Capitulo 8

- He hecho una pregunta – Repitió Samuel duramente, dirigiéndose a Max - ¿Quién demonios es usted? ¿Y qué está haciendo en mi casa?

Max quiso contestar, terminar con todo ese circo y saber la verdad al fin, pero Amelia fue más rápida.

- Es mi primo.

- Tú no tienes primos.

- Claro que sí, por parte de mi madre – Era una fortuna que ella no estuviera viva para corroborarlo - No lo conoces porque ha vivido en Frankfurt desde los dos años de edad.

- Si... – Samuel pareció estar considerando lo que su esposa le decía – Su acento definitivamente es alemán ¿Pero porque estaban discutiendo hasta hace un momento?

- Oh, eso – Amelia rió, intentando ocultar su nerviosismo – Es un juego.

- ¿Un juego?

- Si. Cuando era pequeña, hicimos un viaje a Alemania, donde al fin pude conocerlo, y pasábamos todo el día jugando de este modo. Ya sabes... – Añadió en tono de confidencia – Así son los alemanes.

- De acuerdo – Samuel se pasó la mano por el cabello con expresión cansina – Iré a darme una ducha. Bajaré cuando la cena esté lista – Se retiró sin despedirse de Max, suponiendo que, como familiar de su esposa, se quedaría unos días con ellos.

- Tienes que irte – Le dijo Amelia a Max, retomando su actitud temerosa.

- Berlín.

- ¿Qué dices?

- Nací en Berlín, no Frankfurt. Creí que lo recordarías.

- Eso no importa – Lo jaló hacia la salida, pero él no tenía intenciones de marcharse tan fácilmente – Vete.

- Quiero saber la verdad.

- No hay nada oculto que debas saber.

- Si no me la cuentas, hablaré con tu marido – La amenazó – Te juro que lo haré. Le contare sobre la relación clandestina que tuvimos hace 16 años.

- No te atreverías... - Para confirmarlo, Max se deshizo de su amarre y caminó rápidamente hacia las escaleras - ¡Espera! – Amelia corrió hacia él y lo tomó del brazo – Espera...

- ¿Hablaras?

Amelia se tomó unos segundos para considerar sus posibilidades. Si no accedía a lo que Max le estaba pidiendo, él le contaría a su marido lo que había habido entre ellos dos. Samuel sería capaz de matarla al enterarse, y Harper también sufriría las consecuencias. Por otra parte, si le contaba la verdad a Max, él probablemente la despreciaría y le diría los peores insultos, pero no sería capaz de agredirla físicamente, de eso estaba segura, pues en ese tiempo que estuvieron juntos, pudo conocer al caballero que se escondía bajo esa fachada de muchacho rebelde. No, el no la mataría, pero insistiría en recuperar a su hija. Había notado que Max y Candy habían forjado una estrecha relación, aún sin saber que eran padre e hija. Amelia no tenía corazón para volver a separarlos. Nunca se había perdonado el haberla abandonado cuando era tan solo una bebita recién nacida, y estaba segura que se odiaría por ello el reto de su vida.

- Te lo contaré, Max – Dijo al fin – Te lo contaré todo, pero no aquí – No podía permitir que Samuel sospechara algo.

- De acuerdo – Max se dirigió de buena gana hacia la salida – Te espero mañana en el café Des Amis a las tres de la tarde ¿Conoces la dirección?

- Si.

- Bien. Espero que no faltes, o de lo contrario, hablaré con tu marido.

No le dio tiempo a replicar, pues se salió apresuradamente de la mansión. Camino con rumbo fijo hacia el colegio, mientras intentaba organizar en su mente los recientes acontecimientos. Tenía una idea de cómo eran las cosas, pero el testimonio de Amelia sería crucial para despejar sus dudas.

El volver a ver a Amelia no había sido bueno para Max. Nunca había llegado a olvidarla, ni aún después de enterarse de su engaño, de la forma en que lo había utilizado, mientras él se enamoraba cada día más de ella. Solo había amado una vez en su vida, de la mujer que había llegado a proponerle matrimonio, sin saber que ella ya estaba casada. Aún guardaba en su bolsillo el anillo que con mucho esfuerzo había podido comprar para Amelia, y que ella había considerado tan insignificante, tanto su valor material como sentimental.

