Disclaimer: No soy J.K, por lo que nada de esto me pertenece.
Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black
Testigo
Capítulo 7
Lo impensable
Ese domingo, Londres amaneció cubierto de una espesa capa de nieve. Cuando Tracey abrió las cortinas de su cuarto, se encontró con el panorama de toda la ciudad blanca y una sonrisa le iluminó la cara.
Siempre le habían gustado muchísimo las nevadas.
Entró a la sala silbando una tonadilla tonta. Finnigan se desperezó en el sofá mientras ella abría las cortinas para dejar entrar la luz del día.
—Te noto contenta, Davis —le dijo sin levantarse. Le habían pasado una frazada a cuadros para que pasara la noche.
—Es que nevó —respondió ella dejándose caer sobre el sillón—. Me encanta la nieve.
—¿Por qué? Es sólo agua congelada —Finnigan se incorporó en el sofá poniéndose las manos en la nuca—. Y hace frío. No le veo la gracia.
—Es divertido. ¿Nunca hiciste muñecos de nieve?
—Dime que es una broma. ¿Muñecos de nieve? Vamos, pensé que eras más… madura.
Tracey le lanzó un cojín a la cabeza, con puntería certera.
—Deja vivir a tu niño interno no tiene nada de malo, Finnigan —declaró cruzándose de brazos—. Pero allá tú, yo quiero salir a pasarlo bien un rato. Tú tienes todo el derecho del mundo a quedarte aquí muerto de aburrimiento.
—Davis, no puedes salir sola —la voz de Finnigan se puso súbitamente seria—. Si yo no voy, tú tampoco puedes ir.
—Claro que puedo ir. Ya he demostrado perfectamente que puedo defenderme sola —intentó protestar Tracey, mirando por la ventana.
Justo en ese momento, una lechuza golpeó la ventana del departamento con una pata. La joven se levantó inmediatamente para abrir la ventana y dejarla entrar. A veces pensaba que era inhumano obligar a los animales a entregar cartas con esos climas. Alzó las cejas al ver que lo que el ave tenía atado a la pata era un ejemplar del Profeta.
—Yo no estoy suscrita y estoy muy segura de que Emma tampoco lo está —dijo arrugando la frente, lo que le daba un aire similar a su padre.
—Es mío.
Finnigan se había levantado del sofá y estaba junto a ella. Le quitó el periódico de las manos y volvió a sentarse sobre la frazada extendiendo las hojas.
—¿Tuyo? ¿Estás suscrito al Profeta? Pensé que era un montón de mierda sensacionalista —preguntó, burlona, alzando una ceja.
—Sí, pero al menos sirve para saber de dónde sopla el viento —replicó él sin levantar la vista de las fotos que se movían y de las noticias.
—¿Para guarecerte? —volvió a preguntar ella sentándose en el sillón frente a él.
—Para saber de dónde viene —repitió él.
Tracey se hundió en el sillón con el ceño fruncido. De un modo u otro se las arreglaría para salir. No podía perderse un día de nieve como ése. Era simplemente glorioso. Desde la ventana se podían ver a grupos de familias que habían salido a disfrutar de la nieve. No era una vista tan común en Londres como para desaprovecharla.
Aunque claro, ninguno de ellos corría peligro de que unos tipos salieran de la nada y los atacaran por sorpresa.
Pero a Tracey eso le daba igual. Lo que ella quería era disfrutar de la nieve, aunque tuviera que arrastrar a Finnigan fuera de la casa.
—¿Un café? —le ofreció levantándose del silloncito.
—Bueno.
—¿Azúcar?
—Cuatro cucharadas, por favor.
—¿¡Te quieres provocar diabetes!? —preguntó ella, sorprendida. Finnigan la miró desde el sofá y sólo le sonrió. Tracey suspiró y se dirigió a la cocina.
Volvió unos minutos después con dos tazas de café humeantes y aromáticas. Desde que ella podía recordar, el olor del café le encantaba. Su papá no le permitía tomarlo —aparentemente, era malo para su crecimiento—, pero mientras tomaba desayuno con él, Tracey aspiraba el aroma de la bebida con fruición.
