Disclaimer: Santa Meyer los crea y ellos se juntan. Yo solo me encargo de hacerles enloquecer un poco

Rating: M. Emmett se lo ha ganado a pulso.


Cigarrette boy


New York, 1916


Si no hubiese sido por aquel dichoso examen de matemáticas que tendríamos el lunes, yo sería feliz.

Nos habían dado la tarde libre en el internado, y desde luego no la iba a desaprovechar encerrado en aquella biblioteca, oscura y claustrofóbica, llena de estudiantes ansiosos con las eliminatorias. Aunque fuese con el libro a cuestas, tenía que salir para que mis pulmones se purificasen.

Y allí me encontraba yo. En un gran parque del centro de New York, tumbado en la hierba con los rayos de sol golpeando mi piel. Me había remangado la camisa para absorber el máximo de calor.

Todo aquello hubiese sido ideal si no tuviese la nariz pegada al libro de matemáticas. Y por supuesto, me podría concentrar mejor si Emmett no estuviese todo el rato silbando y dedicándome bromas que sabía que no me gustaban.

—Eddie, ¿te has puesto la crema en la cara?—imitó la voz de mi madre. — Si no lo has hecho, no te pongas al sol. Te saldrán pecas en tu hermosa y rosadita carita…

— ¡Cállate!—Le lancé una mirada reprobatoria.

Maldije el momento en el que mi madre fue a visitarme y me recomendó que me echase crema para que no me saliesen pecas con el sol. Tuvo que hacerlo delante de Emmett, que le pareció tan divertido, y no paró de burlarse a mi costa.

Le observé con envidia. Estaba tumbado boca arriba, junto al libro sin abrir y fumándose un cigarro, siendo la viva imagen de la despreocupación.

¡El muy bastardo! Como se notaba que era yo quien iba a aprobar su examen.

— ¡Eh!—Intentó tranquilizarme. —No hace falta que te alteres. Un día de estos vas a sufrir un colapso nervioso y no tendré a nadie que me haga los exámenes por mí.

—Tal vez eso sería lo mejor que te pudiese pasar. Así aprenderías a aprobar las asignaturas por ti mismo.

—Eddie, Eddie, Eddie…—Movió un dedo, divertido. —Tú yo tenemos un trato. Tu hermano mayor se pelea por ti para que los chicos malos no te violen; tú, mi listo hermano pequeño, en cambio tienes que ayudarme a aprobar todos los exámenes.

Me pasé la mano por el pelo para agitarlo y no tener que gritar a Emmett.

—Se supone que cuando dije que te ayudaría con las matemáticas, era que debíamos estudiar juntos. Ese plan de yo estudio y luego te paso el examen, es contraproducente. Y además, nadie quiere violarme.

El cuerpo de Emmett se convulsionó por la risa.

— ¿Ves? Esa es la prueba de que tengo que proteger tu inocente mente del perverso mundo que te rodea. Si no fueses tan cándido, te hubieras percatado que la sonrisa de Billy Hawks es indicativa de lo muchísimo que le gustaría que su polla descansase entre tus blancas nalgas…

—¡Emmett!—Le chillé para que no me metiese ideas paranoicas en la cabeza y empezase a desconfiar de cualquier persona que me diese una palmadita de manera amistosa.—Si no vas a hacer nada, por lo menos, déjame aprobar el examen por los dos, ¿quieres?

Se encogió de hombros resignado de mi mal humor.

—No te preocupes, solo estoy matando el tiempo. —Sacó de su bolso el reloj y sonrió: —Me encanta perder el tiempo contigo cuando estás de buen humor, pero tengo planes para esta tarde. Dentro de cinco minutos, iré al cine con Wendy McEwan. Dieciséis años, rubia, voluptuosa, no muy lista y lo más importante, viciosilla total. Lastima que quiera llegar virgen al matrimonio, pero siempre hay métodos…—Una sonrisa lasciva se dibujó en sus labios. Se recreaba solo de imaginarlo.

