The Waning (El declive)
[1] Camas de flores: Son trozos o parches de tierra donde sólo crecen flores.
[2] Bocados de Murciélago: Es el nombre del cereal xD
Parte VIII
Alfred pateó la puerta de la tienda de Yao y casi se cae en las escaleras con Arthur desmayado en sus brazos.
"¡Ayuda!" gritó, inquietando a las aves y dragones en sus elevadas jaulas. "¡Yao!, Por favor, ¡Necesito tu ayuda!"
"¿Qué es toda esta conmoción?" Preguntó Yao de mal humor, asomando su cabeza a través de la pared del fondo. "¡¿Por qué perturbas mis cosas?!"
"¡Por favor, es Arthur!" Alfred sostuvo a Arthur en frente. "¡Le dieron con una estaca y no puede recuperarse!"
Yao frunció el ceño, caminando el trecho a través de la pared.
"¿En el corazón?" Preguntó.
"S-sí- pero no entró por completo. La atrapé antes de que… bueno, lo-"
"¿Por qué viniste conmigo?" Preguntó Yao, mirándolo con ojos agudos.
"B-bueno, no parece que haya ninguna clase de hospital por aquí…" Alfred se encogió de hombros con desesperación. "¡Eres la única persona que pensé podría saber qué hacer! "¡Por favor, tienes que ayudarlo!"
Yao retrocedió.
"Tráelo aquí," Dijo. "Le echaré un vistazo. Sin embargo, no puedo prometer nada."
Alfred asintió, siguiendo al espíritu hacia la habitación trasera. Era una pequeña bodega atiborrada hasta arriba con jarros y cajas; había una mesa en el medio, con todo tipo de herramientas, cuchillos y mecanismos de trituración en un extremo. Aquí, claramente, era donde Yao hacía sus varios polvos y pociones.
El espíritu sacudió algunas patas secas de araña y cascabeles de serpiente, dándole una palmada a la superficie de la mesa.
"Déjalo aquí arriba," ordenó.
Alfred obedeció, dejando a Arthur sobre su espalda en la mesa.
"Espera." Frunció el ceño. "Debería darlo vuelta, entró por su espalda-"
"No hay necesidad." Yao le hizo un gesto para que se quedara atrás, antes de meter su traslucida mano en el pecho de Arthur. El vampiro, respirando rasposo, no tuvo reacción alguna a la intrusión.
"Pensé que sólo querías drogarlo," dijo Yao, sintiendo el interior del pecho.
"¡Lo hice!"
"¿Le diste todo el paquete?"
"No- parecía que era mucho-"
"¡Error!" Yao meneó un dedo en su dirección. "¡Los nosferatu son muy resistentes!"
"Lo sé," dijo Alfred sombríamente. "Debí haberme dado cuenta. Si le hubiese dado todo, esto no hubiese pasado."
"¿Te siguió?"
"Sí." Alfred lo miró. "Espera, ¿Cómo sabes que yo-?"
"No soy estúpido," dijo Yao. "Sé que eras del Ejército de Todos los Santos. Te reconozco. Es lo más natural que quieras saber qué te pasó."
"… ¿Supongo que tú no sabes?"
"No tengo idea." Arthur saltó súbitamente, jadeando, líquido negro saliendo de la comisura de su boca. "Ah," Continuó Yao, "que problemático."
El pecho de Alfred se apretó.
"¿Qué es?"
"No puede curarse porque hay astillas de la estaca dentro de él," explicó Yao. "Puedo sentirlas. Es común del Ejército de Todos los Santos el usar maderas que sean fáciles de astillarse. Estas deben haber quedado dentro cuando sacaste la estaca."
"¡Era eso o dejarla entrar hasta el corazón!"
"El menor de dos daños, quizás."
"¿Hay… hay algo que puedas hacer?"
"Puedo sacarlas, pero tomará un tiempo." Yao comenzó a urgirlo hacia la puerta. "También es una operación delicada. Esperas afuera."
"Pero yo-"Alfred pudo ver una última vez a Arthur antes de que Yao lo obligara a salir hacia la sala principal de la tienda, cerrando la puerta detrás de él de un portazo. Los pequeños dragones brillantes y aves comenzaron a trinar y aletear nuevamente, sus jaulas meneándose.
Vagó alrededor de la tienda por un rato, mirando dentro de los jarros y las bolas de cristal, pero estaba tan preocupado por Arthur que el lugar ya no parecía tener el mismo atractivo fantástico que tenía el día anterior. Garabateó una nota para Yao, la dejó en el mostrador central y cruzó la calle hacia el Olivo Sangriento. El lugar era un enjambre de actividad, con la mitad ocupada por Gilbert y su vulgar ejército, bebiendo, gritando y blandiendo espadas. Se mantuvo fuera de vista, ocultándose en una banca del rincón para estar en paz. Antonio, que se supone debería estar sirviendo, estaba sentado con Gilbert y no haciendo nada de ello; así que en vez de él se acercó Ludwig luciendo un poco demacrado.
"¿Sin Arthur esta noche?" preguntó el hombre lobo, anotando su orden.
"Él… tiene otro compromiso," dijo Alfred.
"Ya veo." Ludwig asintió. "Volveré con tu bebida."
Alfred cruzó los brazos sobre la mesa y miró alrededor del restaurante. Con sus recuerdos perfectamente en su lugar, fue capaz de hacer conexiones previamente inhabilitadas para él. Se dio cuenta de que Feliciano y Lovino - actualmente llevando comida al grupo de Gilbert - eran nietos de César. Podía ver el aire familiar en ellos. También reconocía a Gilbert ahora; se había unido al Ejército de Todos los Santos 1945 después de la rendición de Alemania. Hubo rumores de que él había sido S.S o de la Gestapo durante la guerra; de cualquier manera, César lo había reclutado por su particular crueldad. Sin embargo, a pesar de sus credenciales, no había durado mucho tiempo, asesinado por un vampiro tres meses antes del segundo Declive. Al parecer no le había tomado mucho el realinear sus lealtades.
Había, por supuesto, todavía enormes lagunas en el entendimiento de Alfred. Anoche Gilbert le había dicho acerca de los experimentos de Hollows artificiales, de la que él fue el prototipo - pero Alfred no recordaba nada de eso. ¿Tal vez había sido confidencial? Tampoco podía recordar la razón de la súbita agresión y cambio de carácter de Arthur hacia él. Matthew había dado a entender que había sido pura exasperación por culpa de Alfred - pero Alfred no creía que pudiera hacer llegar a Arthur a tal extremo.
Supuso que podría preguntarle él mismo a Arthur - pero no estaba seguro de si él sería honesto. Definitivamente algo había cambiado entre ellos, lo suficiente como para hacer que Arthur se volviera irritable y desconfiado con él.
Alfred supuso que no podía culparlo. Con las órdenes de César modificadas para tomarlo con vida, era en favor de Arthur el ser cauteloso. ¿Qué diablos quería César con él?
Feliciano llegó con su bebida y una hamburguesa doble queso.
"Ciao, ¡Sr. Esposo-del-vampiro!" Dijo alegremente. "¿Solo otra vez?"
"Arthur tiene otro compromiso esta noche." Alfred agarró la muñeca de Feliciano antes de que pudiera irse trotando. "Oye, ¿Puedo preguntarte algo?"
"¡Por supuesto!"
"¿Cuándo fue la última vez que viste a tu abuelo?"
Feliciano pestañeó.
"¿Mi abuelo?"
Alfred asintió.
"Sí. El General Cesar del Ejército de Todos los Santos."
"¿C-cómo sabes que él es mi abuelo?"
"Ate los cabos suelos." Una pausa. "Te pareces a él, ya sabes."
Feliciano mordió su labio inferior. Se veía incómodo.
