Disclaimer o Descarga de responsabilidad: Harry Potter y sus personajes no me pertenecen. De lo contrario, no estaría escribiendo fics.

Nota de autora: ¡Felices Fiestas! Un poco tarde, Chaos, porque el año nuevo ya comenzó y lo sé, lo sé, pero mejor tarde que nunca ¿ne?

Edit: Wow, ya pasó un mes, este capítulo me llevó un tiempo porque resulta que las vacaciones son algo ajetreadas cuando no estás en casa y es difícil escribir. Mil disculpas. Por cierto, pregunta, ¿Qué piensan de Molly, en general?

En mi headcanon, Susan es la Jefa de la División de Magos Golpeadores (el equivalente al equipo S.W.A.T muggle) y nadie puede convencerme de lo contrario porque me niego a creer que una niña criada por Amelia Bones no termine siendo una mujer Badass con todas las letras. Así que, lo siento si se confunden por la referencia a ella en este capítulo.

Así que... se me pudo haber pasado un poco la mano con la extensión de mis respuestas a los reviews, y así que LAS RESPUESTAS ESTÁN AL FINAL DEL CAPÍTULO.

¡Muchísimas Gracias por los comentarios! Me hacen muy feliz y son amor.


Ron se sentía vacío, cansado, y no tenía energías como para reunir ningún tipo de portada para los Black.

Quería uno de los avasalladores abrazos de Hermione, que hacían que todo lo que no fuera sus brazos desapareciera; quería una de sus conversaciones tranquilas con Harry a la madrugada, ambos sentados en una de las habitaciones en desuso de Grimmauld Place, acunando dos tazas de té hechas por un molesto Kreacher y sonriéndose en la oscuridad; que Dean viniera a buscarlo al pequeño departamento que se había conseguido en el Callejón Horizont después de su separación con Hermione, listo para arrastrarlo al trabajo, con una burla en la punta de la lengua y una taza de café en la mano, sus peculiares ojos miel brillantes de diversión; Gemma, con una montaña de papeles en la mano que indicaban un futuro problema y dolor de cabeza, su risa resonando en los pasillos del Ministerio. Extrañaba los regaños de Susan, su expresión exasperada y sus rizos rebotando de un lado para otro en su furia, mientras Ron fingía escucharla y luego huir de su enojo; las escapadas a Hogwarts a ver a Neville, tan entregado a la enseñanza, sus manos estables y su mirada confiada mientras le contaba sobre su última clase de primer año.

Toda una vida de recuerdos, de sucesos, que ahora nunca iban a pasar. Relaciones que probablemente no iban a existir.

Él no era el Ron de esos recuerdos, y las cosas ya habían cambiado lo suficiente como para que las ondas reverberaran a lo largo de su línea de tiempo. Tal vez, ni siquiera sería amigo de Harry y Hermione, o terminara en Gryffindor, o se convirtiera en Auror. Es como si le entregaran el mundo en bandeja de plata, le permitieran encariñarse con él, y luego se arrancaran violentamente, llevándose su corazón y dejándolo con una cavidad sangrante en su pecho.

Que irónico, tal en la muerte como en la vida.

Le dijo a Gemma que tuviera cuidado. Le advirtió que esa mierda pasaría, porque los giratiempos que te permiten interferir con los suceso históricos sin consecuencias devastadoras bien podrían ser una especie de milagro mágico y la gente estaba desesperada después de la guerra. Y luego ella... ella estaba...

Ron suspiró.

No tenía sentido pensar en la muerte de alguien que en ese momento seguía de ese lado del velo. Una pequeña Gemma Farley que podría o no, ya estar en su primer año de Hogwarts, con sus mejillas sonrosadas y sus grandes ojos curiosos de todo. Tan viva, que le dolía a Ron siquiera pensarlo.

Como Cedrella

El pensamiento lo sacudió de su estupor y lo hizo levantar la mirada, enfrentándola a los otros tres adultos en la habitación además de su abuela. Pollux y Arcturus Black, ambos elevándose por sobre el sillón dónde estaba sentado, y un poco más atrás, Charlus Potter.

Sus ojos marrones eran cálidos, pero distaban tanto del verde de Harry que lo ponían incómodo. En especial porque su rostro era el de su amigo (no todavía, tal vez nunca) con más arrugas. La línea de su mandíbula, afinada y recta, sus pómulos un poco más suaves, la forma del mentón; Ron podía encontrar a Harry en cada línea de expresión y la familiaridad lo descolocaba más de lo que podía pensar. Él recordaba confusamente, antes de su colapso, haberse aferrado a Charlus como a una línea de vida.

