Disclaimer:

Los personajes de YYH no me pertenecen, son propiedad de Yoshishiro, quien mágicamente les creó y provocó que desde el primer minuto en que vi esta gran serie la amara y quisiera inventar historias con sus personajes

Notas:

Perdon por lo tarde de la entrega, estoy un poco fuera de fechas, y al ver mi agenda me tocaba subir hoy, así que desde hoy retomaré las fechas establecidas al comienzo del fick (que se aplicara a todos los subidos regularmente por mi).

Muchas gracias a las personas que leyeron el capítulo anterior, y muchas gracias por sus bellas palabras. Este fick no estaría aquí de no ser por esas dos personitas que siempre leen.

Con amor este capítulo a ellas, y espero les guste.

Sin nada más que decir, les traigo:


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Sonata en mi menor

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Capítulo VII

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En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro…

Y el mundo no es sino música hecha realidad…

-Arthur Schopenhauer-

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-Departamento de Kurama, salón-

Había pasado una hora pero la habitación en la que se encontraban seguía con aquel marcado aire frío. Koedma yacía sentado en el silloncito naranja con sus manos entrecruzadas sobre la tela de su pantalón, las rodillas yacían muy tensas y percibía en su cabeza el latir apresurado de su corazón. Tembló cuando recordó el brillo incandescente de esos ojos verdes y sintió que vomitaría si Kurama le dejaba a solas en ese lugar. Aún sentía las lágrimas que cayeron por sus orbes, aún sentía el peso de no poder respirar, de no poder hablar.

De no poder hacer nada.

El reloj cucú de Kurama ya no sonaba, ¿por qué?, porque luego de haber vivió aquello Koedma había sufrido un ataque de histeria y había gritado hasta que Kurama tuvo que desactivar el reloj cucú. Vamos, no todos los días te visita la muerte y te das cuenta de que eres tan pequeño e insignificante que podrías desaparecer cuando a ella se le ocurriese. Koedma vislumbró su propia insignificancia cuando esos ojos le miraron, lo vio cuando ese rostro sólo cubierto de huesos se rió de él al percibir su miedo.

Oh Dios, aún escuchaba aquella voz y en su mente dibujó el metal de la cuchilla que una de sus huesudas manos portaban. Cuando Kurama dejó sobre el mueble del centro de la habitación una taza de café cargado Koedma reaccionó al percibir el aroma, tomó la taza como una máquina y tragó el líquido. Kurama saltó para arrebatarle la taza pero con una mano Koedma le impidió quitársela.

-Pensé que si me quemaba la lengua despertaría de este extraño sueño-dijo el castaño, llevó una mano a su boca, la taza de café regresó a la mesa.

Entonces Koedma comenzó a reírse muy fuerte.

-La muerte, aún no lo creo, ¡y no me mató!, Kurama me sentí tan…no puedo explicarlo…no entiendo, ¡te miro y estas tan calmado a diferencia mía! Kurama, voy a terminar loco si no me explicas qué pasó hoy-

Koedma llevó su cabeza al respaldo del sillón, respiró, aún sentía aquel extraño aroma en el aire. Kurama se sentó junto a él y cuando se tranquilizó comenzó un relato que el castaño supo que si no hubiese visto aquello habría llamado a Shiori para que entre los dos lo llevasen a ver al doctor León.

-¿Puedes prometerme que mañana terminará esta locura?-Dijo, Kurama le tomó la mano, y Koedma le miró con los ojos brillando a causa del gesto.

-¿Somos amigos no?, deja que pueda mostrarte lo maravilloso que puede llegar a ser cuando toca, deja que te muestre porqué me enamoré de su sonido. Koedma, si pudiese vivir algo dos veces en mi vida sería esto, estos días encontré lo que siempre quise- el castaño se rió, levantó los hombros y se llevó una mano a la boca.

-Te gusta de veras ¿he?-

-Mucho-

El castaño suspiró.

-Quisiera saber porque nunca está tu madre cuando pasan estas cosas-enseguida Koedma se levantó y encendió un cigarrillo de su bolsillo. -¿En qué puedo ayudarte?, son casi las seis de la mañana y necesito hacer algo -

Kurama abrió la boca pero no supo que decir, ¡estaba tan feliz de que quisiese ayudarle! Se mordió un dedo, enseguida recordó que Koedma dijo algo sobre Shiori.

-Si pudieses convencer a mi madre que no estoy loco te lo agradecería toda la vida Koedma-dijo, el castaño botó el humo de su cigarrillo, colocó una mano en su cadera.

-Eso será difícil Kurama, a mí también me cree loco-El pelirrojo frunció el ceño. Sin pedirlo, el kitsune vislumbró a Hiei en el pasillo, portaba una sudadera blanca y unos jeans negros. Su mano yacía sobre sus labios, Kurama miró a Koedma, nada, al parecer no podía ver a Hiei.

