Asentí de forma agresiva, mordiéndome el interior de los labios; a lo cual él solo atinó a reírse de forma descarada. Luego, dándome un empujoncito característico con su hombro, agregó—: Ven, vamos a entrar.

Tras pasar por la taquilla para tomar un segundo ticket para el pago del estacionamiento, ambos subimos las escaleras mecánicas en completo silencio. No podía evitar mirar a Castiel de reojo cada tanto mientras me mordía los labios con ansiedad, sintiendo mi corazón batirse desesperado en mi pecho y teniendo la espantosa sospecha de que él podía escucharlo.

—¿Pasa algo, Amy? —preguntó, mirándome con un tinte de preocupación que no pasó desapercibido para mí. Volví a sentir la chispa de desesperación que había sentido dos días antes en el hospital, maldiciendo internamente al no encontrar un motivo por el cual sentirme así. Y él, al ver que no daba respuesta, se detuvo justo en la cima de las escaleras y me tomó suavemente de una de mis manos para atraer mi atención—: ¿Qué ocurre? ¿Quieres que nos vayamos?

—No —mascullé, negando con la cabeza.

Quise gemir de angustia. ¿Por qué me sentía así si no había sucedido nada? Es decir, solo le había tocado el rostro a Castiel, lo había mirado a los ojos y luego… ¿qué? ¿Por qué la mirada de Castiel me había puesto tan nerviosa, al igual que su cercanía? Había pasado toda una tarde con él el día anterior, le había enseñado dónde vivía. Si hasta había estado en su habitación en la madrugada un rato, por amor de dios, y no me había sentido así ni me había pasado nada semejante.

Y ahí fue cuando caí en cuenta de algo:

Había pasado toda la tarde con Castiel. Sola.

Había estado en la habitación de Castiel en la madrugada. Sola.

Había pasado sola una tarde entera con un chico.

Había estado sola en la habitación de un chico.

Había estado a solas con un chico. Estaba justo ahora a solas con un chico.

En ese instante me llegaron de sopetón los recuerdos a mi memoria, los instantes en los que me había sentido borracha de felicidad, abrazando la chaqueta de cuero de Castiel mientras escuchaba a Lana del Rey luego de haber pasado una tarde con él. El cómo me había gustado ir en su motocicleta con él, aspirando el tenue aroma que se escapaba de su nuca y su cabello, tanteando con suavidad su abdomen mientras me agarraba a él para no caer. Y comprendí todo.

Había pasado cuatro años sin acercarme a un chico, ya ni hablemos de estar a solas con él. Keith no contaba porque, por dios, era mi amigo (además era gay). Castiel, sin embargo, era un caso distinto. Era un chico que, desde el primer día, había atrapado y atraído mi atención. Ya no era el caso de que todo el cúmulo de emociones que me ahogaban era porque le tenía tirria porque era un idiota que casi me atropelló con su motocicleta, porque de hecho ni siquiera me había atropellado, simplemente pasó delante de mí justo cuando salía del parque e iba más distraída que un conejo saltando cerca de un zorro (así que los dos teníamos buena parte de la culpa); sino que desde el primer momento en que lo había visto, con ese cabello rojo teñido, brillando encendido bajo la luz del sol, aquellos ojos grises tan magnéticos y su maldita sonrisa socarrona y descarada, me había sentido como una especie de polilla yendo irremediablemente hacia una bombilla encendida. Y que al ir hablando con él y conocerlo un poco más, la cosa no hacía sino empeorar. Entendí, a mi pesar, que toda mi incomodidad era porque, y maldije internamente al comprenderlo, ésta tendía a ser mi actitud natural cuando alguien llamaba mi atención, cuando alguien me removía profundamente, tanto física como emocional y sentimental: Estaba irremediablemente atraída hacia el maldito cabeza de tomate de Castiel. Su cercanía me perturbaba, su contacto me quemaba, su mera existencia me removía de tal manera no por el endemoniado caos que suponía la menstruación, porque ésta tontería venía desde antes; sino porque, y maldije una y otra vez, el condenado pelirrojo me gustaba muchísimo.

Y ya era hora de que lo aceptase.


La canción que inspiró ésta parte del capítulo triple es "Tightrope" de la maravillosa LP.


Pues hala, hasta aquí hemos llegado por hoy. Sí, ya lo dije, ésta vaina iba a ser más larga, pero me pareció que iba a ser medio extraño continuar con el capítulo luego de que Amy tuviese semejante maremoto en su propia cabeza y llegase a esa conclusión.

En fin, no alargo más ésta sección. Espero que hayáis disfrutado de éste capítulo. Recordad que podéis dejarme sugerencias, comentarios, palomitas, bolsas de sangre de Peppa Pig (alias malvaviscos, bombones o como le digáis en vuestros países), chocolates, y todo lo que queráis en los reviews. No cuesta nada, es gratis y me hace muy, muy feliz~.

Por cierto, ¡he recuperado mi cuenta de Instagram! ¡Sí! Y estoy subiendo dibujos allí otra vez. Y, en fin, si os apetece que os haga un dibujillo pasaos por mi perfil aquí. Hay varios links, incluidos un par de links a mi deviantArt, a mi perfil de Instagram, a mi blog en Tumblr y a mi Twitter, allí podréis ver más. ¡Aprovechad! Estoy muy dedicada con los dibujos y arriesgándome a hacer cosas nuevas. ¡Oh, y en mi Instagram también hay un link para que me invitéis a un café, si queréis hacerlo!

Hasta el próximo capítulo.

Mara