El príncipe del cual Bakugo escapaba, y quien quería matarlo, se apareció justo frente a él… e Izuku, literalmente, se arrodilló a sus pies. No es como si lo hubiera hecho a propósito, ni en un gesto de sumisión. Ni siquiera sabía quién era. Sólo estaba siendo él mismo.

La idea de que Bakugo lo hubiera visto le heló la sangre.

Ahora, sólo esperaba, congelado, cómo iba a acabar todo eso. Estaba listo para detenerlos, en caso de que quisieran arreglar las cosas aquí y ahora. Aunque Izuku sabía que Bakugo no iba a exponerlo a él por saldar sus deudas, también sabía que su autocontrol tenía un límite que explotaba cada poco.

Por eso se extrañó tanto cuando Bakugo le dio la espalda, confiado, y puso una mano en su hombro. Izuku se sobresaltó, antes de notar que realmente trataba de guiarlo a que saliera de ahí.

―Tú sabes donde.

Se sintió como un niño pequeño siendo castigado. Bajó la vista para caminar, y la levantó sólo un momento, para ver a Todoroki, quien le sonrió a espaldas de Bakugo.

No fue de la forma en que debía haberse sentido. No estaba provocándolo, ni burlándolo, ni tenía nada que ver con Bakugo. Era una sonrisa sincera, e Izuku realmente se sintió mal de no poder corresponderla. ¿Ese era el chico que trataba de matar a Bakugo? Izuku definitivamente había estado con una persona diferente a la que le describieron.

Bakugo lo siguió, dando fuertes pisadas, e Izuku estaba seguro que sin despegar la vista de su nuca.

Se sentía nervioso. Ansioso. Culpable. Hasta traidor, y sólo quería aclararle las cosas cuanto antes. No quería que Bakugo se sintiera traicionado, y mucho menos por él.

Una vez que se alejaron lo suficiente, y Bakugo volvió a comprobar si los seguía, comenzó a caminar junto a él.

―¿Te dijo algo?

―No, él sólo-

―¿Te hizo algo?

―No.

―¿Le dijiste algo?

―Kacchan. ―Lo detuvo. ―¿Crees que le dije algo?

No respondió. Lo evitó y siguió caminando, molesto.

Izuku jamás lo traicionaría. Bakugo lo sabía, ¿No? Realmente no pensaba en que le había dicho algo sobre él al príncipe, ¿No?

Le incomodaba la idea.

Bakugo lo ignoró hasta que llegaron a la cueva. Entonces lo empujó contra un muro y le impidió moverse, hablándole de forma dura y demasiado cerca.

―Sólo te pedí una cosa. Comparto contigo todo lo que tengo; te he confiado lo que más valoro en el mundo, e incluso llegué a cambiar muchas cosas. Llegó el punto en que todo lo hacía por ti, pero eres demasiado idiota como para notarlo. Y en cambio, te acercas a la única persona a la cual te pedí que no te acercaras. No es tu maldita pelea, ni es asunto tuyo siquiera. Mantente al margen.

Se alejó y salió otra vez de la cueva. A Izuku le tomó un momento recuperar el aliento. No pudo decir nada. Y aunque hubiera podido, nada de lo que dijera valía algo contra lo que Bakugo le estaba diciendo.

Cada palabra era tan jodidamente fuerte, cargada de tantos sentimientos, que sencillamente sus argumentos no eran válidos en lo absoluto.

De todos modos pensaba decírselo en algún momento. Debía lograr meter dentro de su cabeza la idea de solucionar todo sin que ninguno de los dos muriera por ello.

.

¿Cuánto había pasado? ¿Un rato? ¿Unas horas? Era difícil saber. Y sin Bakugo a su lado, se sentía inmensamente sólo.

Sabía que Bakugo estaba de ese modo porque le costaba procesar las situaciones, y la única forma en que ha enfrentado todo desde los nueve años es gritando. E Izuku sabía que si le preguntaba si estaba enojado, la respuesta sería no. Aunque se la gritara.

En el rato que estuvo de ocioso se quitó la chaqueta verde sin mangas que traía y la camisa blanca. Luego, sólo por estar jugando, se puso solamente la chaqueta verde. Pudo escuchar unas gotas de lluvia comenzar a caer de forma incesante, pese a no sentir frío en absoluto.

Estaba recostado junto a los dragones mirando el techo cuando Bakugo volvió a entrar.

―¿No tienes nada que hacer? ¿Ir a pastar? ¿Ir a dibujar tus animalitos de mierda?

―Si no me quieres aquí sólo dilo. ―Esperó un rato antes de volver a hablar. ―También te dibujo a ti.