— ¿Wendy?—Pregunté por hablar de algo que no estuviese relacionado con las matemáticas. Tenía la mente llena de conceptos de triángulos y sus malditos ángulos.

Aun así, algo me decía que me arrepentiría de preguntar. Se trataba de Emmett.

—Sí, Wendy—me contestó feliz como un niño con su manzana de caramelo. —Tú la conoces. Te la presenté. Es la chica tan simpática que te llamaba Teddy porque le recordabas a un osito de peluche.

¡Maldición! Ya empezaba a recordar.

— ¿Esa misma que decía que le gustaba mi color de pelo?

—Sí.

— ¿La misma que decía que me bajase los pantalones para que viese el pelo de ahí abajo y comprobase que era mi color natural?

—Esa es Wendy. —Arqueó las cejas.

— ¡Ah!—Emmett debería comprender el bien que hacían las mentes inocentes como la mía. Recordé como me había ruborizado ante la intensa y significativa de Wendy. Eso es lo que había impedido que hablase y soltase todas las barbaridades que sus oídos no estaban acostumbrados a oír. Yo era un perfecto caballero y era descortés echar en cara la reputación de una señorita.

— ¡Vamos, Eddie!—Me animó Emmett. —Deja eso durante un rato y relájate. ¡Ven al cine con nosotros!

Rechacé el ofrecimiento. No le daría la oportunidad a Wendy para bajarme los pantalones, ni a Emmett para ayudarle a hacerlo. Se suponía que yo no había cumplido los dieciséis años aun.

—Como quieras—se rindió. —No entiendo por qué has cogido matemáticas como optativa si sufres con ellas. Además vas a hacer derecho, ¿no? Asignaturas como matemáticas, química y biología no te van a servir de mucho que digamos.

—A mí me gustan—me defendí. No me hacía falta que me recordase que mi destino estaba ligado a la abogacía. Sin embargo, le repliqué a Emmett: —Tú no necesitas las matemáticas para tu futuro, ¿por qué sufrir de manera tan tonta?

Me dio una palmadita en la espalda.

—En primer lugar, necesitaba una asignatura donde estuviésemos juntos para aprobar sin hacer nada. —Ignoró mi mirada asesina. —Además, yo intenté por todos los medios no cogerla. Quería matricularme de alemán pero el director Wiston me avisó que habían retirado esa asignatura. Incluso me miró muy extraño cuando se lo sugerí.

Me mordí el labio para no reírme. Emmett siempre estaba en las nubes. Debería saber que, aun sin haber declarado la guerra, estábamos en términos hostiles con Alemania. Lo que me extrañaba era que el director Wiston, patriota y anti germánico con todas sus fuerzas, no le hubiese mandado al pelotón de fusilamiento por traidor.

Mi buen humor se pasó al echarme Emmett todo el humo del tabaco. Tosí un poco al entrar por mi garganta y empecé a llorar.

— ¡Maldita seas, Emmett!—Gruñí. —Me da mucho asco estar oliendo a tabaco por tu culpa. No entiendo que ves en esa cosa. Por el olor tiene que saber como un vomitivo.

Me hizo burla como si me tratase de un niño pequeño.

—Ni bebes, ni fumas, ni…

—Emmett—le corté.

Me ignoró completamente.

—Edward, es ley de vida. Fumar es el paso del niño a hombre. Además, como bien me explicaste con las leyes genéticas del tal Mendel, tú estás predispuesto a ello. Tu padre fuma, por lo que tú, a lo largo del tiempo crearás una adición al tabaco. Es inevitable.

—Magnifico. —Le aplaudí. —Me sorprendes que me hagas caso de vez en cuando. —Se sentía muy orgulloso de sí mismo. —Lo que pasa que no has comprendido que se tratan de los caracteres físicos, como el pelo y los ojos, incluso se dice que alguna enfermedad; pero las costumbres y los vicios no entran en el catalogo.

— ¿Qué quieres decir con eso?

—Que si mi padre y tú bailáis desnudos a la luz de la luna, no significa que yo os vaya a seguir con la locura.

— ¡Bah!—Le quitó importancia. —Eso es porque no lo has probado nunca.

