Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


[De la dicha a la Pena]


Konohamaru estaba extrañamente distraído; era, por lo general, un alumno muy atento, que se aplicaba a la materia que estuviera estudiando con concentración casi extraordinaria, pero esa noche parecía tener otras cosas en la cabeza. Había aceptado sin decir palabra el traslado de las clases a la escuela y ni siquiera mostraba indicios de haberse enterado del asunto que se había tratado en la reunión de la junta escolar y que había dado lugar a aquel cambio. Como estaban a principios de mayo y el día había sido cálido, Hinata atribuyó a medias su desasosiego a la fiebre primaveral. El invierno había sido muy largo, y ella también se sentía inquieta.

Por fin cerró el libro que tenía delante de ella.

—¿Por qué no nos vamos pronto a casa? —sugirió—. No estamos avanzando gran cosa.

Konohamaru cerró su libro y se pasó los dedos por el denso pelo castaño.

—Lo siento —dijo él tras una larga exhalación.

Era propio de él no dar explicaciones. Rara vez sentía la necesidad de justificarse. Durante las semanas que llevaban dando clases, sin embargo, Hinata y él habían mantenido entre lección y lección largas conversaciones íntimas, y ella nunca vacilaba cuando tenía la impresión de que alguno de sus alumnos se hallaba en dificultades. Si lo que le causaba aquel desasosiego era la fiebre primaveral, quería que Konohamaru se lo dijera.

—¿Te preocupa algo?

Él le lanzó una sonrisa irónica; una sonrisa demasiado adulta para un chico de dieciséis años.

—Podría decirse así.

—Ah.

Hinata creyó adivinar por su sonrisa la causa de la inquietud de Konohamaru, y se sintió más tranquila. Era, en efecto, más o menos, fiebre primaveral. Como solía decirle la tía Kurenai: «Cuando a un jovencito le sube la calentura, las chicas deben andarse con cuidado. Dios mío, parecen volverse locos». Estaba claro que a Konohamaru le estaba subiendo la calentura. Hinata se preguntaba si las mujeres también tenían calentura.

Konohamaru recogió su bolígrafo, estuvo jugando un momento con él y luego lo dejó a un lado como si de pronto hubiera decidido añadir algo más.

—Moegi Kazamatsuri me ha pedido que la lleve al cine.

—¿Moegi? —aquello era toda una sorpresa, y también una posible fuente de problemas. El señor Kazamatsuri era uno de los vecinos del pueblo que con mayor vehemencia se oponían a los Namikaze.

Konohamaru entornó sus ojos azul oscuro y la miró.

—Moegi es la chica de la que te hablé.

Así que era Moegi Kazamatsuri. Moegi era bonita y brillante, y su cuerpo joven y esbelto tenía unas curvas capaces de alterar las hormonas de cualquier muchacho. Hinata se preguntaba si su padre sabía que estaba coqueteando con Konohamaru y si ésa sería una de las razones de su hostilidad.

—¿Vas a aceptar?

—No —dijo él con firmeza, y Hinata se sorprendió.

—¿Por qué?

—En Konohagakure no hay cine.

—¿Y?

—Pues que ése es precisamente el problema. Tendríamos que ir a otro pueblo. No creo que nos viera nadie que conozcamos. Ella quiere que la lleve después de clase, cuando sea de noche —se recostó en la silla y enlazó las manos detrás de la cabeza—. Le daba vergüenza que fuéramos a bailar, pero no le importa escaparse conmigo, a ver qué pasa. Puede incluso que piense que, aunque nos vieran, como es posible que yo vaya a la Academia, tal vez no se meta en muchos líos. A la gente parece impresionarla mucho lo de la Academia —dijo con ironía—. Supongo que la cosa cambia cuando el mestizo lleva uniforme.

Hinata pensó de pronto que el anuncio que había hecho impulsivamente en la junta escolar tal vez no fuera, tan buena idea.

—¿Preferirías que no hubiera dicho nada?

—Tenías que decirlo, tal y como estaban las cosas —contestó él, y Hinata comprendió que estaba al corriente de lo que se había tratado en la reunión—. Ahora tengo más presión para entrar en la Academia, porque, si no entro, todos dirán que el mestizo la ha cagado, pero eso no está mal. Si me obliga a esforzarme más, estaré mucho más cerca de conseguirlo.

Hinata no creía que Konohamaru necesitara más alicientes; deseaba tanto entrar en la Academia que llevaba aquel deseo grabado a fuego en el alma. Desvió de nuevo la conversación hacia Moegi.

—¿Te molesta que te lo haya pedido ahora?

