La última oportunidad

Despertaron muy temprano en la mañana para tomar el primer vuelo. Después de lo de anoche, no era prudente que fuesen vistos por las familias de los novios.

Antonia había regresado a ser Antonio y estaba más que feliz por usar pantalones otra vez. Aunque admitió que se había divertido como nunca haciendo el papel de abnegada prometida.

Gilbert refunfuñaba en medio de de sus dos amigos mientras caminaban hacia la puerta de embarque. El francés sonreía de oreja a oreja, y el español tarareaba con descaro la insufrible canción.

-Espero que esta experiencia te haya servido de algo querido Gil.-Dijo Francis mirándolo de reojo.

-Sí, sí. Ya entendí tu punto. Ahora lárguense de aquí y los llamaré dentro de doscientos años cuando logre perdonarlos.

-¡Oh mi Gil! Lo siento tanto. Lo nuestro no funcionaría de todas formas.

-No funcionaría porque no era real.

-Somos de temperamentos diferentes. Lo comprendo.

Francis se reía sin pudor ante la graciosa escena. Antonio no lo dejaría en paz hasta abordar el avión.

-¡Basta Antonio! Ya dejó de ser gracioso.

-Oye. Sólo quiero sacarte una sonrisa.-Acortó más la distancia entre ambos y lo agarró firmemente por los hombros. Por primera vez en todo ese tiempo, le miró con genuina seriedad.

-No seas tan terco tío, dile que la quieres. Afróntalo.

Sin más que decir, tomó su maleta.-Yo iré haciendo la fila. Nos veremos en el trabajo.

-Yo voy tras de ti compañero.-Dijo Francis tomando su equipaje de igual modo.

-¡Francis espera!

El aludido se detuvo en seco. Antonio les sonrió mientras seguía su camino a la fila.

-¿Qué crees que pasará ahora?

El rubio se le acercó lentamente y suspiró con resignación.

-Elegirá al pianista. Y tú estarás a su lado apoyándola en el altar, te despedirás con un beso y regresarás a casa. A eso has venido.

Francis le besó la mejilla, le palmeó el hombro y tomó sus cosas para seguir al español en la fila de embarque.

Gilbert tragó saliva al sentir su boca seca y el estómago se le estrujó dolorosamente. No podía creer lo que le habían dicho, hasta sus mejores amigos no apostaban por él para ganar el último asalto. Pero no permitiría que algo así lo detuviese, ese par de tontos se equivocaban tanto como acertaban, y él era demasiado genial y hábil como para hacer el milagro y colocar el marcador a su favor en el último momento.

Pero antes debía enfrentar a Elizabeth. No podía dejar de preguntarse qué pasaba por la mente de la chica con respecto a lo de anoche. Ni siquiera se le había acercado a preguntarle personalmente por Antonia, pero no podía negar que la falsa noticia de su compromiso había movido algo en ella.

Habían acordado en la mañana por sus celulares reunirse en El Museumsquartier, el centro cultural más importante de Viena. No pudo evitar el súbito salto en su pecho cuando leyó su mensaje de texto: "¿Estás libre esta mañana? Quisiera verte."

A penas se encontraron, pensó que lo mejor sería ir directo al grano.

-Antonia no es mi prometida.

Elizabeth lo miró confundida y sorprendida.

-Lo nuestro terminó hace mucho tiempo, pero no ha podido aceptarlo…yo te ensalzaba tanto, que no podía hacerla quedar mal ante ti. Jamás pudo igualar a la mujer con la que he compartido tanto de mi vida.

La chica se ruborizó ante la blanca mentira de su mejor amigo y de inmediato una sonrisa nerviosa se asomó por sus labios.

-Esto es curioso…Estaba pensado justamente en tu compromiso.

El corazón del alemán se encogió repentinamente ¿Será posible que sus planes dieran fruto al fin?

-¿De verdad?-Preguntó intentando ocultar sus emociones.

-Cuando me dijiste que te casarías con Antonia…sentí algo muy extraño…yo…

-¿Estabas celosa?-Dijo con algo de inseguridad.

La chica respiró profundo y sonrió con timidez.