"En el último Declive," dijo al final. "Él… nos acorralo a Lovi y a mí."
"¿No te hirió?"
"No." Feliciano se encogió de hombros. "… No pudo hacerlo. Nos dijo que corriéramos, así que corrimos." Miró hacia la cocina. "¿Quieres algo más?"
"No, eso es todo, gracias." Alfred le sonrió – pero la sonrisa que recibió era depresiva.
Alfred estudió a Gilbert desde el otro lado del restaurante mientras comía. No recordaba haber tratado mucho con él cuando ambos habían estado en el ejército - pero ahora empezaba a preguntarse si Gilbert podría tener algunas de las respuestas que estaba buscando. ¿Había César dado la orden de que se experimentara en Gilbert? Si era así, tal vez Gilbert sabría la razón detrás por la que deseaban a Arthur capturado vivo - una orden muy inusual, ciertamente, pero que difería de lo dicho por César mientras Alfred estaba vivo. ¿Qué había cambiado?
… ¿Podía ser porque Arthur había perfeccionado un soldado muerto que podía sentir? Alfred sabía que él no era ni vampiro ni Hollow, no un zombi o un fantasma. Lo único a lo que en realidad siquiera estaba cerca era al monstruo de Frankenstein: una plétora hecha a mano de tajos de cadáveres elegidos. Pero Alfred sabía que su fabricación fue en bruto, sin sistema circulatorio o flujo de sangre, poca o nula sensación, costura de mala calidad en algunos lugares. El mismísimo ritual de renacimiento ni siquiera parecía ser complicado. ¿Fue que Arthur simplemente tuvo acceso a textos que el Ejército de Todos los Santos nunca había visto?
Eso tenía que ser lo que querían - y también explicaba en cierto modo por qué César lo quería vivo a él.
Su mente volvió al pasado- antes del Ejército de Todos los Santos, antes de la guerra, antes de Arthur. Su recuerdo del asesinato de tres indigentes de la calle en la edad de quince, ahora se deslizaba sin problemas entre los juegos de pelota con Matthew y sus paseos por bicicleta. Había sido cuidadoso, escogió los que no serían extrañados. Estrangulación, sofocación, puñaladas. No sabía por qué lo había hecho, sólo sabía que había sido invadido por la abrasante necesidad de hacerlo, y que lo había disfrutado. Matthew lo había descubierto cuando enterraba al primero afuera, en el bosque, y se había convertido en un accesorio reacio, un leal confidente. Poco tiempo después del tercer asesinato, se había escurrido hacia la frontera, a Filadelfia para mentir y meterse en el ejército y ahí había acabado el asunto. Podría matar todo lo que quisiera y no habría revuelo.
Sin embargo, sí recordaba el caliente chispazo de placer que había cursado dentro de él cuando mataba al vigilante hacía tres noches, necesariamente, por supuesto, dado que Arthur había estado hambriento. Y ese soldado del Ejército de Todos los Santos, Berwald: defensa propia, era cierto, pero lo había disfrutado. Estaba dentro de él, lo sabía, era lo que Arthur y Cesar habían notado, la razón por la que lo habían escogido entre los demás.
Ciertamente, los monstruos vestían varias caras.
Terminó su comida y dejó el pago sobre la mesa, yéndose del Olivo Sangriento para volver a la tienda de Yao, cruzando la calle. Había pasado una hora aproximadamente y sentía que el espíritu ya había terminado de trabajar con Arthur.
Yao estaba detrás del mostrador, leyendo un delgado volumen chino, atado con papel amarillento. Tenía otro cliente, el residente de Sleepy Hollow, El Jinete sin Cabeza, quien estaba acechando en la parte de atrás de la tienda, mirando las armas (aunque el cómo estaba mirando a lo que sea estaba más allá de la imaginación de Alfred).
"Deberías hablarle," dijo Yao, mirándolo. Hizo un gesto de corte frente a su cuello. "Tú y él tienen mucho en común."
"Gracioso." Alfred llegó al escritorio. "¿Cómo está Arthur?"
"Removí las astillas," dijo Yao. "Fue difícil- pero se recuperará." Le hizo señas, deslizándose a través del escritorio. "Ven."
"Alfred lo siguió hacia la habitación trasera, su corazón en la garganta. Arthur estaba quieto, sobre su espalda, en la mesa, sus ojos cerrados; pero su respiración era tranquila y silenciosa. Yao le había sacado el abrigo gris y lo había tirado a una caja, dejándolo sólo en su chaleco gris.
"Había cincuenta y tres astillas," dijo Yao. "Fue un trabajo arduo sacarlas todas."
"¿Pero está bien ahora?" preguntó Alfred. "¿Estás seguro?"
"Lo estará. Aún necesita tiempo para recuperarse. Una estaca en el corazón no es una cosa poca en un vampiro." Yao se desplazó hacia la mesa y levantó un pesado tomo en chino. "Investigué un poco. La mejor forma de que se recupere rápidamente es sellarlo en su ataúd por veinticuatro horas –enterrarlo, si es posible."
"¿Enterrarlo?" Repitió Alfred. "¿Vivo?"
"Bueno, ese es el punto," dijo Yao con frialdad. "No está vivo. Los vampiros se crean a partir de cadáveres. Re-enterrarlos por un corto periodo de tiempo es un método de renacimiento, parece ser." Yao se encogió de hombros. "Por supuesto, esto hablando de vampiros chinos- pero espero que tenga el mismo efecto."
"Ok." Alfred frunció el ceño. "Aunque no sé si Arthur tiene clavos. O un martillo, ya que hablamos de eso."
"Estoy seguro de que puedo encontrar algo para ti," dijo Yao. "Por el precio justo."
"Por supuesto." Alfred se resistió a rodar los ojos.
"¿Tiene un ataúd?"
Sí. Duerme en él."
"Muy bien." Yao dejó el pesado libro y flotó de vuelta hacia su tienda. "Entonces, ven."
Alfred asintió, cruzando hacia la mesa para tomar a Arthur. Se sacó la chaqueta de bombardero a sacudidas y envolvió al vampiro en ella. Arthur no se movió, pero Alfred no estaba sorprendido; supuso que el cuerpo de Arthur estaba usando toda su energía en reparar el daño provocado por la estaca.
"Oh." Yao reapareció nuevamente, señalando hacia el abrigo gris. "Deberías tomar eso."
"Está arruinado." Dijo Alfred. "Arthur lo ensangrentó hasta afuera."
"Es tuyo," respondió Yao. "del Ejército de Todos los Santos."
"O-oh." Alfred frunció el ceño. "¿Por qué lo est-?"
"Buena pregunta." Yao lo cogió y lo puso en el brazo de Alfred. "No tengo ningún uso para él. Por favor tómalo."
Alfred lo tocó por un momento, logrando ponerlo bajo su brazo mientras aún sostenía a Arthur. Emergiendo hacia la tienda, encontró que Yao había dispuesto un martillo y algunos clavos para él de quizás Dios sabe dónde. El Jinete sin Cabeza se había ido, pero en su lugar había dos brujas y un centauro examinando los libros.
"¿Cuánto te debo?" Preguntó Alfred. "Ya sabes… ¿Por ayudar a Arthur?" Yao parecía un negociador perspicaz y no esperaba que este servicio fuese gratis.
"Así de cerca del Declive no te cobraré," respondió Yao, haciendo sonar el martillo y los clavos.
Alfred estaba sorprendido.
"¿No lo harás?"
"No. En vez de ello, propongo un cambio por mis servicios." Yao lo miró. "El Jeep que dejaste atrás de mi tienda."
"¿Quieres el Jeep?" Alfred frunció el ceño levemente ante las pequeñas y traslucidas manos de Yao y su ropa de la dinastía Han. "¿Siquiera puedes conducir?"
