¡¡¡Saludos!!! Antes que nada, agradeceros a todos los review y la paciencia. Mis vacaciones han terminado, aquí esta el primer capítulo de la segunda temporada. Espero que esta segunda tanda os guste tanto como la primera, y que vuestro apoyo no se esfume. Ya no os doy más la brasa. ¡¡¡DENTRO VIDEO!!!
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CAPÍTULO 8: RAZONES
El nombre en clave de Roy Mustang era "Llama" ganado por la costumbre que tenía de incinerar a sus víctimas, para que la policía no pudiera identificarlas, pero aquellos que tenían una relación más "cercana", le llamaban simplemente "Coronel". Este mota venía dado por os tiempos en que Mustang estuvo en el ejército, del cual fue expulsado con deshonor por insubordinación. Cosas de la juventud y tal.
Mustang dejó los papeles que había estado leyendo. Le encantaba hacer escribir a los agentes. Era una manera como cualquier otra de hacer valer su autoridad en la organización. Por supuesto, tales papeles e informes eran inútiles pues, para no dejar pruebas, eran pasados por la trituradora en cuanto Roy los leía. Pero no por ello dejaban de redactarse. Como ya se ha dicho, a Roy le encantaba hacer valer su autoridad. Volviendo al presente, Roy estaba preocupado. Había reunido a los agentes con los que tenía mejores relaciones (Hawkeye, Armstrong y Hugues, entre otros), para hablar de los recientes trabajos ordenados por Padre. Muchos tenían como objetivos a miembros de la organización, basándose en dudosas pruebas de traición. Además, todos ellos eran gente que tenía buena relación con él. Desde hacía varios meses, la organización pasaba por tiempos algo difíciles. Padre se estaba muriendo (cáncer de pulmón, decían los médicos) y tenía que planteare un sucesor. El problema empezaba aquí. Tanto Padre como su plana mayor, consideraban que el sucesor tendría que ser uno de los Siete Pecados, por ser los que seguirían con la política de Padre. Sin embargo, entre los agentes más jóvenes, la figura de Roy "Llama" Mustang era muy popular: les parecía un líder más acorde con los nuevos tiempos. Según mucha gente de los bajos fondos, los tiempos de Padre habían acabado. Ahora, tener a favor a los políticos y la policía no era tan fácil. Las agencias de asesinos debían adaptarse, pues ya no podían actuar con la misma impunidad que unas décadas antes. A Roy no le costaba figurarse el pensamiento de los que consideraban que no debía hacerse cargo de la organización. Si eliminaban a gente que era cercana a él, los jóvenes que le admiraban entenderían que no era saludable relacionarse con Roy. Una vez sin ningún apoyo, era fácil pegarle un tiro y dejarle en una cuneta. Un futuro bastante negro, la verdad. Era en momentos como ese que agradecía profundamente la fidelidad de aquellos que seguían a su lado. En un mundo en el que era tan común dispararse por un mal gesto o una mala palabra, era agradable saber que tenías a gente a tu lado.
-Roy… -dijo Riza Hawkeye a su lado. Hawkeye era quizás la mejor tiradora de la organización. Roy la conocía desde que era un adolescente. Era la hija del hombre que le había enseñado a empuñar una pistola. Por los pasillos de la organización se rumoreaba que era una mujer ardiente en la cama, pero nadie era lo bastante valiente como para intentar averiguarlo. Riza Hawkeye no solía tolerar flirteos. Ni siquiera Roy Mustang, conocido mujeriego y galán se atrevía. Mustang se giró hacia la mujer, arqueando una ceja. Era la primera vez en siete años que Hawkeye le llamaba por su nombre de pila. La última vez fue para decir que Edward Elric había robado una pistola. Roy aun se preguntaba para qué.
-Dime.
Como toda respuesta, Riza Hawkeye le dio uno de aquellos informes que Roy gustaba de mandar escribir. A medida que sus ojos iban bajando en la escritura, más se le fruncía el ceño. Cuando acabó, rompió el papel con sus propias manos. Estaba temblando.
-Parece que el viejo ya no quiere reclutar a Ed. Enviar a Carmesí… Hay civiles, maldita sea. ¿Pretende llamar la atención?
-No lo sé, Coronel –contestó Riza.
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Edward Elric seguía mirando por la ventana, los ojos fijos en la casa que había habitado durante su niñez. Prácticamente no se había movido de allí en todas las vacaciones. Winry entró en el cuarto y soltó un resoplido molesto, al comprobar que era las doce de la mañana, Ed llevaba cerca de cinco horas despierto y seguía con el pijama. Ni siquiera había bajado a desayunar. Sólo seguía vivo porqué ella y su abuela le subía comida a la habitación. Y por más que insistía y preguntaba, su abuela le decía que le dejara en paz. "Tiene cosas en las que pensar" era lo único que le decía.
-Joder, Ed –dijo la chica- Llevas dos semanas sentado en la ventana. No te traje aquí para que estuvieras todo el día mirando esa maldita casa.
Como cada día, lo único que le contestó fue el silencio.
-Mira –continuó la chica, molesta- Mi abuela puede decir lo que quiera, pero como sigas un minuto más ahí plantado, juro que…
-¿Conoces la historia de esa casa? –preguntó Ed de golpe.
Winry negó con la cabeza.
-Se lo pregunté varias veces a mi abuela, pero nunca me ha dicho nada. Decía que esa casa era el mal.