-Sí. Muy celosa.-Confesó desviando su mirada hacia sus botas rojas.-Lo siento.

Esto era lo que estaba esperando, lo que más deseaba ¿Verdad? Entonces por qué no podía mover ni un solo músculo ¿Por qué no la abrazaba con todas sus fuerzas y le robaba un beso como en las películas americanas?

Porque los nervios le habían paralizado de miedo.

Elizabeth estaba tan conmocionada por sus propias palabras, que no se dio cuenta que las manos del albino temblaban débilmente.

-Oye…¿Quieres caminar un poco?-Preguntó con una timidez poco usual en ella.

-Claro.-Otra vez salvado por la campana.

Pasearon lentamente por la gran plaza entre los cafés al aire libre y los artistas callejeros. Estuvieron en silencio durante unos diez minutos, hasta que se detuvieron a escuchar a una pequeña banda que entonaba viejas canciones estadounidenses.

-He estado pensando mucho en estos últimos días…sobre nosotros.

-¿Ah sí? Supongo que hay muchos recuerdos de donde escoger.

-Es más eso Gilbert. Quiero decir…sé que es muy vergonzoso decirlo de esta manera pero…me doy cuenta, que de alguna manera tú has sido…el hombre en mi vida.

Gilbert sintió como algo en su pecho se quebraba lentamente. Se quitó los lentes del rostro y le miró directamente a los ojos.

-Y tú la mujer en la mía.-Sentencio completamente despojado de su usual actitud arrogante.

-Y pensé que tal vez, esta será la última vez que estemos juntos a solas ¿Sabes?

-Salvo por una escapada salvaje a otro lugar de Europa una vez al año.

-Ja ja. Así es.

Se quedaron un momento en silencio mientras la orquesta seguía tocando y los turistas hacían los ruidos acostumbrados con sus cámaras fotográficas. Luego Elizabeth retomó la palabra.

-Es increíble. Uno se compromete en matrimonio, y después es como una fuerza incontrolable que te lleva y te hace olvidar que así lo quisiste. Tú y yo, en nuestras relaciones con otras personas, no solemos usar la palabra "amor" muy seguido ¿Verdad?

-Personalmente, no es mi estilo.-Afirmó rascándose la cabeza y negándole la mirada.

-Roderich dice que si amas a alguien, lo dices. Fuerte y claro. Y si las palabras no sirven, dilo con tu propio lenguaje; como lo hacían los músicos del pasado cuando componían canciones que sólo entendían sus amantes. Porque de lo contrario, el tiempo pasa…

-Pasa de largo…

-Y no regresa…

Justo en ese instante, un grupo de niños que jugaban cerca, corrieron para espantar las palomas que comían en la plaza. Las aves salieron volando asustadas a espaldas de Gilbert. El sonido de su apresurado aleteo era como un mensaje divino, uno que le decía que esta podría ser su última oportunidad. Incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo, se volvió hacia los músicos y tragó saliva. Estaba concentrando todos sus esfuerzos en controlar sus emociones.

Elizabeth miró por un segundo a los pequeños que habían alejado a las aves, era un niño rubio de cejas pobladas y una bella niña castaña con cola de caballo.

-Todavía no tenemos una canción. Roderich y yo.-Dijo de pronto la chica.-Es tan raro. Él es músico y yo trabajo para óperas y musicales y no conseguimos una canción que nos defina ¿Crees que sea un mal augurio?-Preguntó como si fuera un chiste.

Gilbert no pudo evitar reírse.

Y como si las señales divinas no fuesen suficientes, los músicos callejeros empezaron a tocar una conocida canción.

Some day, when I'm awfully low,
When the world is cold,
I will feel a glow just thinking of you...

-¡Oh por Dios! ¿Recuerdas esa canción Gil?

And the way you look tonight.

Al albino se le pusieron los ojos redondos ¡Cómo no iba a recordar! Cuando se graduaron de secundaria, el profesor encargado de la música había "dejado colar" entre los temas para la noche de despedida, una canción de Frank Sinatra que no tenía nada que ver con la generación de sus estudiantes. El alboroto entre los chicos fue tal, que les rogaron a ellos dos que se encargaran del equipo de sonido el resto de la noche. Para Gilbert fue un alivio, ya que no era muy bueno bailando, pero Elizabeth estaba sumamente molesta porque no había podido bailar con nadie ni divertirse en toda la noche.

