Previously, on "Summer".

—¿Tomamos la siesta abrazados a vista y paciencia de todos?

.

—¿La playa es nuestra cárcel, así lo decidís?

.

—¿Cuántos años tenés, me recordás, por favor?

.

—Nos arruinaremos la tarde porque soy un idiota.


Daniel se sobresalta por el portazo y parpadea y no entiende qué... Pasó, así que le da la vuelta a la camioneta y entra por su lado.

—Vos nos habés arruinado nada, fui yo —LAS MAMÁS SE ECHAN LA CULPA POR TODO.

—Daniel, por favor. Vos conservás tu bolso. Yo no. Ambos estuvimos en el mar al mismo tiempo y ambos dejamos nuestras cosas juntas. No es tu culpa —mira fuera de la ventana, las manos le sudan nerviosas sobre sus rodillas.

—Bueno... Ojalá entiendan —refiriéndose a los tíos, mete las llaves del carro, lo enciende y sale lentamente del lugar fijándose en un espejo retrovisor antes... Si no hay otros carros pasando. Sebastián sigue mirando por la ventana, con el ceño fruncido, no murmura nada, pero piensa, oh, sí qué piensa, y no son pensamientos bonitos, sino del tipo «estoy a un paso de odiar al mundo, pero no lo hago porque soy un muchacho maduro».

Daniel le mira de reojo, algo preocupado con que no hable.

—¿Qué pasa, mi amor? —pregunta después de salir del sitio y ya estar manejando camino a la carretera, otra vez.

—Nada, nada —Sebastián voltea a mirarlo y luego de nuevo a la ventana—, es que aún me faltan dos años, viste, y no me podés llevar a donde querás vos y no puedo hacer nada al respecto.

Daniel levanta una ceja.

—¡Al contrario!, ahora que estás conmigo vas a poder entrar a todos lados, ¿no te das cuenta?

—¿Podré? —ahora sí prestándole atención, y mirándole, menos ceñudo.

—Claro, estaré yo... —cuidándote, pero no le quiere decir esa palabra, sweats, lo deja ahí.

—Pero eso no va a quitar que soy menor —Sebastián yendo al punto suyo, se inclina sobre Daniel—. Pero me gustaría al menos intentarlo.

—Nada te va a quitar que sos menor, pero ¿qué importa? Ese detalle me encanta —Daniel mira hacia adelante mientras conduce, la radio está encendida a un volumen bajito.

—Viejo verde —Sebastián le pone una mano en la pierna y le hace un cariñito afectuoso. Sonríe—. Gracias.

Daniel se sonroja por eso de viejo verde.

—Te prohíbo que me digás así —susurra con cero autoridad, traga saliva por el cariñito en su pierna.

—SOS un viejo verde vos —le aprieta.

—A los veinticinco nadie es un viejo verde... —Daniel mueve un poco la pierna y le mira de reojo un segundo, sin distraerse demasiado del panorama cuando entran ya de lleno a la carretera.

—A los veinticinco nadie sale con alguien de dieciséis —cariñito, cariñito—, estoy feliz de que lo hagás, no te estoy juzgando —sincero, y ahora sí que para nada de mal humor, de hecho, Sebastián se sonríe más—. Ni le dice «mi amor», ni le lleva a la playa, ni le soporta todo —le quiere dar un beeesooo y no pueeedeee... ¡Encima que ha sido la primera vez que Daniel le ha llamado así!

Daniel se muerde el labio, aliviado con que Sebastián lo entienda así.

—¡Quiero besarte!—porque necesita tocarle, muy enserio. Aprieta muy fuerte sus manos en el timón porque le sudan—. Esto es verdadera impotencia, ¿sabés?

—Yo también quiero —Sebastián se ríe—, pero no se puede, no se puede —se corre más hacia Daniel—, quedate quieto.

—Quieto y mirando la carretera —lo que hace, ni más ni menos, sonriendo, con otra mano aprieta el botón del panel para bajar la luna. Sebastián se inclina hasta darle un beeesooo laaargooo en la mejilla, llega a sonar. Muac.

—Sigo con ganas.

A Daniel se le calienta esa partecita donde Sebastián le ha dejado el beso.

—Otro, por favor.

El menor le obedece, pero lo hace más corto porque siente que se cae. No lleva cinturón de seguridad (alguien debería regañarlo por eso).

—Contame sobre esos lugares a los que me llevarás.

Daniel le mira por el rabillo del ojo otra vez cuando lo hace más corto y no sé cómo, pero se da cuenta justo de la situación peligrosa.