Pero lo que más le dolía, era saber que de aquella relación, podría haber resultado una hija. Una hija suya. Max se emocionó al pensar en ello. Nunca había pensado en ser padre, sobre todo porque su estilo de vida no le permitiría criar adecuadamente a un niño, aunque siempre soñó con serlo. Y que Amelia le haya negado esa oportunidad, le partía el alma en mil pedazos.

ooo

Al día siguiente a primera hora, Neil fue retirado del colegio, entre gritos y quejas de Eliza. A Harper no le agradó su expulsión, pero a pesar de haber compartido la cama, no le dolía en lo más mínimo no volver a verlo. Aún le quedaba una amiga en Eliza, por lo que no estaría sola en el colegio.

En cuanto a los chicos Andrey, se alegraban por no tener a Neil en el mismo lugar que ellos. Pero por otra parte, también habían recibido la noticia de la llegada de los señores Britter, anunciándoles que se llevarían a su hija devuelta con ellos a América. Había sido muy duro para todos ellos, pero sobre todo para Archie.

- ¡No me importa lo que le paso a su rostro! – Decía en medio de su desesperación - ¡La amo! Y quiero casarme con ella.

- Lo harás si así lo deseas – Trataba de tranquilizarlo Stear – Pero lo mejor para ella en este momento es volver a su país, junto a sus padres.

- Me olvidará...

- No, no lo hará. Annie te ha amado desde el primer momento. Ella jamás olvidará lo que siente por ti.

- Entonces también viajaré a América – Dijo Archie con firmeza – Annie también me necesitará a mí. Y yo quiero estar a su lado.

- La tía abuela jamás lo permitiría.

- ¡Me importa un bledo lo que piense!

- Pero necesitarás su permiso para viajar.

- Pues se lo pediré. Y tendrá que dármelo. No aceptaré un no por respuesta.

- Buena suerte.

Stear no podía persuadir a su hermano de no hacerlo. Entendía los sentimientos de Archie, y estaba de acuerdo con él en que Annie iba a necesitarlo. Esperaba sinceramente que la tía abuela le permitiera volver a América con los Britter, aunque no tenía muchas esperanzas de que ello ocurriera.

Archie salió de la habitación con prisa. La tía abuela había pasado a retirar a Neil del colegio, y probablemente aún estaría allí. Solo tenía que darse prisa si quería alcanzarla.

Estaba llegando al despacho de la hermana Grey, cuando al dar vuelta en el pasillo, chocó con una persona.

- Lo siento – Dijo sin mirar, e intento continuar su camino, pero la persona con quien había tropezado lo tomó del brazo - ¿Pero que...

- Archie – Era Harper – Hace mucho que no te veía.

- He estado ocupado – Se deshizo sin mucha delicadeza de su amarre, y se dio la vuelta. Pero Harper no se iba a dar por vencida.

- ¡Espera! Es por Annie ¿Verdad? - Archie se detuvo y la fulmino con la mirada. Harper supo que había buscado la forma de llamar su atención, y sonrió maliciosamente – Es lamentable lo que le paso. Imagino que ya no podrá salir nunca más a ninguna parte. Debe ser muy duro saber que te quedaras sola por el resto de tu vida.

- ¡Ella no se quedará sola! – Gritó Archie furiosamente – Porque yo siempre estaré a su lado.

- ¡Pero es horrible! – Harper no podía creer que Archie estuviera diciendo aquello. Pensó que rechazaría a Annie, pero había estado equivocada.

- No lo es – Archie se acercó amenazadoramente hacia ella – Amo a Annie y voy a casarme con ella.

- Pero Archie... yo soy más hermosa que ella ahora.

- ¿Eso crees? – Rió él – Mira en tu interior y descubrirás lo equivocada que estás.

Sin decir más, Archie volvió a dar media vuelta para continuar con su camino. Desde la primera vez que vio a Harper, supo que no era una buena persona, y ahora lo había confirmado. No le extrañaría que ella hubiera tenido algo que ver con el accidente de Annie, después de todo, Harper tenía una buena relación con Neil y Eliza, y los tres tenían motivos para hacerle daño a Annie.

Llegó hasta la oficina de la hermana Grey, y entró después de golpear la puerta.

- Archie – La tía abuela estaba allí, con Neil a su lado - ¿Qué haces aquí? – Era evidente que estaba enfadada por lo que Neil había hecho. Nunca antes un miembro de la familia Andrey había sido expulsado de ningún lado, y mucho menos con acusaciones de intento de violación.