Yao rodó los ojos.
"No es para mí." Dijo. "¿Qué uso podría darle? Sin embargo, así de cerca del Declive, puedo encontrar fácilmente a un comprador."
Maldición. Para empezar, parte del motivo por el que Alfred había robado el Jeep era porque había pensado que sería útil en Halloween. Yao seguramente se lo vendería a gente como Gilbert por un precio inflado. Sin embargo, con Arthur a salvo en sus brazos, y en camino a recuperarse, sintió que no podía negarse. Yao ya había pagado su parte del trato, y Alfred, con su memoria restablecida, sentía que Arthur valía veinte Jeeps.
"Bien." Buscó las llaves en el bolsillo de su chaqueta de bombardero, y las tiró con un tintineo en el escritorio. "Aunque está bastante dañada. Los que ellos usan son de la guerra."
"Puedo obtener un buen precio por ella," dijo Yao nuevamente. "Siempre saco buen dinero de las armas en esta época del año."
"¿Armas?"
"Debemos hacer todo lo que podemos para sobrevivir," dijo Yao, encogiéndose de hombros. "Espero que estés preparado para estar en el otro lado del baño de sangre."
Alfred miró a Arthur.
"Tan preparado como puedo estarlo, supongo," dijo.
"¿Tienes un arma?" preguntó Yao. "Sé que Kirkland trae una Browning Hi-Power y una espada. Deberías tener algo."
"Tengo una bayoneta que él me dio."
"No es suficiente." Yao negó con la cabeza. "Ven, te mostraré la bodega de las armas."
Un súbito pensamiento entró en la cabeza de Alfred.
"Oye," dijo, "¿Tendrás, de casualidad, alguna motosierra?"
La caminata de vuelta –sin el Jeep, en el que pensó que podía contar- cargando a Arthur, un pesado abrigo y una motosierra gasolinera de hierro, fue agotadora. Más de una vez maldijo a Arthur en voz alta por ser un rarito solitario que vivía tan lejos del pueblo- y sobre una colina, ni más ni menos. Cuando finalmente volvió a la casa, los bordes del cielo comenzaban a volverse violetas, incluso un poco rosados, y comenzó a notar qué tan cansado estaba. Entrando a tropezones, tiró la motosierra y el abrigo en el sillón y dejó a Arthur con un poco más de cuidado sobre el sofá antes de ir escaleras arriba para traer el ataúd. Lo arrastró hacia abajo sin mucha gentileza, golpeándolo en cada escalón y rezando porque la endeble cosa vieja no se partiera en dos, y entonces la elevó sobre su hombro para levarlo al jardín. No había estado antes en el jardín trasero, más preocupado en tratar de revelar los particulares misterios de su pasado, y encontró que era pequeño y lindo y bien cuidado, con pulcras camas de flores [1] pegadas las unas con las otras, brillando con los comienzos del rocío. No estaba sorprendido, de algún modo; pero la tendencia hacia la jardinería seguramente significaba que Arthur probablemente tenía herramientas para cavar en algún lado. Rebuscó alrededor en el pequeño cobertizo en la pared de atrás y pronto se encontró con una pala; y sin reparos ni tiempo que perder, comenzó a cavar una tumba poco profunda para Arthur en el inmaculado césped. Trabajó rápido, haciéndola justo para las proporciones del ataúd, no mucho más profunda ni ancha, después de todo, no era una tumba real y sólo debía servir por veinticuatro horas. A este ritmo Alfred probablemente ni siquiera necesitaría desenterrarlo él mismo. Dejó el ataúd dentro y fue a buscar a Arthur y los clavos. Tomó también algunas almohadas y una sábana de antes bajo su brazo, sabiendo que Arthur no dormía en la madera descubierta, sino que le gustaba un poco de comodidad.
Arthur al final se movió un poco cuando Alfred, gentilmente, lo dejó dentro del ataúd. Sus fosas nasales se expandieron y Alfred sabía que él podía oler la tierra.
"Oye, voy a enterrarte por un rato, ¿Sí?" dijo amablemente. "Yao dijo que te ayudaría a recuperarte de la estaca."
"Bien." Arthur no parecía ni remotamente molesto por ello, lo que Alfred tomó como una buena señal. "… ¿Cavaste en mi maldito césped?"
"Lo siento." Alfred hizo una mueca. "Tuve que hacerlo. Lo arreglaré cuando te desentierre."
"Más te vale."
"¿Te… sientes bien?" Preguntó Alfred. "¿Cómo se siente tu corazón?"
"Mucho mejor. Sólo me siento… bastante débil." Arthur sobó su mejilla. "Como si necesitara dormir."
Alfred sostuvo el martillo y los clavos.
"Ok, bien, te clavaré ahí dentro."
"Está bien." Arthur bostezó. "Sólo no me olvides o me enojaré mucho cuando salga."
"Heh, no me atrevería." Alfred mordió su labio. "Mira, siento haber… haberte drogado, de verdad necesitaba saber qué-"
"Discutiremos esto cuando despierte," dijo Arthur. "No tengo la fuerza para esto ahora."
"Ok." Alfred exhaló- entonces se inclinó en la tumba y besó a Arthur en la frente. "Estoy feliz de que estés bien."
"Mm." Arthur volteó su cara lejos de él. Parecía desconcertado. "Gracias por salvarme- incluso si eres el culpable en primer lugar."
"Lo sé, yo sólo… no era mi intención que tú-"
"Si vas a enterrarme, será mejor que ya lo hagas," le cortó Arthur. "Puedo escuchar el canto de las alondras."
"Oh. Um, está bien." Alfred lo miró voltear a su lado, acurrucándose en la cobija. Su anillo captaba la neblina azul del amanecer, la esmeralda brillando, y con un salto, Alfred lo reconoció.
Quería hablar sobre ello, pero no podía. No sabía qué decir. Sobó con su pulgar el suyo, su uña raspando sobre los surcos.
"No esperes a que el maldito sol suba más," gruñó Arthur, jalando la sábana sobre su cabeza. "Sabes que no me gusta."
Alfred no dijo nada más, puso la tapa del ataúd para sellar a Arthur dentro. Golpeó los clavos, doce esparcidos por el borde tan equitativamente como le fue posible, y llenó la superficial tumba con una mezcla de tierra y césped. Supuso que el vampiro no tendría problemas respirando, pero de todos modos no apretó mucho la tierra. Dejó la pala enterrada en la zona de la cabeza, como una lápida improvisada y se encaminó hacia dentro de la casa, estirando sus músculos adoloridos. Estaba exhausto y su cabeza estaba llena de un manojo de preguntas y conexiones y memorias a medio terminar. Dormiría con ellas, pensó, y entonces él y Arthur se sentaran esa noche y conversaran, quizás sobre una agradable cena. La noche del día siguiente sería Halloween, después de todo, y sabía que se estaba quedando sin tiempo para encajar todo.
Estaba tan cansado que cuando finalmente llegó a su cama- casi a las seis en punto- lo único que notó fueron los trozos de espejo roto por todo el piso.
Despertó por los pesados golpeteos en la puerta del frente, haciendo eco por toda la casa. Volteó y agarró el reloj. Seguramente no podía ser ya tarde, ¿Verdad? Arthur no estaría martilleando la puerta de ese modo, como sea; lo había enterrado con su ropa, seguramente tenía la llave.
Eran las dos de la tarde. Alfred frunció el ceño cuando los golpes continuaron. ¿Quién demonios sería a esta hora? Esta era la casa de Arthur, sólo podría ser alguien que venía a verlo- pero él era nocturno y seguramente cualquiera que lo conociera estaría al tanto de sus horas. (A pesar del hecho de que actualmente estaba enterrado en el jardín.)
