VIII


Día 25. 10:21 am.

–No, no y... ¡No! –se exasperó por enésima vez en esa la mañana.

¡Una hora! Una maldita hora llevaba tratando de hacerle entender a la señorita Berry como debía sentarse correctamente a la mesa en un evento importante. Toda la semana había intentado enseñarle lo mismo, fue por eso que esa mañana de viernes le había dicho a su padre que no asistiría a la financiera porque tenía cosas más importantes de las cuales ocuparse, e incluso le había pedido ayuda a su madre. Entonces, aprovechando que Beth estaba en el colegio y que la niñera no tenía nada que hacer, se dispuso a examinar a la señorita Berry para cerciorarse que realmente iba a saber comportarse en la cena benéfica de esa misma noche.

Cuando se ofreció el lunes por la tarde a ayudarla, no pensó que esa tarea se volvería en la más complicada de llevar a cabo. La señorita Berry no solo era insubordinada, sino que era díscola, impulsiva, indócil, belicosa, contestataria, sarcástica, maleducada como siempre y si a eso se le sumaba el mal humor que venía arrastrando desde que vio a la niñera hablando misteriosamente con Santana, entonces no había ninguna posibilidad de que encontrara algo bueno en la chica.

¿Por qué hablaban con tanta confianza? Se conocían hacía nueve días. ¡Nueve días! ¿Cómo podían hablar con tanta confianza, como si se conocieran de toda la vida, cuando en realidad solamente habían compartido nueve días? ¡Nueve malditos días! Siempre que su amiga venía a verla se perdía de su radar para poder hablar con la morena, ¿Qué tanto tenían que hablar?

«Santana no pierde tiempo… y la señorita Berry tampoco» pensó con molestia.

No estaba segura de lo que habían hablado. De hecho, muy en contra de sus principios, se maldijo a si misma al no haber podido escuchar la conversación que su mejor amiga y la niñera tuvieron a espaldas de ella. Lo que sí pudo notar fue que Santana parecía demasiado atenta a cada cosa que la morena frente a ella decía. Y Santana jamás prestaba atención a nada ni a nadie, lo que significaba que posiblemente la morena no sería cosa de una noche, sino algo un poco más serio que eso.

Llegar a esa conclusión le hizo sentir un fuerte dolor de estómago al cual no le encontró explicación alguna, así que simplemente se dijo así misma que dicho dolor se debía a algo que había desayunado por la mañana antes de empezar con una nueva clase de etiqueta para la señorita Berry.

Una fallida clase de etiqueta.

Aunque tenía que admitir que la morena había logrado caminar de punta a punta toda la sala sin tropezarse y con bastante elegancia, aunque le costara remarcar tal cosa. También había sabido entablar una conversación bastante educada y cordial con Judy, aunque con algunos toques de ironía e irreverencia propios de ella. Al parecer, su madre encontraba esto último algo divertido a juzgar por la risa cantarina que dejó escapar por lo bajo. Por otro lado, aún tenían que trabajar en el tono de voz elevado que la niñera de Beth empleaba habitualmente y que siempre parecía tener ese tinte provocador e insolente con un poco de soberbia.

–Señorita Berry, debe sentarse erguida –señaló pasándose una mano por su rostro, absteniéndose de tomarse el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar. –Y no cargue tanto su tenedor. Coma simplemente tres bocados pausados, deje pasar unos minutos largos en los cuales entablará conversación con alguno de los invitados y luego vuelva a comer de nuevo otros tres bocados pausados.

–¡Pero me muero de hambre! –protestó la señorita Berry con actitud infantil. –No es justo. Señora Fabray,...

–¡Soy señorita!

–No hablaba con usted, hablaba con su madre –replicó la morena mirando a Quinn que apretó la mandíbula al percatarse de su error. –Señora Judy, ¿Es necesario todo esto? Sé comportarme correctamente. Mis padres me enseñaron a ser educada en...

–No se nota –susurró Quinn por lo bajo sin darse cuenta de la mirada fría que le lanzaba la señorita Berry. –¿Por qué no me dijo eso el lunes? De esa forma no me haría perder mi valioso tiempo.

–Como decía... Mis padres me enseñaron a comportarme correctamente en eventos sociales –continuó la morena mirando a Judy que asentía con la cabeza. –Créame, no hay nada de qué preocuparse. Me comportaré bien y comeré los estúpidos tres bocados de comida, dejare pasar una hora y volveré a comer otros tres bocados más aunque después en mi estómago comience a sonar algo parecido a las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

–¡Ja! Habló de Vivaldi y no se cayó el cielo. ¡Qué milagro! –ironizó Quinn ganándose una mirada por parte de su madre y los ojos en blanco por parte de la niñera de su hija. –Ya, ya. Puede irse, señorita Berry. Pero permítame decirle que si me pone en vergüenza, tanto a mí como a mi familia, la pondré de patitas en la calle sin importarme nada. ¿Está claro?

«No, esa mirada fría no funcionara esta vez» afirmó en su cabeza sosteniéndole la mirada a la señorita Berry.

Estaba molesta, muy molesta, ¡Tenía derecho a estarlo! Su niñera y su mejor amiga coqueteaban en sus narices y ella no podía hacer nada para detener tal cosa. Y lo peor de todo era que no sabía porque sentía su estómago estrujarse cuando veía tal escena. Era dos mujeres libres que podían hacer lo que querían, cuando querían y como querían.

«Solo que no enfrente de mi» determinó.

–Claro como el agua –respondió la morena sonriéndole con soberbia antes de acercarse a Judy a quien le regaló un beso en la mejilla. –Nos vemos luego, señora Fabray... Y sigo sin hablarle a usted. Le hablo a su madre.

Apretó los puños con fuerzas para no lanzarle a la morena el libro que tenía en la mano, aun así no pudo controlar el golpe seco que dio con su tacón en el suelo. ¿Tan difícil de entender era que no quería hacer el ridículo en la cena benéfica por culpa de su niñera? ¿Tan malo era querer educar a una mujer que dejaba bastante en evidencia que carecía de educación? ¡Quiera hacer su obra buena del día y Berry no la ayudaba! Para colmo, su madre parecía encontrar divertida toda esa escena dado que no dejó de sonreír o reír desde que comenzó con ese estúpido experimento.

–Seguramente si estaba en la oficina, iba a ser un día más productivo –murmuró tirándose en el sofá más cercano. Cerró los ojos y resopló al darse cuenta que ni siquiera era el mediodía. –Repíteme por hago esto, mamá.

–Lo haría si lo supiera, pero lo cierto es que no sé porque lo haces –respondió su madre con cierto tono divertido en la voz. –Quinnie...

–No me llames «Quinnie» mientras la señorita Berry anda por ahí. Podría escucharte –señaló mirando hacia todos lados como si su madre hubiese contado un secreto que no tendría por qué ser descubierto. –Lo último que necesito es que junte más arsenal y me gane otra batalla.

–Quinnie... –repitió Judy con énfasis. –Relájate. Rachel no es un ogro. Es una chica agradable. ¿Qué es lo que tienes contra ella?

¡No tenía nada en contra de esa morena insoportable! Bueno, aunque si la sacaba tanto de quicio entonces algo tenía que tener. Sacudió la cabeza al darse cuenta que otra vez iba a enfrascarse en un bucle de pensamientos respecto a la niñera de su hija, y no era eso lo que quería. Por al menos un día no quería pensar en la señorita Berry ni en la forma en la cual la sacaba de quicio. Tampoco quería pensar en la señorita Berry coqueteando con Santana, en el hijo pequeño de la primera nombrada, Puckerman preguntando por la chica, o en Samuel siguiéndola y obsequiándole sonrisas tímidas. En serio, ¿Qué tenía esa morena que todos estaban obnubilados por ella? ¡Era una simple mujer maleducada y corriente!

