Los personajes no me pertenecen como es obvio

Y la historia no es mas que una adaptacion de Helen Bianchin

Capítulo 8

Aquel día iban a jugar al voleibol, a nadar y a hacer una barbacoa, así que puso en la bolsa un bikini, una falda y una camiseta a juego, unos pantalones cortos, una toalla, ropa inte­rior, algunos cosméticos y crema protectora.

-¿Estás preparada?

-Perfectamente preparada para pasar toda la tar­de al sol -si Tanya estaba entre los invitados, gri­taría.

Edward tomó su bolsa y se dirigió al garaje. La ropa deportiva que llevaba remarcaba su estupenda figura. Tenía una energía y una sensualidad que vol­vía locas a las mujeres y hacía a algunos hombres darse cuenta de sus defectos.

Era dinamita dentro y fuera del dormitorio, iba pensando Bella mientras Edward aparcaba a la en­trada de la casa de sus anfitriones.

La mayoría de los invitados ya habían llegado y Bella fue saludando a todo el mundo con una sonrisa, incluso a algunas mujeres que antes le ha­bían vuelto la espalda y ahora parecían sus mejores amigas.

-Estás muy callada -dijo Edward. Se volvió hacia él y le sonrió.

-Perdón, no sabía que entre mis cometidos estu­viera tener que mantener siempre una conversación inteligente.

A Edward le brillaron los ojos con ironía.

-Dentro de muy poco van a empezar los parti­dos de voleibol.

-Y así las mujeres tendrán la oportunidad de co­quetear con los hombres, todo en nombre del depor­te.

-¿De coquetear? Se me ocurre otra cosa mucho más gratificante para quemar energía en nombre del deporte.

-Me parece recordar que tú te dedicaste a ello anoche.

-Evidentemente, no te dejé muy impresionada.

Ambos sabían que no había ni un ápice de ver­dad en aquella afirmación. Bella había reaccio­nado a sus caricias como un instrumento bien afina­do en las manos de un maestro, y no se había contenido a la hora de pedir más.

-Ahora no me apetece halagarte -le contestó. En ese momento, el sonido de una risa atrajo su mirada hacia la puerta de la terraza-. Dejaré que la encan­tadora Tanya te compense.

-¿Dónde te crees que vas?

-A relacionarme con el resto de la gente. No me apetece quedarme a ver sus técnicas de seducción.

-¿Me vas a abandonar? ¿Voy a tener que vérme­las con ella yo solo?

Bella sonrió irónicamente.

-Eso es algo que puedes hacer con las manos atadas a la espalda -le respondió mientras se daba la vuelta para saludar a la rubia.

-Tanya -dijo con falsa amabilidad-, ¿me per­donas?

-Por supuesto, querida.

Bella fue hacia la barra y pidió agua con gas. Miró hacia la bahía. El cielo estaba muy azul y ha­bía algunos barcos de colores navegando por el océano. Sin poder evitarlo, su mirada volvió a Edward. Examinó su perfil y su pelo perfectamente peinado.

Tanya estaba intentando por todos los medios llamar su atención con una preciosa y estudiada sonrisa, la leve inclinación de la cabeza, el suave roce de las uñas en su brazo.

Era el encanto personificado, pensó Bella in­tentando evitar los celos. Para ponerse celosa tenía que importarle, y él no significaba nada para ella. Así que ¿por qué la irritaba tanto ver la mano de Tanya en el brazo del hombre que le había pagado por tener un hijo y darle varios años de su vida?

Edward notó que los miraba y se volvió hacia ella.

En ese preciso momento el anfitrión anunció el comienzo de los partidos.

¿A quién se le había ocurrido poner a Bella en el equipo contrario al de Edward y Tanya? ¡Y lo que era aún peor, la rubia se había quedado en biki­ni!

«Esto es la playa» se dijo un poco enfadada con­sigo misma. Aunque divertirse era una cosa, y pa­vonearse otra muy diferente.