Harry jamás habló de ningún pariente que no fueran los Dursley, y luego Sirius. Así que ese hombre había muerto antes de Hogwarts; si era algo similar a su amigo, jamás lo hubiera dejado solo mientras siguiera con vida. Ron sabía que Arcturus se había ido no mucho después que Cedrella, y Pollux... bueno, no lo había visto durante la guerra o después, eso era seguro.

Entonces... una charla con fantasmas. Eso lo hizo sonreír un poco, nada más que una leve curvatura, pero pareció relajar a Cedrella a su lado y a Charlus, por alguna razón.

Arcturus, por el contrario, se tensó. Ron podía ver que estaba apretando los dientes, sus manos cuidadosamente relajadas en una parodia de tranquilidad que el hombre claramente no estaba sintiendo.

- ¿Qué viste niño? Está en tu mejor interés hablar - su tono era brusco, a juego con la dureza de sus ojos amatistas.

Ron, por puro despecho, quería escupir sus botas y esperar la reprimenda. Cedrella lo había educado mejor que eso, pero, oh, que tentadores que eran los susurros de sus recuerdos, que liberadora la impertinencia de su otro yo. Y podría haber tomado ese enfoque, se sentía los suficientemente hueco por dentro que no le importarían las consecuencias, pero luego su cerebro decidió ponerse al día y analizar a sus acompañantes.

Pollux lo veía como George a un proyecto fascinante, mirada que lo enervaba, pero parecía dentro de todo inofensivo; no había intención de daño en sus gestos, solo curiosidad. Ron sabía como se veía la hostilidad, y Pollux Black no tenía ni un ápice en su cuerpo, pero Arcturus... oh, el Jefe Black bien podría ser la cuerda de un arco antes de disparar al blanco; tenso y posiblemente mortal. Solo eso podría justificar una respuesta negativa de Ron, pero el Black... tenía miedo. Oh, eso era interesante.

¿Miedo de qué, exactamente? No había nada peligroso en la habitación, además de ellos.

- La visión, Weasley ¿Qué viste? - repitió el primo de Cedrella, su voz casi un gruñido. El amatista siguiendo cada movimiento, como si Ron fuera alguna especie de criatura oscura desconocida y estaba evaluando si eliminarla o no.

Y los ojos de Ron se agudizaron. Miedo de él, entonces, de lo que podría decirle. Pero ¿por qué? Ron recordaba haber revivido el final de la Batalla de Hogwarts con Harry... con Harry muriendo. Su atención se centró entonces en Charlus, a quien había confundido cómo su amigo durante el "incidente"; Potter se veía incómodo, y su postura vacilaba entre inclinarse hacia Arcturus y retroceder, como si no pudiera decidir entre si calmar al Black o alejarse lo más posible de él, o si su cercanía sería bien recibida (no conocía bien a ninguno de los dos, así que no estaba seguro).

Si se enfocaba, podía rememorar haber regañado a Harry por morir; era una conversación que nunca sucedió en el pasado, futuro, lo que sea, pendiente por la necesidad de olvidar lo sucedido.

Ron hizo una mueca. Esas palabras no deberían haber sido escuchadas por nadie más que Harry. No es que importara ahora.

Porque ellos... porque ellos habían escuchado todo. Ron se enderezó al entender. Había anunciado la muerte de alguien en medio de una explosión de magia salvaje; se retuvo de palmear su rostro en frustración porque no había forma que tomaran eso como cualquier otra cosa que una visión, y él sabía que había algo de esa sangre en la línea de su madre. Genial, justo lo que necesitaba, los Black creyendo que él era un jodido vidente. Pero no había forma de que pudiera explicar su verdadera situación, no confiaba en ellos con ese tipo de información ni con su seguridad, así que tendría que mentir.

Su otro yo había sido un mal mentiroso, jamás pudo dominar la habilidad en ningún sentido de la palabra, para sufrimiento de sus instructores aurores. Pero a él, su abuela le había enseñado bien. Si no podías mentir, podías omitir y manipular la verdad; las personas podían llenar los vacíos, crear sus propias historias de solo un grano de información.

Bueno, creían que él era un vidente... podía trabajar con eso. Tal vez. Merlín, eso iba a ser un desastre.

Se concentró en el presente. Charlus se veía más inquieto y Arcturus más furioso. A Ron le resultó sumamente curiosa la idea que surgió en su mente ante la actitud del Potter y el Black.

- Oh, así que él te importa - Dijo, más para si mismo que ellos.

Los adultos se tensaron.

- ¿Qué? Weasley - su apellido nunca se sintió más un insulto que en su boca, y Ron había sido compañero de clase de Malfoy durante seis años.

