Muchísimas gracias por leer y por ser tan pacientes D:

Aquí el nuevo cap, y pues ya casi terminamos con esta historia :3


Nunca había sido un hombre muy empático, él solía decir que el dolor era personal, que nadie más debía tener el derecho de entrometerse en los sentimientos de los demás, pero tan pronto como toda esta situación tomó lugar en su vida, no pudo evitar cambiar de parecer.

Tal vez no al extremo del dueño de toda esa pena, pero comparte, de alguna manera, el dolor que está consumiendo la vida de Dean.

Ha pasado ya un mes desde que Sam cayó en aquel sueño que parece eterno, y él mismo desea que no lo sea. Lleva un mes acompañando a Dean, tratando de no dejarlo caer en el abismo al que se esta arrojando.

Es como un golpe al estómago verlo así cada vez que entra a la habitación, sentado al lado de la cama de hospital de Sam con su rostro entre sus manos, como suplicando a quien sea que le escuche, que traigan a su hermano de vuelta.

El silencio en el cuarto sólo es continuamente interrumpido por el "bip-bip" de la máquina que mantiene con "vida" a Sam.

–Dean.– le llama en un casi inaudible susurro, el rubio le parece ahora tan frágil que teme que si sube el volumen de su voz, se caerá en pedazos.

Dean no se mueve un ápice, así que decide intentarlo de nuevo.

–Dean.

El aludido levanta su rostro de sus manos y es otro golpe aún más duro.

Sus pómulos se acentúan sombreando sus mejillas, sus labios están partidos y sus ojos son tan oscuros que difícilmente podría decirse que son verdes, su aspecto es lúgubre, tanto como el intento de sonrisa que le dirige.

–Hey, Cas.

–Te traje algo de café– dice ofreciéndole el vaso en su mano y sentándose su lado en el pequeño sillón.

–Gracias.

Castiel lo observa dar un sorbo y hacer una mueca exagerada, es entonces que se da cuenta de que Dean probablemente no ha probado bocado en todo el día, y son pasadas las dos de la tarde.

–Estaba pensando que podríamos ir a comer algo, una hamburguesa tal vez.– y luce su mejor sonrisa.

–No creo que sea...

–Con tocino y doble queso– le interrumpe –¿qué dices?–

Y ahí está de nuevo aquel atisbo de sonrisa en el rostro del rubio.

–De acuerdo– y Castiel no puede evitar sorprenderse de que haya accedido –sólo hay que esperar unos minutos a que Bobby regrese–

–Bien.– asiente sin poder evitar que sus ojos se iluminen en zafiro con ilusión.

Ambos vuelven la vista a Sam, quien yace tan pacífico que parece que sólo está tomando una siesta, sus labios están ligeramente entreabiertos y lucen un tenue rosa que contrasta con la palidez que ahora cubre su piel, sus pestañas, se encienden en tonos dorados bajo el pequeño rayo de luz que se cuela por la ventana.

Los ojos azules se pasean por aquel cuerpo y se detienen en una larga cicatriz que recorre el brazo de Sam desde el codo hasta perderse en la manga de la bata.

Castiel no sabe que la cicatriz termina en su hombro, Dean por su lado, recuerda la noche en que Sam cayó de aquel árbol y terminó en sus brazos en el cuarto de un hospital, y entonces se prometió no dejar que nada malo le sucediera de nuevo a Sammy.

"Hay promesas que no se pueden cumplir" dicen por ahí.

Cas observa un segundo la expresión perdida de su rubio compañero, como si alguien le hubiese robado la vida (y tal vez lo hicieron), y desea que Dean pueda salir adelante con todo esto.

Y Dean desea que Sam despierte.


–No puedes pedirme que los deje así como así,– las facciones de John reflejaban pura incredulidad –tú sabías de todo esto y nunca mencionaste nada, ¡por Dios, Bobby!

Bobby deja su café sobre la mesa y se frota el puente de la nariz, no sabiendo como lograr que el hombre frente a él logre comprender todo.

–¿De verdad no te das cuenta? John, esos chicos se aman.

–¡Son hermanos!– vocifera y de inmediato voltea para cerciorarse de no haber atraído ninguna mirada. La cafetería está vacía.