Un rato más tarde, los jugadores cambiaron de lugar y Bella se encontró situada al lado de Tanya. Aquello no fue un buen cambio para ella, so­bre todo cuando una zancadilla deliberada la hizo volar y aterrizar en la arena.

«Muy bien, yo también voy a jugar al mismo juego». Pero durante los siguientes diez minutos no tuvo ocasión de devolver ningún codazo ni ninguna patada en la pantorrilla.

Se sintió verdaderamente aliviada cuando termi­nó el partido y pudo irse a la piscina.

Tanya se tiró de cabeza y aquel movimiento puso de relieve la perfección de sus formas. Bella simplemente se deslizó dentro del agua desde el borde.

Edward se acercó a ella por el agua, mirándola con ojos de deseo, y le dio un beso que la dejó sin aliento.

-¿Qué haces? -le preguntó.

-¿Es que necesito tener un motivo para besarte?

-Sí.

Bella salió de la piscina, recogió la toalla y la bolsa y se fue hacia el vestuario de invitados. Se duchó y se puso la ropa, y cuando salió de la cabi­na, se encontró a Tanya esperando su turno.

-Vaya escenita has montado en la piscina. Aquello se estaba convirtiendo en algo tedioso.

-No creo que tenga que darte ninguna explica­ción -le respondió Bella mientras se recogía el pelo.

-Ten cuidado con lo que haces -le dijo Tanya, y Bella encontró su mirada en la imagen del es­pejo.

-Siempre tengo cuidado.

-No tienes nada que hacer contra mí. -Bella se volvió para mirar directamente a su enemiga.

-Explícate.

-Adivina tú misma a lo que me refiero, querida.

-¿Me estás amenazando?

-¿Es que necesitas que te lo confirme?

-Buena suerte, Tanya -le respondió en un tono suave, y vio cómo reprimía la ira que se le reflejaba en los ojos.

-Yo nunca dejo nada a merced de la suerte.

Bella ya había tenido bastante y salió sin de­cir ni una palabra más.

Cerca de las siete empezó la barbacoa. Había marisco, pescado y ensaladas, todo ello acompaña­do de un champán excelente.

Más tarde, se sirvió café. Bella fue durante todo el rato muy consciente de la presencia de Edward.

Después de las diez salieron para casa. Estuvo callada durante todo el trayecto, y una vez que esta­ban en la habitación, Edward le preguntó:

-¿No tienes nada que contarme?

-Ha sido una tarde muy agradable y la cena es­taba deliciosa. Ahora estoy cansada y mañana será otro día -le lanzó una mirada penetrante- ¿Es sufi­ciente con eso?

Él se acercó a ella, se agachó y le examinó la pantorrilla.

-¿Es estrictamente necesario que hagas eso? -de repente se encogió-. Me duele.

Edward le dio un suave masaje y se incorporó.

-Te va a salir un moretón -después le palpó las costillas, y ella le dio una palmada en el brazo.

-No me toques.

Una orden que no fue respetada en absoluto.

-¡Ay!

-Voy a darte una pomada para reducir el hema­toma.

-No es necesario -se escapó y entró en el cuarto de baño. En un momento, se quitó la ropa y el ma­quillaje, se lavó los dientes y se puso la camiseta de dormir.

Cuando salió a la habitación, Edward todavía esta­ba junto a la cama, con el tubo de pomada en la mano.

-¡Oh, por el Amor de Dios! Dámelo -quiso qui­társelo, pero él no se lo permitió y le aplicó la poma­da-. ¿Es que también tienes que hacer de enfermera? -y explotó-: Tu antigua amante es una miserable.

Él terminó con la pomada, lanzó el tubo en una mesa que había al lado y tomó su cara para acercar­la a la suya.

-Esto no va a salir bien –dijo Bella en el mo­mento en que pudo abrir la boca.

-No sé por qué no va a salir bien -volvió a be­sarla profundamente.

Cuando la miró a la cara, vio que sus ojos ardían de pasión y que tenía los labios muy rojos. Aquello lo excitó aún más y dibujó la curva de su boca con los dientes.