―¿Me estás diciendo animal? ―sonó ofendido. Luego se sentó junto a él: la curiosidad le había ganado. ―¿En serio me has dibujado?

Izuku cerró los ojos y asintió, tratando de evitar la leve sonrisa que curvaba sus labios. En ocasiones era como un niño: se manejaba tanto por su instinto que su curiosidad inocente te hacía sorprenderte cuando estaba furioso. Podía pasar de una a la otra tan rápido… Izuku no acababa de acostumbrarse.

Escuchó a Bakugo hurgar entre sus cosas, y luego de un par de pasos, abrió los ojos al sentir un peso sobre su estómago. Levantó su mirada para ver a Bakugo recostando su cabeza sobre él, acomodándose de piernas cruzadas para ojear su libreta.

Habían apuntes al azar, muchos dibujos de su aldea y de plantas que había en el camino. Y los últimos eran del dragón rojo: sus garras, sus alas, sus dientes, escamas, ojos; cada cosa en hojas separadas, y con sus respectivos apuntes.

Los dragones pequeños: cada uno de ellos. Se había preocupado de dibujar cada detalle que los diferenciaba entre ellos, y cada cosa que averiguaba a diario la anotaba apenas podía.

Y las últimas páginas, eran sólo bocetos de Kacchan. De cuerpo completo, torso, rostro, una vez que lo dibujó mientras dormía y una hoja completa de sus ojos. Kacchan se quedó un rato más largo mirando ese. Izuku cada vez que abría la libreta le agregaba más detalles, porque sentía que nunca le quedaba con la intensidad que debería.

―¿Qué piensas? ―le preguntó. En serio le importaba su opinión, a pesar de que no pensaba enseñárselos. Su mano se movió lentamente hasta llegar a su cabello, entrelazándose suavemente. Bakugo se lo permitió.

Ladeó su cuerpo para verlo, dejando la libreta de lado, e Izuku sintió que se sonrojaba. De todos modos, no dejó de acariciar su cabello, moviendo sus dedos a través de su cabeza, tal como lo hacía con una mascota. Aquella idea jamás hubiera cruzado su mente cuando lo conoció, y si se lo hubieran dicho no lo hubiera creído.

―Eres raro. ―lo dijo con calma, como si le estuviera preguntando qué había de comer, o qué hora era.

―¿Y ahora porqué? ―quiso saber.

Kacchan se incorporó, sólo para poder esta vez recostarse a su lado.

―¿No me tienes miedo? ―le preguntó.

Izuku ladeó su cuerpo para poder verlo de frente. Tenerlo de ese modo recostado frente a él hacia que la pregunta sonara ridícula.

―No.

―¿Y cuando nos conocimos?

―No.

―¿Y cuando quise que mataras un ciervo? ―le preguntó.

Lo había olvidado. O más bien, había tratado de hacerlo. Por eso, que la sensación volviera de forma tan repentina le dio dolor de estómago.

―Tampoco. ―era cierto. No había sentido miedo.

―¿Qué sientes?

Kacchan le preguntaba sobre sus sentimientos… eso si que le daba un poco de miedo. Pero también creyó que, si pensaba escucharlo, no podía dejar pasar ese momento.

―Siento… que estoy justo donde debo estar.

―¿Y por mí?

Sintió un escalofrío recorrer su espalda. No sabía si estaba listo para decirle lo que sentía por él. Ni siquiera lo tenía totalmente claro.

―Creo que…

Kacchan se levantó, alerta, y estiró la mano en su dirección, indicándole que se quedara donde estaba.

―¿Qué está-

―Espera. ―susurró. ―Escucha.

Mientras Bakugo sacaba el cuchillo tallado que escondía en su bota, Izuku puso atención, y sintió su corazón acelerarse.

Era claramente el sonido de un caballo , y a su vez el sonido que hacía contra la cueva el dragón rojo. ¿Estaba avisándole a Bakugo? Izuku tembló. El príncipe los había encontrado y Bakugo ya tenía el cuchillo en la mano, más un dragón de su lado. No podía dejar que las cosas acabaran así.

Quiso detenerlo, pero cuando se levantó del suelo Bakugo ya había salido de la cueva.

Le tomó un segundo decidir si sería buena idea salir o no, cuando escuchó los gritos de Bakugo.

El pánico se apoderó de su cuerpo, y su mente dejó de pensar con claridad. Sus piernas se movieron solas.

Cuando los alcanzó, dentro del bosque, vio a Bakugo sobre el príncipe, mientras forcejeaban; Bakugo aún con la daga en la mano.

―¡Kacchan!

