¡Hola a todos! Fiel a mi palabra, aquí os dejo el siguiente capítulo dos semanas después del anterior.

Supongo que todos habréis visto la pequeña demostración del próximo Zelda para Wii U. Yo aún sigo recuperándome de la emoción, visualmente es simplemente maravilloso.

Voy a intentar contestar a algunos de vuestros comentarios:
Pouda-P: No es que Zelda se arrepienta de apresar a Wallace, es que, al igual que Link, piensa que la condena que debería imponerle es demasiado dura pero, como princesa, su deber es dar ejemplo y acatar las leyes. La única razón por la que le rebaja la condena es por Link.
Silvianime: Me alegro que te hayas fijado en las normas de etiqueta en la mesa, estuve un buen rato buscando por internet e informándome. Espero que esté todo correcto. En la mesa faltaría la copa para el champán, no la he puesto porque los camareros irían sirviéndolo durante el baile, pero creo que al final me olvidé de poner ese detalle ^^U
Chocoleti'e: Te puedo asegurar que este fic no quedará inconcluso. Ya está completamente terminado, es más, lo estaba antes de comenzar a publicarlo. Puedo entender que alguien tenga problemas para continuar una historia por un motivo u otro, pero como lectora me da mucha rabia. Por ese motivo, y sabiendo que soy una persona muy inconstante, decidí primero acabarlo antes de comenzar a publicarlo. Si subo algún otro fanfic, haré lo mismo.
A los demás: Gracias por vuestros comentarios, pese a que no los conteste todos porque no sé muy bien que poner, son siempre bien recibidos.

Por último decir que, después de este capítulo, solo quedarán dos más para el final.

La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.

Capítulo 7:
Día libre

Era la tarde del día siguiente al baile, poco después de la hora de comer. Zelda se encontraba reunida en su estudio con el duque Stain. Al igual que el día anterior, había optado por un atuendo sencillo, sin joyas, ni guantes, ni peinados complicados.

El duque había querido reunirse con ella para pedirle perdón por el comportamiento de su hijo y darle las gracias por no haberle impuesto un duro castigo.

— No me deis las gracias a mí, duque Stain —le contestó Zelda—. Mi deber como princesa es atajar e imponer las leyes, por muy duras que sean y por poco que me guste hacerlo. Si he sido benevolente con vuestro hijo ha sido por Sir Link, deberíais agradecerle a él.

— Quería hacerlo, pero no he podido encontrarlo en toda la mañana.

— Hoy Sir Link no tenía entrenamiento con los reclutas —comentó la princesa pensativa—. Si no estaba en sus aposentos durmiendo, es posible que estuviese entrenando por su cuenta o algo por el estilo.

— Entiendo, pero creo que debería marcharme ya —dijo el duque mientras se levantaba de su asiento—. Mi familia y yo debemos volver a casa y tenemos un largo camino por delante. Espero que podáis agradecerle de mi parte a Sir Link y también pedirle disculpas por lo ocurrido.

— No os preocupéis, se lo diré en cuanto lo vea —contestó Zelda también levantándose.

— Gracias.

Tras la marcha del duque la princesa se dejó caer sobre el sillón y suspiró. Estaba cansada y hambrienta. Se había pasado toda la mañana encerrada en su estudio, revisando papeles, firmando tratados y finalizando varios asuntos extremadamente urgentes, y apenas había podido comer por falta de tiempo. Por desgracia, como cada día treinta de cada mes, la mayoría del servicio tenía el día libre y hasta la hora de preparar la cena ya no habría nadie en la cocina para prepararle algo de comer.

Volvió a suspirar, resignada, y se volvió a levantar. Salió de su estudio y se encaminó hacia la habitación de Link para hablar con él. Link también tenía el día libre, pero no solía alejarse mucho del castillo y generalmente la avisaba, así que con un poco de suerte no sería muy difícil de encontrar.

Ya frente a la habitación de él, Zelda llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Volvió a llamar. Nada.

— ¿No estará durmiendo? —murmuró para sí misma.