-Kitsune, deja que venga a ver si estas tan loco como piensa-

-¿Qué estas tramando Hiei?-Koedma tosió y casi botó lo que le quedaba de café en la boca.

-¿Está aquí?-preguntó, del otro lado del pasillo Hiei levantó sus hombros y al mismo tiempo su rostro fue adornado por una sonrisa sarcástica.

Entonces cuando Koedma pensó que ya no podía pasarle nada más raro escuchó una voz hablarle y percibió el roce de unos dedos en su hombro.

Como respuesta padeció un escalofrío.

-Llámala-dijo, y Koedma giró el rostro apenas oyó su voz. Escuchó el latido de su corazón con fuerza y aún quedaba el eco de la voz del pelinegro en su cabeza. Era una voz muy suave, y si se detenía en ella había un claro acento marcado en la manera en que Hiei pronunciaba las palabras.

Cuando Hiei se alejó de Koedma Kurama vislumbró como se acercaba hasta su persona y se sentaba a su lado en lo que quedaba del sillón.

-¿En qué piensas?-le dijo, Kurama lo único que recibió como respuesta fue el roce de los labios de Hiei sobre su rostro.

Entonces Kurama comprendió que Hiei haría lo que estuviese a su alcance para que Shiori no destruyese su piano.

Y sonrió.


-Salón del departamento, quince minutos después-

Shiori Minamino era una de esas personas que te llaman poco la atención, Hiei se dedicó a contemplarla mientras la mujer se sentaba en el mismo silloncito en que antes estuvo Koedma y Kurama. La mujer cruzó una pierna sobre la otra, llevaba un conjunto color crema y un listón en el cabello oscuro que yacía recogido en una trenza. -Es bonita- pensó Hiei. Se sonrió al notar rasgos de Kurama marcados en la manera en que la mujer se sentaba en el sofá o en la manera en que sus dedos tomaban el asa de la tasa de café que ahora, Kurama le estaba ofreciendo. Las luces del salón estaban prendidas por petición de Koedma, pero aún así, ninguno podía verle. Y eso a Hiei le agradaba mucho.

Años atrás habría suplicado a la muerte por algún hechizo para que la gente le pudiese ver pero ahora no.

Kurama podía verle porque él lo quiso y mientras se mantuviese con él nada le importaba en la tierra, pero Shiori era la típica madre que a la primera señal de demencia partía corriendo a ver un médico o a un sacerdote, y Kurama estaba apunto de ser llevado a ver al doctor León y lo alejarían de su persona. Hiei volvió a mirar a la mujer, y es que aunque ella no tenía nada de especial había algo en su persona que le obligaba a verla de los pies a la cabeza. Shiori tenía ojos color almendra y la tez más clara que había visto en alguien, en otra época él había pensado que su rostro era muy pálido pero Shiori le ganaba con creces en eso.

Y era algo bajita.

-Hijo, dime, ¿porqué me llamaste?-exclamó, Hiei percibió un claro enojo en su voz que trataba de sonar suave. Se parecía en eso también al kitsune, no importaba cuan enojado estuviera no dejaba que nadie notara esa emoción marcada en sus palabras.

-Koedma me comentó que están preocupados por mi mamá, estuvimos hablando por horas y pensamos que era buena idea que vinieses a ver si estoy tan loco como piensas-dijo el kitsune.

Kurama se había sentado en una silla de madera en frente de ella, traía el cabello suelto, así que le caía por la espalda y llegaba hasta su cintura. Los ojos de Kurama brillaban mucho y estaba con mucha energía, aún cuando eran las seis y tantos de la mañana.

-¿El joven Koedma tuvo la idea?-

-No, fue idea de Hiei-Shiori casi deja caer la tasa, frunció el ceño. ¿Hiei?, o por Dios, ahora resultaba que Kurama tenía un amigo imaginario, o ese fantasma del que hablaban era Hiei. Además, ¿cómo iba a pensar en una respuesta inteligente que no sonara cruel ni nada tomando en cuenta que Kurama escribía de posesiones y eran las seis de la mañana?, por el amor de Dios nadie en su sano juicio te llamaría a las seis de la mañana, bueno, y nadie iría tampoco al encuentro.

Shiori tragó el café que había en la tasa y esperó a…¿qué?...¿qué las cortinas se abriesen solas, que apareciese un espectro con cadenas y Kurama le dijese feliz de la vida que era Hiei?, oh rayos, estaba sonando igual de loca que su hijo.

-¿Y Hiei es?-dijo para romper el hielo, Kurama se llevó una mano a la cabellera, el aire estaba demasiado tenso.

-Es el fantasma que duerme conmigo mamá, y me quiere mucho, en serio-la mujer se mordió la boca, llevó una mano a su cara. Kurama estaba muy mal.