Todoroki estaba herido, y sabía muy bien que Bakugo era capaz de matarlo.

Quería detenerlo, no distraerlo. Bakugo volteó a verlo, y cuando Izuku reparó en la espada que el príncipe tenía a un costado, fue demasiado tarde.

Gritó, mientras veía lentamente cómo el príncipe tomaba la espada y se la clavaba justo sobre la cadera, hacia el costado izquierdo, atravesando su cuerpo.

Todo lo demás después de eso pasó demasiado rápido.

Kacchan cayendo hacia atrás, el príncipe tratando de alejarse del dragón rojo pese a su lesión en el tobillo, e Izuku tratando de llegar a Bakugo lo antes posible.

Al mirar hacia abajo las lágrimas nublaban su vista, y al secarse con el dorso de su mano sus ojos se obligó a dejar de llorar y calmarse. Todo lo que veía era sangre, sangre en todo el torso de Bakugo y en sus propias manos. La temperatura cuando la sangre cubría sus manos era tan caliente que lo enfermaba, y apenas pudo quitarse su chaqueta y presionar su herida.

―Tenemos que ir a la aldea.

Recuerda habérselo dicho, pero Bakugo no le respondió. O tal vez si. Apenas lograba escuchar algo por la lluvia, y de todos modos Izuku no iba a aceptar ningún discurso en ese momento.

No le importó nada: ni tomar cosas para el viaje, ni cerrar la cueva, ni ver si el príncipe se había ido o se lo habían comido. Sólo levantó a Bakugo como pudo y lo llevó sobre el dragón rojo. Se subió y lo afirmó, dándole la orden de volar y haciendo lo mejor que pudo por dirigirle tal como vio a Bakugo hacerlo antes.

La sangre sobre sus manos se secaba. El cuerpo de Bakugo se enfriaba. Lo acercó a su cuerpo lo más posible, cubriendo su cuerpo con su propia capa, asegurándose de que su aliento chocaba contra su cuerpo, cada vez más errático y pausado.

El aterrizaje fue violento. Logró divisar unas cuantas fogatas entre las casas de su aldea, pero la mayoría de la gente estaba dentro de casa. El cielo ya estaba oscuro, y al bajar sentía que en cualquier momento iba a desplomarse.

Pensaba llegar al hogar de Chiyo. Ella lo había curado cuando estuvo en sus peores momentos, y a todos desde que incluso su madre podía recordar. E Izuku confiaba en ella.

Divisó la silueta inconfundible de Aizawa, poniéndose de pie cuando los vio. Izuku no sabía qué pensarían todos. Al aterrizar, se preocupó de que el dragón rojo no aterrizara justo en medio de la aldea, ni cerca de las casas.

Apenas logró aguantar hasta que Aizawa lo ayudó poniendo el brazo de Bakugo sobre sus hombros para llevarlo, y entonces Izuku sintió que no pudo toparse con una persona más acertada al llegar.

Cruzaron con algunas otras personas que apenas se fijaron en ellos, y unos cuantos rostros horrorizados al verlos cubiertos de sangre.

Golpearon la puerta, la mujer abrió y enseguida los dejó pasar a una de las camas desocupadas.

Aizawa lo recostó sobre ella y subió también sus pies, mientras Izuku ya estaba hurgando en los cajones en busca de alcohol para ponerle en la herida.

Tomó una botella y volteó un poco en una toalla, tratando de limpiar la herida, que ya estaba de un color oscuro que a Izuku le provocaba horror mirar.

Al sentir el ardor que el alcohol le provocaba, Bakugo reaccionó, gruñó y trató de levantarse. Aizawa sujetó sus hombros contra el colchón y le impidió hacerlo.

―Quieto.

Bakugo entonces volvió a calmarse, y se concentró en él.

―¿Aizawa?

Izuku volvió a aplicar alcohol en la herida, y Bakugo volvió a quejarse y tratar de moverse. Entonces sus ojos se cerraron y volvió a caer inconsciente.

Izuku levantó la vista, asustado. Aizawa se incorporó y trató de calmarlo.

―Se desmayó. ―se alejó un poco de la cama. ―Es mejor. Eso debe doler un montón. ¿Cuánta sangre perdió?

―Más de un litro. ―dijo Izuku. ―Eso seguro. Ayúdame a voltearlo.

Aizawa obedeció, e Izuku se encargó de limpiar la herida que le había quedado en la espalda baja. Un nudo se formó en su garganta. De tan solo imaginar el dolor que se debía sentir tener una herida que atravesaba tu cuerpo era… difícil. Y hubiera hecho cualquier cosa por ser él quien estaba en esa situación.