Ahora que era mayor y podía beber cuanto café quisiera, aún encontraba el placer de oler la bebida antes de beberla. Mientras esperaba que la temperatura de la taza bajara para poder beberla, la joven miraba atentamente a Finnigan, que leía el diario con atención. Sólo había levantado la cabeza para aceptar la taza de café. La expresión de su rostro estaba muy lejos de ser tranquilizadora.
—¿Algo interesante? —preguntó, un tanto aburrida del silencio que reinaba en su sala.
Finnigan levantó la vista y dejó el periódico a un lado con una mueca que ella no supo interpretar.
—Hubo disturbios en el barrio mágico de Dublín —dijo finalmente. Parecía muy cansado, aunque acababa de levantarse—. Cuatro muertos.
—Por Merlín, ¿alguien… alguien de tu familia? —Tracey no sabía muy bien cómo preguntar eso. De hecho, no sabía si Finnigan tenía familia. O sea, suponía que tenía un padre y una madre (tenía que venir de algún lado), pero no le había preguntado si tenía hermanos o no.
—No, por suerte. Parece que mi primo Fergus salió herido, pero no de gravedad. Mi mamá y el resto de mi familia están bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Me enviaron una lechuza anoche —Finnigan se encogió de hombros y le dio un sorbo a su café—. ¡Mierda! ¡Está hirviendo!
Tracey no pudo evitar soltar una risita. La expresión en el rostro del Auror había sido particularmente divertida. Al verla reírse, el joven alzó una ceja, como preguntándole si de verdad pensaba que eso era gracioso.
—No me mires así, fue divertido.
—Para ti —masculló él mirando con desconfianza su taza que había dejado sobre la mesita del café.
Ninguno de los dos dijo nada por unos minutos. Finnigan apartó el periódico, que una vez más mostraba al tal Victor Leavitt en la portada. A Tracey cada día le caía peor ese tipo. Con todo lo que el Ministerio tenía encima y el muy estúpido se dedicaba a joderles el trabajo y a criticarlo. En esos momentos, lo último que el Ministerio necesitaba era que uno de sus trabajadores se dedicara a tirar mierda.
—¿Sabes? Hoy no quiero pensar en… lo que sea que esté pasando —dijo Tracey con un suspiro—. Quiero olvidarme de que pareciera que todo el mundo se ha vuelto loco. Por un día, hacer como que nada de eso existe.
Finnigan se recostó en el sofá y sonrió.
—Yo también. ¿Alguna sugerencia?
Esta vez fue el turno de Tracey de sonreír.
-o-
—No puedo creer que me hayas convencido —dijo Finnigan con las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos de su parka. Tracey se encogió de hombros y se inclinó sobre el pasto cubierto de nieve. Antes de que Seamus pudiera reaccionar, la chica le plantó una bola de nieve en plena cara.
—¿Dónde quedaron esos reflejos de Auror ahora? —lo desafío antes de salir corriendo para alejarse de cualquier represalia por parte del joven.
Finnigan sólo se quedó patidifuso por unos momentos, porque inmediatamente salió disparado detrás de la chica. Con un movimiento experto —aprendido de sus primos paternos, cuando le habían enseñado a jugar rugby—, la botó al suelo.
—¡Joder, Finnigan! No era necesario ser tan… —Tracey no terminó de quejarse. De pronto era consciente de lo cerca que tenía al joven, que había caído encima suyo, pero había evitado aplastarla. Casi podía contar las pecas que tenía en la punta de la nariz. Y podía ver que él la estaba mirando con una expresión igual de rara a la que seguramente ella ostentaba en esos momentos.
—Yo… este… lo siento —masculló él y se apartó de encima de ella con un ágil movimiento. Le tendió una mano a la joven y la ayudó a levantarse—. Quizás fui un poco brusco.