Se levantó del sillón.

-¿Sucede algo?-preguntó Kurama, Shiori se giró a verle con ojos desorbitados.

-¿Qué si pasa algo?, ¡que si pasa algo!, hijo me estas asustando más de lo que ya estaba-Shiori comenzó a girar en círculos, caminaba muy rápido y movía sus manos para todas partes. Mientras caminaba Hiei se reía por la imagen de la mujer que estaba perdiendo el juicio, Kurama se giró y le miró muy feo. Hiei dejó de reír, pero sabía que si no hacia nada Kurama terminaría de patitas en el loquero.

-Hn, está bien, no me reiré de ella-pensó. Vislumbró como Shiori se acercaba hasta el pasillo mientras balbuceaba algo sobre enfermedades psicóticas y curas en base de electricidad o algo así, Kurama estaba escuchándola muy tranquilo y Koedma….bueno, estaba leyendo la partitura que faltaba en el suelo al lado de Kurama.

Koedma traía un lápiz grafito en la boca, y marcaba unos arreglos en la partitura que Hiei había escrito, agregaba unas cuantas notas y sacaba otras más. Desde donde estaba Hiei escuchaba como Koedma tarareaba un poco la melodía que estaba agregando y el pelinegro pensó que era muy bonita como acompañamiento, y si lograba que Koedma se subiese con él en el escenario sería maravilloso.

Koedma tocaba violín y Hiei necesitaba un violinista, y sabía, el chico era muy bueno en eso.

Hiei se sonrió cuando se acercó al castaño y susurró algo en su oído sobre que sería mejor que llevaba un mi en la entrada, y Koedma casi salta del piso al escucharle. Shiori frenó su caminata cuando vislumbró como Koedma saltaba del suelo y gritaba algo sobre espectros estúpidos que te hablan sin avisar.

Luego de eso Shiori suspiró y se acercó a una de las paredes del salón, se apoyó en la madera. La mujer escuchó como su corazón palpitaba muy lento. Hiei se sonrió y se acercó hasta ella, dejó a Koedma trabajar tranquilo en su partitura, y ahora estaba al lado de Shiori.

Le miró tan tranquilo como cuando miraba a al kitsune y cuando Kurama se levantó de la silla para preguntarle a Hiei que iba a hacer para que su madre le creyese, el kitsune vislumbró como Hiei tomaba una de las manos de Shiori y hacia que cruzara la pared junto a él en un segundo.

Kurama sintió como el corazón se le salía del pecho y Koedma tuvo que morder el lápiz grafito para evitar que se le cayera al suelo.

-Recuérdame decirle que no me haga eso jamás-dijo Koedma.

Del otro lado de la pared Shiori casi sufrió un ataque cardiaco, sin contar con que había caído de rodillas al suelo y estaba en la habitación de Kurama. ¿Cómo había terminado en la habitación de su hijo? ¡Las paredes no te tragan por que sí! Se mordió un labio, escuchó un sonido. Hiei estaba ahora tomando unas cuantas hojas que había en el piano y había también retirado un lápiz, pero Shiori no le veía, así que lo único que sus ojos miraban era unas hojas diabólicas que estaban acercándose a ella con mucha tranquilidad.

El kitsune corrió por el pasillo para llegar a su habitación y cuando entró vislumbró como su madre estaba mirando unas hojas que a simple vista se movían por arte de magia.

Pero Kurama veía como Hiei las estaba acercando hasta el rostro de Shiori junto al lápiz que cobró vida según ella.


-Dentro de la habitación de Kurama-

Shiori Minamino jamás creyó en fantasmas, ni mucho menos en espíritus perdidos y ni hablar de amores que están destinados para tu persona porque la vida o quien quiera que sea, así lo escribió.

Pero ahora estaba mirando unas hojas que se movían solas en frente de su rostro, y escuchaba la suave voz de alguien tratando de hablar con ella. Yacía petrificada y si se tomaba en cuenta que había caído al piso de la habitación de Kurama cruzando por una pared del salón y que estaba mirando algo con los ojos muy abiertos sería entendible el silencio que marcó sus labios. Shiori sintió como una mano se colocaba en su hombro, al levantar la vista vislumbró a Kurama, quien le miraba sumamente asustado.

-¿Estás bien mamá?-ella escuchó su voz pero no fue capaz de decir nada, movió su cabeza para indicarle que estaba bien, pero que no entendía qué había ocurrido. Cuando Shiori regresó su visual a las hojas que se movían contempló como, en una de ellas aparecían palabras en color negro.

-Hola bruja-Hiei se divertía desde donde estaba, y Kurama le miró muy feo. El rostro del pelinegro estaba sumamente cerca del de la mujer, si quisiera podía tocar la cara de ella con sus dedos, pero Shiori no era tan llamativa para jugar como lo era Koedma.