Los miró a los cuatro. Cedrella parecía lista para hechizar a Arcturus, y si no conociera el dolor de perder a un amigo, jugaría con el hombre hasta que explotara y su abuela lo expulsara de la casa. Pero no, no tenía el corazón para eso. Y Charlus le recordaba demasiado a Harry como para que tal escenario lo hiciera sentir ni remotamente divertido. Así que suspiró.

Y dijo la verdad.


El niño se veía tan pequeño, sus pijamas un talle o dos más grandes de lo que debería, colgando de su marco holgadamente; conociendo la situación económica del testarudo hijo de Cedrella (oh, la ironía de que así lo describiera la mujer), habrían alguna vez pertenecido a un hermano mayor. El azul de sus ojos vibrante y destacado por el enrojecimiento en los bordes, consecuencia del llanto anterior.

Parecía una cosa triste; una de sus manos aferradas en un agarre de muerte al vestido de Cedrella, y sus pies ligeramente elevados del suelo, marcados por lo que él suponía eran sus propios dedos. Charlus quería arroparlo y esconderlo del mundo.

Había algo crudo y oscuro escondido en su mirada, algo que él reconoció de su propio reflejo en el espejo desde la muerte de Dorea y Arlen ¿Qué había visto el niño que lo había dejado en tal estado?

Arcturus no parecía sentir lo mismo que Charlus, si su tono al hablar podía tomarse en consideración.

Él sabía que su amigo solo estaba preocupado, pero eso no justificaba actuar así con un niño. No es que el parecido con Septimus ayudara al pequeño, el ex-auror estaba al tanto del odio de su amigo por el fallecido Weasley, que parecía haberse trasladado a sus descendientes. Honestamente, si Arcturus no dejaba de ser un idiota, él golpearía en el Jefe Black algo de sentido; había funcionado en el pasado.

O Cedrella lo haría por él, si los tics de su mano dominante podían ser tomados como una amenaza. La fragilidad de su cuerpo ciertamente escondida por su furia. Charlus nunca había presenciado tanta emoción de la mujer que había mentalmente clasificado como una "dama aristocrática", y se mordió el labio para no sonreír, porque los Black jamás cumplían las expectativas.

Su mirada pasó de la mujer a su nieto, quien les sonrió. Algo pequeño, una suave curvatura de labios que fue una especie de alivio. Al menos no estaba completamente roto por lo que sea que las visiones le hayan mostrado.

Y luego los ojos de Ronald parecieron enfocarse en ellos, pero había un brillo distinto en ello, algo más vivo y más peligroso. Charlus tuvo que evitar agarrar con fuerza el hombro de Arcturus porque, malditos genes Black, esa era la mirada de su amigo cuando analizaba a un enemigo. Reprimió una risa histérica.

- La visión, Weasley ¿Qué viste? - repitió Arcturus, más molesto que antes, y Charlus vio a Cedrella apretar su varita con fuerza.

Exhaló con fuerza cuando Ronald, en lugar de verse amenazado, se enderezó y su barbilla se alzó desafiante.

Un pequeño Black disfrazado de Weasley, de hecho.

El niño siguió mirando entre ellos, juzgando y posiblemente tratando de entender qué estaba sucediendo exactamente, o que tanto podría decirles. Pollux les había dicho que era muy posible que la explosión de magia fuera su primer visión importante, pero probablemente ya haya tenido destellos del futuro más de una vez, solo no se lo había confiado a nadie.

Y luego soltó, como si fuera solo un detalle menor...

- Oh, así que él te importa - Ronald seguía mirando entre ellos cuatro, y Charlus casi podía escuchar el "que interesante" que más de una vez se había escapado de la boca de Pollux en situaciones menos que estelares.

- ¿Qué? Weasley - Arcturus había escupido el apellido como si le quemara la lengua, y Charlus podía ver a Cedrella lista para maldecirlos a todos.

Bien, que gran encuentro. Maravilloso.

Ronald los miró poco impresionado, una mueca en su rostro, y pareció decidir algo a partir de la actitud de Arcturus.

- No era él - les dijo seriamente, inclinando su cabeza hacia Charlus - Son muy parecidos, y pensé que... bueno, Harry, ya sabes, tiene los mismos rasgos excepto sus ojos que son...

- Los de Lily - terminó el ex-auror - ¿Verdes, no es así?

El niño asintió, solemne. Arcturus y Pollux se relajaron hasta que se percataron de que ninguno de los dos dejaba de mirarse, y Charlus sintió que el mundo se movía bajo sus pies. ¿Harry moría? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? ¡Era solo un niño! No...

"Dijiste que todo iba a estar bien, lo prometiste"

"¿Por qué te rendiste? ¿Por qué nos dejaste?"

- Eso no va suceder hasta dentro de mucho tiempo - finalizó Charlus - Años.

Y Ron se sorprendió, pero estuvo de acuerdo. Su boca apretada en una mueca sombría.