Llamó otra vez, pero visto el escaso éxito abrió la puerta. Nadie. Entró en la habitación, pero no había rastro de él, solo algunas prendas de ropa sobre la cama. Cuando ya estaba en la puerta para marcharse, la princesa oyó ruido proveniente del baño. Volvió a cerrar la puerta y se sentó en el borde de la cama, de cara a la puerta del baño, esperando a que Link saliera.

Mientras esperaba observó la ropa que había a su lado, unos pantalones de color verde oscuro y una camisa beige. Pasó su mano por la camisa, acariciando la tela. Era fina y suave. Observó la habitación, no había cambiado desde la última vez que estuvo allí. Desde donde estaba sentada podía ver frente a ella, a la derecha, un sofá, una mesa de te, unos sillones y detrás de ellos un biombo; al fondo, cerca de la pared izquierda, la puerta del baño; frente a ésta, en la pared izquierda, una cómoda con un espejo encima y junto a la cómoda, un gran arcón, donde ella sabía que guardaba sus armas y otros objetos obtenidos durante su aventura; en la pared de la derecha, cerca del biombo, había un gran armario.

Se levantó de la cama y se acercó a la cómoda, pues había visto el gorro verde de Link sobre ella. Lo sostuvo entre sus manos y lo observó. No era ninguno de los que ella mandó hacer, era el gorro original, el que llevaba la primera vez que ella lo vio en su forma real. Mientras observaba todas las costuras y remiendos, se preguntó cómo le quedaría a ella. Se lo colocó en la cabeza y se observó a sí misma en el espejo.

— Os queda bien —escuchó decir a una voz junto a ella.

Se sobresaltó. Estaba tan concentrada en el gorro que no había oído a Link salir del baño. Se giró avergonzada hacia él, pero, en el instante que sus ojos se posaron sobre él, se quedó sin respiración. No sabía si agradecerle a las diosas o maldecirlas por aquello, por darle la oportunidad de contemplar la cúspide de la belleza masculina solo cubierto por una toalla alrededor de su cintura. Empezó a entrar en calor. No podía dejar de mirarlo, de abajo arriba y de arriba abajo.

— Creo que acabaríais antes sacando una pictografía —dijo él avergonzado ante el intenso escrutinio al que estaba siendo sometido.

Zelda notó sus mejillas encendidas. Quería apartar la vista, pero era difícil ignorar aquellas gotas de agua que bajaban por su piel.

— Es culpa vuestra —dijo por fin apartando la vista y dirigiéndola hacia el rostro de él—. ¿A quién se le ocurre presentarse ante alguien así?

Link alzó una ceja y se cruzó de brazos.

— Sois vos la que ha entrado en mi habitación sin permiso —contestó.

— He llamado a la puerta, pero nadie ha respondido.

— ¿Y qué hacíais con mi gorro?

— Solo tenía curiosidad por ver cómo me quedaría, pero es evidente que el gorro del héroe le queda mejor al héroe.

Dicho eso se acercó a él y le colocó el gorro sobre la cabeza. Colocó sus manos sobre los hombros de él y sonrió. Sí, indudablemente aquel gorro le quedaba mejor a él.

Bajó la vista hacia la cicatriz del cuello, no sabía por qué, pero, desde la primera vez que la vio, no podía evitar que sus ojos acabaran posados sobre ella. Recordó que Link le había dicho que aquella herida había sido obra de Ganondorf y no pudo evitar rememorar aquel día. Recordaba al joven héroe allí de pie, junto al cadáver de su enemigo, respirando con dificultad y cubierto de sangre y arañazos. Ella misma había sido la que lo había curado con su magia. Puesto que gran parte de la sangre era también de Ganondorf, Zelda no había sabido muy bien donde estaban las heridas más importantes, así que se limitó a usar su magia por todo su cuerpo.

La princesa tocó suavemente con sus dedos aquella zona del cuello y la acarició.

— Tenéis fijación por mis cicatrices.

Zelda apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de él, mientras pasaba su brazo izquierdo por la espalda de él, abrazándolo, y sonrió ligeramente.

— Puede que me gusten los hombres con cicatrices —dijo un poco en broma, para luego volver a un tono más serio—. ¿Os dolió mucho?

— Un poco —respondió sin darle demasiada importancia—. No fue una herida muy profunda y, por suerte, una persona fue lo suficientemente amable como para curarme las heridas con su magia.