Así que Hiei esperó a que ella reaccionase, cosa que supuso tardaría dos segundos en una mujer pretenciosa como pensó, sería ella.

-Bruja…¡Una hoja me ha llamado bruja!-dijo, Kurama se llevó una mano a la cara. Si Hiei pretendía enojar a Shiori lo estaba consiguiendo con ganas.

-No soy hoja, tengo nombre ¿sabes?-otra vez apareció la letra negra, y Shiori se levantó del suelo para impedir que ese lápiz volviese a escribir algo.

-¡Me llamo Shiori, y no soy una bruja, hoja mal educada!-dijo, la mujer trató de tomar el lápiz que seguía moviéndose, pero cuando lo intentó algo le provocó una caída. Giró su rostro, nada, ¡pero estaba segura que alguien provocó que se cayera!

Shiori tomó aire, no se enojaría con una hoja ni con un lápiz, o eso no.

Eso sólo provocaría que le saliesen arrugas feas en la cara y tuviese horribles consecuencias en su cutis que cuidaba como reina.

-Y yo me llamo Hiei, ¿contenta bruja?-

-Eres una hoja grosera-

-No soy una hoja, soy un chico de diecinueve años que lleva un siglo muerto. Así que podrías decir que soy un fantasma con un asunto pendiente-

-No creo en fantasmas, ¡eres una hoja hechizada!-

-Vaya, ¿puedes aceptar el hecho que hablas con una hoja que se escribe aparentemente sola y no con un fantasma?, eres una humana extraña-dijo, Hiei se divirtió con la expresión que tomó el rostro de Shiori. Se sabía de memoria lo que pasaría luego de que le tocase el rostro para que ella lo sintiese, y al pensar en ello se sonrió con sarcasmo.

Shiori se quedó en silencio, y tomó mucho aire pero otra vez aparecieron las letras en esos papeles.

-¿No me crees eh?, eres más terca que Koedma-

-No soy terca-

-Hn, entonces guarda silencio. Porque luego te pondrás toda pálida por mi culpa. Sentirás tu corazón latir apresurado porque yo te tocaré una mejilla que provocará que saltes de donde estás-

-No te creo una…-enseguida Shiori percibió como algo frío le recorrió, y se quedó quieta sin saber qué decir ni qué hacer. Fue como una descarga eléctrica que le recorrió desde el rostro hasta las rodillas, y se quedó sin aire, y el corazón se le paralizó.

Y no pudo hablar.

-¡Bu!, ¿en serio crees que soy una hoja Shiori?- la mujer se quedó petrificada, se sentó en el suelo, percibió como una de sus manos tembló. Recordó que Kurama le dijo que Hiei era el nombre de un fantasma que vivía con él. Se mordió un labio. Era…interesante pero daba tanto miedo aquello.

-¿Puedo preguntarte porqué estás aquí…señor fantasma?-

-Hiei, nada de señor fantasma, tú eres mil veces más vieja que yo- eso hizo que Shiori se mordiese la boca.

-¡Cómo que vieja!, ¡tu tienes cien años!-

-Ciento diecinueve y me veo como un niño- Shiori se llevó una mano al cabello. Miró a su hijo que se reía de ella con ganas. Kurama estaba sentado en un futón junto a su cama.

-Si te ves tan joven deja que te vea, seguro no lo eres tanto-

-Hasta que pediste verme, acércate a la cama del kitsune, ¿ves un espejo colgado en una pared verdad?-la hoja se movió. Kurama vislumbró a Hiei que se sentó junto al piano.

-Si, veo un espejo-

-Concéntrate en el espejo-

-Kitsune- Kurama leyó la hoja de papel que ahora yacía en el respaldo del piano.

-Dime-exclamó Kurama, Hiei le miró con sorna y el pelirrojo pudo ver cómo, comenzó a reflejarse la imagen de Hiei por el cristal del espejo.

Shiori respiró con mucha fuerza.

-Los espejos son muy útiles para que alguien pueda verme, sólo cuando quiero que ocurra- dijo, y Kurama se sonrió.

Shiori percibió que casi se caía de la cama de su hijo, y también como las mejillas se le sonrojaban.

Hiei era guapo.

-Era un niño cuando murió-pensó Shiori, no sólo Hiei se veía terriblemente joven, si no que era bien parecido, y lo que más le gustó de ese rostro que le miraba con una sonrisa divertida fueron sus ojos.

Ese color era muy bonito.

-Te gustan mis ojos- Shiori ahora no tuvo que leer una hoja porque escuchó la voz del chico entrando por sus oídos, y vislumbró como este le miraba coquetamente.

-¿Koedma te ha visto?-preguntó ella, tratando de evitar quedarse mirando sus ojos de nuevo. Shiori tuvo el presentimiento de que podría quedarse una vida mirando los ojos de Hiei y no se daría cuenta de cómo pasaba el tiempo a su alrededor.

