Ni la historia ni los personajes son míos.

Gracias por vuestros maravillosos rewiews a: niki, Diyola, Lucyarg.

Katty, alimago, beakis, Natuchi23, supattinsondecullen, dolce bella, V, luciernagas, anybuff... os he echado de menos! os mando un saludito! xD

Respuestas: este fic tiene 13 capis

CAPÍTULO 8

Cuando Bella bajó, se había vuelto a poner sus pantalo nes de mezclilla y un precioso suéter color malva. Encontró a su esposo esperándola junto con su madre y la joven que había visto antes.

—Buenos días, Bella —le dijo Esme amablemente y, para su sorpresa, le estampó un beso en la mejilla—. Espero que hayas dor mido bien.

—Muy bien, gracias —respondió, tratando de esquivar los ojos burlones del hombre—. Hola, tú eres hermana de Edward, ¿verdad? —saludó Bella a Alice con un gesto cordial.

Alice pareció sorprenderse por la forma tan despreocupada en que se llevó a cabo la presentación, pero le ofreció su mano con gen tileza, mientras lanzaba una mirada intencionada a su hermano.

—Debí advertirte que Bella no está acostumbrada a nuestro estilo, un tanto anticuado.

—Eso quiere decir que además de los modales, hay muchas dife rencias entre vosotros.

— ¿Acaso mencioné alguna vez que había algo que nos separase? —contestó Edward, disgustado. Bella se volvió para comentar con su suegra:

—Esta mañana, su esposo me ha acompañado a tomar café. Espero no haberle hecho perder mucho tiempo.

—Pero querida, tomar café con una muchacha bonita, no significa perder el tiempo; por el contrario, estoy segura de que Carlisle ha dis frutado de tu compañía.

—Gracias, Esme, es usted muy amable.

—Sí, aquí todos son muy amables —dijo Edward, tomando a su esposa de la mano y empujándole hacia la puerta—. ¡Vámonos! Nos veremos más tarde. Adiós.

Bella no tuvo más remedio que obedecer, pero una vez afuera, protestó:

— ¡Deja ya de tratarme como si fuera una niña!

—Pues deja de portarte como si lo fueras —le respondió él con calma.

—No sé por qué lo dices. No he hecho nada fuera de lo normal.

—Me he dado cuenta de que siempre estás a la defensiva.

—Me parece que tú haces lo mismo. —Edward no respondió, pero su expresión parecía decirle que con aquella frase acababa de admitir su culpa.

—Está bien, pero la verdad es que tú no me facilitas las cosas.

— ¿Y acaso crees que tú me ayudas mucho? —le preguntó él con calma.

Llegaron a los corrales. Bella lo observaba todo con entu siasmo. Había tanto que aprender y hacer... Deseaba almacenar todo en su memoria para los días venideros, cuando su viaje se hubiera convertido en un recuerdo.

El mayoral salió a recibirlos. Su piel morena aparecía surcada por incontables arrugas. Sus ojos negros recorrieron la figura de Bella con admiración y la joven se preguntaba qué le estaría diciendo Edward para hacerle reír de aquella forma. Estaba segura de que tenía relación con ella, pero su marido decidió no incluirla en la conversación y ella se apartó resentida.

Indicó qué animal deseaba para Bella, y el caballerizo ensilló una yegua, mientras Edward aparejaba un enorme alazán. La yegua era pequeña, con una estrella en la frente. El alazán, fuerte y muscu loso, tenía en su piel el brillo extraordinario de la buena salud y el aten to cuidado.

Llevaron a los animales al patio y Edward ayudó a Bella a aco modarse en la silla. Después apareció con dos sombreros en la mano y en silencio le ofreció uno de ellos. Ella no creía necesitarlo, pero lo cogió sonriendo y se alejó, manejando al animal como una experta.

La yegua resultó ser muy dócil y pronto se lanzaron a todo galope. La pradera era muy extensa y cuando Edward picó espuelas, Bella apenas pudo conservar el paso. Él detuvo su cabalgadura para esperar a la joven y, cuando por fin le alcanzó, Bella estaba sudorosa y jadeante. Llevaba el sombrero sobre la espalda y Edward le indicó por señas que se lo pusiera. Como no le hizo caso, se le acercó y, con brusco ademán, le estiró el cabello, le colocó el sombrero y se lo ajustó con el fino cordón de seda. Bella bajó la cabeza porque no pudo sostenerle la mirada. Se volvió hacia el río que brillaba en la dis tancia.

— ¿Cuánto falta para llegar al río? —preguntó.

—Más o menos un kilómetro —respondió Edward, acercándosele con su cabalgadura—. ¿Estás muy cansada? ¿No sabías que las distan cias son engañosas en las sabanas?