Alzó un poco la vista para mirarlo a la cara, pero él tenía la vista perdida en algún punto al otro lado de la habitación.

— Estoy segura que era lo menos que esa persona podía hacer para agradeceros que le salvarais la vida.

Permanecieron varios minutos así. Zelda tenía la mente en blanco, no quería pensar en nada, ni en si aquello era correcto, ni si estaba siendo demasiado atrevida, en nada, solo quería disfrutar de aquel contacto, de la calidez que él desprendía, de su embriagador aroma, de la suavidad de su piel mientras acariciaba ausentemente su pecho y estómago. Notó la mano de Link sobre su cadera y lo oyó decir su nombre con algo de reproche, nervioso, pero ella lo ignoró y continuó acariciándolo. Deslizó su mano por el abdomen hasta llegar al ombligo, el cual rodeó con el pulgar, notando como Link se ponía tenso y se le erizaba el vello ante aquel contacto, para luego seguir bajando hasta llegar al borde de la toalla. Allí se detuvo durante varios segundos, dubitativa. Finalmente introdujo sus dedos para agarrarla. Antes de que pudiera hacer nada más, Link le agarró la muñeca, forzándola a soltar la toalla.

Sin darse cuenta había llegado demasiado lejos, otra vez, pero no se arrepentía. Levantó la vista y vio el rostro serio de Link, mirándola fijamente con reproche. La princesa se apartó un poco de él y miró hacia otro lado.

— Solo tenía algo de curiosidad —dijo mirándolo de nuevo y se sonrojó al ver cómo él levantaba una ceja de forma interrogativa—. Tenía curiosidad por ver cómo es un hombre de verdad desnudo.

— Siento mucho decíroslo, pero tendréis que esperar a la boda para satisfacer vuestra curiosidad.

— Sois un mojigato —contestó ella haciendo pucheros y cruzándose de brazos.

— Puede —dijo él encogiéndose de hombros y riendo—. Pero no me vais a negar que os estáis volviendo una descarada, y eso no es propio de una señorita clase alta —Zelda no respondió, se limitó apartar la mirada, avergonzada—. Ahora con vuestro permiso voy a vestirme.

Link se quitó el gorro, cogió los pantalones que había sobre la cama y se metió detrás del biombo. Zelda lo observó durante todo el proceso, al menos parecía que eso a él no le importaba que lo hiciera. Cuando salió, llevaba ya puestos los pantalones y se secaba el pelo con la toalla.

— ¿A qué habéis venido, Alteza? —preguntó Link mientras tiraba la toalla sobre uno de los sillones y se arreglaba un poco el pelo con los dedos.

— Necesito hablaros de algo —contestó ella mientras lo miraba con reprobación—. ¿Os peináis siempre así?

Él la miró dubitativo para luego afirmar con la cabeza. Zelda suspiró.

— Dadme un cepillo —ordenó.

Tras suspirar, Link entró en el baño, recogiendo antes la toalla. Zelda se apresuró a dirigirse a la cama de él, donde se sentó en el centro de rodillas. Cuando él salió del baño, le indicó con la mano que se sentara frente a ella. Él volvió a suspirar, pero hizo lo que le mandaba. La princesa comenzó a cepillarle el pelo con cuidado. Link tenía el pelo sorprendentemente suave y muy fino y espeso.

— ¿De qué queríais hablarme, Alteza?

Estaba tan abstraída que había olvidado que tenía que hablar con él.

— El duque Stain me ha pedido que os de las gracias y os pida disculpas por el comportamiento de su hijo —contestó Zelda mientras continuaba cepillándole el pelo lentamente—. Yo también quiero pediros perdón por lo ocurrido. Debería haber previsto algo así.

— No os preocupéis, yo sí esperaba que ocurriera algo así.

Se hizo el silencio. Pese a que ya no quedaban enredos, la princesa continuaba cepillando e introduciendo los dedos de la otra mano entre los cabellos rubios de Link. Se inclinó un poco hacia un lado para observarlo. Link tenía los ojos cerrados, con una expresión relajada en su rostro.

— Es muy relajante —dijo él—. Desde que era niño que nadie me cepillaba así. Había olvidado lo agradable que es.