Hiei tenía ese algo que te obligaba a verlo.

-No, eres la única junto a Kurama a quien me muestro-

-¿Y eso es por?-

-Porque no quiero que me alejes del Kitsune, bruja-dijo, Shiori sintió como sus manos se apretaban en puños.

Hiei era agradable pero no cuando hablaba sarcásticamente, por ende, ahora no lo era para nada.

-Ahora resulta que yo soy la mala-dijo Shiori, Kurama se levantó del futón. Hiei le miró desde el espejo, Kurama sólo le indicó la puerta que estaba cerrada.

-Iré a ver a Koedma un rato-dijo, y Shiori se giró de golpe a ver al pelirrojo.

-¿Me vas a dejar con él a solas?-

-Creo que es mejor que se vayan conociendo-dijo él, Hiei se rió con ganas.

-No creo que la bruja me quiera conocer para nada kitsune-

-Shiori, no bruja-

-Hiei, no hoja-dijo, y Shiori abrió y cerró la boca. Este chico sólo estaba jugando con su paciencia.

-¿Te gusta jugar con la gente eh?-

-Más de lo que imaginas "Shiori"-

-Muy bien, sorpréndeme entonces, porque debe de haber una razón para que mi hijo te quiera tanto-

-No te imaginas cuanto me quiere- dijo el pelinegro, Kurama se sonrió y salió luego de eso por la puerta de su habitación.


-Salón principal, unas horas después-

Shiori Minamino estaba ahora ayudándole a Koedma con unas hojas muy emocionada, y ya eran las nueve de la mañana. Koedma se sorprendió cuando Shiori salió de la habitación. Estaba brillante, y hablaba de una sonata para piano que esperaba poder ver en vivo estos días. Kurama casi se desmaya cuando Shiori salió de la habitación diciendo algo de que Hiei era el chico más dulce que había conocido y que le encantó escucharlo hablar de su pasión por la música para piano.

-Hijo, es demasiado maravilloso hablar con él, ¡podría quedarme horas escuchando su piano y no me aburriría!- Koedma estaba seguro que Hiei había embrujado a la mujer o había colocado alguna poción extraña en su café para que lo quisiera así de la nada. Mira que primero lo odia y ahora lo ama.

-¿Y exactamente de qué hablaron?-preguntó Koedma, quien yacía enfrascado tratando de acomodar unos acordes de violín para la partitura y esperaba sonase hermosa con el sonido del piano de Hiei.

-De la vida-dijo ella, Shiori se sonrió divertida, recordando que había prometido a Hiei no contarle nada a Kurama una vez saliese de la habitación.

Pero Shiori jamás olvidaría la expresión de los ojos de Hiei cuando esta le preguntó porqué quería quedarse con su hijo. Ella vio algo cuando él se quedó en silencio, vio ese destello que se apoderó de los ojos del pelinegro cuando ella le preguntó si quería a su hijo como Kurama decía que este le quería.

Y cuando vislumbró sus dedos y labios temblar Shiori lo supo sin necesidad de la existencia de palabras.

Shiori se sonrojó al recordarlo, había tanta vida en ese chico que no podía creerlo, ¡Y fue a Kurama a quien escogió para ayudarle!, ¡Fue a su hijo a quién escogió para tocar su obra!

Estaba eufórica de felicidad.

Kurama se sentó en el sillón y Shiori sólo siguió hablando de lo maravilloso que habría sido conocer a Hiei en vida, y que le habría encantado asistir a un concierto del chico.

Y cuando el kitsune escuchó aquello, experimentó como alguien le clavaba una espina en su corazón.

Kurama estaba tomando un café con leche, y se mordió un labio luego de ello.

El pelirrojo imaginó lo que pasaría si le decía a su madre lo mucho que quería a Hiei, imaginó el rostro sufriendo, los ojos brillando por la pena al escuchar lo que quería decirle. Imaginó como, se pondría pálida cuando le contase que quería irse con Hiei al otro lado cuando viniese la muerte a buscarle.

Porqué él amaba a Hiei, porqué quería seguir en aquel idilio que por casualidad comenzó a vivir luego de llegar de Viena.

-Mamá-dijo Kurama, Shiori se giró a verle, y Kurama le indicó a ella que se sentase a su lado. Shiori lo hizo, y Kurama comenzó a jugar con una hebra del cabello de ella.

Shiori percibió como, un frío sin razón se apoderó de ella, y no lo entendió. ¿Si estaba feliz porqué sintió que de pronto se quedó sin aire, porqué sintió que su corazón comenzaba a dejar de latir, a dejar de sentir?

Kurama siguió viéndola a los ojos, y Shiori dejó de reír, dejó de hablar de Hiei.

