Representar el caos es difícil para muchos, yo sin embargo lo observo como algo sencillo. Todo proviene del desamor y la pérdida. Son cosas por las que una persona puede cambiar hasta lo más hondo de su ser, como yo misma lo hice. Y cuando lo haces, ya no hay marcha atrás. Es como si algo en tu interior se rompiese de forma irreparable, como si tu corazón se hiciese trizas y los pedazos se esparciesen en el olvido. Y la venganza es la única razón de tu existencia. Vengarse contra aquellos que te han causado dolor, contra aquellos que se han asegurado de que tu vida no sea feliz. En mi caso, vengarme de Blancanieves.

Mi mano, ansiosa y diestra, toma un espejo de la mesilla junto a mi trono. Más no es mi propio reflejo lo que busco en él. Es aquel que en su día se condenó a ser mi eterno acompañante a través de los espejos, siendo su deseo estar a mi lado por toda la eternidad. Un deseo que como poco, puede calificarse de estúpido.

_ Espejo… muéstramela, muéstrame a Blancanieves.

_ Como desee, su majestad.

La imagen del espejo cambió una vez más, y me mostró a aquello que en el fondo no deseaba ver. Me mostró a aquella que había destruido mi vida, a la niña que había aprendido a odiar cada día más. Aquella que me tenía en pie tan sólo para despreciarla, junto con la única persona a la que habría podido llamar amiga. Habría esperado que Maléfica me traicionase en cualquier momento, pero no de Anzu después de todo lo que había hecho por ella. Aunque por supuesto, ella desconocía mis sacrificios, y tendría que mostrárselos cuando nos encontrásemos.

Aunque yo no tenía motivos para esperar, odiaba que me instaran a hacerlo. Me daría un baño y luego me ocuparía de Anzu, lograría que viese las cosas a mi manera. Todo era cuestión de unas horas. Me dirigía a los baños, cuando una figura pequeña se puso delante de mí, impidiéndome el paso. Yo sonreí ante su mirada de desafío, jurándome a mí misma que algún día la haría desaparecer.

_ Hola Gretel. ¿Dónde has estado? Te he echado en falta, pequeña.

_ He estado buscando a mi hermano. No le encuentro. ¿Acaso ha desaparecido como mi padre?

_ Si conozco a tu hermano, estará en las cocinas del castillo, atiborrándose de dulces. Y ya sabes que hago todo lo que puedo por encontrar a tu padre, cariño. Sé cuanto deseas volver a verle.

Mentí una vez más, pues su padre estaba recluido en las mazmorras de mi castillo. Pero parecía que no lograba hacer que se olvidase de él, necesitaría más tiempo del que calculaba. Y era por ello que Gretel era la elegida. La que un día heredaría mi reino, cuando consiguiese que aceptase el papel del princesa y olvidase a su padre. Era inteligente y astuta, a diferencia de su hermano, que no era más que un borrego al que contentar con un par de dulces.

_ Ahora mismo me dirigía a darme una ducha. Puedes acompañarme si quieres. De lo contrario me temo que esta conversación ha terminado, querida.

Como yo esperaba, no quiso acompañarme, y me bañé en soledad, para meditar lo que iba a decirle a Anzu. Las burbujas de jabón siempre me ayudaban a pensar, eran como esferas de cristal, que flotaban en el aire y se dirigían hacia algún lugar al que nunca iban a llegar, y eso me dio la respuesta. Los humanos no somos más que pompas de jabón que flotaban en el aire, hasta que una corriente fuerte nos golpeaba y nos destruía. Pero ella era una esfera de cristal, una esfera que ningún viento podía destruir, una esfera que tan sólo el fuego podía consumir. Y eso era algo que pensaba usar a mi favor.

Me sonreí y subí a la biblioteca, donde cogí un volumen largo y pesado, y comencé a examinarlo página por página, pausadamente. Tenía la magia a mi favor. Anzu la usaba de modo burdo, a diferencia de su fortaleza física. Y yo conocía trucos que a ella se le escapaban por completo. La magia es un juego de intelecto, y aunque Anzu es alguien a quien yo consideraba inteligente, no había descubierto su potencial. Por eso, el conjuro que tramaba era perfecto para la ocasión.

Me desvanecí, y aparecí en la entrada del lugar que estaba buscando, un laberinto. Laberinto que conocía como la palma de mi mano, y en el que jamás me perdería. Pero Anzu sí, y por eso era el lugar idóneo para lo que estaba planeando. Avancé por él hasta llegar al centro, lugar donde coloqué las flores en la posición que el libro me había indicado. Recité las palabras, y tal y como había previsto, ella apareció ante mis ojos. Y cuando sus ojos miraron los míos faltó muy poco para perder la concentración y derrumbarme.