Notó aquel gemido que le nacía en la garganta, le besó la parte más vulnerable del cuello, donde el pulso se le aceleraba, y la empujó suavemente sobre la cama.

El jueves por la mañana volaron hacia Coolangatta. Una vez allí, tomaron un taxi que los condujo a Palazzo Versace en Main Beach, con vistas al océa­no.

El hotel en sí era un gran atractivo para los turistas, y solo los más ricos podían permitirse poseer uno de los lujosos apartamentos privados.

Bella observó todos los detalles encantada mientras entraban en la casa. Estaba completamente decorada con muebles y accesorios de Versace. Era preciosa, y se lo dijo.

-Disfruta. Si necesitas ponerte en contacto con­migo, llámame al móvil. Yo me encargo de reservar una mesa para la cena.

Hacía unos cuantos años que no iba a la costa, y se propuso explorarlo todo. Recorrió el centro comercial Marina Mirage, disfrutó sin prisas de un buen café y paseó por Tedder Avenue en Main Beach, que seguía tan a la moda como recordaba.

Acababa de saber que no estaba embarazada, y no estaba segura de si la noticia la alegraba o no.

Volvió al apartamento casi a las cinco y se metió en la ducha. Al poco rato, Edward entró tras ella.

-¿Tienes que entrar siempre? -le preguntó en­fadada.

-¿Por qué no te relajas y disfrutas?

-Olvídate de la escena de seducción porque no te va a servir de nada.

Habían tenido relaciones íntimas todas las no­ches durante tres semanas. Era fácil para él deducir el porqué.

Deslizó las manos hasta sus pechos.

-Hay otras formas de proporcionarnos placer.

-Ninguna que yo vaya a practicar ahora.

Una risa ronca salió de su garganta antes de be­sarla. Aquel beso la dejó deseando más, mucho más. Él tardó un rato en alzar la cabeza, y la miró a los ojos.

-Ya está bien -le dio una palmadita en la nalga-. Vete si quieres.

Cuando él salió de la ducha, Bella casi estaba completamente vestida. Se había puesto un traje pantalón de seda roja y unos zapatos de tacón.

El restaurante tenía vistas al mar, y la comida era excelente. Era muy agradable estar con él a so­las, decidió Bella. No había ningún otro invitado en la mesa con el que tuviera que conversar ama­blemente, ni existía la posibilidad de que apareciese Tanya para entrometerse.

-¿El apartamento es tuyo? ¿Lo compraste?

-Compré dos -la corrigió Edward -. Uno para mi uso personal y otro como inversión.

Dada la situación de la propiedad, su valor no podía hacer otra cosa que aumentar.

-Deduzco que tu reunión de esta tarde ha sido un éxito ¿no? -como si pudiese ser de otra manera.

-Sí.

Ella tomó un sorbo de vino.

-¿A qué hora sale el avión mañana?

-Al mediodía.

Qué estancia tan corta. ¿Volverían pronto?

-Sí, dentro de unos meses -le contestó Edward, y se dio cuenta de que ella se sorprendía-. Tienes una cara muy expresiva.

-Al contrario que tú -era imposible discernir nada de su expresión, y se preguntó si alguna vez sería capaz.

Disfrutaron de un café y después dieron un pa­seo escuchando los sonidos de la noche. Había mu­chos yates amarrados en el puerto deportivo, y los cafés estaban abarrotados.

Edward le tomó la mano, y ella dejó que sus dedos se entrelazaran.

Hacía menos de un mes que se había jurado que odiaría a aquel hombre, pero cada día que pasaba era más difícil. Era su marido y su aman­te. En poco tiempo, se convertiría en el padre de su hijo. ¿Sería posible que llegase a ser también su amigo? Y cuando su relación pasara a ser la de dos amigos, ¿cómo se enfrentaría ella a la situa­ción?

«No muy bien», le dijo una vocecita. Aquel pen­samiento había irrumpido en su mente dejándola callada y pensativa.