Y esperó en silencio hasta que su hijo exclamó lo que una madre jamás está preparada para oír.

-Cuando la muerte venga, quiero irme con Hiei al otro lado- y al escuchar aquello, Shiori sintió que alguien le había dado una bofetada en la cara.

Y no le gustó escucharlo.


-Habitación de Kurama, doce del día-

Yacía sobre su cama percibiendo el aire que había comenzado a ingresar por su ventana, estaba en silencio, recordando una de las tantas cosas que había hablado con su madre.

Kurama recordó el sonido de las lágrimas al caer por sus pómulos, y el violín de Koedma detenerse cuando él pronunció aquello.

Hiei estaba a su lado, y Kurama percibía como estaba abrazado a su abdomen. Escuchar el sonido de su corazón fue tranquilizante, y Kurama supo que no cambiaría de opinión. Había tardado una vida encontrar aquello que quería y no se echaría para atrás. Del otro lado, Hiei escuchó el sonido de una melodía en su cabeza, escuchó algo que se acoplaba con los latidos del corazón del kitsune; era suave.

Y si tenía que ponerle un color sería el azul.

-"Es hora de irnos hermano"-la voz de Yukina en su mente, el olor de la colonia de agua marina en su cuello.

Y el sonido de su violín.

Imaginó un pajarillo con alas azules y pechera blanca, imaginó el sonido de un silbido agudo vibrando al compás del violín de Koedma.

Y se sonrió.

Enseguida se separó de Kurama, el Kitsune le sintió y vislumbró el instante en que el otro se acercaba hasta su piano y comenzaba a rayar hojas, las notas que escuchó luego de ello no supo cómo describirlas, no pudo hacerlo.

Hiei cerró los ojos, y pensó en Yukina, pensó en sus ojos.

Pensó en cuanto la amó en vida.

Y supo, que había terminado su sonata cuando escuchó el aplauso de Kurama hacer eco en su habitación. Hiei se sonrió, tomó una hoja, escribió algo con el mismo lápiz grafito que había usado cuando conoció a Shiori.

-Te quiero-decía la hoja, nada más. No había una gran frase, ni algo que pudiese dejarle al zorro leer las emociones de Hiei. El pelinegro yacía neutro sobre el taburete y Kurama sintió la necesidad de acercarse hasta él. Se levantó de la cama, Hiei vislumbró el instante en que el kitsune llegaba hasta el piano y percibió en su frente un beso que provocó que tuviese que cerrar los ojos.

-Hay que terminar lo que empezamos-escuchó, Hiei vislumbró el minuto en que Kurama se alejaba de él y se acercaba al fondo de su habitación. Hiei contempló como las manos de Kurama sostenían ahora una especie de máquina color blanca. En algún minuto de su convivencia Kurama le explicó que se usaba para comunicarse con otras personas y Hiei escuchó el sonido de los dedos de Kurama marcando en el aparato que le dijo, se llamaba teléfono.

-¿Si?, habla Shiori-Kurama se mordió un labio, sabía que su madre estaba muy triste y que Koedma no había asimilado aún lo que había dicho, pero ninguno le reclamó su decisión. Ninguno le dijo que quería internarle, y recordó cómo Shiori luego de haber llorado mucho se había acercado para abrazarle. Recordó como ella colocó su cabeza sobre uno de sus hombros y se aferró a la camisa que ahora, yacía desabrochada por el calor que había ingresado al departamento.

-¿Crees que vuelva a verte algún día?-la voz de Shiori en su cabeza, el perfume de ella. El roce de su mejilla sobre su rostro. Y el sonido de un corazón que latió desesperadamente.

-Vendré a verte siempre-había dicho él en ese minuto, y Shiori había rotó a llorar de nuevo. Koedma había dejado su violín en el suelo y se había acercado hasta él para decir algo, pero nada salió de su boca, y Koedma sólo pudo abrazarle igual que Shiori.

Luego de ello, Shiori le había besado en una mejilla, diciendo algo sobre que si Hiei no lo cuidaba al otro lado ella misma invocaría al demonio para darle una bofetada por ser tan idiota.

Y al oír aquello Kurama sufrió un ataque de risa.

Volvió a la realidad cuando Hiei le tocó una nota del piano, Kurama parpadeó. Del otro lado de la línea Shiori esperaba oír su voz.

-Estamos listos-dijo, llevó una mano al bolsillo de su pantalón. -¿Puedes pedirle a Koedma que nos lleve a Viena esta noche?, debemos mostrarla allí- Shiori asintió, y Kurama escuchó el sonido de la voz de ella diciendo algo sobre que quería estar a su lado cuando la estrenase.

Kurama se sonrió.