Me ocurría algo tremendamente extraño cada vez que la veía. Sentía como si mi cuerpo se estremeciese al sentir sus ojos escrutándome, atravesándome como la criatura indefensa que era en comparación con ella. Era un extraño efecto que tan sólo ella ejercía sobre mí, y que hacía que mi temperatura se elevase repentinamente. Ella era un depredador, y podía destrozarme en tan sólo un instante. Y era la única que podía hacerlo.

_ Parece que me has ahorrado el trago de buscarte, Regina. Te lo preguntaré una sola vez. ¿Dónde está mi marido?

_ Tu marido está en un lugar seguro… ¿Dónde si no?_ dije, logrando recuperar mi compostura por completo, de modo que ella no percibiese lo que me había ocurrido.

_ Explícate, Regina.

_ Maléfica te asesinó, así que hice lo que tenía que hacer y me encargué de que tu marido estuviese en un lugar seguro.

_ ¿Dejando a mi hija sola?

_ A ella la necesitaba para que tú pudieses volver. ¿Crees que Lucrezia sola planeó lo que era necesario para traerte de vuelta? Las dos sabemos que no es tan inteligente.

_ Pero admito que cometí un error grave, pues tu marido está en un lugar tan seguro que no puedo traerlo de vuelta. Pero no te alteres, porque ya tengo la solución. Algo que impedirá que Maléfica pueda volver a haceros daño.

_ Te escucho_ me dijo, y yo noté la duda en sus palabras, lo que me hizo sonreír. No había necesitado el laberinto.

_ Voy a crear un mundo nuevo. Un mundo sin magia. Un lugar donde maléfica no pueda haceros daño, donde tu maldición no te persiga. Un lugar donde seáis felices.

_ ¿Cuál es la trampa? ¿Me juras que Jefferson estará allí? ¿Y Grace? ¿Me juras que seré feliz?

_ Te lo juro, Anzu. Te doy mi palabra de honor.

No sabía si me creería, pero estaba segura de que mis palabras causarían en ella el efecto que yo deseaba. Me ayudaría en mi primer plan. Algo en mi interior, en lo más profundo de mí, me decía que la manzana que llevaba atada al cinturón no terminaría mi historia con Blancanieves. Y por ello ya estaba pensando en el plan B, en caso de que las cosas se torciesen.

_ ¿Qué necesitas de mí?_ Le pregunté.

_ Tan sólo un mechón de tu cabello pelirrojo. Todo lo he hecho por ti, Anzu. Por nuestra amistad. Y no me importa lo que has tramado con Blancanieves, me has ayudado a demostrar algo, de hecho. Nos veremos pronto, Anzu. Recuerda mis palabras.

La hice desvanecerse con su mechón en mis manos, y me dirigí a las mazmorras del castillo, donde el príncipe esperaba su destino, atormentado. Sabía que su función sería castigar a Blancanieves por todo lo que me había hecho, pero no tenía idea de hasta qué punto iba a ser para ella el final de sus días, del tormento por el que tendría que pasar gracias a él.

_ Creo que tu princesa está próxima a rescatarte, es momento de trasladarte, príncipe.

_ No importa a donde me lleves. Siempre nos encontraremos. Tus planes fracasarán. No podrás destruir nuestra felicidad, Regina.

_ Me temo que hemos llegado a un punto en el que no vamos a llegar a acuerdo, príncipe. Ponte en pie.

_ No voy a servir de buena gana a tus infames propósitos. Quizás seas reina, pero no tienes poder sobre mí.

_ ¿Estás seguro de eso, James? Hasta ahora he sido amable contigo, pero puedo ser mucho más dura si me lo propongo.

_ Estás enferma, Regina. Todos lo saben excepto tú. Deja a los demás ayudarte y detén esta locura.

Mi expresión se torció ante sus palabras, y mis ojos brillaron con el fuego de la venganza. Cerré los puños y un espejo de tamaño grande apareció tras el príncipe, con un sonoro estrépito que lo hizo no sólo ponerse de pie, si no de espaldas a mí. Yo no le respondí, ni le dirigí una sola palabra más. El príncipe James no volvería a escuchar ninguna de mis labios. Pues cuando atravesó el espejo, como si de una superficie acuosa se tratase, y quedó atrapado al otro lado, yo me volví y me dirigí a mis aposentos, con la tranquilidad de que las cosas salían como las había planeado.

Y los acontecimientos se sucedieron tal y como yo había previsto. Blancanieves accedió a verme para encontrar el modo en que su príncipe estuviese libre, aún imaginándose a qué se enfrentaba. Las dos sabíamos que no saldría bien parada de aquella conversación, y yo estaba feliz por ello, porque sabía que al fin sería castigada y debería pasar por el mismo tormento que yo había pasado.