Los golpes no pararon, creciendo más frenéticos e impacientes, y Alfred comenzó a temer que el visitante patearía la puerta hasta sacarla; así que salió de la cama, agarró sus gafas, rápidamente se puso una camiseta y pantalones y bajó las escaleras de tres en tres. Peleó torpemente la cerradura de la puerta, finalmente abriéndola para encontrar a Gilbert Beilschmidt, cuadrando sus hombros con los paneles de vidrio con diseños de rosas.
"¿Puedo ayudarte?" Preguntó Alfred fríamente, ajustando sus lentes.
"Oh, eres tú." Gilbert se enderezó. "Te tomó bastante."
"Estaba dormido."
"¿La sanguijuela te ha hecho cumplir sus órdenes ahora?" Gilbert lo empujó y entró al salón. "Ve a buscarlo. Quiero hablar con él."
"No puedes," dijo Alfred. "Lo enterré."
Gilbert pestañeó, mirándolo.
"Lo enterraste."
"Sí." Alfred asintió una vez. "Le llegó una estaca en el corazón. Se está recuperando en su ataúd."
Gilbert arqueó las cejas.
"Bueno, anda y despiértalo."
"No. Vuelve en la noche."
"Ugh." Gilbert rodó sus rojos ojos. "Después de haber venido hasta aquí."
"No es como si hubieses caminado," dijo Alfred, señalando con la cabeza hacia el Jeep tirado desordenadamente sobre el césped delantero de Arthur. "¿Asumo que Yao te ofreció un buen trato?"
"Nah, me estafó. Siempre lo hace en esta época del año." Gilbert le sonrió. "Escuché que la robaste justo debajo de sus narices, bastardo imprudente."
"No tenía muchas opciones." Alfred le envió una mirada significativa. "Esperaba que fuese útil en Halloween."
"Lo será, no te preocupes por eso, yankee." Gilbert se detuvo, estudiándolo por un largo momento.
"¿Qué?" Dijo Alfred, defensivo.
"Me acabo de dar cuenta de que serás más útil que Drácula," dijo Gilbert, rascando su cuello. Se alejó caminando. "De todos modos, él nunca me cree."
"¿Creerte?" Alfred lo siguió hacia la ordenada sala de estar color pastel. "¿Qué?"
"Hazme una taza de café y te diré." Gilbert se dejó caer en uno de los sillones, acomodándose. "Negro, tres de azúcar."
Alfred no dijo nada, quedándose de pie en el umbral, mirándolo.
"Arthur no te ha entrenado para ser una esposita muy buena," dijo Gilbert a la ligera, sacándose las botas. "Aunque dudo que eso fuese lo que quería. Si alguien es la esposa, ese es él, ¿Verdad?"
"Dios, ¿Siempre eres así de maleducado cuando vas a la casa de alguien?" Alfred no pudo detenerse a pesar de no tener él mismo los mejores modales.
"Usualmente. Aún así, tú tampoco eres muy educado, Jones. No eres un anfitrión muy amable con tus invitados."
"¡Dices eso como si te hubiese invitado!"
"Lo que sea. ¿Quieres oír lo que tengo que decir o no?"
Los ojos de Gilbert brillaron y Alfred cedió finalmente, la curiosidad ganándole.
"E-está bien. Espera aquí, no tardaré." Caminó a la cocina, bastante seguro de que Gilbert tenía planes de poner los pies sobre la mesa de café- algo que ni siquiera él haría. Arthur, sabía, estaría furioso si se enterara de que Gilbert estaba en su casa, revoloteando sobre sus muebles rosados y verde menta.
Hizo el café y lo llevó en una bandeja con algunos restos de donas. Gilbert lo miró con interés mientras dejaba la bandeja abajo- sacando los pies del lugar.
"Quizás, te ha entrenado bien, después de todo" Ladeó la cabeza mientras Alfred se enderezaba. "¿Sin delantal de encaje?"
"Cállate." Alfred se hundió en el sofá junto a su motosierra, alcanzando su propio café. Miró cómo Gilbert tomaba un sobro deliberadamente experimental al suyo. "¿A su gusto, majestad?"
"Está bien." Gilbert agarró una dona con crema y la llevó a su boca. "Nadie lo hace como West."
"A já." Alfred movió su café. "Dime lo que quieres decir para poder volver a la cama."
"¿Qué recuerdas sobre el Ejército de Todos los Santos? ¿Algo?"
"En realidad, recuperé mi memoria. Bueno, la mayoría."
"Huh." Gilbert entrecerró los ojos hacia él. "¿Drácula te golpeó en la cabeza o algo?"
"Es una larga historia. El punto es que ahora recuerdo casi todo." Alfred lo señaló. "Te recuerdo, Teniente Beilschmidt."
"Bien. Podemos saltarnos las sutilezas." Gilbert se inclinó en su silla. "El Baile de las Almas. La Corte de los Huesos."
Alfred pestañeó.
"¿Qué?"
"Hm." Gilbert se inclinó nuevamente, mirándolo, pensativo. "Bueno, no esperaba que Arthur hubiese sido directo contigo…"
"Mira, ¿De qué estás hablando?" Demandó Alfred. "¿Ejército de Todos los Santos? ¿Corte de los Huesos? ¿Arthur? ¿Qué tiene que v-"
"En la tarde posterior a Halloween, hay un baile celebrado en el Mundo de los Expulsados para los sobrevivientes del Declive," interrumpió Gilbert. "Bueno, se ha convertido en un evento de los sobrevivientes desde que volvieron establecer el Declive- el baile siempre ha seguido después de Halloween. Se llama El Baile de las Almas."
Alfred se encogió de hombros.
"¿Y qué? ¿Trata de no ensuciarte mucho en Halloween?"
Gilbert emitió una risa nasal.
"El Baile de las Almas es la noche en el año en que la Corte de los Huesos deja que se entre a su círculo privado," dijo, bajando la voz.
"¿Qué es la Corte de los Huesos?"
"Los Ancianos del Mundo de los Expulsados," dijo Gilbert. "Vampiros de miles de años, más poderosos de lo que pudieras imaginar. Nunca los he visto. Para que te den una audiencia tienes que haber sobrevivido por lo menos quinientos años."
"Si son tan poderosos, ¿Por qué no han acabado con el Ejército de Todos los Santos?" Preguntó Alfred, dando un sorbo a su café.
"Supongo que no les interesa." Gilbert se encogió de hombros, los flecos en sus hombros moviéndose. "Bastardos egoístas. Pero no tienen nada en juego, verás. Incluso en Halloween, su plano existencial es impermeable. Son una ley entre ellos mismos." Gilbert estudió a Alfred por un largo momento. "¿Cesar nunca te los mencionó?"
"No que recuerde." Alfred frunció el ceño. "¿Estás seguro de que sabe sobre ellos?"
"Oh, lo sabe. Estoy bastante seguro de que está detrás de ellos."
"¿A qué te refieres? ¿Por qué Cesar querría un grupo de vampiros viejos?"
"No los quiere a ellos." La voz de Gilbert bajó a un tono de conspiración. "Ellos tienen armas, Jones. Armas como nunca las has visto antes, nada de lo que siquiera podrías soñar. Cesar las quiere- y si las consigue las usará para deshacerse de nosotros." Sonrió. "Pero planeo obtenerlas yo primero."
"¿Y qué harás con ellas?" preguntó Alfred secamente.
"Destruir al Ejército de Todos los Santos, por supuesto." Gilbert apoyó su cabeza contra los almohadones. "Después quizás dominar el mundo. Veré cómo me sienta."
"Sí, claro." Alfred rodó los ojos. "¿Cómo sabes si las armas son reales? Dijiste que nunca has visto a los Ancianos."