- Tía abuela, necesito hablar con usted.

- Otro día. Ahora no puedo.

- Es necesario que sea ahora.

- ¿Qué puede ser tan urgente?

- Quiero ir a América.

- ¿A América? – Preguntó Elroy - ¿Qué tonterías estás diciendo, Archie? No puedes tomarte unas vacaciones en estos momentos.

- No son vacaciones, tía. Quiero volver a América para quedarme allí. Annie partirá mañana junto a sus padres y yo iré con ellos.

- ¿Quién es Annie?

- La novia de Archie – Contestó Neil, divertido por la situación – Hace poco sufrió un accidente, y la mitad de su rostro quedó desfigurado. Imagino que por ello sus padres se la llevaran de aquí, para que nadie la vea.

- ¡Cállate, Neil! – Exclamó Archie.

- ¡Ya basta los dos! – Elroy decidió poner fin al asunto, y se dirigió a Archie – No viajarás a América. Suficientes problemas tengo con Neil, y no permitiré que abandones en colegio. Ahora, vete a estudiar.

- Pero tía...

- ¡Vete, Archie! No quiero escuchar nada más acerca de esa idea de viajar a América.

Archie ya no pudo replica, sabía que todo sería en vano. Salió del despacho con la cabeza gacha en señal de derrota.

ooo

Candy y Terry habían encontrado un tiempo para estar los dos solos en el establo. Max había salido por temas personales, y nadie los molestaría allí. Candy tenía su cabeza apoyada en el pecho de su novio, quien la consolaba por la partida de su mejor amiga.

- Annie estará bien – Le decía – Volverás a verla en poco tiempo. No tienes por qué estar triste.

- Voy a extrañarla.

- Lo sé – Le acarició tiernamente el cabello – Pero todavía tienes a Archie, Stear y Patty. Y me tienes a mi – Le tomó el rostro con las manos y la obligó a mirarlo – Yo nunca te dejaré sola. Siempre estaré aquí contigo.

- Gracias, Terry – Siempre era capaz de sacarle un sonrisa – Te amo.

- También te amo.

La besó. Cada vez se le dificultaba más contenerse a las ganas de estar con Candy, de acariciar su piel, de besar sus labios, y muchas otras cosas en las que mejor no pensar.

Candy estaba perdiendo el equilibrio, por lo que poso inocentemente su mano sobre la pierna de Terry, muy cerca de su entrepierna. Él comenzó a sudar, sintiendo como se erguía su miembro. No quería que Candy lo notara, pues le daba mucha vergüenza, pero ella supo que algo andaba mal con su novio.

- ¿Qué pasa, Terry? ¿Por qué tiemblas? – Comenzaba a preocuparse. Le toco la frente para ver si tenía fiebre – Estas muy caliente...

- No te imaginas cuanto – Dijo Terry irónicamente. Pero Candy lo tomó de otro modo.

- ¿Estás enfermo? – Preguntó con temor – Oh, por Dios, Terry. Dime que es lo que tienes.

- Nada, nada... no te preocupes.

- Pero si acabas de decir que...

- Candy, escúchame – La tomó de los hombros para tranquilizarla – No estoy enfermo.

- ¿Entonces porque estas caliente?

- Por ti – Dijo en un murmullo inaudible.

- ¿Qué has dicho?

- Que estoy caliente por ti.

- ¿Es que ahora vas a echarme la culpa de que estés enfermo? – Le dijo enfadada.

- No entiendes – A Terry se le dificultaba hablar de ese tema con Candy.

- Explícamelo – Le exigió.

- Tú me tienes así. No sabes lo que es para mí estar cerca de ti y no poder tenerte.

- Pero sí me tienes.

- No del modo en que piensas.

- ¿Cómo si no? – Candy estaba cada vez más confundida.

- Ya sabes... tenerte de una manera más especial.

- No entiendo.

- No me lo estás haciendo más fácil – Terry tomó aire, y busco la forma más delicada de decirle a Candy lo que sentía – Muero de ganas por hacerte el amor – De acuerdo, todos sabían que Terry no era muy bueno para estas cosas. Candy lo miró con los ojos muy abiertos – No me hagas repetírtelo.

- Supongo que...

- ¿Qué?