La sonata no sería mostrada a un público masivo, si no, que sería puesta en escena en un anfiteatro que llevaba años cerrado al público y al que sólo unas cuantas personas tenían acceso. Hiei se sonrió cuando Kurama le pidió a Shiori que los llevasen a Viena, no tuvo necesidad de decirle que lo que faltaba era que debían de mostrarla en su ciudad, en el último lugar donde tocó con Yukina en vida.

Hiei supo que Kurama imaginó aquello cuando la muerte se presentó y les dijo que les faltaba algo aún además del final de la obra.

Lo que más le gustaba a Hiei de Kurama era que parecían estar conectados además de que pensaba en todo a diferencia suya que dejaba los detalles para más tarde.

-¿Y ahora Hiei?-dijo el kitsune, el pelinegro se acercó y le rozó una mejilla con una mano. Kurama recibió esa mano con una de las suyas y percibió la suavidad de aquella piel, que sólo se materializaba para su persona.

-Debemos ir a buscar a Myka-dijo el otro, y Kurama entendió que ella, era lo más cercano que le quedaba a Hiei de su hermana.

Luego de ello salieron de la habitación cuando recibieron una llamada de Koedma diciéndoles algo sobre que estaba afuera esperando para que fuesen al puerto de Austria.

Kurama entonces supo, al mirar por la ventana, que esa mañana sería la última vez que contemplaría ese cielo en color púrpura.


-Dentro del barco, dos horas más tarde-

Hiei Jaganshi yacía apoyado sobre el respaldo de la ventana de uno de los camarotes del barco que Koedma consiguió para viajar a Viena. Estaba mirando el cielo, lo único que le entristecía era el hecho de no poder alejarse tanto del piano al que permanecía unido por una cadena de plata. El cielo de Austria aún yacía con ese color tan raro, y Hiei percibía en su rostro la brisa del agua salada que ingresaba a la habitación cuando el barco a vapor realizaba un giro. Kurama estaba afuera hablando animadamente con Koedma. Hiei se mordió un dedo.

Nunca podría pedirle a Kurama que se fuera con él al otro lado. Pero no sabía como hacer para que Kurama desechase la idea.

Con suerte la muerte le diría que no estaba preparado aquel destino para él, así que mientras se concentraría en recordar todos los minutos que estaba viviendo con el Kitsune. Escuchó un ruido, se giró a mirar el resto de las cosas que había en el camarote. Eran casi las dos de la tarde, y el cuarto era bastante pequeño. Su piano estaba cubierto con una sábana color azul y la cadena yacía enrollada para evitar que se moviese el instrumento. Lastima que eso provocaba que no pudiese moverse con tanta libertad como la que tenía en el departamento del Kitsune.

En el departamento de Kurama la cadena era tan extensa que podía llegar fácilmente hasta el comedor, pero pocas habían sido las veces en que lo había hecho por la energía que requería el alejarse mucho del piano. Suspiró.

Al mirar el camarote se encontró con una cama de esquina, unos cuantos muebles y un espejo colgado en la puerta del camarote. Hiei se mordió un labio cuando experimentó la brisa de un aire helado recorrerle por la espalda, y enseguida, vislumbró como se formaba un rostro en el espejo de la habitación.

Los ojos verdes de la muerte le miraron con sarcasmo, y se sonrió al contemplar que Hiei no podía moverse más allá de unos cuantos metros de donde estaba. La muerte le lanzó un beso, y le mostró en pequeñas imágenes los rostros de todas las personas que habían estado a su lado por un sueño, el cual le quitó la vida.

-Cero, se te acabó el tiempo-dijo, Hiei frunció el ceño.

-Te quedarás esperando para llevarme al infierno, porque no me iré contigo-exclamó, la muerte encogió sus hombros y le señaló su hoz.

-Apenas toques tu sonata podré llevarte a donde quiera, no hay un Dios allá afuera que te permita cruzar al cielo luego de un siglo, sólo tendrás al vacío como compañera-exclamó la muerte y Hiei tembló al oír esas palabras. Enseguida, escuchó el sonido de la voz de Kurama al otro lado de la habitación y Hiei dejó salir una bocanada de aire.

-Hoy me iré al otro lado aunque no lo quieras-exclamó el pelinegro. Cuando Kurama ingresó a la habitación la muerte se había desvanecido y Hiei obvió el detalle de que había estado allí.

-Ya llegamos-escuchó. Hiei se sonrió con sorna, y cuando Kurama le indicó que iban a retirar el piano para que lo colocasen en el teatro en Viena, Hiei le sacó la lengua al espejo de la puerta.

Del otro lado, la muerte rompió el espejo de pura rabia.