"Cesar me contó de ellos- cuando me acababan de despertar del experimento de los Hollow. Por eso quería Hollows artificiales. Pensó que podría usarnos para entrar en la Corte de los Huesos."
"¿Pensé que tenían que tener quinientos años?"
"Bueno, entrar a la fuerza, por supuesto."
"¿Y le crees?"
"No al principio- pero está mencionado en varios textos viejos en latín del Vaticano. Me los mostró él mismo."
Alfred se sentó, moviendo el café alrededor de la taza. No sabía qué pensar. Seguro, no tenía todos sus recuerdo- el distanciamiento entre él y Arthur aún un dibujo en blanco- pero de verdad no podía recordad que Cesar le hubiese mencionado alguna vez la Corte de los Huesos o armas o su deseo de poner sus manos sobre ellas. Alfred sabía que había sido de rango alto, confiado por Cesar; ¿Por qué el general lo hubiese mantenido tan secreto?
"¿Arthur lo sabe?" Preguntó Alfred al final. "¿Sobre las armas?"
Gilbert frunció los labios.
"Esa es la cosa," dijo. "No cree que existan. O eso dice, como sea."
"¿Por eso lo llamar traidor?"
"Parcialmente. También porque solía andar contigo, ¿recuerdas?" Gilbert sonrió. "Cuando aún estabas vivo."
"¿Sabes por qué me mató?" Alfred bajó la voz, a pesar del hecho de que Arthur estaba enterrado afuera en un ataúd. "Es el recuerdo que no recuperé."
Gilbert se encogió de hombros.
"Que me parta un rayo si lo sé. Siempre pensé que era porque se había cansado de arriesgar su cabeza por una cogida fácil."
Alfred le miró con odio.
"Bueno," dijo rígidamente, "si está tan determinado a que las armas no existen, ¿Qué quieres con él? Supongo que esta es una conversación que tú y él han tenido antes."
"Tantas veces," Gilbert gruñó. "Pero este año es diferente. Es hora de la verdad; ¿Y sabes por qué?"
"Arthur," Alfred se dio cuenta. "Él… él tiene quinientos años."
"Exacto." Gilbert sobó sus manos. "Le darán acceso a la Corte de los Huesos- y voy a usar la apertura para tomar esas armas."
"¿Y qué quieres conmigo?" Preguntó Alfred. "Si no te cree a ti, entonces definitivamente no me creerá a mí-"
"No, no, no se lo digas," Le cortó Gilbert. "Ni siquiera le digas que estuve aquí, sólo lo enojará. Iba a intentar hacer algún trato con él, pero creo que puedo sacarte más partido a ti."
"N-no entiendo." Alfred negó con la cabeza. "¿De qué te puedo servir?"
"No te preocupes por eso ahora mismo." Gilbert acabó su café y dejó la taza en la mesa, sacando dos donas más y metiéndolas en sus bolsillos. "Primero tenemos que luchar en el Declive." Señaló la motosierra, afirmada contra el brazo del sofá, con la cabeza. "Veo que tienes su arma electa."
"Yao dijo que una bayoneta no sería suficiente."
Gilbert rió ásperamente.
"No en Halloween, ¡No lo será!" Se levantó, llegando a la puerta; Alfred lo siguió hacia el salón.
"Pensé que me pedirías que me uniera," admitió.
"¿Al Ejército de Todas las Almas?" replicó Gilbert. "No es un ejército real- no como el de Todos los Santos. No aún, de todos modos. Cuando consiga esas armas…"
"Aún así, pensé que eso era lo que querías." Alfred abrió la puerta principal para él.
"Suenas decepcionado."
"No especialmente."
"Heh." Gilbert le sonrió. "No creo que hayas decidido aún de qué lado estás, Jones." Metió sus manos en los bolsillos de su gran abrigo mientras salía del umbral delantero.
"No es eso-"Comenzó Alfred a la defensiva.
Gilbert meneó su mano.
"No te culpo," le interrumpió. "Es inteligente el primero considerar tus opciones. Aún así…" Otra sonrisa, todos sus blancos dientes brillando. "… creo que el Declive de este año será muy interesante."
Saludó militarmente- Alfred lo reconoció como el saludo de Todos los Santos- y caminó con elegancia a través del césped hacia el Jeep. Alfred se quedó de pie en el frente de la casa y lo miró abrir la puerta abollada y meter su pierna.
"¡Oh!" Gilbert se detuvo, colgando en el borde de la puerta. "Quizás, si planeas volver a huir al Otro Mundo esta noche, ¡puedas preguntarle al mismísimo Cesar sobre las armas!" movió la mano alegremente. "Auf weidersehen!"
Se marchó, surcando sobre la precisa cama de tulipanes de Arthur antes de desviarse hacia el camino de tierra y fuera de vista. Alfred dejó que la puerta se cerrara con un golpe, de repente sintiéndose agotado nuevamente. El café, sintió, no había hecho mucho para despertarlo, no en la presencia de Gilbert Beilschmidt, por lo que tomó la bandeja y la dejó en el aparador de la cocina antes de ir al piso de arriba a la cama. Simplemente se quitó las gafas y se desplomó de bruces sobre el colchón, aún con ropa puesta. Otras pocas horas, pensó, y luego tendría que empezar a tomar algunas decisiones.
Cuando despertó la segunda vez, fue con el sonido de las puertas de armario abriéndose. Era el atardecer y la lámpara sobre la mesita de noche estaba encendida. Se movió para sentarse y sobar sus ojos- y encontró que no podía. Estaba atado por sus muñecas a los postes de la cama.
"¡¿Qué carajos?!" Se tensó con ellas, moviendo sus manos hacia adelante y atrás para intentar soltarlas de la cuerda.
"Oh, estás despierto." Arthur se volteó hacia él; su cabello estaba desordenado y su ropa arrugada y con barro por su tumba improvisada. Aparte de eso se veía muy saludable, a mitad de escoger nueva ropa.
"¡Arthur!" Alfred se esforzó para mirar el reloj, pero no lo podía ver bien sin sus lentes, que estaban en la mesita de noche. "¿Qu-qué hora es?"
"Son las ocho en punto," dijo Arthur calmadamente.
"¡No han pasado veinticuatro horas!" Alfred luchó con sus ataduras. "Yao dijo que debías estar enterrado por vieinticua-"
"Un límite aproximado, estoy seguro. Me siento perfectamente bien."
"¿Cómo te saliste?"
"Un vampiro puede salir fácilmente de un ataúd sellado. Es un método de sobrevivencia- a veces nos entierran por equivocación. Me ha pasado varias veces en el ejército; tienes una herida seria, ya sabes, del tipo que mataría a un humano, y mientras te estás recuperando algún idiota toma tu cuerpo y lo entierra. Es más inconveniente."
"Estoy seguro de que lo es." Alfred jaló las cuerdas otra vez. "¿Por qué me ataste a la maldita cabecera?"
"Porque tengo que salir y hacer algunos trámites pre-Declive y no confío en ti," dijo Arthur simplemente. "Especialmente no después de la noche de ayer. Casi hiciste que me mataran."
"¡Oye, te salvé!"
"Así es." Arthur puso ropa limpia sobre su brazo y se fue hacia la puerta. "Voy a bañarme y cambiarme. Te dejaré saber cuándo me vaya."
"Arthur, ¡No puedes s-"
Pero Arthur se había ido. Momentos después Alfred lo oyó cerrar la puerta del baño y comenzar a correr la ducha. Decidió no pelear por ahora; quizás si Arthur viera lo bueno y obediente que era capaz de ser, entonces lo desataría.