Por suerte, la intromisión de Julia, el ama de llaves, a la sala fue de gran ayuda.

–Es Shelby. Quería hablar con la niña Beth pero como le dije que estaba en el colegio, pidió hablar con usted, señorita Quinn –indicó la mujer tendiéndole el teléfono.

Se levantó rápidamente del sofá para contestar la llamada. Tenía tantas cosas que hablar con Shelby y tenía tantas cosas para escuchar por parte de la mujer. No había querido llamarla desde que la niñera de su hija se había ido porque quería darle libertad y espacio a la mujer. Además, llamarla horas después de su partida le parecía algo fuera de lugar y patético. ¿Menos de un día y ya la llamaba para que le solucionara la vida? ¡De ninguna manera! Ella era una mujer fuerte que iba a soportar esos noventa días con una hija adolescente en plena etapa de rebeldía y bipolaridad, y también con una niñera completamente maleducada y soberbia.

– ¡Shelby! ¡Shelby, Shelby! Oh, por dios... ¡Shelby! –soltó completamente emocionada con el teléfono pegado a su oído una vez que se encerró en el despacho de su padre. –Shelby...

–Así me llamo, señorita Quinn –afirmó la niñera de su hija con un tono gracioso en la voz. –No está bueno asumir nada si no se está seguro de tal cosa pero, dado que dijo mi nombre muchas veces, asumo que me extraña.

–No sabes cuánto pero entiendo que tengas que tomarte este tiempo.

– ¿Quiere contarme lo que pasa, señorita Quinn? –preguntó la mujer del otro lado. Tan amable y servicial como siempre.

«¿Por dónde empezar?» pensó.

Quizás podía empezar por no hablar de ella, no ser tan egocéntrica o egoísta, así que decidió que lo mejor era empezar por lo que más las unía a ellas: Beth.

–Shelby, siéntate –ordenó apoyando los codos sobre el escritorio y la cabeza en una mano. Esperó la respuesta de la mujer del otro lado y soltó sin anestesia: –Beth tuvo su primer periodo menstrual el lunes –escuchó un golpe seco del otro lado de la línea y pensó qué quizás la antigua niñera de su hija se había desmayado. –Shelby, ¿Sigues ahí? ¿Estás bien?

– ¡Oh, por dios! –fue la respuesta de la mujer. No lo sorprendió para nada escuchar algo parecido a un sollozo. –Mi niña… ¿Cómo es posible que…? ¿En qué momento…? ¡Oh, por dios! Mi niña…

Dejó que Shelby expresara su emoción escuchando más «Oh, por dios» y «Mi niña» por parte de la mujer. Con Shelby no tenía que ocultar ninguna sonrisa, por lo que se permitió sonreír entre divertida, tierna y emocionada. Sabía que la mujer amaba a Beth tanto como ella lo hacía, incluso Shelby estaba expresando las mismas cosas que ella había sentido al pasar por esa experiencia con su hija.

– ¿Ella está bien, señorita Quinn? ¿Fue…? ¿Fue una…? No digo agradable pero… ¿Fue una experiencia bastante… «Normal», dentro de lo que cabe? –preguntó Shelby una vez pasada la emoción.

– ¿La verdad? Fue una experiencia bastante traumática –respondió apretando los puños de solo recordar ese momento. –La… situación ocurrió en el receso de una clase, Beth corrió al baño al darse cuenta de lo que pasaba pero fue bastante tarde. Unas… niñas la vieron y se burlaron de ella. Así que no, no fue la mejor experiencia de todas.

–Pobrecita mi Beth –se lamentó Shelby resoplando. – ¿Conozco a las niñas que se burlaron de ella? Dudo mucho que fueran las niñas Alyson y Rose, porque ellas no…

– ¿Conoces a esas niñas? –preguntó recordando detalladamente tanto sus rostros como la conversación que mantuvieron en la entrada del colegio. –Porque yo no, ¿Son de fiar?

–Yo siento que sí. Son buenas niñas y las veces que las vi, fueron agradables con la niña Beth –respondió Shelby tranquilizándola. Si la niñera de su hija, que era quien pasaba más tiempo con la adolescente, le daba el visto bueno a las cosas que sucedían a su alrededor entonces ella se podía permitir confiar en el criterio de la mujer. –No tenga miedo, señorita Quinn, ni se muestre desconfiada, ¿Puede ser? Las niñas Gallagher son buenas niñas. Créame.

–Lo hago, Shelby. Es solo que… para mí, cualquier adolescente que veo es una de las se burló de mi hija –confesó cerrando los ojos. –No sabes las ganas que sentí de ahorcarlas con mis propias manos, de descuartizarlas, y está mal que sienta esas cosas porque solamente son unas niñitas malcriadas pero… Realmente les rompería el cuello.

–No la culpo, señorita Quinn –se rio Shelby suavizando el mal humor que invadió a Quinn. –¿Cómo se encuentra la niña Beth en este momento?

–Bien. Por suerte se encuentra bien. La señorita Berry le trajo un libro que habla sobre el tema y, junto con lo que hable con ella, eso la tranquilizó muchísimo –respondió suspirando. –Así que tranquila, Shelby. Tu niña Beth está bien.

– ¿Y mi niña Quinn cómo está? –preguntó la mujer haciéndola sonreír.

Además de su madre, Shelby era la única que tenía permiso de llamarla por algún apelativo meloso, y a ella le gustaba cuando la llamaba «mi niña Quinn». Le había llamado así la primera vez que se conocieron –después del nacimiento de Beth– y para Quinn fue lo más tierno que escuchó en su vida, después de las palabras cariñosas de sus padres. Una de las razones por las cuales no sentía celos ni envidia de Shelby por pasar tiempo con su hija, era porque, así como era una segunda madre para Beth, también lo era para ella. Incluso era de las pocas personas a las cuales les permitía que la abrazaran.

Por otro lado, hablar con Shelby le hacía sentir bien. Hablar con Santana, por muy seria que se pusiera la chica apegándose a la situación, siempre incluía frases fuera de lugar. Con Puckerman era exactamente lo mismo. Sus padres estaban completamente descartados. Jamás hablaba con ellos hasta que no tenía una idea clara y un punto fijo en su mente. Por lo que siempre terminaba hablando con Shelby temas que requerían pensar todo con claridad y sensatez.

–Tu niña Quinn está completamente perdida –confesó resoplando. –No sé qué hacer, Shelby. Me estoy volviendo irracional, me desquicio con facilidad, estoy sufriendo graves cambios de humor todo el tiempo, mis decisiones empiezan siendo una cosa pero terminan siendo otra, estoy metiendo mucho la pata últimamente y cientos de cosas más.

– ¿Hay un factor común en todo eso? –indagó Shelby completamente atenta. –¿O solo son diferentes factores que…?

Mientras Shelby terminaba de formular su pregunta, ella se preguntó si haría lo correcto al contestar con la verdad. Ver a la señorita Berry a través de una de las ventanas paseándose con Julia le hizo sentir todo ese revoltijo en su interior, por lo que terminó decidiendo que lo mejor era ser sincera –tanto con ella misma como con Shelby–. Quizás de esa forma conseguiría un poco de paz interior.