—Sí, quizás —dijo ella y se mordió el labio. ¿Qué demonios le estaba pasando? Intentó buscar algo que sirviera para cambiar el tema. O el no-tema. O lo que fuera—. ¿Por qué no hacemos un muñeco de nieve?
—¿Un muñeco de nieve? —La voz del Auror sonaba bastante incrédula.
—Sí, claro. Mi hermana y yo los hacíamos siempre que nevaba en casa. Lástima que no tengamos una bufanda de Slytherin para ponerle —dijo la chica sintiendo que ahora se paraba en terreno conocido.
—¿Una bufanda de Slytherin? ¿Y por qué querría el muñeco tener algo así de feo?
—¿Dices que sería mejor una de Gryffindor?
—Por supuesto. Rojo y dorado son más bonitos que verde y plata —dijo él con una sonrisita de superioridad. Tracey no pudo evitar reírse.
—Ya, ya. Lo que digas. Pero no tenemos ninguna de las dos y si no nos apuramos en hacer el muñeco, toda esta nieve se va a derretir.
—No nos vamos a tardar tanto, ¿o sí?
Tracey no le contestó, pero se arrodilló en el suelo para empezar a juntar nieve. Pronto el cuerpo del muñeco, una bola grande, estuvo junto y Tracey procedió a buscar piedrecitas para hacerle los botones del abrigo. Aunque en un principio Finnigan no parecía estar dispuesto a condescender a una actividad tan infantil como esa, pero luego se unió a la joven para hacer el resto del cuerpo y la cabeza.
Para finalizar, revisó que no hubiera muggles en las cercanías e hizo aparecer una corbata de pajarita y un sombrero de copa, que le puso al muñeco con mucha ceremonia. Cuando miró a la chica a su lado, vio que se estaba riendo bastante divertida.
—Vaya, te lo has tomado en serio, Finnigan —comentó al ver que él la estaba mirando. Él se limitó a coger una bola de nieve del suelo y lanzársela en la cara. Tracey no se lo esperaba y la bola la golpeó en la frente—. Ya verás, ¡traidor! —exclamó cuando se hubo limpiado la nieve del rostro, echando a correr tras él, que no había perdido ni un momento en alejarse de ella.
En cosa de instantes, los dos se vieron enfrascados en una guerra de nieve. Varias personas que paseaban por ahí no pudieron evitar muecas al ver a dos jóvenes adultos corriendo cual niños por el parque y soltando carcajadas estruendosas. Ninguno de los dos les hizo caso.
—Merlín, no recuerdo cuándo fue la última vez que me divertí tanto —dijo Tracey con el aliento entrecortado cuando los dos dejaron de tirarse bolas de nieve y se sentaron en una banquita.
—¿En serio? Ya decía yo que eras una de las serias —replicó Finnigan, que había apoyado los brazos a todo lo largos que eran en el respaldo de la banca. Tracey le sacó la lengua—. Pero vale, sí fue divertido. Especialmente cuando esa bola te llegó en la cara.
—Ja, ja, ja —replicó la chica dándole un empujoncito—. Fue aún mejor cuando te caíste sentado en esa poza de agua.
—Ciertamente, el sentido del humor no es algo compartido.
La joven se levantó del asiento y le indicó al chico que la imitara.
—Ven, tenemos que secarnos. ¿Te apetece chocolate caliente? —Ante la mirada divertida del joven se vio obligada a añadir—: Es algo que mi padre solía hacer los días de nieve. Cuando Sue y yo llegábamos a casa después de jugar afuera todo el día, nos daba chocolate con malvaviscos.
—Suena bien.
Los dos se encaminaron al edificio de la chica, con las manos metidas en los bolsillos para mantener el calor. Ninguno de ellos dijo nada en el camino, aunque no dejaban de lanzarse miradas de reojo. Tracey no podía dejar de pensar en que la nariz enrojecida por el frío de Finnigan tenía un algo de encantador.