—Me pone furioso. Y me puso todavía más furioso tener que decirle que no, porque te aseguro que me encantaría ponerle las manos encima —se detuvo bruscamente y le lanzó a Hinata una de aquellas miradas demasiado maduras al tiempo que una leve sonrisa tensaba sus labios—. Lo siento. No quería entrar en detalles. Digamos que me siento atraído físicamente por ella, pero nada más, y ahora no puedo permitirme tontear con esas cosas. Moegi es una buena chica, pero no figura en mis planes.

Hinata entendía lo que quería decir. Ninguna mujer figuraba en los planes de Konohamaru a largo plazo, o quizá nunca, excepto para procurarle desahogo físico. Konohamaru era un chico solitario, igual que Naruto, y estaba, además, tan poseído por la obsesión de volar que una parte de él había desaparecido ya. Moegi se casaría con algún chico del pueblo, se establecería en Konoha o en los alrededores, y criaría a su familia en el mismo sereno escenario en el que ella había crecido. La fugaz atención que Konohamaru Namikaze podía concederle antes de marcharse no estaba hecha para ella.

—¿Sabes de quién partió el rumor? —preguntó Konohamaru con mirada dura. No le gustaba la idea de que hicieran daño a aquella mujer.

—No, ni me he molestado en averiguarlo. Pudo ser cualquiera que pasara por mi casa y viera tu camioneta. Pero, de todos modos, la gente parece haberlo olvidado ya, excepto... —se detuvo con expresión preocupada.

—¿Excepto quién? —insistió Konohamaru.

—No pretendo decir que fuera ella quién difundió el rumor —se apresuró a decir Hinata—. Es sólo que no me siento a gusto con ella. No le caigo bien y no sé por qué. Tal vez sea así con todo el mundo. Kara Lancaster es...

—¡Kara Lancasteri Konohamaru soltó una risa áspera—. Sí, no es mala idea. Pudo ser ella quien difundió el rumor. Ha tenido una vida dura, y en cierto modo me da pena, pero cuando iba a su clase me las hizo pasar moradas.

—¿Una vida dura? ¿Por qué?

—Su marido era camionero y se mató hace muchos años, cuando su hijo era sólo un bebé. Estaba haciendo una ruta por Kirigakure, y por culpa de un conductor borracho se salió de la carretera y cayó por un acantilado. El conductor era un mestizo. Ella nunca lo superó y supongo que culpa a todos los mestizos por lo que pasó.

—Pero eso es irracional.

Konohamaru se encogió de hombros como si quisiera decir que había muchas cosas que eran irracionales.

—El caso es que se quedó sola con el niño y lo pasó muy mal. No tenía mucho dinero. Empezó a dar clases, pero tenía que pagar a alguien para que cuidara de su hijo, y, cuando tuvo edad para ir al colegio, el niño necesitó educación especial, lo cual exigía todavía más dinero.

—No sabía que Kara tuviera hijos —dijo Hinata sorprendida.

—Sólo Kawaki... Tiene unos veintitrés o veinticuatro años, creo. Vive todavía con la señora Lancaster, pero no sale mucho.

—¿Qué le pasa? ¿Tiene síndrome de Down, o alguna dificultad de aprendizaje?

—No es retrasado. Es sólo diferente. Le gusta la gente, pero no en grupo. Cuando hay mucha gente se pone nervioso, así que está casi siempre solo. Lee mucho y escucha música. Pero un verano le dieron trabajo en el almacén de materiales de construcción, y el señor Sarutobi le dijo que llenara una carretilla de arena. En vez de llevar la carretilla al montón de arena y echar la arena con una pala, Kawaki llenaba la pala de arena y la llevaba hasta la carretilla. Hace cosas así. Tenía problemas para vestirse porque primero se ponía los zapatos y luego no podía ponerse los pantalones.

Hinata había visto a personas como Kawaki, a las que les costaba solucionar problemas cotidianos. Era una dificultad de aprendizaje, y hacía falta mucha paciencia y formación específica para enfrentarse a ello. De pronto sentía lástima por él, y por Kara, que no había podido tener una vida feliz.

Konohamaru apartó la silla y se levantó, estirando sus músculos agarrotados.

—¿Tú montas a caballo? —preguntó de improviso.

—No, nunca me he subido en un caballo —Hinata se echó a reír—. ¿Crees que me expulsarán de Konoha por eso?

Konohamaru se puso serio.

—Podría ser. ¿Por qué no subes a la montaña algún sábado y te doy unas clases? En el instituto darán pronto las vacaciones de verano, y tendrás mucho tiempo para practicar.