–Y al carajo que sean hermanos,– impacta la palma de su mano contra la mesa –es la misma excusa que me has dado desde que comenzamos a hablar, ese par va más allá de la simple hermandad.

–Y ese es exactamente el problema– John se pasa una mano por el cabello, desesperado.

–Por todos los malditos cielos, John, Dean ha cuidado de Sam toda su vida, prácticamente lo ha criado, no he visto a nadie amar tanto a alguien, y Sam– se detiene un momento y niega lento con la cabeza –él ve a Dean exactamente de la misma manera en la que Mary te veía a ti, como si no hubiera nadie más allá en el puñetero mundo.

John aprieta los puños y la mandíbula, sus ojos se vuelven cristalinos y su mente le lanza recuerdos de todas aquellas miradas dulces que Mary le regalaba, lo observaba como si no hubiese nada más maravilloso que él, pura adoración.

Bobby lo observa con un deje de tristeza.

–John, no sabemos como termine toda esta situación– baja su mirada a sus manos sobre la mesa –pero, si Sam no despierta– Bobby siente como su garganta se cierra con aquella última palabra y carraspea –Dean va a necesitarnos para seguir– "y dudo mucho que lo logre", piensa.


Castiel había logrado un intento de conversación con Dean cuando la puerta de cuarto se abrió dejando ver la figura de Bobby en su siempre impecable traje negro satinado.

–Hey, chicos– saluda.

–Hey, Bobby, que bueno que llegas– Cas se levanta para saludarlo –Dean y yo pensamos en salir a comer algo, no tardaremos mucho.

Bobby abre los ojos sorprendido y le da una mirada a Dean en la que se lee claramente "¿Es eso cierto, muchacho?", Dean se levanta con parsimonia y solo le regresa media sonrisa como respuesta.

–Bien, pues vámonos antes de que sea más tarde– Castiel sale triunfante de la habitación seguido del rubio.

Bobby se recarga en la orilla de la cama viendo a los chicos salir y después voltea a ver a Sam y le sacude el cabello.

–Vuelve, muchacho.


Después de un par de hamburguesas dobles, pie de limón y toda la soda que pudieron tomar, Cas y Dean deciden dar una vuelta por el bosque detrás del hospital.

El aire fresco les recorre la piel que su ropa no cubre, Dean inhala profundo y deja que sus pulmones se llenen con la pureza que desprende el ambiente mientras cierra los ojos, y por un momento se siente "bien".

Castiel lo observa y no puede evitar sonreír, y quiere decir algo, lo que sea, pero ¿qué se supone que le dices a alguien que está perdiendo lo que más ama?

"¿Todo saldrá bien?" Lo duda. "¿Yo estoy contigo?" No es a él a quien necesita.

–Te sienta bien el negro– es lo que sale de sus labios.

–Oh– Dean lo observa con expresión divertida –gracias, supongo.

–Resalta tus ojos, creo...– y Cas quiere golpearse –tú siempre te ves bien. Cabrón.–

Dean suelta la primera carcajada desde lo que parece una eternidad, Castiel siente arder sus mejillas y se toma un segundo para observar lo joven que se ve en ese momento su rubio compañero.

–¿A que ha venido eso?– pregunta el Winchester restregando su palma en sus ojos.

El ambiente es tan ligero en ese momento, Dean sonriéndole con ojos brillantes, el verde vuelto a la vida, pecas resaltando bajo la poca luz que se cuela entre las hojas de los árboles, la respiración del rubio es tranquila mientras la suya se acelera poco a poco con anticipación, Cas entreabre su boca y observa con profundidad la mirada ajena, baja su vista a los carnosos labios de quien ahora lo ve con duda.

Y todo pasa tan rápido.

Si Castiel no sabía que era aquello que estaba sintiendo, eso no le impidió hacer nula la distancia entre su cuerpo y el de Dean, pegando sus labios en un choque con aquellos que temblaban llenos de incertidumbre, tomando entre sus manos, casi con violencia, la cintura de quien estaba perplejo ante aquella acción. Cas cerró los ojos, tratando de sentir lo más posible, sus labios moviéndose lento sobre los de Dean, quien sin saber que hacer, se quedó ahí, de piedra.

Dean siente la suavidad y la ternura con la que su amigo le besa, y puede percibir esas ganas que tiene de poseerlo.