–Hay un factor común en todo eso –susurró sintiendo en su garganta una pequeña presión, como si fuera que alguien comenzó a estrangularla. –Y sabes bien quién es ese factor. No digo que me vuelva loca, ¿Ok? Solo digo que tiene algo que me desquicia. Cada vez que trato de acercarme, algo nos separa. Cuando intento mantener la paz, dice algo que me molesta y ya empieza una nueva disputa entre las dos. Entonces…

Siguió descargándose con Shelby, agradeciendo el silencio del otro lado de la línea. Un silencio que la invitaba a sacar todo de su interior. No necesitó nombrar a la señorita Berry para que Shelby supiera que hablaba de ella. Le contó desde que la antigua niñera de su hija se había ido hasta ese día. La molestia que sentía al ver a la morena cerca de Santana o de Samuel. Como se sentía a un paso de ganar cuando ponía a la señorita Berry entre la espada y la pared pero lo terriblemente idiota que se sentía cuando se daba cuenta que no era así y las cartas se daban vuelta en su contra, como cuando creyó que el tal Jesse era el esposo de la actual niñera de Beth. No omitió para nada el hecho de que también tenía un hijo.

–Realmente estoy perdiendo la cabeza, Shelby –terminó diciendo entre resignada, furiosa y frustrada. –Responde con sinceridad, ¿Alguna vez me has visto así de perdida?

–Jamás, pero solo era cuestión de tiempo antes de que se sintiera invadida.

– ¿Invadida? –preguntó completamente confusa.

–Sí –afirmo Shelby. –Lo que quiero decir es que, durante todos estos años, usted jugo a lo seguro, a lo racional, a lo esquemático, a lo pautado, y de esa forma se sentía segura. Porque lo conocido da seguridad. Ahora se siente perdida porque la señorita Berry representa todo lo que desconoce, y lo desconocido…

–Asusta –terminó diciendo con los ojos cerrados.

–Exacto –ratificó Shelby y Quinn pudo notar cierto tono alegre. –Por lo que me ha contado, señorita Quinn, la señorita Berry es todo lo que a usted le molesta, la pregunta es: ¿Por qué?

No sabía la respuesta a esa pregunta porque nadie le preguntando tal cosa y ella no se había detenido a preguntárselo tampoco. Había pasado todo ese tiempo tratando de sacar de quicio a la morena que no se había detenido a pensar el por qué quería hacerlo. El verdadero porqué. ¿Realmente quería sacarla de quicio tanto como la chica lo hacía con ella? Y si era así, ¿Por qué no se alegró cuando la morena le confesó que la desquiciaba?

Frente a esas preguntas sin respuestas sintió lo mismo que había sentido en su oficina cuando la señorita Berry le había confesado el por qué estaba constantemente sacándola de quicio. Sintió la sensación de que había algo más detrás de todo lo que se mostraba o se decía. Y, sumadas a esas preguntas, volvió otras a las cuales tampoco le había encontrado respuesta. ¿Por qué le molestaba que la señorita Berry estuviera cerca de Santana? ¿Por qué le molestaba que también estuviera cerca de Sam? Muchos porqués sin una resolución que aclarase de una vez por todas el enredo de pensamientos en el cual se había convertido su cabeza.

Pero, ¿Por qué le molestaba tanto que hablara agradablemente con otras personas y con ella no pudiera hacer lo mismo? No era tan apática o aburrida cuando un tema de conversación le interesaba. Podía mantener una conversación agradable. Entonces, ¿Por qué la señorita Berry no la tomaba en cuenta para uno o dos minutos de intercambio de palabras? ¿Por qué no podía ser igual que con Santana?

–Cuando dices que representa todo lo que desconozco, ¿A qué te refieres exactamente? –preguntó cambiando de tema porque no tenía una respuesta que darle a la pregunta de Shelby.

–Después del nacimiento de Beth, usted decidió que tenerlo todo bajo control era la mejor manera para enfrentar su futuro. Determinó que esa sería su arma más infalible –manifestó Shelby. –Se convirtió en la persona más refinada. No digo que antes no lo fuera, solo que ahora lo es más. Se convirtió en alguien apropiado, correcto. Nada pasaba en su vida si no tenía su permiso previo. De esa forma podía mantener el control y durante catorce años usted jugo a lo seguro, a lo que conocía y confiaba. Creó una burbuja en la cual se sentía completamente confiada y cómoda, donde controlaba todo. De repente, apareció la señorita Berry con una aguja en la mano y pinchó esa burbuja. Quizás sin darse cuenta, no digo que lo haya hecho a propósito –comentó Shelby mientras que Quinn dejaba escapar una pequeña sonrisa frente a la incipiente defensa de la mujer hacia la morena. –Entonces, ya no tiene una burbuja a su alrededor, una burbuja en la cual usted controla todo, donde no hay cabos sueltos. En su lugar hay un mundo nuevo el cual desconoce y, aunque no lo admita, eso la asusta. La asusta muchísimo.

– ¿Y estar asustada está mal? –preguntó con un nudo en la garganta. –Soy una mujer adulta, se supone que no tengo que sentir miedo de nada.

–No hay edad para sentir miedo, niña Quinn –afirmó Shelby. –En mi opinión, prefiero a una persona que siente miedo, a una que no siente absolutamente nada. El miedo es lo primero que sentimos al nacer. Porque ya no estamos en el interior de nuestra burbuja, estamos en un lugar menos cálido que no conocemos. Pasamos de estar dentro de nuestra madre a estar en sus brazos y, aunque eso es mil veces mejor, inconscientemente, nos da miedo lo que esos brazos puedan hacer alrededor nuestro. ¿Nos abrazaran? ¿Nos ahorcaran? ¿Nos apretaran fuerte hasta cortarnos la respiración? No lo sabemos, y ahí está lo desconocido.

Se tomó un tiempo para procesar cada palabra que Shelby había dicho. También para asimilar que estaba temerosa porque, evidentemente, la señorita Berry había reventado la burbuja que había creado después del nacimiento de su hija. Ahora estaba al aire libre, por así decirlo, no conocía nada sobre lo que la señorita Berry le hacía sentir, no tenía palabras para explicar porqué la sacaba tanto de quicio y porqué al mismo tiempo quería que la chica hablara con ella como lo hacía con Santana o Sam, incluso con Puckerman.

–Creo que debería dejar de pensar tanto, niña Quinn. Deje los análisis para el trabajo y en lo personal dedíquese a sentir –sugirió Shelby después de unos minutos en los cuales esperó a que Quinn procesara todo, o al menos una parte. –Cuando un rumor comienza a surgir, ¿Adónde se va para confirmarlo o desmentirlo?

–A las fuentes, o a la fuente principal –respondió con cierto recelo porque creía entender lo que quería decir la antigua niñera de su hija.

–Esta vez no se trata de un rumor pero si de algo desconocido, ¿No cree que un acercamiento cambiara ese «desconocido» por «conocido o menos temeroso»?

–¿Sugieres que me acerque a… tu sabes quién? –preguntó tomándose el puente de la nariz con los dedos, más que nada porque sabía que la mujer del otro lado tenía razón. –¿Dices que si me acerco a la señorita Berry dejaré de sentirme de esta forma?

–Digo que no pierde nada con intentarlo.