Yes you're lovely, with your smile so warm
And your cheeks so soft,
There is nothing for me but to love you,
And the way you look tonight.

No era capaz de dejarla así. Cuando todo concluyó y ellos eran los únicos en la gran sala, el chico colocó el disco del profesor en el reproductor y le extendió la mano sin decir palabra.

With each word your tenderness grows,
Tearing my fear apart...
And that laugh that wrinkles your nose,
It touches my foolish heart.

Esa fue la primera y hasta ahora única vez, que él mostró galantería hacia ella. Bailaron la pieza completa a pesar de haberle pisado varias veces sus zapatos de tacón.

Después le hizo jurar a la chica que no le dijera a nadie que habían bailado. Ella se rió, ya le parecía extraño que el Gilbert de siempre no saliera a relucir, y hasta el sol de hoy, eso había sido uno de tantos secretos que sólo existían entre los dos.

El nombre de la canción era "The way you look tonight". Y de una extraña manera, esa pieza se había convertido en una referencia a ellos dos y a esa noche.

Su canción. Por mucho que Gilbert se negara en reconocerlo.

-Me suena familiar, pero te confieso que no recuerdo mucho.-Mintió.

-Pues activemos la memoria.-Dijo Elizabeth haciendo a un lado toda su melancolía de hace segundos.-¿Tienes actualizado tu programa para bailar?

Se rió con arrogancia.-No estoy seguro, ahora todas esas cosas las tengo en un pendrive.

Ella le tomó ambas manos sin esperar una respuesta por parte del muchacho. Se pusieron a bailar en plena plaza del mismo modo que aquél entonces. Eli sonreía feliz, se estaba divirtiendo con sus recuerdos y estaba totalmente ausente de la expresión en la cara de su mejor amigo.

Lovely ... Never, ever change.
Keep that breathless charm.
Won't you please arrange it ?
'Cause I love you ... Just the way you look tonight.

Mm, Mm, Mm, Mm,
Just the way you look to-night.

-Dios mío, no me hagas esto.-Rogó para sus adentros.-Lo menos que necesito ahora es desmoronarme como un flan.

Pero en ese tierno momento que estaba compartiendo con ella, se juró a él mismo que no podía dejar pasar este día. Jugaría su última carta y vencería al podrido señorito.

Y así dejó pasar, una vez más, la oportunidad dorada de confesársele a Elizabeth. Antonio había acertado al decirle que era un gran terco.

Aunque orgulloso sería una definición más acertada.

En la tarde, puso manos a la obra su siguiente plan macabro. Estaba consciente que el punto débil de los tortolos era el trabajo de Elizabeth, si ella supiera que el señorito intentaría usar los contactos de su padre para que trabajara en Viena, el fin sería inminente. Pero como Roderich no haría tal cosa, sólo bastaría con hacer aparentar que lo estaba intentando.

Fue hasta las oficinas del señor Joseph con su mini laptop, ser un hombre de negocios y el padrino de su hijo le daban el camuflaje perfecto. Se asomó a la sala de juntas donde se encontraba el suegro junto con unos tres empleados y su secretaria.

-Buenas tardes.

-¡Oh! ¡Gilbert! Discúlpenme un segundo. -El hombre al darse cuenta de la presencia del chico, se apartó de sus empleados.

-No te esperaba aquí. Creía que mi hijo vendría por mi hoy.

-Lo sé. Es que me ofrecí a llevarlo a la despedida de soltero y relajarle la agenda al novio. Después de todo soy el padrino je je.

-Je je. Sí por supuesto. Por cierto, quería preguntarte algo muchacho. Roderich me dijo que cuando Elizabeth rechazó el trabajo no hubo roces ni malentendidos

-¿Malentendidos? No. En lo absoluto señor Joseph.-Contestó seguro y convincente, pero con la espina del nerviosismo en su pecho.