Chiyo se puso al lado de Aizawa ahora. Su rostro, arrugado y amable, lucía extremadamente calmado. Y a la vez, con un deje de orgullo al mirarlo.

―¿Le falta algo de afuera? ―le preguntó.

Ella le sonrió.

―Consígueme algo de aloe vera, todo lo demás lo tengo. Y luego ve a limpiarte. Puedes volver cuando estés limpio y vestido. Yo me encargaré desde ahora.

El asintió. Seguía actuando por inercia, y ya apenas tenía presente que estaba cubierto de sangre.

Salió, inhaló hondo y corrió al bosque a conseguir aloe vera, y luego de llevarla, volvió a salir, para ir directo al río.

Sólo entonces, su mente comenzó a procesar todo lo que acababa de pasar. Inhaló hondo, sintió el nudo en su garganta, exhaló de forma errática mientras sentía su cuerpo temblar, y se arrodilló junto al río para poder enjuagar sus manos, brazos, rostro y torso con el agua fría.

Trató de mantener su mente fría, pero sus sentimientos eran demasiado personales como para hacerse una opinión externa. Todoroki no estaba muerto: estaba seguro de eso. Y por el momento, estaba tan enojado, preocupado y asustado que no quiso volver a pensar en él. Una mano se posó sobre su hombro, y volteó a ver a Aizawa.

―Lo hiciste excelente hace un rato.

―Gracias. ―respondió sin pensarlo también. No podía creer que había funcionado de forma correcta cuando estaba sintiendo más pánico que en toda su vida. ―Él te reconoció. Él… dijo tu nombre. Estoy seguro.

―Sí, lo conozco.

Hizo el intento, pero su mente estaba en otro lugar, y no pudo encontrar una conexión entre Bakugo y Aizawa.

―¿Cómo?

―Nos encontramos en el bosque la última vez que salí. Nos acompañamos unos días y seguí mi camino. Fue hace unos años.

Hace unos años. La idea de Aizawa encontrándose con Bakugo cuando era más pequeño, y luego seguir con su camino como si nada le hizo pensar. Como también el hecho de que Aizawa siguiera con vida luego de encontrarse con él.

Entonces Izuku sonrió, y una leve risa escapó de sus labios. Aizawa lo miró como si pensara que se había vuelto loco. Izuku no estaba seguro de cuán acertado estaba.

―Tú le diste la daga. ―Seguía sonriendo. ―No puedo creerlo. Realmente no la robó.

―Sí, yo le di una daga. ¿La tiene hasta ahora?

Izuku asintió. Y entonces volvió a pasar por su mente el momento en que Bakugo, con esa daga en su mano y viendo directo en su dirección, había sido atravesado de lado a lado con una espada.

Su estómago se revolvió.

―Lo conociste siendo un niño. Y estaba sólo. Y muy enojado. Y le diste una daga. ―volteó su rostro por primera vez para hacer contacto directo con sus ojos. ―¿Por qué no lo convenciste de volver contigo a la aldea?

Aizawa resopló.

―¿Lo lograste tú? Si lo conoces un poco, sabes que eso no va a pasar. Él siempre perteneció al bosque, y todo el bosque le pertenece ahora.

Tenía razón. Como siempre, en todo. Bakugo no encajaba con las personas, y mucho menos las comunidades. Él tenía el bosque y sus dragones, y estaba bien, aunque eso significara estar solo.

No quería demostrar lo asustado que estaba, así que trató de calmarse, controlarse y aguantarse las ganas de llorar que aún tenía.

―Voy a volver con él. ―le dijo, poniéndose de pie.

―¿No vas a ver a tu madre?

Lo miró un rato, y Aizawa le sonrió. Entonces Izuku supo que ya se había dado cuenta de lo obvio: que tenía un interés más allá de lo normal en Katsuki.

Llegó una vez más a la casa de Chiyo, pero ella no estaba allí. Se acercó a Bakugo. Lucía tranquilo, y menos pálido que cuando llegaron. Sus párpados se cerraban con más fuerza a ratos, e Izuku supuso que, a pesar de estar dormido, el dolor no lo dejaría descansar. Llevaba una venda ahora, que envolvía su cintura dando varias vueltas.

Se sentó junto a él, y tomó una de sus manos entre las suyas. Su temperatura, su pulso, la sensación al tocar su piel: cada cosa era más preciosa que antes, y agradecía poder verlo dormir una vez más.

Cerró sus ojos lentamente, acercó su mano a su frente, sin soltarla, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Y una sonrisa asomó en sus labios cuando los dedos de Bakugo apretaron suavemente los suyos.


08/02/18

Mordor