Konohamaru no podía saber lo tentadora que le resultaba a Hinata aquella idea, no sólo por aprender a montar a caballo, sino por volver a ver a Naruto. El problema era que le haría tanto daño verlo como no verlo, porque él seguía estando fuera de su alcance.

—Me lo pensaré —prometió, aunque dudaba de que alguna vez le tomara la palabra.

Konohamaru no insistió, pero no pensaba dejarlo así. De un modo u otro tenía que conseguir que Hinata subiese a la montaña. Tenía la impresión de que su hermano estaba a punto de perder los estribos. Pasear a Hinata delante de sus narices sería como poner una yegua en celo delante de un semental. Su linda y sarcástica maestrita tendría suerte si su hermano no se abalanzaba sobre ella antes siquiera de que dijera «hola». Konohamaru tuvo que disimular una sonrisa. Nunca había visto a Naruto tan impresionado por una mujer como por Hinata Hyuga. Estaba tan colado por ella que era más peligroso que un puma herido.

Konohamaru se puso a tararear para sus adentros unos compases de Casamentero.

El viernes siguiente por la tarde, cuando Hinata llegó a casa, había en el buzón una carta del representante Kakashi Hatake, y al abrirla le temblaron los dedos. Si eran malas noticias para Konohamaru, si el representante Hatake declinaba recomendar su ingreso en la Academia, no sabía qué iba a hacer. El senador Hatake no era su único recurso, pero parecía el más receptivo, y su rechazo resultaría sumamente desalentador.

La carta del senador era breve; le daba las gracias por sus esfuerzos y la informaba de que había resuelto recomendar el ingreso de Konohamaru en la Academia para el curso siguiente a la graduación del muchacho en el instituto. A partir de ahí, sólo dependería de Konohamaru superar las rigurosas pruebas físicas y académicas.

Dentro del sobre había también una carta de felicitación dirigida a Konohamaru.

Hinata se llevó las cartas al pecho y sintió que se le saltaban las lágrimas. ¡Lo habían conseguido, y no había sido tan difícil! Se había mentalizado para escribir a todos los representantes una vez por semana hasta que le dieran a Konohamaru una oportunidad, pero no había hecho falta. Había bastado con las notas de Konohamaru.

Una noticia tan excelente no podía esperar, de modo que volvió a montarse en el coche y enfiló la carretera de la montaña Namikaze. En aquella época del año, el trayecto era muy distinto; la nieve se había fundido, y junto a la carretera brotaban las flores silvestres. Después del crudo frío invernal, el sol de la primavera era como una bendición sobre su piel, a pesar de que no hacía ni mucho menos tanto calor como en Sunagakure. Estaba tan emocionada que ni siquiera reparó en el desnivel que bordeaba la sinuosa carretera. Se fijó, en cambio, en la salvaje magnificencia de las montañas, que se elevaban, majestuosas, hacia el cielo azul profundo. Respiró hondo y pensó que la primavera compensaba los rigores del invierno. Era como un hogar, un nuevo hogar, un lugar amado y familiar.

Las ruedas levantaron una nube de gravilla cuando se detuvo junto a la puerta de la cocina de la casa de un solo piso, y antes de que el coche dejara de oscilar sobre sus amortiguadores, subió de un salto los escalones y se puso a aporrear la puerta.

—¡Naruto! ¡Konohamaru! —sabía que estaba gritando como una loca, pero se sentía tan feliz que no le importaba. En algunas situaciones, había que gritar.

—¡Hinata!

Se giró al oír la voz de Naruto tras ella. Él había salido del granero a todo correr. Su cuerpo poderoso avanzaba con fluidez. Hinata dejó escapar un grito de júbilo, bajó los escalones de un salto y echó a correr por el camino de grava con la falda levantada.

—¡Lo ha conseguido! —gritaba, agitando las cartas—. ¡Lo ha conseguido!

Naruto se paró en seco y observó cómo avanzaba Hinata dando brincos hacia él, con la falda volando sobre los muslos. Apenas había tenido tiempo de comprender que no pasaba nada malo, que Hinata estaba riendo, cuando, a tres pasos de distancia de él, ella se lanzó al aire. Naruto la agarró al vuelo, la rodeó con sus fornidos brazos y la sujetó contra su pecho.

—¡Lo ha conseguido! —gritó ella de nuevo, y le echó los brazos al cuello.

Naruto, que sólo podía pensar en una cosa, notó que la boca se le quedaba seca.

—¿Lo ha conseguido?

Hinata agitó las cartas ante su cara.