-Me alegra…¿No he causado ningún problema ¿Verdad?-Preguntó con preocupación.

-¡Claro que no! Nadie causó nada.

-Bien.

Gilbert sostuvo su sonrisa "inocente" hasta que el hombre mayor relajara su rostro. Estaba muy complacido con la relación entre Eli y su hijo, y no deseaba que la felicidad de su primogénito fuese truncada por sus buenas intenciones de darle un mejor empleo a la chica.

-Discúlpame, pero has llegado un poco temprano y tengo que terminar unos asuntos…

-No se preocupe, de hecho necesitaba enviar unos correos importantes ¿Podría usar su wifi?

-Por supuesto. La puerta que está al final del pasillo es mi oficina. Puedes usar la conexión con confianza.

-Muchas gracias.

-Tómate tu tiempo.-Le dijo mientras entraba nuevamente a la sala de juntas.

Y así lo haría. A penas entró al despacho, se sentó frente a la computadora del señor Joseph. Al lado dejó su mini laptop abierta con un documento que había elaborado horas antes de su llegada. Por suerte, el correo estaba abierto y así todo sería menos sospechoso. Se tronó las manos y se puso a transcribir aceleradamente el archivo.

-"Para: Artur Kirkland de la compañía teatral Unicornio …De: Joseph Edelstein…"

Respiró profundo al dejarse llevar por la adrenalina por unos segundos.

-Relájate. No es algo tan complicado. Hazlo rápido y olvídalo como si nunca hubiese pasado- Se habló a sí mismo, dándose coraje. Se reacomodó en la silla y siguió escribiendo.

Artur,

Necesito un favor. La felicidad de mi hijo Roderich está en tus manos. Le he ofrecido a Elizabeth Héderváry mi flamante nuera, una gran oportunidad en La Ópera de Viena como directora artística. Elizabeth nunca aceptará esta propuesta mientras siga trabajando para ti.

Mi hijo al igual que yo, reza por tu cooperación en esta situación tan importante para la familia.

Muy agradecido,

Joseph Edelstein.

-Listo.-Susurró nervioso mientras miraba hacia la puerta que había dejado ligeramente abierta por si alguien venía.

Luego miró el monitor y al botón de "Enviar". Su nerviosismo lo hizo presa otra vez.

-Es obvio que no lo enviaré. La despedirían si la hago llegar…

Se percató que estaba ante un gran predicamento. Sus únicas opciones eran enviar la carta, algo que no le convenía hacer por razones obvias, o colocarla en los borradores y rogar que el padre del novio no se diera cuenta.

-Bueno, no es como enviarla. La voy a guardar por unas horas hasta que vuelva con Eli y ella pueda verla. Perfectamente inofensivo.-Estaba abusando de su poder de auto convencimiento. Eso o intentaba ignorar los gritos molestos de su conciencia que, extrañamente, sonaba igual que su hermano Ludwig.

En verdad estaba llegando demasiado lejos, estaba a punto de hacer algo terrible y si lo llegaran a descubrir sería su fin. En ese momento de duda, miró la pequeña cajita de terciopelo que estaba al lado de su mini laptop, la tomó en sus manos y la abrió contemplando por segunda vez la pareja de anillos.

Eran de oro puro y brillaban como pequeños soles. Tenían los nombres de ambos grabados en las paredes internas como si fuera un mensaje oculto que sólo ellos sabrían. Agarró el anillo que a su vista lucía más grande, supuso que era el de Roderich. No aguantó la tentación de ponérselo en el dedo correspondiente. Se quedó sin aliento al ver que le calzaba perfecto. No era necesario seguir pensándolo por más tiempo.

Le dio a "Guardar como borrador"

Recogió sus cosas y salió tranquilamente de la oficina y se dispuso a esperar al señor Joseph a pocos metros de la sala de juntas. Estaba tan concentrado en parecer inocente, que no se dio cuenta que el anillo del novio seguía en su dedo. Maldijo internamente al no poder sacarse el aro dorado, el pequeño desgraciado se había atorado. Ya se le hacía raro que alguien con dedos tan delicados como el señorito, tuviera la misma talla de anillo que él.