—No, no lo sabía; podías habérmelo advertido.

—Eso no, porque me hubieras acusado de tratar de limitar tu iniciativa —contestó Edward a la defensiva.

—Te diviertes atormentándome —le contestó en tono acusador, consciente de la fatiga que la envolvía, después de la extenuante ca balgada. «He debido desayunar», pensó angustiada; una ola de náusea la envolvía.

—Creo que debemos descansar en cuanto lleguemos al río. Me pa rece que lo necesitas —le sugirió él con gentileza.

No le agradó mucho que le dijera que se fatigaba fácilmente, pero se alegró de que no siguieran a galope el resto del camino.

Edward desmontó muy cerca de un barranco y la joven se dio cuenta de que el río, al igual que todo el paisaje, resultaba engañoso para la vista. A distancia, se veía como una corriente mansa que se deslizaba a través de una planicie, pero en realidad corría al pie de un profundo cañón, áspero y escarpado, imposible de advertir desde la casa.

Bella descendió, con la ayuda de Edward, y se dedicó a admirar el abrupto paisaje, fascinada... Después comentó, moviendo las manos expresivamente:

—Esto es inmenso...

—Como todo lo que hay aquí.

—Tu madre me dijo que hay barcos de vapor.

—Así es, a la derecha está el muelle. Si quieres, podemos acer carnos un poco subiendo por esta colina —le explicó, mirándola con atención—. ¿Estás segura de que puedes hacerlo? Te veo muy pálida.

—No soy una inválida —replicó Bella, encogiéndose de hombros.

—Ya lo sé, pero tarde o temprano tendrás que aprender que aquí, lo mejor es cuidarse.

—No espero quedarme tanto tiempo como para aprender nada.

—Pues una cosa es lo que esperas y otra muy distinta lo que va a suceder.

—Dime, Edward, ¿qué fue lo que hablasteis tú y tía? —Él ató los caballos a un árbol y se le acercó para decirle:

—Deja eso en paz—y le ajustó la cinta del sombrero. La joven sintió el impulso de rechazar el contacto de sus manos en barbilla, pero se contuvo. De alguna manera tenía que convencerle de que sus intenciones respecto a la anulación del matrimonio eran firmes y no deseaba disgustarlo con brusquedades innecesarias.

—Yo..., la verdad es que no creo que tía te contase nada.

— ¿Ah, no?

—No.

—Eres muy ingenua, Bella —le dijo él con burla—. ¿Por qué habría de tratar de separarnos tía, si hizo todo lo posible por unirnos?

Edward sonrió y Bella se puso furiosa, pero no dijo nada. Aquel no era el mejor momento para discutir. Temía que él pudiera desapa recer con su caballo, dejándola sola en el paraje desolado. Recordó los amenazadores cuernos del ganado que había visto atravesando el camino y de manera automática se colocó más cerca de su marido.

—Subiremos por aquí —propuso Edward, señalando hacia un pro montorio rocoso— y así podremos llegar a caballo hasta el embarcadero.

—Como tú quieras.

—¿No te parece muy difícil?

—No, podemos intentarlo —respondió la joven con el alma en un hilo y, temerosa, le acompañó hasta la orilla del barranco.

Una vez allí, Bella se estremeció de miedo. Era un cantil ro coso. En algunos sitios estaba cubierto por vegetación, en otros, la superficie era rugosa y áspera, con picos de granito, que hacían más difícil el camino. Por fortuna, una pronunciada roca evitaba que pudiera mirar hacia el abismo.

—Dime, Edward, ¿aquí hay serpientes?

—Creo que lo mejor es que regresemos. Está resultando muy fatigoso. —Edward la miró resignado.

Bella se sentía muy mal. La columna vertebral le dolía inten samente y la idea de volver a la silla de montar le parecía aterradora. Las piernas le temblaban y tenía un deseo muy grande de sentarse a descansar un momento. Sin embargo, respondió decidida:

—No, te aseguro que estoy bien.

No resultó tan difícil como esperaba. Había bastante vegetación y se podía asir a las ramas con facilidad. Le produjo gran regocijo encontrar grupos de margaritas silvestres entre losretorcidos troncos y lianas anudadas que, como un manto, cubrían grandes trechos del es carpado terreno. Todo esto, alejaba sus pensamientos de los peligros que podían acecharla.

Bella se quedó petrificada al ver un animal parecido a un lobo medio oculto entre los breñales, y cuando el cuadrúpedo inició su camino tranquilamente, Edward le explicó que se trataba de un inofen sivo tapir. A medida que avanzaban, la joven apenas podía mantener el equilibrio, porque las botas de montar no eran las apropiadas para aquel tipo de descenso.