—¡Lo ha conseguido! El senador Hatake... la carta estaba en mi buzón... no podía esperar... ¿Dónde está Konohamaru? —sabía que hablaba casi con incoherencia e hizo un esfuerzo por recuperar la compostura, pero no podía parar de reír.

—Está en el pueblo. Ha ido a recoger unos tablones para el cercado. Maldita sea, ¿estás segura de que eso es lo que dice? Todavía le queda un año de instituto...

—Menos, al paso que va. Pero de todos modos tiene que tener diecisiete años cumplidos. El senador lo ha recomendado para el curso que empieza después de su graduación. ¡Dentro de menos de un año y medio!

Una fiera expresión de orgullo, heredada de sus antepasados, inundó el rostro de Naruto. En sus ojos brillaba un fuego azul. Exultante, agarró a Hinata por debajo de los brazos, la levantó y comenzó a dar vueltas con ella. Hinata echó la cabeza hacia atrás, riendo a carcajadas, y de pronto Naruto sintió que todo su cuerpo se tensaba de deseo. Era un deseo poderoso como un golpe en las tripas; un deseo que le cortaba la respiración. La risa de Hinata era fresca como la primavera. Naruto, que sentía su cuerpo cálido y suave entre los brazos, deseó de pronto quitarle el recatado vestido que llevaba puesto.

Su rostro fue adquiriendo paulatinamente una expresión más dura y más salvaje. Bajó a Hinata despacio, mientras ella seguía riendo, agarrada a sus hombros, y se detuvo cuando tuvo sus pechos a la altura de la cara. La atrajo hacia sí y hundió la cara entre sus senos, y la risa se apagó en la garganta de Hinata. Entonces le rodeó con un brazo las nalgas y con el otro le enlazó la espalda, y su boca ardiente buscó el pezón de uno de sus pechos. Al encontrarlo, cerró la boca sobre él a través de la tela del vestido y el sujetador.

Aquella caricia despertó en Hinata un placer tan exquisito que dejó escapar un gemido y arqueó la espalda, comprimiéndose contra él. Aquello no le bastaba. Metió los dedos entre el pelo de Naruto y le apretó la cabeza contra sus pechos. Pero seguía sin ser suficiente. Deseaba a Naruto con repentina y fiera desesperación. Las capas de ropa que separaban sus cuerpos la sacaban de quicio, y empezó a frotarse contra él al tiempo que leves quejidos escapaban de su garganta.

—Por favor —suplicó—. Naruto...

Él levantó la cabeza con una salvaje mirada de deseo. Respiraba trabajosamente y la sangre le palpitaba en las venas.

—¿Quieres más? —preguntó guturalmente, incapaz de mantener un tono normal.

Ella se restregó de nuevo contra él, clavándole las uñas con desesperación.

—Sí.

Naruto dejó que se deslizara despacio por su cuerpo, frotándola deliberadamente contra el duro abultamiento de sus vaqueros, y los dos se estremecieron. Ya no recordaba las razones que se había dado a sí mismo para no acostarse con ella; no pensaba ya en nada, salvo en el deseo de hacerla suya. ¡Y al diablo con lo que pensaran los demás!

Miró a su alrededor, calculando a qué distancia estaban de la casa y del granero. El granero estaba más cerca. La agarró por la cintura con una mano y echó a andar con paso firme hacia las grandes puertas que dejaban entrever el interior en penumbra.

Hinata lo siguió a rastras, casi sin aliento. Estaba aturdida por la repentina interrupción del placer, y confusa por el comportamiento de Naruto. Quería preguntarle qué iba a hacer, pero no tenía suficiente oxígeno en los pulmones para formular la pregunta. Entonces llegaron al granero, y al entrar se sintió inundada por la percepción de la luz tenue, del calor animal y del terrenal olor a tierra, a caballos, a cuero y a heno. Oyó suaves relinchos y el golpeteo amortiguado de los cascos sobre la paja. Naruto la condujo a una caballeriza vacía y tiró de ella hacia el heno fresco. Hinata se tendió de espaldas, y Naruto se tumbó sobre ella, hundiéndola más entre la paja.

—Bésame —musitó ella, y alargó las manos para hundir los dedos entre el pelo largo de Naruto.

—Voy a besarte por todas partes antes de que esto acabe —masculló él, y bajó la cabeza.