¿Nada? Corría peligro de perder la cabeza si se acercaba demasiado a la señorita Berry. Además para acercarse a la chica tenía que dejarse conocer, al menos solo un poco, ¿Cuándo había sido la última vez que trató de darse a conocer completamente? Biff McIntosh había sido el elegido para eso. Solo que el chico había sido su novio y ahora estaba hablando de mantener una relación cordial con la señorita Berry. Quizás, y contra todo pronóstico, lograse entablar una amistad. No como la que tenía con Santana pero si una nueva y diferente amistad. ¿Realmente tenía hacer eso?

–La pregunta aquí es: ¿Qué quiere usted, señorita Quinn? –indagó Shelby leyendo sus pensamientos, como siempre.

¿No había otra pregunta más complicada que esa? No sabía lo que quería realmente, o lo que esperaba de todo eso. Lo que si deseaba era que la señorita Berry le hablara sin sacarla de quicio, compartir tiempo y espacio sin querer arrancarse la cabeza mutuamente o arrojarse con objetos contundentes. ¿Lo lograría? No lo sabía pero por lo menos debía, quería y deseaba intentar mantener una buena relación con la chica.

–Intentare llevarme bien con ella –murmuró más para ella misma que para la mujer del otro lado. –Lo que significa que te llamaré para contarte los avances que tengamos o para que me persuadas de no arrancarle la cabeza. Ahora dejemos de hablar de mí y hablemos de ti. ¿Cómo has estado?

–Bien, en casa de mi hermana, pasando tiempo con mis sobrinos –respondió Shelby y Quinn sonrió al imaginarse rodeada de adolescentes.

–Y con el tema de tu hija… ¿Cómo va eso?

–Por el momento lo poco que sé es que vivió toda su infancia y adolescencia en Lima hasta hace unos años que se mudó y no se sabe adónde –respondió Shelby. –Iré a Lima la semana que viene, me quedare unos días allí y tratare de acercarme a sus padres dejándoles en claro que no quiero robarle a su hija, sino que… yo también quiero formar parte de su vida. Además…

Escuchó atentamente cada cosa que Shelby le contó sobre la búsqueda de su hija. Una parte de ella se imaginaba a la joven como una versión similar a la señorita Berry. Beth tenía razón cuando vio a sus dos niñeras juntas, realmente se parecían y cuanto más tiempo pasaba con la señorita Berry, más similitudes encontraba con Shelby. Aunque, claro, con la antigua niñera de su hija no estaba todo el tiempo queriendo arrancarse los ojos como cuando estaba con la señorita Berry.

La llamada de teléfono se extendió a lo largo de más o menos una hora. Hablaron más que nada de Beth, pasando por la promesa por parte de Quinn de tratar llevarse bien con la señorita Berry y no pensar tanto ni analizar cada cosa que le pasaba. Todo en su interior se encontró en un dilema al realizar esa promesa. Una parte estaba segura que iba a ser un completo error intentar llevarse bien con la morena por el simple hecho de saber que no lo lograría. Otra parte, la obligaba a que se acercara. No solo por el bien de Beth, sino por su salud física y mental.

–Toc, toc –escuchó que decía la voz de Santana abriendo la puerta del despacho interrumpiendo sus pensamientos. –Te estaba buscando…

– ¿A mí o la señorita Berry? –preguntó sin poder contenerse. Se maldijo en cuanto sintió la mirada confusa de su amiga sobre ella. –¿Necesitabas algo?

–Sí, que no te comportes como una idiota –respondió Santana con un deje de molestia en la voz. –Te buscaba a ti, imbécil. Además, en caso de que buscase a Rachel, a ti no tiene porqué importarte tal cosa, Fabray. ¿O sí?

No quería discutir con Santana pero tenía que dejarle bien en claro los puntos en esa relación. Seguía sin tener en claro por qué le molestaba que su amiga estuviera cerca de la niñera pero, después de la charla con Shelby se sentía un poco más esclarecida en sus pensamientos. No iba a tolerar ver algo que la molestaba y lo tenía que dejar bien en claro. La cuestión estaba en, ¿Cómo decirle a tu mejor amiga que no la quieres cerca de la niñera de tu hija sin sonar como una adolescente celosa y posesiva?

«No hay forma, solo se lo dices y ya» le dijo una voz en la cabeza que, porque extraño que pareciera, le brindó la suficiente valentía como para decir:

–No quiero que te metas con la niñera de mi hija, Santana. Hablo en todos los sentidos –se paró de su asiento y caminó hacia su amiga a quien miró con toda la determinación y seriedad posible. –No tolero verlas cerca, me molesta muchísimo esa escena. Sobre todo porque sé que coquetean sin ningún tipo de reparo en mí. Coquetean frente a mis ojos y yo tengo que tolerar eso, pero ya no más. Ella no será una de más de las que terminan en tu cama, ¿Está claro? Y… sinceramente, la idea de la señorita Berry y tú me está causando muchísimos problemas.

Listo, ya lo había soltado, no todo pero si parte de lo que sentía. Preparó los puños en caso de que la respuesta de Santana fuera un golpe –con su amiga nunca se sabía que iba a pasar–, pero en su lugar se sorprendió cuando la respuesta de su amiga fue un zarandeo. ¿Desde cuándo Santana la zarandeaba después de haberle dicho que la quería lejos de una mujer? ¿Y por qué de repente sentía los parpados completamente pesados?

–Despierta, idiota –escuchó a lo lejos abriendo de a poco los ojos. –Te quedaste dormida, Fabray, y este sofá no parece demasiado cómodo.

«No, no, no… ¡No!» gritó en su cabeza una vez que se espabiló por completo.

No podía haber sido un maldito sueño, ¡Lo sintió completamente verídico! Realmente le había dicho a Santana lo que quería y como se sentía. No se sentía capaz de hacerlo de nuevo, y menos en un plano completamente real. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? ¿Por qué tenía ella que ser tan complicada? ¿Por qué no podía volver a esa burbuja que había creado donde lo único complicado era la insistencia de Hunter Clarington a cenar?

–Tu madre me mandó a buscarte para almorzar –indicó Santana sentándose en el sofá al lado de ella. –¿Te encuentras bien? Estás algo pálida y pareces perturbada.

–Estoy bien –respondió sin entrar en más detalles. –Vamos a almorzar.

No quería hablar con Santana, no hasta que tuviera todo resuelto en su interior y su mente. Aunque por otro lado tenía que saber lo que había entre ella y la señorita Berry, y para conseguir eso debía hablar con su amiga pero no se sentía preparada para tener esa conversación. Prefería rabiar por dentro antes que exponer algo que no tenía explicación y que su mejor amiga se burlara de ella tomándola por loca.

Aun así, tenía que averiguar algo por muy mínimo que fuera.

–Santana –llamó justo cuando su amiga estaba abriendo la puerta. Esperó a que la chica la mirase, antes de bajar la mirada y la voz, para preguntar: –¿Qué hay entre tú y la señorita Berry?


Día 25. 19:07 pm.

Dos golpes en la puerta de su habitación le hicieron saber que ya era hora de partir hacia la cena benéfica. Un último retoque a su maquillaje y una última mirada frente al espejo de cuerpo completo, que se encontraba en uno de los laterales de su habitación, le hicieron saber que ya estaba completamente lista para salir. Sonrió con orgullo cuando vio lo elegante que lucía el Carolina Herrera que había elegido para esa noche. Un vestido con detalles en gris, negro y trasparencias para nada vulgares, sino más bien elegantes y necesarias para lucir el color principal. Su cabello había sido recogido y su rostro había sido maquillado de una manera suave. Sus ojos delineados en negro para remarcar el avellana y los labios pintados de un color casi incoloro.