Zelda no respondió, se limitó a continuar con su labor mientras sonreía. Permanecieron en silencio durante un buen rato, hasta que Link habló de nuevo.

— ¿Puedo preguntaros algo, Alteza? —puesto que Zelda no respondió, interpretó aquel silencio como una afirmación—. Ayer me di cuenta de que hay más nobles honrados y honestos de los que creía.

— No todos van a ser unos egocéntricos egoístas —dijo ella tras una pequeña risa.

— ¿Entonces por qué me elegisteis a mí? Es posible que haya algunos que reúnan las cualidades que buscáis. ¿Qué me hace tan diferente, tan especial comparado con ellos?

Ella permaneció unos instantes pensando. No podía decirle que era porque lo amaba. No estaba segura de que él sintiera lo mismo y tampoco podía arriesgarse a que alguien más lo descubriera. Permaneció quieta observándolo desde atrás. ¿Qué lo hacía tan diferente? Todo. Desde sus orígenes hasta su forma de pensar y actuar. Él era todo lo que su pueblo necesitaba y todo lo que ella deseaba. Dejó el cepillo a un lado y se sentó junto a él.

— Puede que alguno de ellos estén bien, pero eso no es suficiente —dijo ella mirándolo a los ojos y sosteniendo las manos de él entre las suyas—. Mirad vuestras manos, Link. Las manos de los nobles son unas manos cuidadas, con una manicura perfecta y débiles. Las vuestras son ásperas, duras y fuertes —Zelda colocó sus palmas sobre las de él—. Las manos de alguien reflejan muy bien la vida de esa persona. Hyrule necesita a alguien fuerte, yo necesito, no, más bien quiero a alguien fuerte a mi lado —bajó la mirada hasta sus manos—. Sois el único con quien deseo pasar el resto de mi vida.

Reinó el silencio entre ambos. Zelda no se atrevía a mirarlo, permaneció con la cabeza gacha, cayéndole el pelo por la cara. Aquello había sido casi como una confesión, no sabía como él iba a reaccionar ante aquello.

A través de los mechones de pelo, vio cómo Link sacaba sus manos de debajo de las de ella. Vio cómo se acercaban hasta su rostro y cómo le apartaba el cabello. Puso las manos a ambos lados de su cara y la alzó, obligándola a mirarle.

Al alzar la mirada se encontró mirando a los ojos a Link. Aquellos hermosos ojos azules reflejaban seriedad y también algo de confusión. El corazón de Zelda latía muy deprisa, estaba nerviosa, no sabía muy bien como respondería él ante su casi declaración.

— Gracias —fue lo único que él dijo.

Zelda se sonrojó ante aquello y ante la sonrisa amable que él le mostraba. Por suerte, parecía que el héroe era lo suficientemente ingenuo como para no darse cuenta de lo que sus palabras implicaban.

Cuando la princesa estaba a punto de decirle que no tenía nada que agradecerle, se oyó un ruido, era una especie de rugido. Zelda se sonrojó de la vergüenza y Link la miró con una ceja alzada.

— ¿Tenéis hambre? —preguntó él.

Zelda se sonrojó aún más y apartó la vista. Su estómago volvió a rugir y Link rió al oírlo. Se levantó, se puso la camisa que había sobre la cama y se giró hacia ella.

— Creo que será mejor que vayamos a buscaros algo para comer —dijo Link con una sonrisa divertida.

— Pero los cocineros se han marchado —contestó ella todavía avergonzada—. No volverán hasta que sea la hora de preparar la cena.

— No os preocupéis, ya os prepararé yo algo.

— ¿Sabéis cocinar? —preguntó sorprendida.

— ¿De qué os sorprendéis? Cuando vives solo no te queda más remedio que aprender a cocinar.

Link la cogió por la muñeca y la arrastró fuera de la habitación hasta la cocina del castillo. Allí ella se sentó en una de las mesas mientras lo observaba. Link parecía conocer la ubicación de todos los utensilios que necesitaba, lo que la hizo pensar que no era la primera vez que usaba la cocina del castillo. Vio cómo llenaba de agua una olla y la ponía sobre el fuego, para después bajar al sótano con una cesta bajo el brazo, para recoger los ingredientes necesarios. Cuando regresó, Zelda pudo ver que había una calabaza en la cesta, pero no pudo ver el resto de ingredientes.

