Parte 8
La respuesta indignada que estaba por salir de su boca fue interrumpida por el sonido de un objeto pesado estrellándose contra un muro. Casi con la agilidad de un Jedi, Han saltó sobre la mesa auxiliar hacia la otra habitación. Una ensordecedora alarma interrumpió otra andanada de maldiciones corellianas pero, para variar, no todas provenían de Han.
Pero no fue solo el sonido lo que lo detuvo en seco, sino la escena frente a sus ojos. Han se sintió de pronto como si estuviera observando una holopelícula de acción en cámara lenta y se paralizó, asombrado.
El Sanador Kay'leb se encontraba en el centro de la habitación, las manos extendidas como si se defendiera de una gran ola. Kampher estaba pegada a la pared, presionando la alarma. Una cantidad de personas y droides se encontraban en el piso, en un confuso montón, delante de la puerta abierta. Holo-cámaras… La palabra se filtró hacia el cerebro confundido de Han. Holo-cámaras y reporteros – ¡se colaron de alguna manera!
Pero fue Toa, el más amable de la pareja de Sanadores quien lo asombró más. En sus manos se encontraba su blaster, firmemente apuntado hacia la maraña viviente apilada frente a él.
- General Solo – dijo en voz baja, sin desviar sus ojos de los intrusos ni un instante. – Os solicito amablemente que os mováis a un costado. Puedo no estar muy familiarizado con vuestra arma de preferencia pero sé como tirar del gatillo y no deseo lastimaros…
De nuevo, han Solo se sintió como si hubiera sido catapultado hacia una dimensión diferente. Se sentía completamente fuera de su elemento. Su esposa sufriendo, niños naciendo frente a sus ojos, Jedis jugando con su mente, pacíficos Sanadores manipulando armas de fuego como si lo hubieran hecho toda la vida… Sus ojos encontraron los color miel de la Maestra Sanadora Kampher y algo – una voz – llenó su mente.
Relájese… Estamos aquí sólo para ayudarlo…
Han dudó durante un microsegundo más, y luego se hizo a un lado.
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- Vamos, Bé – dijo Luke - ¡Ya casi está aquí!
- Luke, no puedo… - se quejó Aubé, tapándose los ojos con el antebrazo. – No puedo…
- ¡Si puedes! - la alentó su esposo, apenas conteniendo su entusiasmo - ¡Sólo un poco más!
- ¡No puedo, Luke! ¡Oh, Diosa! – gritó ella, su voz superponiéndose con los quejidos de un recién nacido.
- ¡Bé! ¡Ya está! – Jadeó Luke con asombro, limpiando la carita y la boca del bebé con la manga de su camisa. - ¡Nuestro hijo está aquí!
- ¿Está bien? – suspiró Aubé, recobrando el aliento. - ¡Déjamelo ver!
- ¡Dos ojos, diez dedos de los pies, dos metros de masculinidad! ¡Está todo! – Rió Luke mientras envolvía al infante en su camisa antes de pasárselo a Aubé.
- ¿Dos metros? – repitió ella, asombrada, incorporándose. – ¿Estás seguro que no es el hijo de Solo?
- ¡Lo rubio dice otra cosa! – respondió Luke con una carcajada. Se sentía en las nubes mientras depositaba a su hijo en los brazos de su madre. - ¿Cómo te sientes?
- Tengo frío… - murmuró Aubé, acomodando al bebé para que pudiera mamar. – Particularmente de la mitad hacia abajo.
- Creo que hay algunos ropajes en ese armario…
- Podríamos haberlos usado antes, ¿no?
- Bueno, estábamos algo ocupados…
- ¿Estábamos?
- OK, OK, tú estabas ocupada… Yo sólo estuve de espectador…- masculló Luke entre dientes, pero sonriendo. – Aguanta un poquito más…
Al cabo de unos momentos retornó con varios ropones doblados sobre su brazo, pero cuando extendía el primero sobre su esposa, se detuvo y miró hacia la puerta abierta del ascensor.
- ¿Qué pasa, Luke? – preguntó Aubé, asombrada.
- No qué, Bé – respondió Luke lentamente – sino quién…
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- ¡Han! ¿Qué pasó allí afuera? – Preguntó la Princesa agitada, ya a medio salir de la cama para cuando su esposo y el equipo de sanadores retornaron a la sala de partos.
- No te preocupes, Leia, el pibe tiene todo bajo control…
- Lo que importa es lo que está a punto de suceder ahora, Madame – interrumpió Kampher. – Kay, creo que…
La novel madre súbitamente se dobló de dolor al tiempo que Jaina rompía en un agudo llanto. – Diosa, ayúdame… - jadeó aterrorizada.
Por los Dioses, ¿ahora qué? Pensó Han, dejando de preocuparse por la temblorosa masa que había sido desalojada puertas afuera sin ninguna ceremonia. Aunque nunca había sido una persona religiosa, Han se encontró de pronto rezando. Oh, Diosa, no dejes que les pase nada a mi esposa y a mi hijo…