«Tonta», pensó. «Se te ha subido el vino a la ca­beza». Edward le había ofrecido una proposi­ción de negocios, y ella había aceptado todas las cláusulas. Y su relación continuaría siendo siempre de negocios, aunque aquello la matara..

Los días seguían una rutina familiar. Bella estaba muy satisfecha de cómo progresaba La Femme, cada día con más clientes y unos beneficios que aumentaban vertiginosamente.

Por las noches se abandonaba a la pasión que Edward encendía en ella. Era increíblemente sensual y siempre la dejaba ansiosa de experimentar algo más que el mero amor físico.

La fecha del desfile que Rosalie había organizado se acercaba, y Renee y ella habían previsto todo hasta el último detalle y habían encargado el género extra que necesitarían.

La clave para que saliera bien era la organización, pensó Bella aquel día mientras cerraba la tienda y ponía una nota de aviso en la puerta.

Había un fabuloso ramo de flores en el mostra­dor... Un regalo de buena suerte de Edward.

-¿Qué te parece? -le preguntó Bella a su ma­dre.

-Cariño, está precioso -le respondió Renee en­tusiasmada.

Los encargados del catering habían llevado ca­napés, zumo de naranja y champán.

Habían revisado el programa y la lencería varias veces, y tenían que llegar tres modelos con Rosalie y sus ayudantes. La música también estaba preparada, y ya solo quedaba esperar a las invitadas.

Pero Rosalie llegó con solo dos modelos.

-Ha habido un ligero cambio de planes -las in­formó-. La tercera chica se ha puesto enferma, y he conseguido que Tanya, tan encantadora como siempre, la sustituya con tan poco tiempo.

En ese instante, la rubia entró por la puerta de la tienda.

¿Tanya? ?¿Era la salvadora del evento o había utilizado una de sus artimañas?

Bella sonrió y controló el deseo de gruñir.

-¡Qué amable! -asintió, odiando aquella situa­ción que la obligaba a mentir-. Las otras modelos están cambiándose. Alice, nuestra ayudante, te explicará el programa.

Renee y Rosalie fueron hacia la puerta para reci­bir al primer grupo de invitadas.

A la hora convenida todo el mundo estaba en su sitio y se sirvió el champán. Había muy pocas posi­bilidades de que algo saliera mal.

Después de mucho deliberar, habían decidido empezar el show con camisones y terminarlo con los sujetadores y tangas más atrevidos. Las tres mo­delos desfilarían con tres colores diferentes de cada prenda.

Los pijamas de seda, los preciosos camisones y las négligées fueron todo un éxito. La largura de las prendas iba disminuyendo en cada pase, hasta que lle­garon los saltos de cama de seda más provocativos.

Hasta entonces todo iba muy bien, pensó Bella aliviada, mientras las ayudantes de Rosalie relle­naban los vasos de champán y repartían más cana­pés en el descanso.

-La gente está reaccionado muy bien -dijo Renee mientras preparaban más prendas.

-La gente está marcando bastantes artículos en los programas -asintió Alice-. Si finalmente de­ciden comprar todo lo que están marcando, tendréis que hacer un pedido enorme para reponer el género.

Bella cruzó los dedos para que aquello suce­diese.

Entonces sonó el teléfono y Renee contestó la llamada; habló en voz baja, colgó y se acercó a su hija.

-Era Edward, cariño. Está cerca de la tienda y va a pasarse en cinco minutos.

¿Un hombre en terreno de mujeres?

-¿Cuándo?

-Creo que acaba de dejar el coche en el aparca­miento de detrás de la tienda.

Bella sintió que se le aceleraba el pulso.

-Voy a abrir -dijo con calma, a pesar de que no se sentía precisamente tranquila.

Edward estaba esperando en la puerta con una mano en el bolsillo de su impecable traje.

Un ángel, pensó Bella, e intentó controlar las sensaciones que le recoman el cuerpo.

-¿Qué estás haciendo aquí?

Él enarcó una ceja y la miró de buen humor.

-¿Hay alguna razón para que no pueda estar aquí?

Demonios, tenía que controlarse.