Retiró su cigarro de la boca y me lo pasó a mí. Le miré como si me estuviese dando una pistola.

— ¡No me vengas ahora con escrúpulos!—Protestó. —Solo dale una calada y si no te gusta, lo dejas y ya está. Nadie se ha viciado a esto con una sola calada.

Me lo tendió y acabé cediendo.

—Si doy una calada a esto, me dejarás en paz, ¿no?—le impuse como condición.

—Palabrita de hermano mayor—juró solemnemente. Me recordaba a Mefistófeles tentando a Fausto.

Con resignación, cogí el cigarro, y lo coloqué entre mis labios. Empecé aspirar y acabé tosiendo debido a la irritación que produjo en mi garganta.

En lugar de reírse, Emmett empezó a darme pequeñas palmaditas.

—Ya pasó—me animó. —Es un error de principiante tragarse el humo. Por eso no has podido captar el sabor. Dale una oportunidad, te acabará gustando.

Lo dudaba pero le di una nueva oportunidad haciendo caso a lo que Emmett me recomendó. Un sabor amargó se quedó pegado a mi lengua. A mí no me iba a pillar con eso.

Le iba a devolver el cigarro, pero éste se negó:

—Acábatelo tú—me ordenó. —Ya verás como te calma los nervios para el examen y dejas de pagar tu mal humor conmigo.

—No lo necesito. Siempre he superado los exámenes sin ayudas extras. No como otros. —Le lancé una mirada de reproche.

No solo no me quitó el cigarro, si no que me lanzó el paquete. Quedaban cuatro cigarros.

Moví la cabeza en gesto de negación. No me iba a pillar con éstas.

—No voy a caer—le avisé mientras se levantaba y se adecentaba para ponerse en camino.

—Nunca digas nunca. —Se fue despidiendo. —Espero que te cunda mucho la tarde. Tenemos un examen que aprobar.

Puse los ojos en blanco en pos desesperante. Siempre conseguía sacar lo peor de mí.

Lo peor de todo era que aun tenía el cigarro de Emmett en mis manos. Debí haberlo tirado, pero estaba casi intacto y no me pareció bien tirarlo sin más. Por lo tanto cedí y lo acabé. Una vez echada la ultima bocanada, aplasté el cigarro contra la hierba, dispuesto a hacer los últimos problemas de trigonometría.

Noté un pequeño temblor al empezar a escribir los apartados de los problemas. No le di importancia, ya que lo achaqué a la postura y empecé a hacer los cálculos.

— ¡Hum!—Pensé en voz alta. — ¿La tangente se sacaba dividiendo el coseno por el seno? ¿O era al revés?...

¡Maldita sea! No podía concentrarme. Me pasé varias veces la mano por el cabello para despejarme. No lo conseguía.

¡Que demonios pasaba conmigo! Antes había sido capaz de realizarlos sin ningún problema. ¿Cuál era el problema?

Me fijé en la cajetilla y comprobé que Emmett había dejado los cigarros y una caja de cerillas.

Mi primer instinto fue rehusar y tirarlo a la primera papelera que me encontrase. Pero, al ver mi mano temblar, me lo pensé mejor y decidí probar uno más. No podía hacerme daño.

Y mientras metía la boquilla en la boca y aspiraba para encenderlo, pensaba compulsivamente, como si se tratase de una oración:

Yo controlo al tabaco.


El bedel Smith me miró con cara de pocos amigos al verme llegar. Debí imaginar que tenía un aspecto horrible despeinado, los ojos rojos y llorosos, y con predisposición a la violencia por el más breve indicio que hiciese saltar la chispa.

Posiblemente, sin ninguna culpa de nada, el señor Smith pagase por mi rabia irracional.

Escupió el palillo que mascaba y me dio la hoja para fichar que había regresado al colegio antes de hora.

— ¿Nombre?—Preguntó mascullando las palabras.

—Edward Anthony Masen—le respondí de malas maneras.

Me dio el formulario y empecé a rellenar mis datos junto a la hora de entrada y salida. Tenía un extraño temblor en mi mano.