— ¿Qué vais a preparar? —preguntó la princesa.

— Una sopa muy especial —contestó mientras sacaba un pescado de la cesta y lo colocaba sobre una tabla de madera.

— ¿Pero qué lleva?

— Principalmente: barbo oloroso, queso de cabra y calabaza.

Siguió observando cómo, hábilmente, le quitaba las escamas al barbo y luego procedía a limpiarlo y filetearlo. La verdad es que el proceso de limpiar el pescado a Zelda le pareció bastante desagradable, pero Link parecía no tener ningún problema con aquello, parecía ya acostumbrado.

— De quien aprendí la receta echa el pescado tal cual al agua —dijo él con tono divertido mientras lavaba el pescado con agua—. Dad gracias que yo me moleste en limpiarlo.

Zelda soltó una risita. Era cierto que no le hubiese agradado mucho encontrarse el pescado entero, con cabeza incluida, en la sopa. Así que sí, se lo agradecía.

Ninguno de los dos dijo nada más. Link estaba muy concentrado en su trabajo y ella se limitó a observarlo. Le gustaba observarlo hacer cosas cuando estaban solos. Cuando había gente presente, él solía estar algo tenso, nervioso, cuidando sus palabras, sus movimientos y sus actos. En cambio, cuando estaban solos, parecía más relajado y se comportaba con ella de una forma más casual, más cercana. Lo único que parecía no cambiar era la forma en que se dirigía a ella, siempre de vos y con palabras formales. No es que le importara, era lo normal a la hora de dirigirse a alguien de la realeza, pero, al igual que se comportaba de otra manera al estar solos, también quería que la hablara con más familiaridad.

— ¿Puedo pediros algo, Link?

— Por supuesto —contestó él sin dejar de cortar la calabaza—. Podéis pedirme lo que queráis, Alteza.

— ¿Cuando estemos solos, podríais hablarme de manera casual?

— ¿A qué os referís?

— Me gustaría que me hablarais de la misma forma que habláis con vuestros amigos, de 'tú'.

Link, tras echar los trozos de calabaza al caldo, se acercó a ella mientras se limpiaba las manos con un trapo.

— ¿Quieres que te hable así? —preguntó él cambiando el registro con el que le hablaba.

Zelda afirmó con la cabeza asombrada por la rapidez y facilidad con la que él podía cambiar su manera de dirigirse a ella.

— De acuerdo —dijo mirándola fijamente—, pero con una condición.

— ¿Qué condición?

— Quiero que vos también me habléis de la misma forma.

— Pero yo nunca le he hablado a nadie de otra manera.

— Lo sé. Sé que desde pequeña os enseñaron a hablar de manera formal, y que incluso os dirigís al servicio de esa forma —Link apoyó los brazos sobre la mesa, poniendo su rostro a la misma altura del de ella—. No espero que lo hagáis de inmediato. Id pensándolo e id haciéndoos a la idea. Así, para cuando estemos casados, podréis dirigiros a mí de 'tú'.

Aunque no estaba muy segura, le pareció aceptable, tampoco es que pudiera negarse ante aquella sonrisa que él le mostraba. Afirmó con la cabeza. Link cogió su mano derecha con delicadeza, la acercó a sus labios y besó el dorso. En todo momento él había mantenido sus ojos sobre los de ella y una pequeña sonrisa en su boca.

— Entonces tenemos un trato —dijo él aún sosteniendo su mano.

Zelda tenía calor, mucho calor, sobretodo notaba su cara ardiendo, y su corazón latía muy deprisa. ¿Qué había pasado con el tímido y retraído Link de siempre? La princesa llevaba un tiempo percatándose de que el héroe se comportaba ante ella de forma más atrevida, pero no demasiado exagerada, desde el día que había aceptado casarse con ella, había momentos en que perdía su timidez de siempre. Aquel momento en el que se encontraba era uno de ellos. Link se incorporó y volvió junto a la olla, soltando una pequeña risa.