La boca de Hinata se abrió bajo la presión de la suya, y su lengua penetró en ella profundamente. Hinata reconoció de manera instintiva el ritmo de sus caricias y respondió con avidez. Naruto pesaba mucho, pero le parecía tan natural soportar su peso que incluso disfrutaba con la presión de su cuerpo. Rodeó con los brazos sus hombros musculosos y lo apretó con fuerza; quería estar tan cerca de él como fuera posible, y empezó a mover las caderas levemente, con un movimiento ondulante, ajustándose a la presión del sexo de Naruto. Aquel lento balanceo provocó en Naruto una repentina aceleración sanguínea. Pensando que iba a estallarle la cabeza, dejó escapar un sonido bajo y buscó a tiendas la cremallera del vestido de Hinata. Tenía la sensación de que se moriría si no sentía el tacto de su piel tersa, si no hundía dentro de ella su carne palpitante.

Un delicado rubor cubrió las mejillas de Hinata. Todo aquello era sobrecogedoramente nuevo para ella, pero era también tan delicioso que ni siquiera se le ocurrió proferir una queja. No quería protestar. Deseaba a Naruto. Con él se sentía mujer, cálida y sexual, y era intensamente consciente de que se estaba ofreciendo al hombre que amaba. Quería estar desnuda para él, y lo ayudó a desvestirla sacando los brazos de las mangas mientras Naruto le tiraba de los hombros del vestido y se lo bajaba hasta la cintura. En un arrebato de atrevimiento, se había comprado un sujetador que se abrochaba por delante con un solo corchete, y cuando Naruto bajó la mirada hacia sus pechos, apenas cubiertos por la fina tela de color suave, se alegró de haberlo hecho. Naruto desabrochó hábilmente el corchete con una mano, un truco que ella todavía no había aprendido, y observó cómo se replegaban los bordes del sujetador hasta detenerse justo antes de que se vieran los pezones. Las suaves curvas de los pechos de Hinata quedaron al descubierto.

Naruto profirió de nuevo aquel sonido áspero, casi un gruñido, y se inclinó para apartar con la cara el sujetador. Su boca, cálida y húmeda, se deslizó sobre uno de los pechos de Hinata y se cerró sobre el prieto botoncillo del pezón. Ella dio un respingo, y todo su cuerpo se tensó, presa de un placer tan intenso que bordeaba el dolor, mientras Naruto le chupaba con más fuerza el pezón. Cerró los ojos y gimió. No podía soportarlo; era demasiado delicioso. Un río ardiente de impulsos a un tiempo placenteros y desgarradores fluía desde su pecho hasta su sexo, cuyo pálpito, doloroso y vacío, le hacía tensar las piernas y arquearse bajo él, suplicándole en silencio la descarga que nunca había experimentado pero que su cuerpo conocía intuitivamente, fruto de una antigua sabiduría.

Naruto la sintió moverse bajo él otra vez, y el último jirón de control que conservaba se desvaneció. Le subió bruscamente la falda hasta la cintura, le separó los muslos y se colocó entre la delicada uve que formaban sus piernas. Hinata abrió los ojos, un poco asombrada por lo que sentía, pero ansiosa por seguir aprendiendo.

—Quítate la ropa —susurró frenéticamente, y empezó a tirar de los botones de la camisa de Naruto.

Él se arrodilló y, echándose hacia atrás, se abrió la camisa de un tirón y se la quitó. Su piel desnuda relucía con una fina pátina de sudor y, a la luz tenue del establo, repleta de flotantes partículas de polvo, la capa lisa y bronceada que revestía sus recios músculos le daba el aspecto de una escultura viva, tallada por la mano de un maestro. La mirada de Hinata se movía ansiosamente, enfebrecida, sobre él. Era perfecto, fuerte y viril, y su cuerpo tenía un olor caliente y levemente almizclado. Hinata deslizó las manos sobre su amplio pecho, y tocó aquellos brotes pequeños y duros.

Naruto sintió que un brutal estremecimiento de placer recorría sus músculos, dejándolo paralizado. Dejó escapar un gruñido y se llevó las manos al cinturón. Desató la ancha banda de cuero, se desabrochó los vaqueros y, al bajarse de un tirón la cremallera, el siseo de sus dientes metálicos se mezcló con su áspera respiración. Con un último y desesperado fragmento de cordura, evitó bajarse los pantalones. A pesar de su urgencia, no podía olvidar que Hinata era virgen. Tenía que dominarse, o le haría daño y ella se asustaría, y prefería morir antes que convertir su primera experiencia en una pesadilla.

Los finos dedos de Hinata se hundieron entre su pecho y tiraron de él suavemente.

—Naruto —dijo.

Sólo su nombre, esa única palabra, pero su voz cálida, lenta y embriagadora excitó a Naruto más poderosamente que cualquier cosa que hubiera conocido.