A él, que ya es de alguien más.

A él, que siempre ha sido de alguien más.


Band of Horses - No one's gonna love you ( /V_I4lZ3IqxU)


Dean sabía que esta vez había sido su culpa, lo reconocía, normalmente era Sam quien con cortos dieciséis años era el responsable de sus peleas, pero cuando no era así, él admitía sus errores y trataba de remediar las cosas.

Salirse de su clase sin que nadie se diera cuenta fue de lo más sencillo, se dirigió a los salones de grados menores cuando algo captó su atención, era imposible que no reconociera la risa de Sam, aún a kilómetros de distancia.

Volteó a ver con duda la puerta del salón a su lado, se acercó curioso y pegó su oído a la madera.

–Basta, Zack.– la voz de Sam se hacía cada vez más pequeña. –Zaaack– se quejó.

El instinto protector se encendió cual llama en el cuerpo de Dean, y sin dudarlo un segundo más, irrumpió en el salón.

Su furia pronto pasó a ser algo más, dejándolo helado en el marco de la puerta.

Zack, el idiota ese, estaba devorándose a su hermano, sus manos se paseaban desagradablemente por todo el delgado cuerpo de Sam mientras este se retorcía para tratar de quitárselo de encima. Claro, eso fue lo que Dean creyó ver ante aquel dulce e inocente beso que Zack y Sam compartían.

–Quita tus manos de Sam– la voz de Dean salió tan tétrica, gruesa y demandante, que ambos chicos en el escritorio se sobresaltaron.

–¿Qué demonios?– el chico era alto, casi tanto como Dean, de piel ligeramente tostada y cabello oscuro que casi cubría sus grisáceos ojos. Maldita sea, era guapo.

–¡Dean!– el pánico se veía reflejado en las facciones del pequeño.

El otro chico volteó a verlo y al percatarse de su miedo se puso entre su cuerpo y el de Dean, buscando protegerlo. Aquello sólo empeoró la reacción del mayor de los Winchester.

–He dicho que te alejes de Sam, ¿acaso no escuchas? Idiota– los nudillos de Dean se habían vuelto blancos con la fuerza con la que tenía cerrados sus puños.

–¿Y tú quién carajo eres?– el chico tenía agallas...

–¡Zack!– los ojos de Sam estaban por salirse de sus órbitas –es mi hermano.– explicó haciendo a un lado la barrera que era el cuerpo de Zack, encarando al otro Winchester.

–No tiene derecho a hablarme así– Zack relajó el tono de su voz para dirigirse a Sam.

Dean se dedicó a observarlos, sintiendo como ardía la sangre que corría por sus venas.

–No eres de su propiedad– dijo el chico con dulzura mientras acunaba el rostro del menor en la palma de su mano.

Y eso fue todo lo que Dean y su cordura pudieron aguantar.

En un segundo (y nadie sabe como) Zack estaba con los pies desprendidos del suelo y con el cuello de la camisa entre los puños de Dean, Sam estaba de piedra.

–Por supuesto que es mio, hijo de puta– el rostro de Zack reflejaba puro miedo y disgusto.

–¿Qué rayos te sucede, tío?

–No quiero volver a verte cerca de él– dijo el rubio ignorando las palabras del chico asustado –es más, no quiero volver a verte en ningún lado– Dean hablaba con los dientes rechinando y la quijada tensa.

–¡Dean, ya déjalo!– Sam salió de su aletargue y trató de hacer que su hermano soltara a Zack.

El chico de ojos grises luchaba por deshacerse del agarre del Winchester pero mientras más lo intentaba, más atrapado se veía.

–Dean, por favor– esta vez la voz de Sam era suave, y cuando Dean volteo a verlo, se dio cuenta de que sus ojos tenían una capa cristalina.

–Largo de aquí– Dean soltó el agarre de Zack, quien al verse libre corrió fuera de la habitación murmurando un "malditos raros".

–No puedes hacer eso, Dean– los labios de Sam temblaban mientras hablaba.

–¿Qué?– preguntó con descaro, evitando la parda mirada.

–Tratarme como si fuera un objeto– Sam buscaba los ojos jade –esta mañana dijiste que no me querías ya más, y ahora vienes a hacerme esta escena– el menor luchaba por no dejar escapar sus lágrimas –¿qué rayos es lo que quieres, Dean?