- ¿Podemos detenerlo? - se atrevió a tener esperanzas. - ¿Lo que le va a suceder?

Arcturus y Pollux seguían mirando fijo al niño Weasley, quien a su vez los miró como si estuvieran siendo deliberadamente obtusos. Y luego, volvió a enfocarse en Charlus, pero había pena en su rostro. Oh, no, no otra vez.

- No sé, tal vez, el futuro no es algo fijo y puede que las cosas cambien lo suficiente como para que no suceda - Ron mordió su labio inferior, pareciendo sopesar entre decir algo o no - Ya cambiaron, es difícil para mi saber que es lo que va a pasar.

Arcturus se levantó, su altura ensombreciendo al pequeño cuerpo de Ron en el sofá. Cedrella vibraba en su lugar, el ex-auror estaba seguro de que si su amigo hacía cualquier movimiento amenazador, la bruja sería capaz de arrancarle la garganta. Con sus dientes. A veces, Charlus pensaba que la mujer Black era atemorizante.

- ¿Cambiaron? ¿Cómo? - Sonaban como órdenes, más que preguntas, y Ron levantó su rostro para encontrarse con el mayor como si no fuera una amenaza considerable.

Charlus estaba impresionado por las enseñanzas de Cedrella, si este era el resultado.

El niño negó con la cabeza y apretó la mandíbula, claramente renuente a continuar cualquier tipo de discusión con el mayor. No es que fuera a funcionar con Arcturus tan alterado como estaba.

- ¿En qué cambiaron? - Insistió. Sus ojos dos gemas iridiscentes.

- No tiene sentido discutirlo, no va a pasar - Ron levantó el mentón - No es importante, ya no más.

Y luego bajó su rostro, mirando sus manos; sus palmas extendida de par en par como si hubiera dejado algo ir. Su expresión llena de algo parecido a la pena, antes de esconderse nuevamente tras una máscara de indiferencia.

- Ya no más - Su voz se quebró y Charlus tuvo que visiblemente retenerse a sí mismo de abrazarlo.

Arcturus pareció captar algo de eso que ni él ni Cedrella pudieron entender, porque se abalanzó sobre el sofá y atrapó al niño en una especie de jaula con sus brazos contra el respaldar. Sus uñas como garras en el cuero envejecido, y su rostro una tormenta a punto de desatarse. Cedrella estaba lista para arremeter y Pollux había abandonado su relajada postura para sostener la mano de su prima, un gesto de advertencia mas que de confort.

- ¿Qué hiciste? - Ron se estremeció y él estaba listo para hacer retroceder a su amigo - Hiciste algo ¿¡Qué cambiaste!?

El pequeño Weasley los miró a los cuatro con sus ojos azules, tristes, y tan, tan cansados que le rompieron un poco el corazón. Sus labios se movieron en un suave murmullo que bien podría haber sido el viento.

- Yo cambié.


Molly se refugiaba en la oscuridad de la cocina, con sus manos alrededor de una torcida taza de cerámica que alguna vez había sido el intento de Bill de un regalo de cumpleaños artesanal; tomó un sorbo del té, que a duras penas se mantenía por lo que claramente era la obra de un niño, y sonrió algo nostálgica. La señora Fawcett, cuando todavía eran amigas antes del incidente con Ginny y Ron, se había rendido antes las incesantes súplicas de su hijo mayor de enseñarle algo de alfarería y, con mucha exasperación, había iniciado algunas lecciones. Ese regalo era la culminación de semanas de práctica, y un Bill de seis años se lo había presentado con todo el orgullo y satisfacción que su pequeño cuerpo había podido reunir, mirando de reojo a Charlie, de cuatro años, quien le había hecho un dibujo. Percy, de dos meses, parpadeaba curiosamente a sus dos hermanos mayores, en los brazos de Arthur.

Acarició los bordes desiguales con cariño. Sus niños habían sido tan pequeños, tan alegres, y definitivamente muy enérgicos. Molly había tenido sus manos completamente llenas en ese entonces e, irónicamente, había pensado que los tres juntos eran demasiado para manejar... y luego llegaron los gemelos; ellos si que habían sido una sorpresa, pues habían estado esperando solo un bebe, y las firmas mágicas de Fred y George habían estado tan íntimamente entrelazadas entre sí que incluso la sanadora había sido engañada. A Arthur le gustaba decir que ese debería haber sido el primer indicio de su traviesa naturaleza.

Debido a las dos bocas extras, Arthur había tenido que pedir más carga de trabajo en la Oficina y se mantenía más tiempo en el Ministerio. Molly había estado a cargo de tres niños hiperactivos y dos bebes, su cuerpo apenas teniendo tiempo para recuperarse totalmente del último nacimiento.