—Sí —contestó él—. Ya voy —se inclinó hacia delante para tumbarse de nuevo sobre ella, pero de pronto oyó un sonido distante y se quedó paralizado.

Lanzó una maldición en voz baja y se sentó en cuclillas, intentando desesperadamente dominar su cuerpo y su frustración.

—¿Naruto? —preguntó Hinata en tono vacilante, como si de pronto se sintiera angustiada e insegura. Aquella inflexión de su voz sacó a Naruto de sus casillas porque, un instante antes, Hinata no se había mostrado insegura, sino cálida y amorosa, dispuesta a entregarse a él sin reservas.

Konohamaru estará aquí dentro de un momento —dijo con firmeza—. Oigo su camioneta subiendo por la montaña.

Hinata estaba tan aturdida que al principio no lo entendió.

—¿Konohamaru?

—Sí, Konohamaru. ¿Te acuerdas de él? Mi hermano, la razón por la que has venido.

Hinata se puso de pronto colorada y se incorporó bruscamente hasta donde pudo, pues tenía todavía los muslos atrapados bajo él.

—Oh, Dios mío —dijo—. Oh, Dios mío. Estoy desnuda. Tú estás desnudo. Oh, Dios mío.

—No estamos desnudos —masculló Naruto, enjugándose el sudor de la cara—. ¡Maldita sea!

—¡Casi!

—No lo bastante.

Hinata tenía hasta los pechos sonrojados por la vergüenza. Naruto los miró con anhelo, recordando su dulce sabor y el modo en que sus pezones aterciopelados florecían dentro de su boca. Pero el ruido de la camioneta sonaba ya mucho más cerca. Naruto farfulló un improperio acerca del sentido de la oportunidad de su hermano, se puso en pie y levantó a Hinata sin esfuerzo.

Ella se dio la vuelta con la visión emborronada por las lágrimas y se puso a luchar con el dichoso cierre ultramoderno de su sujetador. ¿Por qué demonios se había comprado semejante invento? La tía Kurenai se habría escandalizado. La tía Kurenai se habría caído redonda al suelo de un ataque si hubiera sabido que su sobrina se revolcaba desnuda por el heno con un hombre. ¡Y ni siquiera había podido acabar de revolcarse!

—Espera, yo lo hago —dijo Naruto en un tono suave que Hinata nunca le había oído, y, haciendo que se girara, abrochó hábilmente el endiablado cierre. Incapaz de mirarlo a los ojos, Hinata mantuvo la cabeza agachada, pero el contraste de las manos bronceadas de Naruto y de sus pálidos pechos la excitó nuevamente. Tragó saliva y miró la hebilla del cinturón de Naruto. Él se había subido la cremallera y se había abrochado el cinturón, pero el abultamiento evidente de su sexo la convenció de que aquella interrupción no lo había dejado indiferente. Aquello la hizo sentirse mejor, y parpadeó para disipar las lágrimas mientras él la ayudaba a ponerse el vestido y le daba la vuelta para subirle la cremallera.

—Tienes heno en el pelo —dijo Naruto alegremente, y, tras quitarle una pajita de la cabeza, le sacudió el vestido. Hinata levantó las manos para atusarse el pelo y descubrió que se le había soltado por completo—. Déjatelo así —dijo Naruto—. Me gusta más suelto. Parece de seda.

Ella se peinó con los dedos nerviosamente y lo observó cuando él se agachó para recoger su camisa del suelo.

—¿Qué va a pensar Konohamaru? —balbució cuando la camioneta se detuvo fuera del establo.

—Que tiene suerte de ser mi hermano o lo mataría —masculló Naruto con fastidio, y Hinata no entendió si bromeaba o no. Él se puso la camisa, pero salió a la puerta sin molestarse en abrochársela. Hinata respiró hondo, procuró armarse de valor para superar su vergüenza y salió tras él.

Konohamaru acababa de salir de la camioneta y estaba junto a la puerta. Sus ojos azul oscuro se movían sin cesar entre los dos, fijándose en la expresión pétrea y la camisa abierta de su hermano y en el pelo revuelto de Hinata.

—¡Maldita sea! —exclamó, y cerró la puerta de la camioneta de golpe—. Si hubiera tardado quince minutos más...

—Eso mismo pienso yo —masculló Naruto.

—Oye, que me voy ahora mismo y...

Naruto dejó escapar un suspiro.

—No. De todos modos, ha venido a verte a ti.

—Eso fue lo que me dijiste la primera vez Konohamaru puso una enorme sonrisa.