- Supongo que yo siento lo mismo.

- ¿En serio?

- Sí – Se acercó más a él y posó las manos en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón – Tal vez tú y yo podríamos...

- No, Candy – Dijo con dificultad, al ver que ella comenzaba a desabrochar los botones de su camisa – No podemos.

- ¿Por qué no? Estamos solos. Max dijo que tardaría en volver.

- No es correcto – No podía creer que estuviera diciendo eso. Candy se lo estaba ofreciendo todo, y él lo rechazaba – Debemos esperar a estar casados.

- Nadie lo sabrá.

- Nosotros lo sabremos.

- No me digas que crees en esas estúpidas normas de la sociedad.

- Es por ti. No quiero que los demás te condenen por esto después.

- Pero...

- Además, no sería lindo hacerlo aquí, en un establo. Tú te mereces algo mejor, algo más romántico.

- No cambiarás de opinión ¿Cierto?

- Así es.

- Entonces... ¿Crees que al menos podrías besarme? – Se colgó de su cuello y no espero a que él respondiera.

Terry jamás podría negarle un beso a Candy, aunque eso le trajera consecuencias por las noches, en la soledad de su habitación.

ooo

Max estaba sentado en una mesa en el café Des Amis, esperando a Amelia, quien ya se había demorado veinte minutos. Si no la veía llegar en poco tiempo, cumpliría su amenaza, y le contaría a Samuel la pequeña aventura que había tenido con su esposa, aunque eso también le causara problemas a él mismo.

Dio otro sorbo a su café, cuando por fin vio a Amelia cruzar la puerta del lugar. Levaba la mitad de su rostro cubierta, pero Max había sido capaz de identificarla.

Amelia Caminó hacia la mesa donde él se encontraba y tomó asiento.

- ¿Quieres un café? – Preguntó Max.

- No. Solo he venido aquí por tus amenazas – Le dijo con rencor. Si Samuel llegaba a enterarse de esa salida la mataría, de eso estaba segura. Y no ayudaba a mejorar su humor la seriedad en el rostro de Max.

- Te escucho – Fue lo único que dijo.

- No existe una forma sencilla de explicarlo.

- ¿Tuviste un hijo mío?

- Si

Por el corazón de Max desfilaron cientos de sentimientos, comenzando por la felicidad de saberse padre, y terminando por el odio que comenzaba a sentir por la mujer que se lo había estado ocultando por tantos años.

- ¿Quién es mi hijo?

- Hija, tuviste una hija.

- Harper...

- No – Amelia negó efusivamente con la cabeza – No es ella.

- Entonces...

- Descubrí que estaba embarazada después de terminar contigo – Comenzó a relatar Amelia – Estaba asustada, pues no podía estar segura de si mi bebé era de Max... o tuyo.

- ¿Y cómo sabes que sí fue mío?

- Lo supe cuando nació. Samuel estaba fuera por un viaje de negocios, así que nunca llegó a verla. Tanto él como yo tenemos el cabello negro y los ojos azules – Su mirada se tornó triste – Mi bebé tenía rizos dorados y ojos verdes, igual que tú.

- ¿Qué... qué paso luego? – Era algo que le costaba preguntar, aunque creía tener una idea de cómo habían sucedido las cosas.

- No sabía qué hacer en ese momento. Le pedí a mi nana Peggy que me dejara sola con mi hija. Sabía que no podía conservarla. Si lo hacía, Samuel descubriría que le había sido infiel, y la vida de ambas hubiera corrido peligro. Hice lo que me pareció mejor. Salí de la mansión sin que nadie me viera, y comencé a buscar un lugar donde dejar a mi bebé. Le diría a Samuel que había muerto al nacer, Peggy era la única que la había visto, y los demás sirvientes no podrían contradecirme. Llegue hasta un pequeño orfanato, y decidí dejar a mi hija allí.

- ¿Y Harper?

- Cuando me estaba yendo del lugar escuché un llanto – No se atrevió a decirle que ese llanto estaba mezclado con el su propia hija, lo lastimaría demasiado – Me acerque para ver, y allí había otras dos niñas, gemelas.

- Annie... – Todo comenzaba a tener sentido para Max.

- Si. Supongo que ella es la hermana de mi hija. Sé que no está bien lo que hice, pero al ver a Harper, tan parecida a mí y a Samuel, creí que sería la solución a mis problemas. Además, he llegado a encariñarme con ella.