Aún así sabía que Arthur no era estúpido. Probablemente sabía que Alfred planeaba volver al Otro Mundo una vez más; y tenía un supra humano sentido del olfato y seguramente estaba perfectamente al tanto de que Gilbert había estado en la casa. Alfred supuso que no lo podía culpar por ser cuidadoso, no después de la noche anterior.
Pero era muy maleducado de su parte el atarlo mientras dormía; casi tan maleducado como matarlo y cortarle la cabeza.
Arthur volvió vistiendo pantalones grises bien planchados y un suéter color borgoña con cuello en v sobre una camisa y una corbata.
"Eres el vampiro más temible que he visto," dijo Alfred con rostro inexpresivo.
"No todos vestimos capas de terciopelo y esmoquin," respondió Arthur fríamente, yendo hacia el armario por su abrigo. "Mezclarse es una manera de sobrevivir. Además, hace frío afuera en esta época del año."
"¿Qué le pasó al abrigo que vestías anoche? ¿El gris?"
Arthur se detuvo. Alfred lo miró con cuidado.
"Es mío," dijo después de un rato, determinado a hacer al vampiro hablar. "Sé que lo es. ¿Por qué lo vestías? Sé que te di la chaqueta de bombardero- pero no te di eso."
(Aunque quizás sí lo había hecho. No podía recordarlo.)
"Me llevó hacia a ti," dijo Arthur eventualmente. "Así es como fui capaz de encontrarte ayer en la noche."
"No estaba al tanto de que los abrigos tuvieran esas propiedades mágicas."
"Es porque lo estabas vistiendo cuando moriste." Arthur se deslizó pasando de la cama, hacia la puerta. "Debo irme. Te veré luego."
"¡Espera!" Alfred jaló furiosamente de sus ataduras mientras el vampiro dejaba la habitación. "Arthur, ¡No puedes volver a salir! ¡Es peligroso! ¡Después de anoche probablemente estén esperando por ti!"
"Puedo cuidarme solo, gracias." Arthur le envió última mirada fulminante. "Buenas tardes."
Alfred se sacudió con rabia en la cabecera. "Arthur, ¡No te atrevas a dejarme aquí! ¡Vuelve y desátame! ¡Arthur!"
Arthur no lo hizo. Alfred escuchó la puerta principal cerrándose momentos después y comenzó a maldecir, llamando a Arthur de distintas formas bajo el sol- que no hacía mucho para ayudarlo en su situación, pero lo hizo sentirse un poco mejor.
Cuando se calmó, comenzó a torcer y jalar la cuerda nuevamente, tan fuerte que el metal de la cabecera se sacudió. Sin embargo, los nudos eran muy fuertes, y Alfred recordó melancólicamente el haber visto uniformes navales en el armario, sin mencionar las historias de la piratería de Arthur en los altos mares. No había duda de que sabría cómo atar un nudo.
Se quedó acostado un momento, pensando. Sus manos estaban cosidas en las muñecas, y, por consecuencia, eran desmontables. Sabía que no podía perder la izquierda- porque si el anillo se separaba del resto de su cuerpo perdería el sentido- pero la derecha, su mano dominante, era contendiente. Quizás, si pudiese liberarla, podría intentar desatar los nudos en vez.
Apoyó la palma de la mano derecha contra el nudo y trabajó contra la cuerda, tirando y girando, sintiendo el hilo comenzando a estirarse.
"Vamos, bastarda", dijo entre dientes, dando un tirón extra fuerte; sintió el hilo romperse y fue capaz de sacar su cortada muñeca, arrastrando lejos el hilo. Esto dejó su mano aferrada como una araña a la cima de la cuerda. Todavía tenía un poco de control sobre ella, aunque era trabajoso el poder hacerla hacer exactamente lo que quería, y lo que estaba destinado a ser un salto elegante de las sábanas era realmente más bien un salto poco glamoroso. Ya podía ver que el tratar de soltar el nudo iba a ser una tarea imposible con tan patética coordinación, por lo que decidió enderezar la mano mientras pensaba un poco más. Correteaba aturdida por las sábanas arrugadas más o menos por cuenta propia.
"¡Oh!" Alfred se encontró pensando en voz alta. "¡El espejo! Hay algunos trozos del espejo roto en el piso." Dirigió la mano al final de la cama, donde cayó por el borde del camarote y aterrizó sobre la alfombra con un ruido carnoso. Ahora no la podía ver y tenía muy poca sensibilidad en los dedos, así que la envió correteando por los alrededores a ciegas, hasta que encontró algo que se sentía vagamente largo y puntiagudo. La sujetó entre los nudillos del segundo y tercer dedo y usó la sábana que colgaba para escalar la mano hacia la cama. Emergió por el borde como un soldado que volvía sujetando su premio plateado- que terminó siendo un decepcionante y chueco espécimen, más en el lado de lo pequeño.
Tendría que servir- y era mejor que nada, supuso. Movió su brazo y dejó que la mano volviera a él, aferrándose a su muñeca mientras la elevaba hacia la cuerda que restringía su mano izquierda en la cabecera. Tomó bien el trozo de espejo en su mano y comenzó a intentar romper la cuerda- pero con la mano despegada de su muñeca, no tenía el poder de los músculos de su hombro y brazo tras ella. Se dio cuenta, con frustración, que no iba a cortar la cuerda, no importaba qué tan grande o filoso fuese- pero esto era lo único en lo que podía pensar, y todo a lo que tenía acceso. Tenía que intentarlo, incluso si-
El vidrió se quebró, dejándolo con un pequeño trozo rectangular.
"Oh, ¡Tienes que estar jodiéndome!" Gimió con rabia, tirando el espejo a través de la habitación. Volvió a caer sobre la almohada y tiró su brazo sobre su cara, enojado. Su mano cercenada le dio palmaditas comprensivas.
"¿Tienes problemas?"
Alfred saltó. Pensó que estaba solo- perfectamente lógico, dada la gran salida de Arthur. Encontró a Francis flotando cerca del sillón caído, luciendo su pálido azul Romántico.
"Dios, ¡Me asustaste!" Alfred le entrecerró los ojos. "¿Cómo coño te metiste?"
"A través de la pared. No tengo necesidad de usar puertas." Francis se deslizó hacia la cama. "¿Qué te pasó?"
"Arthur me ató."
Francis elevó sus cejas.
"No tenía idea de que le iban estas cosas," dijo finamente.
"Oh, por favor. Me ató para que no me escapara, estúpido."
"¿Escapar? ¿Ya te cansaste de él? Con suerte han sido cinco días." Francis se encogió de hombros. "Aunque supongo que no puedo culparte-"
"¡Para que no escapara hacia el portal!" Le cortó Alfred de mal humor. "Mira, ayúdame, ¿Sí?"
"Bien, bien." Francis se acercó a su atada mano izquierda, echando a la mano derecha- la cual correteó como un cangrejo al ser descubierto. Se inclinó para examinar el nudo. "No cortarás esta cuerda con un trozo de espejo, cherie," dijo.
"Valía la pena intentarlo," gruñó Alfred. "¿Qué sugieres tú?"
"Bueno, ¿Lo que hiciste con la mano derecha pareció funcionar, non?"
"No puedo soltar la izquierda," dijo Alfred. "El encantamiento que me mantiene… bueno, vivo, está en el anillo. Tú hiciste el matrimonio, ¿recuerdas?"
"Ah, oui, oui." Francis frunció el ceño, mirando el anillo. "¿Así que si lo sacas…?"
"Pierdo el sentido," finalizó Alfred. "Vuelvo a ser una pila de trozos de cuerpos."
"¿Que se recupera de inmediato, asumo, cuando el anillo vuelve a estar en tu poder?"
"Bueno, sí- pero esa no era realmente una opción-"
"Quizás no cuando estabas solo," interrumpió Francis. "Pero yo puedo volver a coser las manos por ti. Estarás inconsciente por unos cuantos minutos a lo más."