«Humildemente estoy perfecta» pensó mirándose una última vez antes de ponerse los zapatos Prada y bajar al piso de abajo donde sus padres la estaba esperando.

Bajó los escalones de la escalera como siempre lo hacía y sonrió sinceramente al escuchar el silbido de aprobación por parte de Puckerman y la ceja en alto de su padre que la miraba con la misma sonrisa que ella tenía en ese momento. Sin importar cuantos años tuviera, siempre se sentiría pequeña, tímida y avergonzada frente a la mirada de sus padres. Como una adolescente que tiene su primera cita o su primer baile escolar.

«Qué básico que son los hombres» pensó viendo la vestimenta de los dos hombres frente a ella.

Su padre llevaba puesto un traje Brooks Brothers en blanco con chaleco marrón, camisa celeste y corbata color oro con pequeños detalles en azul. Puckerman eligió colores menos llamativos. Traje William Fioravanti gris en combinación con la corbata y camisa blanca.

–Siempre tan hermosa –dijo Russel tomando la mano de su hija cuando ésta llegó al final de la escalera. –Cada día más parecida a su madre. Ella también está perfecta esta noche.

Y sí que lo estaba. Judy lucía un vestido celeste a juego con la corbata de su esposo, el flequillo peinado hacia atrás dejando su rostro al descubierto. El mismo que lucía un maquillaje casi inexistente que la hacía ver más joven de lo que era. A Quinn le gustaba ver como se comportaban sus padres cuando estaban juntos porque se notaba que –después de tantos años juntos, con momentos buenos y malos– el amor entre ellos seguía intacto o quizás más fuerte, ¿Por qué ella no podía conseguir un amor así?

–Aunque mi nieta no se queda atrás –señaló Russel mirando hacia las escaleras sin soltar la mano de su hija que también miró hacia el piso de arriba. –Definitivamente, las mujeres Fabray son la clara muestra de que la perfección existe.

«Mi pequeña cosa perfecta» pensó completamente deslumbrada por la imagen de su hija bajando las escaleras con una sonrisa tímida.

Beth bajó los escalones con la misma elegancia que ella había utilizado al llevar a cabo tal acción. El vestido color crema con bordados que llevaba su hija esa noche, se lucía por sí solo. Ni siquiera la falta de peinado y maquillaje le quitaban la elegancia que relucía simplemente porque la presencia de Beth era quien lograba tal cosa. Su hija resplandecía belleza y distinción por cada uno de sus poros.

–¿Cómo luzco? –preguntó la adolescente con timidez y esa sonrisa tonta heredada por parte de su padre. –Rachel dice que estoy linda pero…

–Estas perfecta –interrumpieron Quinn y Puckerman al unísono completamente idiotizados por su hija. –Completamente hermosa.

Orgullosa y temerosa era poco para expresar lo que sentía en ese momento. Su pequeña bebé, su única hija, realmente estaba creciendo, estaba quemando etapas, y ella ni siquiera podía hacer nada para detener tal cosa, ¿Sentirán todas las madres lo mismo que sentía ella? ¿La misma desesperación y frustración al no poder evitar el inminente crecimiento de su hija? Realmente deseaba que Beth no creciera tan rápido. Quería disfrutar un poco más de su pequeña.

–Esperen a ver a Rachel –indicó Beth cambiando la sonrisa tímida por una un poco más traviesa. Se alejó de sus padres, subió dos escalones de las escaleras y gritó mirando hacia arriba: –Rachel, ¡Baja!

Internamente rogó porque la niñera no hiciera el ridículo empezando por la vestimenta. Si al menos hubiesen aceptado su ayuda a la hora de sugerir la ropa que la morena podría llegar a vestir esa noche… pero no. Su hija y la niñera rechazaron, tanto sus sugerencias como su ayuda. De hecho, la echaron fuera de la habitación. Ahora, por culpa de eso, no sabía que esperar de la vestimenta de la morena.

–Señorita Berry, baje de una vez que se nos hace tarde –ordenó al ver que la morena no había bajado tras el grito de su hija. –Señorita Berry…

«Mierda» pensó viendo a la mujer que bajaba las escaleras.

Maldita sea la hora en la cual obligó a la niñera a bajar. ¿Por qué nadie había tenido la solidaridad de avisarle, o por lo menos prepararla mentalmente, acerca de lo que iba a ver? La señorita Berry había dejado sus faldas tubo color azul y camisa blanca, por un vestido largo color arena. Se había quitado el flequillo recto colocándolo de lado y había dejado su rostro al descubierto. Por ende, también sus ojos. Los mismos que tenía un brillo imposible de ignorar. Otra vez estaba teniendo problemas para descifrar el color de ojos. ¿Marrones? ¿Chocolates? ¿Ámbar? No, ninguno se le asemejaba lo bastante como describir el color. ¿Por qué le era tan complicado explicar una simple cosa? ¿Por qué no podía decir «Son marrones» y listo? ¿Tendrían Puckerman, Santana o Samuel el mismo problema que ella?

No le sorprendió para nada que Puckerman a su lado apretara con fuerzas la mano que tenía sobre la de ella. Entendía perfectamente al chico. La señorita Berry normalmente era alguien que llamaba la atención, ya sea por su físico o por su falta de modales, pero esa noche era casi imposible dejar de mirarla. Bajaba las escaleras con una elegancia que no había demostrado poseer en sus clases de etiqueta de esa semana. ¿Quién había puesto una luz detrás de la joven? ¿O acaso ese brillo era natural? ¿Algo que la morena poseía por si sola? Al ver la escena de la señorita Berry bajando las escaleras, deteniendo todo a su paso y cortando respiraciones ajenas, agradeció –o al menos una parte de ella –que Santana no estuviera revoloteando cerca esa noche.

Un pensamiento para nada apropiado pero completamente real.

Además, Santana se merecía que pensara de esa forma, sobre todos después de no haberle contestado lo que le preguntó a la hora del almuerzo, ¿Tan complicado era responderle si había algo entre ella y la niñera de su hija? ¿O era más interesante dejarla con la duda? ¿Acaso era divertido jugar con su mente? Sea cual fuera la razón, Santana no le había respondido ni siquiera con una mueca que ella pudiera ver y analizar. Nada, absolutamente nada. Su respuesta había sido la nada misma y un sinfín de pensamientos sin pies ni cabeza.

– ¿Nos vamos? –preguntó tratando de que no se le notara el nudo en su garganta. El estúpido nudo que se había duplicado en su estómago.

¿Cuándo había sido la última vez que sintió su estómago revolotear de esa forma tan estúpida? No, la pregunta en realidad era: ¿Por qué demonios sentía su estómago revolotear de esa forma tan estúpida?

–Tú madre y yo iremos en la camioneta con Collins. Tú iras con Puckerman, Beth y la señorita Berry en la limusina con el señor Evans –indicó Russel tomando la mano de su esposa antes de perderse dentro de la Chevrolet negra que usaban habitualmente como medio de transporte en la mansión. –No se retrasen, ¿Está claro? Las familias, sobre todo una prestigiosa y reconocida como la nuestra, deben entrar a un lugar con todos sus miembros presentes.

–No se preocupe, señor Fabray. Llegaremos antes que usted –aseguró Puckerman abriendo la puerta de la limusina para que Beth pudiera entrar primero y luego él hizo lo mismo que su hija.