Su estrés aumentó al escuchar la voz del "futuro suegro" en el pasillo. Estaba hablando con su secretaria sobre asuntos que no se puso a escuchar. Estaba enfocado en librarse de la alianza.

-Envía esto y esto también. Quiero que termines de organizar las partituras para que Eduard venga por ellas el lunes.

-Seguro señor.-Asintió la joven empleada de blanco cabello corto y prominente busto.

-¡Ah! Y antes que se me olvide. Dejé muchas cartas acumuladas en mi correo, envíalas antes de que te vayas.

No había alternativa, tendría que tener la mano en el bolsillo hasta llegar al hotel e intentar zafárselo.

-¿Nos vamos muchacho?

-¡Claro señor!

Ya eran más de las nueve de la noche cuando Elizabeth y Gilbert estaban frente a la puerta del despacho del suegro.

-¡Esto es increíble! ¿Ya probaste con todas las llaves?

-Esa fue la última, creo que el papá de Roderich me dio el llavero equivocado.-Dijo con pena la chica.

El albino estaba al borde de perder su actitud relajada y awesome. Sólo necesitaba que Eli entrara a la oficina mientras el "enviaba" unos importantes documentos que no habían llegado a sus destinatarios, y que no podía enviar desde el hotel porque su pendrive con los archivos "se le había quedado dentro" de la oficina de Joseph. Luego encontraría "accidentalmente" la carta en los borradores, se la mostraría a su amiga, esta se volvería una bestia furiosa, le cortaría la cabeza al señorito y la boda se cancelaría.

¿Fácil cierto?

-¡Pero tiene que haber alguien cuidando esto! ¿No tienen un guardia? ¿Dónde está el portero?

-Relájate Gil. Aunque encontráramos al portero no serviría de nada. El señor Joseph no le deja las llaves de su oficina. Ni siquiera se las da a su secretaria.

-Pe…pero tiene que haber una manera de entrar. Necesitamos un destornillador ¡No! mejor uno de esos feos pisapapeles, alguno de los empleados debe tener uno en su escritorio.

-¡Ya cálmate Gilbert! ¿Por qué es tan importante que envíes esos correos ahora?

-Por…por porque se me vence el plazo y…

-Je je. A mí también, me caso mañana.

-A…¡A eso mismo me refiero! Mañana todos estarán ocupados en cosas más importantes y…y…y esta es realmente mi última oportunidad… de enviar esos papeles y si pudiera entrar allí, encontraría mi pendrive ¡Y enviaría otra vez esos estúpidos correos!

-Tranquilo, tranquilo.-Eli lo abrazó para calmarlo.-Mañana es domingo, nadie trabaja. El lunes por la mañana el señor Joseph abrirá su despacho y podrás enviar tus correos.

Gilbert estaba al borde de la desesperación, era notable por su cara de tragedia griega.

-Olvídalo chico. No siempre se gana.-Dijo con una relajada sonrisa.

Se llevó una mano al rostro y suspiró con frustración. Era su última carta y había sido arruinada por las circunstancias. Esta vez no tendría el consuelo de culpar al novio de su amiga.

De regreso al hotel, el albino se había quedado sin habla. El elevador había llegado a su piso y no paraba de mirar al suelo con una expresión entre rabia y desesperación contenida.

Por lo general, Gilbert era muy conversador, incluso en sus malos momentos su furia no duraba mucho. El estado del muchacho preocupó profundamente a Elizabeth.

-¿Realmente es tan importante para ti enviar esos papeles?

Gilbert levantó la mirada y asintió silenciosamente con la cabeza.

La castaña tragó saliva. Cualquier mujer en su posición, no sacrificaría la noche de sueño antes de su boda por un problema ajeno, así se tratara de su mejor amigo. Pero ella, como muchos le han dicho, era especial y Gilbert no era un mejor amigo cualquiera.

-Ven. Usaremos el teléfono de tu habitación. El señor Joseph debe estar despierto a esta hora…

El chico se abalanzó hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas y rebosante de felicidad.-¡Dios Eli eres la mejor!

-Sí, sí, lo que tu digas. Pero si me quedo dormida mañana será tu culpa y tendrás que llevarme cargando hasta la iglesia.