"Bueno…" Alfred jaló experimentalmente la soga otra vez. El nudo no cedió para nada. "Supongo que no tengo más opción."
"Pareciera que no," convino Francis. "¿Sabes en dónde guarda Arthur sus set de costura?"
"Uh, trae uno con él."
"Eso no me ayuda en este momento, cherie." Francis flotó hacia el vestidor y comenzó a revisar los cajones. "Aquí, ¿quizás?"
"No sabía que podías tocar cosas," dijo Alfred, mirándolo descartar todo tipo de cosas- lápices, calcetines, bolsas con patas secas de cuervos- sobre el piso.
"Es difícil el sostener," respondió Francis. "Puedo hacerlo por un máximo de diez minutos como mucho- es un gran esfuerzo. Por eso no puedo comer. ¡Ah!" Volvió con una pequeña canasta de mimbre con agujas, hilos y varias costuras a medio terminar. "Y mira, aquí hay tijeras."
El fantasma trajo las cosas hacia la cama, dejándolas en el camarote y flotando por encima con las tijeras para separar la mano izquierda de Alfred de su muñeca.
"¿Estás listo?" preguntó educadamente.
"Supongo." Alfred le entrecerró los ojos. "Sólo intenta no cortarme un dedo."
"No prometo nada."
Alfred perdió la consciencia cuando Francis cortó cuidadosamente el último hilo y tomó la mano. Cuando despertó estaba acostado en su espalda con Francis a horcajadas sobre él, terminando las costuras para pegarlo. No era tan ordenado como las de Arthur- lo que tenía sentido, si los aros de bordar y las elaboradas rosas azules y escarlata eran algo que tener en cuenta.
"Um." Alfred frunció el ceño. "No es como si pesaras algo, pero... ¿Tienes que estar sentado en mi pecho?"
"¿No gano nada por mis servicios?" Se lamentó Francis, levantándose para sentarse en el aire con las piernas cruzadas. "Como sea, ya está. ¿Cómo te sientes?"
Alfred se sentó, probándolas; volteándolas a un lado y al otro, doblando los dedos y haciéndolas puño.
"Se sienten genial." Alcanzó sus lentes y se los puso, enfocando la habitación. "Gracias, Francis."
"De nada, mon cher." Flotó hacia la puerta mientras Alfred se levantaba, enderezando su espalda con un sonido de satisfacción. "Cuidado con tus pies, hay vidrio en todas partes."
"Sí, parece que Arthur rompió el espejo," dijo Alfred, pisando con cuidado sobre el desorden. Pensó en la noche anterior- cómo Arthur había sido invisible por un momento, entonces visible al siguiente bajo las poderosas luces purpuras. 'Escudo de espejo' ¿No era así como lo había llamado Matthew?
"Escudo de espejo," dijo, mirando a Francis. "¿Sabes lo que es?"
"Ahh." Francis asintió, comprendiendo. "Oui, eso tiene sentido. Es un viejo truco de vampiros, les da un tipo de invisibilidad."
"¿Cómo funciona?" Alfred bajó sin zapatos las escaleras, el fantasma flotando atrás de él.
"Bueno, los vampiros no tienen reflejo. El Escudo de Espejo proyecta hacia afuera este fenómeno, haciéndolos invisibles para la mayoría de las criaturas. Por supuesto que otros vampiros aún pueden verlos."
"¿Y qué sobre el Declive?" Preguntó Alfred, encendiendo la luz de la cocina. "Parece tonto de parte de los vampiros el no usarlo."
"No funciona cuando desaparece la barrera," dijo Francis. "La Víspera de Todos los Santos acaba con varias de las grandes comodidades y protecciones de la población sobrenatural. Los Escudos de Espejo no funcionan, los hombres lobo no pueden transformarse, muchos hechizos y maleficios no tienen efecto." Francis se encogió de hombros. "Es una noche muy curiosa. Nos pone a nosotros, los seres sobrenaturales, en una gran desventaja."
"Huh." Alfred se sirvió un poco de cereal- Bocados de Murciélago [2], maravillosamente tonto- y puso algo de café en la máquina. "Lo siento, te ofrecería algo, pero…"
"No te preocupes." Francis se hundió en una de las sillas y comenzó a acicalarse usando el reflejo en la tetera.
"Como sea, ¿Qué haces aquí?" preguntó Alfred, inclinándose contra el borde para comer sus Bocados de Murciélago. "¿Buscabas a Arthur?"
"Oui. A cambio por mi parte en tu… boda, podríamos llamarlo, me prometió un cuerpo."
"¿Para qué quieres un cuerpo?"
"Te lo dije, tengo problemas con mantenerme solido por más de diez minutos. Soy inútil en el Declive a menos que tenga un cuerpo que poseer."
"Ohh." Alfred asintió. "Bueno, es bueno que quieras jugar tu parte."
"Es parcialmente eso," dijo Francis. "Pero también hace que sea doblemente difícil el exorcizarme. En esta forma, puedo ser expulsado de este plano son tan sólo un ritual; si estoy poseyendo un cuerpo, entonces primero debe haber un ritual para sacarme de la carne. Tomará otro ritual el acabar conmigo completamente, y para entonces podré escapar."
"Entiendo." Alfred se sirvió café en una taza y volvió a la mesa. "Bueno, supongo que a eso salió." Miró el reloj. "Aunque parece un poco temprano. La puerta no se abre hasta medianoche."
"Son las veinticuatro horas antes de la víspera de Todos los Santos. La barrera se debilita durante ese tiempo antes de desaparecer completamente mañana en la noche."
"¿Así que ahora mismo está abierta?"
"Si sabes por donde entrar." Francis miró sus uñas transparentes. "Si es que se recuperó de su accidente."
Alfred lo miró a través del vapor que salía de su café.
"¿Cómo sabes sobre eso?"
"Gilbert, naturalmente. No puede guardar un secreto ni aunque su vida dependa de ello." El fantasma se encogió de hombros. "Por suerte ya faleció."
Alfred rodó los ojos.
"Suerte por él, quizás."
"Quoi?"
"Bueno, ahora anda por este lado contando todos los secretos del General Cesar." Alfred miró a Francis con atención. "No tanta suerte para Todos los Santos, ¿no?"
"Ah." Francis asintió. "Te refieres a la Corte de los Huesos. Gilbert dijo que te lo había mencionado cuando te visitó más temprano."
"Originalmente quería ver a Arthur."
"Le dije que no se molestara. Nuestro amigo colmilludo no cree en esas armas con las que Gilbert está obsesionado."
"¿Y tú?" presionó Alfred.
Francis simplemente se encogió de hombros.
"Es difícil de decir, non? ¿Por qué los Ancianos tendrían cosas como esas si no tuvieran intenciones de usarlas? Esa es la opinión de Arthur, o así lo sugiere. Sin embargo… estoy sorprendido por él. Ha estado en suficientes guerras como para saber que la naturaleza de los humanos es el amenazar con la destrucción tanto como el ejecutarla."
"… Pero ellos no son humanos." Alfred frunció el ceño. "Son vampiros. ¿No?"
"Todos los vampiros fueron humanos alguna vez." Francis le sonrió con tristeza. "De hecho, hay muy pocos en este lado de la puerta que no hayan sido humanos en algún punto u otro. Esta guerra es como cualquiera otra, non? Humanos matando humanos."
"Creo que es un poco distinto," dijo Alfred, estudiando las nuevas costuras en sus muñecas. "No somos… no somos, quiero decir…."
"Quizás tenemos la ventaja de ya estar muertos," concordó Francis. "¿Pero qué es la humanidad? ¿Es la carne y sangre- o la habilidad de sentir alegría y dolor y amor?"