Al entrar al departamento, se encontraron con Emma —que había estado profundamente dormida cuando ellos salieron, agotada después de un turno de noche en San Mungo— corriendo por todos lados, buscando algo. Estaba evidentemente alterada. Y había estado llorando.
—¿Qué pasa? —preguntó Tracey mientras se quitaba la chaqueta, el gorro de lana, los guantes y la bufanda. Emma parecía haber estado llorando—. ¿Emma? ¿Está todo bien? —insistió al ver que su amiga no respondía, sino que seguía moviéndose nerviosamente por todos lados.
Emma la miró y tragó saliva. Parecía que las palabras luchaban por salir de su boca, como si ella misma no terminara de creerlas.
—Atacaron Hogwarts.
-o-
Tracey no podía moverse. Las palabras la congelaron en su sitio y sólo con la ayuda de Finnigan pudo sentarse en el sofá. Emma había sido llamada de emergencia, pero les contó lo que sabía rápidamente.
Al parecer, un grupo de los tipos de las túnicas negras habían irrumpido en Hogwarts durante el almuerzo y habían empezado a lanzar hechizos a diestra y siniestra. Los profesores y los Aurores asignados para proteger el castillo habían intentado contenerlos, pero sus fuerzas parecían insuficientes y eran superados en número. Hasta donde Emma sabía, dos alumnos habían muerto. Niños de primer año que no habían alcanzado a escapar los hechizos. Aunque podían ser más. Los informes que llegaban del colegio a cada momento eran angustiantes. Un montón de padre se habían instalado ya en Hogsmeade esperando noticias de sus hijos.
Tracey podía sentir como sus fuerzas la abandonaban. Ella se había pasado todo el día jugueteando en el parque, mientras esos niños eran atacados. Y ellos eran… niños. Sólo eso. No tenían la culpa de la guerra de los adultos o de lo que fuera por lo que los de las capas acusaban al Ministerio.
Ellos eran niños.
Podía imaginarse perfectamente su miedo, su impotencia. Ella se había sentido así más de una vez en su último año. Pero en ese entonces, ella algo entendía. Ahora ella no entendía nada de lo que pasaba y estaba convencida de que muchos de esos niños tampoco.
Un espasmo la sacudió de arriba abajo y empezó a llorar sin control mientras Emma salía del departamento intentando contener las lágrimas. Eran niños. Inocentes. No… nadie podía hacerles eso a unos niños. Ellos no habían hecho nada. Era como un mal sueño, del que parecía no ser capaz de despertar por más que lo intentaba. Merlín, era horrible.
Nunca se hubiera imaginado que algo tan espantoso pudiera pasar.
—Todo estará bien. —Finnigan la abrazó por los hombros y le acarició el brazo con suavidad—. Tranquila, todo estará bien.
Tracey quería creerle. Quería pensar que todo estaría bien para ella y para esos niños. Que todo era una pesadilla de la que se libraría pronto.
Pero no podía creer eso. Si esos hijos de puta eran capaces de meterse en Hogwarts y asesinar a niños indefensos, eran capaces de cualquier cosa. Y ella tenía miedo. Miedo de lo que iba a pasar a continuación. Miedo por no saberlo.
—Eran niños —musitó con un hilo de voz—. No le hicieron nada a nadie…
Levantó la vista para mirar a Finnigan y pudo ver que él también estaba llorando. Se estaba mordiendo el labio para no hacerlo, pero las lágrimas habían dejado surcos en su cara.
De alguna forma, eso hizo que todo fuera más real.
—¿Qué va a pasar ahora?
—No lo sé —susurró él y la estrechó con aún más fuerza.
Tracey apoyó la cabeza en el pecho del joven. No quería moverse de ahí, no quería enfrentar al mundo horrendo que la rodeaba.
¡Yay! Tracey y Seamus se acercaron un poco. Me lo he pasado my bien escribiendo cómo jugaban en el parque y muy escribiendo lo que pasó en Hogwarts. Pero tenía que dejar muy en claro que lo que se está jugando es cosa seria.
¡Saludos y hasta el próximo capítulo!
Muselina