—Y acabo de decirlo otra vez —se volvió hacia Hinata y de pronto retornó a sus ojos parte de la alegría que le había causado la asombrosa noticia—. Díselo.

Ella estaba en blanco.

—¿Decirle qué?

—Sí, mujer. Díselo.

El cerebro embotado de Hinata procesó lentamente lo que Naruto le estaba diciendo, y al cabo de un momento miró sus manos vacías con desconcierto. ¿Qué había pasado con las cartas? ¿Las habían perdido entre el heno? ¡Qué espantoso sería tener que buscarlas entre la paja! No sabiendo qué hacer, extendió las manos y dijo con sencillez:

—Te han aceptado. He recibido la carta hoy.

Konohamaru, que la estaba mirando con fijeza, palideció de pronto. Luego extendió un brazo y apoyó la mano en la camioneta como si necesitara apoyo.

—¿Me han aceptado? ¿En la Academia? ¿Me han aceptado en la Academia? —preguntó con voz ronca.

—Has conseguido la recomendación. Ahora depende de ti aprobar las pruebas.

Konohamaru echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito exultante y sobrecogedor, como el de una pantera en plena caza. Luego, se lanzó hacia Naruto. Los dos se golpearon la espalda mutuamente, riendo y gritando de júbilo, y finalmente se abrazaron como dos hombres más débiles no habrían podido abrazarse. Hinata juntó las manos y se quedó mirándolos con una sonrisa. Se sentía tan feliz que casi le dolía el corazón. Luego un brazo la agarró y tiró de ella, y de pronto se encontró empotrada entre los dos, cuyos saltos de alegría casi la aplastaban.

—¡Me estan asfixiando! —protestó, jadeante, al tiempo que apoyaba las manos en sus amplios pechos y empujaba. Uno de aquellos pechos estaba desnudo, expuesto por una camisa sin abotonar, y el contacto de su cálida piel hizo que le flaquearan las piernas. Konohamaru y Naruto se echaron a reír, pero de inmediato aflojaron el abrazo.

Hinata se apartó el pelo de la cara y se alisó el vestido.

—Las cartas tienen que estar en alguna parte. Se me han debido de caer.

Naruto le lanzó una mirada traviesa.

—Seguramente.

Su tono burlón hizo que Hinata se sintiera feliz. Le lanzó una sonrisa apaciblemente íntima, la clase de sonrisa que una mujer le dedica al hombre que ama tras haber estado en sus brazos, y Naruto se sintió bien. Para disimular su turbación, se dio la vuelta y se puso a buscar las cartas. Descubrió una en el caminito. La otra se había caído junto a la puerta del establo. Las recogió y le dio a Konohamaru la que iba dirigida a él.

Al chico le temblaban las manos cuando la abrió, a pesar de que ya sabía lo que contenía. Casi no daba crédito. Había sucedido todo tan deprisa... Un sueño hecho realidad tenía que ser más difícil de conseguir; tendría que haber sudado sangre para lograrlo. ¡Oh, todavía no estaba pilotando una de aquellas preciosidades de veinte millones de dólares, pero pronto lo haría! Tenía que hacerlo porque, sin alas, sólo a medias se sentía vivo.

Hinata, que lo estaba mirando con orgullosa indulgencia, sintió que Naruto se envaraba a su lado y lo miró inquisitivamente. Él había alzado la cabeza como si oliera el peligro, y su rostro se había vuelto de pronto impasible como una roca. Un instante después, Hinata oyó el ruido de un motor, y al girarse vio que el coche del ayudante del sheriff se detenía tras la camioneta.

Konohamaru se dio la vuelta, y su semblante adquirió la misma expresión pétrea que el de Naruto cuando Kiba Inuzuka salió del coche patrulla.

—Señora —le dijo Kiba a Hinata, tocándose el ala del sombrero.

—Ayudante Inuzuka.

La voz de Hinata contenía doscientos años de estricta educación y buenos modales. La tía Kurenai se habría sentido orgullosa de ella. Pero Hinata sintió de pronto que una amenaza pendía sobre Naruto, y le costó un arduo esfuerzo no interponerse entre el ayudante y él. Sólo la certeza de que a Naruto no le agradaría que interviniera la mantuvo quieta a su lado.

Los ojos oscuros de Kiba ya no parecían amistosos.

—¿A qué ha venido, señorita Hyuga?

—¿Por qué lo pregunta? —replicó ella, poniendo los brazos en jarras.

—Vaya al grano, Inuzuka —saltó Naruto.

