Hace mucho tiempo atrás existía una tierra donde los escombros y la basura ocupaban gran parte de ésta, y sus habitantes encontraban sustento en aquello a lo que la gente no veía utilidad.

Aquella tarde Kuroro jugaba entre la basura, descubriendo los pequeños tesoros que sus ojos lograban captar. Lo que no esperaba era encontrar un pequeño bebé entre aquella montaña de escombros.

Kuroro cargo a la pequeña criatura entre sus brazos, era tan pequeño e indefenso. Sus brillantes ojos azules le observaron y Kuroro quedó maravillado por ellos, y ese sentimiento incremento al apreciar que sus ojos se tornaban rojos mientras hacía una rabieta llorando. Kuroro no podía explicar el porqué, pero sintió que debía protegerlo.

Tal vez había encontrado un tesoro mucho más valioso que todo el oro del mundo.

Ambos crecieron, cuidándose el uno al otro. Su relación era diferente a la que tienen los hermanos o los amigos, pero era un lazo mucho más fuerte.

Uno de esos días mientras realizaban su búsqueda de objetos, Kurapika subió a la cima de una gran montaña de basura y miro al horizonte. Kuroro lo siguió y se sentó junto a él.

-¿No es hermoso el atardecer?- pregunto Kuroro al pequeño.

-Si, pero ¿qué hay allá afuera? Nunca has sentido curiosidad de ir más allá de la ciudad.

Kuroro permaneció en silencio por un momento.

-Si, aunque realmente nunca lo había intentado.

Kurapika lo observó con grandes ojos brillantes: - ¿Podemos ir? ¿Algún día? Salir de esta ciudad y explorar el mundo allá afuera.

-Te lo prometo, algún día lo haremos.

Lamentablemente ese día nunca llegó. Algunos días más tarde unos hombres llegaron a la ciudad, diciendo que uno de sus habitantes había secuestrado a un miembro de su tribu, un kuruta hacia 5 años atrás.

Los líderes no tuvieron más opción que entregar al niño. Ellos no habían cometido tal crimen, pero lo mejor era evitar conflictos. En aquellos tiempos carecían de poder suficiente para luchar contra otros, y aquellos demonios de ojos rojos eran muy fuertes para ellos.

Kuroro observó cómo se lo llevaban, mientras Kurapika daba vistazos buscándolo, esperando que pudiera evitar su destino. Pero no podía, no era lo suficientemente fuerte para evitar aquello.

Algún día lo encontraría y podrían cumplír con su promesa.

Los años pasaron, kuroro se entrenó en cuerpo y mente. Formó incluso el Genei Ryodan. Y después de algún tiempo, logró dar con el escondite de aquella tribu.

Fue solo a la tribu, para encontrar a Kurapika y que huyeran juntos. Y logro encontrarlo, en las afueras de la tribu. Se encontraba recolectando algo de agua del río.

Había crecido desde la última vez que lo había visto. Habían pasado 7 años, por supuesto que había crecido tanto.

-Kurapika- dijo llamándolo. El chico interrumpió lo que estaba haciendo y observó al pelinegro con ojos asombrados.-Ha pasado mucho tiempo, ¿Cómo estás?- comenzó casualmente.

El chico comenzó a decir algunas cosas, pero era un idioma que kuroro no lograba comprender. Se acercó al rubio, y el chico retrocedió, asustado.

-¿Qué pasa kurapika? Soy yo, Kuroro.

El chico lo miró un momento más, pero no parecía reconocerlo, ante los ojos de kurapika era un extraño. Le lanzó una piedra y salió corriendo, desapareciendo entre los matorrales.

Kuroro se quedó de pie donde estaba, no tenía caso seguirlo, él no lo reconocía. No lo recordaba.

Kuroro se sintió muy enfadado, ¿tan poco importante había sido en su vida que fácilmente se olvidó de él?

Kuroro pensó, que tal vez en ese caso haría algo, algo con lo que se aseguraría de que Kurapika nunca jamás lo olvidase.

Las noticias de la masacre de la tribu kuruta se dieron a conocer varios meses después de aquel incidente, el grupo que había llevado a cabo la masacre dejó un mensaje: "No deshechamos a nadie, así es que no tomen nada de nosotros"