— ¿Tu compañero no ha llegado contigo?

Me encogí de hombros para contestarle que no tenía ni idea de donde estaba. Emmett era mayorcito para que yo le estuviese salvando el culo.

De repente, le oí como olisqueaba muy cerca de mí y me entró el pánico.

—Tú has estado fumando—dedujo sin un solo atisbo de duda. Me tuteó sin acordarse del rango que había entre nosotros, tratándome como un chiquillo travieso.

Toda mi agresividad se desvaneció y desvié la mirada para mentirle descaradamente:

—Yo no he fumado. En el parque había mucha gente que lo hacía. Me habrán pegado el olor en la ropa.

No escapé al escrutinio de aquel astuto viejo.

—Mientes descaradamente, jovencito.

Su voz era severa pero, al elevar con timidez la vista, observé, incrédulo como sus ojos brillaban cómplices. Incluso, podía jurar que hacía un amago de sonrisa en sus labios.

— ¿No va a haber nota al director?—Me atreví a preguntar.

Aquello le hizo reír a carcajadas.

— ¡Por supuesto que no, hijo! No has fumado en la escuela. Tú puedes hacer lo que quieras fuera mientras que tu comportamiento sea ejemplar dentro. Eres un chico en la flor de la vida. Si se hubiese tratado de mi hija de tu misma edad, la hubiese cruzado la cara. Pero eso es lo que se espera de un joven guapo y de provecho.

— ¡Ah!—Exclamé aliviado. En este mundo injusto me alegré haber nacido en el lado donde más fáciles estaban las circunstancias. Si hubiese sido una chica, seguramente no hubiese sido tan benevolente.

—Eso sí, chico—me avisó—, procura dejarte el vicio fuera de estas paredes. Si te pillo fumando, tendrás que vértelas con el director.

—Gracias por el aviso—le comenté con ansias de subir a la habitación que compartía con Emmett.

Al llegar a la habitación, empecé a buscar con ansias en los bolsillos. No me moleste, siquiera, en quitarme la chaqueta ni desprenderme de los libros.

— ¡Demonios!—Exclamé furioso. El paquete de tabaco estaba muy al final del bolsillo.

Cuando conseguí sacarlo, me metí un cigarrillo en la boca, lo encendí y exhalé el humo.

Aquel pequeño gesto me dio cierta paz de espíritu.

Mientras echaba el humo, conté cuantos cigarros quedaban en la caja.

Dos.

¿Debería estar preocupado?


A las doce de la noche, Emmett estaba durmiendo a pierna suelta. Yo, sin embargo, no había podido pegar ojo desde que dieron el toque de queda para irnos a la cama.

Había oído a Emmett llegar justo antes de pasarse la hora, pero me había hecho el dormido para no tener que hablar con él. Estaba nervioso y desconcentrado. Necesitaba fumar un cigarro como fuese. Se me había acabado la munición demasiado pronto.

Ya no podía estar más en la cama. La sangre me golpeaba las sienes como un martillo y los nervios me reconcomían.

Me levanté lo más sigilosamente posible, y a oscuras, tanteé donde tenía Emmett la ropa.

— ¡Se bueno, Emmett!—Mascullaba mientras registraba los bolsos de la chaqueta. —Por primera vez haz algo bien en tu vida y dale una alegría a Eddie.

Al final encontré el ansiado tesoro en el bolso de su pantalón. Y como si fuese un vulgar ladrón, anduve de puntillas hasta el cuarto de baño y me encerré en él.

Di gracias porque mis padres se permitiesen pagarme una habitación con cuarto de baño para Emmett y yo solos. Hubiese sido un autentico engorro tener que salir por los pasillos para una urgencia.

Con ansiedad, abrí el paquete de tabaco y saqué un nuevo cigarrillo de él.

Estaba impaciente por volver a experimentar aquel éxtasis de dar una calada y soltar el humo.

Cuando logré encenderlo y dar la primera calada, sentí como todo volvía a su centro de importancia.