Bella se detuvo para admirar unas hermosas flores rojas y en aquel momento Edward dio un salto para llegar al punto más bajo del barranco. La joven se alarmó al quedarse de pronto sin el apoyo de su hombro.

—Salta —le dijo él, extendiendo sus brazos para recibirla, pero Bella no se decidía.

—No, no puedo...

— ¡Claro que puedes! ¿Por qué sientes temor? Estamos todavía muy lejos del río.

—Es que no puedo.

—Tienes que hacerlo, porque de lo contrario te dejaré sola.

—No te atreverías.

—Tienes razón ,no me atrevería, pero tienes que saltar o subiré a por ti —le dijo Edward, tratando de convencerla.

Bella se mordió los labios y estaba a punto de seguir las instrucciones de su marido, cuando escuchó un ruido insólito, al mismo tiempo que percibía un movimiento ondulante entre la hierba. ¡Una serpiente!

Lanzando un grito, se lanzó directamente sobre Edward, quien al caer, quedó tendido sobre el duro suelo de granito, soportando el peso del cuerpo de Bella.

La joven quedó horrorizada, más preocupada por lo que le había hecho a él, que por la repulsión que le producía la presencia del reptil. Edward yacía con los ojos cerrados y Bella, luchando contra el pánico, intentó reanimarle, pero se tranquilizó al sentir que Edward la abrazaba con ternura.

— ¿Estás bien? —preguntó, trémula.

—Sí, de milagro. No puedo comprender por qué lo has hecho.

—Ya sabes que siempre hago lo inesperado —le dijo Bella con voz ahogada por la risa.

A Edward no le hizo ninguna gracia y exclamó

— ¡Pues me parece una estupidez!

La sonrisa de Bella se disipó. . .

—Lo siento —dijo, bajando los ojos—. Debí de imaginar que no te iba a hacer gracia. No tienes sentido del humor.

— ¿Sentido del humor? ¿Te das cuenta de que por poco me rompo la espalda?

—Por fortuna no ha habido mayores consecuencias. —Haciendo un gran esfuerzo, trató de incorporarse, pero las manos de Edward seguían aferradas a su cintura—. ¿Puedo levantarme ahora?

La boca de Edward se curvó en una sonrisa maliciosa y sus ojos se clavaron en la franja de piel, aterciopelada y húmeda, que el suéter había dejado al descubierto al separarse de los pantalones. De inme diato Bella trató de cubrirse, pero no lo logró, porque las manos de Edward ascendieron hasta sus hombros y con fuerza la atrajeron hacia él.

Quedaron muy cerca, y ella se resistía a acortar la breve distancia que los separaba.

— ¿Querías saber lo que me dijo tía? —le preguntó Edward con voz suave y persuasiva.

Bella se revolvió inútilmente, pues con ello no enfriaba los ím petus de Edward, sino todo lo contrario. El cuerpo masculino le tras mitió su calor y la joven descubrió que le resultaba muy agradable aquella sensación de debilidad letárgica que iba destruyendo las ba rreras que siempre la habían alejado de la intimidad amorosa.

—Creo... que debemos irnos ahora... —murmuró con un suspiro, pero él no pareció haberla escuchado.

—Tía me informó que tenías un amigo... un amigo llamado Jake.

— ¿Cómo se atrevió? No tenía ningún derecho.

— ¡Contéstame! —exclamó él, tajante— Eres mi esposa y el adulterio es un pecado.

—La verdad, Edward, tú no sabes nada de mí.

—Me parece que ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. —La cogió por la nuca, obligándola a colocar el rostro junto al suyo—. ¿Por qué debo tenerte consideraciones, si tú no tienes ninguna conmigo?

— ¡Me dijiste que no me querías! —protestó la joven, temblando, mientras sentía el calor de los labios masculinos recorriéndole las me jillas.

—No, no fue así, Bella. Yo te dije que no quería hacerte el amor, al menos en aquel momento, pero ahora sí quiero —exclamó Edward volviéndose rápidamente, de manera que ahora Bella quedó tendida en el suelo, prisionera de sus brazos.

Con una mano, él le sujetó la barbilla para que no esquivara sus besos, cosa que en realidad la joven no intentaba hacer. Los labios de Edward eran ardientes e insaciables, y en aquel momento Bella se olvidó de todos sus agravios, porque lo único que deseaba era prolongar aquella deliciosa sensación, que se extendía por todo su cuerpo. Los labios masculinos exploraban los suyos casi con violencia y ella comenzó a responder con igual fervor. Su sexualidad se había despertado, y experimentaba extraños impulsos al contacto de aquellos labios, de aquellas manos, y sobre todo, de aquel cuerpo masculino, vigoroso y sensual.