Al otro lado de la limusina, Quinn se encontraba al lado de la señorita Berry casi aguantando la respiración para no oler el perfume de la niñera impregnando el aire que las rodeaba. Una fragancia dulce, amaderada y con aroma a vainillas. Se descubrió a si misma preguntándose en su mente cual sería la marca del perfume que llevaba puesto la señorita Berry esa noche, si duraría mucho tiempo impregnado en la piel o si algún día tendría la oportunidad de preguntarle a la niñera esas mismas preguntas.

–Estás muy linda esta noche, Rachel –susurró el chofer cuando fue a abrirles la puerta de la limusina.

Escuchar eso por parte del chico la regresó a la realidad, e incluso apretó los puños con fuerzas absteniéndose de fulminar con la mirada al rubio. En su lugar, dejó que la niñera pasara antes que ella y una vez que la morena estuvo dentro, cerró la puerta del vehículo quedándose con el chofer afuera. Sonrió con orgullo cuando vio que el joven tragaba saliva y la miraba con cierto temor en los ojos.

–Escuche bien, Evans, porque esta será la primera y la única vez que le daré una sugerencia –afirmó tomando el cuello de la camisa del chico rubio frente a ella fingiendo acomodársela, aunque en realidad estaba tentada de ahorcarlo. –Antes de coquetear con la niñera, vaya a cortarse ese pelo. A no ser que quiera que yo se lo corte a estirones –miró al chico con una sonrisa socarrona antes de darle dos palmaditas para nada amistosas en la mejilla. –¿Entendió lo que quise decir o se lo tengo que repetir?

–No es necesario. Entendí perfectamente, señorita Quinn –respondió el chofer haciéndola sonreír. –Le molesta mi pelo largo.

«No precisamente» respondió en su mente dándose cuenta, de repente, que había amenazado a su chofer.

¡Su chofer! ¿Desde cuándo hacia ese tipo de cosas? ¿Y por qué demonios lo hacía? «Porque alagó a la niñera, ¿Quizás?» ironizó una voz en su mente que la llevó a sacudir la cabeza para borrar ese pensamiento por completo. ¿Desde cuándo amenazaba a sus empleados por halagar a otro de sus empleados? Definitivamente estaba perdiendo la cabeza completamente y la culpable de todo eso era la señorita Berry.

De camino a la cena benéfica no abrió la boca para nada. Vio a su hija jugando con las manos de su padre, a la niñera riéndose de algo que decía Puckerman, al chico mirarla con cierto desconcierto, pero aun así ella no soltó palabra. Una parte de ella seguía mortificándola por haber amenazado a Samuel Evans y la otra la mortificaba recordándole que casi había sufrido de apnea por haber aguantado la respiración, solo porque el aire olía al perfume de la morena. Una tercera parte también la mortificaba recordándole que esa noche iba a ver a Hunter Clarington, el idiota que la invitaba a cenar simplemente para que la financiera familiar de la cual ella era parte se olvidara del préstamo que le había dado. Aunque sonrió con maldad al pensar en la posibilidad de ver al chico. Definitivamente pagaría con él los últimos días caóticos que venía teniendo.

Llegaron a la esquina de Park Ave y la 37th St, y a Quinn se le encogió el estómago en un claro signo de nerviosismo. Miró de soslayo a la señorita Berry a su lado y rogó internamente que la chica no metiera la pata esa noche. No podía desquitarse con Hunter Clarington y estar pendiente de la niñera al mismo tiempo. Bajó de la limusina y se encontró con su padre ayudando a Judy a bajar de la camioneta, ¿Por qué razón les había pedido que no se retrasaran si iban detrás de él? Ordenes tontas de su padre. Conocía de memoria ese tipo de eventos por lo que esperó a que Puckerman se acercara a ella y le ofreciera su brazo, como el buen caballero que era, antes de entrar al edificio detrás de sus padres, mientras que su hija y la niñera les seguían el paso.

Levantó el mentón y adoptó la máscara de mujer inaccesible, con expresión impertérrita y fría. Definitivamente que todos dieran un paso atrás para permitirles el paso era un gran alimento para su ego. Algunos de los invitados –los más conocidos para ella– la saludan con un movimiento de mano que ella respondía con una sonrisa cordial. Pudo ver al clan Clarington cerca de una de las mesas y apretó la mandíbula en cuanto Hunter le guiñó un ojo a verla. Al final de la gran sala estaba la orquesta que todos los años tocaban el mismo género musical: Jazz. Incluso eran siempre las mismas canciones. El lugar estaba decorado –como siempre– con detalles arcaicos dándole ese aspecto de fiesta antigua del siglo XIX y con el que todos parecían completamente conformes. Aunque ella prefería esa línea de tiempo solo en la página de algún libro interesante.

–Iré a saludar a mi amigo Cooper, ¿Quieres venir? –ofreció Puckerman una vez que llegaron a la mesa que correspondía a ellos. Negó con la cabeza a modo de respuesta. –Ok, igual vendrá él saludarte más tarde.

Asintió con una sonrisa de solo pensar en ese momento. Cooper McCain había estudiado Derecho con Puckerman y se habían hecho buenos amigos. De hecho, tenían planes de montar un estudio juntos. O al menos eso era lo que Quinn tenía entendido. Se llevaba bien con el chico de cabellos castaños y ojos azules por el simple hecho de ser una de las pocas personas a las cuales no encontraba falsas o megalómanas.

–Argg… ya empieza a apestar a la nueva generación de zorra megalómanas –escuchó que decía Beth con desdén mirando a su alrededor mientras olisqueaba el aire. –También a imbéciles arrogantes.

–No hables así, Beth –la regañó la señorita Berry sorprendiéndola. ¿Así que la niñera si tenía educación? –No en un lugar donde pueden escucharte. Espera que lleguemos a la mansión.

Quiso darse un manotazo en la frente al escuchar lo último que dijo la morena. Tendría que haber sospechado que la educación en la chica duraba menos que una burbuja en un campo de espinas pero una parte de ella quiso creer que, por una vez, eso iba a ser diferente. Miró a su alrededor viendo como a lo lejos Puckerman hablaba con su colega. Sus padres se habían perdido de su radar visual por lo que simplemente quedaban ella, su hija y su niñera. Se acercó a ambas lo suficientemente cerca como para que la escuchasen sin tener que levantar demasiado la voz.

–Me gustaría recordarle a las dos que éste es un evento importante. Por ende, deben comportarse educadamente –señaló mirando a Beth y a la señorita Berry como si fueran dos niñas pequeñas. –Lo que significa que no pueden llamar «zorra megalómana» a nadie, ¿Está claro?

–Hola, Quinn –escucho a sus espaldas soltando un «idiota» por lo bajo.

– ¿«Idiota» tampoco podemos utilizar? –susurró la señorita Berry con cierta picardía en la voz. –Creo que el chico con cara grande detrás de usted está esperando que le devuelva el saludo. Es eso, o es uno de los mozos que intenta lig… cortejarla.

–Beth, ¿Por qué no llevas a la señorita Berry a recorrer todo el lugar? –preguntó sin quitar la vista de los ojos marrones de la niñera que levantó una ceja.

–Si quieres quedarte sola con ese idiota solo tienes que decirlo –escuchó que rezongaba su hija por lo bajo mientras tomaba la mano de la señorita Berry llevándosela de allí. –Se cree que soy idiota. Quiere quedarse con ese don nadie y a mí me descarta como si nada. Ni que fuera Tina. Como acepte la invitación a cenar por parte de ese infeliz…

No pudo escuchar el final de la amenaza pero seguramente no era nada bueno teniendo en cuenta la personalidad de su hija y la forma en la cual había tomado una simple orden. ¡Una insignificante orden! Estaba completamente segura que al llegar a la mansión dicha orden la valdría una disputa con la adolescente. ¿Por qué tenía que ser tan extremista? ¿Por qué no podía haber hecho como su niñera que acató la orden sin rechistar? Aunque no le pasó desapercibida la mirada seria que le lanzó la morena. ¿Qué significaba eso? ¿Qué también iba a tener un encontronazo con la niñera? ¿Otro más?