En ese entonces, Cedrella gozaba de mejor salud e incursionaba más en el hogar Weasley, con sus ojos juiciosamente gélidos y sus sonrisas bien afiladas que bien podrían ser navajas contra la garganta de Molly, le había ofrecido cuidar de Bill y Charlie mientras ella se encargaba de las últimas incorporaciones a la familia. Ella se había negado con una sonrisa ligeramente tensa, incluso cuando le costaba mantenerse despierta y sus brazos dolían de cargar todo el día a los gemelos, quienes lloraban ante el menor indicio de ser dejados en su cuna compartida. El abierto desprecio a su matrimonio por parte de la mujer todavía picaba en la memoria de Molly, y las palabras de advertencia de Guinevere Prewett sobre la familia Black resonaban en su mente cada vez que veía a su suegra. Simplemente no eran de confiar.

Ella había resueltamente ignorado que su esposo también compartía esa sangre. También se había negado a reconocer el suave cariño en los ojos de Cedrella, ojos que siempre escondían desprecio para Molly, cuando miraba a Bill y Charlie; el cuidado con el que había sostenido a Fred, acunando su frágil cuerpo como si fuera un regalo precioso y repitiendo el proceso con George; la delicadeza con la que acariciaba los rojizos mechones de Percy.

Molly solo... no podía reconocerlo, no cuando la cortesía y la distancia de Cedrella le quemaban la piel, y sus comentarios se clavaban como espinas venenosas. Siempre probando la amargura en su lengua cuando la mujer estaba en sus cercanías.

Apretó la taza en sus manos, el té que contenía perdiendo rápidamente su calor. Amargura que nunca había dejado de saborear, como un regusto viejo del que era difícil deshacerse. Con un movimiento descuidado de su varita, el líquido volvió a calentarse y ella lo bebió, tratando de distraerse del imaginario sabor.

Había cuidado de decir cualquier cosa negativa en frente de los niños, porque no importa lo fría de su relación, Cedrella era su abuela y Molly quería que tuvieran esa figura en su vida, aunque fuera solo por amor a Arthur. Pero los niños eran perceptivos, no habían tardado en notar la distancia que su madre parecía tomar cada vez que la mujer Black aparecía y comenzaron a copiar su comportamientos. Molly había tratado de pisotear el destello de satisfacción que había sentido cuando, en una de sus visitas, Bill y Charlie se habían marchado con rapidez mientras Percy se había negado vocalmente a que Cedrella lo sostuviera; era difícil disfrutar de ello cuando el rostro de la mujer pareció envejecer diez años frente a sus ojos y su siempre erguida postura se había encogido.

Su suegra había dejado de aparecer con tanta frecuencia después de eso, sus visitas cada vez más escasas con el pasar de los meses hasta ser inexistentes para cuando estaba transcurriendo el embarazo de Ron. Molly no tenía tiempo para preocuparse por ello, no con la guerra en su apogeo y las constantes masacres de familias y amigos, de conocidos. Sus hermanos metidos en esa peligrosa Orden, teniendo duelos sin reglas con mortífagos, arriesgando sus vidas por esa estúpida guerra que no perdonaba a nadie, y no importa cuánto ella había gritado y llorado que se refugiaran en su casa, Fabian y Gideon eran demasiado idealistas, demasiado tercos como para escucharla.

Ron había nacido, y ella había perdido completamente las esperanzas de tener una niña. No era culpa de su pequeño niño, pero Molly llevaba esperando por una hija desde Charlie y era casi imposible no estar decepcionada. No planeaba tener más hijos, no cuando su bolsillo estaba ya muy apretado y la guerra parecía no tener fin, no cuando no había paz para que sus hijos jugaran y Molly apenas podía respirar imaginando que el conflicto siguiera hasta el punto en que su progenie debiera encargarse de luchar también. Ella no era seguidora de los viejos caminos, pero todas las noches le rogaba a Mórrigan que se saciara con las muertes por ese día y dejara que la guerra encontrara su fin, Arthur siempre le decía que la Reina Espectral también dominaba el aspecto de la renovación, y ella le rezaba por ello.

El siguiente embarazo no había sido en absoluto bienvenido. Hace poco había recibido las noticias de la muerte de Fabian y Gideon, y su frágil estado emocional se había roto ante la noticia que Poppy le había dado en esa misma cocina. Era peligroso incursionarse en San Mungo para magos como ellos, a menos que fuera una emergencia, porque eran blancos fáciles y Madame Pomfrey iba a domicilio para amigos de la Orden, estado que le entregaba ser la hermana de los hermanos Prewett.