Ed mostró una media sonrisa torcida. No iba del todo desencaminada la vieja.
-Qué quieres que te diga –siguió la chica- A mi me parece un cuento chino. Ya sabes, los típicos rumores de pueblo. Seguramente la familia que vivía allí se mudó sin decir nada y la gente empezó a murmurar cosas.
La cara de Ed se tensó.
-Y tú qué sabes… -escupió entre dientes.
Winry le miró.
-Nada –admitió- No sé nada. ¿Cómo esperas que sepa algo si no me lo cuentas?
Ed se dio cuenta que había caído como un borrico, lo cual le hizo sentirse estúpido.
-No es asunto tuyo –replicó. Winry se sentó en el otro lado de la ventana, mirando también a la casa.
-Yo creo que sí. ¿Tiene que ver con ese Al?
-Ya te he dicho que no es asunto tuyo –repitió el chico.
-¿Por qué no quieres contármelo? –insistió Winry. Ed la fulminó con la mirada.
-¿Sabes cuánta gente a muerto por insistir en este tema? –le escupió. Demasiada, pensó Winry. Ed tenía la misma mirada que los primeros días. La chica tragó saliva y le encaró. Apretó las manos contra las rodillas, ya que le temblaban violentamente.
-No te tengo miedo –le dijo, con la voz algo más aguda de lo que hubiera querido. Ed sonrió con superioridad.
-¿No? Yo creo que mientes.
Winry negó con la cabeza.
-Si hubieras querido, ya me habrías matado. Como no lo has hecho, no tengo motivos para tenerte miedo.
Ed asintió, con aire ausente. Repentinamente, bajó de la ventana de un salto.
-¿Te importa? –dijo- Quiero darme una ducha y cambiarme de ropa. Si luego aun tienes ganas de saberlo, te lo contaré todo.
Winry arqueó una ceja, escéptica.
-¿En serio?
Ed asintió.
-Sí, por qué no. A lo mejor aprenderás un par o tres de cosas sobre el mundo. Ya va siendo hora de que dejes de vivir en tu burbuja de felicidad y sepas cómo es el mundo real.
Unos veinte minutos más tarde, Ed bajó las escaleras, aun con el pelo ligeramente húmedo. Paseó la vista por la planta baja de la casa y arqueó una ceja.
-¿Y tú abuela? –preguntó.
Winry asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
-Dijo que tenía que comprar unas cosas y que volvería en un par de horas.
Ed asintió y, como de casualidad, miró por una ventana, hacia el camino de tierra que llevaba a la casa. Vio un coche negro acercándose.
-Oye, Winry… -dijo- ¿Te suena de algo ese coche?
Winry asomó la cabeza por la ventana e hizo un gesto negativo.
-No. ¿Por qué?
Ed cogió la pistola de la funda escondida en su chaqueta.
-Porqué a mi sí –respondió- Ahora, sube al piso de arriba y no bajes hasta que yo te lo diga. Si te llama alguien que no sea yo, quiero que salgas por la ventana, bajes por las cañerías y corras al pueblo tan rápido como puedas. ¿Has entendido?
-Pero…
-No te estoy pidiendo tu opinión. Sólo hazlo.
Antes de darse cuenta, los pies de Winry la habían llevado al piso de arriba y se habían metido en su habitación. La chica cerró la puerta.
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Ed amartilló la pistola, ahogando una maldición entre dientes. Sólo tenía ocho disparos, y tenía los cargadores en la habitación. Normalmente, con dos o tres disparos habría para acabar con cualquier asesino que enviaran, pero quizás no tendría tanta suerte. Por supuesto, había reconocido el coche a simple vista. ¿Cuántos coches negros tienen una bomba dibujada en el capó? Lo cierto era que ya se esperaba algo así. Sabía que esto acabaría pasando tarde o temprano. Desde que dejó que esos ojos azules llorosos fueran contra su entrenamiento, supo que tendría problemas. Suficiente suerte había tenido con que no le molestaran durante tres meses. Pensándolo fríamente, todas sus acciones de los últimos tres meses iban contra la lógica y el entrenamiento. Se le escapó una risita entre dientes. No tenía sentido. Ningún sentido. ¿Qué demonios le había pasado? Ahora mismo, mientras veía al coche acercarse cada vez más a la casa, sabía que si ahora corría a la cocina y saltaba por la ventana, tendría posibilidades de huir. Y también sabía que no lo haría. Por alguna razón, no podía simplemente dejar a esa chica a merced de aquel psicópata de Kimblee. Tenía la sensación que, protegiendo a Winry, protegía el último pedazo de humanidad y cordura que le quedaba. Este pensamiento le hizo negar con la cabeza. Definitivamente, estaba perdiendo facultades. La gente dice que siempre que se pierde algo, se gana algo a cambio. Él esperaba haber ganado algo perdiendo su incapacidad de sentir nada. Aunque si por eso, ahora Kimblee se lo cargaba, maldita la gracia. En esos alegres pensamientos estaba, cuando oyó que el coche se paraba en la puerta de la casa. Ed comprobó que la pistola estaba en orden. Desde Havoc que no mataba a nadie. Por un lado, notaba la adrenalina subiéndole, mientras que por otro se sintió en cierto modo aliviado. Esa chica podría haberle ablandado, pero no había podido borrar su gusto por su trabajo. Y más, tratándose de Kimblee.
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Espero que os haya gustado. En el próximo capítulo, Kimblee y Ed se verán las caras. ¡Nos vemos!