-Lo haré. Te lo juro.

-Te llevaré, conseguiremos la llave y volveremos a la oficina.

Cuando estaban abriendo la puerta de la habitación, sonó el celular de la chica. Le habían enviado un correo. Al ver en la pequeña pantalla el nombre del destinatario, no contuvo su mueca de fastidio.

-Es mi jefe. Ese caballero inglés no me deja tranquila ni la noche antes de mi boda.

-De seguro sólo quiere felicitarte.

-No lo creo.-Dijo bajando radicalmente su tono de voz y abriendo los ojos como si hubiese visto un fantasma.

-¿Qué pasa Eli?

La joven palideció de golpe y empezó a leer el correo de su jefe.

-"Querida Elizabeth, no puedo creer que te haga esto la noche antes de tu boda pero debes y mereces saber con quién te estás casando…"

Gilbert extrañado, tomó el celular de las manos de la chica y siguió leyendo en lugar de ella.

-"Esta tarde he recibido un correo del señor Joseph Edelstein con el siguiente mensaje, te lo adjunto tal cual como me fue enviado. Artur, necesito un favor. La felicidad de mi hijo Roderich está en tus manos…"

Calló de inmediato y palideció al igual que Elizabeth ¿Cómo había pasado? Estaba seguro que no había enviado esa carta. Ciertamente quería que Eli la leyera, pero no se suponía que debía ser de esta forma.

Elizabeth tomó rápidamente el teléfono del cuarto y llamó a la casa de los Edelstein.

-¿Señora María Theresa? ¿Podría hablar con Roderich por favor?

Su amigo se le quedó viendo. Lo normal sería que en un momento como este, la chica explotara en furia, pegara gritos y reventara sillas, pero en lugar de eso estaba temblando, intentando contener las lágrimas de la profunda tristeza que sólo surge cuando se es traicionado.

-Gilbert ¿Podrías dejarme sola por unos minutos?

No podía negar esa petición a pesar que sentía que debía estar allí, no por escucharle gritar al señorito, sino porque le partía el alma verla con esa expresión de dolor que nunca había visto en ella.

-Bien…Estaré en el bar del hotel.

Un trago, necesitaba un trago urgentemente. Abandonó la habitación con el pecho cerrado de la presión. Era un dolor muy peculiar que había sentido pocas veces, pero que había reconocido apenas lo percibió.

La culpa.

El bar estaba casi desierto, se sentó en la barra y le pidió al barman lo más fuerte que tuviese. Ya estaba en su segundo trago y no se sentía ni ligeramente mareado. Su vista estaba perdida en la nada y la culpa no había abandonado su ser ¿Pero realmente debería sentirse mal? El sólo había escrito esa carta, no la había enviado, además esto era lo que quería, alejar al amor de su vida del estorbo de Roderich ¿No? Francis dijo hace tiempo que en el amor y la guerra todo se valía y así lo había hecho.

¿Entonces por qué seguía sintiéndose tan terrible?

El barman se le había quedado mirando con curiosidad. Se le acercó lentamente intentando no ser muy directo y ofender a su cliente.

-Disculpe señor pero tengo que preguntar ¿Cómo le hace para beber así?

-¿Ehh?-Contestó sin haber entendido mucho.

-Es que esa es la bebida más fuerte de este lugar. Todos los hombres que la han pedido pierden el conocimiento al llegar a la mitad del vaso, pero usted ya va a terminar su segundo trago ¿Cómo le hace?

El albino volvió a enfocar hacia el frente negándole la mirada al joven de cabellos castaños al otro lado de la barra.

-Eso es fácil.-Soltó con tono de ironía.-Sólo debes convertirte en el ser más sucio y despreciable del mundo. Cuando tu estómago se vuelva inhumano, podrás beber hasta gasolina como si fuese agua.

-No lo comprendo señor.-Dijo el hombre desconcertado.

-¿No lo entiendes? Soy un criminal sumamente peligroso, una bestia…no… soy peor que una bestia. Le hago cosas malas a la gente buena. Si quiere puede llamar a seguridad y decirle que quiero irme sin pagar, no me resistiré. Sería por como arrestar a Al Capone por evasión de impuestos.