- Pero abandonaste a tu verdadera hija – Intentó no gritar, pero deseaba hacerlo - ¿Acaso no sentiste lastima por ella? ¿O es que la despreciaste tanto solo per ser mía y no de tu marido?

- Claro que no – Amelia tenía lágrimas en los ojos – Me sentí culpable por haberla abandonado. Siempre he pensado en ella. Creo que ya sabes quién es tu hija.

- Quiero que tú me lo digas – Claro que lo sabía, lo había sentido desde un primer momento, pero quería que Amelia se lo corroborase.

- Candy es tu hija, nuestra hija.

- No – Dijo él, sorprendiendo a Amelia – Candy es mi hija, no tuya. La abandonaste cuando era solo un bebé indefenso. Tú no tienes derecho a llamarte madre.

- Tienes razón – Amelia bajó la vista. Sabía que Max tenía la razón en todo lo que estaba diciendo – Solo te pido que no digas nada.

- ¿Qué? – No creía lo que oía - ¿Me pides que no le cuente a mi hija que soy su padre?

- Se que puede sonar un poco egoísta, pero no es solo por mí. Es por ti, por ella, y por Harper, la destruiría saber que es adoptada.

- Te preocupas más por ella que por tu verdadera hija – La miro con desprecio – Me das asco.

- No es eso. Candy siempre ha sabido que no tiene padres, y después de todo, su vida no ha sido tan mala. He escuchado que fue adoptada por una familia rica.

- Tú no sabes por lo que ha tenido que pasar en su corta vida – Max estaba al tanto de todo lo que le había sucedido a Candy. Ella se lo había contado en sus larguísimas conversaciones, por eso no soportaba que Amelia dijera esas cosas.

- Pero ahora el feliz. Lo mejor será que dejemos las cosas como están, antes de que alguien pueda salir lastimado.

- Tú ya me has lastimado suficiente.

- ¿Tienes idea de lo que nos haría Samuel si se entera de eso? No solo a nosotros, sino también a Candy. Estoy segura que no quieres que a ella le ocurra nada malo.

Max pareció considerarlo. Le parecía aberrante lo que Amelia le pedía, pero ¿Sería capaz de poner a su hija en peligro?

- Tú ganas – Dijo al fin. Amelia le dedico una sonrisa de gratitud – No le diré a Candy que tú eres su madre. Pero si sabrá que yo soy su papá.

- Pero... – Quiso replicar, pero él no la dejó. Sacó unos billetes de su bolsillo y los dejó sobre la mesa.

- He llegado a querer a Candy profundamente, aún sin saber que se trataba de mi hija. Y haré todo lo posible para que ella sea feliz – Estaba a punto de irse, cuando recordó decirle una cosa más a la mujer que una vez había amado – No sabes lo que estás perdiendo al rechazar a una hija como Candy. Algún día te darás cuenta del error que has cometido.

Le dio la espalda y se retiró del lugar. Lo único que deseaba en aquellos momentos era ver a Candy, a su hija. Pero de pronto recordó algo que lo puso nervioso. Había dejado a Candy en el establo, a solas con Terry. Apresuró el paso, consciente de lo que podían llegar a hacer dos adolecentes con sus hormonas a flor de piel, solos los dos en un establo. Como había sido la primera vez que los vio. Hirvió en cólera al recordar como Terry se arrojó encima de Candy. Si no hubiera sido por él, quien sabe que pudo haber pasado ese día. Claro que, por ese entonces, Max no sabía que Candy era su hija, si lo hubiera sabido, Terry no habría salido bien librado de esa situación.

Llegó hasta el colegio lo más rápido que pudo y se dirigió al establo. Efectivamente, como él lo había creído, allí se encontraban Terry y Candy, besándose. Al menos estaban con sus ropas puestas.

- ¡Quítale tus manos de encima!

Max corrió hacia donde ellos se encontraban y tomó a Terry por el cuello de su camisa.

- ¿Qué demonios te pasa, Max? – Terry no entendía que era lo que estaba pasando, al igual que Candy.

- ¡No quiero que vuelvas a tocarla!

- ¿Qué? Pero... ¿Qué es lo que estás diciendo? Sabes que Candy es mi novia...

- ¡Es mi hija!

Continuará...

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Besossssss