Mientras observaba la tumba de Daniel, mi mano me jugó una mala pasada, y me forzó a acariciar el aro de plata que aún llevaba en el dedo. Estaba a punto de cumplir mi venganza, y eso producía una sensación de ingravidez en mi estómago, pues necesitaba acabar con aquello cuanto antes. Por culpa de Blancanieves mi vida había quedado destruida, y yo no tenía intención de permitir que ella fuese feliz.

Llegó a la hora acordada, y nos miramos detenidamente unos instantes. Sentí que había esperado ese momento desde que me dijo que le había dicho a mi madre lo mío para con Daniel. Podía notar la resignación en su mirada, y el más absoluto temor a lo que se le veía encima, pero también una determinación ciega para hacer lo que iba a hacer, a sacrificarse por su amor. Una pequeña parte de mi ser, oculta bajo toda la negrura de mi corazón, sintió lástima. Pero esa lástima se esfumó cuando habló, y me preguntó de quien era la tumba.

Se lo conté, le dije la verdad, el motivo por el que mi sino era destruirla. Rompí la ilusión de su corazón, la que la instaba a pensar que mi odio no estaba justificado. Pude leer en su mirada unas disculpas que nunca llegaron a sus labios. Pero no importaba, porque yo no la perdonaría. Y sin más dilación, extendí mi mano y le tendí la manzana que la condenaría para toda la eternidad, o al menos, ese era mi deseo.

La observé mientras se desmoronaba y perdía la consciencia poco a poco, para sumirse en la más tortuosa y eterna de las pesadillas. Y no pude evitar recordar lo mucho que en su día la quise, antes de que lo estropease todo. Mi sonrisa amarga permaneció en mi rostro mientras me arrodillaba y le colocaba el cabello, provocando que la manzana rodase colina abajo.

_ Podríamos haber sido felices ambas, Blancanieves. Pero tú elegiste este camino entre todos los posibles. Dulces sueños, mi niña.

No pude evitar sentir una pequeña sensación de vacío cuando me di la vuelta y comencé a andar en dirección opuesta al cuerpo de Blancanieves. Y no despareció hasta que llegué al castillo y me deslicé hacia la habitación que había reservado para Gretel. La joven dormía, plácida e inconsciente de mi presencia. Era joven e inocente, dulce y amable. Pero no duraría así, no conmigo como influencia.

_ Cazador…_ llamé, con voz escasa.

No le oí, simplemente le presentí. El descorazonado caballero de los bosques acudía sin reservas a mi llamada, como la mascota fiel en que yo la había convertido. Sin sentir dolor, o pena, sin rencor… totalmente incorruptible. Cogí una llave de mi vestido y se la tendí.

_ Coge esto, ve a las mazmorras y libera al padre de los niños. Le encontrarás confuso y desorientado. Asegúrate de que llega al bosque y no le hables de mí en ningún momento. Cuando hayas acabado, te espero en mi dormitorio.

No quería ver a Gretel convertida en mí, aquella había sido mi lucha, y no quería acabar siendo yo una víctima en sus manos, hacerle lo mismo que mi madre me había hecho a mí. Si escogía estar a mi lado, debía ser su elección, no la mía. Al día siguiente la dejaría marchar, pensando que no volvería a verla, totalmente segura de ello, de hecho. Aunque durante esa noche el cazador se ocuparía de que yo no retuviese esos pensamientos.


Hoy, en nuestro programa de entrevistas, contamos con alguien a quien es difícil olvidar, y cuya aportación a la historia ha sido notable. Es un placer tenerte con nosotros, Sherezade.

El placer es mío, lo cierto es que me moría de ganas de hacer una entrevista.

Me alegra que vengas con esa motivación pequeña. Háblales a nuestros lectores de tu físico.

Bueno, por naturaleza llevo el pelo pelirrojo, tal como Anzu, porque en primera instancia iba a ser su hija biológica. Tu intención es que yo fuese un personaje adorable y achuchable, para que Anzu comenzase a quererme. Escogiste para mi aspecto infantil a Caitlin Blackwood y a Ariana Grande para mi aspecto más juvenil.

Sí, eso es cierto. En el momento actual lo que te ha pasado es incierto, estás difunta, pero has vuelto a empezar en otro cuerpo. ¿Cómo es eso?

Ser Grace es para mí un auténtico honor, desde luego. Es una pequeña encantadora, y sé que te encanta el sombrerero loco.

Es cierto, me encanta. Realmente es un placer que hayas podido venir, pequeña. *La abraza lentamente* Cuídate mucho.

No te inquietes, lo haré *Sonríe y se desvanece lentamente*