Molly había sollozado y había enterrado su rostro en el suave cabello de Ron, quien todavía dormitaba en sus brazos. No podía tener otro hijo en guerra, había balbuceado casi histérica a Madame Pomfrey, porque nunca iba a terminar y eran traidores a la sangre, sus bebes iban a morir en unos años con la situación como estaba y ella no... no podía...

Poppy había tenido que forzar una poción calmante por su garganta para que se calmara. El efecto duró unas horas y cuando pasó, Molly reunió a todos sus hijos en su habitación y se atrincheró allí, ampliando mágicamente la cama para que entraran todos por esa noche y se aferró a ellos casi con desesperación. Arthur había tardado horas en burlar la serie de hechizos que, en su frenético estado, había colocado en la puerta de la habitación como protección extra.

Él los abrazó a todos, y dejó que Molly descansara su cabeza en su pecho, murmurando reconfortantemente. Nadie se fue de la habitación esa noche.

Ginny nació en agosto, Molly había estado esperando una niña durante años pero ahora que la tenía no podía dejar de pensar que era tan injusto; la guerra parecía más cruel que nunca. Había perdido toda su anterior sutileza y arrasaba con fuerza por donde se viera, era peligroso salir de casa y hablar con nadie que no fuera de absoluta confianza. Ese año Bill debería ir a Hogwarts, pero Molly estaba aterrorizada de dejarlo a merced del exterior, incluso cuando su hijo rogaba y suplicaba, el apodo de "lugar más seguro de Gran Bretaña" no le otorgaba ninguna comodidad cuando los ánimos bélicos eran tan fuertes. No quería saber que clase de tensión se estaría gestando en el castillo.

Arthur lo llevo a la plataforma en septiembre a pesar de los incesantes llantos de Molly. Bill dejó que ella lo abrazara hasta el tiempo límite en que el tren tuviera que partir.

El 31 de octubre todo terminó y mientras todos salían a celebrar, ella se aferró a sus bebes y pudo respirar tranquilamente por primera vez desde que ese desastre había comenzado. Sus niños estaban a salvo.

Con el fin de la guerra, las cosas lentamente volvieron a la normalidad. Todavía era difícil sacudir el hábito de la desconfianza, pero las sonrisas venían más naturalmente a su rostro cuando se encontraba con alguien en el camino a hacer las compras. Y así como el mundo siguió girando, Cedrella volvió.

Molly, por muy resentida que estuviera y que tanto detestara a la mujer, casi se arroja a sus brazos cuando aparece con Septimus en su puerta. Las comunicaciones habían sido cortadas por precaución, y Arthur no había podido saber si sus padres estaban seguros, habían sido meses de incertidumbre con las barreras de protección y los encantos anti-aparición. Septimus parecía haber perdido cualquier rastro de rojo de su cabello, como si la guerra hubiera lavado todo color de él y Cedrella se veía más frágil que nunca, pero, oh, tan vivos que comenzó a llorar allí en la puerta. La mujer Black, de manera muy poco característica, la abrazó con la misma fuerza con la que ella se estaba aferrando y Molly sintió la suave caricia de la mano de Septimus por su cabello, grande y tosca como la Arthur, pero tan cuidadosa. Se sintió como una niña de nuevo, por primera vez en años.

Cuando Arthur llegó del trabajo lloró tanto como Molly, aferrado a sus padres con un alivio que la desgarró un poco. Ni Guinevere Prewett ni Auriga Prewett estaban en ese lado del velo. Pero estaba bien, solo así, ella podía sentirse un poco confortada. Cedrella le sonrió con suavidad y Molly casi se atraganta cuando se da cuenta de que se dirige a ella, pero el momento es tan fugaz que a veces se pregunta si no lo imaginó.

Ron comenzó a hablar claramente y Ginny comenzó a dar sus primeros pasos. Los gemelos empezaron su racha de bromas y Percy se acurruca con un libro, no muy lejos de ellos, y finge que no conoce a nadie. Molly sabe que es hora de reanudar su educación. Todavía rechaza las ofertas de Cedrella de enseñarle a uno de sus hijos.

Charlie va a Hogwarts y esta vez hay muchas menos lágrimas en el rostro de Molly.

Ella no se había dado cuenta cuánto la ayudaban sus dos hijos mayores hasta que se encuentra sobrepasada por los gemelos, Percy, Ron y Ginny. Había que establecer prioridades, así que vuelve su atención a su hija menor quien más la necesita en el momento y en los gemelos, porque sin que ella esté vigilante podrían destruir Ottery St. Catchpole. Sus suspiros se vuelven más exasperados que cariñosos y los ojos de sus niños más brillantes.

Molly caminaba en una delicada cuerda floja, sus emociones un constante desastre y empujando el luto a sus hermanos en un compartimiento pequeño para pensar más tarde, cuando realmente se pudiera permitir quebrarse. No era el momento... para ser honesta consigo misma, nunca parecía ser el momento.