Bebió un gran sorbo ante la mirada asombrada y aterrada del barman. Segundos después, el muchacho no pudo evitar sentir compasión al ver que su mejor trago no mejoraba el ánimo de su cliente. Se colocó frente a frente y acercó un poco su rostro al alemán.

-¿Hay algo que pueda hacer para ayudarlo?-Dijo con tono suave y servicial.

Asombrado ante el gesto sonrió débilmente. Se tomó unos segundos para ver el nombre del amable muchacho en el broche dorado de su uniforme.

-Oye…Thoris…

-¿Sí?

-¿Tu bebes?

-Pues…sí, lo hago. Pero estoy trabajando y lo tengo prohibido mientras esté aquí.

-Eso lo entiendo pero…-Le extendió su trago con lo poco que quedaba de bebida.

El otro sonrió entendiendo el mensaje.-Bien. El cliente siempre tiene la razón.-Miró a los lados para asegurarse que sólo estaban ellos dos en el lugar, tomó el trago y bebió lo que quedaba de un solo golpe.

Los dos hombres se miraron por unos segundos y empezaron a reír sin motivo alguno. Cuando recuperaron el control, el chico de la barra le tomó por el hombro de forma consoladora.

-¿Sabe? Mi abuela siempre decía "Esto también pasará".

Ese chico no era un barman, era un ángel. Esas últimas palabras habían aliviado más su pena que las bebidas que había consumido.

-Gracias Thoris.

El chico sólo le sonrió satisfecho.

-¡Hey muchacho! ¡Dame un wisky en las rocas!

Un cliente nuevo se había sentado en el extremo opuesto y llamó la atención del castaño. El joven se despidió de Gilbert con un ligero gesto con la mano y una cálida sonrisa. El alemán se aseguró de abandonar el lugar habiendo pagado los tragos y dejándole al joven empleado, una jugosa propina.

Tocó la puerta de su habitación, al no ser contestado tomó su tarjeta-llave y abrió la puerta. Eli estaba recostada en el sofá que estaba junto al teléfono. Gilbert tragó saliva otra vez al ver la expresión de angustia de la chica, realmente tenía roto el corazón pero, sorprendentemente, no parecía haber llorado, más bien estaba intentando procesar todo aquello. Nunca pensó que su amado pianista le hiciera una jugada tan cruel como esta.

El albino no quería preguntar pero tenía que hacerlo.

-¿Qué te dijo?

-Se acabó. Lo negó todo. Dijo que estaba loca y paranoica.

-Mala combinación.-Dijo con la garganta seca mientras se sentaba a su lado en el sofá.

-Mañana hay un gran desayuno en casa de sus padres y me dijo "¿Cómo cancelaré todo esto? ¿Qué le diré a todos?"

-Eli…

-No. Esto es lo mejor. Él tenía razón. Estoy loca…por haberme enamorado de alguien tan diferente a mí. No sabes lo feliz que estoy de que estés aquí conmigo Gil.-Dijo en un susurro.

Estuvieron en silencio un buen rato, luego Elizabeth preguntó.

-¿Tienes los anillos?

El chico agrandó sus ojos con sorpresa, lo habían agarrado fuera de base y no esperaba esa pregunta en ese momento. Con torpeza sacó la cajita de su bolsillo y se la dio a la chica, ella lo abrió y notó que faltaba una de las alianzas.

-¿Dónde está el otro?

La cara de Gilbert se sonrojó ligeramente, pero su previo consumo de alcohol ayudaba a disimularlo muy bien. Viéndose acorralado nuevamente, no tuvo más remedio que mostrarle la mano izquierda mientras dirigía la vista hacia otro lado.

-Se me atascó.-Dijo secamente y sin dar más explicaciones.

Por suerte para él, ella no hizo más preguntas, pero no pudo esconder un ligero temblor al ver cómo su amiga le tomaba la mano, metía su dedo con el anillo en la boca y lo retiraba suavemente con los dientes. Hasta ese momento no sabía que era capaz de retener tanta sangre en su rostro.