—Está bien —replicó Kiba—. Tenemos que interrogarte. Puedes venir conmigo voluntariamente, o puedo traer una orden de arresto.

Konohamaru permanecía paralizado, con los ojos llenos de rabia y rencor. Aquello había ocurrido antes, y había perdido a su hermano durante dos largos y horribles años. Pero esta vez le parecía aún más atroz, porque un momento antes habían estado de celebración, y él se había sentido en la cima del mundo.

Naruto empezó a abrocharse la camisa. Con una voz rasposa como grava preguntó:

—¿Qué ha pasado esta vez?

—Hablaremos de eso en la oficina del sheriff

—Hablaremos ahora.

Unos ojos azules se encontraron con unos oscuros, y Kiba comprendió de pronto que aquel hombre no daría ni un paso a menos que obtuviera alguna respuesta.

—Esta mañana violaron a una chica.

Una ira sulfúrica ardió en aquellos ojos celestes como el cielo.

—Y, naturalmente, han pensado en que fui yo —escupió las palabras como balas por entre los dientes. Dios, aquello no podía estar ocurriendo otra vez. Dos veces en una sola vida, no. La primera vez casi había acabado con él. Sabía que no podía volver a aquel agujero infernal, fuera lo que fuese lo que tuviera que hacer para impedirlo.

—Sólo estamos interrogando a algunas personas. Si tienes coartada, no habrá ningún problema. Serás libre de irte.

—Y supongo que han ido a buscar a todos los rancheros de por aquí, ¿no? ¿Están interrogando a Shibi Aburame en la oficina del sheriff?

El semblante de Kiba se oscureció, lleno de ira.

—No.

—Sólo al mestizo, ¿eh?

—Tú tienes antecedentes —replicó Kiba, incómodo.

—No tengo... ni... una... sola... condena... anterior —bramó Naruto—. Fui absuelto.

—¡Maldita sea, eso ya lo sé! —gritó de pronto Kiba—. A mí me han dicho que venga a buscarte. ¡Sólo estoy cumpliendo con mi trabajo!

—Ah, bueno, haberlo dicho antes. No quisiera impedir que un hombre cumpla con su trabajo —contestó Naruto con sarcasmo, y echó a andar hacia su camioneta—. Iré detrás de ti.

—Puedes venir en mi coche. Yo te traeré luego.

—No, gracias. Prefiero tener mi propio medio de transporte, por si acaso el sheriff decide que me vendrá bien un paseo.

Kiba se dio la vuelta maldiciendo en voz baja y se montó en el coche. Sus neumáticos levantaron una nube de polvo y grava cuando enfiló de nuevo la carretera de la montaña, con Naruto tras él, levantando aún más polvo y más grava.

Hinata empezó a temblar. Al principio sólo se estremecía suavemente, pero pronto sus temblores se convirtieron en intensos escalofríos que sacudían todo su cuerpo. Konohamaru permanecía inmóvil, como petrificado, con los puños cerrados. De pronto se volvió y dio puñetazo al capó de la camioneta.

—No pueden volver a hacerle esto, Dios mío —musitó—. Otra vez no.

—No, claro que no —Hinata seguía temblando, pero irguió los hombros—. Si tengo que recurrir a todos los jueces y los tribunales de este país, lo haré. Llamaré a los periódicos, a las cadenas de televisión, llamaré a... oh, ellos no tienen ni idea de a cuánta gente puedo llamar.

Todavía contaba con la red de contactos que había dejado en Sunagakure. Podía pedir más favores de los que sería capaz de contar el sheriff de aquel condado. ¡Iba a dejarlo en paños menores!

—¿Por qué no te vas a casa? —sugirió Konohamaru con desgana.

—Quiero quedarme.

Konohamaru esperaba que se acercara serenamente a su coche, y al oír su respuesta la miró por primera vez. En el fondo, había creído que a Hinata le faltaría tiempo para marcharse, que Naruto y él se quedarían de nuevo solos, como siempre habían estado. Estaban acostumbrados a estar solos. Pero Hinata no se movía. Tenía los ojos grises llenos de fuego y la delicada barbilla levantada, con aquella expresión que Konohamaru había aprendido a reconocer y que parecía desafiar al mundo entero, como si no tuviera intención de moverse de la montaña.

Konohamaru, al que las circunstancias habían obligado a crecer a marchas forzadas, la abrazó de pronto, absorbiendo con avidez su fortaleza, consciente de que iba a necesitarla. Y Hinata le devolvió el abrazo. Era el hermano menor de Naruto, y estaba dispuesta a protegerlo con todas sus fuerzas.

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Continuará...