— ¡Oh, sí!—Exclamé al borde del placer. — ¡Joder, que gustazo!

Con la euforia inicial, no me di cuenta que no había puesto el pestillo en la puerta. Me di cuenta demasiado tarde, cuando la imponente figura de Emmett acaparaba la puerta.

Elevaba las cejas y su sonrisa era petulante. Me estaba diciendo claramente que me lo había advertido.

Te dije que caerías.

Como me había pillado con las manos en la masa—o con el cigarro en la boca—fue inútil que yo me hiciese el inocente, y fingiese que no estaba haciendo nada.

— ¿Qué?—Fingí ponerme agresivo. — ¿Acaso tú no sabes lo que implica la palabra intimidad?—Di un par de pataletas al suelo para darle más teatralidad.

Emmett, triunfante, se acercó a mí y agitó su mano varias veces por encima de mis ojos.

— ¿Qué haces?—Protesté.

—No te has quedado ciego—me dijo travieso. —Eso significa que no estabas haciendo cochinadas.

Me encogí de hombros porque no entendía a que se refería.

—El común de los mortales le llamaría hacerse una paja, pero como tú eres demasiado remilgado lo llamarás masturbación. No lo estabas haciendo porque no te has quedado ciego.

Suspiré.

—Emmett, no está comprobado científicamente que la masturbación deje ciego a nadie. Es todo un cuento chino que nuestros padres nos dicen desde pequeños para tener una conducta sexual aceptable. Tú lo llamarías represión.

Me dio un codazo en las costillas.

—Si tú dices que no deja ciego será porque ya has sacado brillo al amiguito—comentó jocoso.

Para que dejase de decir tonterías, le lancé la cajetilla:

—Fuma y cállate.

No desperdició un solo momento en unirse a mí.

—Bueno, Eddie—me picó—, ahora que has caído, ¿para cuando vas a bailar a la luz de la luna desnudo?

Decidí no darle coba. Ya había ganado un asalto con viciarme al tabaco.

—Ya que me he unido, a la fuerza, al club de los fumadores deberíamos poner un bote de cinco dólares para tabaco, ¿no crees?—Exhalé el humo en una O perfecta. Estaba cogiendo práctica.

—Me parece una idea fantástica—me secundó y luego empezó a reírse travieso. Ya estaba empezando a planear algo perverso. —Aunque dentro de poco tendremos que poner una con diez dólares para irnos de prostíbulos. —Contuve un gruñido. —Porque si crees que fumar es encontrar el cielo, cuando tu amiguito descubra el mundo, eso es indescriptible. Palabra de Emmett McCarthy.

— ¡Deja de decir tonterías y sigue fumando!


..Y así fue como Edward cogió aquel vicio. ¿Te suena algo de esto, Tany?)...xDDD...en fin, todos sabíamos que Emmett tuvo algo que ver en eso. La sombra de Emmett es alargada...xDDDD

Me alegro de poder colgar una viñeta más a esta historia. Sé que muchas de vosotras preguntareis por qué no cuelgo When the stars go blue, pero ya he dado las razones en mi profile, pero también las daré aquí.

Está claro y más que claro, clarisimo, que a menos de causa de fuerza mayor, yo no voy a dejar el fic, y mucho menos a cuatro capitulos de terminar. No he podido escribir tanto como me hubiese gustado, pero el mes de noviembre me dedicaré todo entero a escribir When, y así tendreis los cuatro capitulos a partir de diciembre. Por eso prefiero que espereis un poco más, y a partir de diciembre , tendreis cada semana un capitulo. Es un poco duro, pero he considerado, a la larga, que es lo mejor para vosotras y para mí.

De nuevo, gracias por vuestra paciencia, vuestros favoritos y alertas.

De todas formas, si quereis ver algun adelanto en mis fics podeis dirigiros a mis blogs. Casi siempre hay adelantos de capitulos. Los links están en mi profile.

Y por si quereis preguntarme algo, me encontrareis en twitter. Mi cuenta twitter está tambien en mi profile.

Os veré de nuevo en alguna actualización. ^^