–A ti– respondió el rubio con un deje melancólico, odiaba ver a su hermano así, y se odiaba por ser él el causante.

–Pues no entiendo tu manera de querer– ahora era Sam quien evitaba la mirada ajena.

–Venía a disculparme por lo de esta mañana antes de encontrarme al imbécil ese aprovechándose de ti.

Sam soltó una risa amarga, ganándose una mirada vacilante de su hermano.

–¿Es que no entiendes?– Dean lo observaba expectante –él no provocó nada, yo lo besé.

Y esa fue exactamente la tercera vez que Dean sintió su pecho arder de esa manera, pensó que tal vez algún día se acostumbraría. Cuán equivocado estaba.

–¿Porqué?– la pregunta salió en un hilo de voz.

–Porque tengo miedo, Dean– una lágrima logró escapar de sus ojos –me aterra todo esto que siento por ti y no poder controlarlo solo lo hace peor.

–¿Y crees que eres el único que tiene miedo?– el mayor estaba mortalmente serio.

–Odio sentir que todo me hace falta cada vez que peleamos– Sam se pasó el dorso de la mano por los ojos –¿qué si un día decides irte? ¿Qué si de pronto dejas de quererme en serio?

–Sam, lo que dije hoy en la mañana...– el rubio iba cortando la distancia, poco a poco, como si cualquier movimiento brusco fuera a hacer que Sam huyera.

–Yo sé que no iba en serio, Dean, pero aún así dolió, y si un día llega a ser real– Sam dejó más lágrimas correr por su rostro cuando sintió como su hermano lo atrapaba entre sus brazos.

–Eso nunca va a ser real, enano– el mayor pasaba una de sus manos por la espalda ajena, en suaves caricias –nunca podría.

–Creí que podría querer a alguien más– un sollozo se le escapó.

–Sammy.

–Creí que alguien más podría quererme como tú.

Dean dejó que una pequeña sonrisa se formara en sus labios y la acercó al oído de Sam, depositando ahí un efímero beso.

–También tengo miedo– atrapó entre sus dientes el lóbulo de la oreja de Sam, arrancándole un pequeño jadeo.

–Dean– el nombre de su hermano se escabulló de sus labios en un suspiro cuando comenzó a bajar con besos por su quijada hasta llegar a su cuello mientas acariciaba sus caderas y cintura con sus manos.

–Estoy enamorado de mi hermano– su aliento golpeaba cálido en la piel del menor, erizándola –estoy tan jodido.– mordió suave.

–Estamos– gimió Sam.

Dean se deleitaba con como el cuerpo de su hermano temblaba entre sus brazos.

–Sammy.– el rubio recorrió con la punta de su lengua el cuello ajeno hasta llegar de nuevo al oído del castaño.

Sam gimoteó como toda respuesta.

–Nadie...– aspiro el aroma del castaño cabello –nadie va a amarte nunca como yo lo hago.–

Y cuanta razón tenía.


Dean se separa lento de los labios que le reclaman y deja caer su frente en el hombro de Castiel.

El de ojos azules, azorado por el momento compartido, se siente perdido, su respiración es agitada y su mirada penetra en algún punto del bosque. Siente de pronto, el cuerpo de su amigo temblar contra el suyo, y como el puño de Dean se aferra a su camisa, como si eso fuera a salvarlo de caer a aquel precipicio que lo seduce con crueldad.

Hunde sus dedos en el rubio cabello y siente la tela de la camisa que cubre su hombro empaparse.

–Dean...

El Winchester no responde, y es hasta cierto punto deprimente el hecho de que no haga sonido alguno, de que esté ahí, llorando sin llorar.

Castiel cubre el cuerpo ajeno con sus brazos.

–Déjalo ir...– y él quiere referirse al dolor que Dean siente, pero sabe que detrás de aquellas dos palabras se enfilan otras representaciones, una en específico.

Y es demasiado. Ya ha sido demasiado.

Dean solloza con fuerza y trata de atrapar su respiración para acallar sus lamentos, fallando en grande. Y entonces se deja llevar.

