Éste fanfic ha sido más que un reto. Debo admitir que me ha frustrado por más de un año y, aun así, no soy capaz de darle un final. Por lo cual, le daré los tres en los que he pensado durante todo éste tiempo.
Amar…
Tumulto en el oído, tumulto en el oído, pasos de cascos sobre el cemento. Paredes frías, insípido el aire como agobiante la calma.
Retozado del poni quedaban sus despojos.
Vivo ¿Vivo? ¿Qué era la vida para un desahuciado? ¿Qué quedaba cuando toda ilusión besaba el suelo, siendo el subterfugio de sus fragmentos un corazón agonizante? Realidad, inmunda señora de la muerte, de la desdicha, del sometimiento. Así, Mezquino el carácter del fuerte, masoquistas todos.
Intentos de movimientos cuando trataba de tragar lo que osaban servirle, dolores le causaban, pero no le hacían sufrir. Su cuerpo, desgajado violentamente ni retorcerse podía; mas su alma hace rato que ya había sido torturada. Una hoguera componían los rayos de luz que se filtraban por las cortinas.
¿Comer o no comer? Tonto cuerpo, que lo impulsaba a alcanzar una cucharada de una sopa, la cual, tan asquerosa era que no poseía sabor alguno. Tal vez era mejor así. Perdido en el tiempo, lejos del pasado, ausente del presente e ignorando el futuro, solo estaba, solo observaba lo que le rodeaba; sus ojos divisaban el gris paisaje. De vez en cuando alguna enfermera venía a ver como estaba el paciente. Como siempre, la muerte no llegaría.
Por qué tomar la sopa, por qué beber… por qué no saltar por la ventana o tomar sus vendajes, las puntadas y tanta hechura para perpetrarle la vida de una buena vez y acabar con todo por fin. ¿Por qué no subfugarse a través de la dulce, dulce ausencia permanente? Sus pupilas recorrieron toda la habitación cuando la puerta se abrió y por ella pasó una figura iluminada por la luz.
Allí yacía la razón.
Su rostro era el mismo, sin miedo, pero sin alegría. Pena… eso era lo que le mostraba. Pasando por la habitación, se sentó a su lado.
- Dicen que te has vuelto a abrir las puntadas… - Le dijo con aquella hermosa voz.
No se atrevía a responder, avergonzado estaba. Frígida su respiración, prácticamente cortó el aire por la tensión. En medio del silencio, la voz de la yegua se alzó:
- Solo una palabra, se hubiera llevado el dolor. Con el beso amargo de aquel licor, hubiera bastado mi amor.
El corcel cerró sus ojos para oír esa voz, nada importaba lo que cantaba, solo estar ahí, escuchar a la condesa Coloratura cantando. Sonrió débilmente; ya nada más importaba.