Tras una larga espera, por fin estaba lista la sopa. Frente a ella, Link había puesto un plato lleno de aquella sopa, que olía deliciosamente bien, una cuchara, un vaso de agua y algo de pan que quedaba. Él se sentó al otro lado de la mesa, frente a ella, observándola mientras comía, como esperando el veredicto. Zelda metió la cuchara en la sopa y, tras soplar para enfriarla un poco, la probó. Era un sabor al que no estaba acostumbrada. Ella solía comer platos más elaborados y refinados, y aquella sopa era totalmente diferente a cualquier otra cosa que había probado hasta el momento. Y estaba absolutamente deliciosa.

— Esto está delicioso, Link —dijo Zelda maravillada—. ¿Quién os ha enseñado hacer esta sopa?

— Es receta de Yeto —contestó él con una gran sonrisa.

— ¿El yeti que vive en el Pico Nevado?

Él afirmó con la cabeza. Zelda estaba impresionada. Quién iba a pensar que una criatura como aquella supiera cocinar algo tan rico.

La princesa se olvidó de los modales sobre la mesa que le habían enseñado desde niña, y de cualquier tipo de refinamiento, y devoró la comida que tenía delante, estaba hambrienta y aquello estaba delicioso. Escuchó la risa de Link. Lo miró avergonzada por su comportamiento, pero él simplemente le sonreía complacido. Supuso que, para él, ver a la princesa devorando sin ningún tipo de miramiento su comida era un cumplido, y no se equivocaba. Volvió a dirigir la vista al plato y siguió comiendo, esta vez con más tranquilidad.

— ¿Tienes pensado hacer algo esta tarde, princesa? —preguntó Link cuando a ella ya le quedaba poco para acabar.

— No, no lo había pensado todavía.

— Yo había pensado salir a cabalgar un rato. Epona necesita ejercicio y yo aire libre, y me preguntaba si querías acompañarme. A ti también te vendrá bien salir un poco de aquí.

Zelda sonrió. Se sentía feliz. No solo Link la estaba invitando a salir a cabalgar, también había comenzado a dirigirse a ella de forma coloquial inmediatamente.

— Me encantaría —dijo con una sonrisa. Pero entonces recordó algo—. Ahora recuerdo que no puedo montar mi caballo, hay que cambiarle las herraduras.

— No pasa nada, Epona puede llevarnos a los dos. No es la primera vez y tampoco iremos muy lejos.


Media hora más tarde, ambos se encontraban a lomos de Epona, saliendo por la puerta este de la Ciudadela. Zelda se había cambiado y llevaba ropas de montar, Link en cambio portaba sus ropas de héroe. Había colocado su espada y escudo colgados de la silla para que no molestaran a Zelda, quien iba sentada detrás suyo. Galoparon bordeando la zona norte, en dirección al Gran Puente de Eldin. Iban a gran velocidad y Zelda tenía que agarrarse con fuerza a Link para no caer. Pero era una sensación agradable, por una banda sentía la calidez que el héroe desprendía, y por otra el aire fresco meciendo sus cabellos.

Tras una intensa y larga cabalgata, llegaron al Gran Puente de Eldin, donde desmontaron. Link le dio una pequeña palmada a su yegua como señal para que campara a sus anchas, cosa que no tardó en hacer. Él y Zelda se sentaron en un borde junto al puente, mientras observaban en silencio a Epona pastar libremente.

Estaba todo tranquilo y solitario, salvo por algunos insectos que revoloteaban por ahí y uno pocos pájaros posados a varios metros de ellos. Zelda miró de reojo a Link, quien había echado la cabeza hacia atrás y tenía los ojos cerrados, disfrutando de la pequeña brisa que venía de cara. Se acercó más a él y apoyó la cabeza en su hombro.

— ¿Ocurre algo? —preguntó él mirándola.

La princesa negó con la cabeza.

— Solo tengo algo de frío.

Por supuesto, aquello era una excusa. El aire era fresco, pero Zelda no tenía frío. Simplemente quería estar más cerca de él.

Link pasó su brazo alrededor de ella y la acercó más a él.

— Está empezando a anochecer. ¿Quieres que volvamos?

Ella volvió a negar con la cabeza.

— Quedémonos unos minutos más —dijo acurrucándose más contra él.