La muerte de Septimus la abofetea con tal fuerza que su, hasta ahora estable balanceo, se descompagina. Ella cae y cae, y a diferencia de aquellos espectáculos muggles a los que Arthur la había llevado en su juventud, no hay red de seguridad cerca del suelo. No hay nada.

Septimus era... él era diferente, había sido el único que había aprobado su matrimonio con Arthur, quien la había aceptado como hija y le recordaba tanto a su propio padre que a Molly se le había dificultado respirar cuando la abrazaba. Arthur tenía sus ojos, y Ron también, y ver el oscuro azul siempre la había llenado de calidez, pero durante ese día no pudo mirar el rostro de su esposo ni el de su hijo. Molly nunca deja de caer.

Ginny es lo único que la reconforta, con sus grandes iris marrones y su suave olor a bebé, Molly se aferra a ella como un naufrago a la deriva. Arthur comparte su dolor, y entiende su distancia; eso no calma la culpa que solo crece en su interior, porque ella no era la única sufriendo y... eso no la hace parar.

Nada la hace parar.

No hasta que llega Cedrella, con sus ojos secos después de muchas lágrimas y su postura erguida, a pesar del claro peso en sus hombros. Molly siente vergüenza cuando su mirada gris la examina, y la encuentra deficiente si la mueca de burla es una respuesta. La mujer se sienta en la cocina y se niega a dirigirle la palabra, Molly se dice a si misma que el rechazo no le duele, que no tendría que esperar nada del negro corazón de un Black. Pero cuesta, especialmente, cuando su breve sonrisa permanece grabada en su mente y la fuerza de su abrazo todavía se acurruca sutilmente alrededor de su corazón.

Cedrella espera pacientemente en silencio a Arthur, y cuando llega, le informa que se llevara a los niños por la noche. Besa su frente amorosamente, y con una mirada gélida en su dirección, se retira. La pequeña Ginny en sus brazos junto con Ron, Percy agarrado a su mano y los gemelos siguiendo su paso dudosamente.

Molly se desmorona ante su salida. Duele más, ella cree, que Arthur no se acerque. Solo caen a pedazos solitariamente en la cocina, lejos el uno del otro. Ella se abraza a si misma, sus manos temblando y cuestionándose si Septimus era realmente el problema o solo el catalizador, tal vez había estado conteniendo el luto de todos los que perdió hasta que la presa no pudo más. Y la guerra, no, el tiempo, la habían hecho perder a muchas personas.

Ninguno habla hasta que llega la mañana. Y cuando Molly puede ver los ojos de su esposo sin desviar el rostro lejos, sonríe temblorosamente en victoria. No está bien, no cree que haya estado bien en mucho tiempo, pero es algo y su mano acunada por la de Arthur le da algo de esperanza. No está bien, pero probablemente lo estará, con el tiempo.

Sus hijos vuelven y las lágrimas dejan de aparecer. La risa es más fácil y la irritación se reduce.

Todavía no es del todo feliz; todavía acaricia la caja en el ático que contiene las varitas de sus hermanos y su pecho se llena de anhelo y enojo, todavía le cuesta jugar con su esposo al ajedrez sin llorar, no quiere revisar los diarios para no amargarse y charlar de trivialidades con las mujeres de la ciudad sigue siendo un esfuerzo consciente, pero se siente mejor.

Hay cosas de las que ocuparse, porque la vida sigue aunque la caída de Molly haya parado. La rutina en su casa siempre parece frenética, y la ayuda a despejarse. Preocuparse le aligera el alma, así que Molly se entrega a eso; siempre había un nuevo problema para resolver, si no era racionar la comida del mes, era asegurar las nuevas túnicas de Percy o calcular cuántos ingredientes podrían comprar en el boticario para abastecerse en el invierno, preparar la comida y limpiar la casa - algo automático y reconfortante en su simpleza - que a Molly le parecían casi un alivio, retener a Fred y George de romper algo que probablemente no podrían reemplazar o pagar, coser a mano un vestido para Ginny porque no podían darle la ropa de sus hermanos mayores, perseguir a Ginny por La Madriguera para obligarla a ponerse tal ropa...

La alegría de Molly bien podría sentirse a su alrededor, porque estaba más firme en la tierra que nunca. No más caídas, no más lejanía, solo el día a día.

Sin embargo, en sus preocupaciones, algo se desliza. Y ella no se percata hasta que Cedrella aparece, sus ojeras marcadas y su postura indestructible algo marchita, líneas de expresión profundas alrededor de su boca como si ya no pudiera sonreír, pidiendo enseñarle a alguno de sus hijos; y Ron acepta.