El rubio golpea el pecho de Castiel con su puño y se afianza aún más a él, haciéndole daño. El ojiazul cierra los ojos y se deja hacer, en ese momento Dean le parece tanto un niño desolado, y le trae tantos recuerdos que no puede evitar apresarlo con todo el cariño que él hubiese deseado haber tenido cuando lo necesitaba.

Dean lo necesita, y él está ahí.

–Cas...– la voz del rubio suena ahogada contra su cuerpo –lo amo– un sollozo –joder, lo amo.

Y Castiel sabe bien a que tipo de amor se refiere, no necesito mucho tiempo con los hermanos para darse cuenta de la manera en la que ambos se profesaban cariño.

Sabe que Dean y Sam se aman de una manera que va más allá de lo fraternal. Y es desgarrante, es intenso. Y está bien.

–Él es todo lo que tengo.

–Hey, Dean, está bien.

–Es lo único que ha sido mío desde siempre.

–Tío, tranquilo...– casi era capaz de sentir el dolor que recorría el pecho de su rubio compañero.

–Joder, Cas, joder– y es sorprendente ver a alguien que parecía tan fuerte ante los ojos del mundo, quebrarse de esa manera –se me está yendo de las manos.

Se quedan así lo que parece una eternidad, con Cas acariciando la espalda del rubio.

–Te entiendo– son las palabras que se obliga a encontrar –sé como se siente estar perdiendo a alguien y no poder hacer nada– una punzada le recorre al recordar.

Dean se separa del cuerpo ajeno y se pasa por el rostro la manga de la sudadera que trae puesta, sus ojos están rojos y su frente arrugada en señal de confusión.

–Meg– cierra los ojos un segundo –se llamaba Meg.

–Tío, yo...

El ojiazul sonríe con ternura.

–Ella encendía mi mundo con su presencia– se pasa una mano por el obscuro cabello –me enseñó tanto de esta vida.


–Meg, por favor, por favor, no es grave, iremos al hospital y te pondrás bien...

–Siempre has sido un ángel para mí...

–¿Te estás despidiendo? Porque suena a despedida y no Meg...

–Escúchame, Castiel, necesito que te enteres de cuanto te amo...

–Oye, oye, me lo podrás decir en otro momento, ahora ven, vamos a levantarte y a llevarte al hospital...

–Odio como huelen los hospitales...

–Ja...lo sé, nena, ven, pronto estarás bien, una bala no es capaz de detener a mi chica ¿cierto?..

–Te amo...

–Meg, amor, amor, hey...

–¿Tú me amas?..

–No, hermosa, ahora no, por favor...

–¿No me amas?..

–Por supuesto que te amo, tontilla, eso ya lo sabes...

–Dilo...

–Te lo diré muchas veces cuando te recuperes ¿ok?..

–Castiel...

–Meg, Meg, hey, aquí estoy, ahora no, nena, nena, aguanta...

–Te amo...

–Te amo, Meg, te amo como nunca imaginé poder amar a alguien, amo tu cabello alborotado y tu estúpido sentido del humor, tus ojos y esa sonrisa, esa que ahora tienes. No me la quites, Meg...

–Es tuya, siempre ha sido tuya.


–Sam va a despertar ¿de acuerdo?– Castiel se para firme frente a Dean –y necesita que tú estés bien cuando lo haga, así que deja ya todo esto y sé fuerte, necesitas ser fuerte Dean– su voz era decidida –por Sam.

Dean tiene los labios entreabiertos, expectante, lo piensa un segundo y adopta la misma posición de su amigo, firme. Asiente una vez con la cabeza.

–Por Sam.


–Voy a esperarte, siempre espero por ti ¿no es así?– la oscuridad envuelve la habitación casi por completo, dándole lugar a los destellos de la luna que se cuelan por los recovecos que no cubren las finas cortinas del hospital –tómate tu tiempo, enano, voy a seguirte amando igual, no importa cuanto te tardes en volver.

Y casi puede jurar que una esquina de los labios de Sam subió ligeramente, imitando una sonrisa.

Su teléfono suena, interrumpiendo el silencio que encerraba aquel momento.

Observa la pantalla, y sin realmente quererlo, sus manos tiemblan.

Contesta.

–Crowley.


"Hay promesas que no se pueden cumplir" dicen por ahí.