De manera casi involuntaria, Bella le rodeó la cintura y con deleite palpó la piel morena que la desordenada camisa dejaba al descubierto. La fuerza de sus emociones la asombraba, pero cuando Edward apartó sus labios para quitarle de la cara un húmedo mechón, sintió que la envolvía un punzante sentimiento de frustración.

— ¡Vaya, vaya! Ya no eres aquella muchachita tímida y asustada. Me pregunto quién te habrá enseñado esto antes que yo.

—Nadie me ha enseñado —protestó, deteniéndose al darse cuenta de que no iba a creerle. Tal vez la mejor manera de convencerle fuese dejándole que lo averiguara por sí mismo.

Poco tiempo después, en la soledad de su dormitorio, cuando Bella repasaba los acontecimientos, se preguntaba si en realidad le hubiese permitido que le hiciera el amor a la orilla del río. Pensó que hubiera sido humillante para ella tener su primera experiencia con un hombre en un lugar público, aunque los únicos que podían haberlos visto eran viajeros, que, desde luego, no les hubieran reconocido. Pero más humillante aún le pareció el momento en que Edward se incorporó, indicándole así que la rechazaba abiertamente.

Una vez de pie, se metió la camisa dentro de los pantalones y se inclinó a recoger el sombrero con movimientos lentos, como si le estuviera dando tiempo para que se levantara, pero la joven se sentía tan débil, que temía no poder hacerlo.

Al fin se sentó haciendo un esfuerzo. Edward se volvió y, con voz impaciente, le dijo:

— ¿Te sientes bien?

Ella le contestó afirmativamente y comenzó a buscar su sombrero.

—Está allá arriba —observó Edward con disgusto, señalando hacia el borde rocoso, desde donde habían saltado.

— ¿Puedes traérmelo? —inquirió Bella y Edward la miró con extrañeza.

—Me imagino que tendré que hacerlo porque si subes tú, eres capaz de lanzarte de nuevo para caerme encima.

—No lo he hecho deliberadamente, y aunque no lo creas, allí arriba hay una serpiente. —Al percibir su mirada de escepticismo, añadió—: Me imagino que piensas que me he lanzado para caer en tus brazos.

—No sería extraño, porque hace unos momentos no estabas preci samente muy indignada cuando te besaba. Pero vamos a ver, ¿dónde está ese peligroso reptil?

—Allá arriba —declaró ella, resentida.

Edward dejó caer su sombrero y se dispuso a trepar por la escarpada pendiente.

—Ten cuidado, Edward, puedes encontrarte con la serpiente.

—Me imagino que lo que en realidad te preocupa es que me quede muerto aquí arriba, y tú perdida, sin saber cómo volver a la casa. Mira, si yo llego a morir envenenado por la picadura de una ser piente, te sería mucho más fácil tomar el camino del embarcadero que trepar hasta aquí y pasar sobre mi cadáver.

— ¡Cállate, por favor! —Exclamó, colocándose las manos sobre las orejas—. Eres tan sarcástico que ni siquiera se te ocurre que pudiera estar diciendo la verdad. Te juro que arriba hay una serpiente.

—Bueno, en ese caso, ya no tendrías que preocuparte por ella.

— ¿Qué quieres decir?

—Como soy tan perverso, seguramente el animalito se paralizaría si se atreviera a atacarme.

Bella se quedó como hipnotizada, dándose cuenta de que Edward no llevaba nada para defenderse. De pronto, vio que su som brero volaba hacia ella, pero no podía ver a Edward. Deseaba pre guntarle a gritos si estaba bien, pero decidió permanecer callada para no distraerle.

Luego, cuando ya estaba empezando a tranquilizarse, escuchó el graznido de un ave, el sonido de una rama seca al romperse y un ruido sibilante y agudo... ¡la serpiente!

— ¡Edward! —gritó Bella casi involuntariamente, y sin pensar en lo que hacía, ni en el peligro que podía correr, empezó a trepar, asiéndose desesperadamente a un tronco seco, en el momento mismo que aparecía la cabeza de él—. ¡Edward! ¿Qué estás haciendo? —le preguntó con voz ahogada, al mismo tiempo que levantaba la vista. Advirtió que, en la mano izquierda, Edward traía colgando algo que parecía una soga, y en la derecha, un cuchillo de campo.

Hola chicas. Casi no puedo actualizar hoy, pero a escondidas he cogido el portatil para mandaros este capi... así que no me iré por las ramas... intentad dejarme un rewiew con vuestra opinión sobre el capi ya que en el anterior me mandasteis muy pokitos :(

un beso de Tricia.