—Te voy a contar, pero si antes me hacés el favor te ponerte el cinturón, ya hemos hablado de eso hace mucho tiempo —riña, riña—. Aunque mejor, dejo que te sorprendás cuando llegues y ahí me decís si te gusta —sonríe.

—Perdoná... —se devuelve a su asiento y es que hasta le cuesta captar cómo se pone el dichoso cinturón de seguridad—, no estoy acostumbrado —teniendo a Felicia y a Martín de padres, no sé cómo no ha tenido un accidente vehícular grave.

—Los padres que te han tocado no son específicamente interesados en esas normas, lo sé —aunque Daniel no suena muy duro. Se relame los labios y le sube el volumen a la radio, ¿y saben que suena? «Personal Jesus», la canción más gay. Sebastián se encoge de hombros.

—Pero es divertido. Ir por la carretera con mi vieja y esquivar coches —alguien corríjalo, por favor—. ¿No me ibas a dejar manejar vos? —SE ACUERDA DE REPENTE Y TODOS TEMBLAMOS. Daniel frunce el ceño.

—¿Yo dije eso?

—Cuando me contabas que te lo prestó un amigo —brillitos de ilusión.

—¡Ah! Sí —nervioso, traga saliva—. Bueno... Eh... ¿Pero en qué tiempo? Si vamos a llegar a la playa, vamos a flojear, bañarnos en el mar, tomar las birras y terminarás cansado y así no es recomendable.

—¿Y ahora? Detenete allí a un costado de la carretera y cambiamos —le señala con el dedo.

—Mmmm... No creo que sea buena idea —se aprovechan que Daniel no se puede negar abiertamente y menos al mocoso.

—Dijiste que me enseñarías vos —medio se lamenta, Daniiiii, me lo prometiiisteee. Le aprieta en la pierna para dar énfasis.

—Pero... Pero... —Daniel mira a Sebastián, mira al panorama, se acuerda en que carro van... Niega la cabeza—. Otro día —murmura bajísimo.

—Podemos pedirle el coche a mi viejo y me enseñás las reglas vos —sonrisa, mientras no le diga directamente que no.

—Eso suena mejor —ya puedes respirar, Daniel. Sigue conduciendo—. Pero vos no me comentaste que Martín te había enseñado, ¿creo... ?

—Pero la parte teórica y las simbologías no las vimos —un sueño de Sebastián es tener un escarabajo, un Volkswagen—. Y confío más en vos, que estás limpio.

—Ah... Eso puedo enseñártelo en la casa, mejor yo de las simbologías... —cree que Martín le ha enseñado como al mayor LE conviene, todo paupérrimo y... Bueno, Daniel maneja a velocidad rápida como debe ser en la carretera, pero sin excederse. Cuando es que... De algún modo sucede que se imagina a Sebas sentado encima suyo «aprendiendo a manejar», pero de una forma no muy santa, y MALDITA SEA que está aguantado, le mira de reojo y aprieta sus piernas un poquito—. B-Basti... Contame, ¿qué querés estudiar cuando salgás del cole?

—Nada. ¿Puedo llevar la palanca de cambios mientras manejás? Eso sé hacerlo, sentir que tira el motor y si necesita más o menos —no lo va a distraer tan fácil.

—Pero si la palanca de cambios sólo se usa un par de veces, y este carro es automático —se ríe un poquito por eso.

—Oh —las veces que se desilusiona al día parecen ser enormes, ay, la inocencia—. ¿Y me dejás estacionarlo?

—Pero... Te tenés que sentar encima de mí —OK, LO DIJO.

—¿Me vas a guiar? —extrañado, pero viniendo de Daniel, se va por el lado de que quiere hacerlo paso a paso, como con niños.

—Sí, porque si te dejo el carro sólo a tu disposición hasta podés ponerte nervioso con la velocidad, tú sabes, es tu primera vez —explica y hace UN calor, porque no han encendido el airecito acondicionado.

—Dicen que el estacionarse es lo más difícil —a Sebastián le sudan las manos más por la emoción que por el calor, le sube el volumen a la radio—. No quiero chocar nada.

—Por eso... —falta poco para llegar, ya que van como quince minutos en la carretera y la playa está por ahí—. No vas a chocar, no vas a chocar si yo te ayudo.

—Vamos a estar apretados —no pone en duda el hacerlo de a dos, no mientras se vea posible, sólo avisa lo obvio—. ¿Seguro?