-Anfiteatro de Viena-

Cuando Kurama ingresó a ese lugar luego de haber descendido del barco supo que había estado ya allí. Recordó el instante en que con Hiei habían ido a ver una obra de Yukina hace unos días, recordó el beso que le había dado y el sonido del violín de ella cuando fueron a ese lugar. Pero el teatro no tenía el mismo color en las paredes, sino que ahora estaban pintadas de púrpura, y la alfombra era color blanca, sin contar con que en el fondo del escenario descansaba un viejo atril con partituras y un violín abandonado en una caja de vidrio.

Kurama subió al escenario por la misma escalera que yacía a la izquierda cuando bajabas todos los asientos para mirar el objeto de cerca, y cuando leyó la inscripción en dorado experimentó como su corazón palpitaba con velocidad.

-"Cremona, 1809"-

Aquel violín tenía color ocre, con ribetes dorados como el piano de Hiei. Descansaba en un pequeño metal que le sostenía desde el cuerpo sobre un respaldo y a su lado, había una fotografía de Yukina, que provocó que Kurama sintiese como sus mejillas se llenaban de rubor.

La primera vez que vio a la niña pensó que era bella y al oír aquel violín recordó como su pecho había vibrado de pura emoción.

Era el violín de Yukina, el último que usó, el último que sostuvo con sus dedos delgados y que seguro, contempló Hiei.

-Eras hermosa- dijo, Kurama percibió como sus ojos brillaron al mirar la fotografía. Hiei no estaba cerca, porque Koedma estaba colocando su piano sobre el escenario del teatro y el pelinegro se había ido a descansar a sus recuerdos para tener la energía suficiente para materializarle cuando el momento lo ameritara.

Kurama tocó la caja de cristal, y cuando lo hizo creyó vislumbrar como un rostro femenino se traslucía en el vidrio de aquel recipiente. Tembló, le miraron unos ojos iguales a los de Hiei. Pero ellos tenían más luz, y se veían más dulces. Había una pequeña capa de rimel en las pestañas de esos ojos que le miraban con fascinación. Creyó escuchar el sonido de la voz de una chica colarse en su mente.

-Tu corazón me dice que lo quieres mucho-escuchó, y por poco se le cayeron las hojas que traía en una de sus manos. Kurama se giró pero no vio a nadie.

-¡Kurama, ya está!- Koedma le llamó, le indicó que el piano ya estaba en su posición y que era mejor irse para ir a buscar a Myka como Hiei quería. Pero no podía irse aún, púes sentía una mano que estaba recorriendo su rostro con mucha suavidad, y aunque no veía a nadie, sabía que alguien estaba tocándole, sabía que alguien lo estaba contemplando en silencio.

Cuando Kurama se alejó de la caja que guardaba aquel violín y descendía por la escalera del teatro creyó sentir como una mano le sujetó su cabellera.

-Es lindo saber que encontraste aquello que buscabas-le escuchó de nuevo, Kurama se giró. Y se paralizó al mirar en el vidrio el rostro de aquella niña que tuvo el placer de contemplar en un recuerdo del pelinegro.

-¿Yukina?-pronunció, la chica se rió en el vidrio, y Kurama percibió como se le movía el piso.

-Quería estar aquí cuando la estrenase, siempre supe que lo lograría-Kurama abrió la boca, y sintió que se quedaba sin aire. Se le vino una pregunta a la cabeza.

-¿Cómo es allá?-dijo, y la niña volvió a reír.

-Se parece a una pradera, sientes que flotas y huele a chocolate recién hecho-exclamó, entonces el rostro de la chica se desvaneció apenas las luces del escenario fueron apagadas por los dedos de Koedma.

Y Kurama experimentó como Yukina le rozó una mejilla con sus labios.

Continuará-


Próximo capítulo: cap 8

fecha: 28 de junio.

Bueno, hemos llegado al final de esta entrega, muchas gracias por leer, y mis disculpas por lo tarde xD, ap, aparte soy malisima para títulos de capítulos nuevos, especialmente cuando no quiero que se sepa con una palabra de que trata la entrega.

Sé que ha sido mucho tiempo, pero espero les haya parecido interesante, siento decir que esta historia esta por acabar, solo le quedan dos entregas y quizas no la haya profundizado tanto como quisiera, pero cuando terminé de escribirla no senté querer explotarla porque asi, siendo sencilla me parecio bonita especialmente porque surgió siendo un one-shot xD. Espero les haya gustado el papel de Hiei y Shiori xD y cualquier cosa que quieran decirme del cap, yo estoy abierta a sus sugerencias, quejas etc,.

Gracias especialmente a esas dos personitas que leyeron la entrega anterior.

Un beso dulce para ambas.

Nos veremos pronto.


...Mientes, me haces daño y luego te arrepientes...

...Ya no tiene caso que lo intentes, no me quedan ganas de sentir...

...Llegas cuando estoy apunto de olvidarte, busca tu camino en otra parte...

...Mientras busco el tiempo que perdi, que hoy estoy mejor sin tí...

-Mientes-

Camila