-No, es solo que no me lo esperaba -esperó a que entrase en la tienda y después cerró con llave-. Él desfile está en su punto álgido.

-¿Está saliendo bien?

-Creo que sí.

Le tomó la barbilla y le preguntó:

-¿Pero?

-Nada.

Examinó la expresión de su cara y percibió un gesto de dolor.

-¿Y por eso tienes dolor de cabeza?- Ella consiguió alejarse.

-¿Vas a quedarte?

En realidad, no lo había planeado así. Su inten­ción era pasar por la tienda, saludar a Renee y a Rosalie, dejarse ver un poco y luego marcharse. Pero cambió de opinión.

-¿Te molesta que me quede?

-Estoy segura de que tu aparición va a poner nerviosa a más de una invitada -y a una modelo en particular.

Su risa suave la hizo estremecerse.

-Bueno, intentaré ser discreto.

-Sí, por supuesto, cuando los burros vuelen -se vengó, pero no fue lo suficientemente rápida como para escaparse del beso que Edward le dio en la boca. Le dirigió una mirada asesina mientras sacaba del bolso la barra de carmín y se retocaba los labios.

La presencia de Edward tuvo el efecto que Bella se esperaba. Las invitadas se sentaron más erguidas y sonrientes, y los movimientos de las modelos se volvieron provocativos.

Edward achicó los ojos cuando vio a Tanya. Se preguntó hasta dónde habría llegado la rubia para conseguir reemplazar a una modelo. No creía que Rosalie Hale tuviera nada que ver en sus manio­bras. Era mucho más probable que Tanya le hu­biera ofrecido a la modelo una suma muy superior por llamar y decir que estaba enferma que la que hubiera cobrado por desfilar.

Miró a su mujer y se dio cuenta de que, aunque sonreía, estaba muy tensa.

Bella estaba haciendo todo lo que podía por no prestarle atención. No le resultaba fácil, sobre todo con la sensación del beso todavía en sus la­bios, y estaba debatiéndose entre la ira y la resigna­ción ante su presencia.

¿Por qué no se iba? ¿Es que estaba disfrutando de ver a chicas jóvenes que solo llevaban puesta la lencería más excitante?

Tanya estaba muy a gusto en su papel de se­ductora mientras se movía por la boutique, parán­dose cada poco tiempo a posar. Miraba a Edward de­mostrándole con el movimiento de las pestañas, la sonrisa y su boca tentadora que estaba disponible.

Cuando el desfile terminó, Renee pronunció unas palabras para agradecer a Rosalie la organización del evento y para animar a las invitadas a que usaran sus vales de descuento y contribuyeran a la obra benéfica.

Después se sirvieron pasteles y café. Edward se quedó solo el tiempo necesario para hablar con Rosalie, aunque Tanya se las arregló para abordarlo antes de que se fuera, con el pretexto más inverosí­mil.

Bella intentó concentrar su atención en todas las clientas que se acercaban al mostrador con los programas y los vales. La venta fue tan buena que a la hora de cerrar todavía quedaban muchas invita­das en la tienda.

Rosalie había sido una organizadora ejemplar, y lo había dispuesto todo para que recogieran las si­llas a las cinco en punto. Cuando la última persona hubo abandonado la boutique,Bella, Reneee y Alice empezaron a limpiar y ordenarlo todo.

Bella llegó a casa a las siete y vio que el co­che de Edward estaba en el garaje, así que, evidente­mente, estaba en casa. Con suerte, habría cenado y estaría encerrado en su despacho.

Subió a su habitación. Se quitó la ropa, se soltó el pelo y se metió en la bañera.

«¡Qué placer!», pensó al cerrar los ojos y apoyar la nuca en el borde.

Perdió la noción del tiempo mientras pensaba en el éxito de aquella tarde y todo lo que habían vendi­do. La única pega había sido Tanya.

-Cansada, ¿eh?

Abrió los ojos al escuchar la voz de Edward, y los abrió aún más cuando lo vio agacharse para ofre­cerle una copa de champán.