Molly no entiende, la desconcierta; siempre le había enseñado a sus hijos, ninguno se había quejado ¿Por qué su hijo menor querría algo diferente?

Su pequeño niño, con esos ojos tan azules como un cielo nocturno, y el cabello tan rojo como el de Arthur en su juventud, había mirado con sus regordetas mejillas a Molly y su mirada llena de preguntas, y se había volteado a seguir los pasos firmes de Cedrella, su mano aferrada a la imponente falda de su vestido para poder mantenerse a su lado. Su pecoso rostro jamás mirando atrás.

Y su pequeño niño, su hijo menor, había comenzado así a alejarse.

Molly seguía sin comprender, y Ron sin explicar.

Tratar con los niños era relativamente más fácil cuando había uno que rara vez se encontraba en la casa, y cada vez que Molly intentaba acercarse, él parecía rechazar la cercanía; no había enojo o malestar en su alejamiento, solo indiferencia. Y ella casi había llorado en alivio cuando, después de que las pesadillas comenzaron a aquejar su descanso, su niño le había permitido abrazarlo contra su pecho.

No recordaba la última vez que había abrazado a Ron y eso la aterrorizaba.

Todavía era su madre. Es lo que se repetía casi todas las noches; Molly todavía era su madre.

Era difícil recordarlo cuando Ron apenas si la buscaba, y sus sonrisas eran tan escasas a su alrededor. Arthur le había dicho que él solo necesitaba algo de espacio "los niños crecen, cariño, déjalo ser", pero Molly no sabía si podía seguir haciendo eso porque ahora había tanto espacio entre ellos que Ron bien podría haber estado a cientos de millas distancia y era solo cuestión de tiempo hasta que terminara en un lugar al cual ella no podía llegar. Con sus ojos gélidos y sus sonrisas tan afiladas como las de Cedrella, y Molly ya podía encontrar el parecido.

La asustaba, le helaba la sangre, lo similares que le resultaban.

Y Cedrella había empeorado y Molly, culpablemente - porque tenía un corazón y sabía lo que le dolería a su familia - había pensado "Por fin, ya ha terminado". Pero solo parecía haber reforzado la convicción de su hijo de estar en cercanía de la mujer Black.

Hace tres días que no veía a Ron.

Aumentó la presión de sus manos sobre la vacía taza de té. Habían sido dos noches angustiantes, sin importar cuanto Arthur le dijera que todo estaba bien.

No lo estaba. Su hijo era distante pero nunca había permanecido lejos tanto tiempo.

Algo estaba mal. Molly solo lo sabía.

Apenas saliera el sol, ella iría por su hijo y establecería algunos límites con Cedrella.


Lord Makurus ¡Muchísimas Gracias! Bueno, la esperanza es lo último que se pierde, así que si bien amo a Cedrella su destino todavía es desconocido (O no, estoy bastante segura de cómo va a terminar, pero ya lo vas a leer en un futuro cercano así que lo dejo incierto, por ahora)

¡Gracias, darling! Ron no es de mis personajes favoritos pero amo escribir de él; lo que, admito, es algo extraño, pero me encanta cambiar la perspectiva de la gente sobre este Weasley en particular. Así que considero mi trabajo hecho. (suejeanbunster) (por alguna razón, no me permite poner el punto en el medio, lo siento)

javi30 Fue como si hubieses sabido que es lo que venía en este capítulo, así que mis aplausos por la previsión. Molly es un personaje muy interesante con el que trabajar.

impactadao ¡Oh, amo estas reacciones! Suelo hacerlo seguido en mis lecturas diarias y me emociona saber que lo causé en alguien más ¡Thank ya', honey!

vh132 ¡Gracias! Espero que disfrutes de leer este capítulo tanto como yo escribiéndolo.

satorichiva¡Amo las preguntas, así que estas bienvenida a seguir haciéndolas! Y, de hecho, puedo responder algunas, porque no sé si se van a presentar explícitamente sus respuestas a lo largo del fic. Entonces, con Hermione, las cosas venían mal desde antes del nacimiento de Hugo, pero definitivamente tuvieron su debacle apenas un año después (en mi cabeza - por supuesto - porque si bien me encanta la pareja, creo que estarían en las gargantas del otro con demasiada frecuencia para ser sano), es decir, en 2008 (sea de paso, un año después del nombramiento de Harry como Jefe de Aurores) y con respecto a Harry, no, sigue bastante vivo y siendo el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica desde 2011 (no se sabe exactamente la fecha en la que fue ascendido, pero si que en 2018 sigue siendo Jefe de Departamento y no creo que sea sensato poner tanto trabajo sobre sus hombros, por lo que Ron pasó a ser Jefe de la Oficina de Aurores).