–Estás tan bella como siempre –comentó Hunter llamando su atención. Vio a uno de los mozos de la cena siendo detenido por Clarington que tomó dos copas de champagne. Le tendió una a ella y alzó la suya en una clara invitación a brindar. –¿Por qué brindamos? Ah, ya sé. Brindemos porque un día de estos por fin aceptes mi propuesta de ir a cenar.

«Maldito infeliz» pensó apretando tanto los dientes como los dedos alrededor de la copa pero sin borrar su sonrisa sarcástica.

Detestaba a Hunter Clarington pero no lo hacía de la misma forma que detestaba a la señorita Berry –con la morena por lo menos podía tener una discusión inteligente, aunque le costara admitir tal cosa–, sino de una manera completamente negativa. De esa manera que le hacía querer arrancarle la cabeza pero no de una manera hipotética –como con la señorita Berry–, sino de una manera real. Realmente le apetecía muy poco compartir tiempo con el chico. De repente recordó lo repulsivo que era estar cerca de él, y mucho más sabiendo los planes que tenía para con ella, por lo que terminó acercándose, tanto que incluso pegó su mejilla a la de Hunter, y susurró en su oído:

–Esta noche estoy regalando consejos, así que te daré uno –afirmó mirando a lo lejos como Beth hablaba, o quizás se burlaba, con la niñera mirando todos a su alrededor. –Eres consciente de que me llaman «La Reina del Hielo» por lo bajo y a mis espaldas, en los subterráneos vanidosos y presumidos de los cuales seguramente tú conoces muy bien, así que mi sugerencia es que te alejes de mi antes de que pueda congelarte. Además… seamos sinceros –agregó alejando su rostro del de Hunter. –Eres tan arrogante como repelente. La única razón por la cual quieres salir conmigo es porque tu cerebrito de nuez cree que si te emparejas con la hija solterona del clan Fabray, la deuda que tienes con la financiera del mismo apellido quedara en el olvido –se sintió orgullosa de sí misma cuando notó cierto temor en los ojos de Hunter. –¿De verdad creíste que no iba a darme cuenta, Clarington? Que tú seas un imbécil engreído y presuntuoso, no quiere decir que yo también lo sea.

–La única engreída y presuntuosa aquí eres tú –replicó Hunter lo suficientemente bajo como para que solo ella lo escuchase. –Te crees la gran cosa, Fabray. Para ti, nadie está a tu altura. Nadie es merecedor de tu atención. Todos somos una bolsa de mierda a la cual tú miras desde allí arriba arrugando tu perfecta nariz. Nos rebajas con tu mirada mirándonos casi con asco, e incluso te crees una joya única en tu especie…

–Debe serlo si todo el mundo está detrás de ella y nadie puede conseguirla –intervino alguien a sus espaldas. No necesitó girarse para saber que quien salió en su defensa fue la señorita Berry. –Hunter Clarington, ¿Cierto? Rachel Berry, para servirte. ¿Te molesta si te pido que te pierdas de nuestras vistas por el resto de la noche? Mi jefa y yo tenemos que matarnos una a la otra, y es mejor que no haya testigos de tal cosa.

Hubo unos segundos en los cuales temió por la respuesta del joven Clarington no porque el chico le diera miedo en sí, sino por la forma en la cual la vena de la frente comenzó a latirle. Eso además del abrir y cerrar de sus puños. Sabía que el chico no iba a golpearlas pero tampoco podía poner a prueba su fuerza de voluntad. Más que nada porque no quería montar un espectáculo vergonzoso enfrente de, la mayoría, clientes de la financiera. Para su tranquilidad, Hunter Clarington se fue despotricando por lo bajo pero sin armar demasiado revuelo.

–Ya lo tenía todo controlado –soltó girándose en el lugar para mirar a la señorita Berry. Bajó la mirada rápidamente al notar la sonrisa divertida que la morena tenía en sus labios. –Borre esa sonrisa.

–¿Por qué lo haría?

«Porque es increíblemente atrapante» respondió en su mente.

No sabía qué era lo que pasaba esa noche, quizás era porque no tenía la suficiente concentración como para mantener su filtro a raya y por eso su mente pensaba lo que quería sin temor a sentirse reprimida, pero definitivamente esa noche decía lo que sentía sin pararse a pensar en las consecuencias que eso traería detrás. Por ejemplo, halagar la sonrisa de la señorita Berry. ¿Quién en su sano juicio halaga la sonrisa de la persona a la cual dice detestar? Megatron jamás halagó la sonrisa de Optimus Prime, aunque teniendo en cuenta que ambos eran robots dudaba muchísimo que pudieran llegar a sonreírse.

– ¿De qué conoces a Hunter Clarington? –preguntó tomando un trago de champagne. Un gran trago.

–Beth lo insultó muchísimo mientras nos íbamos –respondió la niñera aunque no parecía del todo sincera. –Es realmente sorprendente verla insultando y, créame, esos insultos no lo aprendió de mi porque yo no insulto enfrente de ella.

–Descuide, lo aprendió de Santana.

–¿Por qué no me sorprende? –preguntó retóricamente la morena. –Santana sí que sabe dejar marcas en la vida de alguien.

–¿Dejó marcas en la suya? –preguntó fingiendo indiferencia mientras tomaba un trago de su copa de champagne y miraba a su alrededor, perdiéndose a su vez la mirada entre confusa y divertida de la morena. –No es que me meta ni en los asuntos de Santana ni en los suyos, pero ella es mi amiga y usted es mi empleada. ¿Sabe lo que eso significa?

–No. Ilumíneme, por favor –respondió la morena con un deje de ironía que decidió ignorar.

–Significa que si entre ustedes pasa algo y ese «algo» sale mal, quien saldrá perdiendo seré yo –sentencio con seriedad. –Porque Santana forma parte de mi vida y usted también lo hace, al menos por lo que resta de esos tres meses, y conozco muy bien a Santana cuando una de sus relaciones llega a su fin y de la manera más caótica, se vuelve más sarcástica que de costumbre e hiriente, además…

–¿Se da cuenta que está todo el tiempo emparejándome con alguien? –preguntó la señorita Berry con el entrecejo fruncido pero que no ocultaba para nada la sonrisa divertida en sus labios. –Primero con Jesse, y ahora con Santana. ¿Puedo saber porque está todo el tiempo poniendo a alguien a mi lado?

No lo sabía. No tenía una respuesta a esa pregunta, y si la tenía no quería decirla. Todo era tan confuso. Si al menos pudiera saber que era lo que le pasaba con la morena, entonces sabría el porqué estaba constantemente poniendo pequeñas trampas para saber el estado civil de la joven, porqué la emparejaba con todo aquel que se le cruzaba. Y por encima de todo, podría llegar a entender porqué todo en su interior se aliviaba y se alegraba cada vez que la morena le decía que estaba soltera.

–¿Siempre son así los eventos estos? –preguntó la niñera con un deje de aburrimiento en la voz al no recibir respuesta alguna. –Tienen a una banda, ¿Por qué no se alegran? Además los músicos parecen aburridos, como si siempre tocaran las mismas canciones.