—Claro, ya vamos a llegar en un rato —Daniel le sonríe aunque no le mire directamente. Sebastián se mantiene callado en lo que queda de camino, disfrutando el paisaje. Llegan sin muchas dificultades y entran con la camioneta hasta los estacionamientos, Daniel sobrepara el carro a un lado—. Ya... ¿querés ahora?

—Por supuesto. Con permiso —pide Sebastián, bajándose luego y dándole la vuelta al auto. Abre la puerta del lado de Daniel. A éste le salta el corazón cuando ya lo tiene ahí parado (A SEBAS) con la puerta abierta, sube su mirada a la del menor.

—Sentate... —se palmea un poquito la pierna, indicando como si acaso pudiera sentarse en otro lado.

—Echá el asiento para atrás, por favor —le pide Sebastián tanteando terreno ya con un pie. Daniel asiente y sus dedos buscan bajo el asiento la palanquita para bajar el respaldar del asiento.

—Dale, apurémonos que no vayamos a ocasionar disturbios —porque el carro está sobreparado a un lado, con las luces de intermitente.

—No, no, que corrás el asiento, Dani —ya sentándose sobre sus piernas y chocando con el techo.

—¡Oh! —cierto, cierto—. ¡Oh!—ahora esa exclamación fue porque ya lo tiene entre sus piernas—. Pero... la palanquita está justo debajo de vos, tendrás que agacharte —asu, Dani, ¡sos un pervertido!

—La estoy buscando —con la mano bajo el asiento, palpa.

Daniel estira la pierna y con el pie trata de buscarla.

—Está ahí, un poco más a tu derecha —estira el brazo para cerrar la puerta del carro porque está situación si es muy comprometedora. Sebastián toma la palanca y jala, el asiento se siente más suelto y hasta sé desliza un centímetro.

—Listo —con la cara roja por estar cabeza abajo—, empujá con las piernas, dale.

Daniel suspira y corre el asiento un poquito.

—¿Cómodo?

—No, más atrás —sin soltar la palanca porque espera que Daniel corra más el asiento—, me chocan las rodillas con el manubrio.

Daniel se corre más para atrás. Unos cinco o seis centímetros, hasta sentir sus piernas estiradas en su totalidad, que ya no chocan con nada del manubrio.

—Ya estamos bien alejados, Basti, ¿cómodo?

—Sí —se ríe bajito porque sigue topando con el techo, pero allí no hay nada que hacerle y es... Provocativamente divertida la posición, así que no le pide que se baje. De pronto conducir pasa a segundo plano. Pone las manos en el manubrio y busca con el pie el acelerador.

Daniel nota que choca con el techo una vez acomoda la espalda en el asiento bien y le apoya las manos en ambos costados de la cadera.

—Chorreate más en mí para que no choqués arriba —y abre más las piernas para que lo haga. Un guardia duda en sí acercarse o... Esperar a que ellos pongan en marcha el auto. Porque es sospechoso. Sebastián se acomoda entre las piernas de Daniel, el cabello le queda rozaaando el techo, pero es mejor que antes.

—Ahora la palanca de cambios.

—Dale, tenés que dirigirla, pero antes encedé el carro, otra vez.

—No funciona la llave —porque no tiene apretado el embriague—. Si lo hago más fuerte podría romperla, y no, gracias.

Daniel se inclina hacia adelante tanteando con las manos las llaves del carro, que están en la ranura, aplastando un poquito la cara en Basti, seguramente.

—No, no tranquilo —el carro deja de estar «parado» y apaga la luz interminente—. Jalás la palanca porque si no nos quedamos estancados acá.

—Mmm... ¿Qué hiciste para que se prendiera? —pone la mano sobre la palanca, pero quiere la explicación primero, saberlo todo.

—Con las llaves, las giré un poco más para que deje de estar en parking —se acomoda mejor en su sitio—. Sólo te tengo que prohibir algo...

—Entonces prendo el motor y muevo la palanca de parking a estas letras que investigaré después en internet —repite, se acomoda los lentes y desliza la palanca. Es blaaaaandaaaaa.

—Basti, escuchame antes —pide Daniel, aunque está muy emocionado por enseñarle un poquito a manejar.

De todos modos, esto es una pérdida de tiempo, puesto que, llegado el momento, a Sebastián le prohibirán conducir y le declararán un peligro público al volante porque cada vez que se siente en control del auto, como ahora que está girando el manubrio para hacer la maniobra de estacionamiento, sus brillitos se ponen fuera de control y brillan, brillan encandilando, reflejándose en todos los espejos, aunque Sebastián no lo note.


Clases de conducción le llaman ellos. Sí, claro.

Los reviews ayudan a que Sebastián aprenda a controlar sus brillitos :D