Brindó con ella y le dijo:

-Por el éxito de esta tarde.

-Se me olvidó darte las gracias por el ramo de flores -le contestó Bella amablemente.

-Ha sido un placer.

-Has estado muy atento acercándote a ver qué tal iba todo.

-Pero me he excedido mucho quedándome una hora, ¿hmm?

Le lanzó una mirada asesina.

-Las invitadas estaban muy contentas con tu presencia.

-Mi única intención era apoyar el evento.

-¿De verdad? -tenía tentaciones de tirarle algo a la cabeza-. ¿Esa es la razón por la que te quedaste? Yo creía que era para disfrutar de las vistas.

Él se rio suavemente.

-Perdóname, pero es más tentador mirarte a ti, porque sé lo que hay bajo el elegante traje de cha­queta y que puedo tomarlo cuando quiera. Para mí no tiene interés ver a mujeres que no me atraen en ropa interior.

-No parece que Tanya estuviera muy de acuer­do con eso.

-Por supuesto, porque es una exhibicionista con un ego desmesurado.

-Estaba desfilando solo para ti.

-¿Estás celosa?

Bella tomó la esponja y se la arrojó. Él la es­quivó con facilidad, la devolvió a la bañera y se es­tiró.

-¿Te apetece que me bañe contigo?

-Si entras en la bañera, yo saldré -dijo ella secamente, y se le abrieron los ojos de par en par cuan­do vio que se quitaba la camisa y se desabrochaba los pantalones.

Se puso de pie y quiso salir de la bañera, pero él la sujetó.

-¡Déjame salir!

Sintió una vez más toda aquella fuerza sensual que invadía sus sentidos.

Intentó escapar, pero en un segundo se encontró en sus brazos.

-Relájate.

Por el amor de Dios, ¿cómo iba a relajarse?

Notó cómo las manos de Edward se deslizaban por su cuello y empezaba a masajearle la nuca. Era fan­tástico abandonarse a sus caricias.

Después de unos minutos, no pudo seguir conte­niéndose y le dijo:

-Lo haces muy bien.

-Espero que no sea la única cosa que hago bien.

Se le notaba la ironía en la voz, y Bella sintió cómo se le aceleraba el pulso y aquella deliciosa sensación se extendía hasta el último rincón de su cuerpo.

-¿Qué quieres? ¿Te doy una nota del uno al diez?

A él se le escapó una carcajada.

-¡Dios no lo quiera!

-Déjame salir de la bañera.

-Acabamos de empezar.

Le acarició los pechos y los pezones. Bella dejó escapar un gemido cuando continuó por el vientre para explorar el punto de unión de sus mus­los. Toda aquella voluptuosidad la hizo llegar muy alto y se arqueó, incapaz de controlar sus movi­mientos. Después la levantó en brazos, la secó y la llevó a la cama.

Apartó las sábanas de un golpe y con un suave empujón la tendió encima de él para penetrar en ella con un fuerte movimiento.

Fue ella quien empezó a moverse y quien marcó el ritmo, exultante de placer, percibiendo el poder que tenía sobre su amante en aquel momento. Dis­frutaron plenamente de toda aquella pasión animal y alcanzaron el climax.

Después, ella se durmió, y a medianoche bajaron para reponer energías con algo tan prosaico como la comida.

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Hola chicas, de nuevo yo por estos lares jejej!!! bueno lo uniko q me toca dar son las grax por los Review, aletar y favoritos... no saben los feliz que me hacen el dia y mas estando enferma! es que en serio no salgo de una!! ahora es dolor de oido! o es q las enfermedades estan en contra o me voy a morir !! T.T jaja no vale!! =P ni Dios los kiera =D...

AAhhh y disculpen si en la historia aparecen nombres que no deberian aparecer! es que volver a leer la historia me es un tanto fastidioso y no me doy cuenta =P jejeje pero ahora lo hago con mas cuidado!! Y chicas no se me mueran q me quedo sin lectoras =P

Cuidense mucho, besos y abrazos para todas ^_^ xoxoxo