–Es que siempre tocan las mismas canciones –afirmó mirando a la niñera con cierta diversión, alegre por el cambio de tema. –Todos los años es lo mismo. Ya me conozco de memoria su repertorio. Empiezan tocando «What a Wonderful World» de Louis Armstrong, le sigue «Your Precious Love» de Marvin Gaye y Tammi Terrell. «Dream a Little Dream of Me» de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, un poco de Nina Simone y por último un popurrí de Frank Sinatra. Al menos, es así hasta la hora en la que me voy.

–Me gusta el repertorio pero le falta un poco de… ¡Punch! –señaló la niñera ganándose una mirada de confusión. –Ya sabe… ¡Punch! Energía.

–Por fin alguien que piensa lo mismo que yo –intervino Puckerman con un micrófono en la mano. –Morena, ¿Sabes cantar?

–Solo un poco.

–Con que sepas afinar es demasiado –aseguró el joven tomando la mano de la niñera bajo la desconfiada mirada de Quinn. –Ven conmigo.

– ¿Qué planeas? –preguntó fulminando con la mirada el agarre de manos que el padre de su hija compartía con la señorita Berry en ese instante.

–Ya lo veras.

Odiaba a Puckerman en ese momento, estaba manteniendo una conversación con la señorita Berry sin sentir esas ganas de romperle la cabeza que habitualmente sentía y el chico se la arrebataba llevándosela quien sabía a dónde para hacer quien sabía qué. ¿Tan difícil era dejarla pasar un tiempo con la morena? ¡Ella también merecía una dosis de señorita Berry! ¡Todo el mundo tenía su dosis! ¿Por qué ella no? Vio a Puckerman quitarse el saco, remangarse las mangas de la camisa y tenderle la mano a la niñera. ¿Ellos no iban a…? ¡No! ¡Ellos no serían capaces de cantar enfrente de todo el público! ¡No serían capaces de hacerle pasar semejante vergüenza! Además, ¿Desde cuándo Puckerman cantaba?

– ¿Papá cantando? Esto sí que no me pierdo –afirmó Beth llamando su atención. –¿Encima con Rachel?

–Dime que tu niñera por lo menos canta decentemente –pidió casi en un ruego.

–Ya lo veras.

¿Acaso «Ya lo veras» era la frase de la noche? Ella no quería esperar a ver las cosas sabiendo que los demás ya sabían que era lo que pasaría. Quería saber que la señorita Berry no iba a meter la pata y que Puckerman no iba a dejarla en ridículo. Quería dejar de lado la molestia que sintió al ver al chico perderse entre las personas con la morena tomada de su mano pero no podía si los veía moviéndose de un lado al otro en el escenario bailando al ritmo de la canción que tocaba la orquesta. Una canción que parecía animar a los músicos y que ella reconoció como «Lady is a Tramp» de Frank Sinatra pero versionada.

Su mirada, por mucho que lo intentó, se desvió completamente hacia la señorita Berry. La manera en la que se movía al ritmo de la canción, que estaba muy lejos de sonar como la original, llamaba sorprendentemente su atención. Esa nueva versión era un poco más veloz e invitaba a levantarse del asiento en el que estaba y ponerse a bailar. De hecho, algunos de los invitados habían hecho eso y bailaban al ritmo de la canción que Puckerman y la niñera estaban cantando.

La niñera.

¿Quién demonios era el imbécil que encendía esa extraña luz detrás de la morena? La misma luz que la seguía a todos lados. ¿O realmente esa luz pertenecía a ella? ¿Realmente brillaba por si sola esa noche? Sea cual fuera las respuestas a esas preguntas, no las conocía. Y tampoco quería conocerlas. Extrañamente una parte de ella, la más despreocupada e irracional, se sentía cómoda y conforme con no encontrar respuestas a todas esas preguntas. Se sentía bien con solo mirar a la joven ir y venir de un lado al otro del escenario adueñándose de cada uno de sus rincones. ¿Cómo no había visto antes lo inofensiva que se veía la niñera de su hija al estar sobre un escenario?

Y cuando empezó a cantar se abrió un nuevo mundo frente a ella.

No era una voz extraordinaria, había escuchado voces mejores, pero la voz de la señorita Berry la hacía sonreír solo con entonar unas notas contagiándola de una energía que no sabía que existía en el interior de su cuerpo. La vio cantar junto con Puckerman, maravillándose internamente por el talento que obviamente no sabía que la niñera de su hija poseía y sonriendo a más no poder. Incluso se vio tentada de aplaudir cuando la canción llegó a su fin ganándose el aplauso más sonoro que ella escuchó en todos esos años de asistencia a esa cena benéfica. Ni siquiera aplaudieron así cuando le dieron a McIntosh padre el premio al Hombre más Productivo del Año, y eso que de todos los megalómanos presentes, era el que menos ostentaba de su posición social convirtiéndolo en casi un ser humano con sentimientos.

–Ahora, damas y caballeros, los dejare en manos de mi amiga Rachel Berry… –escuchó que decía Puckerman trayéndola a la realidad nuevamente. –Disfruten del show. ¡Música!

Se escuchó un nuevo aplauso colectivo antes de que la orquesta comenzara a tocar. Vio a la niñera recogerse el vestido con una mano mientras que en la otra tenía el micrófono. Se le erizó cada poro de su piel en cuanto «Don't Rain On My Parade» comenzó a sonar en todo el recinto, pero muy en el fondo sabiendo que no era la canción la que ejercía ese poder sobre ella, sino la persona que la cantaba.

¿Cómo pudo haber pensado que la voz de la niñera no tenía nada de extraordinaria? ¿Cómo pudo haber pensado que había escuchado voces mejores que la de la joven? Fue en ese entonces, mientras la veía moverse de un lado al otro en una para nada improvisada coreografía, que supo que lo que la señorita Berry tenía de maleducada lo tenía de talentosa. Sintió como su estómago sufría un vuelco interminable mientras veía a la morena cantar. ¿De dónde sacaba toda esa potencia, esa fuerza, a la hora de cantar? ¿Cómo era posible que una persona tan pequeña fuera tan aguerrida teniendo un micrófono en la mano? ¿Por qué no se había fijado en eso antes? ¿Santana, Sam o Jesse la habrían escuchado cantar también? ¿O ella era la primera? Se descubrió a sí misma, mientras aplaudía ferviente e inconscientemente cuando la canción llegó a su fin, deseando una respuesta afirmativa a la última de sus preguntas.

Sintió un nuevo vuelco en su estómago, solo que este fue un poco más fuerte y profundo que el anterior, cuando la señorita Berry comenzó a buscar algo entre toda la multitud que se había acercado para felicitarla, en su mayoría los hijos adolescentes de los invitados a la cena. Internamente, y sin poder evitarlo, deseó ser ella el objeto de búsqueda de la morena. Deseó que la chica la buscara a ella entre toda la multitud que la rodeaba. Deseó que sintiera esa necesidad de calmar la adrenalina a su lado, tal y como ella deseaba hacer en ese momento. ¿Por qué todo era tan complicado? ¿Por qué la señorita Berry le hacía desear cosas que no debería desear? ¿Por qué no podía ser clara en lo que sentía?

La pregunta real era: ¿Sentía algo respecto a la niñera?

«No» respondió su cabeza pero la respuesta en su pecho fue un claro y rotundo «Si» aunque no tenía muy en claro si era un sentimiento positivo o negativo.


Próxima actualización: Martes 8 de Septiembre.

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