Elizabeth tomó el aro dorado de sus labios y lo colocó otra vez en la cajita de terciopelo sin decir palabra.

Gilbert no podía quedarse allí como un idiota, tenía que hacer algo por ella, tenía que animarla de alguna manera. Se paró rápidamente de su asiento y le miró con entusiasmo.-¿Por qué no salimos a caminar un rato? Podemos volver a ese bar de karaoke…o podemos pedir que nos traigan comida al cuarto. Puedes pasar la noche aquí si quieres.

-Creo que lo mejor es que esté sola por ahora.-Contestó algo cansada.

-Sí, lo comprendo.-Dijo resignado ante la respuesta.

-Tal vez vaya por un tiempo a Berlín y me quede contigo. Artur lo comprenderá. O podríamos… ir algún lado…si quieres.-Dejó salir una débil sonrisa con ese último comentario.

-Seguro nena. No he pisado Londres desde que tenía doce años.-El también dejó salir una risita tímida, la idea de volver a viajar con ella era como una pequeña luz entre la espesa oscuridad del momento.

-Bien. Que descanses.

La vio caminar por el largo pasillo hasta que cruzó en la esquina para llegar a los ascensores. Realmente era una mujer muy fuerte, cualquiera en su lugar, estaría tumbada en la cama de pura depresión, no todos los días suspendes tu propia boda.

Entró a la habitación y chocó su frente con la puerta cerrada. Finalmente había logrado su cometido, tal vez ahora se sentía terrible, pero confiaba en que mañana vería todo con otra perspectiva. Eli había vuelto a él, y seguramente todo este drama se les olvidaría a los dos después de unas semanas.

Se quitó la ropa, se duchó y se echó a dormir.

Al amanecer, miró con desdén el reloj digital de su mesita de noche, su alarma lo había despertado a las ocho en punto. Caminó torpemente hacia la cocina, como no había comido mucho anoche, estaba hambriento. Se metió un trozo de pan a la boca y mientras se servía jugo de naranja, escuchó su celular sonar.

-¿Quién será a esta hora? De seguro es Ludwig.

Tomó el aparato y se dispuso a leer el mensaje que le habían dejado. El escrito en la pantalla le hizo expulsar el jugo en su boca.

-¿QUÉ HARÁS QUÉ?

Continuará.

Lo siento, no me peguen, trato de escribir tan rápido como puedo. Pero entre las fechas navideñas y todo lo que ha estado pasando en Venezuela en estos días, no ha sido fácil abstraerme y concentrarme en terminar esto. Si no saben qué está pasando en este país pues…dense un paseíto por las noticias (si son de otro país) o si son de por aquí…pues ya me entienden.

Pero poco a poco estamos llegando al gran final.

Este capítulo me quedó algo "emo" lo sé, pero era necesario y ya verán por qué.

El MuseumsQuartier Wien (MQ), con alrededor de 50 instituciones dedicadas al arte y la cultura contemporáneos, es uno de los diez complejos culturales más grandes del mundo y atrae anualmente a unos tres millones de visitantes a Viena.

Hoy se hizo mención de Eduard (Estonia), Ucrania (la secretaria del señor Joseph) y finalmente Thoris (Lithuania) que no podía faltar en este fic. En mi opinión, es uno de los personajes más dulces de Hetalia y me parece muy cruel que Belarus sea tan mala con el pobre ¡Pero si es un amor! ¡Un pan de Dios! Y por eso era el más indicado para acompañar a Gilbert en su momento de flaqueza.

¡Ah! Se me olvidaba. Los dos niños que espantaron a las palomas cuando Gil y Eli estaban juntos eran Sealand y el Principado de Wy, una de las micronaciones más nuevas de Hetalia.

Gracias por todos los hermosos reviews y por el apoyo a este trabajo. Siento no poderles dar yaoi, este fic es estrictamente hetero porque considero que hace falta más historias de este tipo. Las chicas de la serie también cuentan.

Espero que todos hayan tenido una feliz navidad y que reciban el año nuevo con la tranquilidad y felicidad que todos nos merecemos.

Besos y abrazos, los quiero mucho y nos veremos en el próximo capítulo.