Alfred no dijo nada. Se encontró sobando la parte posterior de su cuello, sintiendo las puntadas que mantenían su cabeza sobre el cuerpo de alguien más.
"Por supuesto," continuó Francis, "cuando los huesos comienzan a romperse y la sangre comienza a fluir, nada de eso importa."
"Supongo que no." Alfred estudió su cereal. "… he matado gente, sabes."
"Naturalmente. Has estado en dos ejércitos."
"No." Alfred negó con la cabeza. "Me refiero a antes de eso. Cuando tenía quinces, maté a tres tipos. Sólo los maté a sangre fría y enterré la evidencia. Hice que mi hermano me ayudara a esconder los cuerpos." Se encogió de hombros. "Pero, verás… no sé por qué lo hice. Supongo que sólo… me gusta matar. ¿Eso me hace raro- o soy normal?"
Francis le miró con cautela.
"No podría decirlo," respondió. "Las necesidades monstruosas- ¿Son monstruosas o simplemente humanas, naturales?"
"Arthur no sabe de… bueno, eso," dijo Alfred. "No le digas."
"No soy Gilbert," dijo Francis fríamente. "Puedo mantener la boca cerrada."
"Bien." Alfred terminó su café y se levantó. "Bueno, si la puerta está débil tendré que irme ahora también. Quiero ir al Ejército de Todos los Santos por mí mismo. Aún tengo cosas que descubrir."
"Muy bien." Francis movió su mano. "Esperaré aquí. No creo que Arthur esté mucho rato en el otro lado esta noche, y quiero asegurarme de que el cuerpo que me traiga cumpla con mis estándares. No aceptaré un cadáver feo o sucio."
Alfred rodó los ojos.
"¿Por qué no estoy sorprendido de que seas exigente?"
El fantasma se arregló.
"Seré una forma impresa y etérea de mi antiguo ser," dijo, "pero aún me gusta verme bien."
Había dos barghests larguiruchos merodeando por la puerta, que de hecho parecía ser menos sólida esta noche. Alfred miró a bestias con cautela mientras se acercaba, porque – para ser los perros fantasmas monstruosos que eran - tenían sus largas colas entre las piernas torcidas. Acarició levemente al más cercano en la cabeza al pasar, atravesando por la puerta y por el puente. No lo siguieron, uno dando un gemido que hizo que se le pusiera la piel de gallina. Tomó su bayoneta en la palma, sosteniéndola con fuerza al salir en un viejo mausoleo en ruinas. Hizo una pausa e inhaló, escuchando. Había silencio más allá, nada más que el susurro de las hojas sobre las lápidas, el olor a humedad de octubre. Acercó su chaqueta de bombardero más apretada alrededor de sí mismo, mientras se movía en silencio por las escaleras desgastadas y hacia fuera en el cementerio - donde en un instante se encontró rodeado de soldados de Todos los Santos y reluciente armas desde todos los ángulos. Aparecieron en un movimiento fluido desed detrás de los árboles y las cruces y ángeles bajos, dispositivos de seguridad haciendo clic como un coro.
Alfred sabía que no tenía más opción que tirar su bayoneta y subir las manos.
"Bien, me tienen." Miró a su alrededor, buscando alguna cara familiar. Todos parecían ser nuevos de rango bajo. "¿Quién está a cargo?"
"Yo lo estoy, Jones."
Alfred miró sobre su hombro justo a tiempo para ver a Søren saltando suavemente desde una horda de querubines desgastados por el clima, meneando el hacha sobre su hombro.
"Cabo Andersen," Alfred le saludó con cautela.
"Oh, ahora me recuerdas," Gruñó Søren. "Qué lindo." Movió su muñeca hacia su boca y habló. "Este es Andersen. Jones ha sido visto y asegurado en la puerta. Cambio."
Hubo un chirrido; y entonces un momento después vino la respuesta:
"Copiado. Yendo a su posición. Cambio."
"Mira, vine a hablar," dijo Alfred, consciente de las dos decenas de rifles apuntados hacia él. "Sólo-"
"Sí, bueno, habrá suficiente tiempo para eso," dijo Søren fríamente, volteando su hacha. "Primero lo primero: ¿Dónde está el vampiro?"
Alfred se encogió de hombros.
"No sé. Vino sin mí."
"No me vengas con esa mierda," espetó Søren. "Siempre has sido dulzón con él, siempre sabías dónde encontrarlo. Ahora que escapas con él, ¿Piensas que voy a creerte que salió sin decirte hacia dónde iba? Eres un mentiroso. Estás trabajando con él para acabar con este ejército."
Alfred casi rió, esta acusación estaba muy lejos de la verdad; pero no se atrevió, no con Søren meneando su hacha de un lado al otro.
"No somos tan cercanos como antes," respondió rígidamente. Señaló su cuello. "Si puedes creer eso."
Søren se encogió de hombros.
"Creo que si te coges a un vampiro debes tener fetiches raros," dijo. Avanzó hacia Alfred, tomando su hacha con ambas manos. "Ahora deja de joder conmigo. No soy un idiota. Dime dónde está."
"¡No lo sé!" dijo Alfred, exasperado. "probablemente comiendo o algo. ¡No me dijo, carajo, sólo me ató a la cama y se fue!"
"Por favor, evítame los detalles sórdidos o lo que haces," dijo Søren fríamente. "No creo que mi estómago lo soporte."
"No es un monstruo," dijo Alfred, apretando los puños. "No más que cualquiera de ustedes."
Søren torció el cuerpo y giró el hacha. Fue sin esfuerzo, brutal, y Alfred se arrojó contra la pared del mausoleo para evitar la hoja –la que quedó a menos de cinco centímetros de su oreja.
"Eres una desgracia", gruñó Søren, inclinándose. "Creo que quieres ver este ejército quemándose." Se llevó un dedo a los labios, bajó la voz a un susurro. "Pero he aquí una cosa: Braginski y yo tenemos una apuesta sobre quién de nosotros encontrará a Kirkland primero." Sonrió. "Seré yo, por supuesto; Braginski no tiene la delicadeza, lo escuchará acercándose a una milla de distancia Y cuando capture a ese vampiro bastardo, Jones, voy a -"
"¡Cabo Andersen!" Esto fue acompañado por el ruido de un motor, el crujido de los neumáticos en la grava. "¡Deténgase!"
Alfred miró sobre el hombro de Søren. Matthew llegó en un Jeep abollado, esparciendo el anillo de los novatos.
"¡Andersen!" repitió. "¡Ahora mismo!"
Søren rodó los ojos, alejándose con un gruñido. Recuperó su hacha, dejándola sobre su hombro.
"En otra ocasión," prometió con un guiño. "Te diré lo que haré con tu novio chupasangre en otra ocasión."
Alfred lo ignoró, empujándolo para llegar hacia Matthew- quien, brillando con los amarillos rayos de luces del Jeep, era su salvación, un ángel en lana gris.
"¡Matt!"
Matthew lo miró, dando un paso.
"Metete, bastardo estúpido," dijo, sosteniendo la puerta abierta. "El General Cesar quiere verte."
Nota de la autora: Me imagino que los Bocados de Murciélago son una cosa en forma de murciélagos feos, llenos de azúcar, y con brillos azules. ¿Quizás Alfred debió haber tenido al Conde Chocula en vez de eso? (Un cereal que existe de verdad) ¿Siquiera existen aún, no lo sé, no hay aquí en UK y no creo haberlos visto ni cuando estuve en Cincinnati. Sólo sé que salió en Padre de Familia xD
Traduje la nota porque me dio risa jshagdfjksagfkjasd
Gracias por los reviews, me hicieron entrar en razón y me hicieron terminar esto.
Ya chao.
Lo siento por tardar, soy lo piór.
